El texto
único y lo que es aún peor, la copia, están
todavía vigentes en muchas fases de la educación,
en nuestro país. Pero es bueno advertir en seguida
que no se lee, porque no hay un servicio de bibliotecas bien
dotadas y equipadas, y porque el libro en general es extraordinariamente
caro.
¿Cuál es la solución? Casi todos los
que tratan el problema contestan inmediatamente, que hacer
bajar el precio de los libros. Esta solución no lo
es en el fondo, porque no se pueden bajar el precio de los
libros nada más que en aquellos en que se cobra un
precio abusivo, y el precio alto de los libros en Cuba, especialmente
los nacionales, es el resultado de factores económicos
que no pueden cambiarse sí no se cambian sus causas,
lo que equivale a decir todo el engranaje de nuestros ajustes
más vitales. Como dijimos en nuestra conferencia del
15 de septiembre de 1944 en la Institución Híspanocubana
de Cultura, el libro cubano es una víctima de nuestra
organización económica. Cuba vive económicamente
del mercado de los Estados Unidos. Lleva a él sus productos
y de él recibe cuanto necesita para su vida y progreso.
Con relación a la imprenta, adquiere allá las
máquinas, papel y tinta, con los cuales elabora los
impresos. Paga jornales similares o superiores a los de los
Estados Unidos. Y el producto, el libro, por única
excepción entre todas las industrias básicas
de nuestra economía, no puede llevarse al mercado de
nuestros vecinos, que es nuestro mercado, por hablar ambos
países distintos idiomas. Ante este problema podríamos
pensar en otros mercados, pero inmediatamente que consultamos
los distintos tipos de moneda de los países en que
pudiéramos encontrarlos, comparados con el alto costo
de la moneda cubana, llegamos a la conclusión de que
tampoco es posible ofrecer al libro cubano, por este camino,
una oportunidad de éxito.
Como consecuencia
de lo anteriormente expuesto -seguíamos diciendo en
septiembre de 1944-, los libros cubanos se hacen en ediciones
muy cortas, no tienen la mayoría de ellos interés
mercantil y apenas pasan unos meses después de su impresión,
están agotados, o sin estarlo, no se encuentran por
ninguna parte Y esto ocurre con los libros que se depositan
en las librerías en consignación para liquidar
al autor cuando se vendan, porque la mayoría de los
impresos cubanos ni siquiera se ponen en venta, y entonces,
por supuesto, es aún más difícil adquirirlos.
Tampoco hay facilidades para adquirir libros extranjeros,
necesarios para el desenvolvimiento intelectual del país,
renovando nuestras ideas al ritmo del pensamiento universal.
Sobre esto decíamos en 1944 que la falta de bibliotecas
públicas hace que los cubanos salgan de sus estudios
sin adquirir el precioso hábito de la lectura, y son,
porque no los enseñaron a otra cosa, adultos indiferentes
a los libros. Esto merma mercado a las librerías, y
como no hay compradores, sus existencias no son lo variada
y completas que debieran ser, limitándose a veces sus
actividades a simples agencias de edición y venta de
libros de texto.
Posteriormente
a estas observaciones nuestras se han publicado dos trabajos
de importancia sobre el mismo tema: El libro en Cuba, publicado
por la Cámara Cubana del Libro, en 1949; y la conferencia:
¿Cuáles son los problemas del libro y cómo
resolverlos? por Mariano Sánchez Roca, dada a los oyentes
de la Universidad del Aire en el curso Actualidad y destino
de Cuba, en virtud de invitación de su director Jorge
Mañach, cuya conferencia aparece en el cuaderno 19
de su serie impresa de las conferencias radiadas por C.M.Q.
Ambos
trabajos toman los efectos por causas, sin llegar a formular
una solución satisfactoria al problema del libro cubano.
El primero es una defensa de los libreros, aduciendo razones
para justificar que el libro en Cuba no puede venderse a precios
bajos, porque el Estado le impone una serie de impuestos y
trámites a veces absurdos, que dificultan tanto la
importación de los libros extranjeros, como la exportación
de los nacionales, y como solución se propone: suspensión
o derogación de impuestos a los libros, manteniendo
que "mientras no logremos introducir el libro cubano
en él mercado continental, intensificando así
su producción, el precio de los libros, tanto cubanos
como extranjeros, no podrá ser considerablemente rebajado,
como se ha de ver en estas páginas”. Esta solución,
como hemos visto antes, es totalmente utópica. Para
realizarla, sería necesario cambiar toda la economía
de América, para adaptarla a la nuestra, haciendo que
los pesos argentinos, chilenos, mexicanos, etc., eleven su
valor a la altura del dólar.
El segundo
trabajo citado, la conferencia de D. Mariano Sánchez
Roca ilustre abogado y político español radicado
entre nosotros como impresor desde la caída de la República,
analiza las dolencias del libro cubano, señalando como
sus enemigos: a) El alto costo de la producción, el
Fisco y el precio; b) Lo limitado del mercado; c) La dificultad,
insuperable, de su exportación; d) La ausencia de una
verdadera y protectora política por parte del Estado;
e) El reducido número de autores capaces de contribuir
a la creación del libro trascendente, mediante el noble
y legítimo estímulo de la natural compensación;
f) El librero: g) La imposibilidad de la propaganda; h) La
falta de crítica exenta de los eflucios de la amistad;
i) El sol, el radio y el cine; y j) La creencia, generalizada
hasta el infinito, entre los que leen, de que tienen derecho
al obsequio de todo libro que se publique. Con gracia e ingenio
peculiar analiza Sánchez Roca esos puntos en su trabajo,
para coincidir con la Cámara del Libro en la necesidad
de suspender o derogar todos los impuestos que directa o indirectamente
gravan al libro, así como todos los trámites
que lo encarecen al dificultar su entrada o salida en el territorio
nacional. Como fórmula concreta para salir en auxilio
inmediato del libro, no ve otra solución que la ayuda
oficial a las editoriales, descartando las posibilidades de
los mercados extranjeros a los cuales confía todo la
Cámara del Libro y señalando que tampoco es
posible llegar a una cooperación interna para aumentar
la venta, por haber intentado sin éxito que las editoriales
cubanas se pusieran de acuerdo para adquirir en firme una
limitada cantidad de todo libro que se imprima para ellas,
lo que hubiera garantizado al menos, la colocación
inmediata en el mercado de unos 200 ejemplares cada nueva
obra.
Ambos
trabajos están de acuerdo en la urgente necesidad de
derogar o suspender todos los impuestos que directa o indirectamente
gravan al libro, y nosotros hemos mantenido esa tesis en todo
momento, suscribiendo, con los demás miembros del Comité
del Día del Libro Cubano, la necesidad de derogar o
suspender esos impuestos, al igual que la promulgación
de la Ley Santovenia, protectora también del libro
cubano propuesta desde hace años por un gran defensor
de nuestras bibliotecas, el Dr. Emeterio S. Santovenia.
Como hemos
visto, ninguno de los dos trabajos nos da una solución
satisfactoria al problema del libro en Cuba. Nosotros creemos
encontrarla en la biblioteca pública. En la décima
edición de nuestro Directorio de bibliotecas de Cuba,
anotamos 380 bibliotecas, privadas o públicas, que
están prestando servicios en todo el territorio nacional,
siendo muchas de ellas municipales, en cumplimiento del mandato
expreso de nuestros Estatutos Constitucionales en las que
se dispone la obligación de sostener, por lo menos,
una biblioteca públíca, cada municipio del país.
Esas bibliotecas públicas deben ser el punto de partida
de la defensa del libro cubano. Si el Estado adquiere ejemplares
de los buenos libros que se publiquen en Cuba o de los que
publiquen cubanos en el extranjero, y hace llegar a cada una
de esas bibliotecas un ejemplar. Si cada municipio de Cuba,
en cumplimiento de la leydedica una cantidad aunque sea muy
modesta, para acrecentar el acervo de su biblioteca municipal.
Si eso se hiciera, al cabo de un corto período nuestras
bibliotecas habrán cambiado por completo, y se hará
un milagro, habrá compradores de libros, porque habrá
lectores en toda la República, y los libreros serán
comerciantes ni más ni menos iguales a los otros, gustosos
de traer mercancías, si esa mercancía tiene
compradores. Sí eso se hace quedará resuelto
el problema del libro cubano, por una vía, la única
posible, por el mejoramiento de nuestro servicio bibliotecario.
Inmediatamente
que las bibliotecas adquieran mayor cantidad de material,
despertarán el interés de la colectividad. Los
alumnos egresados de la Escuela de Bibliotecarios de la Facultad
de Filosofía y Letras y los Cursos de Verano de la
Universidad de la Habana, así como los graduados de
la Escuela Cubana de Bibliotecarios, tendrán a su alcance
mayores oportunidades de servir a su país y llevar
adelante su vocación profesional, frustrada en la mayoría
de los casos de Cuba por falta de oportunidades para los más
aptos, postergados o desplazados en la mayoría de los
casos.
Todo lo
que dejamos expuesto puede hacerse entre nosotros mismos,
dentro del límite y las posibilidades de nuestro país
y puede hacerse también en cualquiera de nuestras nacionalidades
latinoamericana, sin necesidad de cambiar toda la economía
de América para resolver el problema editorial de Cuba
como quiere la Cámara del Libro, o cambiando toda la
economía interior de la República, haciendo
bajar el precio de todo nuestros productos básicos
para obtener con ello el abaratamiento de los libros, como
han propuesto otros.
Ambos
supuestos son totalmente utópicos, de imposible realización
presente ni futura, según nuestra manera de pensar.
El costo de los libros debe bajar mediante un equilibrio interno
reconociéndose a la industria editora cubana el sacrificio
con que ella se desenvuelve en nuestro medio por la necesidad
de mantener a un alto costo otros productos que tienen su
mercado principal en los Estados Unidos, donde nuestros libros
no pueden obtener lectores por la diferencia de idiomas. Y
para buscar ese equilibrio es necesario adoptar una política
del libro que se oriente en la necesidad de obtener un auxilio
para la industria editorial y de librería que eleve
su rango y mercado a la altura del volumen de otros productos
de nuestra balanza comercial.
Revista
Cuba Bibliotecológica (La Habana) I (2) : [10]-12 ;
abr.-jun. de 1956