..."Lo que os puedo dar os doy, que es una ínsula hecha y derecha, redonda y bien proporcionada..."
"Don Quijote de la Mancha". Capítulo XLII: " De los consejos que dió Don
Quijote a Sancho Panza antes que fuese a gobernar la ínsula..."

ISSN: 1810-4479
Publicación Semanal. Año 2, Nro.65, Viernes, 1 de abril del 2005


 

Entrevista a Griselda Gambaro: 'Hoy la utopía de los jóvenes es subsistir'

ES CONSIDERADA COMO LA DRAMATURGA MÁS IMPORTANTE DE LA ARGENTINA. ABRIRÁ LA NUEVA EDICIÓN DE LA FERIA DEL LIBRO DE BUENOS AIRES, QUE ESTARÁ DEDICADA AL TEATRO. SU ÚLTIMA OBRA, “LA SEÑORA MACBETH”, SE REPRESENTA ACTUALMENTE EN EL TEATRO NACIONAL CERVANTES, CON DIRECCIÓN DE POMPEYO AUDIVERT Y PROTAGONIZADA POR CRISTINA BANEGAS.

“Parecemos tranquilos, sólo disconformes con el estado de penuria económica. Nada coacciona nuestra libertad de palabra y quizá por eso la queja es nuestro estado consuetudinario. No falta motivo, pero la queja sin reacción es una inútil forma autocompasiva”, dice Griselda Gambaro.

Tal vez por esto, la novelista y dramaturga eligió expresarse por medio de textos que duelen, molestan, sacuden, conmueven, irritan.

Menuda, eléctrica, Gambaro es una de las escritoras más relevantes de la literatura argentina actual. Su espíritu contestatario y su indignación ante todas las formas de violencia le valieron el exilio cuando, en 1977, la dictadura militar prohibió su novela “Ganarse la muerte”, por considerarla contraria a las buenas costumbres y al orden social. Junto a su marido, el escultor Juan Carlos Distéfano, y a sus dos hijos, tuvo que dejar su casa del barrio suburbano de Don Bosco e instalarse en Barcelona, desde donde pudo regresar un tiempo antes del retorno de la democracia.

"Hoy podemos dormir sin el temor a las razzias de la dictadura, pero nuestro sueño carece de esperanzas", se lamenta. Para Gambaro, la libertad y sus ventajas terminan por ser ilusorias bajo la opresión selectiva de la miseria.

Nacida en el barrio de Barracas y autora prolífica y multipremiada -desde aquel primer galardón que le otorgó, en 1963, el Fondo Nacional de las Artes por su novela "Madrigal en ciudad"-, Gambaro no se siente, aunque lo sea, una autodidacta. "Yo aprendí de los otros, de todos los que empezaron antes que yo, de los que, por distintos caminos, me enseñaron a ver el lado menos banal de las cosas, me transmitieron un concepto, una idea, un ideal." Las novelas "El desatino", "Una felicidad con menos pena", "Dios no nos quiere contentos" y "El mar que nos trajo", y las piezas teatrales "Real envido", "La malasangre" -que este año se repondrá, dirigida por Laura Yussem-, "Sucede lo que pasa" y "La casa sin sosiego" son algunos de sus trabajos más reconocidos. Sus obras fueron estrenadas en prestigiosos escenarios de distintos países de Europa y América latina, y traducidas a numerosos idiomas. Integró, además, el jurado del Premio de Novela “La Nación - Sudamericana 2004 – 2005”.

El tema de la violencia, la muerte y el desamparo aparecen recurrentemente en sus trabajos y se podría decir que le dan unidad a su obra. ¿Ese interés se mantiene o ha cambiado con el paso de los años?

Si esos temas aparecen recurrentemente en mi obra es porque no han desaparecido de la realidad. La realidad ha cambiado a lo largo de los años, pero, en ciertos aspectos, para que nada cambie. La violencia persiste, aunque no sea la misma que en la época de la dictadura militar. Cambió su rostro, que indudablemente es más benévolo, sin la metodología del crimen de la dictadura, pero aún en democracia no se puede ocultar que ese rostro es temible. La violencia perdura en la multiplicidad y frecuencia de los delitos -secuestros, asesinatos, violaciones- y en el problema del hambre y del desamparo, que incluye a un gran número de argentinos; violencia encubierta de un Estado que desprotege y no encuentra el mecanismo para evitar la exclusión. No es que yo me interese por esos temas -bien quisiera no tratarlos-, pero los temas me buscan, me imponen que me ocupe de ellos, porque mi responsabilidad es hacerlos visibles de un modo tal que nos lleve a preguntarnos por qué las cosas son como son, aunque no tengamos las respuestas. Si en algo no creo es en un arte inútil, del sinsentido. En las sociedades actuales, que marchan tan aceleradamente hacia formas deterioradas de vida, el artista tiene una doble responsabilidad: no traicionar a su arte ni a su época. Y, sobre todo, no callar ni mirar de costado. Innegablemente, hay esplendor y riqueza en ciertas áreas de la sociedad argentina, como si viviéramos, según la suerte, según el origen, en dos países distintos: uno que se parece a París y el otro, a Biafra. Pero, por una cuestión de justicia, aunque mi situación sea personalmente privilegiada, no puedo hablar sino de aquellos que no tienen ni medios ni voz.

¿Hoy somos más o menos violentos que en los violentos 70?

Lo somos de otro modo. Tenemos un gobierno en democracia que, con todas sus carencias y a pesar de los pozos de corrupción evidentes, procura mayores garantías. Pero la violencia está profundamente enquistada. Basta con leer los diarios. Se ejerce violencia cuando se desprecian las normas (caso Cromagnon), cuando las cárceles siguen siendo lugares de vejación, maltrato y hacinamiento, cuando no hay transparencia en los actos de gobierno o en el uso secreto de los fondos reservados?

¿Hemos hecho algo para mejorar, o todo lo contrario?

Hemos hecho algo para mejorar, sí. Pienso en el trabajo de las organizaciones gubernamentales y no gubernamentales, en la recomposición de la Corte Suprema de Justicia, con una selección rigurosa de sus integrantes. De la recomposición imprescindible de la Corte tuvo conciencia la sociedad, como la tiene de que es necesario organizar la Justicia sin privilegios para los sospechosos de fuste -caso Menem, caso García Belsunce-, con fiscales y jueces intachables. En cambio, creo que existe una percepción más confusa sobre la generalización de la violencia delictiva y la manera de solucionarla. Gran parte de la sociedad y algunos políticos, como Ruckauf, proponen el ojo por ojo, el diente por diente, la represión y el aumento de las penas, cuando la experiencia mundial y la opinión de expertos señalan la inutilidad de frenar el delito si no se atacan estructuralmente las causas que lo provocan. Si hace cincuenta, sesenta años, la delincuencia era menor, menos agresiva, menos salvaje, no es porque ahora los argentinos nos hayamos vuelto delincuentes feroces por nacimiento o inclinación espontánea, sino porque el dique que hacía respetar ciertas reglas a los delincuentes se ha roto. Hoy, para amplios sectores no existe, desde la infancia, ni contención ni horizonte.

¿Qué diferencias encuentra entre la violencia ejercida por las dictaduras militares y la promovida por los grupos guerrilleros? ¿Hay una violencia mejor que otra?

No hay una violencia mejor que otra, pero hay violencias de distinto cuño. Quien tiene el poder y, se supone, la ley de su lado debe respetar ambos a rajatabla. El Estado no puede hacer desaparecer personas, torturarlas ni asesinarlas.

¿Qué motivaba a los jóvenes de aquellos años? ¿Y a los de hoy, Argentina 2005?

Lo que motivaba a los jóvenes de aquellos años era en gran parte la utopía, una especie de sueño de cambiar las cosas, sin calibrar que las cosas se cambian por la presión de un convencimiento mayoritario y que la fuerza es la última instancia de ese convencimiento. Si ciertos cambios históricos fueron posibles -la Revolución Francesa, la revolución rusa, la revolución cubana- fue porque la chispa que encendió la hoguera se produjo por deseo de la mayoría. Creo que no fue ésta la situación en los años 70, cuando jóvenes idealistas, generosos, también dogmáticos, se empeñaron en una lucha dispar que terminó en masacre. En cuanto a los jóvenes de hoy, sólo los conozco individualmente y por segmentos. Son los jóvenes que hacen teatro, que escriben, que buscan trabajo y que procuran mantenerlo, que recogen los cartones y botellas que dejo en mi puerta y con quienes ocasionalmente cambio algunas palabras cuando me piden de comer? Sólo ahora, por los medios, conozco a los jóvenes que iban a los recitales de Cromagnon, pero ignoro si tenían utopías o si sólo se entregaban a la música y a las letras que los expresaban y que les daban un sentido de pertenencia que en otros ámbitos no encontraban. Algunos jóvenes deben conservar las utopías de un mundo mejor, aunque más no sea por un simple ejercicio de la solidaridad, pero creo que por el momento la principal utopía de la mayoría de los jóvenes es subsistir.

Usted tuvo que exiliarse durante la dictadura militar. ¿Por qué regresó?

Regresé porque éste era mi país, el lugar de mi infancia, de mis afectos. También el lugar en el que deseaba llevar a cabo mi oficio de escribir. Mi público y mis lectores eran y son argentinos. En Barcelona, escribí "Dios no nos quiere contentos" y "Lo impenetrable", es decir, dos novelas, género que puede esperar su publicación, sus lectores. En cambio, no escribí teatro, porque el teatro exige el escenario de manera inmediata y yo no sabía qué podía decirle al público español, y menos al catalán. Ignoraba sus códigos.

¿Guarda algún rencor?

Afortunadamente, no conozco el rencor. Creo que es un sentimiento desgastante que devora a quien lo padece, como el odio o el deseo de venganza, aunque quizá sea legítimo en algunos casos: el de los hijos de desaparecidos, por ejemplo, o el de vejaciones insoportables. Mi situación durante la dictadura no puede compararse. No tengo rencor, pero sí guardo un rechazo muy profundo hacia los actores, principales y secundarios, que ejercieron el poder en aquellos años. Ese rechazo se mantiene en estado de vigilia.

¿Habrá una vuelta atrás, un "nunca más" de una sociedad, cansada de vivir tras muros, rejas, cámaras de video, guardias, barreras, o entramos a transitar un camino de no retorno? ¿Qué podría modificar las cosas?

La voluntad política de hacerlo. Si hablamos de delincuencia, mientras existan la exclusión, la promiscuidad, el abandono de niños y adolescentes, la falta de trabajo y de condiciones aceptables de vida, subsistirá el problema. Todo tiene que ver con todo. Un país no se salva por fragmentos: se salva en conjunto.

Hoy, hay una enorme desconfianza social que nos obliga a sospechar de nuestro prójimo, a encerrarnos, a no franquear la entrada, a vivir asustados, en un estado cercano a la paranoia. ¿Cómo explicar, entonces, las evidentes muestras de solidaridad que también se producen en esta sociedad recelosa?

Si nuestra sociedad es desconfiada y, al mismo tiempo, solidaria es porque quienes la integramos somos de muchas maneras y porque hay catástrofes y necesidades que permiten expresar solidaridad. Cada demora sin aviso de un ser querido nos trae el fantasma del secuestro; cada desconocido que ronda nuestra calle nos hace pensar en un robo. ¿Paranoia? Tal vez, en todo caso fundamentada por muchas malas experiencias. Quizás, en un futuro, saquemos las sillas a la calle para conversar con nuestros vecinos, abramos nuestra puerta a un desconocido que nos pide un vaso de agua. Más que las grandes declaraciones, ése será el momento en que nos demos cuenta de que algo ha cambiado realmente en la Argentina.

¿Qué es ser culto en la Argentina?

Ser culto, poseer cultura, es una actitud frente a la vida. No es el acopio de información, el tránsito frecuente por muestras, conciertos, espectáculos, ni siquiera las muchas lecturas. Podemos aplicarnos, pero será inútil si no somos capaces de establecer relaciones entre lo que se sabe y lo que se ignora, si esa frecuentación no determina la tesitura de nuestro comportamiento en todos los órdenes, en lo mayor y en lo menor, desde los gestos de urbanidad hasta la capacidad de entender la diferencia. Somos cultos cuando desconfiamos de la verdad revelada, cuando nos entregamos al placer del arte, pero sobre todo cuando compartimos su sentido primordial: el que nos permite salir de nosotros mismos, de nuestro yo egoísta, limitado y perecedero, para entregarnos a una experiencia colectiva en la que el otro se nos revela, nos continúa y nos explica.

¿Cómo interpreta el hecho de que en Buenos Aires haya más espectáculos de teatro que en Broadway? ¿Se trata, a su entender, de un dato alentador?

Creo que el hecho de que exista un movimiento teatral tan fuerte responde, por un lado, a nuestra propia tradición, que siempre fue muy rica en ese género. Pensemos tan sólo en el dinamismo teatral de la década del 60. Pero también creo que este fenómeno responde a la necesidad de sacar la cabeza del pozo, de salir de la medianía impuesta por las circunstancias.

¿Se atreve usted a soñar con un país mejor? ¿Cómo sería?

Un país donde "la inevitabilidad de la muerte", como decía Calvino, no sea nunca el término de una vida sumergida. Donde la continuidad de la vida asegure un tránsito con sus incertidumbres, sus momentos esperados de felicidad e inevitables de angustia, pero sin dolores agregados, sin violencia, sin miseria. ¿Sueño utópico? Quizá. Sin embargo, todo es posible si el deseo, más que la utopía o el sueño, es tan fuerte como para sostenerlo días tras día y empujarlo hacia la realidad.

Por Carmen María Ramos
Fuente: diario “La Nación”
Más información: www.lanacion.com.ar

http://www.gacemail.com.ar/Detalle.asp?NotaID=1704




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