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 Entrevista
a Griselda Gambaro: 'Hoy la utopía de los jóvenes
es subsistir'
ES
CONSIDERADA COMO LA DRAMATURGA MÁS IMPORTANTE DE LA ARGENTINA.
ABRIRÁ LA NUEVA EDICIÓN DE LA FERIA DEL LIBRO DE BUENOS
AIRES, QUE ESTARÁ DEDICADA AL TEATRO. SU ÚLTIMA OBRA,
“LA SEÑORA MACBETH”, SE REPRESENTA ACTUALMENTE
EN EL TEATRO NACIONAL CERVANTES, CON DIRECCIÓN DE POMPEYO
AUDIVERT Y PROTAGONIZADA POR CRISTINA BANEGAS.
“Parecemos tranquilos, sólo disconformes
con el estado de penuria económica. Nada coacciona nuestra
libertad de palabra y quizá por eso la queja es nuestro estado
consuetudinario. No falta motivo, pero la queja sin reacción
es una inútil forma autocompasiva”, dice Griselda Gambaro.
Tal vez por esto, la novelista y dramaturga eligió
expresarse por medio de textos que duelen, molestan, sacuden, conmueven,
irritan.
Menuda, eléctrica, Gambaro es una de las
escritoras más relevantes de la literatura argentina actual.
Su espíritu contestatario y su indignación ante todas
las formas de violencia le valieron el exilio cuando, en 1977, la
dictadura militar prohibió su novela “Ganarse la muerte”,
por considerarla contraria a las buenas costumbres y al orden social.
Junto a su marido, el escultor Juan Carlos Distéfano, y a
sus dos hijos, tuvo que dejar su casa del barrio suburbano de Don
Bosco e instalarse en Barcelona, desde donde pudo regresar un tiempo
antes del retorno de la democracia.
"Hoy podemos dormir sin el temor a las razzias
de la dictadura, pero nuestro sueño carece de esperanzas",
se lamenta. Para Gambaro, la libertad y sus ventajas terminan por
ser ilusorias bajo la opresión selectiva de la miseria.
Nacida en el barrio de Barracas y autora prolífica
y multipremiada -desde aquel primer galardón que le otorgó,
en 1963, el Fondo Nacional de las Artes por su novela "Madrigal
en ciudad"-, Gambaro no se siente, aunque lo sea, una autodidacta.
"Yo aprendí de los otros, de todos los que empezaron
antes que yo, de los que, por distintos caminos, me enseñaron
a ver el lado menos banal de las cosas, me transmitieron un concepto,
una idea, un ideal." Las novelas "El desatino", "Una
felicidad con menos pena", "Dios no nos quiere contentos"
y "El mar que nos trajo", y las piezas teatrales "Real
envido", "La malasangre" -que este año se
repondrá, dirigida por Laura Yussem-, "Sucede lo que
pasa" y "La casa sin sosiego" son algunos de sus
trabajos más reconocidos. Sus obras fueron estrenadas en
prestigiosos escenarios de distintos países de Europa y América
latina, y traducidas a numerosos idiomas. Integró, además,
el jurado del Premio de Novela “La Nación - Sudamericana
2004 – 2005”.
El
tema de la violencia, la muerte y el desamparo aparecen recurrentemente
en sus trabajos y se podría decir que le dan unidad a su
obra. ¿Ese interés se mantiene o ha cambiado con el
paso de los años?
Si esos temas aparecen recurrentemente en mi obra
es porque no han desaparecido de la realidad. La realidad ha cambiado
a lo largo de los años, pero, en ciertos aspectos, para que
nada cambie. La violencia persiste, aunque no sea la misma que en
la época de la dictadura militar. Cambió su rostro,
que indudablemente es más benévolo, sin la metodología
del crimen de la dictadura, pero aún en democracia no se
puede ocultar que ese rostro es temible. La violencia perdura en
la multiplicidad y frecuencia de los delitos -secuestros, asesinatos,
violaciones- y en el problema del hambre y del desamparo, que incluye
a un gran número de argentinos; violencia encubierta de un
Estado que desprotege y no encuentra el mecanismo para evitar la
exclusión. No es que yo me interese por esos temas -bien
quisiera no tratarlos-, pero los temas me buscan, me imponen que
me ocupe de ellos, porque mi responsabilidad es hacerlos visibles
de un modo tal que nos lleve a preguntarnos por qué las cosas
son como son, aunque no tengamos las respuestas. Si en algo no creo
es en un arte inútil, del sinsentido. En las sociedades actuales,
que marchan tan aceleradamente hacia formas deterioradas de vida,
el artista tiene una doble responsabilidad: no traicionar a su arte
ni a su época. Y, sobre todo, no callar ni mirar de costado.
Innegablemente, hay esplendor y riqueza en ciertas áreas
de la sociedad argentina, como si viviéramos, según
la suerte, según el origen, en dos países distintos:
uno que se parece a París y el otro, a Biafra. Pero, por
una cuestión de justicia, aunque mi situación sea
personalmente privilegiada, no puedo hablar sino de aquellos que
no tienen ni medios ni voz.
¿Hoy
somos más o menos violentos que en los violentos 70?
Lo somos de otro modo. Tenemos un gobierno en democracia
que, con todas sus carencias y a pesar de los pozos de corrupción
evidentes, procura mayores garantías. Pero la violencia está
profundamente enquistada. Basta con leer los diarios. Se ejerce
violencia cuando se desprecian las normas (caso Cromagnon), cuando
las cárceles siguen siendo lugares de vejación, maltrato
y hacinamiento, cuando no hay transparencia en los actos de gobierno
o en el uso secreto de los fondos reservados?
¿Hemos
hecho algo para mejorar, o todo lo contrario?
Hemos hecho algo para mejorar, sí. Pienso
en el trabajo de las organizaciones gubernamentales y no gubernamentales,
en la recomposición de la Corte Suprema de Justicia, con
una selección rigurosa de sus integrantes. De la recomposición
imprescindible de la Corte tuvo conciencia la sociedad, como la
tiene de que es necesario organizar la Justicia sin privilegios
para los sospechosos de fuste -caso Menem, caso García Belsunce-,
con fiscales y jueces intachables. En cambio, creo que existe una
percepción más confusa sobre la generalización
de la violencia delictiva y la manera de solucionarla. Gran parte
de la sociedad y algunos políticos, como Ruckauf, proponen
el ojo por ojo, el diente por diente, la represión y el aumento
de las penas, cuando la experiencia mundial y la opinión
de expertos señalan la inutilidad de frenar el delito si
no se atacan estructuralmente las causas que lo provocan. Si hace
cincuenta, sesenta años, la delincuencia era menor, menos
agresiva, menos salvaje, no es porque ahora los argentinos nos hayamos
vuelto delincuentes feroces por nacimiento o inclinación
espontánea, sino porque el dique que hacía respetar
ciertas reglas a los delincuentes se ha roto. Hoy, para amplios
sectores no existe, desde la infancia, ni contención ni horizonte.
¿Qué
diferencias encuentra entre la violencia ejercida por las dictaduras
militares y la promovida por los grupos guerrilleros? ¿Hay
una violencia mejor que otra?
No hay una violencia mejor que otra, pero hay violencias de distinto
cuño. Quien tiene el poder y, se supone, la ley de su lado
debe respetar ambos a rajatabla. El Estado no puede hacer desaparecer
personas, torturarlas ni asesinarlas.
¿Qué
motivaba a los jóvenes de aquellos años? ¿Y
a los de hoy, Argentina 2005?
Lo que motivaba a los jóvenes de aquellos
años era en gran parte la utopía, una especie de sueño
de cambiar las cosas, sin calibrar que las cosas se cambian por
la presión de un convencimiento mayoritario y que la fuerza
es la última instancia de ese convencimiento. Si ciertos
cambios históricos fueron posibles -la Revolución
Francesa, la revolución rusa, la revolución cubana-
fue porque la chispa que encendió la hoguera se produjo por
deseo de la mayoría. Creo que no fue ésta la situación
en los años 70, cuando jóvenes idealistas, generosos,
también dogmáticos, se empeñaron en una lucha
dispar que terminó en masacre. En cuanto a los jóvenes
de hoy, sólo los conozco individualmente y por segmentos.
Son los jóvenes que hacen teatro, que escriben, que buscan
trabajo y que procuran mantenerlo, que recogen los cartones y botellas
que dejo en mi puerta y con quienes ocasionalmente cambio algunas
palabras cuando me piden de comer? Sólo ahora, por los medios,
conozco a los jóvenes que iban a los recitales de Cromagnon,
pero ignoro si tenían utopías o si sólo se
entregaban a la música y a las letras que los expresaban
y que les daban un sentido de pertenencia que en otros ámbitos
no encontraban. Algunos jóvenes deben conservar las utopías
de un mundo mejor, aunque más no sea por un simple ejercicio
de la solidaridad, pero creo que por el momento la principal utopía
de la mayoría de los jóvenes es subsistir.
Usted
tuvo que exiliarse durante la dictadura militar. ¿Por qué
regresó?
Regresé porque éste era mi país,
el lugar de mi infancia, de mis afectos. También el lugar
en el que deseaba llevar a cabo mi oficio de escribir. Mi público
y mis lectores eran y son argentinos. En Barcelona, escribí
"Dios no nos quiere contentos" y "Lo impenetrable",
es decir, dos novelas, género que puede esperar su publicación,
sus lectores. En cambio, no escribí teatro, porque el teatro
exige el escenario de manera inmediata y yo no sabía qué
podía decirle al público español, y menos al
catalán. Ignoraba sus códigos.
¿Guarda
algún rencor?
Afortunadamente, no conozco el rencor. Creo que
es un sentimiento desgastante que devora a quien lo padece, como
el odio o el deseo de venganza, aunque quizá sea legítimo
en algunos casos: el de los hijos de desaparecidos, por ejemplo,
o el de vejaciones insoportables. Mi situación durante la
dictadura no puede compararse. No tengo rencor, pero sí guardo
un rechazo muy profundo hacia los actores, principales y secundarios,
que ejercieron el poder en aquellos años. Ese rechazo se
mantiene en estado de vigilia.
¿Habrá
una vuelta atrás, un "nunca más" de una
sociedad, cansada de vivir tras muros, rejas, cámaras de
video, guardias, barreras, o entramos a transitar un camino de no
retorno? ¿Qué podría modificar las cosas?
La voluntad política de hacerlo. Si hablamos
de delincuencia, mientras existan la exclusión, la promiscuidad,
el abandono de niños y adolescentes, la falta de trabajo
y de condiciones aceptables de vida, subsistirá el problema.
Todo tiene que ver con todo. Un país no se salva por fragmentos:
se salva en conjunto.
Hoy,
hay una enorme desconfianza social que nos obliga a sospechar de
nuestro prójimo, a encerrarnos, a no franquear la entrada,
a vivir asustados, en un estado cercano a la paranoia. ¿Cómo
explicar, entonces, las evidentes muestras de solidaridad que también
se producen en esta sociedad recelosa?
Si
nuestra sociedad es desconfiada y, al mismo tiempo, solidaria es
porque quienes la integramos somos de muchas maneras y porque hay
catástrofes y necesidades que permiten expresar solidaridad.
Cada demora sin aviso de un ser querido nos trae el fantasma del
secuestro; cada desconocido que ronda nuestra calle nos hace pensar
en un robo. ¿Paranoia? Tal vez, en todo caso fundamentada
por muchas malas experiencias. Quizás, en un futuro, saquemos
las sillas a la calle para conversar con nuestros vecinos, abramos
nuestra puerta a un desconocido que nos pide un vaso de agua. Más
que las grandes declaraciones, ése será el momento
en que nos demos cuenta de que algo ha cambiado realmente en la
Argentina.
¿Qué
es ser culto en la Argentina?
Ser culto, poseer cultura, es una actitud frente
a la vida. No es el acopio de información, el tránsito
frecuente por muestras, conciertos, espectáculos, ni siquiera
las muchas lecturas. Podemos aplicarnos, pero será inútil
si no somos capaces de establecer relaciones entre lo que se sabe
y lo que se ignora, si esa frecuentación no determina la
tesitura de nuestro comportamiento en todos los órdenes,
en lo mayor y en lo menor, desde los gestos de urbanidad hasta la
capacidad de entender la diferencia. Somos cultos cuando desconfiamos
de la verdad revelada, cuando nos entregamos al placer del arte,
pero sobre todo cuando compartimos su sentido primordial: el que
nos permite salir de nosotros mismos, de nuestro yo egoísta,
limitado y perecedero, para entregarnos a una experiencia colectiva
en la que el otro se nos revela, nos continúa y nos explica.
¿Cómo
interpreta el hecho de que en Buenos Aires haya más espectáculos
de teatro que en Broadway? ¿Se trata, a su entender, de un
dato alentador?
Creo que el hecho de que exista un movimiento teatral
tan fuerte responde, por un lado, a nuestra propia tradición,
que siempre fue muy rica en ese género. Pensemos tan sólo
en el dinamismo teatral de la década del 60. Pero también
creo que este fenómeno responde a la necesidad de sacar la
cabeza del pozo, de salir de la medianía impuesta por las
circunstancias.
¿Se
atreve usted a soñar con un país mejor? ¿Cómo
sería?
Un país donde "la inevitabilidad de
la muerte", como decía Calvino, no sea nunca el término
de una vida sumergida. Donde la continuidad de la vida asegure un
tránsito con sus incertidumbres, sus momentos esperados de
felicidad e inevitables de angustia, pero sin dolores agregados,
sin violencia, sin miseria. ¿Sueño utópico?
Quizá. Sin embargo, todo es posible si el deseo, más
que la utopía o el sueño, es tan fuerte como para
sostenerlo días tras día y empujarlo hacia la realidad.
Por Carmen María Ramos
Fuente: diario “La Nación”
Más información: www.lanacion.com.ar
http://www.gacemail.com.ar/Detalle.asp?NotaID=1704
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