..."Lo que os puedo dar os doy, que es una ínsula hecha y derecha, redonda y bien proporcionada..."
"Don Quijote de la Mancha". Capítulo XLII: " De los consejos que dió Don
Quijote a Sancho Panza antes que fuese a gobernar la ínsula..."

ISSN: 1810-4479
Publicación Semanal. Año 2, Nro.65, Viernes, 1 de abril del 2005


 

“Aunque sea lo último que haga en esta vida”
Por Jorge Mederos La Raza

Han pasado ocho meses y Juan Torres no ha recibido respuestas a las múltiples interrogantes sobre la muerte de su hijo en una base de EE.UU. en Afganistán. Mientras tanto, este inmigrante argentino se ha convertido en un luchador incansable contra la militarización de la juventud latina

Torres ha vivido la mitad de sus 50 años en este país, al que llegó procedente de la provincia de Córdoba (Argentina) con su esposa Susana y dos hijos pequeños en busca de oportunidades. La ciudad escogida fue Houston (Texas), donde su profesión de tornero mecánico le permitió abrirse camino en la industria petrolera.

Con mil sacrificios, Juan y Susana criaron a Verónica y Juan, les dieron la mejor educación posible y en determinado momento hasta pagaron para que los niños cursaran un año en una escuela de Mar del Plata como forma de afianzar en ellos el idioma español y las costumbres argentinas.

Verónica, la mayor, se graduó en arquitectura mientras que Juan, si bien terminó la secundaria a los 15 años y dos años después ya estaba enrolado en el Ejército sirviendo en Kosovo y Hungría, utilizó la ayuda económica militar para estudiar en la Universidad de Houston donde se graduó en administración de empresas, contabilidad y finanzas.

A los 25 años de edad, Juan se aprestaba a finalizar su contrato de ocho años con el Ejército para dedicarse a un empleo de 70.000 dólares anuales en la empresa Devon Energy Corporation de Houston. Tenía ahorros, planes de casamiento y hasta una visita programada a Argentina con su novia Elizabeth Wise.

Como lo informó La Raza detalladamente en su momento, todo esto terminó en tragedia el 12 de julio del año pasado, cuando el soldado especialista Juan Torres apareció muerto de un disparo en la cabeza en uno de los baños de la base Bagram.

Para la familia Torres ha sido una pesadilla de la que no puede despertar. La muerte, atribuída oficialmente a suicidio, aparece rodeada de mentiras y un evidente intento de encubrimiento oficial.

El soldado, según la versión oficial, se habría disparado en la cabeza con su fusil de reglamento en un recinto donde estaba prohibido el ingreso con armas. Las evidencias del lugar del hecho fueron borradas, hubo orden de quemar de inmediato las pertenencias de Torres, aparecieron certificados falsos en su archivo médico para justificar una aparente crisis de depresión y en la autopsia no se encontraron restos de pólvora en sus manos.

Más aún, su computadora personal fue confiscada por los investigadores militares (CID), quienes borraron archivos e instalaron un programa informático que imposibilita el acceso al disco duro.

Han pasado ocho meses, la investigación prometida por el Pentágono ni siquiera comenzó y los testimonios recogidos por la familia Torres entre los ex camaradas de armas de Juan indicarían que su muerte pudo ser motivada por el descubrimiento de tráfico de drogas en la base.

Carta al Congreso

La familia Torres envió recientemente una carta al Congreso de EE.UU., por intermedio del representante por Illinois Ralph Emmanuel, denunciando intentos de intimidación de parte de un agente del CID identificado como Steven Hudson. Asimismo, reclaman del Ejército un informe aunque sea preliminar, y nombran una lista de testigos que aguardan ser convocados para la investigación.

“No han hecho nada, pasaron ocho meses y a nadie le preguntaron nada”, dijo Torres a La Raza. Inclusive, algunas evidencias como el fusil que se habría utilizado en el supuesto suicidio, fueron enviadas a la base en Texas.

“Pero no me van a detener, voy a continuar buscando respuestas aunque sea lo último que haga en esta vida”, dijo Torres.

Este inmigrante, que desde hace doce años vive en Chicago donde ahora trabaja en hotelería, ha tomado la lucha contra la militarización de los jóvenes como una causa personal a la que le dedica mucho tiempo y dinero.

“Pago de mi bolsillo los gastos y voy donde me inviten a participar en actos contra la guerra. Estuve en Nueva York, Pensilvania, Florida y Washington. Voy a escuelas e inclusive a casas particulares cuando me llaman padres preocupados porque sus hijos se quieren enrolar”, dijo.

Torres ha estado frente a frente con reclutadores de la Infantería de Marina. “Ellos glorifican la guerra y les hablan a los muchachos de hacer carrera en las fuerzas armadas, mientras que yo les cuento mi experiencia personal y cómo las familias quedan destruidas por la muerte de un hijo”, dijo.

Peor que las pandillas

Según Torres, los reclutadores “mienten más que las pandillas. Y lo que es peor, este es el único país donde se permite que los militares recluten en las escuelas”.

En su caso, su hijo Juan mantuvo en secreto el reclutamiento hasta último momento fomentado por el director de la secundaria “para darnos una sorpresa”.

Es por eso que ahora, “no hay nada que me deje más feliz que poder darle un respiro a una familia, logrando que su hijo desista del enrolamiento”.

Torres admite que la política envuelve a los pacifistas como él, e inclusive que fue “usado” durante la campaña electoral por los candidatos que luego lo dejaron solo. “En el Congreso me dieron el “tour” completo, me pasearon por las oficinas y luego quedé en la puerta con la fotografía de mi hijo”, afirmó.

Pero la familia Torres no desiste y ha creado la página en Internet www.uncoverthetruth.org con la historia de Juan y otros casos similares.

En una carta publicada en esa página, Susana Ferro –la madre del soldado- dice que sabe que nadie podrá devolverle su hijo, “pero lo único que pregunto es: ¿cómo, por qué y quién?”. © La Raza

http://www.laraza.com/news.php?nid=21014&PHPSESSID=e6a66551fb38fe2e2fcb
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