Torres
ha vivido la mitad de sus 50 años en este país,
al que llegó procedente de la provincia de Córdoba
(Argentina) con su esposa Susana y dos hijos pequeños
en busca de oportunidades. La ciudad escogida fue Houston (Texas),
donde su profesión de tornero mecánico le permitió
abrirse camino en la industria petrolera.
Con mil
sacrificios, Juan y Susana criaron a Verónica y Juan,
les dieron la mejor educación posible y en determinado
momento hasta pagaron para que los niños cursaran un
año en una escuela de Mar del Plata como forma de afianzar
en ellos el idioma español y las costumbres argentinas.
Verónica,
la mayor, se graduó en arquitectura mientras que Juan,
si bien terminó la secundaria a los 15 años
y dos años después ya estaba enrolado en el
Ejército sirviendo en Kosovo y Hungría, utilizó
la ayuda económica militar para estudiar en la Universidad
de Houston donde se graduó en administración
de empresas, contabilidad y finanzas.
A los
25 años de edad, Juan se aprestaba a finalizar su contrato
de ocho años con el Ejército para dedicarse
a un empleo de 70.000 dólares anuales en la empresa
Devon Energy Corporation de Houston. Tenía ahorros,
planes de casamiento y hasta una visita programada a Argentina
con su novia Elizabeth Wise.
Como lo
informó La Raza detalladamente en su momento, todo
esto terminó en tragedia el 12 de julio del año
pasado, cuando el soldado especialista Juan Torres apareció
muerto de un disparo en la cabeza en uno de los baños
de la base Bagram.
Para la
familia Torres ha sido una pesadilla de la que no puede despertar.
La muerte, atribuída oficialmente a suicidio, aparece
rodeada de mentiras y un evidente intento de encubrimiento
oficial.
El soldado,
según la versión oficial, se habría disparado
en la cabeza con su fusil de reglamento en un recinto donde
estaba prohibido el ingreso con armas. Las evidencias del
lugar del hecho fueron borradas, hubo orden de quemar de inmediato
las pertenencias de Torres, aparecieron certificados falsos
en su archivo médico para justificar una aparente crisis
de depresión y en la autopsia no se encontraron restos
de pólvora en sus manos.
Más
aún, su computadora personal fue confiscada por los
investigadores militares (CID), quienes borraron archivos
e instalaron un programa informático que imposibilita
el acceso al disco duro.
Han pasado
ocho meses, la investigación prometida por el Pentágono
ni siquiera comenzó y los testimonios recogidos por
la familia Torres entre los ex camaradas de armas de Juan
indicarían que su muerte pudo ser motivada por el descubrimiento
de tráfico de drogas en la base.
Carta
al Congreso
La familia Torres envió recientemente una carta al
Congreso de EE.UU., por intermedio del representante por Illinois
Ralph Emmanuel, denunciando intentos de intimidación
de parte de un agente del CID identificado como Steven Hudson.
Asimismo, reclaman del Ejército un informe aunque sea
preliminar, y nombran una lista de testigos que aguardan ser
convocados para la investigación.
“No
han hecho nada, pasaron ocho meses y a nadie le preguntaron
nada”, dijo Torres a La Raza. Inclusive, algunas evidencias
como el fusil que se habría utilizado en el supuesto
suicidio, fueron enviadas a la base en Texas.
“Pero
no me van a detener, voy a continuar buscando respuestas aunque
sea lo último que haga en esta vida”, dijo Torres.
Este
inmigrante, que desde hace doce años vive en Chicago
donde ahora trabaja en hotelería, ha tomado la lucha
contra la militarización de los jóvenes como
una causa personal a la que le dedica mucho tiempo y dinero.
“Pago
de mi bolsillo los gastos y voy donde me inviten a participar
en actos contra la guerra. Estuve en Nueva York, Pensilvania,
Florida y Washington. Voy a escuelas e inclusive a casas particulares
cuando me llaman padres preocupados porque sus hijos se quieren
enrolar”, dijo.
Torres
ha estado frente a frente con reclutadores de la Infantería
de Marina. “Ellos glorifican la guerra y les hablan
a los muchachos de hacer carrera en las fuerzas armadas, mientras
que yo les cuento mi experiencia personal y cómo las
familias quedan destruidas por la muerte de un hijo”,
dijo.
Peor
que las pandillas
Según Torres, los reclutadores “mienten más
que las pandillas. Y lo que es peor, este es el único
país donde se permite que los militares recluten en
las escuelas”.
En
su caso, su hijo Juan mantuvo en secreto el reclutamiento
hasta último momento fomentado por el director de la
secundaria “para darnos una sorpresa”.
Es
por eso que ahora, “no hay nada que me deje más
feliz que poder darle un respiro a una familia, logrando que
su hijo desista del enrolamiento”.
Torres
admite que la política envuelve a los pacifistas como
él, e inclusive que fue “usado” durante
la campaña electoral por los candidatos que luego lo
dejaron solo. “En el Congreso me dieron el “tour”
completo, me pasearon por las oficinas y luego quedé
en la puerta con la fotografía de mi hijo”, afirmó.
Pero
la familia Torres no desiste y ha creado la página
en Internet www.uncoverthetruth.org con la historia de Juan
y otros casos similares.
En
una carta publicada en esa página, Susana Ferro –la
madre del soldado- dice que sabe que nadie podrá devolverle
su hijo, “pero lo único que pregunto es: ¿cómo,
por qué y quién?”. © La Raza
http://www.laraza.com/news.php?nid=21014&PHPSESSID=e6a66551fb38fe2e2fcb
2fc11560d84e
|