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 El
Cristo de La Habana
Por Zenia Regalado
*-Detalles
curiosos sobre esta monumental obra, inaugurada un 25 de diciembre
de 1958, son revelados por un amigo de Jilma Madera, su autora.
Pinar del Río: Desafiando el tiempo, allí
en la bahía de La Habana, en la cima de la Loma de La Cabaña
y a 50 metros sobre el nivel del mar, se encuentra la mayor escultura
del mundo en mármol blanco de Carrara realizada por una mujer.
Quiso el azar que esta imponente figura de Cristo,
de 20 metros de altura, se inaugurara a pocos días del primero
de enero de 1959. El sello personal de su autora, la pinareña
Jilma Madera, rompió con muchos cánones establecidos.
Esa originalidad tuvo mucho que ver en que ella
ganara el concurso convocado para tales fines. Su Cristo no está
con los brazos abiertos como los de la montaña de Corcovado,
en Río de Janeiro; el de Lubango, en Angola; o el de Lisboa,
Portugal.
El
boceto de tres metros de alto que llevó para Carrara.
Su apoderado cultural, como ella nombró a Jorge del Valle
González, investigador de la Unión de Historiadores,
la define como una mujer enamorada de la vida, quien el día
de la inauguración dijo: “Lo hice para que lo recuerden,
no para que lo adoren : es mármol”.
Nuestro entrevistado afirma que si bien era anticlerical
y atea, simpatizaba con aquel defensor de los pobres.
Para esculpirlo no empleó ningún modelo,
sino que se inspiró en su ideal de belleza masculina: ojos
oblicuos, labios pulpusos, en sintonía con el mestizaje racial
en este pedazo del mundo.
A CARRARA SE FUE
En la escultura de 320 toneladas de peso, se emplearon 600 de mármol
blanco de Carrara y la conformaron 67 piezas hechas en las canteras
de esa localidad italiana.
Pasó dos años en su encomienda en
aquella famosa tierra, desde cuyas cercanías salió
material para las construcciones del imperio romano en época
de Julio César.
Los 200 000 pesos que ganó en el concurso
los empleó para comprar el mármol. Llevó con
ella el boceto triunfador: una figura de tres metros hecha con una
amalgama de yeso.
Estando en aquella nación se dolió
de la “desaparición física” de Fidel difundida
por los medios batistianos.
El líder del Moncada la había impresionado
desde que ella leyó en México el alegato de la Historia
Me absolverá que una amistad le entregó en hojas mimeografiadas.
Varias veces conversó con él después del triunfo
de enero.
Era martiana de raíz, por ello consideró
el Martí del Turquino –ideado por las hermanas Segredo
–también pinareñas- como su obra cumbre.
Antes
del boceto definitivo tuvo que hacer varios buscando la perfección
de los detalles.
Muy responsable con su trabajo, envió a Cuba las 67 piezas
perfectamente protegidas. Pagó un seguro por cada una de
ellas, y trajo además un bloque de mármol previendo
algún accidente.
Años después tuvo que utilizarlo para
corregir el daño hecho por un rayo a la cabeza de la escultura.
Dirigió al grupo de hombres que auxiliados
por una grúa colocó cada pieza en su lugar.
MÁS
TERRENAL
A la majestuosa obra le dejó los ojos vacíos,
para que diera la impresión de mirar a todos desde cualquier
lugar donde se colocara una persona a observarle.
Los tan llevados y traídos pies de la figura
monumental son los de la propia Jilma –afirma del Valle- por
eso calzan unas sandalias de meter el dedo a la usanza de la época,
en lugar del calzado de la antigüedad.
Quien sabe si ella lo ideó así para
hacerlo aún más terrenal y cercano a quienes llegan
al hermoso mirador para deleitarse con obra tan imponente y observar
inigualables vistas de la ciudad, sobre todo de noche, cuando parece
que todas las estrellas han viajado a la tierra.
La primera vez que un rayo se impactó contra
la escultura, Jilma, atareada en la restauración, divisó
desde lo alto a un grupo de militares que se acercaba, y entre ellos
distinguió al Che.
Descendió y estuvo conversando con el Guerrillero
Heroico más de una hora, explicándole los detalles
de su Cristo.
En su casa de Lawton - donde vivió desde
la década del 40- había detalles que llamaban la atención:
su siempre oloroso jardín lleno de rosas y orquídeas,
su mata de güira, un fragmento del bloque que trajo de Italia,
y en el interior de la vivienda, una foto del Che.
Fue una mujer dulce y sensual; pero bien plantada.
Su arte la hizo muy conocida en Europa en los años 40. Viajó
mucho por el mundo.
Adoraba el té de hojas de guanábana
con media línea de ron, y aunque su virtuosismo le robó
tiempo para tener hijos, se deleitaba escuchando el griterío
de los niños en la escuela cercana.
Alfabetizó en La Palma. Había nacido
en una finca de San Cristóbal y siempre – hasta su
muerte el 21 de febrero de 2000- mantuvo su cercanía con
la patria chica que le vio nacer: Pinar del Río.
http://www.guerrillero.co.cu/pinardelrio/2003/diciembre/elcristodela_1.htm

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