..."Lo que os puedo dar os doy, que es una ínsula hecha y derecha, redonda y bien proporcionada..."
"Don Quijote de la Mancha". Capítulo XLII: " De los consejos que dió Don
Quijote a Sancho Panza antes que fuese a gobernar la ínsula..."

ISSN: 1810-4479
Publicación Semanal. Año 2, Nro.69, Viernes, 29 de abril del 2005


 

Un día como hoy

Un tropero dominicano nos recuerda esta triste fecha:

Un día como hoy, hace 40 años, se efectuó la segunda Invasión militar Yankee a Santo Domingo en el s. XX. Esta vez para sofocar el levantamiento cívico-militar iniciado el 24 de abril de 1965 que buscaba reponer en el poder el gobierno constitucional del Prof. Juan Bosch y el retorno a la constitución de 1963.

42,000 marines de la 82nd división aerotransportada desembarcaron y tomaron como centro de acción el Hotel Embajador, en ese entonces ubicado en las afueras de la ciudad.

Entre las principales medidas que tomaron los invasores estuvieron:

1- Matar y violar niños y niñas
2- Matar mujeres y ancianos
3- Matar jóvenes
4- Matar combatientes constitucionalistas
5- Y cuando ya habían masacrado a un pueblo que luchaba por sus derechos, obligaron a los dominicanos a ser sus fieles servidores y les imponían tareas tales como recoger basura, retirar trincheras, rellenar hoyos, etc….

La foto que les envío dio la vuelta al mundo y fue símbolo de la resistencia del pueblo indefenso ante los abusos que cometían los come-hombres yankees. Imagínense lo que le sucedió al señor de la foto.

[La foto del dominicano [Senén Sosa] enfrentando al soldado invasor, fotografía tomada por el reportero gráfico Juan Pérez Terrero, seleccionada como una de las fotos del siglo]

Un saludo,

Christian Brito
Desde Santo Domingo, principio y final del Caribe

Pd. Olvidaba decir que el único gobierno que se pronuncio el mismo día 28 de abril en contra de la invasión fue el de Cuba, cuyo embajador hizo una enérgica defensa de los constitucionalistas, ya en junio se pronuncian en la OEA Brasil, Uruguay, Venezuela, Chile y no recuerdo si Paraguay o Ecuador…


Eduardo Galeano cuenta la invasión a República Dominicana

1965
San Juan de Puerto Rico
Bosch

La gente se lanza a las calles de Santo Domingo, armada con lo que tenga, con lo que venga, y embiste contra los tanques. Que se vayan los usurpadores, quiere la gente. Que vuelva Juan Bosch, el presidente legal.

Los Estados Unidos tienen preso a Bosch en Puerto Rico y le impiden volver a su país en llamas. Bosch se muerde los puños, a solas en el rabiadero, y sus ojos azules perforan las paredes.

Algún periodista le pregunta, por teléfono, si él es enemigo de los estados Unidos. No; él es enemigo del imperialismo de los Estados Unidos.
- Nadie que haya leído a Mark Twain -dice, comprueba Bosch- puede ser enemigo de los Estados Unidos.

1965
Santo Domingo
Caamaño

A la tremolina acuden estudiantes y soldados y mujeres con ruleros. Barricadas de toneles y camiones volcados impiden el paso de los tanques. Vuelan piedras y botellas. De las alas de los aviones, que bajan en picada, llueve metralla sobre el puente del río Ozama y las calles repletas de multitud.

Sube la marea popular, y subiendo hace el aparte entre los militares que habían servido a Trujillo: a un lado deja a los que están baleando pueblo, dirigidos por Imbert y Wessin y Wessin, y al otro lado a los dirigidos por Francisco Caamaño, que abren los arsenales y reparten fusiles.

El coronel Caamaño, que en la mañana desencadenó el alzamiento por el regreso del presidente Juan Bosch, había creído que sería cosa de minutos. Al mediodía comprendió que iba para largo, y supo que tendría que enfrentar a sus compañeros en armas. Vio que corría la sangre y presintió, espantado, una tragedia nacional. Al anochecer, pidió asilo en la embajada de El Salvador.

Tumbado en un sillón de la embajada, Caamaño quiere dormir. Toma sedantes, las píldoras de costumbre y más, pero no hay caso. El insomnio, la crujidera de dientes y el hambre de uñas le vienen de los tiempos de Trujillo, cuando él era oficial del ejército de la dictadura y cumplía o veía cumplir tareas sombrías, a veces atroces. Pero esta noche está peor que nunca. En la duermevela, no bien consigue pegar los ojos, sueña. Cuando sueña, es sincero: despierta temblando, llorando, rabiando por la vergüenza de su pavor.

Acaba la noche y acaba el exilio, que una noche ha durado. El coronel Caamaño se moja la cara y sale de la embajada. Camina mirando al suelo. Atraviesa el humo de los incendios, humo espeso, que hace sombra, y se mete en el aire alegre del día y vuelve a su puesto al frente de la rebelión.

1965
Santo Domingo
La invasión

Ni por aire, ni por tierra, ni por mar. Ni los aviones del general Wessin y Wessin, ni los tanques del general Imbert son capaces de apagar la bronca de la ciudad que arde. Tampoco los barcos: disparan cañonazos contra el Palacio de Gobierno, ocupado por Caamaño, pero matan amas de casa.

La Embajada de los Estados Unidos, que llama a los rebeldes "escoria comunista y pandilla de hampones", informa que no hay modo de parar el alboroto y pide ayuda urgente a Washington. Desembarcan, entonces, los marines.

Al día siguiente muere el primer invasor. Es un muchacho de las montañas del norte de Nueva York. Cae tiroteado desde alguna azotea, en una callecita de esta ciudad que nunca en su vida había oído nombrar. La primera víctima dominicana es un niño de cinco años. Muere de granada, en un balcón. Los invasores lo confunden con un francotirador.

El presidente Lyndon Jhonson advierte que no tolerará otra Cuba en el Caribe. Y más soldados desembarcan. Y más. Veinte mil, treinta y cinco mil, cuarenta y dos mil. Mientras los soldados norteamericanos destripan dominicanos, los voluntarios norteamericanos remiendan en los hospitales. Jhonson exhorta a sus aliados a que acompañen esta Cruzada de Occidente. La dictadura militar del Brasil, la dictadura militar del Paraguay, la dictadura militar de Honduras, y la dictadura milita de Nicaragua envían tropas a la República Dominicana para salvar la Democracia amenazada por el pueblo.

Acorralado entre el río y el mar, en el barrio viejo de Santo Domingo, el pueblo resiste.

José Mora Otero, Secretario General de la OEA, se reúne, a solas, con el coronel Caamaño. Le ofrece seis millones de dólares si abandona el país. Es enviado a la mierda.

1965
Santo Domingo
132 noches

ha durado esta guerra de palos y cuchillos y carabinas contra morteros y ametralladoras. La ciudad huele a pólvora y a basura y a muerto.
Incapaces de arrancar la rendición, los invasores, los del todo poder, no tienen más remedio que aceptar un acuerdo. Los ningunos, los ninguneados, no se han dejado atropellar. No han aceptado traición ni consuelo. Pelearon de noche, cada noche, toda la noche, feroces batallas casa por casa, cuerpo a cuerpo, metro a metro, hasta que desde el fondo de la mar alzaba el sol sus flameantes banderas y entonces se agazapaban hasta la noche siguiente. Y al cabo de tanta noche de horror y de gloria, las tropas invasoras no consiguen instalar en el poder al general Imbert, ni al general Wessin y Wessin, ni a ningún otro general

Eduardo Galeano - Memoria del fuego (3)

http://www.stormpages.com/marting/invasiondominicana.htm


En realidad
sólo quería decir
eso.
En realidad, la vida es,
pongamos por ejemplo,
una manzana.
Entonces, uno la mira, la toca,
le hace fiestas,
la besa, le habla,
tal vez
hasta dibuja manzanitas
imitándola.

La quiere así, manzana,
rica, pulposa, viva,
indescifrable,
sabia.
Si la quieren romper,
si viene
un bicho, por ejemplo,
un yanqui hijo de puta,
para ser más precisos
a matarla,
ya no se puede hablar
así nomás de la manzana.
Hay que matar al bicho,
es necesario
odiarlo,
destruirlo.

Es casi obligatorio
decirle hijo de puta,
decirle yanqui hijo de puta
todos los días, religiosamente
y encontrar la manera de acabarlo.
Por amor a la vida,
simplemente.

En realidad
tal vez no me he explicado bien.
Si uno tiene,
pongamos por ejemplo,
un amor, una cosa
que le anda por la piel
por todas partes.
Digamos Buenos Aires.
Digamos un octubre, un poema, una muchacha.
O digamos la esquina
de Nazca y Tequendama
los domingos, a las seis de la tarde.

(Estoy casi seguro
que había una esquina así en Santo Domingo
que había un viejo,
una silla,
un cielo inverosímil,
muchachos que volvían del fútbol,
señoras apuradas,
bocinas, qué sé yo
y tal vez
hasta un tipo solitario
como yo
que miraba)

Si uno tiene un amor entonces,
eso que le camina por la piel,
decíamos, y pasa algo,
ocurre
que viene el mal, la peste, una desgracia,
o para no ir más lejos
vienen los marines idiotas,
los cretinos mascadores de chicle,
odiadores de todo lo que crece
y desembarcan.

Entonces
ya no se puede hablar así nomás,
hay que matar la muerte de algún modo,
hay que pelear con rabia,
destruirlos,
salirles al encuentro como sea
y además
decir, decir hijos de puta,
decir marine yanqui hijo de puta,
decirlo y masticarlo
y enseñarlo a los chicos
como un rezo.
Por amor a la vida,
simplemente,
me parece.

(*_Yanquis hijos de puta_* ,*Humberto Costantini*)




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