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 La cultura enriquece y salva
Por Jorge Gómez Barata
La burguesía agradece a Carlos Marx el haber revelado que
siempre: “La ideología dominante es la ideología
de la clase dominante”.
El desconocimiento y las confusiones teóricas, presentes
en la comprensión del panorama político contemporáneo,
son inducidos por la difusión de versiones distorsionadas
de la historia reciente, no sólo por los medios de difusión
masiva, el cine, la ensayística y la literatura de ficción,
sino incluso por el sistema escolar.
No se trata sólo de interpretaciones históricas torcidas,
realizadas por ideólogos interesados a partir de hechos deformados,
biografías mal conocidas y peor comprendidas, sino del infame
ocultamiento de los hechos. La juventud latinoamericana, por ejemplo,
apenas sabe nada de lo ocurrido en la década de los sesenta
y menos aun de las razones que movieron a sus mayores a asumir actitudes
radicales.
Tampoco se conocen las corrientes ideológicas que alumbraron
el proceso de descolonización y de las circunstancias históricas
reales que dieron lugar al nacimiento del Tercer Mundo, al auge
del movimiento de liberación nacional, a los profundos debates
teóricos acerca del subdesarrollo, la función de los
grandes sistemas ideológicos y el papel desempeñado
por el conflicto Este – Oeste.
La Segunda Guerra Mundial concluyó con una derrota que parecía
decisiva de las fuerzas reaccionarias a escala de todo el planeta.
En Europa y Asia fueron arrollados el fascismo y el militarismo,
Estados Unidos, la Unión Soviética y Gran Bretaña,
emergieron vencedoras, levantando las banderas de la libertad y
la democracia.
Fruto de aquella victoria fue la edificación de una sistema
de seguridad internacional basado en el respecto a la independencia,
la soberanía y la autodeterminación de las naciones
y la igualdad soberana de los Estados, cuyo centro, la organización
de Naciones Unidas se diseñó sobre todo para el mantenimiento
de las paz y la seguridad internacional.
Bajo aquellas banderas se destruyó el sistema colonial y
se fundaron varias decenas de nuevos estados encabezados por lideres
de la talla de Nasser, el más influyente de los políticos
árabes de su tiempo, Nehru, primer jefe de gobierno de la
India; Léopold Sédar Senghor, presidente de Senegal
y el más importante intelectual africano del siglo XX, Félix
Houphouët-Boigny, fundador del primer gran partido político
africano y de Costa de Marfil, Ahmed Ben Bella, primer presidente
de Argelia, Sékou Touré de Guinea, Achmed Sukarno,
de Indonesia y Kwame Nkrumah, de Ghana y otros.
En América Latina donde la guerra tuvo escasa repercusión,
el proceso fue inverso. La efímera bonanza económica
asociada al auge exportador, conllevó al reforzamiento de
las oligarquías nativas y en alguna medida al castramiento
de las burguesías nativas, absorbidas por el capital extranjero.
La excepción, por cierto sin vinculo alguno con las coyunturas
creadas por la guerra ni con el conflicto Este- Oeste, fue la Revolución
Cubana que, entre otras cosas, reveló la profundidad de la
crisis estructural de la América Latina en donde no existía
otra solución que el cambio, más o menos profundo
de tales estructuras. Esa revelación y no ninguna operación
propagandística ni acción subversiva, explican el
auge del movimiento de liberación en los años sesenta.
Todos aquellos procesos y aquellos líderes estuvieron llenos
de luces y sombras; algunos cometieron errores. Ninguno estaba labrado
en una sola pieza en mármol de Carrara. Fueron humanos, y
humanas fueron sus obras. Habitaron su tiempo y tienen derecho a
la posteridad.
En Europa donde están mejor enterados, son más maduros
y tienen más libertad, la BBC de Londres puede organizar
una encuesta en la que Carlos Marx resulta el filósofo más
destacado de todos los tiempos. Un maestro centroamericano no tiene
todavía derecho a explicar a sus alumnos quien fue Ernesto
Guevara.
La reacción, el imperio y la mentalidad conservadora apela
a la ignorancia y dispone de un recurso fácil: la represión,
con o sin guantes de seda, que suprime toda confrontación
y toda alternativa.
Como en tiempos de Cristo, predicar con la palabra que contiene
la verdad, sigue siendo la alternativa.
Enviado por su autor
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