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 Sartre, pensador de
la libertad
Rector de la Universidad de La Habana,
Distinguidas personalidades aquí presente,
Estudiantes:
Debo decir las primeras palabras del Coloquio y no quiero hacerlo
y probablemente no deba hacerlo desde reflexiones que, sin embargo,
no podré esquivar del todo, y que temo puedan alejarme de
lo que más me interesa subrayar en esta ocasión y
que es, para mí, hoy y ahora, ahora más que nunca,
la sustancia viva, resultado inicial y final del pensamiento filosófico
e inmediatamente político de Jean Paul Sartre. Jean Paul
Sartre y la libertad del hombre.
De nuevo el ser, ser y el Ser, desde Parménides a Platón
y Plotino, y desde San Agustín a Santo Tomás, que
en salto atrás haré acompañar por Aristóteles,
y más tarde Descartes y Leibniz y Hegel y Kant, y siempre
el ser y el Ser, también en Kierkegaard de los mil rostros
e interpretaciones, que anclarán en la angustia pero también
en el rigor de la verdad que tal vez no sea, que puede ser negada,
pero a la que el hombre no puede renunciar. Y entonces no importa
cuántos otros, cuánta audaz polémica, cuántas
aproximaciones, cuántos rechazos e ilusiones, cuando un joven
pensador descubre y alimenta sus reflexiones en Husserl y Heidegger
y en el saber de y hasta sus días, y debe presentar y deslumbrar
parece, en rue Tournon, ante Gabriel Marcel y los suyos diversos,
un texto que sería La trascendencia del Ego, un esbozo de
descripción fenomenológica. Ego, trascendencia. La
conciencia, el Yo, la forma de trascender, ese acto-acción,
salir de sí hacia el objeto, el objeto que puede ser sujeto
que realiza la misma operación inversa; son acercamientos
muy elaborados, reflexiones esenciales que comienzan a aparecer
para encontrar definida, precisa expresión, en El Ser y la
Nada y aterrarnos hasta el temblor con su descarnada aprehensión
de la realidad, verdad más que probable si Dios o un Trascendente
que le equivalga queda excluido del razonamiento. Ese Yo, la persona,
lanzado al mundo, a un entorno que le sería inicialmente
ajeno, y que en el mundo se afirma al descubrir al Otro, que a su
vez le descubre y que en ese mutuo descubrimiento y porque se descubren,
descubren en el descubrirse la agresión de hacerlo, cada
cual; el Hombre, el Yo, la Persona, aprenden a saberse solos y sin
báculo alguno, obligados todos a la tal vez única
inevitable sujeción, el ejercicio de la/su libertad, la de
decidir opciones, descubrirlas, saber, no hay escape posible. Él,
el Otro, los Otros, la responsabilidad del Acto y en este juego
sin salida la inter-subjetividad, la presencia de la libertad del
otro, su enemigo, su hermano, su igual distinto. Al que habrá
que aceptar para aceptarnos y ser nosotros mismos.
La
persona ya no es primero el ser, es el existir, y solo porque existe
es, conciencia primero, conciencia que se trasciende y que de retorno
se descubre en su Yo; Yo que ya será él y no otro
y que en el Otro se ha descubierto y afirma. El ser siempre, pero
ahora naciendo del existir y el existir de otra Nada, que no es
ya la de Dios o de su equivalente; Nada desde la que se modela el
existir, simplemente se existe dando al ser consistencia. No es
lo informe, no es el Caos, es la Nada, el no-existir, es Ateísmo
en su pureza máxima, reto de los retos y que en el principio
a la Nada sitúa; sitúa la Nada igualmente al final
de aquel curso en el que el existir es fenómeno, es proceso,
un modo del ser siendo que se prolonga en sucesión cambiante
y que deviene historia, instante de la historia. En el homenaje
que la UNESCO rindió a Kierkegaard, Coloquio que se proponía
destacar lo que permanecía vivo en su pensamiento, Sartre
inicia sus palabras en juego de ironías sobre la sutil exquisitez
de ese ir precisando “lo vivo” e ir enterrando el cadáver.
Tal vez sea ese ir preparando “el cadáver” lo
que resultaría entonces la vida de ese ser Yo que se relaciona,
crispado, con el Otro que acaba de descubrir y del que retorna descubriéndose
por haberlo descubierto, puesto que ha devenido acto, acción,
vivencia, realización, fenómeno. Y así, más
tarde, irse fundando en el ejercicio constante de abrirse al mundo
al que ha sido arrojado e irse fundando como parte de ese mundo-entorno-realidad,
o sea, en el sistema de relaciones que a su vez la inter-subjetividad
múltiple va estableciendo.
Pero vuelvo a la Persona, y quiero ya abandonar la digresión
a que me he visto obligado y que si hubiese querido esquivar no
me lo podía permitir porque solo así puede comprenderse
el núcleo de la radicalidad de Sartre como pensador-filósofo,
su radicalidad como pensador de la libertad.
Si en La Náusea principalmente, en A puertas cerradas y en
su dramaturgia toda están presentes el horror a la ruptura
del contorno, su piel, el en sí del ser, Yo, persona, irreductiblemente
libre, obligado a serlo, vuelto sobre mí mismo de un modo
desgarrante; y en sus páginas autobiográficas y críticas
apreciamos párrafo a párrafo, diálogo sobre
diálogo, que van transidas de aquel pensar que concede al
acto la plenitud del ser, y al ser la predicción de la Muerte,
la angustia soterrada de ese camino, habría que preguntarse
¿qué será la vida sino puro tránsito
entre la Nada y la Nada; Nada como vacío total, como no-ser
absoluto?
Su existencialismo, el existencialismo que Sartre representa, es
por eso ante todo, y para comprender su dimensión teórica
y una cierta contradicción que a él no preocupa y
que apuntaré más tarde, existencialismo-Ateo; Ateo
con mayúscula, sin concesión alguna.
Gabriel Marcel había publicado en 1927 su Diario metafísico
y dejó fundada de este modo la corriente existencialista
cristiana que continuó enriqueciendo en otras obras, y con
meditaciones y polémicas y discusiones teóricas que
revelan no pocos puntos de contacto ya visibles en la segunda mitad
del Diario. Entre una y otra concepción existencial, las
diferencias resultan sin embargo abismales, no ya en la evaluación
del acto, del ir hacia, del existir existiendo en tanto que fundamento
del ser, sino ante todo, como puede comprenderse, porque el existencialismo
cristiano resulta transido de religiosidad hasta descansar en otra
concepción e interpretación del trascenderse, de la
trascendencia, que de por sí resulta presente o necesaria
dada la aparición de la idea de Dios y la presencia normativa
de valores inmanentes que son responsables de las reglas del juego
¿Por qué detenerme en Marcel? Me explicaré.
Es que Marcel se pregunta por qué Jean Paul Sartre, en sus
trabajos filosóficos y en otros ensayos no aborda de forma
sistemática una ética, no se detiene a y a partir
de su sistema a cubrir lo que pudiera parecer un vacío. Es
según aquel pensador, que una filosofía que no deja
salida alguna a la esperanza, que deja al hombre desamparado en
el mundo al que ha sido arrojado para no sabe qué, salvo
para ejercer su libertad, obligadamente, más que como privilegio
o dación, es decir, no como ejercicio de el libre arbitrio,
sino como obligación compulsiva ya que no tiene o tendría
otra posibilidad, pudiera ser que no tuviese modo de abordar su
propia ética.
En Sartre la posibilidad es máxima, y la elección
igualmente ilímite; de ahí la segura o aparente, o
también posible, necesidad de una ética, de un Tratado
que abordase esa tarea, fuese para pensarla, establecerla, proponerla
o preguntarse cuáles serían las éticas posibles
a partir de textos como El Ser y la Nada o de los sub-textos que
andan bajo La Náusea o A puertas cerradas, me digo a mí
mismo, provocándome y prolongando esa curiosidad; en Marcel,
teológica y, en mí, simple, muy terrenamente ética
y hasta estética de la conducta y de la persona. No logro,
parece que no lograré nunca, comprender que la disección
con precisión miniaturista de relaciones inter-personales
reducidas a la frialdad de mecanismos de relojería que un
día, a una hora, funcionaron y que se han detenido, o el
seguimiento de la desintegración de un ser en su camino hacia
la Nada prevista, resulten concebidos como ejercicio necesario.
¿Obra literaria? ¿Voluntad de coherencia filosófica,
tanta, tanta, que pueda tocar la crueldad?
Ni en La Náusea, ni en los textos autobiográficos,
ni en su dramaturgia, o al menos en la mayor parte de esas obras,
y en menor escala pero algunas veces de modo dominante en sus ensayos
de crítica literaria, textos a los que ya he hecho referencia,
encontraremos atisbos, y prefiero y creo justo así pensarlo,
de la fundación subyacente o laberíntica de una ética
y creo en cambio posible que la sospecha de que así fuese
es la que lleva a Gabriel Marcel, del que me sirvo, a intentar un
análisis honesto, fundamentado y muy crítico. No lo
sé, pero acaso debió resbalar en Sartre aquel juicio
dado que llegaba desde una trascendentalidad que no le concernía.
Queda sin embargo, para mí, la pregunta ¿por qué
tan pródigo pensador pese a ser anunciada, eso creo, no nos
deja una ética formalizada en texto aun si debiera ser, en
su caso, un texto quebradizo?
Evité mencionar a Marx cuando me deleitaba hace unos minutos
comprobando para ustedes que el ser y el Ser, mayúscula minúscula,
acompañándose, recorren siglos, milenios y sistemas,
y solo me detuve probablemente en menos del diez por ciento de los
que han tenido lugar, abierto infinitas discusiones y provocado
turbación o iluminación en las conciencias y hasta
torturas, destripamientos virtuales y quemas en hoguera. Claro,
Carlos Marx no es pensador del ser-Ser pero sí que lo es
del existir, lo que no lo convierte en inspirador de la fenomenología
pero sí en creador de concepciones, de un sistema que, por
su densidad, hizo proclive a un existencialista ateo como Jean Paul
Sartre a acercarse a tal doctrina.
No creería justo afirmar que ese acercamiento teórico,
a partir de Cuestiones del método y más tarde en su
Crítica de la razón dialéctica, se propusiera
completar o enmendar a Marx pero quiere, sin duda, por una parte
conjugar marxismo y existencialismo; y replantearse de algún
modo la experiencia individual, particular, no disuelta en la praxis
total de la sociedad, en la historia y en su relación y dependencia
con la materia. También, pero ya no concierne a Marx, sino
a las deformaciones que de la práctica marxista se producían
y que le fueron contemporáneas, elaborar proposiciones alternativas
no-fundamentales, discutibles o no, en las que no me detendré
salvo para decir que se correspondían con preocupaciones
más que justificadas ante la evidencia de un supuesto socialismo
real, casi teocrático, basado a veces en el vasallaje involuntario,
condicionado, o de inspiración vaga pero efectivamente mimética.
No veo en aquellos tratados aportes definitivos o perdurables, y
aun así, pudiera ser que resulte ligero ignorarlos, es que
revelan algo que quisiera destacar, la voluntad de servir de un
pensador-filósofo, que se empeña en relacionarse en
la práctica con ese mundo entorno al que fue arrojado un
día y en el que, crispado al descubrir al Otro y desde el
Otro y de retorno, ha convertido en la conciencia aquel núcleo
que decía “opaco” en que el yo se ejerce en persona,
persona para la libertad. Esa persona, Jean Paul Sartre, fue también
así un ser actuante, un combatiente de la libertad, esta
vez de los otros, de millones de sujetos sobre los que su voluntad,
la voluntad de ser en ellos, supo seleccionar no al burgués
que no se sabe en el mundo porque cosificado en la inautenticidad,
sino a aquellos que creyó podían dar otro rumbo al
curso histórico. Eso determinó acercamiento y lejanía
a la que fue la URSS; y más tarde plenitud de entusiasmo
revolucionario ante el triunfo de la guerrilla cubana encabezada
por Fidel. De regreso a París escribió Huracán
sobre el azúcar, ensayos articulados que originalmente publicó
un periódico de amplio radio y de inmediato una editorial.
¿Sabía Sartre que había seleccionado un nombre
emblemático, ese huracán que recorre de año
en año estas Antillas y las costas continentales que bañan
el Caribe y el Atlántico y al que uno de nuestros más
agudos pensadores y estudiosos, antropólogo, etnólogo,
sociólogo excepcional, Fernando Ortiz, dedicó un libro
que debía ser de obligada, y tal vez mejor, de amada lectura,
El Huracán? Fernando Ortiz afirma que el huracán que
todo trastorna y hace peligrar sistemáticamente nuestras
vidas, también las enriquece y condiciona de modo muy diverso.
Ésa resulta la estructura de los ensayos de Sartre y es la
revolución cubana, desde su óptica, la que todo des-estructura
y reconstruye desde la justicia y desde el hombre, desde la persona.
Debo recordar ahora para ustedes que apenas había iniciado
esta palabras señalé que La trascendencia del Ego,
un esbozo de descripción fenomenológica, o tal vez
una primera versión, había sido conocida inicialmente
en las reuniones que tenían lugar en el entorno de Gabriel
Marcel y entonces subrayé, rue Tournon. Muchos años
después, en rue Tournon vivían Gerard Philippe y su
compañera, Anne Philippe. Fueron ellos, mis hermanos, los
que entusiasmaron a Jean Paul Sartre a venir a Cuba. Eran ellos
con Claude y Jacqueline Julián, con Chris Marker, con Simone
Signoret, con Joris Ivens, amigos entrañables de nuestro
proyecto revolucionario.
¿Qué explicaría el posterior alejamiento de
Sartre ante tanto entusiasmo y convicción, y comprensión?
No desviaré este Coloquio de su tema principal. Pero, por
muchas razones conviene que haga esta digresión reduciéndola
al mínimo. Las revoluciones no son paseos en carroza. Y la
revolución cubana ha debido afrontar dificultades y situaciones
de extrema complejidad. Fidel, que dirige su vanguardia y más
aguerrida tropa, es mejor que Comandante un Capablanca de la política
y, frente al imperio que tenemos a 90 millas y del que en la mirilla
estamos en permanencia, el mejor conocedor, especialista, estudioso,
y a la hora de actuar, estratega. La revolución es un proceso,
un complejo proceso, y las jugadas, que he referido a Capablanca,
ha habido que hacerlas como en muy fino ajedrez, calculando no el
movimiento deseado sino el posible y el que responde al posible
primero, al posible segundo y a otros posibles. La revolución
ha tenido, tiene su, sus protagonistas. Algún que otro, de
esos que no saben del ajedrez más sutil, no supo ver, creyó
que Fidel y su equipo no sabrían qué hacerse y que,
irremediablemente, caerían en manos de la viejería
mimética con tendencia a andar de rodillas y sin espíritu
analítico-crítico ante la URSS. Ese venenoso mensaje
parece haber hecho su efecto. Triste decirlo, triste pensarlo y,
sin embargo, si entonces produjo alejamiento es, en relación
con otras figuras de por allá, prefiguración de nuestra
situación actual. Situación que repite la historia
sin tregua entre los que tendrían que ser más lúcidos.
No logran los analistas europeos, no en general pero sí mayoritariamente,
escapar de la tendencia a explicarse cada paso o situación
de la revolución cubana a partir de lo que en tal o cual
ocasión les parece similar a lo que acaeció en la
URSS. Es un pensamiento basado en esquemas. Los que se creen anti-dogmáticos,
alérgicos al dogma, adoptan otros, tal vez más enmascarados,
pero dogmas. La revolución cubana solo puede ser juzgada,
si altura intelectual, política y ética se tiene para
hacerlo, desde su propia historia, que se inicia con un gesto entrelazado
y conjunto, el de la afirmación de la identidad de nuestro
pueblo y de la justicia social en fecha tan lejana y presente como
el 10 de Octubre de 1868, la declaración de la Independencia
y la libertad de los esclavos, es decir de los trabajadores-esclavos.
Doble revolución, la nacional y social, la más poderosa
conjunción posible en el devenir histórico.
Creo que Sartre comprendió de cerca la autenticidad de nuestra
revolución, su eticidad; y que la comprendió como
lo que era en aquel instante, el inicio de un proceso que no ha
terminado, que ha pasado por momentos de crisis internas, externas,
de auto-análisis, de auge y de riesgos de carácter
diverso. Nos toca ahora, hoy, afrontar el riesgo mayor de los vividos;
el de revisarnos en profundidad y re-fundar desde la raíz
y para la persona, una a una, todas y cada una, el espíritu
más hondo del socialismo, la solidaridad, que exige la verdad-verdadera
para ser eficaz; la autenticidad, que exige impedir que la ignorancia
que se hace siempre oportunista y que es distintivo irrenunciable
del oportunismo pueda aprovechar resquicio alguno; y la justicia,
que es clave de una vida digna y que exige atención cuidadosa.
Hace menos de una semana Fidel ha dado un llamado de alerta. Un
abismo está casi bajo nosotros. ¿Por qué hemos
logrado flotar o casi levitar sin hundirnos y logrado que este alerta
que Fidel hace desde el Poder y desde la Oposición al Poder
llegue a tiempo, movilice y ponga en tensión a toda la sociedad
y a su más aguerrida vanguardia que tendrá que ser
también, su más lúcida vanguardia, su mejor
preparada vanguardia?
Se ha logrado, se está logrando, creo que se logrará,
porque la ética, las ideas que defendemos se han corporizado
y se corporizarán si logramos, y esto es posible hoy más
que nunca, si sabemos conjugar honestidad y saber, principios y
saber, voluntad y saber, sacrificio y saber, espíritu solidario
y saber, humanismo y saber, todas las energías posibles pero
desde el saber, siempre, siempre desde el saber. La ignorancia y
su práctica son el peor enemigo de las revoluciones, y lo
ha sido y es de la nuestra. No hay que dejarle posibilidad alguna
de apoderarse del proyecto-línea por Fidel enunciado. Creo
que al seleccionar la Universidad de La Habana y su histórica
Aula Magna para los pronunciamientos a que hago referencia se acudió
a símbolo legitimador porque también Alma Mater de
la Revolución martiana.
Retorno a Sartre, y aseguro que no le había abandonado. ¿Pero
y la Ética que Gabriel Marcel reclamaba en Jean Paul Sartre
queriendo comprender si estaba o no subyacente en La Náusea,
en la obra dramatúrgica, sus personajes y situaciones, o
en algunos de sus ensayos, y entonces sería la ética
marcada por la soledad, el entrampamiento, la angustia, ese andar
sin salida, no encontrar sentido, saberse solo en camino de la Nada,
de ese vacío final y sin sentido, quiero decir del ya no-ser,
que hace del proyecto por él proclamado para el curso de
la vida, proyecto que sería elegido desde la libertad, libertad
y proyecto que se agotan en su propia historia? ¿Historia
propia, pequeña historia, conciencia de insignificancia,
transitoriedad reductora, desamparo de la impotencia?
Y otra vez un “pero”. Esta vez imponiéndomelo.
¿Puede decirse realmente que Jean Paul Sartre no dejara una
ética formalizada? La dejó creo, muy socráticamente,
es decir no limitándose a la enseñanza y la prédica,
con el ejemplo de una militancia renovada que le llevó a
apoyar cuanta causa le pareció justa, y a hacerlo contra
viento y marea, desde el anti-fascismo hasta el acercamiento a los
comunistas en los días precisos de la guerra fría,
desde Argelia hasta mayo del 68, desde el anti-racismo hasta el
anti-imperialismo visceral, desde el espíritu anti-burgués
y anti-rutinario hasta la cercanía a los desposeídos,
a aquellos también en los que el alma se derrumba, los protagonistas
de la angustia más honda, que sería explicación
si necesaria de personajes que turban a Marcel y, en mi escala,
a la de un lector lejano y apasionado que vivió en París
los días del existencialismo junto a personajes menores pero
también protagonistas, y que por eso siente muy en lo hondo
lo que aquellas ideas significaron y marcaron.
Tal vez llega la ocasión de recordar en este Coloquio a un
joven existencialista cubano, filósofo joven entonces, Piñera
Llera, hermano de Virgilio, escritor nuestro. Aquel Piñera,
el otro, siguió el curso de su vida por rumbos que no he
podido avizorar pero sé que no abandonó el pensar
que entonces le llenaba. Me dicen que desde el catolicismo existencial
y por ello en un marco de esperanza.
Diré más sobre el proyecto no realizado de una Ética
y que acaso lo fue de algún modo en el marco de la originalidad
sartreana. Sospecho que El existencialismo es un humanismo pudiera
ser tomado como refutación a críticos y dudantes,
a interpretadores y etcéteras, pero también, y esta
otra mirada resulta para mí irrefutable, como un esbozo de
una ética de la libertad.
Reseñaré algunas líneas iluminantes siempre
a partir del texto de Sartre.
“… entendemos por existencialismo una doctrina que hace
posible la vida y que, por otra parte, declara que toda verdad y
toda acción implica un medio y una subjetividad humana”;
“… el hombre es responsable de sí mismo, no queremos
decir que el hombre es responsable de su estricta individualidad,
sino que es responsable de todos los hombres”;
“… el hombre se elige, entendemos que cada uno de nosotros
se elige, pero también queremos decir con esto que, al elegirse,
elige a todos los hombres. En efecto, no hay ninguno de nuestros
actos que, al crear al hombre que queremos ser, no cree al mismo
tiempo una imagen del hombre tal y como consideramos que debe ser”;
“… lo que elegimos es siempre bien, y nada puede ser
bueno para nosotros sin serlo para todos”;
“… ¿qué se entiende por angustia? El existencialista
suele declarar que el hombre es angustia. Esto significa que el
hombre que se compromete y que se da cuenta que es no solo el que
elige ser, sino también un legislador, que elige al mismo
tiempo que a sí mismo a la humanidad entera, no puede escapar
al sentimiento de su total y profunda responsabilidad”.
He recorrido tan solo cinco páginas para tomar tan solo cinco
párrafos. No seguiré. Me aferro a la idea de que El
existencialismo es un humanismo esboza aspectos fundamentales de
una ética que lo es fundamentalmente de la libertad, como
toda su obra. Y su práctica.
Tal vez solo Sartre permanece en todo instante fiel a la radicalidad
de doctrina y sistema y deja en su lugar, sin asidero alguno a la
persona, protagonista trágico de una libertad sin límite,
envuelta sin embargo en mundo, circunstancia y sujeto de cambiante
realidad, es decir, sujeto de historia. Ni siquiera Heidegger queda
tan rigurosamente prisionero de su propio pensar y consecuencias,
y nos toca apreciar cómo en su mirada sobre y a partir del
pensamiento y la metafísica poética de Hölderlin
se pregunta sobre el poder trasgresor del lenguaje, poder que trastorna
el límite hasta tocar territorios inesperados. Heidegger
por eso, sin abandonar explícitamente postulado alguno, inserta,
como quien se internara en desconocido bosque, la experiencia inédita
de senderos y senderos perdidos para la memoria (histórica);
y en los que, adentrados, podemos encontrar parajes fascinantes,
tanto que devienen sacros.
Nos toca siempre andar el mismo bosque, recorrer senderos que parecen
ofrecernos sorpresa y son siempre los mismos. No dejaré de
recordar antes de dar término a éstas, mis palabras,
a tres filósofos-poetas existenciales a los que nosotros,
cubanos, nacidos en esta Universidad de La Habana, enamorados de
esta Aula Magna en la que yacen los restos del Padre Félix
Varela que pre-fundó la Patria, debemos estudios y coloquios,
y no sé que despliegues y recursos, pero ante todo a los
que no podemos olvidar, Miguel de Unamuno, Antonio Machado y María
Zambrano. Ellos representan también, con el esplendor de
un pensamiento iluminante, el coraje del ser y del hacer desde autenticidad
irreductible, y del ejercicio hasta imposible de la libertad.
El ejemplo de este Coloquio, dedicado a Jean Paul Sartre, es todo
un reto. Y en la Universidad de La Habana, digo a sus estudiantes
y también a sus profesores, porque he sido protagonista de
una y otra categoría en el curso de una larga vida y me siento
por ello con derecho y en la obligación de hacerlo, que nunca
más que ahora vuestra tarea se hace trascendente porque nunca
como ahora habrá que cumplir el legado martiano de amor-pasión
y sacrificio por la libertad: Ser cultos, para ser libres.
(Conferencia de Alfredo Guevara en el Coloquio internacional Sartre
en Cuba. Huracán, surco, semillas, con motivo del centenario
del natalicio de Jean Paul Sartre, Aula Magna de la Universidad
de La Habana, 22 de noviembre, 2005.)

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