..."Lo que os puedo dar os doy, que es una ínsula hecha y derecha, redonda y bien proporcionada..."
"Don Quijote de la Mancha". Capítulo XLII: " De los consejos que dió Don
Quijote a Sancho Panza antes que fuese a gobernar la ínsula..."

ISSN: 1810-4479
Publicación Semanal. Año 2, Nro.99, Viernes, 25 de noviembre del 2005

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Sartre, pensador de la libertad

Rector de la Universidad de La Habana,
Distinguidas personalidades aquí presente,
Estudiantes:

Debo decir las primeras palabras del Coloquio y no quiero hacerlo y probablemente no deba hacerlo desde reflexiones que, sin embargo, no podré esquivar del todo, y que temo puedan alejarme de lo que más me interesa subrayar en esta ocasión y que es, para mí, hoy y ahora, ahora más que nunca, la sustancia viva, resultado inicial y final del pensamiento filosófico e inmediatamente político de Jean Paul Sartre. Jean Paul Sartre y la libertad del hombre.

De nuevo el ser, ser y el Ser, desde Parménides a Platón y Plotino, y desde San Agustín a Santo Tomás, que en salto atrás haré acompañar por Aristóteles, y más tarde Descartes y Leibniz y Hegel y Kant, y siempre el ser y el Ser, también en Kierkegaard de los mil rostros e interpretaciones, que anclarán en la angustia pero también en el rigor de la verdad que tal vez no sea, que puede ser negada, pero a la que el hombre no puede renunciar. Y entonces no importa cuántos otros, cuánta audaz polémica, cuántas aproximaciones, cuántos rechazos e ilusiones, cuando un joven pensador descubre y alimenta sus reflexiones en Husserl y Heidegger y en el saber de y hasta sus días, y debe presentar y deslumbrar parece, en rue Tournon, ante Gabriel Marcel y los suyos diversos, un texto que sería La trascendencia del Ego, un esbozo de descripción fenomenológica. Ego, trascendencia. La conciencia, el Yo, la forma de trascender, ese acto-acción, salir de sí hacia el objeto, el objeto que puede ser sujeto que realiza la misma operación inversa; son acercamientos muy elaborados, reflexiones esenciales que comienzan a aparecer para encontrar definida, precisa expresión, en El Ser y la Nada y aterrarnos hasta el temblor con su descarnada aprehensión de la realidad, verdad más que probable si Dios o un Trascendente que le equivalga queda excluido del razonamiento. Ese Yo, la persona, lanzado al mundo, a un entorno que le sería inicialmente ajeno, y que en el mundo se afirma al descubrir al Otro, que a su vez le descubre y que en ese mutuo descubrimiento y porque se descubren, descubren en el descubrirse la agresión de hacerlo, cada cual; el Hombre, el Yo, la Persona, aprenden a saberse solos y sin báculo alguno, obligados todos a la tal vez única inevitable sujeción, el ejercicio de la/su libertad, la de decidir opciones, descubrirlas, saber, no hay escape posible. Él, el Otro, los Otros, la responsabilidad del Acto y en este juego sin salida la inter-subjetividad, la presencia de la libertad del otro, su enemigo, su hermano, su igual distinto. Al que habrá que aceptar para aceptarnos y ser nosotros mismos.

La persona ya no es primero el ser, es el existir, y solo porque existe es, conciencia primero, conciencia que se trasciende y que de retorno se descubre en su Yo; Yo que ya será él y no otro y que en el Otro se ha descubierto y afirma. El ser siempre, pero ahora naciendo del existir y el existir de otra Nada, que no es ya la de Dios o de su equivalente; Nada desde la que se modela el existir, simplemente se existe dando al ser consistencia. No es lo informe, no es el Caos, es la Nada, el no-existir, es Ateísmo en su pureza máxima, reto de los retos y que en el principio a la Nada sitúa; sitúa la Nada igualmente al final de aquel curso en el que el existir es fenómeno, es proceso, un modo del ser siendo que se prolonga en sucesión cambiante y que deviene historia, instante de la historia. En el homenaje que la UNESCO rindió a Kierkegaard, Coloquio que se proponía destacar lo que permanecía vivo en su pensamiento, Sartre inicia sus palabras en juego de ironías sobre la sutil exquisitez de ese ir precisando “lo vivo” e ir enterrando el cadáver. Tal vez sea ese ir preparando “el cadáver” lo que resultaría entonces la vida de ese ser Yo que se relaciona, crispado, con el Otro que acaba de descubrir y del que retorna descubriéndose por haberlo descubierto, puesto que ha devenido acto, acción, vivencia, realización, fenómeno. Y así, más tarde, irse fundando en el ejercicio constante de abrirse al mundo al que ha sido arrojado e irse fundando como parte de ese mundo-entorno-realidad, o sea, en el sistema de relaciones que a su vez la inter-subjetividad múltiple va estableciendo.

Pero vuelvo a la Persona, y quiero ya abandonar la digresión a que me he visto obligado y que si hubiese querido esquivar no me lo podía permitir porque solo así puede comprenderse el núcleo de la radicalidad de Sartre como pensador-filósofo, su radicalidad como pensador de la libertad.

Si en La Náusea principalmente, en A puertas cerradas y en su dramaturgia toda están presentes el horror a la ruptura del contorno, su piel, el en sí del ser, Yo, persona, irreductiblemente libre, obligado a serlo, vuelto sobre mí mismo de un modo desgarrante; y en sus páginas autobiográficas y críticas apreciamos párrafo a párrafo, diálogo sobre diálogo, que van transidas de aquel pensar que concede al acto la plenitud del ser, y al ser la predicción de la Muerte, la angustia soterrada de ese camino, habría que preguntarse ¿qué será la vida sino puro tránsito entre la Nada y la Nada; Nada como vacío total, como no-ser absoluto?

Su existencialismo, el existencialismo que Sartre representa, es por eso ante todo, y para comprender su dimensión teórica y una cierta contradicción que a él no preocupa y que apuntaré más tarde, existencialismo-Ateo; Ateo con mayúscula, sin concesión alguna.

Gabriel Marcel había publicado en 1927 su Diario metafísico y dejó fundada de este modo la corriente existencialista cristiana que continuó enriqueciendo en otras obras, y con meditaciones y polémicas y discusiones teóricas que revelan no pocos puntos de contacto ya visibles en la segunda mitad del Diario. Entre una y otra concepción existencial, las diferencias resultan sin embargo abismales, no ya en la evaluación del acto, del ir hacia, del existir existiendo en tanto que fundamento del ser, sino ante todo, como puede comprenderse, porque el existencialismo cristiano resulta transido de religiosidad hasta descansar en otra concepción e interpretación del trascenderse, de la trascendencia, que de por sí resulta presente o necesaria dada la aparición de la idea de Dios y la presencia normativa de valores inmanentes que son responsables de las reglas del juego ¿Por qué detenerme en Marcel? Me explicaré. Es que Marcel se pregunta por qué Jean Paul Sartre, en sus trabajos filosóficos y en otros ensayos no aborda de forma sistemática una ética, no se detiene a y a partir de su sistema a cubrir lo que pudiera parecer un vacío. Es según aquel pensador, que una filosofía que no deja salida alguna a la esperanza, que deja al hombre desamparado en el mundo al que ha sido arrojado para no sabe qué, salvo para ejercer su libertad, obligadamente, más que como privilegio o dación, es decir, no como ejercicio de el libre arbitrio, sino como obligación compulsiva ya que no tiene o tendría otra posibilidad, pudiera ser que no tuviese modo de abordar su propia ética.

En Sartre la posibilidad es máxima, y la elección igualmente ilímite; de ahí la segura o aparente, o también posible, necesidad de una ética, de un Tratado que abordase esa tarea, fuese para pensarla, establecerla, proponerla o preguntarse cuáles serían las éticas posibles a partir de textos como El Ser y la Nada o de los sub-textos que andan bajo La Náusea o A puertas cerradas, me digo a mí mismo, provocándome y prolongando esa curiosidad; en Marcel, teológica y, en mí, simple, muy terrenamente ética y hasta estética de la conducta y de la persona. No logro, parece que no lograré nunca, comprender que la disección con precisión miniaturista de relaciones inter-personales reducidas a la frialdad de mecanismos de relojería que un día, a una hora, funcionaron y que se han detenido, o el seguimiento de la desintegración de un ser en su camino hacia la Nada prevista, resulten concebidos como ejercicio necesario. ¿Obra literaria? ¿Voluntad de coherencia filosófica, tanta, tanta, que pueda tocar la crueldad?

Ni en La Náusea, ni en los textos autobiográficos, ni en su dramaturgia, o al menos en la mayor parte de esas obras, y en menor escala pero algunas veces de modo dominante en sus ensayos de crítica literaria, textos a los que ya he hecho referencia, encontraremos atisbos, y prefiero y creo justo así pensarlo, de la fundación subyacente o laberíntica de una ética y creo en cambio posible que la sospecha de que así fuese es la que lleva a Gabriel Marcel, del que me sirvo, a intentar un análisis honesto, fundamentado y muy crítico. No lo sé, pero acaso debió resbalar en Sartre aquel juicio dado que llegaba desde una trascendentalidad que no le concernía. Queda sin embargo, para mí, la pregunta ¿por qué tan pródigo pensador pese a ser anunciada, eso creo, no nos deja una ética formalizada en texto aun si debiera ser, en su caso, un texto quebradizo?

Evité mencionar a Marx cuando me deleitaba hace unos minutos comprobando para ustedes que el ser y el Ser, mayúscula minúscula, acompañándose, recorren siglos, milenios y sistemas, y solo me detuve probablemente en menos del diez por ciento de los que han tenido lugar, abierto infinitas discusiones y provocado turbación o iluminación en las conciencias y hasta torturas, destripamientos virtuales y quemas en hoguera. Claro, Carlos Marx no es pensador del ser-Ser pero sí que lo es del existir, lo que no lo convierte en inspirador de la fenomenología pero sí en creador de concepciones, de un sistema que, por su densidad, hizo proclive a un existencialista ateo como Jean Paul Sartre a acercarse a tal doctrina.

No creería justo afirmar que ese acercamiento teórico, a partir de Cuestiones del método y más tarde en su Crítica de la razón dialéctica, se propusiera completar o enmendar a Marx pero quiere, sin duda, por una parte conjugar marxismo y existencialismo; y replantearse de algún modo la experiencia individual, particular, no disuelta en la praxis total de la sociedad, en la historia y en su relación y dependencia con la materia. También, pero ya no concierne a Marx, sino a las deformaciones que de la práctica marxista se producían y que le fueron contemporáneas, elaborar proposiciones alternativas no-fundamentales, discutibles o no, en las que no me detendré salvo para decir que se correspondían con preocupaciones más que justificadas ante la evidencia de un supuesto socialismo real, casi teocrático, basado a veces en el vasallaje involuntario, condicionado, o de inspiración vaga pero efectivamente mimética.

No veo en aquellos tratados aportes definitivos o perdurables, y aun así, pudiera ser que resulte ligero ignorarlos, es que revelan algo que quisiera destacar, la voluntad de servir de un pensador-filósofo, que se empeña en relacionarse en la práctica con ese mundo entorno al que fue arrojado un día y en el que, crispado al descubrir al Otro y desde el Otro y de retorno, ha convertido en la conciencia aquel núcleo que decía “opaco” en que el yo se ejerce en persona, persona para la libertad. Esa persona, Jean Paul Sartre, fue también así un ser actuante, un combatiente de la libertad, esta vez de los otros, de millones de sujetos sobre los que su voluntad, la voluntad de ser en ellos, supo seleccionar no al burgués que no se sabe en el mundo porque cosificado en la inautenticidad, sino a aquellos que creyó podían dar otro rumbo al curso histórico. Eso determinó acercamiento y lejanía a la que fue la URSS; y más tarde plenitud de entusiasmo revolucionario ante el triunfo de la guerrilla cubana encabezada por Fidel. De regreso a París escribió Huracán sobre el azúcar, ensayos articulados que originalmente publicó un periódico de amplio radio y de inmediato una editorial. ¿Sabía Sartre que había seleccionado un nombre emblemático, ese huracán que recorre de año en año estas Antillas y las costas continentales que bañan el Caribe y el Atlántico y al que uno de nuestros más agudos pensadores y estudiosos, antropólogo, etnólogo, sociólogo excepcional, Fernando Ortiz, dedicó un libro que debía ser de obligada, y tal vez mejor, de amada lectura, El Huracán? Fernando Ortiz afirma que el huracán que todo trastorna y hace peligrar sistemáticamente nuestras vidas, también las enriquece y condiciona de modo muy diverso. Ésa resulta la estructura de los ensayos de Sartre y es la revolución cubana, desde su óptica, la que todo des-estructura y reconstruye desde la justicia y desde el hombre, desde la persona. Debo recordar ahora para ustedes que apenas había iniciado esta palabras señalé que La trascendencia del Ego, un esbozo de descripción fenomenológica, o tal vez una primera versión, había sido conocida inicialmente en las reuniones que tenían lugar en el entorno de Gabriel Marcel y entonces subrayé, rue Tournon. Muchos años después, en rue Tournon vivían Gerard Philippe y su compañera, Anne Philippe. Fueron ellos, mis hermanos, los que entusiasmaron a Jean Paul Sartre a venir a Cuba. Eran ellos con Claude y Jacqueline Julián, con Chris Marker, con Simone Signoret, con Joris Ivens, amigos entrañables de nuestro proyecto revolucionario.

¿Qué explicaría el posterior alejamiento de Sartre ante tanto entusiasmo y convicción, y comprensión? No desviaré este Coloquio de su tema principal. Pero, por muchas razones conviene que haga esta digresión reduciéndola al mínimo. Las revoluciones no son paseos en carroza. Y la revolución cubana ha debido afrontar dificultades y situaciones de extrema complejidad. Fidel, que dirige su vanguardia y más aguerrida tropa, es mejor que Comandante un Capablanca de la política y, frente al imperio que tenemos a 90 millas y del que en la mirilla estamos en permanencia, el mejor conocedor, especialista, estudioso, y a la hora de actuar, estratega. La revolución es un proceso, un complejo proceso, y las jugadas, que he referido a Capablanca, ha habido que hacerlas como en muy fino ajedrez, calculando no el movimiento deseado sino el posible y el que responde al posible primero, al posible segundo y a otros posibles. La revolución ha tenido, tiene su, sus protagonistas. Algún que otro, de esos que no saben del ajedrez más sutil, no supo ver, creyó que Fidel y su equipo no sabrían qué hacerse y que, irremediablemente, caerían en manos de la viejería mimética con tendencia a andar de rodillas y sin espíritu analítico-crítico ante la URSS. Ese venenoso mensaje parece haber hecho su efecto. Triste decirlo, triste pensarlo y, sin embargo, si entonces produjo alejamiento es, en relación con otras figuras de por allá, prefiguración de nuestra situación actual. Situación que repite la historia sin tregua entre los que tendrían que ser más lúcidos. No logran los analistas europeos, no en general pero sí mayoritariamente, escapar de la tendencia a explicarse cada paso o situación de la revolución cubana a partir de lo que en tal o cual ocasión les parece similar a lo que acaeció en la URSS. Es un pensamiento basado en esquemas. Los que se creen anti-dogmáticos, alérgicos al dogma, adoptan otros, tal vez más enmascarados, pero dogmas. La revolución cubana solo puede ser juzgada, si altura intelectual, política y ética se tiene para hacerlo, desde su propia historia, que se inicia con un gesto entrelazado y conjunto, el de la afirmación de la identidad de nuestro pueblo y de la justicia social en fecha tan lejana y presente como el 10 de Octubre de 1868, la declaración de la Independencia y la libertad de los esclavos, es decir de los trabajadores-esclavos. Doble revolución, la nacional y social, la más poderosa conjunción posible en el devenir histórico.

Creo que Sartre comprendió de cerca la autenticidad de nuestra revolución, su eticidad; y que la comprendió como lo que era en aquel instante, el inicio de un proceso que no ha terminado, que ha pasado por momentos de crisis internas, externas, de auto-análisis, de auge y de riesgos de carácter diverso. Nos toca ahora, hoy, afrontar el riesgo mayor de los vividos; el de revisarnos en profundidad y re-fundar desde la raíz y para la persona, una a una, todas y cada una, el espíritu más hondo del socialismo, la solidaridad, que exige la verdad-verdadera para ser eficaz; la autenticidad, que exige impedir que la ignorancia que se hace siempre oportunista y que es distintivo irrenunciable del oportunismo pueda aprovechar resquicio alguno; y la justicia, que es clave de una vida digna y que exige atención cuidadosa. Hace menos de una semana Fidel ha dado un llamado de alerta. Un abismo está casi bajo nosotros. ¿Por qué hemos logrado flotar o casi levitar sin hundirnos y logrado que este alerta que Fidel hace desde el Poder y desde la Oposición al Poder llegue a tiempo, movilice y ponga en tensión a toda la sociedad y a su más aguerrida vanguardia que tendrá que ser también, su más lúcida vanguardia, su mejor preparada vanguardia?

Se ha logrado, se está logrando, creo que se logrará, porque la ética, las ideas que defendemos se han corporizado y se corporizarán si logramos, y esto es posible hoy más que nunca, si sabemos conjugar honestidad y saber, principios y saber, voluntad y saber, sacrificio y saber, espíritu solidario y saber, humanismo y saber, todas las energías posibles pero desde el saber, siempre, siempre desde el saber. La ignorancia y su práctica son el peor enemigo de las revoluciones, y lo ha sido y es de la nuestra. No hay que dejarle posibilidad alguna de apoderarse del proyecto-línea por Fidel enunciado. Creo que al seleccionar la Universidad de La Habana y su histórica Aula Magna para los pronunciamientos a que hago referencia se acudió a símbolo legitimador porque también Alma Mater de la Revolución martiana.

Retorno a Sartre, y aseguro que no le había abandonado. ¿Pero y la Ética que Gabriel Marcel reclamaba en Jean Paul Sartre queriendo comprender si estaba o no subyacente en La Náusea, en la obra dramatúrgica, sus personajes y situaciones, o en algunos de sus ensayos, y entonces sería la ética marcada por la soledad, el entrampamiento, la angustia, ese andar sin salida, no encontrar sentido, saberse solo en camino de la Nada, de ese vacío final y sin sentido, quiero decir del ya no-ser, que hace del proyecto por él proclamado para el curso de la vida, proyecto que sería elegido desde la libertad, libertad y proyecto que se agotan en su propia historia? ¿Historia propia, pequeña historia, conciencia de insignificancia, transitoriedad reductora, desamparo de la impotencia?

Y otra vez un “pero”. Esta vez imponiéndomelo. ¿Puede decirse realmente que Jean Paul Sartre no dejara una ética formalizada? La dejó creo, muy socráticamente, es decir no limitándose a la enseñanza y la prédica, con el ejemplo de una militancia renovada que le llevó a apoyar cuanta causa le pareció justa, y a hacerlo contra viento y marea, desde el anti-fascismo hasta el acercamiento a los comunistas en los días precisos de la guerra fría, desde Argelia hasta mayo del 68, desde el anti-racismo hasta el anti-imperialismo visceral, desde el espíritu anti-burgués y anti-rutinario hasta la cercanía a los desposeídos, a aquellos también en los que el alma se derrumba, los protagonistas de la angustia más honda, que sería explicación si necesaria de personajes que turban a Marcel y, en mi escala, a la de un lector lejano y apasionado que vivió en París los días del existencialismo junto a personajes menores pero también protagonistas, y que por eso siente muy en lo hondo lo que aquellas ideas significaron y marcaron.

Tal vez llega la ocasión de recordar en este Coloquio a un joven existencialista cubano, filósofo joven entonces, Piñera Llera, hermano de Virgilio, escritor nuestro. Aquel Piñera, el otro, siguió el curso de su vida por rumbos que no he podido avizorar pero sé que no abandonó el pensar que entonces le llenaba. Me dicen que desde el catolicismo existencial y por ello en un marco de esperanza.

Diré más sobre el proyecto no realizado de una Ética y que acaso lo fue de algún modo en el marco de la originalidad sartreana. Sospecho que El existencialismo es un humanismo pudiera ser tomado como refutación a críticos y dudantes, a interpretadores y etcéteras, pero también, y esta otra mirada resulta para mí irrefutable, como un esbozo de una ética de la libertad.

Reseñaré algunas líneas iluminantes siempre a partir del texto de Sartre.

“… entendemos por existencialismo una doctrina que hace posible la vida y que, por otra parte, declara que toda verdad y toda acción implica un medio y una subjetividad humana”;

“… el hombre es responsable de sí mismo, no queremos decir que el hombre es responsable de su estricta individualidad, sino que es responsable de todos los hombres”;

“… el hombre se elige, entendemos que cada uno de nosotros se elige, pero también queremos decir con esto que, al elegirse, elige a todos los hombres. En efecto, no hay ninguno de nuestros actos que, al crear al hombre que queremos ser, no cree al mismo tiempo una imagen del hombre tal y como consideramos que debe ser”;

“… lo que elegimos es siempre bien, y nada puede ser bueno para nosotros sin serlo para todos”;

“… ¿qué se entiende por angustia? El existencialista suele declarar que el hombre es angustia. Esto significa que el hombre que se compromete y que se da cuenta que es no solo el que elige ser, sino también un legislador, que elige al mismo tiempo que a sí mismo a la humanidad entera, no puede escapar al sentimiento de su total y profunda responsabilidad”.

He recorrido tan solo cinco páginas para tomar tan solo cinco párrafos. No seguiré. Me aferro a la idea de que El existencialismo es un humanismo esboza aspectos fundamentales de una ética que lo es fundamentalmente de la libertad, como toda su obra. Y su práctica.

Tal vez solo Sartre permanece en todo instante fiel a la radicalidad de doctrina y sistema y deja en su lugar, sin asidero alguno a la persona, protagonista trágico de una libertad sin límite, envuelta sin embargo en mundo, circunstancia y sujeto de cambiante realidad, es decir, sujeto de historia. Ni siquiera Heidegger queda tan rigurosamente prisionero de su propio pensar y consecuencias, y nos toca apreciar cómo en su mirada sobre y a partir del pensamiento y la metafísica poética de Hölderlin se pregunta sobre el poder trasgresor del lenguaje, poder que trastorna el límite hasta tocar territorios inesperados. Heidegger por eso, sin abandonar explícitamente postulado alguno, inserta, como quien se internara en desconocido bosque, la experiencia inédita de senderos y senderos perdidos para la memoria (histórica); y en los que, adentrados, podemos encontrar parajes fascinantes, tanto que devienen sacros.

Nos toca siempre andar el mismo bosque, recorrer senderos que parecen ofrecernos sorpresa y son siempre los mismos. No dejaré de recordar antes de dar término a éstas, mis palabras, a tres filósofos-poetas existenciales a los que nosotros, cubanos, nacidos en esta Universidad de La Habana, enamorados de esta Aula Magna en la que yacen los restos del Padre Félix Varela que pre-fundó la Patria, debemos estudios y coloquios, y no sé que despliegues y recursos, pero ante todo a los que no podemos olvidar, Miguel de Unamuno, Antonio Machado y María Zambrano. Ellos representan también, con el esplendor de un pensamiento iluminante, el coraje del ser y del hacer desde autenticidad irreductible, y del ejercicio hasta imposible de la libertad.

El ejemplo de este Coloquio, dedicado a Jean Paul Sartre, es todo un reto. Y en la Universidad de La Habana, digo a sus estudiantes y también a sus profesores, porque he sido protagonista de una y otra categoría en el curso de una larga vida y me siento por ello con derecho y en la obligación de hacerlo, que nunca más que ahora vuestra tarea se hace trascendente porque nunca como ahora habrá que cumplir el legado martiano de amor-pasión y sacrificio por la libertad: Ser cultos, para ser libres.

(Conferencia de Alfredo Guevara en el Coloquio internacional Sartre en Cuba. Huracán, surco, semillas, con motivo del centenario del natalicio de Jean Paul Sartre, Aula Magna de la Universidad de La Habana, 22 de noviembre, 2005.)


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