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 Una historia corta sobre la Guerra
Fría y el anticomunismo
Por: William Blum
Killinghope.org
Traducido para Rebelión por Rodrigo Santamaría
Enero 8 de 2006…
Nuestro miedo a que el comunismo pudiera
apoderarse del mundo no nos dejó ver
que de hecho, el anticomunismo ya lo había hecho
Michael Parenti1
Fue en los primeros días de la guerra de Vietnam cuando un
oficial del Vietcong dijo a su prisionero americano: “Erais
nuestros héroes tras la Guerra. Leíamos libros americanos
y veíamos vuestras películas, entonces lo que más
deseábamos era Ser tan rico y sabio como un americano. ¿Qué
ocurrió?”2
Lo mismo le podían haber preguntado un guatemalteco, un indonesio
o un cubano durante los diez años anteriores, o un uruguayo,
un chileno o un griego en la década siguiente. La buena voluntad
y la credibilidad internacional de la que disfrutaban los Estados
Unidos al fin de la Segunda Guerra Mundial se fue disipando, país
por país, intervención tras intervención. La
oportunidad de construir de nuevo un mundo arrasado por la guerra,
de establecer las bases para la paz, la prosperidad y la justicia,
colapsó bajo el horroroso peso del anticomunismo.
Este peso venía incrementándose desde hacía
algún tiempo; de hecho, desde el primer día de la
Revolución Rusa. En el verano de 1918 unos 13.000 soldados
americanos se encontraban en la recién nacida Unión
de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Dos años
y miles de bajas después, las tropas americanas se fueron,
fallando en su misión de “matar nada más nacer”
al estado bolchevique, como Winston Churchill lo denominó3.
El joven Churchill era entonces ministro de Gran Bretaña
para la Guerra y el Aire. Poco a poco, fue él el que dirigió
la invasión de la Unión Soviética por los Aliados
(Gran Bretaña, Estados Unidos, Francia, Japón y muchas
otras naciones) unidos en la contrarrevolucionaria “Armada
Blanca”. Años después, Churchill el historiador
recogería sus opiniones de este hecho singular para la posteridad:
“¿Estaban [los aliados] en guerra con la Rusia Soviética?
Desde luego que no, pero disparaban a cualquier ruso soviético
que estuviera a la vista. Estuvieron invadiendo tierra rusa. Armaron
a los enemigos del gobierno soviético. Bloquearon sus puertos,
hundieron sus acorazados. Desearon y planearon su caída con
gran interés. ¿Pero guerra? ¡Inaceptable!, ¿Interferencia?
¡Vergonzoso!. Era, repetían, una cuestión completamente
indiferente para ellos la manera en la que los rusos llevaban sus
asuntos internos. Eran imparciales ¡Bang!”4
¿Qué había en esa revolución bolchevique
que alarmó tanto a las naciones más poderosas del
mundo? ¿Qué les llevó a invadir una tierra
junto a la que habían luchado codo con codo durante más
de tres años, y que había sufrido más muertes
que cualquier otro país de ambos bandos en la Guerra Mundial?
Los bolcheviques tuvieron la audacia de hacer la paz en solitario
con Alemania para apartarse de una guerra que veían como
imperialista, y de ningún modo su guerra; y para así
poder reconstruir su terriblemente devastada Rusia. Pero los bolcheviques
tuvieron la audacia mucho mayor de derrocar un sistema capitalista-feudal
y proclamar el primer estado socialista en la historia mundial.
Esto era una osadía inaceptable. Este fue el crimen que los
Aliados tenían que castigar, el virus que había que
erradicar antes de que se extendiera entre su gente.
La invasión no consiguió su propósito inmediato,
pero sus consecuencias fueron lo suficientemente profundas y persistentes
como para llegar hasta nuestros días. El profesor D. F. Fleming,
historiador versado en la Guerra Fría de la Universidad de
Vanderbilt, escribió:
“Para el pueblo americano no existe la tragedia de las intervenciones
en Rusia, o como mucho es un incidente insignificante ocurrido hace
mucho tiempo. Pero para las gentes soviéticas y sus líderes
ese periodo fue un tiempo de asesinatos continuos, saqueo y rapiña,
plaga y hambre, sufrimientos desmedidos para millones de personas
– fue una experiencia que quedó grabada a fuego en
el alma de la nación, inolvidable durante muchas generaciones.
Durante un gran número de años, la dureza del régimen
soviético puede justificarse por el miedo a que los poderes
capitalistas volvieran a terminar el trabajo. No es extraño
que en su conferencia en Nueva York, el 17 de septiembre de 1959,
el primer ministro Krushchev nos recordara esas intervenciones diciendo:
hubo un tiempo en que mandasteis tropas para exterminar nuestra
revolución5.”
En lo que puede considerarse un portento de la insensibilidad de
una superpotencia, un informe del Pentágono de 1920 acerca
de la intervención dice: “Dicha expedición es
uno de los ejemplos más perfectos de trato generoso y honorable…
bajo circunstancias extremas, ayudamos a aquella gente a conseguir
una nueva libertad”6.
La historia no nos cuenta cómo sería hoy en día
una Unión Soviética desarrollada de manera “normal”
por propia elección. Sabemos, sin embargo, la naturaleza
de una Unión Soviética atacada en su cuna, arrasada
y abandonada en un mundo hostil y que, tras sobrevivir y llegar
a la madurez, fue arrasada de nuevo por la máquina militar
nazi, con la bendición de las potencias occidentales. Las
inseguridades y miedos resultantes han deformado su carácter,
al igual que lo harían en cualquier ser humano que hubiera
pasado por lo mismo.
Nosotros en Occidente nunca nos hemos permitido el lujo de olvidar
los defectos políticos (reales e inventados) de la Unión
Soviética; mientras que nunca recordamos la historia que
hay detrás. La campaña de propaganda anticomunista
comienza incluso antes de la intervención militar. Antes
de que terminara 1918, expresiones como “Peligro rojo”,
“asalto bolchevique a la civilización” y “amenaza
visible de los rojos en el mundo” se habían hecho normales
en las páginas del New York Times.
Durante febrero y marzo de 1919, un Subcomité Judicial del
Senado de los Estados Unidos realizó audiencias donde se
narraban “Terribles historias sobre los bolcheviques”.
Se puede adivinar el carácter de los testimonios si echamos
un vistazo al (generalmente apático) Times, el 12 de febrero
de 1919:
DESCRIPCIÓN DE LOS HORRORES BAJO EL RÉGIMEN ROJO.
R.E. SIMONS Y W.W. WELSH CUENTAN A LOS SENADORES LAS BRUTALIDADES
DE LOS BOLCHEVIQUES – DESNUDAN A LAS MUJERES EN LA CALLE.
GENTE DE TODA CLASE SOCIAL EXCEPTO LA ESCORIA ESTÁN SUJETAS
A LA VIOLENCIA DE LAS MULTITUDES.
El historiador Frederick Lewis Schuman escribió: “El
resultado de esas audiencias […] fue mostrar a la Rusia Soviética
como una suerte de caos habitado por esclavos abyectos a las órdenes
de una organización de maníacos homicidas cuyo propósito
era destruir todas las trazas de civilización y llevar a
la nación de vuelta al barbarismo”7.
Ninguna historia sobre los bolcheviques era demasiado atrevida,
bizarra, grotesca o perversa como para no ser impresa y creída
ampliamente (se llegó a decir que comían bebés).
“Historias sobre mujeres lascivas, la engañosa idea
de la propiedad estatal, el matrimonio compulsivo, el amor libre,
etc. se difundieron por todo el país a través de miles
de medios”, escribió Schuman. “y quizás
fue lo que mejor consiguió grabar en las mentes de la mayoría
de los americanos que los comunistas rusos eran unos criminales
pervertidos”8. Estas historias continuaron teniendo bastante
aceptación hasta incluso después de que el Departamento
de Estado fuera obligado a anunciar que se trataba de un fraude
(que los soviéticos se comían a sus hijos continuó
promulgándose en la Sociedad John Birch hasta al menos 1978).9
Al final de 1919, cuando la derrota de los aliados y de la Armada
Blanca parecía algo probable, el New York Times dirigía
a sus lectores titulares como los siguientes:
30 Dic. 1919: “Los Rojos buscan la guerra con América”.
9 Ene. 1029: “Departamentos oficiales clasifican la amenaza
bolchevique en el medio oeste como muy importante”
11 Ene. 1920: “Oficiales y diplomáticos aliados prevén
una posible invasión de Europa”
13 Ene. 1920: “Círculos diplomáticos aliados
temen una invasión de Persia”
16 Ene. 1920: Titular de página completa, con 8 columnas
de extensión: “Gran Bretaña se enfrenta a la
guerra con los Rojos, llamando a Concilio en París”.
“Diplomáticos bien informados” esperan una invasión
militar de Europa al mismo tiempo que su avance en Asia del Este
y del Sur.
A la mañana siguiente, sin embargo, se podía leer:
“No hay guerra con Rusia, los aliados comerciarán con
ella”.
7 Feb. 1920: “Los Rojos preparan una armada para atacar la
India”
11 Feb. 1920: “Miedo a que los Bolcheviques invadan territorio
japonés”
Los lectores del New York Times tenían que creer que todas
esas invasiones iban a venir desde una nación que había
sido destrozada como pocas naciones en la historia; una nación
que todavía estaba recuperándose de una horrible guerra
mundial; en un caos extremo debido a una revolución social
desde los cimientos; metida en una guerra civil brutal contra fuerzas
apoyadas por los mayores poderes del mundo; con sus industrias en
ruinas; y el país en manos de una hambruna que amenazaba
con dejar millones de muertos a su paso.
En 1920, la revista The New Republic presentó un extenso
análisis de las noticias cubiertas por The New York Times
sobre la revolución rusa y la intervención. Entre
otras muchas, observaba que en los dos años siguientes a
la revolución de 1917, el Times había afirmado al
menos 91 veces que “los soviéticos estaban apunto de
caer, si no lo habían hecho ya”10.
Si ésa era la realidad presentada por el “periódico
modelo” de los Estados Unidos, uno se puede imaginar el tipo
de brebaje con el que el resto de periódicos de la nación
alimentaban a sus lectores.
Así que ésta fue la primera realidad presentada a
los americanos sobre un fenómeno social nuevo que había
llegado al mundo, ésa fue su educación introductoria
sobre la Unión Soviética y esa cosa llamada comunismo.
Los estudiantes nunca se recuperarían de tal lección.
Tampoco lo haría la Unión Soviética.
La intervención militar terminó, pero, con la única
y parcial excepción de la Segunda Guerra Mundial, la propaganda
ofensiva no paró nunca. En 1943 la revista Life presentó
un artículo entero a honrar a la Unión Soviética,
llegando a decir que Lenin era “probablemente el mayor hombre
de los tiempos modernos”11. Dos años más tarde,
sin embargo, con Harry Truman sentado en la Casa Blanca, tal fraternidad
no tenía opciones de sobrevivir. Truman, después de
todo, era el hombre que, el día después de que los
nazis invadieran la Unión Soviética, dijo: “Si
vemos que Alemania va ganando, debemos ayudar a Rusia, y si es Rusia
la que gana, debemos ayudar a Alemania, y de ese modo dejar que
se maten tanto como sea posible; aunque en cualquier caso no quiero
ver a Hitler victorioso bajo ninguna circunstancia”12
La maquinaria propagandística fue exprimida al máximo
tras el tratado soviético-alemán de 1939, sin citar
en ningún momento que los rusos estuvieron forzados a dicho
pacto tras el rechazo repetido de los poderes occidentales, particularmente
los Estados Unidos y Gran Bretaña, a unirse con Moscú
para enfrentarse a Hitler13; como rehusaron en ayudar el gobierno
pro-socialista español en el asedio de los alemanes, los
italianos y los fascistas españoles que comenzó en
1936. Stalin se dio cuenta de que si Occidente no salvaría
a España, ciertamente no iban a salvar a la Unión
Soviética.
Desde la Amenaza Roja de los años 20 al McCarthismo de los
50 a la Cruzada Reagan contra el Malvado Imperio de los 80, el pueblo
americano ha sido objetivo de un adoctrinamiento incansable anticomunista.
Está embebido en la leche de sus madres, dibujado en sus
cómics, deletreado en sus libros de escuela; sus diarios
ofrecen titulares que les cuentan todo lo que necesitan saber; los
sacerdotes lo añaden a sus sermones, los políticos
hacen campaña con ello, y el Reader’s Digest se hace
rico con ello.
La convicción producida inevitablemente por este asalto insidioso
sobre el intelecto es que una gran maldición se ha extendido
por el mundo, posiblemente el mismísimo demonio, encarnado
en personas; personas no motivadas por las mismas necesidades, miedos,
emociones o moral que gobierna al restos de las razas, gente involucrada
en una conspiración internacional extremadamente inteligente
y monolítica, dedicada a hacerse con el mundo y esclavizarlo;
por razones no siempre claras, pero el mal no necesita justificación
aparte del mal en sí mismo. Más aún, cualquier
apariencia o afirmación de que esas personas son seres humanos
racionales buscando un tipo de mundo o sociedad mejor es una mentira,
un complot para engañar a otros, y lo único que prueba
es su inteligencia; la represión y las crueldades que ha
sufrido la Unión Soviética son prueba eterna de la
falta de virtud y de las malvadas intenciones de esa gente en cualquier
país en el que se encuentren, bajo cualquier nombre que tengan;
y, lo más importante de todo, la única elección
posible para cualquiera en los Estados Unidos es entre el modo de
vida americano y el modo de vida soviético, no hay nada entre
ambos o más allá.
Así es como pinta el tema para el habitante medio de EEUU.
Es más, uno se da cuenta de que, bajo el sofisticado lenguaje
académico, para la elite intelectual el mensaje es exactamente
el mismo.
Para una mente cuidadosamente educada de la niñez hasta la
madurez en los Estados Unidos, las verdades del anticomunismo son
evidentes, como evidente era antiguamente que el mundo era plano,
como evidente era para los rusos que las víctimas de las
purgas de Stalin eran realmente culpables de traición.
Esta porción de la historia americana debe tenerse en cuenta
si se intenta comprender la política exterior americana desde
el final de la Segunda Guerra Mundial, específicamente si
queremos ordenar, como presentamos en este libro, lo que ha hecho
a las gentes del mundo el ejército de los Estados Unidos,
la CIA y otras ramas del gobierno de los EEUU.
En 1918, los barones del capital americano no necesitaban una razón
en su guerra contra el comunismo aparte de la amenaza que representaba
a su riqueza y privilegios, aunque su oposición se expresaba
en términos de indignación moral.
Durante el periodo entre ambas guerras mundiales, la diplomacia
a punta de fusil de los Estados Unidos operó en el Caribe
para hacer que “el lago americano” fuera seguro para
United Fruit y W.R. Grace & Co., teniendo cuidado al mismo tiempo
de avisar de “la amenaza bolchevique” que representaba
el rebelde nicaragüense Augusto Sandino.
Al final de la Segunda Guerra Mundial, cada americano con más
de 40 años había sido objeto de unos 25 años
de radiación anticomunista, el periodo de incubación
medio necesario para producir una predisposición enquistada.
El anticomunismo ha tomado vida propia, independiente de su padre
capitalista. Cada vez más, los políticos y diplomáticos
de Washington veían el mundo como algo compuesto por comunistas
y anticomunistas, sea cual fuera la nación, el movimiento
o la persona. Esta visión de tira cómica del mundo,
con los justos superhombres americanos luchando el mal comunista
en todos lados, ha pasado de ser un ejercicio cínico de propaganda
a un imperativo moral para la política exterior estadounidense.
De hecho, el concepto de “no comunista”, entendiendo
como tal un cierto grado de neutralidad, ha perdido legitimidad
en este paradigma. John Foster Dulles, uno de los mayores arquitectos
de la política exterior estadounidense, expresó esto
en su típica forma moralista y simple: “Para nosotros
sólo hay dos tipos de personas en el mundo: aquéllas
que son cristianos y apoyan la libre empresa y el resto”14.
Como confirman muchos de los casos de estudio de este libro, Dulles
convirtió este credo en una rígida práctica.
La palabra “comunista” (como “marxista”)
se ha usado y abusado tanto por los líderes americanos y
los medios de comunicación, que ha perdido su sentido (la
izquierda ha hecho lo mismo con la palabra “fascista”).
Pero el hecho de tener un nombre para algo – brujas o platillos
volantes – le da cierta credibilidad.
Al mismo tiempo, el público americano, como hemos visto,
ha sido condicionado a reaccionar pavlovianamente al término:
significa, todavía, los peores excesos de Stalin, purgas
siberianas, campos de trabajo de esclavos, etc.; significa “nosotros”
contra “ellos”. Y “ellos” pueden ser un
campesino de Filipinas, un pintor de Nicaragua, un primer ministro
elegido legalmente en la Guayana Británica, un intelectual
europeo, un neutralista camboyano o un nacionalista africano –
todos, de alguna manera, forman parte de la misma conspiración
monolítica; cada uno, a su manera, es una amenaza para el
estilo de vida americano; no hay tierra suficientemente pequeña,
pobre o lejana que no pueda representar dicha amenaza: la “amenaza
comunista”.
Los casos presentados en este libro ilustran que ha sido irrelevante
en la mayoría de los casos si el objeto de la intervención
(individuos, partidos políticos, movimientos o gobiernos)
se llamaban a sí mismos “comunistas” o no. También
ha importado poco si eran partidarios del materialismo dialéctico
o si nunca habían oído hablar de Karl Marx; si eran
ateos o sacerdotes, si había un partido comunista influyente
en el esquema o no; si el gobierno había llegado al poder
a través de una revolución violenta o de elecciones
pacíficas … todos eran objetivos, todos “comunistas”.
Ha importado aún menos si la KGB estaba en escena. Se afirmaba
frecuentemente que las jugadas sucias de la CIA eran reacciones
a las de la KGB, más sucias aún. Esa es una gran mentira.
Puede haber algún caso aislado en que ello se cumpla a lo
largo de la vida de la CIA, pero si ha ocurrido está bien
oculto. La relación entre las dos siniestras agencias está
marcada por la confraternización y el respeto a los compañeros
de gremio, más que por un combate mano a mano. El oficial
de la CIA John Stockwell escribió:
Actualmente, al menos en las operaciones más rutinarias,
nuestros oficiales temen como potenciales amenazas a su operación:
en primer lugar al embajador de los Estados Unidos y su plantilla,
luego las dificultades de comunicación con sus superiores,
luego los vecinos curiosos de la comunidad local. Luego vendrían
la policía local, y después la prensa. La última
amenaza considerada sería el KGB – en mis doce años
de servicio nunca he visto u oído de una situación
en la que la KGB atacara u obstruyera una operación de la
CIA16.
Stockwell añade que los distintos servicios de inteligencia
no quieren que su mundo se “complique” asesinándose
unos a otros. Y no se complica. Si un oficial de campo de la CIA
se ha quedado tirado en mitad de la noche en una carretera abandonada,
no dudará en subir a un coche de un oficial de la KGB –
probablemente los dos terminen en algún bar bebiendo juntos.
En realidad, los oficiales de la CIA y la KGB pasan buenos ratos
en casa de los otros. Los ficheros de la CIA están llenos
de menciones a tales relaciones en prácticamente todas las
estaciones africanas17.
Los defensores de “combatir el fuego con fuego” suelen
llegar a argumentos peligrosos como que si la KGB, por ejemplo,
metió la mano para derrocar al gobierno checoslovaco en 1968,
la CIA tiene derecho a meter la mano en el derrocamiento del gobierno
Chileno en 1973. Es como si la destrucción de la democracia
por parte de la KGB depositara fondos en una cuenta bancaria con
la que la CIA justifica sus acciones, quedando ambos en tablas.
¿Cuál ha sido, pues, el hilo común de los distintos
objetivos de la intervención americana que les ha hecho sufrir
la ira, y con frecuencia la potencia de fuego, de la nación
más poderosa del mundo? En prácticamente todos los
casos relacionados con el Tercer Mundo que se mencionan en este
libro el motivo ha sido, de una forma o de otra, una política
de “autodeterminación”: el deseo de perseguir
un desarrollo independiente de los objetivos de política
exterior de los Estados Unidos. Normalmente, esto se ha manifestado
como a) la ambición de librarse de la servidumbre económica
y política de los Estados Unidos; b) el rechazo a minimizar
las relaciones con el bloque socialista, o a suprimir la izquierda
en casa, o a dar la bienvenida a una instalación militar
americana en su suelo (en definitiva, el rechazo a ser un títere
en la Guerra Fría); o c) el intento de alterar o reemplazar
un gobierno que no hiciera nada de lo anterior, es decir, un gobierno
subvencionado por los Estados Unidos.
Nunca será suficiente el énfasis que se ponga en decir
que tales políticas de independencia, en numerosos casos,
han sido consideradas y expuestas por los líderes y revolucionarios
del Tercer Mundo como independientes al antiamericanismo y al pro-comunismo;
como simples determinaciones de mantener una posición de
neutralidad y no alineación a ninguna de las dos superpotencias.
Una y otra vez, sin embargo, se ha probado que Estados Unidos no
estaba preparado para convivir con tales proposiciones. Arbenz de
Guatemala, Mossadegh de Irán, Sukarno de Indonesia, Nkrumah
en Ghana, Jagan en la Guayana Inglesa, Sihanouk en Camboya…
todos, insistía el tío Sam, debían declararse
inequívocamente del lado del “Mundo Libre” o
sufrir las consecuencias. Nkrumah expresó la idea de no-alineación
como sigue:
“El experimento que intentamos en Ghana fue esencialmente
desarrollar un país en cooperación con el mundo entero.
La no alineación significa exactamente eso. No éramos
hostiles a los países del mundo socialista como tampoco lo
eran los gobiernos de los antiguos territorios coloniales. Debe
recordarse que mientras Gran Bretaña mantenía relaciones
con la Unión Soviética, no permitía la misma
política a sus colonias, y cuando Ghana se hizo independiente
se asumió que seguiríamos con la misma política
restrictiva. Cuando nos comportamos como lo hacía Gran Bretaña
con los países comunistas nos acusaron de ser pro rusos y
de introducir ideas peligrosísimas en África18.”
Es una reminiscencia de los Estados sureños en el siglo XIX,
cuando muchos sureños estaban profundamente ofendidos de
que tantos esclavos negros hubieran desertado hacia las filas del
norte en la Guerra Civil. Ellos pensaban con toda su convicción
que los negros deberían estar agradecidísimos de lo
que sus maestros blancos estaban haciendo por ellos, y que debían
estar contentos y felices por su destino. El conocido cirujano y
psicólogo de Luisiana Dr. Samuel A. Cartwright argumentó
que muchos de los esclavos sufrían de una enfermedad mental,
que llamó “drapetomanía”, que consistía
en una necesidad incontrolable de escapar de la esclavitud. En la
segunda mitad del siglo XX, esta enfermedad, en el Tercer Mundo,
se ha llamado con frecuencia “comunismo”.
Quizás la creencia más arraigada es que la Unión
Soviética (o Cuba, o Vietnam, etc. en nombre de Moscú)
es una fuerza clandestina que se esconde bajo la fachada de la autodeterminación,
alimentando a la hidra de la revolución, o tan sólo
creando problemas aquí y allí, y en todas partes.
Otra encarnación, aunque a mayor escala, es el proverbial
“agitador extranjero” que ha hecho su aparición
frecuentemente a lo largo de la historia… El rey Jorge echaba
la culpa a los franceses de incitar a las colonias americanas a
la revuelta… los granjeros desilusionados americanos y veteranos
de guerra que protestaban por sus penosas circunstancias económicas
tras la revolución (la rebelión de Shais) estaban
azuzados por agentes británicos que intentaban hundir a la
nueva república… las huelgas laborales a finales del
siglo XIX se tacharon de “anarquistas” y “extranjeras”,
durante la Primera Guerra Mundial con el adjetivo de “agentes
alemanes”, después como “bolcheviques”.
Y en los 60, en la Comisión Nacional sobre las Causas y la
Prevención de la Violencia, J. Edgar Hoover dijo: “hay
que ayudar a extender entre los rangos policiales que cualquier
tipo de protesta masiva se debe a conspiraciones promovidas por
agitadores, generalmente comunistas, que descarrían a personas
que de otra manera estarían tranquilas.”19
La última es la frase clave, una que encapsula la mentalidad
conspiratoria de aquellos en el poder – la idea de que nadie,
excepto aquellos que viven bajo el enemigo, puede ser tan miserable
y estar tan descontento como para recurrir a la revolución
o a la protesta masiva; que es sólo la agitación exterior
la que les desvía de su camino.
De acuerdo con esto, si Ronald Reagan hubiera aceptado que las masas
de El Salvador tenían alguna buena razón para levantarse
contra su horrible existencia; habría perdido credibilidad
su acusación (y la razón para la intervención
americana) de que principalmente (¿únicamente?) la
Unión Soviética y sus aliados cubanos y nicaragüenses
eran los instigadores de los salvadoreños: que aparentemente
el poder mágico de los comunistas podía hacer que,
en cualquier parte del mundo, con un movimiento de su puño
rojo, podían transformar a gente pacífica y feliz
en furiosas guerrillas.
La CIA sabe lo difícil que es conseguir esto. La agencia,
ha intentado provocar revueltas masivas en China, Cuba, la Unión
Soviética, Albania, y en la Europa del Este sin ningún
éxito. Los redactores de la Agencia le echan la culpa de
estos fallos a la naturaleza “cerrada” de las sociedades
involucradas. Pero en países no comunistas, la CIA ha tenido
que recurrir a golpes militares o trampas extralegales para conseguir
poner a su gente en el poder. Nunca ha sido capaz de provocar una
revolución popular.
Para Washington, conceder mérito y virtud a una insurgencia
en el Tercer Mundo sería, más o menos, como formular
la pregunta: ¿Por qué, si los Estados Unidos intervienen,
no toman el lado de los rebeldes? No sólo sería mejor
servir a la causa de los derechos humanos y la justicia, sino que
impediría a los rusos representar ese papel. ¿Qué
mejor forma de frustrar la Conspiración Internacional Comunista?
Pero esa es una cuestión que no se atreven a formular en
el Despacho Oval, una cuestión que es muy relevante en muchos
de los casos de este libro.
En vez de ello, los Estados Unidos continúan dedicados a
su vieja política de establecer y/o apoyar a las peores tiranías
del mundo, cuyos excesos contra su propio pueblo aparecen en las
páginas de nuestros periódicos: masacres brutales,
tortura sistemática, decenas de miles de personas desaparecidas,
fustigamientos públicos, soldados y policía disparando
a las multitudes, situaciones económicas precarias…
un estilo de vida que monopolizan los aliados americanos, desde
Guatemala, Chile y El Salvador a Turquía, Pakistán
e Indonesia, todos ellos miembros importantes de la Guerra Sagrada
Contra el Comunismo, todos miembros del “Mundo Libre”,
esa región de la que tanto hemos oído hablar y de
la que hemos visto tan poco.
Las restricciones en las libertades civiles encontradas en el bloque
comunista, con todo lo severas que eran, palidecen en comparación
con los Auschwitzes del “Mundo Libre”. Es interesante
resaltar que al igual que los líderes americanos hablan de
libertad y democracia mientras apoyan dictaduras, lo mismo hacían
los rusos hablando de guerras de liberación (o antiimperialistas
o anticolonialistas) cuando realmente hacían poco por esas
causas. Los soviéticos querían que se les viera como
los salvadores del Tercer Mundo, pero hicieron poco aparte de protestar
cuando movimientos y gobiernos progresistas, incluso con partidos
comunistas, en Grecia, Guatemala, la Guayana Inglesa, Chile, Indonesia
o las Filipinas, se iban al traste con la complicidad americana.
Durante los primeros años 50, la Agencia Central de Inteligencia
instigó muchas incursiones militares en la China comunista.
En 1960, los aviones de la CIA, sin ninguna provocación,
bombardearon la nación soberana de Guatemala. En 1973, la
Agencia animó una revuelta sangrienta contra el gobierno
de Iraq. En los medios de comunicación de masas americanos
en esos momentos, y por tanto en la mente colectiva americana, esos
eventos no ocurrieron.
“No sabíamos lo que estaba pasando” se convirtió
en un cliché para ridiculizar a aquellos alemanes que argumentaban
su ignorancia de los hechos que tenían lugar bajo los nazis.
¿Está esto tan lejos de nosotros como nos gustaría?
Es lamentable pensar que en nuestra era de comunicaciones mundiales
instantáneas, los Estados Unidos tengan tantas operaciones
militares a pequeña o gran escala (u otras formas de intervención)
sin que el público americano tenga conciencia de ellas hasta
años después, si es que la tienen. Normalmente el
único informe de cada uno de estos eventos o de la intromisión
de los Estados Unidos es una referencia rápida al hecho de
que un gobierno comunista ha realizado ciertos cambios – del
tipo de “noticias” que el público americano ha
sido condicionado a ignorar totalmente, que la prensa no sigue;
como los alemanes eran condicionados a que los informes de las fechorías
nazis no eran más que propaganda comunista -.
Con pocas excepciones, las intervenciones nunca aparecieron en los
titulares de los telediarios. En algunas, trozos y partes de las
historias salieron a la luz aquí y allí, pero raramente
se juntaron para formar un todo cohesionado e iluminador; los fragmentos
normalmente aparecían junto a otro hecho, silenciosamente
enterrado con otras historias, silenciosamente olvidado, estallando
en primera plana sólo cuando circunstancias extraordinaria
lo hacían obligatorio, tal como el secuestro iraní
del personal de la embajada de los Estados Unidos y de otros americanos
en Teherán en 1979, que produjo un montón de artículos
sobre el papel jugado por los Estados Unidos en la caída
del gobierno iraní en 1953. Era como si los editores hubieran
discurrido: “¿Eh, qué estamos haciendo en Irán
para que toda esa gente nos odie?”.
Había muchísimos iraníes en América
en el pasado reciente, pero la ausencia de noticias en el New York
Daily News o Los Angeles Times… la ausencia de imágenes
reales de gente real muriendo en la NBC… en tal ausencia de
información acerca de los incidentes estos pasan a no existir
para la mayoría de los americanos, y ellos pueden decir honestamente
“No sabíamos lo que ocurría”.
El primer ministro chino Chou En-lai dijo una vez: “Una de
las cosas más maravillosas de los americanos es que no tienen
memoria histórica en absoluto”.
Probablemente es aún peor que nuestra ignorancia el hecho
de que desde fuera se den cuenta. Durante el accidente de la planta
nuclear de Three Mile Island en Pennsylvania en 1979, un periodista
japonés, Atsuo Kaneko del Servicio Japonés de Noticias
de Kyoto, pasó muchas horas entrevistando a gente alojada
en un pabellón – la mayoría niños, mujeres
embarazadas y madres jóvenes. Descubrió que ninguno
de ellos había oído hablar de Hiroshima20.
En 1982, un juez en Oakland, California dijo que se sintió
frustrado cuando unos 50 miembros de un jurado en un juicio de pena
de muerte fueron preguntados y “ninguno de ellos sabía
quién era Hitler”21.
Para la oligarquía de la política exterior en Washington,
esto es muy agradable. Es una condición sine qua non para
sus objetivos.
Tan oscurecido está el registro de las intervenciones americanas
que cuando, en 1975, al Servicio del Congreso de Búsqueda
de la Biblioteca del Congreso se le pidió un estudio sobre
las actividades encubiertas de la CIA hasta la fecha, fue capaz
de conseguirlo sólo de forma limitada, una porción
muy pequeña de lo que se presenta en este libro para el mismo
periodo22.
Invito al lector a buscar secciones relevantes a estos hechos en
las tres principales enciclopedias americanas: Americana, Britannica
y Colliers. Teniendo en cuenta que las enciclopedias son el repositorio
final del conocimiento objetivo, resulta descorazonador. Prácticamente
encontramos que no existieron intervenciones americanas. El New
York Times resumió este interesante fenómeno así:
Los asuntos militares clandestinos contra Vietnam del Norte, por
ejemplo, no se ven […] como una violación de los Acuerdos
de Ginebra de 1954, que finalizaron la Guerra Francesa de Indochina.
Los asuntos militares clandestinos, al estar encubiertos, no existen
para el público. Más aún, cualquier intervención
secreta en otras naciones no se ve como una violación de
los tratados firmados por el Senado, ya que no se conocen públicamente.
La censura de facto que deja a tantos americanos funcionalmente
iletrados acerca de la historia de los asuntos exteriores de los
Estados Unidos puede ser aún más efectiva, ya que
se trata de una manipulación total del tejido educacional
y mediático. No se necesita de una conspiración para
ocultarlo. Los editores de Reader’s Digest y US News and World
Report no necesitan reunirse clandestinamente con los representantes
de la NBC en un piso franco del FBI para planear las historias y
programas del próximos mes; simplemente, dichas personas
no habrían alcanzado las posiciones que ocupan si ellos mismos
no hubieran sido guiados por el mismo túnel de historia camuflada
y hubieran salido con su memoria selectiva y su sabiduría
convencional.
“El levantamiento en China es una revolución que, si
la analizamos, veremos que tiene las mismas marcas que hubo en la
revolución británica, francesa o americana24”.
Este sentimiento cosmopolita y generoso pertenece a Dean Rusk, el
Secretario Asistente para Asuntos del Lejano Este, después
secretario de Estado. Al mismo tiempo precisamente que Mr. Rusk
decía esto en 1950, otros en su gobierno planeaban activamente
la caída del nuevo gobierno revolucionario chino.
Esto es el pan nuestro de cada día. En muchos de los casos
descritos en estas páginas, uno puede encontrar sentencias
de oficiales de nivel alto-medio de Washington que ponen en entredicho
la política de intervención; algunas basadas en principios
morales, otras tan sólo en que la intervención no
da ningún beneficio o incluso puede acabar en desastre. Le
doy poco peso a estas disensiones como, en el análisis final,
hacen los que deciden en Washington, quienes, en situaciones controvertidas
a nivel mundial, siempre confían en jugar la carta anticomunista.
Presentando las intervenciones de este modo, simplemente afirmo
que la política extranjera americana es justamente lo que
la política extranjera americana hace.
En 1993, me crucé con un resumen sobre un libro que trataba
de la gente que negaba que el Holocausto Nazi existiera realmente.
Escribí al autor, un profesor de universidad, diciéndole
que su libro me hacía preguntarme si sabía de la existencia
del holocausto americano, y de que su negación es tan vergonzosa
como la de los nazis. Tan grande y profunda es la negación
del holocausto americano, le dije, que los negadores ni siquiera
saben que hay afirmadores. Unos cuantos millones de personas han
muerto en el holocausto americano y muchos más millones han
sido condenados a vidas de miseria y tortura como resultado de las
intervenciones de EEUU, desde China a Grecia en los años
40 hasta Afganistán e Iraq en los 90. He recopilado una lista
de estas intervenciones, que es el objeto de este libro.
En mi carta también le ofrecía intercambiar una copia
de una edición anterior de mi libro por una copia del suyo,
pero me contestó informándome de que no estaba en
posición de hacer eso. Eso es todo lo que dijo. No hizo ningún
comentario sobre el resto de mi carta – la parte que trata
sobre la negación del holocausto americano – ni siquiera
reconocer que yo hablé sobre el tema. La ironía de
que un estudioso en la materia de la negación del holocausto
nazi entre en tal negación sobre el holocausto americano
es típica en el fondo. De hecho, me sorprendí de que
el buen profesor por lo menos respondiera.
Claramente, si mi tesis recibe ese tipo de respuesta de tal persona,
mi tesis y yo nos encontramos ante una ardua tarea. En los años
30, y de nuevo tras la guerra en los 40 y los 50, los anticomunistas
de distintos orígenes de los Estados Unidos hicieron todo
lo que pudieron para desenmascarar los crímenes de la Unión
Soviética, tales como las purgas y los asesinatos masivos.
Pero ocurrió una cosa extraña. La verdad no parecía
importar. Los comunistas americanos continuaron apoyando al Kremlin.
Incluso a pesar de que la exageración y desinformación
distribuida regularmente por los anticomunistas dañara su
propia credibilidad, la ignorancia y/o negación continuada
de los izquierdistas americanos es remarcable.
Al final de la Segunda Guerra Mundial, cuando los aliados victoriosos
descubrieron los campos de concentración alemanes, en algunos
casos llevaron a ciudadanos alemanes de ciudades cercanas a los
campos para que se enfrentaran con la institución, las pilas
de cadáveres, las gentes esqueléticas aún vivas;
algunos de los burgueses más respetables fueron forzados
a enterrar los cadáveres. ¿Qué efecto tendría
sobre la psique americana si los creyentes y negadores fueran obligados
a ser testigos de las consecuencias de las pasada mitad de siglo
de política extranjera de los EEUU se desenmascarara? ¿Qué
pasaría si los agradables, limpios y educados chicos americanos
que lanzaron infinitas toneladas de bombas sobre docenas de países,
sobre gente de la que no conocían nada (enemigos de un videojuego)
bajaran a la tierra y vieran y olieran el olor de la carne quemada?
Se ha convertido en vox populi que el objetivo de la administración
Reagan, con sus políticas anticomunistas y su carrera armamentística,
era colapsar y reformar la Unión Soviética y sus gobiernos
satélites. Los libros de historia americana han empezado
a tallar esta teoría en mármol. Los tories en Gran
Bretaña dicen que Margaret Thatcher y sus políticas
contribuyeron también al milagro. Los alemanes del este también
lo creen así. Cuando Ronald Reagan visitó Berlín
Este, la gente le agradeció “su papel en liberar el
este”. Incluso muchos analistas de izquierdas, particularmente
los del ala conspiratoria, creen firmemente en ello.
Pero esta visión no es universal, y no debería serlo.
El experto más importante sobre el Soviet en los Estados
Unidos, Georgi Arbatov, director del Instituto para el estudio de
los Estados Unidos y Canadá en Moscú, escribió
sus memorias en 1992. Una recensión del libro en Los Angeles
Times de Robert Scheer resume una porción del mismo:
Arbatov entiende las desventajas del totalitarismo soviético
en comparación con la política y la economía
de occidente. Está claro a partir de estas memorias que el
movimiento de cambio había ido desarrollándose a buen
ritmo en los más altos corredores del poder desde la muerte
de Stalin. Arbatov no sólo aporta considerables evidencias
de la controvertida idea de que el cambio habría llegado
sin presión extranjera, sino que insiste en que el crecimiento
militar de los EEUU durante los años Reagan realmente impidió
su caída25.
George F. Kennan está de acuerdo. El actual embajador de
los EEUU en la Unión Soviética, y padre de la teoría
de la “contención”, afirma que “la sugerencia
de que cualquier administración estadounidense haya tenido
poder para influir decisivamente en el curso del tremendo levantamiento
político doméstico en otro gran país en el
otro lado del globo es simplemente infantil”. Concede que
la militarización extrema de la política americana
reforzó a las líneas duras de la Unión Soviética.
“El efecto global del extremismo de la Guerra Fría
fue retrasar más que acelerar el gran cambio que se cernía
sobre la Unión Soviética”26
Aunque el gasto en la carrera armamentística dañó
el tejido económico de los civiles soviéticos y de
la sociedad incluso más que lo que lo hizo en los Estados
Unidos, eso había estado ocurriendo durante 40 años
cuando Mikhail Gorbachev llegó al poder sin el menor atisbo
de colapso. Cuando se le preguntó Aleksandr Yakolev, consejero
cercano a Gorbachev, sobre si el alto gasto militar de la administración
Reagan combinado con la retórica sobre el “imperio
malvado” había forzado a la Unión Soviética
a una posición conciliadora, respondió:
No contribuyó en absoluto. En ningún sentido. Puedo
decírtelo con la mayor responsabilidad. Gorbachev y yo estábamos
preparados para los cambios en nuestra política fuera presidente
Reagan, Kennedy u otro aún más liberal. Estaba claro
que nuestro gasto militar era enorme y había que reducirlo27.
Comprensiblemente, algunos rusos serían reacios a admitir
que habían sido forzados a hacer cambios revolucionarios
por culpa de su archienemigo, o a admitir que habían perdido
la Guerra Fría. Sin embargo, sobre esta cuestión no
tenemos que confiar en la opinión de un solo individuo, ruso
o americano. Simplemente tenemos que mirar a los hechos históricos.
Desde los últimos años 40 hasta mediados de los 60,
era un objetivo de la política americana instigar la caída
del gobierno soviético y de muchos regímenes de Europa
del este. La CIA organizó, entrenó y equipó
a muchos exiliados rusos, enviándolos luego de vuelta a su
hogar para establecer redes de espionaje, realizar presión
política y llevar a cabo asesinatos y sabotajes, tales como
descarrilar trenes, destruir puentes, dañar factorías
armamentísticas y plantas de energía, etc. El gobierno
soviético, que capturó a muchos de esos hombres, estaba
por supuesto totalmente al tanto de quién estaba detrás.
Comparada con esta política, la de la administración
Reagan se podría clasificar como de capitulación virtual.
¿Cuáles fueron los resultados de esta política
anticomunista extrema? Los enfrentamientos serios repetidos entre
Estados Unidos y la Unión Soviética en Berlín,
Cuba y otros lugares, las intervenciones soviéticas en Hungría
y Checoslovaquia, la creación del Pacto de Varsovia (en reacción
directa a la OTAN), no el glasnost ni la perestroika, sólo
sospecha permanente, cinismo y hostilidad por ambas partes. Se probó
que los rusos eran humanos después de todo – respondieron
a la dureza con dureza. Por el contrario, las amigables relaciones
EEUU-Soviet en algunos períodos desembocaron en la permisión
a un gran número de judíos para emigrar de la Unión
Soviética28. La suavidad produce suavidad.
Si hay alguien al que atribuir los cambios en la Unión Soviética
y la Europa del este (los beneficiosos y otros más cuestionables)
es Mikhail Gorbachev y los activistas a los que inspiró.
Debe recordarse que Reagan llevaba en la Casa Blanca cuatro años
antes de que Gorbachev llegara al poder, y Thatcher llevaba seis,
pero en ese periodo no ocurrió nada significativo en la Unión
Soviética a pesar de la continua malicia de ambos hacia el
estado comunista.
El argumento que se suele utilizar para disculpar la manía
americana en la guerra fría acerca de la seguridad nacional
(con todas sus paranoias y absurdos, el monstruo militar formado
por el supraestado OTAN, su sistemas de alarma preventiva y sus
vigilancias aéreas, sus silos nucleares y sus U-2) es que
tras la Guerra en Europa los soviéticos se habían
convertido en una amenaza gigante para el mundo.
Este argumento se cae por los suelos con una única pregunta:
¿Por qué iban a querer los soviéticos invadir
Europa Occidental o bombardear los Estados Unidos? Claramente, no
tenían nada que ganar con tales acciones, excepto la certera
destrucción de su país, que se había estado
reconstruyendo dolorosamente una vez más tras la devastación
de la guerra.
En los 80, esta pregunta, que aún nadie se había atrevido
a formular, había dado lugar a un gasto militar de 300.000
millones de dólares y a la guerra de las galaxias.
Hay disponibles, de hecho, numerosos informes internos del Departamento
de Estado, del Departamento de Defensa y de la CIA acerca del periodo
de posguerra, donde todos los analistas políticos dejan claro
su serio escepticismo sobre la “Amenaza Soviética”
(revelando la debilidad militar rusa, y cuestionando sus intenciones
agresivas) mientras los altos oficiales, incluyendo el presidente,
presentaban al público el mensaje contrario29.
El historiador Roger Morris, miembro del Concilio de Seguridad Nacional
durante los mandatos de Johnson y Nixon, describió este fenómeno:
La nueva Agencia Central de Inteligencia ha comenzado una sobrestimación
sistemática de los gastos militares soviéticos. Por
acto de magia, la escuálida economía soviética
es capaz de superar los presupuestos del gobierno de los EEUU. Al
ejército a caballo de Stalin (equipado con arsenal anticuado,
carreteras arrasadas por la guerra y una moral por los suelos),
el Pentágono añade divisiones fantasma, luego le atribuye
escenarios de invasión.
Los oficiales de EEUU “exageraron las capacidades e intenciones
soviéticas hasta tal punto”, dice un estudio de los
archivos, “que es sorprendente que alguien los tomara en serio”.
Alimentado por las arengas del gobierno y sustentado por el miedo
generalizado, tanto la prensa como la gente estadounidense no tenían
ningún problema en creérselo30.
Sin embargo, insiste la defensa, había muchos oficiales en
puestos elevados que simplemente malinterpretaron los indicios soviéticos.
La Unión Soviética era, después de todo, una
sociedad altamente cerrada, particularmente antes de que Stalin
muriera en 1953. A propósito de esto, el miembro conservador
del Parlamento inglés, Enoch Powell observó en 1983:
La malinterpretación internacional es casi totalmente voluntaria:
de hecho es una contradicción (para malinterpretar algo,
debemos al menos poder interpretar si no entender aquello en lo
que queremos “equivocarnos”)… La falta de comprensión
estadounidense sobre la URSS tiene la función de alimentar
un mito: el mito de que los Estados Unidos son “la última
y la mejor esperanza de la humanidad”. San Jorge y el Dragón
no valen como historia sin un dragón real, cuanto más
grande y más feroz mejor, idealmente que escupa llamas por
la boca. Las malinterpretación de la Rusia soviética
se ha convertido en algo indispensable para la autoestima de la
nación americana.31
Se puede argumentar también que la creencia de los nazis
en el gran peligro representado por la “Conspiración
Judía Internacional” debe ser considerada antes de
condenar a los perpetradores del Holocausto.
Tanto americanos como alemanes se creyeron su propia propaganda,
o pretendieron hacerlo. Leyendo Mein Kampf, a uno le asombra el
hecho de que una parte significativa de lo que Hitler escribió
sobre los judíos se parecía mucho a los escritos americanos
sobre los comunistas: comienza con la premisa de que los judíos
(comunistas) eran malvados y querían dominar el mundo; luego,
cualquier comportamiento que pareciera contradecir esto era simplemente
una treta para engañar a la gente y conseguir sus malvados
fines; este comportamiento es siempre parte de una conspiración
y mucha gente colabora con ella. Se refiere luego al poder enorme
(casi místico) de los judíos para manipular sociedades
y economías. Echa la culpa de su éxito al internacionalismo
de los judíos y a la falta de patriotismo nacional.
Por supuesto, el Kremlin no tenía un plan maestro de dominación
mundial tan obvio como la invasión de la Europa Occidental
o el lanzamiento de bombas en los Estados Unidos. El plan, mucho
más sutil (uno podría decir que retorcidamente inteligente)
era la subversión… desde dentro… país
a país… a través del Tercer Mundo… eventualmente
rodeando y estrangulando al Primer Mundo… realmente una Conspiración
Comunista Internacional, “una conspiración”,
dijo el Senador Joseph McCarthy, “en una escala tan grande
que empequeñece cualquier otra en la historia del hombre”.
Este es el objetivo principal de este libro: analizar cómo
los Estados Unidos intervinieron por todo el mundo para combatir
esta conspiración allá donde asomara la cabeza.
¿Existió realmente la Conspiración Comunista
Internacional?
Si realmente existió, ¿por qué la CIA y las
agencias de otros gobiernos llegaron a tal nivel de exageración?
Si realmente creían en la existencia de una Conspiración
Comunista1 Internacional diabólica, ¿por qué
se inventaron todo eso para convencer al pueblo americano, al Congreso,
y al resto del mundo de su malvada existencia? ¿Por qué
tuvieron que manipular, eliminar, falsificar evidencias? Las páginas
de este libro están llenas de numerosos ejemplos de retórica
anticomunista por parte del gobierno de los EEUU y sus invenciones
mediáticas sobre “la amenaza soviética”,
“la amenaza china” y “la amenaza cubana”.
Y todo el tiempo, al mismo tiempo, éramos bombardeados con
historias terroríficas: en los 50 era “la ventaja de
bombas” de la URSS sobre los EEUU. Luego “la ventaja
de misiles”. Más tarde “la ventaja de misiles
antibalísticos”. En los 80, fue la “ventaja en
el gasto”. Finalmente, “la ventaja láser”.
Todo eran mentiras.
Ahora sabemos que la CIA de Ronald Reagan y William Casey regularmente
“politizaba las afirmaciones de inteligencia” para apoyar
la tendencia antisoviética de su administración, y
eliminaba informes, incluso de sus propios analistas, que contradecían
esta tendencia. Ahora sabemos que la CIA y el Pentágono sobrestimaban
regularmente la fuerza militar y económica de la Unión
Soviética, y exageraban la escala de las pruebas nucleares
soviéticas y el número de “violaciones”
de los tratados existentes de prohibición de dichas pruebas,
con las que luego Washington acusaba a los rusos32. Todo para crear
un enemigo más grande y más significativo, un agujero
mayor en la seguridad nacional.
Tras la Guerra Fría, en los tiempos del Nuevo Orden Mundial,
parece que todo aquello fue bien para el complejo militar-industrial-inteligencia
y sus compañeros de crimen, el Banco Mundial y el Fondo Monetario
Internacional. Tienen su NAFTA, y su Organización Mundial
de Comercio. Están dictando el desarrollo económico,
político y social del Tercer Mundo y de la Europa del Este.
La reacción de Moscú a estos eventos ya no se toma
en consideración. El Código de Conducta para Corporaciones
Transnacionales de la ONU está muerto. Todo aquello a la
vista es liberalizado y privatizado. El capital merodea el mundo
con una libertad rabiosa de la que no había disfrutado desde
antes de la Primera Guerra Mundial, operando libre de cualquier
atadura. El mundo ahora es seguro para las corporaciones transnacionales33.
¿Significará esto una mejora en la vida de las multitudes
con respecto al periodo de la Guerra Fría? ¿Una mayor
preocupación por la gente común a la que no se tiene
en cuenta desde hace siglos? “Por todos los medios”,
dice el Capital, ofreciendo otra versión dulcificada de la
teoría por la cual los pobres (que deben subsistir con las
migajas de los ricos), comerán mejor dando a los ricos mejores
comidas.
Los chicos del Capital, también se ríen con sus martinis
sobre la muerte del socialismo. La palabra se ha prohibido en las
conversaciones educadas. Y esperan que nadie note que cualquier
experimento socialista de alguna importancia en el siglo veinte
(sin excepción) ha sido arrasado, derrocado, o invadido,
o corrompido, pervertido, subvertido, o desestabilizado, o de alguna
otra manera se le ha hecho la vida imposible por parte de los Estados
Unidos. Ningún movimiento o gobierno socialista (de la revolución
rusa a los sandinistas en Nicaragua, de la China comunista al FMLN
en el Salvador), ninguno ha podido crecer o morir por su propios
méritos o fallos.
Es como si los primeros experimentos de los hermanos Wright con
máquinas voladoras hubieran fallado por los sabotajes de
los intereses automovilísticos. Y como si luego todos los
hombres de bien del mundo examinaran la situación, tomaran
nota de las consecuencias, asintieran sabiamente y entonaran solemnemente:
“El hombre nunca volará”.
NOTAS: 1. Michael Parenti, The Anti-Communist Impulse (Random House,
NY, 1969) p.4 2. Washington Post, 24 de octubre de 1965, article
by Stanley Karnow. 3. Winston Churchill, The Second World War, Vol.
IV, The Hinge of Fate (London, 1951), p. 428. 4. Winston Churchill,
The World Crisis: The Aftermath (London, 1929), p. 235. 5. D.F.
Fleming, "The Western Intervention in the Soviet Union, 1918-1920",
New World Review (New York), Fall 1967; see also Fleming, The Cold
War and its Origins, 1917-1960 (New York, 1961), pp. 16-35. 6. Los
Angeles Times, 2 de septiembre de 1991, p. 1. 7. Frederick L. Schuman,
American Policy Toward Russia Since 1917 (New York, 1928), p. 125.
8. Ibid., p. 154. 9. San Francisco Chronicle, 4 de octubre de 1978,
p. 4. 10. New Republic, 4 de agosto de 1920, a 42-page analysis
by Walter Lippmann and Charles Merz. 11. Life, 29 de marzo de 1943,
p. 29. 12. New York Times, 24 de junio de 1941; para ver una recopilación
interesante de cómo los oficiales estadounidenses sentaron
las bases para la Guerra Fría durante e inmediatamente después
de la Segunda Guerra Mundial, ver el primer capítulo de Blanche
Wiesen Cook, The Declassified Eisenhower (New York, 1981), un estudio
de los informes anteriormente clasificados de la Eisenhower Library.
13. Esto está bien documentado y sería de dominio
público si no fuera por sus vergonzosas implicaciones. Ver,
por ejemplo, los informes de la British Cabinet de 1939, resumidos
en el Manchester Guardian, 1 de enero de 1970; también Fleming,
The Cold War, pp. 48-97. 14. Relatado por el entonces ministro francés
de asuntos exteriores, Christian Pineau en una entrevista para el
Dulles Oral History Project, Princeton University Library; citada
en Roger Morgan, The United States and West Germany, 1945-1973:
A Study in Alliance Politics (Oxford University Press, London, 1974),
p. 54, mi traducción del francés. 15. Michael Parenti,
The Anti-Communist Impulse (Random House, NY, 1969) p. 35. 16. John
Stockwell, In Search of Enemies (New York, 1978), p. 101. Las expresiones
“oficial de la CIA” y “oficial del caso”
se usan a través del presente libro para denotar a empleados
fijos, a tiempo completo de la Agencia, al contrario que “agente”,
que es alguien que trabaja con la CIA ad hoc. Otras fuentes citadas
tienden a usar incorrectamente la palabra “agente” para
cubrir ambas categorías. 17. Ibid., p. 238. 18. Kwame Nkrumah,
Dark Days in Ghana (London, 1968), pp. 71-2. 19. La cita completa
es del New York Times, 11 de enero de 1969, p. 1; la cita interior
es de la Comisión Naiconal. 20. Mother Jones magazine (San
Francisco), abril de 1981, p. 5. 21. San Francisco Chronicle, 14
de enero de 1982, p. 2. 22. Richard F. Grimmett, Reported Foreign
and Domestic Covert Activities of the United States Central Intelligence
Agency: 1950-1974, (Library of Congress) 18 de febrero de 1975.
23. The Pentagon Papers (N.Y. Times edition, 1971), p. xiii. 24.
Discurso ante el World Affairs Council en la Universidad de Pennsylvania,
13 de enero de 1950, citado en la Republican Congressional Committee
Newsletter, 20 de septiembre de 1965. 25. Robert Scheer, Los Angeles
Times Book Review, 27 de septiembre de 1992, recensión de
Georgi Arbatov, The System: An Insider's Life in Soviet Politics
(Times Books, New York, 1992) 26. International Herald Tribune,
29 de octubre de 1992, p. 4. 27. The New Yorker, 2 de noviembre
de 1992, p. 6. 28. Los Angeles Times, 2 de diciembre de 1988: la
emigración de judíos soviéticos tuvo su máximo
en 51,330 en 1979 y su mínimo en unos 1,000 en un año
a mediados de los 80 durante la administración Reagan (1981-89);
en 1988 era de 16,572. 29. a) Frank Kofsky, Harry S. Truman and
the War Scare of 1948: A Successful Campaign to Deceive the Nation
(St. Martin's Press, New York, 1993), particularmente el Appendix
A; el libro está repleto de porciones de documentos escritos
por la diplomáticos, servicios de inteligencia y analistas
militares de los años 40; el miedo a la Guerra impulsaba
el programa de asuntos exteriores de la administración, inaugurando
una gigantesca maquinaria militar, amenazando la bancarrota de la
industria aérea. b) Declassified Documents Reference System:
indices, resúmenes y documentos microfilmados, anuarios,
ordenados por la agencia gubernamental a la que pertenecen y el
año de desclasificación c) Foreign Relations of the
United States (Department of State), anuarios y documentos internos
publicados entre 25 y 35 años después del suceso.
30. Los Angeles Times, 29 de diciembre de 1991, p. M1. 31. The Guardian
(London), 10 de octubre de 1983, p. 9. 32. a) Anne H. Cahn, "How
We Got Oversold on Overkill", Los Angeles Times, 23 July 1993,
basado en un testimonio ante el Congreso el 10 de junio de 1993,
por Eleanor Chelimsky, Assistant Comptroller-General de la General
Accounting Office, sobre un estudio de la misma; ver el artículo
relacionado en el New York Times, 28 de junio de 1993, p.10 b) Los
Angeles Times, 15 de septiembre de 1991, p. 1; 26 October 1991.
c) The Guardian (London), 4 de marzo de 1983; 20 de enero de 1984;
3 de abril 1986. d) Arthur Macy Cox, "Why the U.S., Since 1977,
Has Been Misperceiving Soviet Military Strength", New York
Times, 20 de octubre de 1980, p. 19; Cox fue un empleado del Departamento
de Estado y de la CIA. 33. Para una mayor profundización
en estos puntos, consular: a) Walden Bello, Dark Victory: The United
States, Structural Adjustment and Global Poverty (Institute for
Food and Development Policy, Oakland, CA, 1994), passim. b) Multinational
Monitor (Washington), July/August 1994, special issue on The World
Bank. c) Doug Henwood, "The U.S. Economy: The Enemy Within",
Covert Action Quarterly (Washington, DC), verano de 1992, No. 41,
pp. 45-9. d) Joel Bleifuss, "The Death of Nations", In
These Times(Chicago) 27 de junio - 10 de Julio de 1994, p. 12 (Código
de la ONU).
N del T: William Blum es un escritor y crítico de la política
exterior estadounidense. Empleado del Departamento de Estado, abandonó
su puesto debido a su oposición a la Guerra de Vietnam en
1967. Se describe a sí mismo como socialista. Este artículo
es la introducción de su libro Killing Hope: US Military
and CIA interventions since World War II. Tanto el original como
otros capítulos que iremos traduciendo tienen su versión
original en inglés en la página http://www.killinghope.org
Marcos Jesus Concepcion Albala
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MIEMBRO DE LA 'CAMACOL' Y DE LA 'FELAP'
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