El Imperio Americano
Por HIRAM MOTHERWELL
Esta curiosa apología imperialista que tiene
la atenuante de la sinceridad y la agravante del cinismo
no es una opinión sola y aislada, sino el eco de
gran parte del pensamiento público norteamericano
de hoy (su autor es graduado de Harvard, ha sido corresponsal
del Chicago Daily News en Europa y dirige el Theatre Guild
Magazine), muy distante del idealismo generoso de la May
Flower y de la Joint Resolutions; por eso, y por lo que
nos afecta, la reproducimos.
E. E.
La frase “el Imperio Americano”, se ha puesto
de moda como una metáfora que describe la creciente
influencia de los Estados Unidos sobre las naciones vecinas.
Pero nosotros los estadounidenses la utilizamos sólo
como una metáfora, con la reserva mental de que los
Estados Unidos, no son en realidad una nación Imperialista,
sino únicamente una hermana mayor de sus pequeñas
amigas.
Ha llegado la hora de que reconozcamos que los Estados Unidos
son en realidad una nación imperialista. Hay en realidad
un imperio americano. Debemos acostumbrarnos a pronunciar
tales palabras en voz alta, no a media lengua, sino con una
enunciación clara y precisa. El imperialismo no es
más vergonzoso que el tiempo, malo o bueno, y es tan
inevitable como éste en cierta etapa de la expansión
nacional.
Todos nosotros somos imperialistas. Hoover, el pacifista
cuáquero, es imperialista cuando procura inundar el
mundo de mercancías y capital norteamericanos. Vosotros,
y yo, simples ciudadanos que procuramos ganarnos un modesto
vivir y enviar a nuestros hijos al colegio, somos imperialistas
cuando brindamos por la prosperidad norteamericana basada
en la superproducción y en gigantescos empréstitos
extranjeros. Estamos sacando ventajas de una época
de expansión imperial, y de ello nos alegramos.
Y no hay razón para no regocijarse, o para avergonzarse;
porque el imperialismo económico norteamericano es
con frecuencia beneficioso, y raras veces necesita oprimir
a otros pueblos. Pero hay muy buenas razones para no seguir
tratando de negar un hecho tan obvio como un rascacielos,
un secreto que todo el mundo conoce salvo los ciudadanos de
los Estados Unidos.
Me agradaría ver que en todas las escuelas primarias
se diera un curso sobre el Imperio Americano: lo que es, cómo
se ha desarrollado, lo que ha hecho y lo que no ha podido
hacer por sus provincias imperiales; y por qué y cómo
es esencial a la prosperidad de nuestro país. Me agradaría
ver que cada niño norteamericano creciera dando por
sentada la existencia de ese imperio, de igual modo que todo
niño inglés crece dando por cosa hecha la existencia
del imperio británico.
La opinión pública no vé con buenos
ojos el uso de las palabras "imperialista" e "imperio"
aplicadas a las relaciones de Norteamérica con sus
vecinos. Y el gobierno de los Estados Unidos procura apaciguar
este resentimiento explicando que todo acto imperialista de
la Secretaría de Estado no es más que una continuación
de la vieja política de aislamiento, adaptada a exigencias
provisionales. Por ejemplo, en 1922 dijo el Secretario Hughes:
"No buscamos en ninguna parte privilegios especiales
a expensas de otros. Deseamos proteger los derechos justos
y equitativos de los ciudadanos americanos en todos los rincones
del mundo." Sin embargo, los Estados Unidos han estado
durante muchos años utilizando su influencia para impedir
que otras naciones coloquen importantes empréstitos
en la América Central y en los países del Caribe;
han buscado por todos los medios posibles reemplazar empréstitos
extranjeros ya existentes en esos países con dinero
norteamericano; han vetado repetidas veces concesiones o proyectos
de fomento en Cuba y en otras partes, en los cuales había
interesados capitales extranjeros; han presentado ultimatum
a Haití, Santo Domingo y otros países con la
infantería de marina a mano para respaldarlos; se han
apoderado a la fuerza de las rentas aduanales y hasta han
fletado para New York dinero efectivo de las aduanas como
garantía de deudas en litigio; y han intervenido cuatro
veces en Cuba, cinco en Panamá, seis en Nicaragua,
dos en México, seis en Honduras, una en Colombia y
una en Costa Rica. ¿Para qué fingir que todo
esto no es imperialista?
¿Y por qué, por otra parte, suponer que semejante
imperialismo sea necesaria e implícitamente malvado?
El imperialismo económico norteamericano significa
millares de millones de dólares invertidos en otros
países, fomentando la riqueza local, dando trabajo
a centenares de miles de duros, estabilizando las finanzas
nacionales, otorgando a una gran parte de la población
local voz y voto en un gobierno pacífico y de orden.
Nadie pretenderá afirmar que el trabajo útil,
la buena sanidad, las carreteras y vías férreas
y un respeto humano de sí propio, no hayan de preferirse
a la pobreza, las enfermedades y la revolución crónica.
Es absurdo afirmar que haya nada de sagrado en el derecho
de las naciones pequeñas a ser gobernadas por una serie
de aventureros militares. Si el imperialismo norteamericano
mejora las condiciones de vida del pueblo a expensas de los
políticos locales, entonces está humanamente
justificado. La interrogación que los norteamericanos
deben hacerse no es si Norteamérica es o no "imperialista",
sino si, en cada caso particular, el imperialismo norteamericano
ha trabajado en realidad por el bien del mayor número
o si ha sido chapucera su obra. La mayor parte de los liberales
cree que los Estados Unidos han hecho mal en muchos casos,
su obra imperialista, y que han oprimido y, a veces, masacrado
sin motivo y sin necesidad a la población local. Pero
esto no significa una condenación del imperialismo,
de igual modo que la mala administración de la justicia
no es una condenación de las leyes y los tribunales.
Lo malo del imperialismo norteamericano proviene de que los
norteamericanos no poseen valor moral para confesar que existe.
En esto el gobierno de los Estados Unidos les ha dado el ejemplo.
La Secretaría de Estado ha explicado repetidas veces
al público sus actos imperialistas afirmando que eran
medidas tomadas "sólo con vistas al bienestar
de los habitantes", o "para proteger la vida humana",
o “para defender de bandidos las propiedades norteamericanas".
El gobierno norteamericano declaró solemnemente su
intención de conceder una completa independencia nacional
a las Filipinas y a Cuba, mientras gobernaba a la primera
e intervenía en la segunda con una implacabilidad que
hubiera motivado instantánea rebelión, de intentarse
siquiera en cualquiera de los estados de la Unión.
En abril de 1898 el Congreso aprobó una resolución
conjunta declarando que "el pueblo de la Isla de Cuba
es y por derecho debe ser, libre e independiente, y que el
gobierno de los Estados Unidos reconoce a la República
de Cuba como el gobierno verdadero y legal de aquella Isla".
Pero en 1919, después de cuatro ocupaciones militares
y de una intromisión casi continua en la administración
y las finanzas cubanas, la Secretaría de Estado, en
un documento marcado con la frase "confidencial: para
uso oficial únicamente", procuraba reconciliar
sus acto con la promesa original diciendo:
"Parece que la palabra "independencia" como
término técnico empleado en tratados que se
refieren a esos estados protegidos (como Cuba) no significa
libertad completa de acción como atributo positivo,
sino más bien la ausencia de cualesquiera restricciones
impuestas al estado protegido que vendrían a ser una
infracción de su personalidad internacional y le quitarían
cierta competencia legal teórica para ser árbitro
de sus destinos."
Cuánto más sincero no hubiera sido decir: "Cuba
es libre en ciertos respectos; no lo es en otros. Los Estados
Unidos poseen ciertos intereses vitales en Cuba. No se proponen
consentir que terceras naciones obtengan una posición
firme militar o económica en la Isla ni permitir que
revolucionarios irresponsables pongan en peligro los mil doscientos
cincuenta millones de dólares invertidos allí
por ciudadanos norteamericanos. Pero podemos encontrar un
medio de proteger esos intereses nuestros sin que corran riesgos
el bienestar y la autonomía de los cubanos."
Lo que obliga a la Secretaría de Estado a emitir estas
declaraciones tan poco ingeniosas es que durante un siglo
y cuarto antes de 1898, las nociones norteamericanas del imperialismo
estaban moldeadas en la lucha continua para impedir que las
naciones extranjeras adquirieran una posición militar
firme en el hemisferio occidental y para asegurar el paso
libre en los mares de las mercancías con que los Estados
Unidos pagaban sus deudas a los países extranjeros.
De aquí que el dogma de la inmoralidad del imperialismo
viniera a ser parte integrante y fija en la conciencia política
de la nación.
Ahora bien, el animal humano suele someterse a cualquier
castigo o humillación antes que verse obligado a confesar
que sus dogmas son falsos. Haga lo que haga bajo la presión
de la necesidad, buscará apasionadamente reconciliar
sus actos con sus dogmas. Por eso, aunque la situación
histórica es hoy totalmente distinta y los Estados
Unidos son una enorme nación exportadora, prestamista
y embarcadora, el gobierno procura todavía hacer aparecer
sus actos en armonía con la vieja ética política
que sólo aprobaba la acción política
en el extranjero en defensa de la propiedad y la moralidad.
Por tal motivo fué que Roosevelt dijo en 1907, para
justificar su intervención militar en Cuba: "
Estoy haciendo cuanto en mi mano está por persuadir
a los cubanos de que con sólo portarse bien, serán
dichosos." Y Wilson, para justificar su intervención
en Veracruz: "Voy a enseñarles a las repúblicas
sudamericanas a elegir hombres buenos."
Los norteamericanos, en el fondo, todavía se imaginan
que si se inmiscuyen en los asuntos nacionales y extranjeros
de otros pueblos es con el único objeto de hacerlos
buenos. No obstante lo cual todos los países extranjeros
consideran a los Estados Unidos, no en modo algunos como un
maestro de moral, sino como un astuto vendedor. Admiran y
envidian no sólo nuestra habilidad de vender buena
mercancía a precio bajo, sino especialmente nuestra
habilidad de fingir que lo hacemos sólo con motivos
altruistas. A nadie engaña el "altruismo"
norteamericano sino a los norteamericanos. Como ha dicho Bertrand
Russell: "Los norteamericanos sobrepujan hasta a los
británicos en sagacidad, moderación aparente
y el diestro uso de la hipocresía que hasta ellos mismos
engaña."
El mundo entero, excepción hecha de los Estados Unidos,
cree que existe un Imperio Americano que va creciendo con
rapidez hasta incluir todo el hemisferio occidental, y en
cierto grado Europa y parte de Asia también. ¿Qué
es este imperio y dónde está?
Pudiéramos hacer de él un mapa _en realidad,
pudiéramos hacer tres mapas para distinguir tres grados
de la influencia imperial norteamericana. Primero vendría
el mapa de las "posesiones" norteamericanas (término
aún no definido jurídicamente, pero que incluye
todos los territorios sobre los cuales los Estados Unidos
ejercen dominio político positivo). Estos territorios
incluirían a Puerto Rico, las Islas Vírgenes,
Hawaii, Alaska, Guam, Samoa, las Filipinas y la Zona del Canal
de Panamá. Ninguno de estos dominios, salvo Hawaii
y Alaska, se ajusta al plan de la constitución norteamericana.
Hawai y Alaska son territorios que algún día
pueden convertirse en estados; las Filipinas constituyen una
"posesión" que algún día puede
llegar a ser nación independiente. Puerto Rico es un
territorio sin posible futura condición de Estado.
Guam y Samoa son simplemente "propiedad" del gobierno
federal. Las Islas Vírgenes fueron "compradas"
a Dinamarca y es de presumirse sean "propiedad"
de los Estados Unidos, pero el status político de sus
habitantes es vago. Si la Zona del Canal es terreno "arrendado"
o "adquirido en propiedad" es una cuestión
metafísica. Pero sobre todos estos territorios el dominio
imperial norteamericano es absoluto e indiscutido.
Un segundo mapa incluiría a todos aquellos territorios
sobre los cuales los Estados Unidos ejercen lo que viene a
ser un dominio efectivo aunque no oficial sobre sus nacionales.
Estos incluyen a Cuba, Haití y Santo Domingo; Nicaragua,
Panamá y en realidad toda Norteamérica del Istmo
al Río Grande, salvo, claro está, Honduras Británica.
¡Especialmente México! Porque este país,
después de años de jugar a la política
con Gran Bretaña, Japón y otras naciones, ha
caído al cabo completamente dentro de la órbita
de la influencia norteamericana en lo que a su política
extranjera y sus grandes problemas domésticos se refiere.
Pero el mapa se extendería aún más lejos.
Incluiría la mayoría del continente sudamericano.
En algunas partes de este continente los Estados Unidos ejercen
dominio oficial sobre las finanzas nacionales. En otras, el
capital norteamericano invertido y los intereses comerciales
norteamericanos son poderosísimos, aunque Europa disfruta
de un grado más o menos grande de influencia. Pero
cualquiera que sea la influencia de las naciones europeas
en Sudamérica, bajo la vigente Doctrina de Monroe ninguna
potencia extranjera podría ejercer dominio diplomático
efectivo sobre la política extranjera de ningún
país sudamericano si a ello se opusiera seriamente
el gobierno de los Estados Unidos.
De ocurrir un conflicto, la palabra de la Secretaría
de Estado de Washington sería decisiva. El poder, como
éste, de dominar en las crisis políticas, es
lo que constituye los cimientos de un imperio.
Pero un tercer mapa de varios matices, nos revelaría
un imperio americano, que proyecta su sombra sobre la mayor
parte de Europa y gran parte de Asia. Porque el imperio, en
los tiempos modernos se asienta sobre el comercio y las inversiones
que requieren protección política. Y las mercancías
y el capital norteamericanos han estado inundando estas áreas
vastísimas con una rapidez y una magnitud sin precedente
en la historia del mundo. ¡Cerca de cinco mil millones
de dólares en mercancías norteamericanas y más
de mil millones de capital norteamericano anualmente! Semejante
penetración no puede continuar sin crear implicaciones
políticas. Y, en tiempos de crisis, la influencia política
norteamericana ha solucionado real y positivamente las cuestiones
europeas por medio del plan Dawes y probablemente del plan
Young, así como con numerosos actos tendientes a estabilizar
las finanzas europeas, para no decir nada de la Liga de Naciones
y el Pacto Kellog. Por lo menos ocho de las principales naciones
de Europa fueron rehabilitadas económicamente gracias
al dinero prestado en un momento crítico por norteamericanos
bajo condiciones aprobadas por la Secretaría de Estado.
Todas estas naciones y la mayoría de las otras tendrían
que consultar a Washington antes de efectuar cualquier cambio
de mayor cuantía en su política nacional. Esto
es dominio. Esto es un grado de imperio.
Pero uno se preguntará, ¿no es éste
un concepto fantástico del imperio? ¿Puede hablarse
seriamente del imperio sin soberanía política?
Sí, se puede, como ahora lo veremos.
Pero en primer lugar conviene aclarar que la palabra "imperio"
en su verdadero significado, no lleva en sí ninguna
connotación de bien o de mal, al igual que las palabras
"nación'', o "municipalidad". Imperio
es simplemente un término que define un tipo particular
de relación entre una nación y otra. ¿Qué
tipo particular es ese?
Al tratar de responder a esta pregunta nos sentimos estorbados
por cuadros de palabras que llevan la etiqueta de "imperio''
y que hemos recogido en los libros de historia y despachos
de noticias. Imperio en nuestra mente viene a ser una mélonge
de gritos de combate y frases hechas: la tiranía de
las naciones fuertes sobre las débiles; la invasión
de los países pequeños; la anexión forzosa;
la hegemonía sobre un continente; expediciones punitivas;
matanzas como las de Anritzar esclavos negros en plantaciones
de caucho del Congo; la marina más grande; la administración
de las finanzas locales; el desembarco de infantes de marina.
Todas y cada una de esas frases pueden mezclarse en la definición
instintiva que hace uno de lo que es imperio de acuerdo con
las ideas peculiares que ha heredado.
Supónese generalmente que los antiguos romanos han
sido los más expertos y eficaces practicantes del imperio.
¿Y qué era imperio según su definición?
En el 196 A. de J., mucho antes de que advinieran los Césares,
un joven general romano, Tito Quinto Flaminio, fué
hecho emperador o imperator de Grecia. Es decir, fue investido
por el Senado de la República Romana con el imperium,
o poder plenario, para dirigir la guerra a negociar la paz
en Macedonia. Flaminio fue emperador porque poseía
el imperium, o poder efectivo. Y eso, para los romanos, era
todo lo que quería decir imperio. Hasta los mismos
grandes Césares no tenían, técnicamente,
más autoridad que la de Flaminio. Eran simplemente
los recipiendarios del imperium sobre ciertas partes (pero
no todas) de los dominios romanos. El imperio mismo no era
sino una vasta liga de naciones unidas por una serie de tratados
de los que prácticamente dos no eran iguales. En una
región el César gobernaba por medio de administradores
nombrados por él que controlaban todos los detalles
de la vida local; en otra, no tenía más derecho
de injerencia que el de nombrar al Sumo Sacerdote. Toda variedad
de relación política era bien acogida por Roma
mientras retuviera la única cosa que hacia, real y
efectivo el imperio: el poder.
Nosotros los modernos hemos inflado esta palabra, imperium
o imperio, hasta hacerla significar un dominio político
total e irrevocable. Pero los imperios vivos no están
constituidos sobre esa base. La relación o nexo imperial
es siempre fluida, variable, con frecuencia invisible. Canadá,
parte del Imperio Británico, es prácticamente
una nación independiente; hace sus propios aranceles,
conduce sus relaciones exteriores (mantiene un Ministro en
Washington), y decide por sí, sin tener en cuenta a
la Gran Bretaña, en cuestiones de guerra y paz. Egipto,
por otra parte, aunque técnicamente no es parte del
Imperio Británico, está en todo y por todo bajo
el imperium británico, gracias al nombramiento por
la Gran Bretaña de asesores técnicos y a la
presencia en Suez de tropas británicas. Albania es
oficialmente un reino soberano e independiente; pero en realidad
parte del Imperio Italiano, porque Italia controla sus relaciones
exteriores, sus finanzas y sus asuntos militares.
El imperio no es más que poder real y efectivo. Donde
quiera que los Estados Unidos ejerzan poder efectivo, allí
poseen imperio. Y donde quiera que ejerzan poder en competencia
con otras naciones, allí tienen imperio potencial.
La forma no importa. El hecho de una influencia efectiva es
lo único que cuenta.
Claro está que el imperialista acabado ha de comportarse
de muy distinta manera que el nacionalista. Para el nacionalista
no hay más que hacer con otra nación sino dejarla
en paz o anexársela. Para el imperialista toda concebible
relación es posible, según las circunstancias
particulares que medien y los propósitos en perspectiva.
Si el objeto es impedir que una nación pequeña
le conceda una base naval a un adversario político,
basta con hacer un tratado (bajo coacción, si es necesario)
especificando que no se concederán bases navales a
terceras partes. Si el objeto es una penetración comercial
o económica, basta con concluir un tratado garantizando
aranceles preferenciales o facultades asesoras sobre las finanzas
y las concesiones. Pero salvo la presión que pudiera
ser necesaria para obtener estos objetos específicos,
el poder imperial deja una autonomía completa a la
provincia.
Hasta el presente, los males del imperialismo norteamericano
han tenido origen, no en la persecución de fines imperiales,
sino en el mezclar el imperialismo con el nacionalismo. La
sangrienta guerra que ahogó la insurrección
en las Filipinas, fue motivada porque los Estados Unidos,
actuando bajo el dictado de sus heredadas muletillas nacionalistas,
prometía libertad a las islas, mientras que, bajo el
dictado de sus intereses comerciales y económicos,
se disponía a hacer del archipiélago una provincia
imperial. Si, desde el principio los Estados Unidos hubieran
declarado lo que deseaban bases navales, control económico,
puertos en zonas libres, u otra cosa cualquiera habrían
sin duda podido concluir la deseada, transacción con
los políticos locales. (Habría sido necesario
sobornarlos; pero es más decente sobornar a un hombre
que fusilar a mil.) Los filipinos, acostumbrados durante siglos
a la corrupción española, hubieran entendido
perfectamente esto, adaptándose a ello. Pero en lugar
de eso, los Estados Unidos, prometiendo la libertad a las
islas, pidieron a Aguinaldo, el campeón de la independencia
filipina, que los ayudara a combatir contra España,
y luego suprimieron el movimiento independentista de Aguinaldo
con una guerra sangrienta y hasta con atrocidades bárbaras
Debió haber parecido a los filipinos una moral bien
extraña la de los norteamericanos, que los combatían,
los mataban y las torturaban para hacerlos libres. A veces
debieron haber suspirado por el Régimen colonial español,
bajo el cual todo el mundo era corrompido y todos por lo tanto
se entendían unos con los otros. Es la hipocresía,
no el imperialismo, lo que da lugar a las atrocidades.
Con toda probabilidad, la, mayoría de los excesos
del imperialismo norteamericano pudieran haberse evitado de
haber sido declarado francamente el propósito imperialista,
y perseguido con honradez. Es absurdo decirle a una nación
pequeña: "Eres enteramente libre en tu pleno derecho
soberana para hacer lo que te plazca. Pero si, voluntariamente,
no te place firmar este tratado, desembarcaremos infantes
de marina y nos apoderaremos de tus aduanas." Ningún
sufrimiento humano grande puede derivarse de la administración
eficaz de las aduanas locales o de prohibir el arrendamiento
de una base naval a nación extranjera; pero el pretender
que hace uno una cosa ,y hacer en realidad otra, suele dar
lugar a la guerra, al derramamiento de sangre, a la tiranía.
Imperialistas que intervenimos en otras naciones única
y exclusivamente por su bien. El peor imperialismo es el imperialismo
moralizador, porque no tiene nada que dar sino negaciones,
"no hagan esto, no hagan aquello". El mejor imperialista
es el imperialista
Semejante hipocresía es el resultado de fingir que
no somos imperialista económico porque tiene capital
que dar, y el capital riega las raíces de la vida cotidiana
del hombre.
Todas las naciones son egoístas. Y cuando el único
objeto del egoísmo es quitarle algo a alguien (como
generalmente hace el nacionalismo), puede ser cruel. Pero
el imperialismo es una relación continuada; su objeto
debe ser construir mercados prósperos y hacerse de
clientes gustosos. Cuando el imperialismo se percate de la
multiplicidad de sus intereses en otras palabras, comprenda
que su interés no es sólo poner en circulación
empréstitos, obtener concesiones de materias primas,
y asegurarse aranceles preferenciales, sino también
vender mercancías por un largo período de años
buscará fomentar los intereses mutuos y reducir el
área de presión (u opresión) hasta un
punto casi imperceptible. Donde el éxito del imperialismo
es completo, no se ve al policía.
Mientras más variadas sean las clases de intereses
egoístas que el imperialismo se vé obligado
a equilibrar, más prudente, moderado y civilizado ha
de ser su dominio. El imperialista completo, a diferencia
del nacionalista, permitirá la mayor autonomía
local, dejará el mayor margen para las costumbres e
ideas del pueblo sometido. Es un especialista en meterse exclusivamente
en lo que le importa.
Una Norteamérica con esta idea adulta de un egoísmo
tolerante y de amplia visión, podrá darle al
mundo tanto como le quita. Pero una Norteamérica moralista,
que "habla de Dios cuando se refiere al algodón",
siempre será intolerante y por lo tanto cruel. Porque
el moralista, por lo mismo que cree tener razón, cree
que los otros no la tienen y que por ello merecen ser castigados.
El imperialista, por el contrario, está dispuesto a
dejar en paz al prójimo mientras pueda conseguir una
serie de jugosas gangas. Las naciones extranjeras acogen bien
a los negocios e inversiones norteamericanos. Les aterra,
en cambio, la moralidad norteamericana. Norteamérica
no dejará de ser tenida por un peligro para el mundo
hasta tanto todos no seamos imperialistas honrados y conscientes.
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