..."Lo que os puedo dar os doy, que es una ínsula hecha y derecha, redonda y bien proporcionada..."
"Don Quijote de la Mancha". Capítulo XLII: " De los consejos que dió Don Quijote a Sancho Panza antes que fuese a gobernar la ínsula..."

ISSN: 1810-4479
Publicación Semanal. Año 3, Nro.118, Viernes, 7 de abril del 2006
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Un Descenso A Los Infiernos

Los sueños de expansión imperial son tan viejos en los Estados Unidos como las guerras que han desatado sucesivos gobiernos de ese país para hacerlos realidad. Un pertinaz engaño, el del aliento democrático y pacífico que animó a los Padres Fundadores de esa nación , y supuestamente, caracteriza a sus instituciones hasta el presente, ha perpetuado el espejismo de unos Estados Unidos dispuesto a convivir en paz con sus vecinos.

En el ya lejano 1931, en el número XXVIII de la revista Bimestre Cubano aparece la tarducción de un artículo de Hiram Motherwell, escritor nortemaericano y traductor al Inglés de obras de Benitto Mussolinni, que es una desacarnada apología a la expansión imperial norteamericana, a costa de naciones más débiles, con el objetivo de difundir la democracia y la libertad por el planeta.

¿Les parece conocida esta retórica? ¿Suena familiar, verdad?

Con sentido crítico y de denuncia lo publicaron en 1931 los editores de la revista cubana. Era también una oportuna alerta acerca de los peligros que representaban entonces estos"salvadores" de la Humanidad. Con el tiempo este peligor ha aumentado, basta examinar los documentos programáticos del Pentágono o la Casa Blanca, como el recién publicado "Programa de Seguridad Nacional para el 2006", que cuenta con una introducción firmada por George W Bush, sin hablar de los que producen, por toneldas, los neoconservadores que se refocilan tras las bamabalinas del Imperio.

Bienvenidos a este descenso al infierno del cinismo, la barbarie y el despojo envueltos en acarameladas ideas y bellas frases. Bienvenidos al mundo real, el de hoy mismo, el de los niños masacrados en Iraq, las amenazas contra Cuba, las torturas en Guantánamo y una bella sonrisa para los filmes de Hollywood... Y banderas americanas, muchas banderitas agitadas al viento por brazos democráticos...

El Imperio Americano
Por HIRAM MOTHERWELL

Esta curiosa apología imperialista que tiene la atenuante de la sinceridad y la agravante del cinismo no es una opinión sola y aislada, sino el eco de gran parte del pensamiento público norteamericano de hoy (su autor es graduado de Harvard, ha sido corresponsal del Chicago Daily News en Europa y dirige el Theatre Guild Magazine), muy distante del idealismo generoso de la May Flower y de la Joint Resolutions; por eso, y por lo que nos afecta, la reproducimos.
E. E.

La frase “el Imperio Americano”, se ha puesto de moda como una metáfora que describe la creciente influencia de los Estados Unidos sobre las naciones vecinas. Pero nosotros los estadounidenses la utilizamos sólo como una metáfora, con la reserva mental de que los Estados Unidos, no son en realidad una nación Imperialista, sino únicamente una hermana mayor de sus pequeñas amigas.

Ha llegado la hora de que reconozcamos que los Estados Unidos son en realidad una nación imperialista. Hay en realidad un imperio americano. Debemos acostumbrarnos a pronunciar tales palabras en voz alta, no a media lengua, sino con una enunciación clara y precisa. El imperialismo no es más vergonzoso que el tiempo, malo o bueno, y es tan inevitable como éste en cierta etapa de la expansión nacional.

Todos nosotros somos imperialistas. Hoover, el pacifista cuáquero, es imperialista cuando procura inundar el mundo de mercancías y capital norteamericanos. Vosotros, y yo, simples ciudadanos que procuramos ganarnos un modesto vivir y enviar a nuestros hijos al colegio, somos imperialistas cuando brindamos por la prosperidad norteamericana basada en la superproducción y en gigantescos empréstitos extranjeros. Estamos sacando ventajas de una época de expansión imperial, y de ello nos alegramos.

Y no hay razón para no regocijarse, o para avergonzarse; porque el imperialismo económico norteamericano es con frecuencia beneficioso, y raras veces necesita oprimir a otros pueblos. Pero hay muy buenas razones para no seguir tratando de negar un hecho tan obvio como un rascacielos, un secreto que todo el mundo conoce salvo los ciudadanos de los Estados Unidos.

Me agradaría ver que en todas las escuelas primarias se diera un curso sobre el Imperio Americano: lo que es, cómo se ha desarrollado, lo que ha hecho y lo que no ha podido hacer por sus provincias imperiales; y por qué y cómo es esencial a la prosperidad de nuestro país. Me agradaría ver que cada niño norteamericano creciera dando por sentada la existencia de ese imperio, de igual modo que todo niño inglés crece dando por cosa hecha la existencia del imperio británico.

La opinión pública no vé con buenos ojos el uso de las palabras "imperialista" e "imperio" aplicadas a las relaciones de Norteamérica con sus vecinos. Y el gobierno de los Estados Unidos procura apaciguar este resentimiento explicando que todo acto imperialista de la Secretaría de Estado no es más que una continuación de la vieja política de aislamiento, adaptada a exigencias provisionales. Por ejemplo, en 1922 dijo el Secretario Hughes: "No buscamos en ninguna parte privilegios especiales a expensas de otros. Deseamos proteger los derechos justos y equitativos de los ciudadanos americanos en todos los rincones del mundo." Sin embargo, los Estados Unidos han estado durante muchos años utilizando su influencia para impedir que otras naciones coloquen importantes empréstitos en la América Central y en los países del Caribe; han buscado por todos los medios posibles reemplazar empréstitos extranjeros ya existentes en esos países con dinero norteamericano; han vetado repetidas veces concesiones o proyectos de fomento en Cuba y en otras partes, en los cuales había interesados capitales extranjeros; han presentado ultimatum a Haití, Santo Domingo y otros países con la infantería de marina a mano para respaldarlos; se han apoderado a la fuerza de las rentas aduanales y hasta han fletado para New York dinero efectivo de las aduanas como garantía de deudas en litigio; y han intervenido cuatro veces en Cuba, cinco en Panamá, seis en Nicaragua, dos en México, seis en Honduras, una en Colombia y una en Costa Rica. ¿Para qué fingir que todo esto no es imperialista?

¿Y por qué, por otra parte, suponer que semejante imperialismo sea necesaria e implícitamente malvado? El imperialismo económico norteamericano significa millares de millones de dólares invertidos en otros países, fomentando la riqueza local, dando trabajo a centenares de miles de duros, estabilizando las finanzas nacionales, otorgando a una gran parte de la población local voz y voto en un gobierno pacífico y de orden. Nadie pretenderá afirmar que el trabajo útil, la buena sanidad, las carreteras y vías férreas y un respeto humano de sí propio, no hayan de preferirse a la pobreza, las enfermedades y la revolución crónica. Es absurdo afirmar que haya nada de sagrado en el derecho de las naciones pequeñas a ser gobernadas por una serie de aventureros militares. Si el imperialismo norteamericano mejora las condiciones de vida del pueblo a expensas de los políticos locales, entonces está humanamente justificado. La interrogación que los norteamericanos deben hacerse no es si Norteamérica es o no "imperialista", sino si, en cada caso particular, el imperialismo norteamericano ha trabajado en realidad por el bien del mayor número o si ha sido chapucera su obra. La mayor parte de los liberales cree que los Estados Unidos han hecho mal en muchos casos, su obra imperialista, y que han oprimido y, a veces, masacrado sin motivo y sin necesidad a la población local. Pero esto no significa una condenación del imperialismo, de igual modo que la mala administración de la justicia no es una condenación de las leyes y los tribunales.

Lo malo del imperialismo norteamericano proviene de que los norteamericanos no poseen valor moral para confesar que existe. En esto el gobierno de los Estados Unidos les ha dado el ejemplo. La Secretaría de Estado ha explicado repetidas veces al público sus actos imperialistas afirmando que eran medidas tomadas "sólo con vistas al bienestar de los habitantes", o "para proteger la vida humana", o “para defender de bandidos las propiedades norteamericanas". El gobierno norteamericano declaró solemnemente su intención de conceder una completa independencia nacional a las Filipinas y a Cuba, mientras gobernaba a la primera e intervenía en la segunda con una implacabilidad que hubiera motivado instantánea rebelión, de intentarse siquiera en cualquiera de los estados de la Unión. En abril de 1898 el Congreso aprobó una resolución conjunta declarando que "el pueblo de la Isla de Cuba es y por derecho debe ser, libre e independiente, y que el gobierno de los Estados Unidos reconoce a la República de Cuba como el gobierno verdadero y legal de aquella Isla". Pero en 1919, después de cuatro ocupaciones militares y de una intromisión casi continua en la administración y las finanzas cubanas, la Secretaría de Estado, en un documento marcado con la frase "confidencial: para uso oficial únicamente", procuraba reconciliar sus acto con la promesa original diciendo:

"Parece que la palabra "independencia" como término técnico empleado en tratados que se refieren a esos estados protegidos (como Cuba) no significa libertad completa de acción como atributo positivo, sino más bien la ausencia de cualesquiera restricciones impuestas al estado protegido que vendrían a ser una infracción de su personalidad internacional y le quitarían cierta competencia legal teórica para ser árbitro de sus destinos."

Cuánto más sincero no hubiera sido decir: "Cuba es libre en ciertos respectos; no lo es en otros. Los Estados Unidos poseen ciertos intereses vitales en Cuba. No se proponen consentir que terceras naciones obtengan una posición firme militar o económica en la Isla ni permitir que revolucionarios irresponsables pongan en peligro los mil doscientos cincuenta millones de dólares invertidos allí por ciudadanos norteamericanos. Pero podemos encontrar un medio de proteger esos intereses nuestros sin que corran riesgos el bienestar y la autonomía de los cubanos."

Lo que obliga a la Secretaría de Estado a emitir estas declaraciones tan poco ingeniosas es que durante un siglo y cuarto antes de 1898, las nociones norteamericanas del imperialismo estaban moldeadas en la lucha continua para impedir que las naciones extranjeras adquirieran una posición militar firme en el hemisferio occidental y para asegurar el paso libre en los mares de las mercancías con que los Estados Unidos pagaban sus deudas a los países extranjeros. De aquí que el dogma de la inmoralidad del imperialismo viniera a ser parte integrante y fija en la conciencia política de la nación.

Ahora bien, el animal humano suele someterse a cualquier castigo o humillación antes que verse obligado a confesar que sus dogmas son falsos. Haga lo que haga bajo la presión de la necesidad, buscará apasionadamente reconciliar sus actos con sus dogmas. Por eso, aunque la situación histórica es hoy totalmente distinta y los Estados Unidos son una enorme nación exportadora, prestamista y embarcadora, el gobierno procura todavía hacer aparecer sus actos en armonía con la vieja ética política que sólo aprobaba la acción política en el extranjero en defensa de la propiedad y la moralidad.

Por tal motivo fué que Roosevelt dijo en 1907, para justificar su intervención militar en Cuba: " Estoy haciendo cuanto en mi mano está por persuadir a los cubanos de que con sólo portarse bien, serán dichosos." Y Wilson, para justificar su intervención en Veracruz: "Voy a enseñarles a las repúblicas sudamericanas a elegir hombres buenos."

Los norteamericanos, en el fondo, todavía se imaginan que si se inmiscuyen en los asuntos nacionales y extranjeros de otros pueblos es con el único objeto de hacerlos buenos. No obstante lo cual todos los países extranjeros consideran a los Estados Unidos, no en modo algunos como un maestro de moral, sino como un astuto vendedor. Admiran y envidian no sólo nuestra habilidad de vender buena mercancía a precio bajo, sino especialmente nuestra habilidad de fingir que lo hacemos sólo con motivos altruistas. A nadie engaña el "altruismo" norteamericano sino a los norteamericanos. Como ha dicho Bertrand Russell: "Los norteamericanos sobrepujan hasta a los británicos en sagacidad, moderación aparente y el diestro uso de la hipocresía que hasta ellos mismos engaña."

El mundo entero, excepción hecha de los Estados Unidos, cree que existe un Imperio Americano que va creciendo con rapidez hasta incluir todo el hemisferio occidental, y en cierto grado Europa y parte de Asia también. ¿Qué es este imperio y dónde está?

Pudiéramos hacer de él un mapa _en realidad, pudiéramos hacer tres mapas para distinguir tres grados de la influencia imperial norteamericana. Primero vendría el mapa de las "posesiones" norteamericanas (término aún no definido jurídicamente, pero que incluye todos los territorios sobre los cuales los Estados Unidos ejercen dominio político positivo). Estos territorios incluirían a Puerto Rico, las Islas Vírgenes, Hawaii, Alaska, Guam, Samoa, las Filipinas y la Zona del Canal de Panamá. Ninguno de estos dominios, salvo Hawaii y Alaska, se ajusta al plan de la constitución norteamericana. Hawai y Alaska son territorios que algún día pueden convertirse en estados; las Filipinas constituyen una "posesión" que algún día puede llegar a ser nación independiente. Puerto Rico es un territorio sin posible futura condición de Estado. Guam y Samoa son simplemente "propiedad" del gobierno federal. Las Islas Vírgenes fueron "compradas" a Dinamarca y es de presumirse sean "propiedad" de los Estados Unidos, pero el status político de sus habitantes es vago. Si la Zona del Canal es terreno "arrendado" o "adquirido en propiedad" es una cuestión metafísica. Pero sobre todos estos territorios el dominio imperial norteamericano es absoluto e indiscutido.

Un segundo mapa incluiría a todos aquellos territorios sobre los cuales los Estados Unidos ejercen lo que viene a ser un dominio efectivo aunque no oficial sobre sus nacionales.

Estos incluyen a Cuba, Haití y Santo Domingo; Nicaragua, Panamá y en realidad toda Norteamérica del Istmo al Río Grande, salvo, claro está, Honduras Británica. ¡Especialmente México! Porque este país, después de años de jugar a la política con Gran Bretaña, Japón y otras naciones, ha caído al cabo completamente dentro de la órbita de la influencia norteamericana en lo que a su política extranjera y sus grandes problemas domésticos se refiere. Pero el mapa se extendería aún más lejos. Incluiría la mayoría del continente sudamericano. En algunas partes de este continente los Estados Unidos ejercen dominio oficial sobre las finanzas nacionales. En otras, el capital norteamericano invertido y los intereses comerciales norteamericanos son poderosísimos, aunque Europa disfruta de un grado más o menos grande de influencia. Pero cualquiera que sea la influencia de las naciones europeas en Sudamérica, bajo la vigente Doctrina de Monroe ninguna potencia extranjera podría ejercer dominio diplomático efectivo sobre la política extranjera de ningún país sudamericano si a ello se opusiera seriamente el gobierno de los Estados Unidos.

De ocurrir un conflicto, la palabra de la Secretaría de Estado de Washington sería decisiva. El poder, como éste, de dominar en las crisis políticas, es lo que constituye los cimientos de un imperio.

Pero un tercer mapa de varios matices, nos revelaría un imperio americano, que proyecta su sombra sobre la mayor parte de Europa y gran parte de Asia. Porque el imperio, en los tiempos modernos se asienta sobre el comercio y las inversiones que requieren protección política. Y las mercancías y el capital norteamericanos han estado inundando estas áreas vastísimas con una rapidez y una magnitud sin precedente en la historia del mundo. ¡Cerca de cinco mil millones de dólares en mercancías norteamericanas y más de mil millones de capital norteamericano anualmente! Semejante penetración no puede continuar sin crear implicaciones políticas. Y, en tiempos de crisis, la influencia política norteamericana ha solucionado real y positivamente las cuestiones europeas por medio del plan Dawes y probablemente del plan Young, así como con numerosos actos tendientes a estabilizar las finanzas europeas, para no decir nada de la Liga de Naciones y el Pacto Kellog. Por lo menos ocho de las principales naciones de Europa fueron rehabilitadas económicamente gracias al dinero prestado en un momento crítico por norteamericanos bajo condiciones aprobadas por la Secretaría de Estado. Todas estas naciones y la mayoría de las otras tendrían que consultar a Washington antes de efectuar cualquier cambio de mayor cuantía en su política nacional. Esto es dominio. Esto es un grado de imperio.

Pero uno se preguntará, ¿no es éste un concepto fantástico del imperio? ¿Puede hablarse seriamente del imperio sin soberanía política? Sí, se puede, como ahora lo veremos.

Pero en primer lugar conviene aclarar que la palabra "imperio" en su verdadero significado, no lleva en sí ninguna connotación de bien o de mal, al igual que las palabras "nación'', o "municipalidad". Imperio es simplemente un término que define un tipo particular de relación entre una nación y otra. ¿Qué tipo particular es ese?

Al tratar de responder a esta pregunta nos sentimos estorbados por cuadros de palabras que llevan la etiqueta de "imperio'' y que hemos recogido en los libros de historia y despachos de noticias. Imperio en nuestra mente viene a ser una mélonge de gritos de combate y frases hechas: la tiranía de las naciones fuertes sobre las débiles; la invasión de los países pequeños; la anexión forzosa; la hegemonía sobre un continente; expediciones punitivas; matanzas como las de Anritzar esclavos negros en plantaciones de caucho del Congo; la marina más grande; la administración de las finanzas locales; el desembarco de infantes de marina. Todas y cada una de esas frases pueden mezclarse en la definición instintiva que hace uno de lo que es imperio de acuerdo con las ideas peculiares que ha heredado.

Supónese generalmente que los antiguos romanos han sido los más expertos y eficaces practicantes del imperio. ¿Y qué era imperio según su definición?

En el 196 A. de J., mucho antes de que advinieran los Césares, un joven general romano, Tito Quinto Flaminio, fué hecho emperador o imperator de Grecia. Es decir, fue investido por el Senado de la República Romana con el imperium, o poder plenario, para dirigir la guerra a negociar la paz en Macedonia. Flaminio fue emperador porque poseía el imperium, o poder efectivo. Y eso, para los romanos, era todo lo que quería decir imperio. Hasta los mismos grandes Césares no tenían, técnicamente, más autoridad que la de Flaminio. Eran simplemente los recipiendarios del imperium sobre ciertas partes (pero no todas) de los dominios romanos. El imperio mismo no era sino una vasta liga de naciones unidas por una serie de tratados de los que prácticamente dos no eran iguales. En una región el César gobernaba por medio de administradores nombrados por él que controlaban todos los detalles de la vida local; en otra, no tenía más derecho de injerencia que el de nombrar al Sumo Sacerdote. Toda variedad de relación política era bien acogida por Roma mientras retuviera la única cosa que hacia, real y efectivo el imperio: el poder.

Nosotros los modernos hemos inflado esta palabra, imperium o imperio, hasta hacerla significar un dominio político total e irrevocable. Pero los imperios vivos no están constituidos sobre esa base. La relación o nexo imperial es siempre fluida, variable, con frecuencia invisible. Canadá, parte del Imperio Británico, es prácticamente una nación independiente; hace sus propios aranceles, conduce sus relaciones exteriores (mantiene un Ministro en Washington), y decide por sí, sin tener en cuenta a la Gran Bretaña, en cuestiones de guerra y paz. Egipto, por otra parte, aunque técnicamente no es parte del Imperio Británico, está en todo y por todo bajo el imperium británico, gracias al nombramiento por la Gran Bretaña de asesores técnicos y a la presencia en Suez de tropas británicas. Albania es oficialmente un reino soberano e independiente; pero en realidad parte del Imperio Italiano, porque Italia controla sus relaciones exteriores, sus finanzas y sus asuntos militares.

El imperio no es más que poder real y efectivo. Donde quiera que los Estados Unidos ejerzan poder efectivo, allí poseen imperio. Y donde quiera que ejerzan poder en competencia con otras naciones, allí tienen imperio potencial. La forma no importa. El hecho de una influencia efectiva es lo único que cuenta.

Claro está que el imperialista acabado ha de comportarse de muy distinta manera que el nacionalista. Para el nacionalista no hay más que hacer con otra nación sino dejarla en paz o anexársela. Para el imperialista toda concebible relación es posible, según las circunstancias particulares que medien y los propósitos en perspectiva. Si el objeto es impedir que una nación pequeña le conceda una base naval a un adversario político, basta con hacer un tratado (bajo coacción, si es necesario) especificando que no se concederán bases navales a terceras partes. Si el objeto es una penetración comercial o económica, basta con concluir un tratado garantizando aranceles preferenciales o facultades asesoras sobre las finanzas y las concesiones. Pero salvo la presión que pudiera ser necesaria para obtener estos objetos específicos, el poder imperial deja una autonomía completa a la provincia.

Hasta el presente, los males del imperialismo norteamericano han tenido origen, no en la persecución de fines imperiales, sino en el mezclar el imperialismo con el nacionalismo. La sangrienta guerra que ahogó la insurrección en las Filipinas, fue motivada porque los Estados Unidos, actuando bajo el dictado de sus heredadas muletillas nacionalistas, prometía libertad a las islas, mientras que, bajo el dictado de sus intereses comerciales y económicos, se disponía a hacer del archipiélago una provincia imperial. Si, desde el principio los Estados Unidos hubieran declarado lo que deseaban bases navales, control económico, puertos en zonas libres, u otra cosa cualquiera habrían sin duda podido concluir la deseada, transacción con los políticos locales. (Habría sido necesario sobornarlos; pero es más decente sobornar a un hombre que fusilar a mil.) Los filipinos, acostumbrados durante siglos a la corrupción española, hubieran entendido perfectamente esto, adaptándose a ello. Pero en lugar de eso, los Estados Unidos, prometiendo la libertad a las islas, pidieron a Aguinaldo, el campeón de la independencia filipina, que los ayudara a combatir contra España, y luego suprimieron el movimiento independentista de Aguinaldo con una guerra sangrienta y hasta con atrocidades bárbaras

Debió haber parecido a los filipinos una moral bien extraña la de los norteamericanos, que los combatían, los mataban y las torturaban para hacerlos libres. A veces debieron haber suspirado por el Régimen colonial español, bajo el cual todo el mundo era corrompido y todos por lo tanto se entendían unos con los otros. Es la hipocresía, no el imperialismo, lo que da lugar a las atrocidades.

Con toda probabilidad, la, mayoría de los excesos del imperialismo norteamericano pudieran haberse evitado de haber sido declarado francamente el propósito imperialista, y perseguido con honradez. Es absurdo decirle a una nación pequeña: "Eres enteramente libre en tu pleno derecho soberana para hacer lo que te plazca. Pero si, voluntariamente, no te place firmar este tratado, desembarcaremos infantes de marina y nos apoderaremos de tus aduanas." Ningún sufrimiento humano grande puede derivarse de la administración eficaz de las aduanas locales o de prohibir el arrendamiento de una base naval a nación extranjera; pero el pretender que hace uno una cosa ,y hacer en realidad otra, suele dar lugar a la guerra, al derramamiento de sangre, a la tiranía.

Imperialistas que intervenimos en otras naciones única y exclusivamente por su bien. El peor imperialismo es el imperialismo moralizador, porque no tiene nada que dar sino negaciones, "no hagan esto, no hagan aquello". El mejor imperialista es el imperialista

Semejante hipocresía es el resultado de fingir que no somos imperialista económico porque tiene capital que dar, y el capital riega las raíces de la vida cotidiana del hombre.

Todas las naciones son egoístas. Y cuando el único objeto del egoísmo es quitarle algo a alguien (como generalmente hace el nacionalismo), puede ser cruel. Pero el imperialismo es una relación continuada; su objeto debe ser construir mercados prósperos y hacerse de clientes gustosos. Cuando el imperialismo se percate de la multiplicidad de sus intereses en otras palabras, comprenda que su interés no es sólo poner en circulación empréstitos, obtener concesiones de materias primas, y asegurarse aranceles preferenciales, sino también vender mercancías por un largo período de años buscará fomentar los intereses mutuos y reducir el área de presión (u opresión) hasta un punto casi imperceptible. Donde el éxito del imperialismo es completo, no se ve al policía.

Mientras más variadas sean las clases de intereses egoístas que el imperialismo se vé obligado a equilibrar, más prudente, moderado y civilizado ha de ser su dominio. El imperialista completo, a diferencia del nacionalista, permitirá la mayor autonomía local, dejará el mayor margen para las costumbres e ideas del pueblo sometido. Es un especialista en meterse exclusivamente en lo que le importa.

Una Norteamérica con esta idea adulta de un egoísmo tolerante y de amplia visión, podrá darle al mundo tanto como le quita. Pero una Norteamérica moralista, que "habla de Dios cuando se refiere al algodón", siempre será intolerante y por lo tanto cruel. Porque el moralista, por lo mismo que cree tener razón, cree que los otros no la tienen y que por ello merecen ser castigados. El imperialista, por el contrario, está dispuesto a dejar en paz al prójimo mientras pueda conseguir una serie de jugosas gangas. Las naciones extranjeras acogen bien a los negocios e inversiones norteamericanos. Les aterra, en cambio, la moralidad norteamericana. Norteamérica no dejará de ser tenida por un peligro para el mundo hasta tanto todos no seamos imperialistas honrados y conscientes.




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