|
 Modernidad, mito y significado en
la creación del Cono Sur y los Estados Andinos
Por Amado Láscar
Hoy día puedo decir que la lucha no puede
ser detenida. Ni los gobiernos ni el imperialismo pueden detenerla
porque es una lucha del hambre y la pobreza. Ni los gobiernos
ni el imperialismo pueden decir: “No tengan hambre”,
cuando todos nos estamos muriendo de hambre. (Me llamo Rigoberta
Menchú)
1. Fe y Patria
Desde la publicación del influyente libro de Benedict Anderson
“Comunidades imaginarias” en 1983, quedan trazadas nuevas
coordenadas para el análisis del concepto del estado nación.
Vivirlo y al mismo tiempo intentar pensarlo, representa un problema
similar a la racionalización de la fe religiosa. Tanto el
estado nación como la Iglesia generan ideologías envolventes
que marcan el sentido y codifican el mundo donde ejercen su dominio.
Siempre recuerdo la pregunta que una prima un poco mayor me hizo
cuando yo tenía como diez años:
¿Eres Católico, me dijo?,
No, no soy Católico, fue mi respuesta.
¿Entonces no te bautizaron?
Si, me bautizaron, le contesté
Bueno, me dijo, por lo tanto eres Católico.
No, le repetí, no soy Católico porque no creo.
Pero eso qué importa, me replicó, si ya te bautizaron.
Y qué importa que me hayan bautizado, le dije con un sentimiento
mezclado de rabia e impotencia, si cuando me bautizaron yo no
entendía nada.
Su
lógica era correcta desde el punto de vista de las enseñanzas
de la Iglesia, pero completamente arbitraria desde mi propia experiencia
como no-creyente.
El estado nación en sí mismo también representa
un tipo de lógica que se naturaliza mediante la reiteración
histórica de su propio paradigma, en este caso, descartando
toda otra forma de soberanía. En el presente trabajo analizaré
la relación entre el patriotismo y el estado nación
con los mismos ojos que un ateo vería la relación
entre la fe y la institución de la Iglesia. En el caso de
la Iglesia nos referiríamos a una mitología religiosa
y en el del estado nación a una mitología secular
construida por medio de un mito proto nacional llamado Mitomotor
por Anthony Smith.
La anécdota sobre la fe con que comencé estas notas
puede también servir analógicamente para ejemplificar
el fenómeno del patriotismo. En el caso del patriotismo se
deja de lado la voluntad del ciudadano (salvo que sea una ciudadanía
adquirida); lo que importa básicamente es que el sujeto nazca
dentro del perímetro fronterizo definido por el Estado. Si
se pertenece a una nación orgánica (como la Aymara,
la Mapuche o la Navajo) y no a una positivamente construida por
un acto de la modernidad, no se puede optar por la pertenencia originaria.
Como con el fenómeno del bautizo, la ciudadanía es
también determinada forzadamente en la infancia y básicamente
consiste en quedar atrapado en un contrato social sancionado por
una Ley, en términos Althusserianos, transformando en sujeto.
La ciudadanía, por supuesto, así como el bautismo
no determina el patriotismo o la fe, sino que en el proceso de crecimiento
del sujeto, la Iglesia y el Estado proveen numerosos mecanismos
de socialización (incluyendo la familia) para hacer de los
habitantes buenos cristianos y auténticos patriotas. Ser
patriota establece una identidad en circuito cerrado y vertical
entre la nación (el estado nación) y el ciudadano,
análoga a la que el creyente protestante tiene con Dios o
el Católico con la Iglesia. El patriotismo es una suerte
de etnificación artificiosa que imita y substituye la formación
y evolución natural y orgánica de una etnia mediante
la construcción de una seudo nación étnica,
definida por los romances nacionales, las instituciones y las políticas:
el estado nacional.
La genealogía proto-nacional tiene su origen en las prácticas
e instituciones de la Conquista europea. Luego de la Conquista se
establecen varias estrategias de dominio donde se destacan el requerimiento
y las encomiendas. Mediante el requerimiento se toma posesión
de los habitantes y de la tierra, por medio de las encomiendas se
reasigna la tierra a los conquistadores y colonos y los indígenas
son transformados por virtud de la espada, la cruz y la pluma de
seres soberanos en esclavos.
La expropiación de la tierra a sus habitantes legítimos
no sólo significa la destrucción del circuito orgánico
de subsistencia/ existencia indígena, sino que también
es la destrucción de su cultura y religiosidad que están
basadas en la experiencia cotidiana y mítica con la tierra.
De acuerdo al Capitán R.H. Pratt en su campaña contra
los Navajos, se debe matar al indio para salvar al hombre (Lewis,
318), pero no es tan simple, porque “el hombre” no existe
en abstracto, ni existen seriamente culturas efectivamente multiculturales.
Con el despojo deviene la proletarización que fragmenta la
comunidad, dañándose profundamente su manera de vivir—problema
que destaca Mariátegui cuando teoriza el estado nación
peruano. Como consecuencia se fractura su identidad como su autovaloración
étnica, dejándolos al libre albedrío de los
intereses y políticas de sus opresores.
Las etnias orgánicas ya no poseen la tierra sino que los
extranjeros, y son obligadas a ir a vender su fuerza de trabajo
a otros hacendados, sistema cuyos vestigios semi feudales sirven
de base a la economía capitalista neocolonial: la división
entre producción y consumo. Como corolario los indígenas
quedan en completa dependencia del estado nación a través
de sus organismos civilizatorios/ colonizadores demonizados religiosa
y políticamente. La continuidad histórica, el balance
cultural, y la autovaloración de las naciones orgánicas
recibe así mismo un fuerte golpe ya que se interrumpe el
flujo de intercambio cultural (incluyendo el ritual), producto de
la suspensión de las transacciones tradicionales comunitarias
mediante la intervención estructural de los invasores metropolitanos.
Esta intervención incluye diversas estrategias de dominio
y exterminio en términos ideológicos y militares.
La Iglesia y el Estado consiguen o intentan conseguir por medio
de la guerra, la mision ización, y la educación, la
transformación de sujetos libres en seres colonizados. Se
establece una relación vertical y falocéntrica entre
los distintos estamentos de la sociedad con el objeto de fortalecer
un sistema de poder que beneficia directamente a los habitantes
descendientes de conquistadores y colonos europeos.
2. Desecularización de la República
Me interesa incursionar ahora, en la relación entre cristianismo
y secularismo republicano; términos que parecen antitéticos
pero que en cuanto a su estructura ideológica tienen una
genealogía y una evolución simbiótica. No sólo
comparten un sustrato semántico en común, sino que
funcionan en colaboración para facilitar la aceptación
del mito del progreso, que parte de la premisa de transformar a
la tierra (y sus habitantes) en un recurso económico.
En el campo de la ecología ya hay un consenso en que la
destrucción de la naturaleza está conectada con el
pensamiento occidental a través del libro del Génesis.
Por ejemplo, cuando Dios decide expulsar del Jardín del Edén
a Adán y Eva por haber comido fruta del árbol de la
ciencia del bien y del mal, Dios les dice que su castigo consiste
en que deberán trabajar la tierra para subsistir y que se
las entrega para que señoreen sobre ella. Esta forma de concebir
la relación del ser humano con el planeta que nos ha dado
la vida, implica por lo menos dos consecuencias: 1. La Biblia representa
el trabajo agrícola como una condena, y como corolario la
urbanización que da origen a la civilización es bienvenida,
al mismo tiempo que facilita la formación de elites y la
división entre productores y consumidores. Como consecuencia
de esto, algunos podrán mitigar de la sentencia divina por
medio del uso de la razón y del poder. 2. Esta expulsión
representa ontológicamente al planeta tierr a como un lugar
de segundo orden en relación al mundo celestial, lo que tiene
como consecuencia la separación del mundo sagrado del natural
y la percepción del planeta como un simple objeto profano
para satisfacer las necesidades humanas (que el sistema económico
capitalista ha definido como infinitas).
El segundo elemento bíblico, encontrado esta vez en el
Nuevo Testamento, que implica una consecuencia similar en la relación
del ser humano con el planeta es el Apocalipsis. Debido a que hay
un plan divino, donde el mundo confrontará el Juicio Final,
la tierra tarde o temprano será destruida. Esta sentencia
de irremediabilidad (y deseo) de la segunda venida de Jesucristo,
unida con la entrega de la tierra a los pecadores para que sea utilizada
para su subsistencia, racionaliza la falta de responsabilidad que
la cultura occidental tiene con los llamados recursos naturales,
la producción de armamentos nucleares, los experimentos genéticos
y bacteriológicos, etc. En la variante Protestante el elemento
de la gracia y no de las buenas acciones contribuye poderosamente
a exacerbar la explotación y el consumo de todo lo que se
incluye como elemento de producción o fuente de riqueza.
El tercer mito bíblico, lo encontramos en la experiencia
que Jesús tuvo en el desierto en su prueba con el demonio.
Cristo es el Redentor porque es el único ser en la faz de
la tierra que, entre otras cosas privativas de la divinidad, puede
resistir la tentación. Cristo resiste las numerosas ofertas
del demonio en el desierto sin que logre ni engañarlo ni
vencerlo. En otras palabras los humanos somos definidos y vistos
por los cristianos como imperfectos, no solamente por las acciones
que pudiéramos hacer sino porque la Biblia considera que
el ser humano no es capaz de resistir la tentación del cuerpo
y del poder. Frente a esta autorreflexión fariseo…
¿Qué se podría decir del heroísmo de
los torturados que murieron sin delatar a sus camaradas? ¿De
las madres de Vietnam, Kosovo, Argentina, Timor o Irak que entregan
diariamente sus propias vidas por salvar a sus hijos? ¿De
los monjes budistas que se inmolan por manifestar su horror a la
guerra, sin ninguna vanidad o esperanza personal de recompensa?
Partiendo de este prejuicio y fetichismo, el cristianismo condena
por una parte a la humanidad como especie (con mayor ahínco
a los no cristianos) y por la otra justifica el vicio, el pecado,
la guerra y la explotación hecha por los cristianos porque
todos saben que no somos en absoluto perfectos, y es más
que ni siquiera eso importa porque en la sagrada voluntad de Dios;
sólo él sabe quien será salvado cuando se acabe
el mundo. Una religión de este tipo que no duda en proclamarse
como la verdadera y única religión, que además
tiene por misión convertir al mundo y civilizar a los no
creyentes, excusa la irresponsabilidad en y con la realidad cotidiana,
y la cosificación y explotación del planeta. El progreso
moderno que se alimenta de la destrucción de la tierra depende
del mito cristiano para que la gente (consciente o inconscientemente)
no se preocupe y no detenga su inercia de consumo e indiferencia.
El progreso en sí es un mito moderno, republicano y capitalista.
La república, por su parte, se ve obligada a crear un “nuevo
hombre” que funcione en el flamante orden “democrático”
secular. Este hombre se conoce como el ciudadano. La república
que hace usufructo de la estructura política del Estado nación
requiere del ciudadano una completa sumisión. La república
proclama establecerse sobre bases racionales y no supersticiosas
ni despóticas como los sistemas monárquicos absolutos
de los que proviene. Plantea triunfalmente el advenimiento de la
igualdad de todos los hombres (no de las mujeres) (ni de los no
sajones en la Constitución Norteamericana de 1776). La sumisión
del ciudadano es de nuevo tipo ya que el mandatario que ocupa el
poder no tiene origen divino sino que es elegido entre los más
aptos para ejercer ese cargo (o al menos esa es el ideal publicitado).
La sumisión por lo tanto no es a la persona sino al cargo
o más precisamente a la Ley que es lo que establece la legitimidad
y los mecanismos adecuados para que objetivamente (científicamente)
se llene el cargo. La sumisión del ciudadano al estado nación
es vertical, es decir ocurre individualmente entre el ciudadano
y el Estado, tal como entre el Protestante y Dios o entre un Católico
y la Iglesia. No hay comunidad envuelta en este procedimiento, es
aséptico y acético. Ambos sistemas comparten la concepción
individualista del fiel o del ciudadano, y ambos someten las relaciones
y responsabilidades entre vecinos a una estructura triangular en
cual el estado y/o la iglesia ocupan el lugar del intermediario
(o sea que la policía interviene o sea que el creyente/ciudadano
piensa en las consecuencias y la moralidad de la iglesia/patria
antes de decidir en su interacción con un vecino).
La construcción de la Patria, sin embargo, es un poco más
compleja que esto, ya que incorpora a un país concreto como
Francia, Alemania o Bolivia. Esta concretización implica
un elemento ritual y especialmente emocional, capaz de mover los
sentimientos ciudadanos hasta el punto de hablar de amor a la patria
y ser capaz de dar la vida si fuera necesario “por el interés
de la patria”.
La relación vertical entre el Estado y el ciudadano es
el producto de la fragmentación intencional que el Estado
promueve para la eliminación de las comunidades orgánicas
y autónomas (naciones o etnias) que puedan competir con su
soberanía, hegemonía y lealtad. Lo que sirve de aglutinador
social en el Estado ya no es el conocimiento dinámico y cercano
del otro integrante de la comunidad; sino que símbolos como
la bandera, el himno nacional, o incluso las llamadas comidas típicas
que suelen tener su origen en alguna cultura indígena y que
han sido apropiadas para el estado nación por su valor diferenciador
en cuanto a Europa u otros países Americanos. La unidad horizontal
y auténticamente democrática de una comunidad consensual
es quebrada y la organización toma la forma de una pirámide
donde la democracia es adjetivada con la palabra “representativa”
mientras los comuneros pierden los vínculos tradicionales
en la red donde cada uno ejercía una agencia concreta y efectiva.
El Estado se incorpora en la república como un tercer elemento
(así como la Iglesia o Dios en los cristianismos) de este
modo los ciudadanos crean una relación directa con el Estado
e indirecta con sus semejantes. Se hace una división tajante
entre vida pública y vida privada, entre producción
y consumo, entre hombre y mujer. La ley es la palabra y los códigos
aunque no son textos sagrados sino seculares, representan el orden
naturalizado que es un término intercambiable con el deber
ser, lo ideal, lo que se reverencia, la sacralidad secular, el bien,
la moralidad, etc.
El Estado nación es una herramienta propia del nuevo orden
económico capitalista, así como lo es la democracia
representativa que permite la manipulación del electorado
por medio de la desinformación, las promesas falsas, la separación
entre el llamado representante y su supuesta comunidad o electorado
y el cohecho. La necesidad de tener territorios mayores donde ejercer
el comercio y establecer reglas claras y sancionables tanto interna
como externamente, es parte fundamental de la creación de
estas entidades políticas que se hacen llamar naciones.
3. Los pares excluidos.
Como hemos visto, la modernidad es el lado publicitado y visible
del fenómeno que viene ocurriendo por agencia externa desde
1492 en este continente como señala Enrique Dussel. El lado
que ni la prensa ni la televisión, ni menos el sistema educacional
quieren mostrar es el colonialismo. Tomando prestado el valioso
concepto e instrumento articulado por Walter Mignolo sobre el rostro
doble de la modernidad/ colonialidad analizaremos al Estado y la
Religión con resultados también interesantes.
La promesa del cristianismo es la salvación. La promesa de
la república es el progreso. El cristianismo es la verdad
revelada, a diferencia del judaísmo que es una religión
exclusivamente para los judíos, el cristianismo es para todos:
lo quieran o no lo quieran. Como una medicina que los niños
o los idólatras deben tomar por su propio bien. El paternalismo
cristiano pretende hacer una buena labor eliminando las supersticiones
e inoculando la verdad en pueblos y culturas desinformadas de la
Palabra. Por otro lado, el estado nación es la única
forma civilizada de tener existencia política en la actualidad,
las anteriores fueron etapas necesarias pero transitorias en el
camino hacia la convivencia humana igualitaria y la democracia.
Tanto el Cristianismo como el sistema republicano se nos presentan
como panaceas, como la mejor manera posible de cumplir nuestro papel
sobre la tierra, es más, cada una de estas dos instituciones
nos entregan el libreto por adelantado para continuar nuestro camino
hacia la luz y el progreso. Como en el caso de “Manifest Destiny”que
hizo famoso John O’Sullivan en el siglo XIX o en el “White
Man’s Burden” de Rudyard Kipling, ambos mensajes parecen
confundirse como el cielo y la tierra en el horizonte,.
El lado oscuro del cristianismo es la pretensión de universalidad,
el sentimiento de superioridad respecto a otras religiones y cosmovisiones,
que ni siquiera las concibe seriamente, en su propia dimensión
cultural/ existencial, sino que las etiqueta de supersticiones e
idolatrías. El estado nación por su parte hace inviable
(discursiva y prácticamente) formas indígenas de organización
socio económica que compitan seriamente con el capitalismo
que promueve. De esta manera, mediante el incontestable progreso
y desarrollo que avala el Estado (y que nunca llega a los oprimidos
más que en la forma de inalcanzables productos vistos en
la pantalla de la televisión o trabajos tóxicos e
), el crecimiento económico se traduce en la obtención
incesante de utilidades y en la apertura de suculentas cuentas en
el extranjero, como el conocido caso de Argentina que la duda externa
equivale a los depósitos en el extranjero del sector privado.
La economía es lo abstracto pero el dinero es lo que los
hombres y mujeres serios de la sociedad capitalista/ republicana
tienen en mente cuando establecen sus profesiones y negocios. El
dinero es el objeto de adoración, la energía en forma
de dólar es la que separa a los que aparentemente tienen
salud, alegría y paz familiar de los que la buscan. Mediante
su consideración constante casi todas las puertas logran
abrirse (al menos en apariencia como el amor obtenido por la eroticidad
del poder o la lealtad masoquista del esclavo doméstico).
La república moderna, en suma, no encuentra su razón
de ser ni en el progreso ni mucho menos en el bienestar general
de la humanidad, sino que en la acumulación de riqueza material
que se traduce en el poder simbólico conocido como prestigio;
pero como hace un tiempo me recordó una alumna norteamericana:
de acuerdo a la segunda ley de la termodinámica en un sistema
dado todo lo que se incrementa en una parte necesariamente se disminuye
de otra.
Como un edificio con fallas estructurales de esta magnitud y naturaleza
no es posible mantenerse completamente oculto de los ojos y pensamiento
de la gente eternamente, por muchas seudo explicaciones que se ofrezcan,
es necesario cubrir las fracturas apelando a las emociones patrióticas,
a la denigración del vecino, a la demonización del
supuesto enemigo definido por el Estado. La estrategia que se utiliza
sistemáticamente en tiempos que las elites tienen algún
nuevo plan extraordinario para expandir su zona de influencia, castigar
la disidencia o simplemente porque algo les salió mal es
el sacrificio. Tal como John Kennedy lo dijo en los sesentas en
el tiempo de la crisis de los misiles: “No preguntes lo que
tu país puede hacer por ti sino lo que tú puedes hacer
por tu país”.
Para hacer un sacrificio debemos tener una buena razón.
Una buena razón, cabe señalar, no es algo que pueda
ser medida objetivamente, una buena razón no tiene valor
absoluto, sino que toma su significado de acuerdo al mito negociado
por el grupo que la valora como tal. Del mismo modo el Estado a
través del patriotismo exige sacrificios de la población.
Naturalmente que este sacrificio es demagógico y no afecta
a todos los miembros de la jerarquizada modernidad con el mismo
rigor ya que hay una relación directamente proporcional entre
pobreza y sacrificio. En el campo religioso, el sacrificio tiene
por objeto expandir la promesa de la salvación, aceptar por
ejemplo, la humillación y la pobreza (poner la otra mejilla).
En el caso de la patria, que es el Estado nación fetichizado,
el sacrificio tiene por objeto expandir la promesa del bienestar
dado por el progreso y la mentada libertad.
Mediante el patriotismo se consigue que los ciudadanos entreguen
entusiastamente sus vidas por los intereses de sus opresores (excepto
por los botines de guerra que se les permite obtener como violaciones
o pequeños robos). Quienes se opongan, no sólo son
sancionados legalmente sino que también reciben una sanción
moral de la sociedad horizontal por deslealtad a la patria vertical.
La alienación de los humanos respecto a sus formas comunitarias
mediante la inmersión en una ideología ahistórica
o hábilmente manipulada por los ciudadanos letrados como
los llamaría Ángel Rama, consigue que los humanos
dejen de verse horizontalmente de acuerdo a su clase y su rango
y sus experiencias compartidas, sino que se alineen con los intereses
de los que los disciplinan como en el caso de la representación
que Octavio Paz hace de Malinche.
4. De la independencia a la neocolonia.
En el Cono Sur Domingo Faustino Sarmiento, cumple un rol central
en la racialización/ racionalización de la región:
demoniza al gaucho, ataca a los indios Ranqueles e influye en que
la elite chilena impulse una campaña militar contra los Mapuches
hasta el despojo completo de sus tierras en 1882. Algo similar ocurre
al otro lado del Rió de la Plata con la persecución
contra los indios Charruas documentada en el romance nacional Tabaré
de Juan Zorrilla. La idea de Sarmiento en El Facundo y otros escritos,
es que los blancos europeos son la raza de la civilización
y que para alcanzar el ideal señalado por la evolución
humana, hay que traer europeos septentrionales al “nuevo continente”.
El racismo de Sarmiento viene a revisar posiciones menos radicales
en relación a los no blancos como las de Simón Bolívar
en la Carta de Jamaica que señala a los Mapuches como un
paradigma de resistencia y patriotismo aunque sostenga que los negros
esclavos no pueden ser amantes de la libertad po r aceptar su condición
subalterna y por lo tanto es gente discapacitada para la vida republicana.
Para los constructores nacionales del Cono Sur está claro
que uno de los componentes de la fórmula para alcanzar las
indiscutibles ventajas de la modernidad es tener un plantel humano
mayoritariamente blanco. A la luz de este racismo fundacional de
los estados nacionales, los países Latinoamericanos puede
ser vistos desde dos perspectivas: la interna y la Latino Americana.
Desde el interior vemos como las elites locales instituyen leyes,
héroes, mitos y otros elementos cohesivos y coercitivos para
establecer un orden homogéneo que coincida con el pretendido
país independiente. Esta institucionalidad forzada debe hacer
calzar las fronteras geográficas trazadas por los mapas políticos
con el discurso nacionalista homogenizador. Las fronteras republicanas
fragmentan naciones orgánicas como los Aymaras, los Quechuas,
los Mapuches, los Guaraníes, etc., reemplazando su identidad
ancestral por la que favorece los intereses de los que replican
el sistema político europeo.
Al observar estos estados desde el exterior presenciamos que se
ordenan en términos jerárquicos que dependen no sólo
de sus recursos económicos sino en relación a su demografía.
Los estados nacionales se ranquean tanto con el criterio de la riqueza
como de la blancura. El Cono Sur es extraordinariamente ejemplificador
en este aspecto. Mientras las elites locales reprimen a sus habitantes
de color (que corrientemente coinciden con las llamadas clases bajas)
para mantener sus privilegios, los países “más
blancos” hacen uso de sus ejércitos para anexarse zonas
que no les estaban asignadas en el mapa colonial.
A nivel interno los Estados del Cono Sur persiguen violentamente
a las etnias orgánicas con el argumento de su salvajismo
para establecer una supremacía demográfica e ideológica
blanca. En el campo internacional ocurren dos fenómenos:
por una parte se expanden Chile y Argentina; por otro lado las elites
nacionales se relacionan con los poderes coloniales de la época,
Inglaterra y Francia, y al final de siglo ocurren alianzas con los
Estados Unidos. En este sentido, la Guerra del Pacífico puede
ser analizada también desde el punto de vista del conflicto
por la hegemonía continental entre el Imperio Inglés
y el neoimperio norteamericano; apoyando Inglaterra a Chile y Estados
Unidos al Perú y Bolivia.
La lección que puede fácilmente desprenderse de
la historia republicana del Cono Sur es que el estado nación
es un proyecto europeo y blanco. Proyecto que para proyectarse requiere
de la ilusión de un movimiento ascendente donde todos tendrán
cabida si se aceptan las reglas del juego establecidas por la institucionalidad
creada por las elites. Es una promesa de progreso y desarrollo dentro
de la economía capitalista y la democracia representativa
que hace tabula rasa de los intereses reales (económicos
y culturales) de las etnias orgánicas y les impone un modelo
donde no tienen cabida en la toma de decisiones (ni las mismas elites
la tienen dado el fenómeno del Imperio). Con el devenir de
los años la incipiente libertad política que gozaron
las elites de Latinoamérica luego de expulsar a España
del continente y establecer su propio modelo de explotación
quedó atrapada entre sus sueños de autogestión
y el poder hegemónico de los socios imperiales. Las dictaduras
que se sucedieron a la apertura de los sesentas en Chile, Argentina,
Uruguay y Perú son pruebas irrefutables de este fenómeno.
En tiempos neoliberales la acumulación del capital financiero
ha desplazado el poder Estatal de los países post industriales
a las corporaciones, creándose un nuevo nivel de ambigüedad
y opresión al materializarse los intereses corporativos a
través del poder del Estado sobre los desplazados y los sin
tierra.
5. Conclusiones
El cristianismo con la separación del cielo y de la tierra,
su carácter expansivo y la universalización de su
doctrina como verdad revelada, comparte con el estado nación
y el capitalismo el carácter hegemónico de un sistema
que en el libro de Francis Fukuyama The end of History and the Last
Man (1992) es representado como el fin de la historia. La dicotomía
entre religiosidad y secularidad se diluye ideológicamente
en el estado nación subiéndose a la espalda de nociones
familiares y generalmente aceptadas por los pueblos que han pasado
del sistema colonial monárquico al sistema republicano neocolonial
tomándose como natural el concepto que el planeta es un recurso
material y que la acumulación de capital es un fenómeno
moralmente aceptado. Así como el Cristianismo excluye y combate
otras formas de creencias religiosas, demonizándolas, ridiculizándolas
y persiguiéndolas, el estado nación excluye toda forma
de soberanía alternativa motejándola de antipatriota,
subversiva, terrorista, separatista, etc., a su vez identificándose
así mismo con lo civilizado (definido por sus propios letrados)
para mantener la hegemonía y el control político de
las clases, naciones orgánicas y grupos explotados.
Esta apropiación del lenguaje genera necesariamente un
nuevo nivel de dificultad para deconstruir la arquitectura ideológica
que crea lo que llamamos el sentido común (que es un acuerdo
tácito de lo que se presenta como realidad y que no es otra
cosa que la naturalización de la ideología y una cosmovisión
que en ningún caso agota todas las posibilidades de organización
y existencia en el mundo). Como una manera de legitimarlo se demoniza
al otro, se encarcela, se denigra, se silencia.
La escritura de este artículo nació de la experiencia
personal, de la observación y el análisis cultural
de Latinoamérica, Australia y Estados Unidos, lugares donde
he vivido, estudiado y trabajado por años. Luego de haber
terminado de escribir este texto he recibido un artículo
escrito por el conocido periodista Bill Moyers que confirma punto
por punto mis observaciones. En su análisis de la Derecha
Cristiana norteamericana señala que un 59% de los estadounidenses
piensa que las Profecías del libro Revelaciones van a ser
ciertas. De acuerdo al periodista Glenn Scherer en su artículo
“The Road to Enviromental Apocalypse” señala
que para la derecha cristiana “la destrucción del medioambiente
no sólo no debe ser descartada, sino que en realidad debe
ser bienvenida –incluso acelerada- como un signo del próximo
Apocalipsis”. Esta conclusión no debe ser tomada a
la ligera; más de la mitad de los senadores y representantes
que hacen la ley (231) son apoyados por la derecha cristiana. Para
terminar, en el mismo artículo Moyers cita a James Watt,
primer secretario del interior de Reagan quién dijo públicamente
en el Congreso que no valía la pena hacer leyes para proteger
el medio ambiente porque pronto llegará el Apocalipsis y
Cristo vendrá, aseveró : “Después que
el último árbol caiga, Cristo volverá”.
Bibliografía
Althusser, Louis. Cultural Theory & Popular Culture (1994).
John Storey, Editor. “Ideology and Ideological State Apparatuses”.
Athens: The University of Georgia Press, 2000.
Anderson, Benedict. Imagined Communities. London: Verso, 1991.
Bakewell, Peter. A History of Latin America. Malden: Blackwell
Publishing, 2004.
Bengoa, José. Historia del pueblo Mapuche siglo XIX y XX.
Santiago: LOM, 2000.
Bolivar, Simón. Cartas del Libertador Tomo XI. “Carta
de Jamaica”. New York: The Colonial Press, 1948.
Collier, Simon and William F. Sater. A History of Chile 1808-1994.Cambridge:
Cambridge University Press, 1996.
Dussel, Enrique. El encubrimiento del otro, hacia el origen del
mito de la modernidad. Quito: Abya Yala, 1994.
Fifer,Valerie. Bolivia: Land, Location and Politics since 1825.
Cambridge: Cambridge University Press, 1972.
Fukuyama, Francis. The End of History and the Last Man, London:
Hamish Hamilton, 1992.
Lewis, Jon E. The Mammoth Book of Native Americans. New York:
Carroll & Graff Publishers, 2004.
Menchú, Rigoberta. Me llamo Rigoberta Menchú y así
me nació la conciencia.México. D.F.:Siglo XXI editores,
1985.
Mignolo, Walter. Local Histories/ Global Designs. Princeton: Princeton
University Press, 2000.
Moyers, Bill. Bill Moyer’s on America’s Religious
Fanatics. WCGPeace@aol.com, 2005.
Paz, Octavio. El laberinto de la soledad. México : Fondo
de Cultura Económica, 1967.
Rama, Angel. La ciudad letrada. Hanover: Ediciones del Norte,
1984
Rivera-Tosi, Juan Diego. Mosaico. “Sabiduría andina
y sabiduría del consumismo”. www.mosaico21. com/aerchives/one/onlinemosaicoxxi/espanol/palabra/andina/htm,
primera edición, 2005.
Sarmiento, Domingo Faustino. Facundo. Buenos Aires: Ediciones
Culturales Argentinas, 1961
Smith, Anthony. The Ethnic Origins of Nations. Leiden: Brill Editors,
1992.
Zorrilla de San Martín, Juan. Tabaré. Buenos Aires:
Editorial Tor, 1939.
|