..."Lo que os puedo dar os doy, que es una ínsula hecha y derecha, redonda y bien proporcionada..."
"Don Quijote de la Mancha". Capítulo XLII: " De los consejos que dió Don
Quijote a Sancho Panza antes que fuese a gobernar la ínsula..."

ISSN: 1810-4479
Publicación Semanal. Año 3, Nro.119, Viernes, 14 de abril del 2006

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Modernidad, mito y significado en la creación del Cono Sur y los Estados Andinos
Por Amado Láscar

Hoy día puedo decir que la lucha no puede ser detenida. Ni los gobiernos ni el imperialismo pueden detenerla porque es una lucha del hambre y la pobreza. Ni los gobiernos ni el imperialismo pueden decir: “No tengan hambre”, cuando todos nos estamos muriendo de hambre. (Me llamo Rigoberta Menchú)

1. Fe y Patria

Desde la publicación del influyente libro de Benedict Anderson “Comunidades imaginarias” en 1983, quedan trazadas nuevas coordenadas para el análisis del concepto del estado nación. Vivirlo y al mismo tiempo intentar pensarlo, representa un problema similar a la racionalización de la fe religiosa. Tanto el estado nación como la Iglesia generan ideologías envolventes que marcan el sentido y codifican el mundo donde ejercen su dominio.
Siempre recuerdo la pregunta que una prima un poco mayor me hizo cuando yo tenía como diez años:

¿Eres Católico, me dijo?,
No, no soy Católico, fue mi respuesta.
¿Entonces no te bautizaron?
Si, me bautizaron, le contesté
Bueno, me dijo, por lo tanto eres Católico.
No, le repetí, no soy Católico porque no creo.
Pero eso qué importa, me replicó, si ya te bautizaron.
Y qué importa que me hayan bautizado, le dije con un sentimiento mezclado de rabia e impotencia, si cuando me bautizaron yo no entendía nada.

Su lógica era correcta desde el punto de vista de las enseñanzas de la Iglesia, pero completamente arbitraria desde mi propia experiencia como no-creyente.
El estado nación en sí mismo también representa un tipo de lógica que se naturaliza mediante la reiteración histórica de su propio paradigma, en este caso, descartando toda otra forma de soberanía. En el presente trabajo analizaré la relación entre el patriotismo y el estado nación con los mismos ojos que un ateo vería la relación entre la fe y la institución de la Iglesia. En el caso de la Iglesia nos referiríamos a una mitología religiosa y en el del estado nación a una mitología secular construida por medio de un mito proto nacional llamado Mitomotor por Anthony Smith.
La anécdota sobre la fe con que comencé estas notas puede también servir analógicamente para ejemplificar el fenómeno del patriotismo. En el caso del patriotismo se deja de lado la voluntad del ciudadano (salvo que sea una ciudadanía adquirida); lo que importa básicamente es que el sujeto nazca dentro del perímetro fronterizo definido por el Estado. Si se pertenece a una nación orgánica (como la Aymara, la Mapuche o la Navajo) y no a una positivamente construida por un acto de la modernidad, no se puede optar por la pertenencia originaria. Como con el fenómeno del bautizo, la ciudadanía es también determinada forzadamente en la infancia y básicamente consiste en quedar atrapado en un contrato social sancionado por una Ley, en términos Althusserianos, transformando en sujeto. La ciudadanía, por supuesto, así como el bautismo no determina el patriotismo o la fe, sino que en el proceso de crecimiento del sujeto, la Iglesia y el Estado proveen numerosos mecanismos de socialización (incluyendo la familia) para hacer de los habitantes buenos cristianos y auténticos patriotas. Ser patriota establece una identidad en circuito cerrado y vertical entre la nación (el estado nación) y el ciudadano, análoga a la que el creyente protestante tiene con Dios o el Católico con la Iglesia. El patriotismo es una suerte de etnificación artificiosa que imita y substituye la formación y evolución natural y orgánica de una etnia mediante la construcción de una seudo nación étnica, definida por los romances nacionales, las instituciones y las políticas: el estado nacional.

La genealogía proto-nacional tiene su origen en las prácticas e instituciones de la Conquista europea. Luego de la Conquista se establecen varias estrategias de dominio donde se destacan el requerimiento y las encomiendas. Mediante el requerimiento se toma posesión de los habitantes y de la tierra, por medio de las encomiendas se reasigna la tierra a los conquistadores y colonos y los indígenas son transformados por virtud de la espada, la cruz y la pluma de seres soberanos en esclavos.

La expropiación de la tierra a sus habitantes legítimos no sólo significa la destrucción del circuito orgánico de subsistencia/ existencia indígena, sino que también es la destrucción de su cultura y religiosidad que están basadas en la experiencia cotidiana y mítica con la tierra. De acuerdo al Capitán R.H. Pratt en su campaña contra los Navajos, se debe matar al indio para salvar al hombre (Lewis, 318), pero no es tan simple, porque “el hombre” no existe en abstracto, ni existen seriamente culturas efectivamente multiculturales. Con el despojo deviene la proletarización que fragmenta la comunidad, dañándose profundamente su manera de vivir—problema que destaca Mariátegui cuando teoriza el estado nación peruano. Como consecuencia se fractura su identidad como su autovaloración étnica, dejándolos al libre albedrío de los intereses y políticas de sus opresores.

Las etnias orgánicas ya no poseen la tierra sino que los extranjeros, y son obligadas a ir a vender su fuerza de trabajo a otros hacendados, sistema cuyos vestigios semi feudales sirven de base a la economía capitalista neocolonial: la división entre producción y consumo. Como corolario los indígenas quedan en completa dependencia del estado nación a través de sus organismos civilizatorios/ colonizadores demonizados religiosa y políticamente. La continuidad histórica, el balance cultural, y la autovaloración de las naciones orgánicas recibe así mismo un fuerte golpe ya que se interrumpe el flujo de intercambio cultural (incluyendo el ritual), producto de la suspensión de las transacciones tradicionales comunitarias mediante la intervención estructural de los invasores metropolitanos. Esta intervención incluye diversas estrategias de dominio y exterminio en términos ideológicos y militares. La Iglesia y el Estado consiguen o intentan conseguir por medio de la guerra, la mision ización, y la educación, la transformación de sujetos libres en seres colonizados. Se establece una relación vertical y falocéntrica entre los distintos estamentos de la sociedad con el objeto de fortalecer un sistema de poder que beneficia directamente a los habitantes descendientes de conquistadores y colonos europeos.

2. Desecularización de la República

Me interesa incursionar ahora, en la relación entre cristianismo y secularismo republicano; términos que parecen antitéticos pero que en cuanto a su estructura ideológica tienen una genealogía y una evolución simbiótica. No sólo comparten un sustrato semántico en común, sino que funcionan en colaboración para facilitar la aceptación del mito del progreso, que parte de la premisa de transformar a la tierra (y sus habitantes) en un recurso económico.

En el campo de la ecología ya hay un consenso en que la destrucción de la naturaleza está conectada con el pensamiento occidental a través del libro del Génesis. Por ejemplo, cuando Dios decide expulsar del Jardín del Edén a Adán y Eva por haber comido fruta del árbol de la ciencia del bien y del mal, Dios les dice que su castigo consiste en que deberán trabajar la tierra para subsistir y que se las entrega para que señoreen sobre ella. Esta forma de concebir la relación del ser humano con el planeta que nos ha dado la vida, implica por lo menos dos consecuencias: 1. La Biblia representa el trabajo agrícola como una condena, y como corolario la urbanización que da origen a la civilización es bienvenida, al mismo tiempo que facilita la formación de elites y la división entre productores y consumidores. Como consecuencia de esto, algunos podrán mitigar de la sentencia divina por medio del uso de la razón y del poder. 2. Esta expulsión representa ontológicamente al planeta tierr a como un lugar de segundo orden en relación al mundo celestial, lo que tiene como consecuencia la separación del mundo sagrado del natural y la percepción del planeta como un simple objeto profano para satisfacer las necesidades humanas (que el sistema económico capitalista ha definido como infinitas).

El segundo elemento bíblico, encontrado esta vez en el Nuevo Testamento, que implica una consecuencia similar en la relación del ser humano con el planeta es el Apocalipsis. Debido a que hay un plan divino, donde el mundo confrontará el Juicio Final, la tierra tarde o temprano será destruida. Esta sentencia de irremediabilidad (y deseo) de la segunda venida de Jesucristo, unida con la entrega de la tierra a los pecadores para que sea utilizada para su subsistencia, racionaliza la falta de responsabilidad que la cultura occidental tiene con los llamados recursos naturales, la producción de armamentos nucleares, los experimentos genéticos y bacteriológicos, etc. En la variante Protestante el elemento de la gracia y no de las buenas acciones contribuye poderosamente a exacerbar la explotación y el consumo de todo lo que se incluye como elemento de producción o fuente de riqueza.

El tercer mito bíblico, lo encontramos en la experiencia que Jesús tuvo en el desierto en su prueba con el demonio. Cristo es el Redentor porque es el único ser en la faz de la tierra que, entre otras cosas privativas de la divinidad, puede resistir la tentación. Cristo resiste las numerosas ofertas del demonio en el desierto sin que logre ni engañarlo ni vencerlo. En otras palabras los humanos somos definidos y vistos por los cristianos como imperfectos, no solamente por las acciones que pudiéramos hacer sino porque la Biblia considera que el ser humano no es capaz de resistir la tentación del cuerpo y del poder. Frente a esta autorreflexión fariseo… ¿Qué se podría decir del heroísmo de los torturados que murieron sin delatar a sus camaradas? ¿De las madres de Vietnam, Kosovo, Argentina, Timor o Irak que entregan diariamente sus propias vidas por salvar a sus hijos? ¿De los monjes budistas que se inmolan por manifestar su horror a la guerra, sin ninguna vanidad o esperanza personal de recompensa?
Partiendo de este prejuicio y fetichismo, el cristianismo condena por una parte a la humanidad como especie (con mayor ahínco a los no cristianos) y por la otra justifica el vicio, el pecado, la guerra y la explotación hecha por los cristianos porque todos saben que no somos en absoluto perfectos, y es más que ni siquiera eso importa porque en la sagrada voluntad de Dios; sólo él sabe quien será salvado cuando se acabe el mundo. Una religión de este tipo que no duda en proclamarse como la verdadera y única religión, que además tiene por misión convertir al mundo y civilizar a los no creyentes, excusa la irresponsabilidad en y con la realidad cotidiana, y la cosificación y explotación del planeta. El progreso moderno que se alimenta de la destrucción de la tierra depende del mito cristiano para que la gente (consciente o inconscientemente) no se preocupe y no detenga su inercia de consumo e indiferencia. El progreso en sí es un mito moderno, republicano y capitalista.

La república, por su parte, se ve obligada a crear un “nuevo hombre” que funcione en el flamante orden “democrático” secular. Este hombre se conoce como el ciudadano. La república que hace usufructo de la estructura política del Estado nación requiere del ciudadano una completa sumisión. La república proclama establecerse sobre bases racionales y no supersticiosas ni despóticas como los sistemas monárquicos absolutos de los que proviene. Plantea triunfalmente el advenimiento de la igualdad de todos los hombres (no de las mujeres) (ni de los no sajones en la Constitución Norteamericana de 1776). La sumisión del ciudadano es de nuevo tipo ya que el mandatario que ocupa el poder no tiene origen divino sino que es elegido entre los más aptos para ejercer ese cargo (o al menos esa es el ideal publicitado). La sumisión por lo tanto no es a la persona sino al cargo o más precisamente a la Ley que es lo que establece la legitimidad y los mecanismos adecuados para que objetivamente (científicamente) se llene el cargo. La sumisión del ciudadano al estado nación es vertical, es decir ocurre individualmente entre el ciudadano y el Estado, tal como entre el Protestante y Dios o entre un Católico y la Iglesia. No hay comunidad envuelta en este procedimiento, es aséptico y acético. Ambos sistemas comparten la concepción individualista del fiel o del ciudadano, y ambos someten las relaciones y responsabilidades entre vecinos a una estructura triangular en cual el estado y/o la iglesia ocupan el lugar del intermediario (o sea que la policía interviene o sea que el creyente/ciudadano piensa en las consecuencias y la moralidad de la iglesia/patria antes de decidir en su interacción con un vecino).

La construcción de la Patria, sin embargo, es un poco más compleja que esto, ya que incorpora a un país concreto como Francia, Alemania o Bolivia. Esta concretización implica un elemento ritual y especialmente emocional, capaz de mover los sentimientos ciudadanos hasta el punto de hablar de amor a la patria y ser capaz de dar la vida si fuera necesario “por el interés de la patria”.

La relación vertical entre el Estado y el ciudadano es el producto de la fragmentación intencional que el Estado promueve para la eliminación de las comunidades orgánicas y autónomas (naciones o etnias) que puedan competir con su soberanía, hegemonía y lealtad. Lo que sirve de aglutinador social en el Estado ya no es el conocimiento dinámico y cercano del otro integrante de la comunidad; sino que símbolos como la bandera, el himno nacional, o incluso las llamadas comidas típicas que suelen tener su origen en alguna cultura indígena y que han sido apropiadas para el estado nación por su valor diferenciador en cuanto a Europa u otros países Americanos. La unidad horizontal y auténticamente democrática de una comunidad consensual es quebrada y la organización toma la forma de una pirámide donde la democracia es adjetivada con la palabra “representativa” mientras los comuneros pierden los vínculos tradicionales en la red donde cada uno ejercía una agencia concreta y efectiva. El Estado se incorpora en la república como un tercer elemento (así como la Iglesia o Dios en los cristianismos) de este modo los ciudadanos crean una relación directa con el Estado e indirecta con sus semejantes. Se hace una división tajante entre vida pública y vida privada, entre producción y consumo, entre hombre y mujer. La ley es la palabra y los códigos aunque no son textos sagrados sino seculares, representan el orden naturalizado que es un término intercambiable con el deber ser, lo ideal, lo que se reverencia, la sacralidad secular, el bien, la moralidad, etc.

El Estado nación es una herramienta propia del nuevo orden económico capitalista, así como lo es la democracia representativa que permite la manipulación del electorado por medio de la desinformación, las promesas falsas, la separación entre el llamado representante y su supuesta comunidad o electorado y el cohecho. La necesidad de tener territorios mayores donde ejercer el comercio y establecer reglas claras y sancionables tanto interna como externamente, es parte fundamental de la creación de estas entidades políticas que se hacen llamar naciones.

3. Los pares excluidos.

Como hemos visto, la modernidad es el lado publicitado y visible del fenómeno que viene ocurriendo por agencia externa desde 1492 en este continente como señala Enrique Dussel. El lado que ni la prensa ni la televisión, ni menos el sistema educacional quieren mostrar es el colonialismo. Tomando prestado el valioso concepto e instrumento articulado por Walter Mignolo sobre el rostro doble de la modernidad/ colonialidad analizaremos al Estado y la Religión con resultados también interesantes.
La promesa del cristianismo es la salvación. La promesa de la república es el progreso. El cristianismo es la verdad revelada, a diferencia del judaísmo que es una religión exclusivamente para los judíos, el cristianismo es para todos: lo quieran o no lo quieran. Como una medicina que los niños o los idólatras deben tomar por su propio bien. El paternalismo cristiano pretende hacer una buena labor eliminando las supersticiones e inoculando la verdad en pueblos y culturas desinformadas de la Palabra. Por otro lado, el estado nación es la única forma civilizada de tener existencia política en la actualidad, las anteriores fueron etapas necesarias pero transitorias en el camino hacia la convivencia humana igualitaria y la democracia. Tanto el Cristianismo como el sistema republicano se nos presentan como panaceas, como la mejor manera posible de cumplir nuestro papel sobre la tierra, es más, cada una de estas dos instituciones nos entregan el libreto por adelantado para continuar nuestro camino hacia la luz y el progreso. Como en el caso de “Manifest Destiny”que hizo famoso John O’Sullivan en el siglo XIX o en el “White Man’s Burden” de Rudyard Kipling, ambos mensajes parecen confundirse como el cielo y la tierra en el horizonte,.

El lado oscuro del cristianismo es la pretensión de universalidad, el sentimiento de superioridad respecto a otras religiones y cosmovisiones, que ni siquiera las concibe seriamente, en su propia dimensión cultural/ existencial, sino que las etiqueta de supersticiones e idolatrías. El estado nación por su parte hace inviable (discursiva y prácticamente) formas indígenas de organización socio económica que compitan seriamente con el capitalismo que promueve. De esta manera, mediante el incontestable progreso y desarrollo que avala el Estado (y que nunca llega a los oprimidos más que en la forma de inalcanzables productos vistos en la pantalla de la televisión o trabajos tóxicos e ), el crecimiento económico se traduce en la obtención incesante de utilidades y en la apertura de suculentas cuentas en el extranjero, como el conocido caso de Argentina que la duda externa equivale a los depósitos en el extranjero del sector privado. La economía es lo abstracto pero el dinero es lo que los hombres y mujeres serios de la sociedad capitalista/ republicana tienen en mente cuando establecen sus profesiones y negocios. El dinero es el objeto de adoración, la energía en forma de dólar es la que separa a los que aparentemente tienen salud, alegría y paz familiar de los que la buscan. Mediante su consideración constante casi todas las puertas logran abrirse (al menos en apariencia como el amor obtenido por la eroticidad del poder o la lealtad masoquista del esclavo doméstico). La república moderna, en suma, no encuentra su razón de ser ni en el progreso ni mucho menos en el bienestar general de la humanidad, sino que en la acumulación de riqueza material que se traduce en el poder simbólico conocido como prestigio; pero como hace un tiempo me recordó una alumna norteamericana: de acuerdo a la segunda ley de la termodinámica en un sistema dado todo lo que se incrementa en una parte necesariamente se disminuye de otra.

Como un edificio con fallas estructurales de esta magnitud y naturaleza no es posible mantenerse completamente oculto de los ojos y pensamiento de la gente eternamente, por muchas seudo explicaciones que se ofrezcan, es necesario cubrir las fracturas apelando a las emociones patrióticas, a la denigración del vecino, a la demonización del supuesto enemigo definido por el Estado. La estrategia que se utiliza sistemáticamente en tiempos que las elites tienen algún nuevo plan extraordinario para expandir su zona de influencia, castigar la disidencia o simplemente porque algo les salió mal es el sacrificio. Tal como John Kennedy lo dijo en los sesentas en el tiempo de la crisis de los misiles: “No preguntes lo que tu país puede hacer por ti sino lo que tú puedes hacer por tu país”.

Para hacer un sacrificio debemos tener una buena razón. Una buena razón, cabe señalar, no es algo que pueda ser medida objetivamente, una buena razón no tiene valor absoluto, sino que toma su significado de acuerdo al mito negociado por el grupo que la valora como tal. Del mismo modo el Estado a través del patriotismo exige sacrificios de la población. Naturalmente que este sacrificio es demagógico y no afecta a todos los miembros de la jerarquizada modernidad con el mismo rigor ya que hay una relación directamente proporcional entre pobreza y sacrificio. En el campo religioso, el sacrificio tiene por objeto expandir la promesa de la salvación, aceptar por ejemplo, la humillación y la pobreza (poner la otra mejilla). En el caso de la patria, que es el Estado nación fetichizado, el sacrificio tiene por objeto expandir la promesa del bienestar dado por el progreso y la mentada libertad.

Mediante el patriotismo se consigue que los ciudadanos entreguen entusiastamente sus vidas por los intereses de sus opresores (excepto por los botines de guerra que se les permite obtener como violaciones o pequeños robos). Quienes se opongan, no sólo son sancionados legalmente sino que también reciben una sanción moral de la sociedad horizontal por deslealtad a la patria vertical. La alienación de los humanos respecto a sus formas comunitarias mediante la inmersión en una ideología ahistórica o hábilmente manipulada por los ciudadanos letrados como los llamaría Ángel Rama, consigue que los humanos dejen de verse horizontalmente de acuerdo a su clase y su rango y sus experiencias compartidas, sino que se alineen con los intereses de los que los disciplinan como en el caso de la representación que Octavio Paz hace de Malinche.

4. De la independencia a la neocolonia.

En el Cono Sur Domingo Faustino Sarmiento, cumple un rol central en la racialización/ racionalización de la región: demoniza al gaucho, ataca a los indios Ranqueles e influye en que la elite chilena impulse una campaña militar contra los Mapuches hasta el despojo completo de sus tierras en 1882. Algo similar ocurre al otro lado del Rió de la Plata con la persecución contra los indios Charruas documentada en el romance nacional Tabaré de Juan Zorrilla. La idea de Sarmiento en El Facundo y otros escritos, es que los blancos europeos son la raza de la civilización y que para alcanzar el ideal señalado por la evolución humana, hay que traer europeos septentrionales al “nuevo continente”. El racismo de Sarmiento viene a revisar posiciones menos radicales en relación a los no blancos como las de Simón Bolívar en la Carta de Jamaica que señala a los Mapuches como un paradigma de resistencia y patriotismo aunque sostenga que los negros esclavos no pueden ser amantes de la libertad po r aceptar su condición subalterna y por lo tanto es gente discapacitada para la vida republicana. Para los constructores nacionales del Cono Sur está claro que uno de los componentes de la fórmula para alcanzar las indiscutibles ventajas de la modernidad es tener un plantel humano mayoritariamente blanco. A la luz de este racismo fundacional de los estados nacionales, los países Latinoamericanos puede ser vistos desde dos perspectivas: la interna y la Latino Americana.

Desde el interior vemos como las elites locales instituyen leyes, héroes, mitos y otros elementos cohesivos y coercitivos para establecer un orden homogéneo que coincida con el pretendido país independiente. Esta institucionalidad forzada debe hacer calzar las fronteras geográficas trazadas por los mapas políticos con el discurso nacionalista homogenizador. Las fronteras republicanas fragmentan naciones orgánicas como los Aymaras, los Quechuas, los Mapuches, los Guaraníes, etc., reemplazando su identidad ancestral por la que favorece los intereses de los que replican el sistema político europeo.

Al observar estos estados desde el exterior presenciamos que se ordenan en términos jerárquicos que dependen no sólo de sus recursos económicos sino en relación a su demografía. Los estados nacionales se ranquean tanto con el criterio de la riqueza como de la blancura. El Cono Sur es extraordinariamente ejemplificador en este aspecto. Mientras las elites locales reprimen a sus habitantes de color (que corrientemente coinciden con las llamadas clases bajas) para mantener sus privilegios, los países “más blancos” hacen uso de sus ejércitos para anexarse zonas que no les estaban asignadas en el mapa colonial.

A nivel interno los Estados del Cono Sur persiguen violentamente a las etnias orgánicas con el argumento de su salvajismo para establecer una supremacía demográfica e ideológica blanca. En el campo internacional ocurren dos fenómenos: por una parte se expanden Chile y Argentina; por otro lado las elites nacionales se relacionan con los poderes coloniales de la época, Inglaterra y Francia, y al final de siglo ocurren alianzas con los Estados Unidos. En este sentido, la Guerra del Pacífico puede ser analizada también desde el punto de vista del conflicto por la hegemonía continental entre el Imperio Inglés y el neoimperio norteamericano; apoyando Inglaterra a Chile y Estados Unidos al Perú y Bolivia.

La lección que puede fácilmente desprenderse de la historia republicana del Cono Sur es que el estado nación es un proyecto europeo y blanco. Proyecto que para proyectarse requiere de la ilusión de un movimiento ascendente donde todos tendrán cabida si se aceptan las reglas del juego establecidas por la institucionalidad creada por las elites. Es una promesa de progreso y desarrollo dentro de la economía capitalista y la democracia representativa que hace tabula rasa de los intereses reales (económicos y culturales) de las etnias orgánicas y les impone un modelo donde no tienen cabida en la toma de decisiones (ni las mismas elites la tienen dado el fenómeno del Imperio). Con el devenir de los años la incipiente libertad política que gozaron las elites de Latinoamérica luego de expulsar a España del continente y establecer su propio modelo de explotación quedó atrapada entre sus sueños de autogestión y el poder hegemónico de los socios imperiales. Las dictaduras que se sucedieron a la apertura de los sesentas en Chile, Argentina, Uruguay y Perú son pruebas irrefutables de este fenómeno. En tiempos neoliberales la acumulación del capital financiero ha desplazado el poder Estatal de los países post industriales a las corporaciones, creándose un nuevo nivel de ambigüedad y opresión al materializarse los intereses corporativos a través del poder del Estado sobre los desplazados y los sin tierra.

5. Conclusiones

El cristianismo con la separación del cielo y de la tierra, su carácter expansivo y la universalización de su doctrina como verdad revelada, comparte con el estado nación y el capitalismo el carácter hegemónico de un sistema que en el libro de Francis Fukuyama The end of History and the Last Man (1992) es representado como el fin de la historia. La dicotomía entre religiosidad y secularidad se diluye ideológicamente en el estado nación subiéndose a la espalda de nociones familiares y generalmente aceptadas por los pueblos que han pasado del sistema colonial monárquico al sistema republicano neocolonial tomándose como natural el concepto que el planeta es un recurso material y que la acumulación de capital es un fenómeno moralmente aceptado. Así como el Cristianismo excluye y combate otras formas de creencias religiosas, demonizándolas, ridiculizándolas y persiguiéndolas, el estado nación excluye toda forma de soberanía alternativa motejándola de antipatriota, subversiva, terrorista, separatista, etc., a su vez identificándose así mismo con lo civilizado (definido por sus propios letrados) para mantener la hegemonía y el control político de las clases, naciones orgánicas y grupos explotados.

Esta apropiación del lenguaje genera necesariamente un nuevo nivel de dificultad para deconstruir la arquitectura ideológica que crea lo que llamamos el sentido común (que es un acuerdo tácito de lo que se presenta como realidad y que no es otra cosa que la naturalización de la ideología y una cosmovisión que en ningún caso agota todas las posibilidades de organización y existencia en el mundo). Como una manera de legitimarlo se demoniza al otro, se encarcela, se denigra, se silencia.

La escritura de este artículo nació de la experiencia personal, de la observación y el análisis cultural de Latinoamérica, Australia y Estados Unidos, lugares donde he vivido, estudiado y trabajado por años. Luego de haber terminado de escribir este texto he recibido un artículo escrito por el conocido periodista Bill Moyers que confirma punto por punto mis observaciones. En su análisis de la Derecha Cristiana norteamericana señala que un 59% de los estadounidenses piensa que las Profecías del libro Revelaciones van a ser ciertas. De acuerdo al periodista Glenn Scherer en su artículo “The Road to Enviromental Apocalypse” señala que para la derecha cristiana “la destrucción del medioambiente no sólo no debe ser descartada, sino que en realidad debe ser bienvenida –incluso acelerada- como un signo del próximo Apocalipsis”. Esta conclusión no debe ser tomada a la ligera; más de la mitad de los senadores y representantes que hacen la ley (231) son apoyados por la derecha cristiana. Para terminar, en el mismo artículo Moyers cita a James Watt, primer secretario del interior de Reagan quién dijo públicamente en el Congreso que no valía la pena hacer leyes para proteger el medio ambiente porque pronto llegará el Apocalipsis y Cristo vendrá, aseveró : “Después que el último árbol caiga, Cristo volverá”.

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