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 Los Estudios Culturales como alternativa
para la construcción de una Bibliotecología de la
esperanza (I)
Por Hernando Lopera*
Continuamos presentando los aportes de nuestro colaborador
y amigo, el estimado colega colombiano Hernando Lopera
1. Todo desencanto motiva una fuga: Contexto sociocultural
latinoamericano problematizado por el proyecto de globalización
Para comenzar vamos a introducirnos y a problematizar el tema de
un mundo construido por discursos de expertos al servicio del paradigma
tecnoeconómico, desde los cuales se niega la diversidad cultural
y se sustenta la discriminación y la exclusión, es
decir, se niega nuestra realidad sociocultural para tratar de imponer
un modo de pensar, si puede llamársele así, alineado
con los intereses del negocio transnacional.
Con la primacía de lo económico sobre lo político,
en nuestro país, y seguramente en el resto de los países
latinoamericanos, la política se ha convertido en lo que
David Sogge ha definido como “el arte de impedir a los ciudadanos
intervenir en los asuntos que les conciernen”(1). En este
proyecto de globalización del capitalismo, lo que trata de
imponérsenos es la escuela del pensamiento económico
del nuevo fundamentalismo neoliberal. Estamos viviendo en un mundo
influenciado por los intereses del mercado internacional de bienes
simbólicos, cuyo paradigma es el consumo cultural.
La racionalidad económica, la que ordena aplastar al contradictor,
a la competencia, y genera las desigualdades y la exclusión
que todos nosotros de alguna u otra forma conocemos, ha fragmentado
los lazos sociales y destruido los vínculos culturales y
políticos de las comunidades latinoamericanas. La racionalidad
económica impone sus leyes como única vía de
existencia y de sustento del sistema actual, lo que amenaza la supervivencia
de las culturas, e impone como única posibilidad la civilización
del consumo.
Este fenómeno ha creado y estimulado una especie de anomia,
de desencanto, de pobreza mental de la que es urgente tomar conciencia
y superar por nuestra propia cuenta. Así pues, desde el espacio
universitario es urgente reflexionar sobre las encrucijadas que
afectan y ponen en riesgo inminente de extinción el orden
socio-cultural latinoamericano. Así, por ejemplo, en el escenario
universitario debemos trabajar en función de impedir las
privatizaciones de lo que tiene que ver con lo cultural y lo educativo,
pues esto debilita la dimensión de lo público, “la
dignidad de lo público” como lo expresa el periodista
Javier Darío Restrepo, lo cual se manifiesta en esa especie
de cinismo generalizado con el que los medios de comunicación
construyen discursos flatulentos para desorientar nuestra atención
de los problemas que realmente nos conciernen.
Uno de los problemas radicales a enfrentar es el de la reivindicación
de la utopía, es decir, la posibilidad o el sueño
que nos sirve de inspiración para actuar y ser en el mundo.
Y esta es una limitación muy difícil de superar porque
el discurso del sistema en el que estamos (pero no somos), basado
en la eficacia, la productividad y la competitividad, niega la validez
y la existencia de la utopía. Otro problema que encontramos
es la aparente incapacidad para dar respuesta a los problemas socio-culturales
que históricamente no se han resuelto en nuestras sociedades,
tales como la desigualdad en el acceso y uso de los bienes (entre
ellos el conocimiento) y los servicios (entre ellos los de información),
el desempleo, la pobreza, la marginación, la exclusión,
la violencia, que no son otra cosa que perversiones causadas por
el actual sistema de mercado. Por todo esto, hoy Latinoamérica
es el desencantado producto de una serie de trasplantes histórico-culturales
que en muchos casos han sido impuestos por agentes externos y, en
otros, implantados por nuestras clases dominantes de manera irresponsable.
Es urgente, por lo tanto, tomar conciencia, abordar y empoderarse,
hacerse cargo, de las cuestiones que afectan y atentan contra la
supervivencia de nuestros sistemas simbólicos y de representación
del mundo de la vida, que no es sólo la ciencia ficción
que nos mantiene frente a una pantalla en un peligroso estado de
fascinación, y tampoco el discurso exaltado, y por lo mismo
también peligroso, de los profetas de un mundo feliz de virtualidades
y conectividades en las que, supuestamente, no existe el conflicto
ni la diferencia. En este punto, las preguntas que podrían
plantearse a estos discursos perversamente tecnofílicos serían:
¿Cómo virtualizamos la dominación y la dependencia,
la exclusión, la pobreza, el desempleo y la violencia? ¿Solucionamos
nuestros problemas si la soledad, la desesperanza, la anomia y el
desarraigo están interconectados?
La propuesta radical debe estar apuntando a que si queremos comprender
y transformar seriamente el destino de nuestras sociedades, aún
a pesar de los desequilibrios políticos y económicos
que nos sitúan entre las sociedades excluidas o, si mucho,
entre las adaptadoras de las innovaciones tecnológicas, es
preciso revisar y superar nuestra mentalidad colonizada por intereses
ajenos.
El paradigma tecnoeconómico, el pensamiento único,
el proyecto neoliberal de globalización, la construcción
de una sociedad informatizada o de una cibersociedad, en pocas palabras,
el espejismo de un desarrollo basado en el crecimiento de la economía
y de la riqueza, en tanto se consideren como dimensión única
o exclusivamente predominante de la humanidad, no son más
que una quimera que ingenuamente nosotros estamos creyendo, ya sea
que se acepte irreflexivamente como es el caso de los seudoprofetas
tecnofílicos, o para criticarla y satanizarla apasionadamente
como muchos pesimistas que se han puesto del lado de una resistencia
ortodoxa.
La tesis que quiero dejar planteada aquí es que, como individuos
que inevitablemente construimos y procesamos símbolos, pensamos
y teorizamos sobre nosotros mismos, sobre los otros y sobre el mundo;
y como colectivo que producimos y reproducimos una cultura, cuya
esencia es la comunicación, poseemos un estilo de pensamiento,
un discurso propio que intenta explicar y comprender lo que somos,
lo que hacemos y lo que tenemos, esto es, un modelo de concepción
del mundo y de nuestra existencia en él, que tiene la misma
validez y legitimidad que muchos otros discursos construidos por
otras culturas.
En consecuencia, se puede afirmar que no hay un modelo o paradigma
que sea hegemónico absolutamente. A pesar de que históricamente
algunos modelos de mundo han predominado sobre otros, y en muchas
situaciones algunos han deslegitimado a otros, nunca se ha dado
la situación en que exista un solo modo de pensamiento ni
una sola forma de concebirnos en el mundo. Entonces, aunque cierto
grupo social ostente el poder militar, político, económico
y tecnológico, nunca podrá colonizar ni controlar
lo que nos es propio: el ejercicio del pensamiento y, con esto,
nuestra propia capacidad de construir conocimiento.
Si aceptamos, pues, que no es posible un pensamiento hegemónico
sino que, por el contrario, lo propio de la humanidad es una red
indeterminada de pensamientos en constante interacción, una
diversidad irreductible de saberes que se copian, se adaptan, se
contrastan, se complementan y se recrean. Si partimos de esta certeza,
las preguntas obligadas son, entonces, ¿cuál es nuestro
modelo de explicación y comprensión del mundo? ¿Cuál
es el discurso que orienta y da cuenta de nuestras acciones?, es
decir, ¿qué somos?, ¿qué hacemos?, ¿qué
tenemos?, ¿cómo nos definimos simbólicamente?,
¿cuál es el discurso que da cuenta de la cultura que
heredamos y que construimos en la temporalidad de nuestro ser en
el mundo? Y en lo que nos concierne como intelectuales que responden
a una necesidad social, ¿cuáles son las prácticas
con las que intervenimos en la construcción de esa cultura?,
¿cuál es nuestro papel en los juegos de poder con
los que se construye socialmente lo cultural? Y en lo que nos atañe
como bibliotecólogos, ¿cuál es la función
viviente de las bibliotecas en nuestra sociedad?, ¿cómo
dotamos de un discurso propio a la Bibliotecología para dar
cuenta de las transformaciones de las comunidades de lectores en
colectivos dotados de un modelo propio de pensamiento, de un conocimiento
autóctono que oriente la acción y entre en diálogo
con los otros conocimientos? Porque el discurso ajeno, construido
por otros, con unos intereses y unas visiones de mundo distintas,
es insuficiente para designar nuestro mundo y para dirigir nuestras
acciones. Por eso nuestro desarraigo, nuestra desesperanza y nuestro
extravío. Por eso nos desconocemos en tanto nos quedemos,
única y exclusivamente, con el discurso ajeno.
Entre las ideas de Daniel Mato(2) hay una que, desde mi punto de
vista es clave, y me atrevo a decir que es radical, esa idea es
la de nuestras “mentalidades colonizadas” que nos mantienen
en un estado de pobreza mental muy peligroso. Según esto,
nuestro modo de pensar ha sido colonizado por las esferas del poder,
pero tal vez es que siempre hemos permitido y aceptado que se nos
indique qué pensar, cómo pensar, y considero que esto
determina de raíz lo que decimos y de lo que podemos hablar,
o sea, lo que somos y lo que no somos, lo que hacemos y no hacemos,
lo que tenemos o no tenemos. Ahí está la causa radical
de lo que hemos sido hasta el presente. No nos hemos encargado de
pensarnos desde el lugar en que estamos y somos, desde las interacciones
en que participamos y desde lo que queremos ser.
Así mismo, si aceptamos que todo conocimiento es objeto
de crítica y que nuestro deber es criticarlo racionalmente,
éste se erige como una forma de emancipación cuando
apunta a hacer realidad la solidaridad para superar la dominación
y el colonialismo.
Y avanzando en esta línea de reflexión, encontramos
que como intelectuales y universitarios que nos debemos a un encargo
social, es nuestra responsabilidad indagar y dar cuenta de nuestras
acciones y omisiones en estos procesos de colonización cultural
que sólo responden a una lógica mercantilista. Pues
ante la pretensión absolutista del pensamiento único,
debemos construir un saber que reubique la ideología tecnológica
en función de nuestras necesidades y proyecto de mundo, y
no como una fascinación orientada al consumo irracional.
En tanto que colectivo, comunidad, sociedad, podemos concebirnos
como redes de intercambio de discursos y de objetos, redes de producción
de representaciones del mundo y de nosotros mismos, redes en las
que pensamos, actuamos y somos según un orden simbólico
sobre el que, como intelectuales, estamos en la obligación
de reflexionar y construir un discurso propio. Puesto que tenemos
la responsabilidad de aprender a pronunciar nuestras propias palabras
y a entablar el diálogo transformador mediante el cual creamos
nuestra historia, optamos por explorar la perspectiva y el ámbito
de acción de los Estudios Culturales.
(1) SOGGE, David. La trampa de la ayuda internacional. En: Le
Monde Diplomatique. Sep. 2004; p. 25
(2) MATO, Daniel (Coord.). Estudios y otras prácticas intelectuales
latinoamericanas en cultura y poder. Caracas: Clacso, 2002.
*Hernando Lopera, Medellín, Antioquia, Colombia
Bibliotecólogo, Especialista en Teoría, Métodos
y Técnicas de Investigación Social, con quince
años de experiencia laboral en bibliotecas académicas
o universitarias. Me desempeño profesionalmente en los
campos de: planeamiento y gerencia bibliotecaria; gestión
de servicios bibliotecarios; edición de libros y revistas;
formación de usuarios de información; investigación
y docencia en las áreas de Teoría de la Bibliotecología,
Investigación social, gestión del conocimiento,
tecnologías Internet, Estudios culturales, y perspectiva
ciencia, tecnología y sociedad; Gestion de tecnologías
de la información; Consultoría y asesoría
en búsqueda y recuperación de información
científica; asesoría en formulación, ejecución
y evaluación de proyectos de investigación y desarrollo;
Gestión de contenidos Web.
http://otrabibliotecologiaesposible.blogspot.com/
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