..."Lo que os puedo dar os doy, que es una ínsula hecha y derecha, redonda y bien proporcionada..."
"Don Quijote de la Mancha". Capítulo XLII: " De los consejos que dió Don
Quijote a Sancho Panza antes que fuese a gobernar la ínsula..."

ISSN: 1810-4479
Publicación Semanal. Año 3, Nro.121, Viernes, 28 de abril del 2006

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Feria del Libro en Buenos Aires

Tomás Eloy Martínez, que abrirá la muestra, fue muy crítico del gobierno de Bush

"Vivir en EE.UU. es asfixiante"
Por Susana Reinoso
De la Redacción de LA NACION

"Vivir en los Estados Unidos durante la presidencia de Bill Clinton fue casi paradisíaco comparado con esta época de mentiras y ofensas al sentido común que es la era de Bush, en la que la vida se ha vuelto muy desagradable y asfixiante. Es una época belicosa, porque se trata de mantener en alto el prestigio de un gobierno que se descascara por sus mentiras evidentes, que se descubren cada día."

Así reflexionó ayer, en un desayuno con periodistas argentinos a poco de llegar a Buenos Aires desde Boston, el escritor argentino Tomás Eloy Martínez, residente en los Estados Unidos. El autor de "Santa Evita" inaugurará hoy la Feria del Libro.

El escritor se mostró de muy buen humor durante la informal charla con la prensa, en la que el Fondo de Cultura Económica presentó la antología "La otra realidad", que recopila artículos del escritor, algunos publicados en LA NACIÓN y otros, inéditos. Habló sobre literatura y política, y su especial preocupación estuvo orientada a contar detalles de la vida norteamericana con la política de George Bush.

"Tengo un amigo, Paul Auster, con quien nos vemos a menudo y que está muy descorazonado, con ganas de exiliarse en Francia. Es entristecedor, sobre todo en la costa este, donde vivo. Porque en el medio del país, donde el fundamentalismo religioso es aceptado y la falta de libertad no pesa tanto, la gente no se afecta demasiado", reflexionó.

Tomás Eloy Martínez dijo que la vida de los inmigrantes, sobre todo asiáticos, "se ha endurecido dolorosamente en EE.UU." y que, según su percepción, las cosas no parecen ir hacia un cambio positivo. Por el contrario, "hay una escalada bélica que va hacia Irán".

"La correspondencia es violada en EE.UU. Toda la correspondencia del exterior llega abierta y el correo asegura que es por la seguridad de los ciudadanos. No es envidiable vivir hoy en los Estados Unidos", dijo, como dato significativo.

Sostuvo que el gobierno de Bush muestra preocupación por la evolución de la política venezolana, con Chávez a la cabeza. Y que la gente común, en EE.UU., no hace diferencia entre un guatemalteco, un colombiano o un argentino. "Somos todos hispanos. En realidad, como América latina, no nos ven. A menos que ello entrañe una forma de peligro, América latina no despierta ningún interés. El gran problema, en este momento, es el alzamiento de los inmigrantes, que son una incomodidad severa para Bush. En el sur y la costa oeste son movimientos muy fuertes. Ellos están tomando conciencia de su unidad y su poder", reflexionó.

Agregó: "Sé que el viaje del presidente colombiano, Alvaro Uribe, a Cuba no podría haberse dado sin el visto bueno de la Casa Blanca, ya que es su principal aliado en América latina. Uribe sería como un adelantado para tantear el terreno, por lo que se presume como un cambio fuerte en Cuba en un corto tiempo, que podría darse por la muerte de Fidel Castro".

Sin embargo, según contó Martínez, no siempre las cosas fueron tan decepcionantes en su país de residencia. "Suelo decir que trabajo en los Estados Unidos y vivo en la Argentina, aunque parezca una boutade. Estados Unidos me ofreció una posibilidad inusual, que es la de ser escritor residente con el único compromiso de escribir lo que quiera. Algo que hacía 260 años no se daba en la Universidad de Rutgers. Es similar a lo que ofrece la Universidad de Princeton, donde, por ejemplo, gozan de esta posibilidad las prestigiosas Joyce Carol Oates y Toni Morrison."

Kirchner y la prensa

Consultado sobre la relación que el gobierno de Kirchner mantiene con los medios argentinos, el autor de "La mano del amo" (Alfaguara) dijo: "He tomado conciencia de ciertas actitudes autoritarias del Presidente con la prensa, sobre todo en su provincia, Santa Cruz, cuando era gobernador. Quizás hay una tendencia. Me parece lamentable que el Presidente nunca haya sostenido una conferencia de prensa ni haya hablado con los corresponsales extranjeros. Ese es un buen hábito en la democracia. La ausencia de ese hábito habla de una relación confusa con la prensa y de desconfianza de la disidencia, que a su vez es una desconfianza de la democracia".

Como para Martínez la literatura es la vida, muestra energías como para trabajar, actualmente, dos novelas en simultáneo. "Una se llama «Purgatorio». Escribí casi sobre cada momento de la vida de la Argentina del siglo XX. Pero no lo hice sobre la vida cotidiana durante la dictadura militar, porque no viví ni un solo día. Por eso quiero hacerlo ahora a través de la escritura. Estoy reconstruyendo esa época a través de lecturas reveladoras y de películas".

El otro libro en construcción, contó, es a pedido de una editorial inglesa, que publicará una serie sobre mitos. Son 40 autores. Ya publicaron Margaret Atwood sobre el mito de Penélope y Milan Kundera reflexionó sobre Zeus. "Yo elegí el Olimpo, que para mí tiene tres lecturas. Una es el Olimpo de la «Ilíada» y la «Odisea», cuando los dioses deciden el destino de los hombres. La segunda instancia es la del Olimpo como definición de ese destino durante el nazismo. Y una fase final de la evolución de ese Olimpo es el campo de concentración El Olimpo, en los años de la dictadura", concluyó.

La Argentina, a libro y espada

En su discurso inaugural hoy, a las 18.30, en la apertura de la Feria del Libro, Tomás Eloy Martínez abordará que la Argentina, como nación, no se constituyó a través de la espada, sino de los libros y que fueron los letrados que hicieron la Revolución de Mayo quienes proyectaron un país de ciudadanos alfabetizados. El primer acto cultural, a la misma hora, tendrá como protagonista al monje benedictino alemán Anselm Grün, quien hablará en la Sala Jorge Luis Borges sobre el misterio del dolor desarrollado en su reciente libro "¿Por qué a mí?".

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32a Feria Internacional del Libro

La gran fiesta del libro abrió en la Rural


En el acto de apertura se celebró que la industria editorial haya recuperado los niveles del año 2000, aunque hubo críticas por la aplicación del IVA; el escritor Tomás Eloy Martínez cuestionó la ausencia del presidente Kirchner

Con un muy aplaudido discurso del escritor Tomás Eloy Martínez, un contrapunto verbal entre el presidente de la Fundación El Libro, Carlos Pazos, y el secretario de Cultura de la Nación, José Nun; el optimismo por la recuperación de la industria editorial y la presencia de Ernesto Sabato fue inaugurada ayer en la Rural la esperada 32a Feria Internacional del Libro de Buenos Aires.

Con el lema "Los libros hacen historia", la primera novedad fue la presencia de la Banda del Regimiento de Patricios, que abrió el acto 40 minutos más tarde de las 18.30, debido a la demora del jefe de gobierno porteño, Jorge Telerman, que llegó al predio ferial acompañado por varios ministros.

El discurso de Tomás Eloy Martínez (que se publica completo en la página 19) mereció un cerrado aplauso de los más de 1000 asistentes cuando aludió a la ausencia del Presidente de la Nación en el acto. "Lamento que una agenda colmada de compromisos -supongo- no le haya permitido al presidente de la República estar ahora con nosotros porque, si bien han llegado hasta aquí algunos miembros de su gabinete, hay muy pocos actos cada año en que la presencia del jefe del Estado es insustituible", dijo el autor de "Santa Evita", ante el silencio y los rostros adustos de los funcionarios porteños y nacionales en la primera fila.

La expectativa por la concurrencia del presidente Kirchner se disipó temprano, cuando la delegación de la Fundación El Libro, entidad organizadora de la Feria, llegó a la Casa Rosada a invitarlo y se retiró con la promesa de que el mandatario la visitaría en cualquier momento. La audiencia había sido solicitada un mes atrás.

"El Presidente nunca dijo que no vendría -aclaró Pazos a LA NACION un rato antes del acto-, pero aclaró que estaba muy complicado. Nos dijo que es muy lector y que le encanta la Feria. El encuentro fue muy cordial. Nos comentó que leyó todos los libros que le regalaron en 2005." El último presidente que inauguró una edición de la Feria del Libro fue Fernando de la Rúa en 2000. El año último, la senadora Cristina de Kirchner representó al Presidente. Ayer estuvo el vicepresidente de la Nación, Daniel Scioli.

En esta edición, hubo una nutrida presencia de editores y libreros, de legisladores y políticos. Sin embargo, las grandes figuras de las letras no fueron visibles en la sala José Hernández ayer. La presencia de Ernesto Sabato, que estuvo acompañado por su fiel colaboradora Elvira González Fraga, fue saludada efusivamente por los jóvenes y los principales funcionarios, que posaron con gusto para las fotos. Varios estudiantes se aproximaron al autor de "Sobre héroes y tumbas" y Sabato sonrió con gusto al dialogar con ellos.

Entusiasmo visible

El clima que se respiraba ayer en los pasillos de la Feria era de enorme entusiasmo. Dijo a LA NACION la escritora argentina Clara Obligado, residente en España, que vino a presentar su libro "Las otras vidas" (Páginas de Espuma): "Es que la pasión que se encuentra en este país no existe en otro lado". Esa pasión puso a la industria editorial nuevamente en pie después de la debacle de 2001-2002. Eso precisó, en diálogo con LA NACION, la ejecutiva de la mayor muestra de libros del mundo -la Feria Internacional del Libro de Frankfurt-, Marifé Boix García, quien señaló el nivel de recuperación del sector. El presidente de la Feria de Frankfurt, Jürgen Boos, vino en esta ocasión a presentar la edición 2006.

En su discurso, Pazos destacó sobre la industria editorial argentina: "Está volviendo a sus mejores momentos, pero con una divesidad mucho mayor de autores y títulos". En 2005 se produjeron 76 millones de ejemplares y 20.000 títulos. El último mejor momento había sido en 2000, con 75 millones de ejemplares y 12.000 títulos.

No obstante, Pazos volvió a cargar contra el IVA: "Pasa a ser un costo directo sobre el libro", y dijo que nada se había hecho en este último año. Manifestó también: "En la reciente modificación de mínimos no imponibles, no se tuvo en cuenta a los trabajadores de la cultura que son los autores, para quienes ese mínimo continúa siendo de 833 pesos".

Nun tomó el guante y en el más extenso de los discursos oficiales replicó a Pazos. Dijo que los escritores no estaban excluidos y que el mínimo no imponible es de 1000 pesos, tras lo cual hizo un anuncio sorprendente: un acuerdo con el ministro de Planificación, Julio de Vido, para que en cada plan de viviendas se incluya la provisión de una biblioteca por hogar, que cuente con una docena de libros. Nun dijo que la decisión obedecía a que no alcanza con la educación formal para crear el hábito de la lectura, sino que éste debe fomentarse en la casa, pero no dijo cómo se instrumentará.

El ministro de Educación, Daniel Filmus, subrayó: "Los libros han comenzado a hacer historia y los pensadores están recuperando su espacio". En una alocución de tono poético, Telerman dijo que "los momentos más felices de la Argentina han sido cuando la industria editorial estuvo en alza".

Por Susana Reinoso
De la Redacción de LA NACION

Voces

"Pobreza, desempleo, exclusión, indigencia y desindustrialización son herencias históricas [...] El conocimiento de la historia debe servirnos para no repetir errores que nos han costado caros."

Daniel Filmus , al hablar en el acto de apertura de la muestra

"Siempre digo: que una persona no lea es una estupidez, un crimen que pagará el resto de su vida con su propia ignorancia."

Mempo Giardinelli , al disertar en las Jornadas de Profesionales

"Cada sufrimiento puede ser una oportunidad para ingresar en otro plano, otra profundidad, una libertad que nadie nos puede quitar."

Anselm Grün , al hablar sobre el misterio del dolor y la justicia de Dios

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“El libro y no la espada fue lo que creó el país”

El siguiente es el texto completo del discurso con el que el escritor argentino Tomás Eloy Martínez dejó inaugurada ayer la 32a. Feria Internacional del Libro. En su mensaje, el autor de “Santa Evita” lamentó la ausencia del presidente de la Nación, Néstor Kirchner

Antes aun de que aprendiera a leer, cuando me esforzaba por desentrañar el significado que ocultaban las formas de las letras, le formulé a mi padre una pregunta que él me repitió poco antes de morir, porque en su momento no la supo contestar, como yo tampoco sabría hacerlo ahora: ¿somos nosotros quienes creamos las palabras que nombran las cosas de la realidad o las cosas nacen de las palabras que las nombran?

Los filósofos y semiólogos han respondido de muchas maneras a esa cuestión que acabo de formular tan torpemente como en la infancia, pero la duda nunca dejó de estar ahí. Sé –al menos, eso sé– que avanzamos en la selva de lo desconocido asociando palabras. Leemos para imaginar. Leemos para aprender cómo es la respiración del mundo. Y, a veces, también leemos para descubrir que el mundo no respira como imaginábamos, sino de otra manera. Todo y todos somos, a cada instante, otros. Si no supiéramos leer, tampoco sabríamos pensar.

Escribir viene después. La escritura es la envidia sana de la lectura o, más bien, el deseo de prolongar la lectura indefinidamente. Alguna vez he contado que escribí mi primer relato a los nueve o diez años, para salvarme de la prohibición de leer que mis padres me impusieron como castigo durante un mes por un delito de desobediencia. Pero aquello que escribí era sólo un resumen de lo que había leído, un magma en el que el mundo no era como era, sino como a mí me parecía que debía ser. Tiempo después, leyendo a Walter Benjamin, aprendí que hay cierta ansiedad en todo narrador por ser otro, por estar en otros: "Narrar no sólo es significativo porque nos permite asumir o dibujar un destino ajeno, que a la vez nos educa -dice Benjamin-. Es significativo porque ese destino ajeno, gracias a la fuerza de la llama que lo consume, nos transfiere el calor que jamás obtenemos de nuestro propio destino". En las ficciones somos lo que soñamos y lo que hemos vivido, y a veces somos también lo que no nos hemos atrevido a soñar y no nos hemos atrevido a vivir. Las ficciones son nuestra rebelión, el emblema de nuestro coraje, la esperanza en un mundo que puede ser creado por segunda vez o que puede ser creado infinitamente dentro de nosotros.

El primer libro completo que leí en mi vida fue una colección de cuentos de los hermanos Grimm, de la editorial Molino, con unas ilustraciones que acentuaban el terror de aquellas historias melancólicas, en las que nada nunca se lograba por completo, ni la felicidad ni la derrota del mal. Más tarde, entre los siete y los nueve años, me convertí en un devoto sin remedio de las novelas de Alejandro Dumas y de Julio Verne. Cada vez que he tenido en la vida una situación de desesperanza -y vaya si las he tenido: enfermedades, exilio, pérdida de personas amadas-, volví a esos libros de la infancia para que me devolvieran la fe en que todo regresa, de una manera u otra: todo puede ser recuperado. Así, he releído por lo menos cuatro veces dos novelas de construcción perfecta, El conde de Montecristo y La reina Margot, a las que sigo buscándoles en vano los lunares de arquitectura que no tienen.

En la adolescencia, los bibliotecarios me parecían extensiones de Dios, herederos de un saber inagotable. Todas las mañanas iba en busca de libros a la biblioteca Sarmiento de Tucumán, cien metros al norte de la Casa de la Independencia, y mientras devolvía los préstamos del día anterior les pedía consejo sobre las lecturas siguientes. Gracias a ellos, alcancé, entre los once y los dieciocho años, el inolvidable conocimiento de Heródoto, de los diálogos de Platón; leí el Edipo rey de Sófocles, las seis grandes tragedias de Shakespeare, los poemas de Góngora y de Quevedo, las Novelas ejemplares de Cervantes y, por supuesto, el Quijote. Por las noches, nos bañábamos con mis amigos en las aguas purificadoras de la poesía más nueva. Atravesábamos como poseídos los mares de lágrimas de César Vallejo para subir después a las montañas de Neruda, o bajar hacia los valles de Rilke, de Mallarmé, de Baudelaire, de Cernuda, como si las voces del mundo fueran en verdad una sola voz inagotable. En el invierno de mis trece años me enfermé de una tuberculosis imaginaria por identificarme con los personajes de La montaña mágica, de Thomas Mann. Poco después, las ficciones de Faulkner me produjeron insomnios recurrentes. Uno de los visitantes de la biblioteca me recomendó entonces que leyera El proceso, de Franz Kafka, porque nadie podía, según me dijo, resistir el sopor del primer capítulo. El falso remedio agravó mi enfermedad. Apenas puse un pie dentro de Kafka, entré en un laberinto del que no he salido todavía, yendo de La metamorfosis a La condena y de El castillo a la Carta al padre. Y, por supuesto, en las orillas de esos sistemas solares estaba Borges, construyendo dentro de mí su propia galaxia.

Somos, así, los libros que hemos leído. O somos, de lo contrario, el vacío que la ausencia de libros ha abierto en nuestras vidas.

Todas las grandes culturas se han creado en torno de un libro sacramental: ya sea el Pentateuco, la Torah, los Evangelios, el Shu y el Yi de Confucio, el Buddhavacana canónico de los budistas, el Chilam Balam y el Popol Vuh de la América anterior a Colón. Algunas pocas naciones han tenido también la fortuna de ser proyectadas y organizadas por grandes hombres para los cuales el libro era un artículo de fe. Nuestra nación argentina es hija de ese privilegio. Desde mediados del siglo XIX, letrados como Juan Bautista Alberdi, Domingo Faustino Sarmiento, Bartolomé Mitre, Dalmacio Vélez Sarsfield y Nicolás Avellaneda, entre tantos otros, pensaron con pasión en el país que querían para las generaciones sucesivas. Infinitas veces disintieron en los detalles y polemizaron con acritud, pero las prioridades del modelo argentino fueron, para todos, siempre las mismas: la salud, la educación, la igualdad ante la ley, la modernidad, la apertura de las puertas a la inmigración europea, que entonces era aluvional. Hacia 1850, Sarmiento inició una de las más admirables revoluciones pacíficas del siglo, un torbellino comparable a la marcha de la sal de Gandhi ochenta años más tarde. Lo que propuso Sarmiento fue crear otra vez el país, pero a partir del libro, apagar con civilización los fuegos de la pasada barbarie. "Para tener paz en la República Argentina -escribió- es necesario educar al pueblo en la verdadera democracia, darles a todos lo mismo, para que todos sean iguales." De ese principio nació la ley de educación común, gratuita, laica y obligatoria, que abriría en la Argentina las puertas a la movilidad social, permitiría la expansión de la clase media y sería la fuente de la grandeza que este país alcanzó antes de 1930. En esa tradición crecimos y nos educamos. Y por esa tradición seguimos creyendo, durante tanto tiempo, que el país sería siempre mejor.

Sarmiento puso su obstinación indomable en lograr la sanción de aquella ley. Tropezó durante décadas contra la oposición férrea de la Sociedad de Beneficencia, que regía la educación pública con fondos del Estado. Lo consiguió una década después de abandonar la presidencia de la República, en 1884. Tenía 73 años y le faltaban cuatro para morir. Una Feria del Libro estaba entonces más allá de los sueños de cualquiera de aquellos titanes. Ninguno de ellos habría estado ausente en una ceremonia que recuerda, año tras año, que está nación fue creada no por la espada sino por el libro: la civilización en el desierto infinito dejado por la barbarie.

América latina entera se miró durante décadas en el espejo de nuestros libros: en los que escribíamos y en los que publicábamos. Recuerdo cuánto le admiraba a Gabriel García Márquez, en el invierno de 1967, que las librerías de Buenos Aires estuvieran abiertas hasta altas horas de la noche y que las amas de casa regresaran de los mercados con libros que se compraban como artículos de primera necesidad, junto con las lechugas y el pan de los almuerzos. Dondequiera que fui después en América latina, me encontré con hombres y mujeres que debían su formación a los libros y revistas de la Argentina. Tanto en Barranquilla como en La Habana o en Guadalajara y en Panamá, los libreros ni siquiera tenían tiempo de deshacer los paquetes que les llegaban desde Buenos Aires, porque los lectores se precipitaban ansiosos sobre aquellos volúmenes que les iluminaban el mundo. Los tiempos son ahora otros, y la miseria ocupa en muchos hogares el lugar que tenía antes el conocimiento. Las batallas de estos tiempos de globalización no se libran ya para conquistar nuevos lectores o para crearlos, sino para que el mercado no los deseduque, para que los lectores no pierdan la costumbre de ver el libro como un modo de verse también a sí mismos. Junto con océanos de informaciones por procesar y de libros por leer, la globalización ha engendrado a la vez abismos de desigualdad que antes eran imposibles de imaginar, porque lo que se globaliza es el mercado, no las personas. Una quinta parte de la población del mundo sigue sin tener acceso a forma alguna de educación, y más de los tres quintos restantes no pueden comprar libros, porque la comida, la vivienda y la ropa están primero en la lista básica de las familias y, con frecuencia, lo que se gana ni siquiera alcanza para eso. Mil quinientos millones de personas carecen hoy de agua potable y más de mil millones viven hacinadas en casas miserables, indignas de la condición humana. Mil millones de personas no saben leer ni escribir. En la Argentina, la educación obligatoria de Sarmiento es ahora una utopía más inalcanzable de lo que era hace siglo y medio. Innumerables chicos siguen sin poder ir a la escuela porque tienen que ayudar a ganar el pan de sus padres, y los que van no lo hacen para aprender sino para comer, porque a muchos de ellos la escuela les ofrece la única comida del día.

Aun con recursos inferiores a los que harían falta, desde el Ministerio de Educación se ha emprendido ahora una campaña esperanzadora, tendiente a que cada niño tenga un libro. Sólo en 2005 se han invertido en esa campaña más de cien millones de pesos. Es apenas el comienzo, pero un comienzo mucho más luminoso que el páramo sin salida de las décadas anteriores, cuando, en vez de estimular la lectura, los libros se quemaban, ya fuera en las piras reales que se encendieron en algunos cuarteles, ya en las piras simbólicas de los años 90, cuando las bibliotecas fueron sustituidas por una larga fiesta analfabeta. Sería injusto no advertir la diferencia.

Lamento que una agenda colmada de compromisos (supongo) no le haya permitido al presidente de la República estar ahora con nosotros, porque si bien han llegado hasta aquí algunos miembros de su gabinete, hay muy pocos actos, cada año, en que la presencia del jefe del Estado es insustituible. El de hoy es uno de esos actos, porque así lo enseñan la tradición y el destino de los argentinos. Esta celebración del libro tiene que ver con la nación que fuimos, pero, sobre todo, con la nación que queremos volver a ser: una nación de iguales, en la que todos tengan el mismo derecho a educarse y a vivir dignamente. "Las escuelas son la democracia", escribió Sarmiento. Fuimos fundados por el libro, no por la espada: lo repito. Fueron los libros los que inspiraron a Moreno, a Belgrano, a Sarmiento. La espada desbrozó el camino, pero el libro creó el camino. Sin el libro, ¿hacia qué clase de nación estaríamos yendo? ¿Sobre qué valores estaríamos construyendo los años por venir?

Cuando el poder no lee, el poder no piensa. Las dictaduras militares se negaron a leer. Como los comandantes no leían, lo único que los afectaba era lo que oían. Y, por lo general, oían lo que querían. Con el poder iletrado, no hay diálogo posible: sólo obediencia y monosílabos. Después, durante los años en los que el país fue sometido a un voraz remate, el acto de pensar se volvió ineficaz e inútil. Para prosperar, ya no era preciso leer: es decir, no hacía falta pensar. Se impuso el hábito de la discusión frívola. En vez de debatir ideas, se debatían actos de viveza. ¡Cuánto nos ha costado salir de ese pantano en el que estábamos estancados, huérfanos del libro! ¡Cuánto puede costarnos todavía encontrar un proyecto de nación que nos una a todos! ¡Y qué difícil va a ser lograrlo si no entendemos, como tempranamente lo entendió Sarmiento, que educar al pueblo en la verdadera democracia es permitir que todos aprendan lo mismo para que, al menos en el caudal de oportunidades, todos sean iguales!

El libro regresa ahora a lo que era en sus orígenes: una voz común que vamos creando día tras día. El conocimiento humano ha ido avanzado desde las narraciones en las cavernas a las discusiones en el ágora, y desde los manuscritos de los monjes y de los cortesanos a los tipos móviles de Gutenberg, y desde allí otra vez al ágora en la que todos participamos, a través de construcciones colectivas en la Red, como Wikipedia, esa inacabable enciclopedia a la que todas las culturas entregan su aportes, a través de weblogs o de novelas y poemas que se componen a cien manos. Ahora, como en el pasado, estamos escribiendo entre todos el infinito libro de la especie humana. Pero el libro tal como lo conocemos, es decir, el objeto rectangular de cartón o tela o cuero, dentro del cual hay hojas de papel cubiertas de signos, perdurará y prevalecerá durante mucho tiempo todavía, porque siempre habrá alguien que prefiera una relación de intimidad con un autor de esa manera, a través de las páginas que van cobrando vida mientras se abren. Sea cual fuere la forma que asuma, "la inextinguible voz humana sigue hablando", tal como lo dijo William Faulkner en su discurso del premio Nobel. "La inextinguible voz humana no sólo perdurará, sino también prevalecerá, porque tiene un alma que se expresa en el libro, un espíritu capaz de compasión, y de sacrificio, y de persistencia."

El libro es como el agua. Se le imponen cerrojos y diques, pero siempre termina abriéndose paso. La adversidad parece fortalecerlo. Aun en los peores tiempos, las ideas que después se transformaron en palabras han soslayado las censuras y las mordazas para cantar cuatro verdades y seguir siendo incorruptibles e insumisas cuando a su alrededor todos callan, se someten y se corrompen. Ni el odio de los bárbaros ni la intolerancia de los injustos han podido destruir el libro, porque su memoria es también la memoria de la especie humana. He dicho ya que esta nación es hija del libro antes que hija de sus batallas. Es hija del mandato que Sarmiento dejó hace siglo y medio, "Las escuelas son la democracia", gracias al cual, aun en medio del infortunio, mantuvimos en alto la memoria de nuestra pasada dignidad y la certeza de que tarde o temprano íbamos a recuperarla. El libro nos ha salvado. Salvemos ahora nosotros al libro de la indiferencia de los que mandan, de la ceguera de los que creen que es posible vivir sin él, de la estupidez de los que imaginaron que acabarían con él quemándolo o prohibiéndolo. Salvemos al libro, porque en el libro ha estado siempre lo mejor de nosotros. © LA NACION

Por Tomás Eloy Martínez
Para LA NACION

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