..."Lo que os puedo dar os doy, que es una ínsula hecha y derecha, redonda y bien proporcionada..."
"Don Quijote de la Mancha". Capítulo XLII: " De los consejos que dió Don Quijote a Sancho Panza antes que fuese a gobernar la ínsula..."

ISSN: 1810-4479
Publicación Semanal. Año 3, Nro.121, Viernes, 28 de abril del 2006
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Los pacientes cubanos del doctor Zigmund Freud
Por Eliades Acosta Matos

Desde el pasado mes de enero, dicen y repiten que “por voluntad propia”, sospechosa reiteración que no sé por qué rezuma un aire de involuntaria confesión freudiana, representantes de un puñado de organizaciones del exilio cubano han negociado la creación de una especie de Entente Cordial para propiciar en la isla “los cambios necesarios por métodos no violentos”, que al parecer, queramos o no, millones de cubanos estamos obligados a acometer por mandato ineludible y divino, o lo que es lo mismo, porque lo dicen ellos y punto.

Asistimos a un nuevo acto del grotesco vodevil de un exilio político que ha intentado la restauración capitalista en Cuba por todos los medios posibles, terminando siempre en lo que anuncia como “gloriosos fracasos”. Estos estrategas que no han ganado batalla alguna, que no cuentan con el apoyo ni mandato de nadie, que se han aliado con el enemigo histórico de su nación, y que, junto con él, jubilosamente tomados del brazo, la han sometido a bloqueos, bombardeos, invasiones, sabotajes, asesinatos de maestros y niños, guerra química y biológica, chantaje nuclear, voladura de barcos y aviones civiles y campañas de mentiras, son los que ahora, en pose de perdonavidas anuncian que a pesar de sus reiterados “ fracasos gloriosos” deben ser obedecidos.

Derrotados ayer de manera vergonzosa, como militares y políticos, repudiados y apaleados por el mismo pueblo al que han intentado más de una vez barrer para siempre del mapa, puestos al descubierto, una y otra vez, en toda la vileza de su comportamiento apátrida, intentan hoy en pose de buhoneros, vendernos la misma mercancía defectuosa, el mismo capitalismo que no han podido imponernos por la fuerza, ni siquiera con el apoyo del imperio al que sirven como tropas bárbaras.

Se ha vuelto algo común que en los documentos programáticos de estos señores, en sus declaraciones e informes a la prensa, en sus doctas disertaciones académicas, sobre todo en las que destinan al pueblo de la isla, no aparezcan, ni por un error involuntario, conceptos y categorías tales como “clases sociales”, “capitalismo”, “imperialismo”, “lucha de clases”, “explotación del hombre por el hombre”, y “plusvalía”, por solo citar algunos de los que a fuerza de ser censurados, con hipócrita mojigatería de puritanos pecadores, quieren hacernos creer que ya no existen, ni existirán, en “la Cuba nueva, mejor que la de hoy y la de ayer” que se aprestan a implantar sobre este suelo, tras convencernos pacíficamente, claro está, que debemos dejarlos hacer.

Es espeluznante este contubernio secreto pero visible, esta concertación entre asaltantes de camino juramentados para delinquir, este consorcio que cumple tan disciplinadamente las consignas de sus patrones en la lucha contra Cuba revolucionaria. No hay inocencia tras estos silencios. No hay ingenuidad posible. Tampoco ignorancia: se les ve venir y lo hacen henchidos de premeditación y alevosía, la misma que ordena al matarife ocultar el cuchillo del cordero que será sacrificado para que la intuición de la muerte no estropee la ternura de la carne.

Dicen que “creen en la integridad de la Nación cubana” y que defienden “el derecho de los cubanos a determinar nuestro futuro en plena independencia y soberanía, sin injerencias o imposiciones de ninguna nación extranjera”, pero ese cuento los cubanos se los hemos oído antes a liberales y conservadores, auténticos y batistianos, machadistas y anexionistas, entreguistas todos.

Hoy se reúnen cuándo y dónde se les ordena. Declaran lo que se les indica. Les han dicho que ha llegado la oportunidad de entrar a Cuba a saco, si se abrazan para la foto y firman el documento que les han preparado. Les pagan, si son obedientes. Fingen que no se dan cuenta de que se roban los fondos que se supone están destinados a combatir la Revolución, mientras acepten desempeñar el papel al que se les destina en el circo.

Entre los firmantes hay fulleros, agentes de la CIA desde la época mítica de Graham Greene, y avispados hombres de empresa, que se frotan las manos con las perspectivas de la deslocalización neoliberal para explotar a la población culta y sana que estos años han creado en el país. ¿En qué integridad nacional cree alguien como José Basulto, uno de los firmantes, alado capitán Araña y prima donna de las provocaciones para desatar una agresión militar contra el país donde nació? ¿De qué independencia de criterio puede presumir un terrorista como Ramón Saúl Sánchez, otro de los firmantes? ¿Y el delfín Jorge Más Santo, heredero de un imperio maffioso erigido como pago a los servicios prestados por su difunto padre a las agencias de inteligencia de los Estados Unidos, desde Dallas hasta el Irán-contra, pasando por Watergate? ¿Y el inefable Ramón Humberto Colás, “fundador y representante” de la quimera de unas “bibliotecas independientes” que no son ni una cosa ni la otra, pero sirven, eso si, para drenar hacia bolsillos insaciables los dos millones de dólares que el gobierno de Bush ha destinado para financiarlas, olvidando que son “independientes”?

Estos pichones postmodernos de la burguesía cubana de antes de 1959, la misma que mantuvo en Cuba a buena parte de la población viviendo en barrios insalubres, a más o menos la tercera parte de ella analfabeta, y a otra buena porción cambiando cédulas electorales por camas en hospitales, y dando quehacer a Guido García Inclán en su sección Arriba, corazones, de Bohemia, vienen ahora con declamaciones de que se sienten “comprometidos con la necesidad de tener como prioridad nacional el acceso universal a la educación y al cuidado de la salud”, como si nos estuvieran regalando algo de lo que ya no disfrutásemos los cubanos de la isla, por derecho arrancado de las manos de sus antiguos explotadores, sus mayores, y que hemos mantenido, contra viento y marea, a pesar de ellos mismos y sus patrones.

Es difícil, muy difícil aceptar la seriedad de quien dice que viene a regalarnos lo que es nuestro, y que además, si le abrimos incautamente la puerta, lo primero que hará será intentar despojarnos de ello.

Es difícil concederle ni un ápice de credibilidad a quienes no se cansan de repetir, sabiendo que somos un pueblo culto y políticamente muy bien informado, “que favorecen reformas económicas que promuevan nuevas oportunidades y espacios para los cubanos” sin decirnos, como si lo ignorásemos, que, por su naturaleza, es el capitalismo (nombre propio de eso que tienen prohibido llamar por su nombre propio) la negación de las oportunidades y los espacios con justicia, para todos, si acaso, para elites privilegiadas que sustentan sus oportunidades de vacacionar en Francia o Suiza, y los espacios de sus condominios en la explotación y la pobreza de muchos.

Es difícil, muy difícil respetar a quienes declaran, con cara compungida y voz trémula de emoción, que “procuramos el compromiso de una transición no violenta y pactada hacia la democracia”, cuando saben de sobra que sus planes jamás se podrán poner en práctica en Cuba si antes el imperio no la ataca con todo su poder, el cual incluye métodos para la transición pacífica tan pacíficos como los que ya han costado más de cien mil muertos al pueblo iraquí.

Es difícil, muy difícil, por no decir imposible, que los cubanos de hoy, que han nacido y crecido libres, puedan tolerar que alguien venga a decirles que están obligados a reconocer que “la propiedad privada (sobre los medios de producción) es uno de los derechos fundamentales”, cuando saben de sobra que en la propiedad privada radica la fuente de las desigualdades sociales y la injusticia, de la esclavitud moderna, porque para que sea un derecho de algunos se priva de ella a casi todos, como ha sido demostrado, desde hace más de 150 años por Carlos Marx.

Cuando un documento programático, como el de estos patriotas tan pacíficos que recuerdan por momentos un club de mormones o una asamblea de cuáqueros tropicales, supuestamente destinado a profundizar en el presente y el futuro de la isla, y no menciona, ni de chiripa, a los Estados Unidos, ni a su política de agresiones y bloqueos contra Cuba, se le debe tildar, no ya de hipócrita, sino de cínico.

Y para terminar el show del día, señoras y señores, nada mejor que proclamar a los cuatro vientos que estos individuos, agavillados para provocar un cambio de sistema económico, político y social en Cuba, que implica la revocación de sus autoridades, y la usurpación de la soberanía popular, expresada en el apoyo de una Constitución por la cual votó más del 95,7% de la población en el Referendo del 15 de febrero de 1976, proclaman sin pudor, sin enrojecer, sin que parezcan sentirse incómodos por ello, que Consenso Cubano, que así se llama esta gavilla milagrera, “no es una entidad jurídica, ni constituye una red o plataforma política”.

Una versión estilizada del Cubo de Rubbik, con la estrella solitaria en una de sus lados, es el logotipo escogido por estos prohombres de la paz, y no digo del ramo de olivo porque por un indeseable enlace freudiano puede la metáfora recordarle los grados del Comandante.

No he visto nada menos parecido a nuestra bandera, a la de Guáimaro y Cuba Libre, a la que cubre permanentemente los restos de Martí en el cementerio de Santa Ifigenia.

No sé por qué extraña jugarreta de la percepción, o por qué trampa freudiana este símbolo escogido por los “progresistas” de Consenso Cubano me recuerda tanto a la bandera del estado de Texas, el mismo que fue anexado en 1836, mediante una guerra de rapiña imperial desatada por los Estados Unidos contra su vecino.

En 1835 una supuesta Convención de Texas propuso la separación (¿o transición pacífica?) de México a los Estados Unidos.

¡Cómo lo recordamos por estos días, estimado Dr. Freud!




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