..."Lo que os puedo dar os doy, que es una ínsula hecha y derecha, redonda y bien proporcionada..."
"Don Quijote de la Mancha". Capítulo XLII: " De los consejos que dió Don
Quijote a Sancho Panza antes que fuese a gobernar la ínsula..."

ISSN: 1810-4479
Publicación Semanal. Año 3, Nro.136, Viernes, 11 de agosto del 2006

 

Havami: la ciudad imposible
Por Eliades Acosta Matos

El fantasma de la anexión de la Isla a los Estados Unidos, que creíamos sepultado para siempre entre las ruinas de la República mediatizada, ha resurgido por estos días en Miami. A diferencia de otros momentos de nuestra historia, sus promotores se exhiben a la luz del día, sin pizca de recato o remordimiento, casi con orgullo, en pose de salvadores de la Patria, de poseedores de la astucia y del valor suficientes para defender como futuro lo que para la mayoría de los cubanos es pasado.

Mucho tiempo ha transcurrido desde que ser anexionista en Cuba era crimen de lesa cultura, incluso, de mal gusto. Hubo momentos en que la burguesía nacional, por pudor, escrúpulos de conciencia, por amor a la molicie de la vida tropical, por desconfianza comercial, por respeto a la memoria de los ancestros, por complejos de inferioridad, por intereses egoístas o por demagogia y politiquería, se adornaba con las pompas de las fechas patria, los discursos relumbrones sobre Yara, los retratos de los próceres, las guayaberas, el tabaco, los boleros, el danzón, la cerveza "Hatuey" y los eslóganes como aquel de que "La cubanidad es amor".

Después de la Revolución, cuando nuestro pueblo adquirió verdadera conciencia de su historia, del sentido de su marcha y de sus enemigos, el anexionismo quedó relegado en el imaginario nacional a tiempos antediluvianos, a las clases de historia, a las corrientes de pensamiento anteriores al 10 de Octubre de 1868, o a cierta debilidad cipaya inscrita en el ADN de nuestra burguesía, una especie de tara genética vergonzosa, que atacaba misteriosamente, cada cierto tiempo, a algunos de sus descendientes, como la hemofilia a los reyes, pero que se tenía el buen tino de ocultar a los ojos del público por ser, para la mayoría de los cubanos, una anomalía grotesca. En su momento, Martí denunció esta enfermedad, con verbo de poeta, y alertó acerca de la peligrosa seducción de ciertas "astutas mancebas del Norte". En todos estos años de verdadera reafirmación nacional, de sentido culto a las raíces, no imaginamos que íbamos a echar de menos aquellas expresiones de patriotismo superficial de la burguesía cubana. Pero a la luz de los últimos sucesos, hasta la figura de Grau San Martín se agiganta, si leemos lo que proclaman algunos en Miami.

Un interesante debate se ha producido en el seno de la comunidad cubana que reside en esa ciudad, a partir de la publicación en la bitácora digital de un periodista del "Nuevo Herald" llamado Alejandro Armengol, el mismo que recientemente hiciese un llamado a "enterrar a Martí", de una foto donde un activista de la contrarrevolución porta una pancarta con un mapa de la Isla y un texto bastante escueto: "Havami: el estado 51 de la Unión Americana". Armengol, como quien lanza un globo sonda, se limitó en esta ocasión a publicar la foto bajo el título de "Lo que nunca falta", a sabiendas de que esto no es noticia para la gente de Miami.

Más de 30 comentarios provocó aquel alarde anexionista, 27 de ellos indignados contra quienes no sean capaces de reconocer, en voz alta y a plena luz del día, que el futuro de Cuba pasa por su supuesta ineludible incorporación a los Estados Unidos, y que la única preocupación radica en cómo negociar con los norteamericanos los términos de la transacción.

El espectro de las justificaciones de quienes no confían en el futuro de una Cuba libre, independiente y soberana va, desde una incultura ingenua, hasta lo canallesco. Algunos argumentos son muy ilustrativos:

"En un mundo que pierde sus fronteras, la idea de ver a Cuba formando parte de México, Estados Unidos y Canadá, me seduce. Prefiero ver a mi pueblo hablando inglés, que sufriendo por más tiempo..." (Alguien que firma como "Elpidio Valdés").

"... El capitalismo es preferible al comunismo, y si los americanos quieren ayudarnos a levantar cabeza, que bien venga, ¿por qué no?... Cuba sola no puede con todo lo que supone un cambio: ni cultural ni económicamente está preparada..." (Una tal "Y en Cuba").

"Cuba debería incorporarse al estado 51 de USA, ya que el futuro del país no se ve muy prometedor con los cubanos inexpertos que tratan de llevar a la isla en una dirección distinta... No tienen la experiencia que se necesita para guiar una economía fructífera y próspera..." (Alguien que prefirió guardar el anonimato).

"Creo que es tiempo de que los cubanos olviden todo el sentimentalismo patriótico... y disfruten de un sistema próspero y abierto como el de USA..." (Otro anónimo).

"Dejen de ser ignorantes y sentimentales y enfrenten la realidad: sin la ayuda de USA Cuba nunca llegará a nada..." (Un anónimo más).

"Si Cuba se convirtiera en el estado 51 de la Unión, deberían (los cubanos) darse con una piedra en el pecho y brincar de alegría, ya que solos nunca llegarán a nada" (Otro).

Para cerrar con broche de oro el aquelarre de esta anexión, anunciada y tan fervientemente anhelada por los restos y retoños posmodernos de la burguesía cubana derrotada, remedio final a todas las inseguridades futuras y mecanismo reputado como infalible para conjurar definitivamente los peligros revolucionarios de estallidos cíclicos en una hipotética Cuba, donde se hubiese logrado la restauración capitalista, desde Madrid nos llegan las palabras de Eduardo Aguirre, ilustre Embajador de origen cubano del gobierno de los Estados Unidos en España:

"Ningún país se debe inmiscuir en los asuntos internos de la isla", ha proclamado el señor Embajador, representante de la misma potencia que acaba de anunciar al mundo su segundo plan para destruir el orden institucional en Cuba y derrocar a sus autoridades, apelando a cualquier método, sin excluir el magnicidio, los actos de terrorismo, el recrudecimiento del bloqueo o una invasión militar directa; el mismo que paga desde hace un par de años a un funcionario de alto rango en el Departamento de Estado para que se presente como el futuro virrey de una isla ocupada por los marines.

Las palabras del Sr. Embajador Aguirre son más rufianescas, si cabe, que las de aquellos que abogan abiertamente en una esquina de Miami por liquidar, a precio de remate, la soberanía nacional como ofrenda ante el altar del yanki: son las del representante de un gobierno que ya considera a Cuba como un estado de la federación americana, y en consecuencia, no admite que nadie intervenga en sus asuntos domésticos, en la definición del futuro que reserva a la nueva colonia con la que sueña desde el siglo XIX, y que da por rendida a sus pies.

A finales de ese mismo siglo regresó fugazmente a la Isla un decrépito José Ignacio Rodríguez, propagandista solapado del anexionismo tardío, fundador de la estirpe autoproclamada de los "cubano-americanos", enemigo encubierto de Martí y de los independentistas, aliado oportunista de las mermadas filas del autonomismo descolocado, tras la retirada española y el inicio de la ocupación norteamericana. Soñando con levantar el ideal anexionista entre los cubanos y aprovechar la protección de las bayonetas norteñas, aquel solemne ignorante en cuestiones de su patria natal hizo lo indecible, hasta niveles indecorosos, por ser escuchado y tenido en cuenta: regresó a los Estados Unidos en completa derrota, lleno de amargura y resentimiento, convencido de que los cubanos no merecían el futuro prometido ni aceptaban enajenar su suelo. No tardó en morir en el más completo olvido.

Comparado con lo que se oye por estos días en Miami, entre las filas de una burguesía que aspira a ser eternamente feliz, entrando a saco a expoliar el país y someter a la más feroz explotación capitalista a sus conciudadanos, para lo cual está dispuesta a aplicar la eutanasia forzosa a la nación y liquidar su historia y su cultura para siempre, José Ignacio Rodríguez debería ser exaltado al panteón de los patriotas inolvidables o de los precursores inofensivos.

Pero hoy, al igual que hace más de un siglo, algunos cometen el mismo error, el de ignorar al pueblo cubano verdadero. No en vano este ha demostrado a través de su accidentada historia, una y otra vez, que quiere seguir siendo cubano y que está dispuesto a cualquier sacrificio por su soberanía e independencia.

Un buen recordatorio para los que se empeñan, a la sombra de quien creen el más fuerte, en querernos mudar a la fuerza para Havami, la ciudad perdida de José Ignacio Rodríguez, la Disneylandia de utilería en la que una burguesía cubana de mentiritas se toparía, siempre inevitablemente, con el pueblo y la Revolución cubana de verdad.

Tan cubana como las palmas.




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