..."Lo que os puedo dar os doy, que es una ínsula hecha y derecha, redonda y bien proporcionada..."
"Don Quijote de la Mancha". Capítulo XLII: " De los consejos que dió Don
Quijote a Sancho Panza antes que fuese a gobernar la ínsula..."

ISSN: 1810-4479
Publicación Semanal. Año 3, Nro.138, Viernes, 25 de agosto del 2006

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Fascinación con la herejía a cuestas
A la orilla del tiempo de Carlos Guzmán

Por Cecilia Crespo

El es uno de esos alquimistas contemporáneos que nos obsequian con el difícil arte de de la transmutación de lienzos en poesía. En cada uno de estos parece dejar un trozo de su piel. Porque precisamente eso es el arte para Carlos Guzmán (La Habana 1970), plasmar sus vivencias, fantasías, esperanzas, ilusiones e instintos desde bien adentro, como verdaderos tatuajes del alma.

Con sus creaciones impregnadas de un hálito indagador y quimérico termina atrapando a todo aquel que asome sus pupilas ante ellas. Todo ese enigmático universo que crea y recrea se hace nuevamente tangible al espectador ávido de encontrar mitos y fábulas mutados en arte.

Guzmán a través de sus piezas refleja lo apócrifo y mágico que es capaz de extraer de la realidad. Revelan su fascinación por la efigie humana y su inquebrantable búsqueda de seres legendarios y artefactos de ensueño.

No se puede vivir como si la belleza no existiera, por lo que la cita es en la Galería Servando hasta el próximo 15 de septiembre con A la orilla del tiempo. Exposición donde ocho lienzos de mediano y gran formato y siete instalaciones actúan e interactúan como un viviente organismo-ciudad, concatenado, simbólico e inseparable.

El artista nos propone toda una suerte de metrópoli-juguetería encantada, donde los sepias y dorados añejos protagonizan y prevalecen en los entornos pertrechos de alegorías.

Por primera vez en su trayectoria artística Carlos Guzmán incorpora el performance a su discurso ideostético. Para ello se valió del peculiar piano que funciona como eje central del conjunto de artilugios mecánicos y de la interpretación de una cálida melodía compuesta especialmente para la ocasión, de manos del músico Julio César Fernández.

La música, electroacústica y barroca, sirve para perpetuar en el medioevo al que se transporta con anterioridad el público al apreciar las telas y las piezas tridimensionales. Todo funciona como un todo, en perfecta armonía, estableciendo una singular retroalimentación.

Los elementos de los lienzos se traducen para ser percibidos por el tacto y los oídos. Sin dudas, un inigualable disfrute para los sentidos desde este místico universo.

Guzmán expresó que la tesis fundamental de estas escenas plasmadas es un íntimo acercamiento a su universo, melancólico y feliz al unísono, a sus tentativas, paradojas y constantes descubrimientos y redescubrimientos.

Sus arcanos personajes, casi exclusivos de lo onírico, ahora nos provocan y nos guiñan sus ojos desde esta real irrealidad que brota de las manos de este artífice de la imaginería.

Una de las temáticas recurrentes en el quehacer del creador es la inevitable simbiosis hombre-máquina, lo que avalan la mayoría de sus muestras.

Guzmán, que etiqueta su obra de “surrealismo mágico”, se reconoce deudor de imprescindibles figuras en el devenir de la plástica nacional e internacional como Acosta León y la británica Leonora Carrington y entre sus grandes anhelos están hacer grandes murales de pintura y gigantescas instalaciones.

Se considera mejor dibujante que pintor aunque no establece ninguna frontera para expresarse entre las disímiles técnicas de las artes plásticas.

El mercado y sus actuales tendencias no le preocupan, “Son otras las fuerzas que me mueven e inspiran cuando tomo en mis manos los pinceles”. Aunque sus creaciones no se ajustan específicamente al arte que se comercializa con mayor facilidad hoy día, ha logrado colocarse entre compradores que prefieren este modo de discursar.

Su obra continúa ganando adeptos y figura en importantes colecciones privadas en distintos puntos del planeta.

Es esta la insoslayable oportunidad de descubrir y de hacernos cómplices de las últimas páginas del diario de este creador, que al igual que en el Diario de un arquitecto, que sirvió de génesis y materia inspiradora a esta muestra, nos recuerda “que construimos castillos de arena a la vera del mar del mismo modo que lo hacemos con nuestras vidas a la orilla del tiempo”.




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