..."Lo que os puedo dar os doy, que es una ínsula hecha y derecha, redonda y bien proporcionada..."
"Don Quijote de la Mancha". Capítulo XLII: " De los consejos que dió Don
Quijote a Sancho Panza antes que fuese a gobernar la ínsula..."

ISSN: 1810-4479
Publicación Semanal. Año 3, Nro.152, Viernes, 1 de diciembre del 2006

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Vidas (y sobrevidas) de Fidel
Por Rafael Hernández

De Foreign Affairs En Español, Octubre-Diciembre 2006

En aquel agosto memorable de 1951, cuando el dirigente de la Ortodoxia, Eduardo Chibás se debatía entre la vida y la muerte, los cubanos de a pie se fijarían por primera vez en uno de los nuevos líderes del Partido, un joven abogado de nombre Fidel Castro. Desde sus comparecencias radiales con motivo de la agonía de Chibás, y durante los 55 años transcurridos hasta hoy, su papel en la historia de Cuba y en el de su época se haría, como dicen gráficamente en inglés, mayor que la vida misma.

Ese papel imprimiría velocidad a la segunda mitad del siglo XX. Apenas nueve años después de fracasar en su intento de apoderarse del Cuartel Moncada en Santiago de Cuba y de recibir una larga condena, ya estaría protagonizando acontecimientos mundiales como la Crisis de los Misiles, cuando por primera vez el valor de una revolución en un pequeño país del Tercer Mundo se pudo medir con la balanza de toda la humanidad.

Un año antes, en los pantanos y arenas de Bahía de Cochinos, había dirigido personalmente las tropas que derrotaron a 1500 exiliados cubanos entrenados, equipados y apoyados militarmente por el gobierno de Estados Unidos. Si alguno de los ocho intentos de asesinato organizados por la CIA en los años sesenta, y revelados en 1975 por el Comité de Inteligencia del Senado, hubiera tenido éxito, ya la historia del siglo XX, -como diría el poeta argentino Juan Gelman- le habría abierto sus puertas. Su vida, empero, no sería tan breve.

Más de 40 años después, y ya en el siglo XXI, Fidel Castro se ha sobrevivido a sí mismo, a lo largo de una existencia que no ha conocido un instante de quietud ni respiro. Ha resistido la hostilidad activa de una decena de presidentes estadounidenses, y sus más variadas estrategias de desestabilización y aislamiento internacional, así como las conspiraciones incesantes de sus archienemigos políticos en el sur de Florida. Ha atravesado periodos tan adversos como el fracaso de la zafra de los 10 millones en 1970 y el colapso económico e ideológico que acompañó al fin del socialismo soviético en los noventa. Ha conducido una política internacional sólo comparable quizás, por su escala e impacto mundial, con la de Israel, la que ha sufrido reveses tales como el fracaso de los guerrilleros cubanos en Venezuela y en Bolivia en los sesenta, tensiones como los 15 años de campañas guerreras trasatlánticas y batallas contra el poderoso ejército sudafricano, la derrota de sus aliados sandinistas en la Nicaragua de los ochenta, la muerte y prisión de colaboradores cubanos durante la invasión de los marines a Granada, la soledad y el desamparo estratégicos que siguieron a la debacle de la Unión Soviética. Durante todo este tiempo, ha mantenido un régimen de trabajo diario alucinante, con apenas tres o cuatro horas de sueño, y ocupándose de todos los problemas nacionales e internacionales que puedan imaginarse. A los 80 años libra lo que algunos vaticinan como su último round, esta vez contra el embate de su edad.

¿Qué significa esta situación para los cubanos? Para decirlo en los términos que me han preguntado los editores de FAE: "¿Qué va a pasar cuando Fidel no pueda gobernar más, día que al parecer ya llegó? ¿Qué implicaciones entraña para las relaciones de Cuba con Estados Unidos?".

FIDEL VS. CASTRO

Hace unos días, unas periodistas estadounidenses me confesaban que les intrigaba el hecho de que la gente en Cuba le llamara Fidel -no Castro-. Recuerdo que ya antes del derrocamiento de la dictadura de Batista, sus partidarios eran los fidelistas y él era simplemente Fidel, de la misma manera que otros líderes de la revolución eran el Che, Raúl, Camilo. Castrismo no circula en Cuba sino como un término importado, de uso común en Washington, Madrid o Miami, no en La Habana Vieja ni en Palma Soriano. Llamarle Castro marca nítidamente, al oído de cualquier cubano, una posición contraria, una exclusión, un rechazo afectivo.

¿Pero, qué tiene que ver el afecto con la percepción sobre un político, un presidente, una figura investida de poderío? Aunque parezca una digresión, esta pregunta va al centro de la relación de los cubanos con Fidel Castro.

Empiezo por decir que se trata de una relación, naturalmente, contradictoria. "Los cubanos", ese conglomerado heterogéneo de ciudadanos discutidores y opinantes, no necesariamente acompañan y aprueban todas las políticas, alocuciones, ideas y decisiones de Fidel. No pocos pueden disentir de una parte de ellas. Algunos en la isla incluso encuentran mal todo lo que él hace o dice -ni qué decir en otros sitios, como las emisoras de radio y televisión de Miami- , de la misma manera que una cantidad no despreciable suele estar automáticamente de acuerdo con él en todo. Tanto los que lo apoyan, aun reservándose el derecho a disentir puntualmente, como los que lo aprueban de plano -y quizás también, aunque de otra manera, los que lo estigmatizan como causa de todo lo malo que ocurre en Cuba-, comparten una disposición de índole personal hacia él.

En efecto, la inmensa mayoría de los cubanos guarda con Fidel un vínculo personalizado, una representación carnal, que no es la que se suele tener de políticos, poderosos y gobernantes. No me refiero aquí tanto a la percepción de la elite y la burocracia cubanas, ni la de aquellos que ejercen el anticastrismo como política en Florida, sino a la de la simple ciudadanía, quien mira a Fidel Castro como esa persona que lo mismo inspira al equipo de Cuba en un partido de béisbol contra Estados Unidos, que da garantías de que no habrá más apagones; trae de regreso a Elián González junto a su padre; que envía como misionero a un médico o un maestro cubano a Pakistán, los cerros de Caracas o los barrios de Johannesburgo; consigue que los estadounidenses firmen un tratado migratorio para garantizar un mínimo de visas anuales, que hace al ciudadano común sentirse directamente aludido con sus palabras.

Ese ciudadano, que podría incluso no compartir algunos juicios de Fidel, tal vez, sin embargo, resultará persuadido si lo escuchara durante tiempo suficiente. Pero aun si siguiera dudando de sus razones, es probable que le concediera el beneficio de la teoría de la conspiración, tan popular en la cultura política cubana: "Cuando él lo dice, es que debe tener una carta guardada, algo que no ha revelado y que reserva para el momento propicio". Fidel es visto como el hombre de los mil recursos, que nada como pez en el agua en medio de las adversidades, acostumbrado a tomar decisiones a lo largo de una serie de crisis, sin perder el aplomo y la visión. La confianza acumulada en su largo ejercicio al frente de Cuba se traduce en certidumbre, la que contribuye a su consenso entre los cubanos. En efecto, esos muchos años lo hacen más hábil en "sabérselas todas", capaz de adelantarse a los acontecimientos, un maestro en el difícil arte de la estrategia. No en balde un viejo amigo mío le llamaba "el mago".

¿Cómo ha podido Fidel sobrevivir a tantas conspiraciones y enemigos? Además de las cualidades apuntadas, y de su talento político sobresaliente, habría otros elementos que están en nuestra cultura. Para los creyentes en la santería, esa fe religiosa tan extendida entre los cubanos, está claro que Olofi, el dios supremo del panteón yoruba, descendió sobre él en forma de paloma y se posó sobre su hombro durante su primer discurso al triunfo de la revolución, el 8 de enero de 1959, protegiéndolo desde entonces. Los colores rojo y negro que también lleva en el hombro, los de la bandera del Movimiento 26 de julio, resultan ser los de Elegguá, la deidad que guía y abre los caminos. No es extraño que una de las organizaciones de santeros haya declarado: "rogamos a Olodumare y su panteón de orishas (deidades) y a los egun, por el pronto restablecimiento de la salud del Comandante de la Revolución, doctor Fidel Castro Ruz". Por su parte, los obispos católicos no se han quedado atrás para expresar: "pedimos a todas nuestras comunidades que ofrezcan oraciones para que Dios acompañe en su enfermedad al presidente Fidel Castro e ilumine a quienes han recibido provisoriamente las responsabilidades de gobierno", y se han preocupado por dejar claro que "jamás la Iglesia en Cuba estaría, no solamente respaldando, sino ni siquiera aceptando mínimamente cualquier intervención extranjera".

Fidel Castro representa la principal exportación cultural de Cuba, por la que los cubanos se sienten reconocidos en los más remotos confines. Con independencia de la posición política de cada cual, es difícil no haber compartido o recibido el reflejo del capital simbólico generado por la Revolución cubana en el mundo. La imagen que el mundo devuelve a los cubanos acerca de Cuba incluye su figura. Aunque a sus enemigos no les guste, ya es uno de los grandes estadistas vivos. En Cuba, muchos creemos que su posible desaparición no es un asunto de interés sólo para los cubanos, sino para una cantidad de gente en todo el planeta. Por más que se fuercen los paralelos, la naturaleza de esta relación resulta extraña a la que tuvieron jamás los españoles con Franco y a la que mantienen los chilenos con Pinochet. Definitivamente, Fidel es otra cosa para los cubanos.

¿QUÉ VA A PASAR CUANDO FIDEL NO GOBIERNE?

Aunque las imágenes de los noticieros de las grandes cadenas de televisión suelen pintar una Cuba poblada básicamente por él, los grupos disidentes y los viejos automóviles estadounidenses que circulan por el malecón de La Habana, lo cierto es que hay otros 11 millones de cubanos que viven en la isla. Ninguno de ellos tuvo que esperar a la declaración de Fidel nombrando a Raúl como su sustituto para saber que sería así, pues está previsto en la Constitución de la República, en la sección correspondiente a las atribuciones del vicepresidente del Consejo de Estado.

En efecto, el aparato estatal, las instituciones y estructuras políticas cubanas, constituyen un ordenamiento que va más allá de Fidel y Raúl Castro. Por ejemplo, el órgano de mando del Partido Comunista es el Buró Político, del cual forman parte todas las figuras que aparecen nombradas en el equipo colegiado en el que Fidel delega transitoriamente sus poderes: José Ramón Balaguer es el ministro de Salud; Esteban Lazo dirige los departamentos del Partido Comunista Cubano (PCC), que se ocupan de ideología, ciencia y educación; Carlos Lage es el secretario del Consejo de Ministros, que atiende el funcionamiento de toda la economía, incluida la energía; Felipe Pérez Roque es el ministro de Relaciones Exteriores, uno de los que se ocupan de los programas de cooperación internacional. Como integrantes de este equipo colegiado, ninguno ha recibido tareas esencialmente nuevas. La diferencia es que ahora todos responden directamente a Raúl Castro, que ha pasado -según corresponde por sus cargos anteriores- a presidir el Consejo de Estado, el gobierno y el Partido.

Esta configuración no corresponde con casi ninguna de las proyecciones que se pueden encontrar en los numerosos documentos emitidos fuera de la isla acerca de la "transición cubana". Esas transiciones imaginadas, frecuentemente calcadas de otros casos (polaco, español, chileno, etc.), implican un boleto de entrada al poder para los grupos de oposición internos y la elite cubano-estadounidense, siguiendo más o menos las prescripciones que se pueden encontrar en los títulos I y II de la Ley Helms-Burton o las sucesivas versiones del Plan para una transición democrática en Cuba, auspiciadas por las administraciones Clinton y Bush. La situación que se preconiza en estas proyecciones no parece vislumbrarse en la Cuba verdadera; por el contrario, se ha reforzado el peso del orden institucional, así como la presencia tanto de figuras históricas como de promociones más jóvenes entre los políticos cubanos.

Apenas unas semanas antes de la enfermedad de Fidel, en ocasión de reconstituirse el secretariado del PCC -segundo nivel de la cúpula partidaria por debajo del Buró-, podía advertirse que su composición privilegiaba a dirigentes más jóvenes, mujeres y figuras procedentes de las jefaturas de diversas provincias del país. Si alguien se toma el trabajo de echar una mirada al liderazgo cubano y apreciar su integración verdadera, podrá advertir que, por debajo de Fidel y Raúl, una camada casi totalmente nueva se ha estado haciendo cargo desde los años noventa de puestos clave en la toma de decisiones dentro del Estado y el aparato político de la isla. Más allá del análisis de estas nomenclaturas, resulta palmario que los cambios económicos, sociales, ideológicos y políticos ocurridos desde 1993 hasta hoy hayan transformado más a Cuba que muchos otros reordenamientos usualmente citados como paradigmas de transiciones: Chile o México, por ejemplo.

De lo anterior se derivan varios corolarios. El primero es que este nuevo gobierno -sea transitorio o permanente- es tan legítimo como el que ha presidido el país desde 1959. El segundo es que el artífice de la anunciada transición post-Fidel Castro, de su diseño y puesta en práctica ha sido él mismo, y que los actores de ésta son los de la isla, no los de Washington o Miami. El tercero es que un relevo gubernamental ordenado y pacífico, siguiendo las reglas del sistema, parece recibir el consenso de la mayoría de los cubanos, incluidos santeros e Iglesia católica.

Por último, cabría distinguir entre gobierno y poder. Si los recursos del liderazgo de Fidel apuntados arriba no están cifrados en un puesto público, es lógico que, mientras él respire, su influjo se haga sentir. Es esperable que en áreas como las relaciones exteriores, particularmente en las existentes con Estados Unidos, el gobierno cubano mantenga su línea. Sin embargo, no habría que considerar como cosmética o de menor cuantía la significación de este cambio. No es así para los cubanos en la isla, como tampoco lo es en su interacción con el norte.

¿Y ESTADOS UNIDOS?

Muchos, acostumbrados a que Cuba no sea más que "The Castro's Cuba", podían imaginar que la ausencia de Fidel lo iba a poner todo de cabeza. Es como si se esperara que el curso de la historia volviera adonde estábamos cuando él hizo su aparición, antes de que tomara por este "desvío" llamado revolución. Una pregunta que me he hecho -y hasta he escrito- es qué pensará el gobierno de Estados Unidos de sus posibilidades con Raúl Castro como presidente de Cuba: ¿Es que preferiría negociar con el hermano de Fidel? ¿Hay alguna razón para considerar como más probable este escenario? A no ser que alguien piense que Raúl estuviera más dispuesto a hacerle concesiones -de lo que no existe absolutamente ninguna evidencia-, este escenario que ya se inicia no nos depararía en sí mismo muchas esperanzas para las relaciones bilaterales.

Poniéndose en los zapatos de los encargados de la seguridad nacional cubana, sería lógico preguntarse qué efecto están teniendo las noticias sobre la enfermedad de Fidel en los planes de contingencia del Pentágono y en las estrategias de la CIA hacia Cuba. ¿Pensarán que todo les va a ser más fácil cuando Fidel no esté? ¿Respetarán al nuevo presidente cubano como al enemigo íntimo que ha sido Fidel? Aunque Condoleezza Rice ha dicho que la idea de una invasión "is far-fetched", también ha apostillado que "what Cuba should not have is the replacement of one dictator by another". El hecho de que invadir la isla sea una locura sólo es un dato de la razón, no una condición estratégica a fortiori. Por lo demás, aun antes de llegar a una invasión, hay numerosos grados de uso de la fuerza y otros recursos de desestabilización, todos ellos altamente peligrosos y amenazantes.

Si es cierto que las dos sociedades tienden a un reencuentro, no hay que olvidar que esto está ocurriendo desde experiencias históricas y culturas políticas muy diferentes. Ninguna discusión sobre lo que pasaría entre ambas partes en ausencia de Fidel Castro tiene mucha profundidad sin entender esos cambios y diferencias. En la línea de esas tendencias, una Cuba post-embargo estaría mucho más cargada de escenarios favorables. Difícilmente la desaparición de Fidel, por sí misma, borre como por arte de magia el legado de desconfianza levantado entre los dos lados, ni tampoco la prepotencia y el hábito de mando con que Estados Unidos ha tratado a Cuba desde hace más de un siglo.

¿Estados Unidos teme realmente que surjan "otras Cubas", o más bien "otras Venezuelas", "otras Bolivias"? ¿Piensan los restantes gobiernos del hemisferio que un gobierno presidido por Raúl Castro procurará replicar la Revolución cubana en otro país? ¿Querrían asesorarlo para que instaure un sistema estable donde cohabiten especies políticas tan irreconciliables como la derecha cubano-estadounidense y los comunistas fidelistas? ¿Es realmente el socialismo cubano la oveja negra en un rebaño de lozanas democracias regionales? Comentar estas cuestiones nos llevaría a repensar Cuba no como anomalía, sino como parte inseparable de la cambiante realidad de nuestros países.

La Habana, 10 de agosto de 2006

*Rafael Hernández es politólogo y escritor cubano. Es licenciado en Lengua y Literatura Francesa (Universidad de La Habana) y maestro en Ciencia Política (El Colegio de México), así como investigador titular en el Centro de Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana "Juan Marinello". Ha sido profesor e investigador en la Universidad de La Habana y el Centro de Estudios sobre América, en Cuba. Profesor visitante en las universidades estadounidenses de Harvard, Columbia, Johns Hopkins y en el Woodrow Wilson Center. Actualmente es director de la revista cubana Temas.

http://www.foreignaffairs-esp.org/20061001faenespessay060416-p20/rafael-
hernandez/vidas-y-sobrevidas-de-fidel.html




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