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 Fuerza policial, bibliotecas
e información
Por Felipe Meneses Tello*
La nota de prensa de Jean-Guy Allard publicada en el periódico
cubano Granma, bajo el título «Golpeado
con descargas eléctricas en biblioteca de California»,
sin duda que merece más de un comentario, pues no sólo
refleja el nivel enfermo de la fuerza policial de los Estados Unidos
(EU), sino que, además, evidencia parte de la causa de los
recortes de presupuesto que limitan año tras año las
actividades públicas, entre ellas el desarrollo y mejoramiento
de las bibliotecas del sector público de ese país.
No es verdad que el fenómeno sobre la saña policial
se haya incrementado después de los atentados del 11 de septiembre
del 2001. La fuerza-saña policial se ha multiplicado considerablemente,
según los expertos sobre el tema, por diez o más veces
en los últimos 20 años.
Esto es grave no sólo por los efectos negativos que observamos
sobre la población de casa e inmigrante (entre ellos miles
de mexicanos y de otros pueblos hermanos latinoamericanos y caribeños),
sino también por el control ciudadano que ha venido practicando
el aparato represivo de los EU. Así, ahora al control policial
callejero hay que sumar el control policial dentro de las instituciones,
incluyendo entre ellas a las bibliotecas. De tal suerte que las
leyes de los EU se han ido endureciendo, ya sea por temor o mera
mentira política de quienes detentan el poder. La Patriot
Act es el mejor ejemplo en este sentido (ver: Foerstel, Herbert
N. Refuge of a scoundrel: the Patriot Act in libraries. Westport,
Connecticut, Libraries Unlimited, 2004, 218 p.), ley que alienta
y fomenta la obscena y todopoderosa fuerza policial en el vecino
país del norte. Pero quienes piensan que el acoso político-policial
a las bibliotecas y sus bibliotecarios estadounidenses comenzó
después del ese 11 de septiembre, se equivocan (ver: Foerstel,
Herbert N. Surveillance in the Stacks: The FBI's Library Awareness
Program. Greenwood Press, 1991, 171 p.). Así, el sentido
abstracto de seguridad ha desplazado y desprotegido las libertades
civiles de todas las personas de esa nación.
Ley que ha socializado el miedo y ha conseguido paralizar a parte
de la sociedad de los EU, entre ellos a varios colegas bibliotecarios;
también ha logrado dividir a la comunidad bibliotecaria de
esa nación, como lo han venido dando a conocer algunos autores
en las revistas American Libraries, Library Journal y otras. Ley
que a las bibliotecas y sus bibliotecarios los coloca en constante
situación de riesgo. Ley que, asimismo, se convierte en un
valor al alza, de tal modo que el miedo cotiza la bolsa, el miedo
se constituye en beneficio y sumisión, pero igual en rebeldía,
resistencia y desobediencia civil. En este plano dialéctico
del actuar humano, los verdugos, propinando golpes certeros de taser
(arma ligera que dispara dardos sujetos a un cable por el que se
transmite a la víctima corriente eléctrica de alto
voltaje), intentan presentarse como guardianes del orden, como salvadores
del sistema. El miedo de algunos, de los que miran indiferentes,
de los que se cruzan de brazos, es su victoria; el valor civil de
otros, de quienes denuncian y no actúan como personas-cosas,
es la derrota pública de aquéllos.
He dicho que la fuerza policial de los EU es una parte de la causa
de los recortes de presupuesto que limitan año tras año
las actividades de utilidad pública. Y así es porque
con el gasto público destinado para el aparato policial (constituido,
según afirma el análisis anarquista, por los perros
guardianes del capitalismo de ese país) se compra todo un
arsenal de armas, mismas que son cada vez más sofisticadas,
consecuentemente, más caras. Para que la demencia no se detenga,
las inversiones debe seguir teniendo como objetivo entrenar y pagar
más personal represivo y adquirir, con recursos públicos
por supuesto, más equipo para un efectivo control ciudadano
en todas partes. En este sentido, el hecho represivo dado a conocer
por Jean-Guy Allard, destapa una realidad de una práctica
no sólo policial, sino también política, económica
e ideológica que tiene como “moral” coger de
la hacienda pública de los EU enormes cantidades de dinero
para el fortalecimiento de las estructuras policiales que asumen
la tarea del control social.
No nos sorprenda entonces saber que los departamentos de policía
en los EU consuman el porcentaje más grande del presupuesto
de las ciudades, en detrimento de los servicios públicos
educativos y culturales, entre ellos el servicio público
de biblioteca. El eje ideológico que ahora justifica los
desorbitados gastos para sostener la fuerza bruta del gobierno de
los EU se basa en la existencia de un enemigo escurridizo denominado
terrorismo, el cual tiene como reacción tajante y abierta
la práctica de un terrorismo de Estado, o sea una violencia
del Estado mediante una política criminal fundada en la práctica
policial abyecta. Las vejaciones, las palizas, los insultos, las
torturas y las intimidaciones a la luz del día de la fuerza
policial son características de esta práctica. Pareciera
que la revalidación de los contratos de los uniformados va
en función de la agresividad contra el ciudadano sospechoso.
En este orden social descompuesto, en donde se hace impresionante
gala de la violencia institucionalizada, los derechos humanos apuntan
a ser papel mojado, aún dentro de los recintos que caracterizan
a la humanidad civilizada, esto es, los centros bibliotecarios.
Acorde con lo anterior, los EU ostenta tanto el monopolio del control
de la información como el monopolio de la aplicación
de la violencia, dentro y fuera de sus fronteras. Monopolios que
por más que se fundamenten sobre el polémico principio
de bienestar-seguridad de la ciudadanía, la verdadera coartada
es la seguridad de la estructura política componente de la
derecha (tergiversada ideológicamente como seguridad del
Estado), esto es, la seguridad del entramado para la continuidad
de la política conflictiva del orden político, económico
e ideológico establecido por los EU. Política más
propia de un Estado de guerra que de un Estado de democracia que
viola a menudo los derechos fundamentales de mujeres y hombres,
de propios y extraños, particularmente los de las clases
subalternas, grupos sociales desfavorecidos y pueblos explotados
y oprimidos.
La mancillada imagen del gobierno de los EU, en el caso de la información,
se evidencia por contar con unos medios dominantes de comunicación
cada vez menos objetivos; en el caso de la seguridad ciudadana,
se refleja por el horror, las violaciones, los asesinatos y la miseria
de cómo se comporta la fuerza policial en su intento retorcido
de velar y defender los valores rectores de la democracia (libertad,
igualdad y justicia). Lejos está ese tipo de policías
de ser los responsables de mantener la seguridad de los ciudadanos,
pues toda fuerza pública uniformada que ataca a ciudadanos
indefensos debe ser vista en realidad como un cuerpo de represión
dispuesto a defender los intereses y privilegios de quienes detentan
legalmente (pero no ética ni legítimamente) el poder
político y, así, ayudar a mantener el ecosistema capitalista
que también los maltrata y explota. En la realidad esos uniformados
se convierten, como cotidianamente se percibe, en los fieles protectores
de la propiedad privada y del capital, concentrado éste en
unas cuantas manos.
Si los profesionales de la biblioteca conseguimos que con este
tipo de reflexiones que salga a luz todo la impotencia e indignación
que se siente por todas estas arbitrariedades, quizá algún
día logremos avanzar en la defensa real y objetiva de nuestros
intereses ciudadanos. Mientras tanto, nuestra responsabilidad social
y política nos llama a continuar creando un análisis
crítico a esta situación, para que así al menos
se escuchen otras voces, otras formas de interpretar las injusticias
que comete la fuerza policial al servicio del imperio que atenaza
y amenaza las libertades civiles no sólo de los ciudadanos
estadounidenses, sino los de todo el mundo.
*Felipe Meneses Tello
Círculo de Estudios sobre Bibliotecología Política
y Social
México, D. F.
Enviado por su autor
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