..."Lo que os puedo dar os doy, que es una ínsula hecha y derecha, redonda y bien proporcionada..."
"Don Quijote de la Mancha". Capítulo XLII: " De los consejos que dió Don
Quijote a Sancho Panza antes que fuese a gobernar la ínsula..."

ISSN: 1810-4479
Publicación Semanal. Año 3, Nro.152, Viernes, 1 de diciembre del 2006

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La maestra y el muchacho “loco”
Por Orlando Fombellida Claro
Fotos Luis Carlos Palacios y archivos de los entrevistados

Testimonios de una mujer que en 1959 subió a las montañas de Cuba para alfabetizar campesinos, y de uno de ellos que hizo realidad la “locura” de aspirar a convertirse en médico:

La atractiva muchacha de ciudad llegó rebosante de entusiasmo al intrincado paraje montañés, reunió a los humildes lugareños y dijo que enseñaría a todos a leer y escribir.
Sus palabras, como notas musicales, describían el final de la oscura y larga noche de ignorancia de quienes hasta ese momento se les negó la luz del saber; el principio de iluminados senderos que todos podrían desandar en lo adelante.

Un adolescente se “bebía” las palabras de la joven, su imaginación echó a volar por el lomerío y llegó lejos, tan lejos, que al darse cuenta el muchacho se asustó y volvió de golpe a la realidad.

Casi medio siglo después, los protagonistas de esta historia hablan sonrientes de aquel suceso y los derroteros de sus respectivas vidas.

Ella
Se nombra Ananías Millán García, nació y vive en Bayamo, villa por la cual siente especial admiración y cariño. Con sencillez y naturalidad dice:

De adolescente no quise ser maestra. Estudié en la Escuela del Hogar porque me gustaban las especialidades impartidas allí, especialmente la repostería.

Al triunfar la Revolución (el 1 de enero de 1959), crea el Departamento de Asistencia Técnica Material y Cultural al Campesinado, encargado de promover la alfabetización de la población rural; me enrolé y en el segundo contingente me enviaron al cuartón Limoncito, en El Hombrito, lugar de la Sierra Maestra actualmente perteneciente al municipio de Buey Arriba.

Llegué, lo recuerdo perfectamente porque es un suceso trascendente en mi vida, el 20 de octubre de 1959. Convoqué a los vecinos y dije que en lo adelante todos los cubanos tendrían maestros, escuelas, y podrían estudiar cuanto quisieran, incluidos los montañeses.

Tenía 21 años, estaba soltera, me quería coger la Revolución para mí sola y sentía una felicidad inmensa.

Él
Es José Ángel Sánchez Duany, residente también en Bayamo, capital de la provincia de Granma, oriente de la isla antillana, en cuya vivienda LDD dialoga con ambos. Con voz de profesor, narra:

Soy el quinto de una familia de 11 hijos, contaba 15 años, vivía en una zona que entonces pertenecía a Jiguaní, en la frontera entre el llano y la montaña. Como el pedacito de tierra de mi papá a duras penas daba para mantener un gallo, me fui con mi hermano mayor a recoger café y trabajar en lo que apareciera en El Hombrito.

Al llegar Ananías a ese lugar aseguró que estudiar era ya un derecho de cada cubano, joven o viejo, del pueblo o la ciudad. Me pareció que para nosotros los pobres salía un sol nuevo y me propuse aprender a leer y escribir.

Ella
Daba las clases en una escuelita hecha por los habitantes de la zona. Por el día a niños de diferentes edades, con ropas muy humildes, algunos descalzos, que caminaban largas distancias para asistir. Por las noches iban los adultos, que estaban hambrientos de saber. Entre ellos estaba Duany.

Estuve en El Hombrito hasta abril del año siguiente, cuando me trasladaron para La Habanera, un poco más abajo. Posteriormente vine para Santa Isabel, en las afueras de Bayamo, donde me incorporé a la Campaña de Alfabetización, en 1961, y después continué trabajando allí durante seis años.

Posteriormente di clases en otra escuela rural y en secundaria básica, hasta 1969 en que por serios problemas familiares dejé de trabajar, con gran dolor, porque había descubierto hacia tiempo que me gustaba ser maestra. Sucedió en la montaña. Fue maravilloso ver como los niños, y los adultos también, aprendían a leer y escribir, su satisfacción al poder hacerlo, sus miradas agradecidas, su respetuosa humildad…

Él
El aula de Ananías en El Hombrito se llenaba, para aprender y observar a la maestra. Todos los varones queríamos que nos mirara, por eso sentimos mucha tristeza cuando la trasladaron.

En 1960 retorno a mi barrio, comienzo a ir a las clases que daban maestros populares en una casita de tabaco; en el ´61 las recibo de alfabetizadores; en el ´62, voy a la escuela del barrio Gallardo y pido al maestro Francisco Rabal Medina permiso para asistir, a quien luego solicito un hago constar de que estaba en cuarto grado.

-¿Para dónde tú vas? –me preguntó.
-Voy a estudiar –le contesté.
-¿En cuál escuela?
-En una secundaria, en La Cachanga (Bayamo).
-Pero si no sabes casi nada.
En una hoja de libreta, a lápiz, hizo el hago constar de que estaba cursando, como oyente, el cuarto grado.
-¿Qué vas a estudiar? –preguntó al entregármelo.
-Quiero ser médico.

Por poco se cae de la risa y cuando pudo hablar fue para expresar: -Muchacho, tú estás loco. La Revolución es buena, pero no para tanto. Cómo tú piensas llegar a estudiar medicina.

-Dice Fidel que ahora en Cuba se puede llegar a ser lo que uno quiera.

Fui para la Cachanga. Mientras ayudábamos a construir las instalaciones dormíamos en un corral para vacas y nos alumbrábamos con mechones.

En el ´64 los alumnos de aquella escuela fueron para un instituto en Matanzas a estudiar agricultura, menos yo, por tener un interés diferente.

Me mandaron para un colegio en Camagüey, que a los seis meses pasa a ser agrícola, y su director me consigue ubicación en la secundaria Gertrudis Gómez de Avellaneda, en la cual me albergaron en un cuartito donde las auxiliares guardaban los implementos de limpieza, casi no cabía una persona y el calor era insoportable.

Aunque la asignatura Español me llevó contra la pared con las faltas de ortografía, que todavía tengo, ahí terminé el tercer año y marché para el instituto preuniversitario de Yaguajay, en La Habana.

Estudiaba sin parar, me decían que iba a enloquecer y llegó el momento en que no soportaba la idea de no ser médico, tenía que lograrlo o me moría.

En el ´68, con 24 años de edad, matriculé Medicina en La Habana. Me gradué en 1975 en Holguín. En el acto de graduación Miguel Cano Blanco, primer secretario del Partido en esa provincia, destacó que entre los egresados había un joven que había sido alfabetizado después del triunfo del primero de enero de 1959. Ahí di las gracias mentalmente a Ananías y a la Revolución.

A algunos maestros y otros compañeros que me tildaron de loco por aspirar a ser médico, les salvé la vida, los operé de peritonitis, apendicitis …

REENCUENTRO
Hace unos 15 años al doctor Sánchez Duany, cirujano del hospital Carlos Manuel de Céspedes, en la capital granmense, le llamó la atención los apellidos de uno de sus pacientes y le comentó eran los mismos de su primera maestra. Resultó ser hermano y se produjo el reencuentro y la consolidación de una amistad entre ambos y sus respectivas familias.

Este reconocido galeno prestó servicios durante cuatro años en las Fuerzas Armadas Revolucionarias, es plantilla de la referida institución de salud bayamesa desde 1979, en la cual se ha desempeñado como cirujano y jefe del servicio de cirugía, especialidad de la cual es profesor.

En su currículo aparece el cumplimiento de misiones internacionalistas en Angola, donde “abrí el primer torax”; El Congo, país en el que operó muchas veces con linterna y fungía, en circunstancias apremiantes, como ginecólogo, pediatra, ortopédico, él solo en una extensa región.

También en Gambia, país del que retornó recientemente y en el cual introdujo la anestesia acupuntural; y en Honduras, donde su diestra mano y filoso bisturí libraron de padecimientos graves a unas 340 personas, entre ellas un adolescente que llevaba 11 años vomitando por estenosis (estrechamiento) del duodeno, y una mujer que no tenía los 30 mil dólares que le costaba la operación en un hospital privado.

LA GLORIA DE UN MAESTRO
El prebístero y gran pedagogo Felix Varela y Morales, quien enseñó a los cubanos a pensar primero, aseguró que “la gloria de un maestro es hablar por boca de sus discípulos”.

En solemne ceremonia en el bayamés parque-museo Ñico López, Ananías Millán García Recibió la medalla 40 Aniversario de las FAR. Se la impuso Sánchez Duany, quien pronunció hermosas palabras de elogio y agradecimiento a la mujer que en medio de empinadas montañas le hizo entrever su futuro y abrió la primera puerta para alcanzarlo.

“Mientras hablaba tan bonito, yo pensaba que quien se merecía los elogios era él, por su tenacidad”, asegura Ananías, a quien le corresponde el noble mérito de ser precursora de la alfabetización en Cuba.

http://www.lademajagua.co.cu/infgran5352.htm




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