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 Esa noche
Por Sandra Russo *
Recién en la página de Andersismo, leí
frases de elogio para esta periodista y también auto definiciones
semejantes a las que ella expresa…
Sólo puedo decirles que leer este texto me
dejó un nudo en la garganta… Como dice la canción
de Silvio: perdonen a esta vieja, perdonen…
Adital - Estuve en Cuba varias veces, y si tuviera que elegir un
país para vivir, sería otro. Digo esto para dejar
constancia de mi identidad pequeñoburguesa, y para admitir
de entrada que, siendo periodista y dedicándome a la escritura,
no podría, en Cuba, decir todo lo que se me ocurriera, ni
apelar al cinismo que tanto nos reconforta paliativamente a los
desencantados, ni sonar corrosiva. Es decir que lo digo con plena
conciencia de que llevo adherida a la mente la noción de
libertad capitalista y que no tengo pensado renunciar a ella porque
sé que no puedo, porque eso, creo, está más
allá de mi voluntad. Pero me inquieta que la mala salud de
Fidel Castro y la delegación del mando en su hermano Raúl
haya estallado como un simple debate entre qué es democracia
y qué no. Como si no hubiera otra vara, otra ventana para
mirar algunos acontecimientos y, sobre todo, algunos procesos históricos.
Como si lleváramos incrustado en el cerebro un democratómetro
según el cual todo aquello que no responde a la fórmula
de la democracia representativa quede automáticamente impugnado.
Que la democracia está llena de fallas, pero es el mejor
sistema conocido, lo sé, lo sostengo. Pero eso no equivale
a perder de vista que el pato más feo puede ser un cisne.
La
primera vez que fui a la isla lo hice acompañada por un grupo
de periodistas varones y bastante más influyentes que yo,
que andaba por los veintipocos, y recibí alborozada aquella
invitación del Instituto Cubano de Turismo. Fueron dos semanas
de convivencia, entre otros, con tipos entrañables como Ariel
Delgado y Enrique Sdrech, recorriendo lugares que iban mucho más
allá de Varadero o los destinos conocidos. En el grupo había
un periodista del diario de Bahía Blanca, La Nueva Provincia,
que, según confesó ya en el avión, iba a constatar
que Cuba era una farsa de equidad y justicia. Mientras estábamos
allí, se celebró el 25º aniversario de la creación
de los Comités de Defensa de la Revolución (CDR),
organizados manzana por manzana en todo el país. Los mismos
que están activándose ahora en ese mismo sentido,
después de décadas de funcionar como organizaciones
de base para que cada embarazada llegue a tiempo al hospital o para
que cada niño sea vacunado. A último momento pedimos
asistir a uno de los miles y miles de festejos. Nos fue destinada
una manzana en los suburbios de La Habana.
Nos perdimos en el camino. Llegamos más de una hora tarde.
Los vecinos nos estaban esperando. Había carteles que rezaban:
"Bienvenidos hermanos argentinos", y muchísimos
regalos para nosotros, que los niños habían alcanzado
a hacer en las pocas horas libres que tuvieron.
Nos sentamos a una de las mesas en la calle y comenzamos a disfrutar
de las risas de los hombres y mujeres que se nos acercaban y que
nos hablaban de Mirtha Legrand y del Che. Además de los regalos,
los niños habían tenido tiempo de aprenderse de memoria
algunas estrofas del Martín Fierro. Y las recitaban con ese
tono que nunca le escuché a ningún niño argentino.
Los argentinos no tenemos training para la mística. Nos dan
pudor algunas emociones. Esos pioneros cascaban sus gargantas con
esos versos y recitaban a voz en cuello las mismas palabras que
a nosotros nos habían fastidiado en el colegio. Esa fue una
ráfaga de comprensión que me asaltó justo en
ese momento. Esos niños, que también recitaron a José
Martí, a quien amaban, nos homenajeaban con algo que suponían
que nosotros amábamos. Pero nosotros no amábamos el
Martín Fierro. ¿Qué amábamos nosotros?
No puedo poner esto en palabras con mucha exactitud. Pero esa noche,
en esa tierra sembrada de bombitas de luz de pocos voltios, entre
esas casas pobres de paredes descascaradas y de pintura vieja, entre
esa gente dadivosa que nos tocaba los hombros y nos ofrecía
su comida, yo viví algo que no había vivido antes
ni volví a vivir después. Cuba entera es un país
cuya población desconoce situaciones límite que para
la mayoría de nuestras poblaciones son frecuentes. No pueden
salir del país, como la doctora Hilda Molina, pero están
liberados del dolor de un hijo que se muere por falta de comida
o de atención médica, del dolor de un desalojo inminente,
del dolor del analfabetismo, del dolor del desempleo. ¿No
son ésas acaso otras formas de la libertad?
Cuando llegó el momento de hablarles, de tomar el micrófono
y agradecerles semejante demostración de cariño hacia
un grupo de perfectos desconocidos, nosotros elegimos al periodista
de La Nueva Provincia para que fuera el vocero del grupo. Estábamos
seguros de que esa ráfaga también a él lo había
traspasado. Y el hombre, a paso lento, subió a la tarima,
tomó el micrófono y comenzó a hablar, pero
no pudo seguir. Un llanto lento se le trabó en el cuello,
porque la ideología es una cosa, pero otra cosa es la verdad.
Pequeña Serenata Diurna Silvio Rodríguez
Vivo en un país libre
cual solamente puede ser libre
en esta tierra, en este instante
y soy feliz porque soy gigante.
Amo a una mujer clara
que amo y me ama
sin pedir nada
-o casi nada,
que no es lo mismo
pero es igual-.
Y si esto fuera poco,
tengo mis cantos
que poco a poco
muelo y rehago
habitando el tiempo,
como le cuadra
a un hombre despierto.
Soy feliz,
soy un hombre feliz,
y quiero que me perdonen
por este día
los muertos de mi felicidad.
*Periodista argentina
Recibido por correo electrónico
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