..."Lo que os puedo dar os doy, que es una ínsula hecha y derecha, redonda y bien proporcionada..."
"Don Quijote de la Mancha". Capítulo XLII: " De los consejos que dió Don
Quijote a Sancho Panza antes que fuese a gobernar la ínsula..."

ISSN: 1810-4479
Publicación Semanal. Año 3, Nro.153, Viernes, 8 de diciembre del 2006

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Fidel Castro: El Escuchador
por Luis Toledo Sande

No habrían pasado muchos años desde los sucesos del 26 de Julio de 1953 —fecha en la que estaba yo por cumplir tres— cuando llegó a mis oídos la primera mención del guía, entonces en crecimiento —y probablemente en el exilio—, de la Revolución Cubana. Una mañana, en el camino de la casa de mis abuelos maternos a la nuestra, mi madre y una hermana suya hablaban acerca del aprieto en que no recuerdo si un miembro o un vecino de nuestra familia se había visto, la noche anterior, por haberle dado un viva a alguien cuyo nombre hasta entonces yo desconocía.

En ese momento interrumpí en voz alta, con infantil desprevención, la charla que mi tía y mi madre mantenían quedamente, avivando involuntariamente mi curiosidad: “¿Quién es Fidel Castro?”, pregunté, y ambas dieron señales de susto. Íbamos por la calle que en mi natal Velasco pasaba por frente al cuartel del ejército, y estábamos ya cerca de él. “Cállate, niño”, fue más o menos lo que me dijeron, y en voz aún más baja que la que habían empleado hasta entonces —pero con palabras cuyo sentido mi memoria guarda por el temor con que fueron pronunciadas— añadieron que Fidel Castro era un hombre que se había rebelado contra la tiranía.

A partir de entonces serían incontables las ocasiones en que oí hablar de Fidel, a menudo —ya en los años de la guerra— por las trasmisiones de Radio Rebelde hechas desde la Sierra Maestra y que en mi casa, como en tantas otras del país, seguíamos a escondidas, por el peligro que ello significaba. Lo que en aquellos momentos no imaginaba era que alguna vez conversaría, aunque fuera brevemente, con aquel luchador cuyo nombre era peligroso pronunciar.

Una noche de diciembre de 1982 tuve la primera oportunidad de hacerlo. Fui invitado a un encuentro que tendría lugar en el Palacio de la Revolución, y al cual asistiría, junto a figuras de gran relieve en la cultura del país, un nutrido grupo de entonces jóvenes profesionales de las letras y las artes. Y allí estaba Fidel, acompañado de cerca por Gabriel García Márquez, con quien —para trasmitirnos a los presentes sus impresiones— hablaba entusiasmado acerca de la visita que poco antes Graham Greene había hecho a La Habana.

Con su conocida tendencia a interesarse concentradamente en determinados temas, Fidel rememoraba una y otra vez la anécdota de juventud que le había contado el escritor inglés. No poca impresión había causado en el dirigente revolucionario haberle oído relatar que, en su juventud, tanto se había enamorado de una muchacha que, al sentirse rechazado por ella, creyó que ya la vida carecía de sentido para él y jugó seis veces seguidas a la ruleta rusa. Se diría, pues, que matemáticamente agotó las posibilidades de seguir vivo.

La anécdota había conmovido al fogueado luchador al punto de que la retomaba desde distintos ángulos y con diversos comentarios de admiración. A mí, entonces movido por la indiscreción juvenil, que no parece reeditarse sino en la ancianidad, y animado por una vocación que no me abandona —la del juego de palabras que mueva ideas—, por un momento me guió el subconsciente, y le dije: “Comandante, ¿usted no ha reparado en que Graham Greene estaba tan enamorado que jugó seis veces a matarse con una bala, pero no tanto como para intentarlo una sola vez con seis?”

Se hizo un silencio quizás breve, pero macizo. A mí mismo me asaltó una duda que seguramente otros compartieron: “¿Habré sido inoportuno?”, pensé. Aunque me tranquilizara mi preferencia por ser inoportuno antes que demasiado dependiente de la oportunidad, no me sustraía a la preocupación de que aquella manera de interrumpir a un héroe vivo y legendario que a todos nos tenía allí —y no sólo allí— literalmente hechizados, pudiera recibirse al menos como una impertinencia de mal tono.

Todo tomó un rumbo más claro cuando él, como desde una rápida pero meditada reconsideración del asunto, me miró y me dijo algo que no alcanzo a recordar palabra a palabra, pero podría reproducir más o menos así: “Chico, yo no había pensado en eso.” Hasta me pareció que incluía el sabor de alguna interjección familiar, aunque ciertamente no creo que allí se dijera. Sí sentí que los rostros de los presentes cambiaban, y para mi interior el ambiente se distendió de modo grato, y agradecible. En cualquier caso, no oí al Comandante hablar más del escritor británico en lo que restó de noche.

Lo que en ese instante no supuse fue que el diálogo con Fidel no terminaría allí. Pasado un rato, me aparté del grupo y fui en busca de un coctel de ostiones. Mientras esperaba que me lo sirvieran, sentí que sobre uno de mis hombros se posaba una mano de gran peso. Levanté la cabeza y vi que era Fidel. A lo que atiné fue a hablarle de mi gusto por aquel molusco, y a comentarle que se estaba remozando la ostionera de Infanta y San Lázaro, célebre porque se cuenta que él la frecuentaba en sus años universitarios. Y él entró en el diálogo de una manera tan natural que me trasmitió una sensación de paz y de confianza difícil de explicar.

Al mes siguiente, enero, y en el Centro de Estudios Martianos —donde yo trabajaba— se llevaría a cabo un Simposio Internacional sobre José Martí para rendirle homenaje en el aniversario ciento treinta de su nacimiento, y se lo comenté a Fidel, además de pedirle que visitara el encuentro. Y en todo ponía él la atención que lo caracteriza. También surgió el tema, todavía reciente en aquella fecha, del traslado del Centro para la casa que hoy sigue ocupando, la misma en que el hijo de Martí vivió sus últimos años.

Eso puso en tensión la conocida voracidad cognoscitiva de Fidel, quien de inmediato empezó a hacerme preguntas —en especial, acerca del hijo de Martí— y, además, llamó al ex presidente colombiano Adolfo López Michelsen, presente en el encuentro, para que escuchara aquello que él, con una modestia que hizo aún más grato el ambiente para la charla, calificó de tan interesante. No sé cuánto habrá durado la conversación, porque mi inesperado interlocutor lograba que el tiempo tuviera otro tipo de magnitud, y no precisamente porque propiciara distensión, sino una fértil intensidad.

Luego algunos de mis colegas allí presentes me comentaban sobre la ecuanimidad con que me había sido posible mantener el diálogo. Realmente Fidel apenas intercalaba breves preguntas, matizadas con su sabiduría, y con algo como de “escolar sencillo”. Pero todo lo hacía con un poder de hurgamiento que me hizo pensar en los aprietos que, si no la tienen, pasan las personas encargadas de dominar determinada información que él pida, como suele hacer.

Sí, me acompañó la suerte de que me preguntara sobre cosas que yo no ignoraba, pero tuve, sobre todo, la sensación y tengo aún hoy la seguridad de que la paz en aquel diálogo no estaba tanto en mí, sino que partía de la confianza que mi interlocutor me daba. Aunque acaso él buscó la conversación en busca de saber quién era el inoportuno —el atrevido, podría pensarse incluso— que le había “estropeado” su recuerdo de Graham Greene.

Al margen de cualquier satisfacción personal, aquella vivencia me ratificó la convicción de que la enorme importancia de cuanto haya dicho y diga Fidel, la perdurabilidad de su prédica de misionero inagotable, se deberá, sobre todo, a su capacidad para escuchar: desde la palabra de un joven —en otros casos ha sido la de niños— que le diga algo de interés para su insaciable afán de aprendizaje, hasta los mensajes profundos, y difíciles de descifrar, del subsuelo histórico y de las lejanías del porvenir.

De ahí viene la inagotable vitalidad de sus actos y de sus ideas, que se proyecta hacia el futuro y no podrán deshuesar, por más que lo intenten a dentelladas y se confabulen para ello, ni el imperio ni quienes se pliegan a los designios imperiales. La clave de tal vitalidad radica en la pasión por asumir —pasada por su pensamiento y por su lenguaje, propios— la guía que heredó del mayor Maestro suyo y de todos nosotros. Dicha guía está plasmada en la carta que ese Maestro, José Martí, dirigió el 15 de diciembre de 1893 a otro formidable luchador, Antonio Maceo: “Yo no trabajo por mi fama, puesto que toda la del mundo cabe en un grano de maíz, […] trabajo para poner en vías de felicidad a los hombres que hoy viven sin ella.”

Fuente: Cubarte, Boletin Por Cuba, Año 4 Número 98




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