..."Lo que os puedo dar os doy, que es una ínsula hecha y derecha, redonda y bien proporcionada..."
"Don Quijote de la Mancha". Capítulo XLII: " De los consejos que dió Don
Quijote a Sancho Panza antes que fuese a gobernar la ínsula..."

ISSN: 1810-4479
Publicación Semanal. Año 3, Nro.156, Viernes, 29 de diciembre del 2006

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El Año Que Termina (I y II Parte)
Por Eduardo Dimas

A MODO DE INTRODUCCIÓN

El año 2006 fue un período rico en acontecimientos internacionales que, aunque puedan parecer desconectados unos de otros, tienen un hilo conductor: los problemas más generales que afectan a la sociedad a escala planetaria. El enfrentamiento entre los intereses que pretenden mantener el mundo tal y como es y los que aspiran a cambiarlo.

Las contradicciones acumuladas, especialmente la existente entre ricos y pobres, parecen conducir a uno de esos escasos momentos en la historia de la humanidad, en que los viejos esquemas de dominación tienen que ceder el lugar a nuevas formas de relaciones entre los hombres. Como este año y los anteriores han demostrado, ello no ocurre sin lucha, sin sangre y sufrimiento, sin avances y retrocesos, triunfos y derrotas.

Guerras, masacres, genocidios, asesinatos de figuras políticas, incremento de las posiciones de fuerza de las grandes potencias, elecciones, cumbres de países en diferentes partes del mundo, alianzas y rupturas, presagios de crisis económica, síntomas de que los recursos naturales --especialmente el petróleo y el agua-- disminuyen, evidencias cada vez más precisas de que el clima mundial cambia, fueron algunos de los hechos que marcaron este año que toca a su fin.

Todo eso caracterizó a esta sociedad a escala planetaria que, sin que nos demos cuenta, se encamina a un punto de no retorno. Y en medio de ese aparente caos, van surgiendo las fuerzas nuevas, encargadas de trasformar la sociedad, de hacer un mundo nuevo y mejor.

El modelo neoliberal se agota. De hecho está agotado ya. Y, junto con él, el sistema que le dio origen. El control unipolar del planeta es cada vez más imposible, pues el imperio norteamericano y sus aliados son incapaces de sostenerlo. Sus potencialidades son limitadas, y las fuerzas que se le oponen son cada vez más poderosas, pero requieren unirse pues la lucha tiene que ser global como los intereses que la defienden.

El Nuevo Orden Mundial que pretendían imponernos es inviable. Sin embargo, harán todo lo posible por mantenerlo, aunque sea a sangre y fuego, como ocurre ahora en Irak y Afganistán, o por medio del chantaje y la presión. El proyecto no es solo de la elite de poder estadounidense. Lo es también del resto de los centros de poder económico. Es decir, de la elite de poder mundial, surgida como resultado de la globalización y la transnacionalización de la economía, que es la gran beneficiaria del injusto orden de distribución de la riqueza que existe y, probablemente, se mantenga todavía por muchos años.

La polarización de la riqueza y la pobreza

Un estudio dado a conocer por la Universidad de Naciones Unidas, a finales de noviembre, puso al descubierto como la riqueza se concentra de una manera inaceptable en los centros de poder económico mundial. Estados Unidos, con 300 millones de habitantes, se apropia del 34% de la riqueza mundial; Europa, con cerca de 500 millones de personas, en su conjunto, del 30%; los países ricos de Asia y Pacífico, incluidos Japón y Australia, 24%; mientras que al resto de las naciones, con una población de más de 5 mil millones, solo le queda el 12% de la riqueza, desde luego, mal distribuida.

China, con sus 1 300 millones de habitantes, solo se apropia del 3% de la riqueza mundial. India, con más de mil millones de habitantes, apenas si obtiene el 1%, mientras que América Latina, con alrededor de 470 millones de habitantes, recibe el 4%. África, una de las regiones del mundo más rica en recursos naturales, con más de 600 millones de habitantes, solo obtiene el 1%. El resto de los países de Asia y Pacífico recoge el 3%. Esa situación se explica por el sistema de explotación colonial y neocolonial que ha prevalecido durante siglos en el planeta, impuesto primero por Europa y después por Estados Unidos y sus aliados. Es ese estado de cosas el que los centros de poder mundial tratan de perpetuar por todos los medios a su alcance.

De otra parte, en América Latina, según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe, 208 millones de personas viven en la pobreza, 40% de la población, y 80 millones (15%) están en la miseria. América Latina es la región del mundo donde existe la peor distribución de la riqueza, a pesar de las reformas emprendidas en Venezuela, Brasil, Bolivia y otros países, que han incrementado el gasto social en un 40%, y las remesas enviadas por los emigrantes a sus familiares.

En África se concentran 38 de los 42 países considerados más pobres del planeta. Apenas existen estadísticas de la pobreza y la miseria que asolan a sus pueblos. Cientos de millones de personas viven en la miseria, sin las más elementales medidas sanitarias, expuestos a los cambios climáticos, a todo tipo de enfermedades, entre ellas el SIDA, a las guerras interétnicas provocadas por la rapiña de las transnacionales, interesadas en controlar las riquezas minerales en muchos países.

Es el caso principalmente del Cuerno Africano y del África Subsahariana. Las “ayudas” condicionadas de las grandes potencias y el condonamiento, también condicionado, de la deuda externa por parte de las grandes potencias, propagandizadas a bombo y platillo por los medios de prensa occidentales, no han resuelto ninguno de los problemas del Continente Negro.

Los países pobres de Asia sufren de igual forma las consecuencias de un orden mundial injusto y, también, son víctimas de la rapiña de las grandes potencias económicas mundiales. Países como Bangla Desh, Indonesia, Pakistán, Nepal, por solo citar algunos, ofrecen índices de pobreza y enfermedad parecidos a los africanos. Las estadísticas oficiales disponibles no abundan mucho sobre ellos y, más bien, se dedican a ensalzar los logros económicos de los tigres asiáticos, en la mayoría de los casos basados en una explotación bestial de la mano de obra.

La ONU plantea que hay 1 200 millones de personas viviendo en la pobreza absoluta, al tiempo que la desigualdad entre países ricos y pobres, e incluso al interior de los mismos, se hace más honda. Según la FAO, 854 millones de seres humanos padecen hambre, mil 300 millones no disponen de agua potable, 113 millones de niños no pueden ser escolarizados. La aplicación del modelo neoliberal lo único que ha hecho es aumentar la pobreza de la mayoría y la riqueza de unos pocos.

Las naciones ricas, tampoco escapan a la aplicación del modelo. La ONU calcula que más de 100 millones de personas viven en la pobreza en los países más prósperos de América del Norte, Asia y Europa, donde existen más de 35 millones de desempleados. En Estados Unidos, por ejemplo, cerca de 37 millones de personas, el 12,6% de la población, viven en la pobreza y, según cifras oficiales, 46,6 millones viven sin ningún tipo de seguro médico.

En Alemania, 11 millones de personas viven en la pobreza, el 13,5% de una población de 82 millones. En Suiza, la cifra es de un millón, mientras que en Francia unos tres millones viven sin techo, debido a los altos costos de las viviendas. Hasta aquí algunas cifras que avalan el hecho de que el modelo neoliberal lo único que ha logrado es incrementar la pobreza y la desigualdad en el planeta. La clase media, el amortiguador del enfrentamiento entre ricos y pobres, va desapareciendo como resultado de la polarización de la riqueza, y deja, frente a frente, a ricos y pobres, cada uno con sus intereses totalmente contrapuestos.

Pero, el modelo neoliberal no se ha agotado solo por eso. Su aplicación ha generado una serie de fenómenos negativos al interior del capitalismo que atentan contra su propia estabilidad. La fragilidad de las estructuras financieras, surgidas en los últimos años como los (hedges funds) o fondos de cobertura y las inversiones derivadas de estos fondos, la especulación financiera, que llega al millón de millones de dólares diarios, han convertido al sistema en parásito de sus propias riquezas. Es infinitamente mayor la actividad especulativa que la productiva, calculada mundialmente en 37 billones de dólares.

Esos fenómenos están influyendo ya en el agotamiento del modelo neoliberal y, por extensión, en el sistema económico capitalista de una forma muy negativa. Tal vez la mejor expresión de eso sea las burbujas financiera e inmobiliaria, esta última en franco proceso de desinflarse, con consecuencias impredecibles para la economía mundial, especialmente la norteamericana.

Estados Unidos es el país más endeudado del mundo, como resultado de los extraordinarios déficit presupuestario y en cuenta corriente, que sostiene desde hace varios años sobre la base de la venta de bonos del tesoro y de inversiones directas procedentes del exterior, que alcanzan entre 3 mil y 6 mil millones de dólares diarios. El dólar ha dejado de ser una moneda confiable y, si no se ha depreciado más, es porque los bancos centrales de las principales potencias económicas, lo impiden. La pregunta que se hacen muchos economistas es hasta cuando podrá mantenerse esa situación sin que se produzca una crisis de grandes proporciones, que afectaría sustancialmente a todas las economías del mundo.

El hecho de que todos esos problemas se hayan agudizado a lo largo del año que termina, pudiera ser síntoma de que la crisis del modelo y, por extensión, del sistema, ha llegado al fondo. Al mismo tiempo, las fuerzas que se oponen a su continuidad crecen, especialmente en América Latina. Faltaría, para tener una visión más completa de la situación, analizar otros problemas no menos graves que se sucedieron a lo largo del 2006, pero de ellos les hablaré en otros artículos. Mientras tanto, los invito a que mediten.

EL AÑO QUE TERMINA (II)

El fracaso de la política norteamericana en Asia y Medio Oriente

El fracaso del intento norteamericano y británico por controlar Irak es ya un hecho evidente. Ni los 144 mil soldados estadounidenses, ni los 100 mil mercenarios, ni los 7 mil británicos ni los miles de otras nacionalidades, ni el gobierno títere pueden contener la resistencia a la ocupación, apoyada por la mayoría de los iraquíes.

Un sector importante de la población de Estados Unidos desea la retirada de sus tropas, como quedó demostrado en las elecciones de término medio y en el escaso apoyo al presidente W. Bush. El costo económico es cada vez mayor y sobrepasa ya la cifra de 360 mil millones de dólares. El número de soldados muertos se acerca ya a los tres mil y el de heridos es de más de 21 mil, según cifras del Pentágono.

Pero es el pueblo iraquí el que sufre las peores consecuencias. La infraestructura está destruida, la reconstrucción es un gran fraude, la guerra ínter confesional por el control del país cobra cada día decenas y centenares de vidas, a las que se unen las víctimas de la represión de las tropas angloamericanas. Cálculos de entidades de derechos humanos señalan que, desde el inicio de la guerra, han muerto en Irak más de 655 mil personas, mientras que unos dos millones de iraquíes han sido desplazados o han abandonado el país.

El ejército norteamericano acusa síntomas de agotamiento y muchos políticos de todas las tendencias abogan por la retirada gradual de las tropas, antes de que la derrota los obligue a huir como en Vietnam. No obstante, ese es un lujo que ni la elite de poder ni la actual administración de la Casa Blanca pueden darse, pues sería el reconocimiento de la derrota y el fin del control norteamericano sobre el Medio Oriente. Ese es el precio de las mentiras utilizadas para invadir a Irak, y que ahora tienen que pagar.

De todos modos, la agresión a Irak, junto con el apoyo incondicional a los crímenes que comete Israel contra los palestinos en Gaza y Cisjordania, ha destruido el prestigio que tenía Estados Unidos en la región desde la invasión del Canal de Suez en 1956. La inmensa mayoría de la población árabe ve hoy a Estados Unidos como el principal enemigo de sus creencias y tradiciones. Son varios los analistas políticos estadounidenses que señalan que “la era de Estados Unidos en el Medio Oriente está tocando a su fin”.

El informe del llamado Grupo de Estudio sobre Irak, presidido por el exsecretario de Estado, James Baker, y el exrepresentante demócrata, Lee Hamilton, es la mejor expresión del fracaso de una política de fuerza, encaminada a controlar las riquezas petroleras del Medio Oriente. Estados Unidos se encuentra en un callejón sin salida en Irak y no existen soluciones mágicas a ese estado de cosas. Al momento de redactar este resumen, la opción que, al parecer, tomará el presidente W. Bush es el incremento de las fuerzas militares, a los efectos de tratar de acabar con la insurgencia iraquí, algo que muchos analistas consideran condenado al fracaso.

La noticia no ha sido bien recibida por los altos mandos del ejército, que acusa síntomas inequívocos de no estar en condiciones de enfrentar ese incremento. Por lo pronto, los dos militares de más alto rango en el Medio Oriente, John Abizaid y William Casey, anunciaron que se retirarían a comienzos del 2007. Hasta el exsecretario de Estado de W. Bush, Colin Powell, señaló que la capacidad del ejército norteamericano está sobre extendida y puede quebrarse.

Cambios en la correlación de fuerzas de la región

De otra parte, la agresión a Irak ha provocado también cambios en la correlación de fuerzas en esa convulsa región. Irán, la principal nación de confesión chiíta ha adquirido una preeminencia mayor entre los musulmanes árabes, a pesar de ser de origen persa y hablar un idioma distinto. Su posición firme ante el conflicto artificial creado por Estados Unidos, Israel y sus aliados en torno al desarrollo de sus capacidades nucleares con fines pacíficos, ha incrementado su prestigio e influencia entre los árabes de todas las confesiones, en especial entre los chiítas iraquíes, en Siria y Líbano.

La agresión de Israel al Líbano en julio-agosto del 2006, con la anuencia de Estados Unidos, a pesar de que el actual gobierno es antisirio y pronorteamericano, fue un signo evidente de que la Casa Blanca y Tel Aviv pretendían crear un nuevo foco de tensión en un país inestable, dadas las características de su gobierno de estructura confesional.

Algunos observadores señalaron entonces que el objetivo de la agresión era destruir la resistencia de Hezbollah, de filiación chiíta, como paso previo a una agresión a las instalaciones nucleares de Irán. La derrota infligida al ejército israelí por las milicias de Hezbollah, constituyó un duro golpe para las aspiraciones de Israel y Estados Unidos, que pretendían, además, acabar con la influencia de la organización chiíta y de Siria e Irán en el Líbano. Hezbollah salió muy fortalecido del enfrentamiento, a pesar del acuerdo de colocar fuerzas de la OTAN en la frontera con Israel, en virtud de la resolución 1718 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.

El asesinato a finales de noviembre de Pierre Gemayel, ministro de Industrias del actual gobierno libanés, de posición antisiria, e integrante de una familia de políticos falangistas cristianos, cuyos miembros han sido en algunos casos aliados de Israel, abre toda una serie de incógnitas en torno a la futura estabilidad del país de los cedros, que todavía se recupera de una guerra civil que duró 15 años. Para muchos observadores están dadas todas las condiciones para una guerra civil y la no descartable intervención de Estados Unidos e Israel con el objetivo de controlar ese estratégico territorio.

Entretanto, el gobierno israelí continuó a lo largo del año su política genocida contra el pueblo palestino, especialmente en Gaza, convertida en un verdadero campo de concentración, donde niños mujeres y hombres sufren todo género de privaciones, incluida la falta de agua. Los asesinatos selectivos o masivos, como el de Beit Hanoon, no han recibido la atención internacional que merecen, y Estados Unidos ha vetado todas las resoluciones presentadas al Consejo de Seguridad para condenar los crímenes de Israel. La impunidad del gobierno sionista de Tel Aviv es un escarnio para la humanidad en su conjunto, y una prueba palpable de cuales son los intereses que mueven a la elite de poder mundial.

Luego del triunfo aplastante de Hamas en las elecciones de enero del 2006, tanto Israel como Estados Unidos y la Unión Europea retiraron las ayudas económicas que daban a la Autoridad Nacional Palestina, con el pretexto de que Hamas es una organización terrorista que no reconoce la existencia de Israel. Ello ha provocado mayores privaciones para la población de Gaza y ha sido un mecanismo de presión para impedir que Hamas pueda gobernar. Con absoluta impunidad el ejército sionista ha detenido y encarcelado a varios ministros y decenas de diputados de ese partido, sin que la opinión pública internacional haya condenado el hecho.

Al cierre de este resumen, luego de la imposibilidad de crear un gobierno de unidad nacional entre Hamas y Al Fatah, se registraban combates entre las dos fuerzas políticas y militares palestinas, algo que viene muy bien a las intenciones de Israel y Estados Unidos. Sin embargo, cabe recordar una vieja frase, que se ha convertido casi en un axioma: No habrá paz en el Medio Oriente mientras no se solucione el conflicto palestino israelí.

El resto del mundo árabe ha rechazado la política norteamericana e israelí, pero ha faltado la solidaridad política y material en todos los casos. La mayoría de los gobiernos de esa región son, de un modo o de otro, aliados de Estados Unidos. Es la vieja desunión árabe, jugándole una mala pasada a sus propias causas.

Asia Central

En Asia Central tampoco el gobierno neoconservador de W. Bush, los adalides del “nuevo siglo americano”, pudo concretar sus aspiraciones. En Afganistán, resurge la oposición armada de los talibanes, mientras que el país cae cada vez más en el caos y la anarquía.

La OTAN se ha encargado de asumir las consecuencias de la aventura bélica norteamericana y británica, en una clara subordinación al liderazgo de Washington. Sus intentos de controlar la insurrección y el país están condenados al fracaso en una sociedad feudal donde los señores de la guerra controlan la mayor parte del territorio y son los principales traficantes de opio, cuya producción ha crecido 33 veces desde la agresión.

La política imperial norteamericana trató de controlar las riquezas energéticas de las antiguas repúblicas soviéticas de Asia Central, además de cercar a Rusia. Al principio, cosecharon algunos logros --todavía conservan ciertos espacios políticos y económicos--, sobre todo después de la desaparición de la Unión Soviética y durante la agresión a Afganistán. Sin embargo, en los últimos tiempos, la política coordinada de Rusia y China ha puesto un valladar a esas pretensiones. Tuvieron que retirar sus fuerzas de Uzbekistán, y no es descartable que tengan que hacerlo de otras como Kirguistán. Tanto para China como para Rusia, el control de Asia Central resulta vital para sus intereses económicos y su seguridad nacional.

Precisamente, como resultado de la política de penetración estadounidense, tanto el gobierno ruso como el chino fortalecieron el llamado Grupo de Cooperación de Shangai, con la invitación a la India e Irán a que ingresen como observadores o como miembros plenos. Este grupo, por su volumen de población, sus recursos energéticos y su crecimiento económico anual, está llamado a ser el centro del desarrollo económico mundial en un futuro no muy lejano.

China es el país de mayor crecimiento económico mundial, seguido de la India. Sus más de 1, 300 millones de habitantes, su actividad económica cada vez mayor, la convierten hoy día en el centro manufacturero del planeta. Rusia es uno de los mayores productores de petróleo y gas y una de las principales potencias nucleares. La India es una gran potencia científica, poseedora de armas nucleares, y más de mil millones de habitantes.

El acercamiento entre Rusia y China, los planes comunes de desarrollo en todas las ramas, incluída la militar, a los que pudieran unirse en un futuro no lejano la India e Irán, los llevaría a ser una fuerza de primer orden en el planeta, capaz de enfrentar los intereses imperiales norteamericanos. De hecho, es lo que ya está ocurriendo, al margen de la aparente pasividad de la política exterior de ambas naciones.

Precisamente, ha sido la posición de Rusia y China, ambos miembros permanentes del Consejo de Seguridad, la que ha impedido que Estados Unidos y sus aliados logren imponer sanciones drásticas a Irán y, más recientemente, a Corea del Norte, luego de la prueba nuclear que realizara el pasado mes de octubre, en respuesta a la política agresiva estadounidense en la península coreana.

Japón, el principal aliado de Estados Unidos en Asia, dio muestras a lo largo del año de un incremento de su protagonismo político, como contrapartida a la influencia de China. Fue uno de los principales impulsores de las sanciones contra Corea del Norte. De igual forma, tanto el primer ministro anterior como el actual han dado pasos para incrementar la capacidad militar del país y, a mediados de noviembre, el gobierno anunció que Japón podría tener armas nucleares, algo que está prohibido por la Constitución, y que fue recibido con preocupación por Corea del Sur y otras naciones que fueron víctimas del militarismo japonés.

A lo largo del año que concluye, fue evidente la intención de Estados Unidos y Japón de crearle problemas a China con Taiwan, que el gobierno chino considera, con razón, parte de su territorio. Los intentos independentistas del actual presidente taiwanés y de su partido, inclinan a pensar que las tensiones pueden incrementarse en un futuro no lejano, lo que podría crear una situación explosiva en esa zona del mundo. Aunque Estados Unidos y Japón reconocen el derecho de China sobre Taiwan, han hecho saber que no permitirán una invasión a esa isla, en una clara y evidente posición de fuerza.

El resto de los países asiáticos, no tuvieron cambios sustantivos. Algunos mantienen conflictos internos muy serios, como es el caso de Sri Lanka, donde los tamiles y el gobierno no consiguen ponerse de acuerdo. En Nepal, las fuerzas que se oponían al gobierno del rey parecen haber llegado a una fórmula de compromiso que pudiera dar cierta estabilidad a ese país. Indonesia, por su parte, la nación con mayor número de musulmanes, y un gran productor de petróleo, logró en este año un cierto equilibrio político, que algunos analistas consideran frágil. El conflicto entre la India y Pakistán por Cachemira, salvo algunos actos de terrorismo, mantuvo una relativa tranquilidad.

En Australia, mientras tanto, se hizo cada vez más fuerte la oposición a la política aventurera y alineada a Estados Unidos del primer ministro John Howard, que aspira a ser una especie de “imperialismo de bolsillo” en la región. Mantiene 2 mil soldados en Irak en contra de la voluntad de la mayoría del pueblo australiano.

Este fue, a grandes rasgos, el comportamiento de Asia y Medio Oriente en el 2006. Como es fácil concluir, ninguno de los problemas que afectan a esta enorme región del planeta se resolvió. Por el contrario, muchos se agudizaron, especialmente en el Medio Oriente. Cada vez son más los observadores que coinciden en apuntar que en los primeros meses del 2007 puede producirse una agresión a Irán, por parte de Israel y Estados Unidos, lo que podría colocar al mundo al borde de un desastre de grandes proporciones. Veremos. El tiempo dirá.

Boletín Entorno Año 4 Número 104, boletín especial de CUBARTE
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