..."Lo que os puedo dar os doy, que es una ínsula hecha y derecha, redonda y bien proporcionada..."
"Don Quijote de la Mancha". Capítulo XLII: " De los consejos que dió Don
Quijote a Sancho Panza antes que fuese a gobernar la ínsula..."

ISSN: 1810-4479
Publicación Semanal. Año 3, Nro.156, Viernes, 29 de diciembre del 2006

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La escuela de terrorismo de las américas.
Por Manuel E. Yepe*

Las masivas demostraciones de protesta contra la tenebrosa Escuela de las Américas que cada año se llevaron a cabo ante las rejas de su sede en la base militar estadounidense de Fort Benning superaron este noviembre de 2006 cualquier número anterior de participantes

Simultáneamente muchos miles de manifestantes más realizaron protestas y vigilias en Argentina, Bolivia, Chile, Colombia, Ecuador, El Salvador, Paraguay y Perú, así como en Irlanda, Canadá y en otros sitios de los Estados Unidos, para exigir la clausura de la tristemente célebre escuela.

Aunque la Escuela de la Américas fue establecida en 1946, en Panamá, su relación con la revolución cubana triunfante en 1959 es evidente.

Por aquella época, en 1947, se crearía también la Agencia Central de Inteligencia (CIA), tenebrosa organización criminal oficial del gobierno de los Estados Unidos que ha escrito en la región, y en el mundo, una de las más sucias historias de abuso, barbarie y maldad que haya conocido la humanidad.

Eran los tiempos de la posguerra en los que la política exterior de los Estados Unidos se acondicionaba para la “guerra fría” y, en la alineación de fuerzas para el mundo bipolar que surgía, su estrategia general para el hemisferio definía los nexos con los demás países de la región como asunto doméstico, su propio traspatio.

La política exterior del imperio reverdece la Doctrina Monroe y los principios del Destino Manifiesto, y establece que los ejércitos del continente estarían llamados a actuar, en primer lugar, como los guardadores del orden y protectores de los intereses de las corporaciones multinacionales en la región. Vigilarían el mantenimiento del status-quo de las minorías adineradas afines a los Estados Unidos mediante la represión de cualquier señal de rebeldía de los desposeídos.

La División Terrestre del Centro Latinoamericano de Adiestramiento (Latin American Training Center - Ground Division), como se nombró hasta 1963 la Escuela de las Américas, debía servir para el entrenamiento de los dirigentes militares actuantes y la formación de los nuevos líderes que los ejércitos habrían de aportar para los objetivos antes señalados. Las instituciones armadas cubanas, hasta el triunfo de la revoluci’on en 1959, no fueron excepción en el desarrollo de estos planes.

Entonces, los ejércitos latinoamericanos desempeñaban el papel de vigilantes de los gobiernos de turno. Ellos garantizaban el estricto respeto a las reglas del juego dictadas por Washington para la actuación de los gobiernos “demócratas representativos” y, si se observaban veleidades que pusieran en peligro el control imperial, se prescindía de la hoja de parra y eran lanzados los militares a la toma del poder.

Esto último es precisamente lo que ocurrió en Cuba cuando tuvo lugar el golpe de Estado de 1952. Se avecinaban unas elecciones en las que los pronósticos eran totalmente adversos al candidato de Washington, el General Fulgencio Batista. Varios egresados de la Escuela de las Américas integraron las filas golpistas.

Pero menos de siete años más tarde, en enero de 1959, aquel ejército de Batista, adiestrado, asesorado y abastecido por el Pentágono de Washington, fue derrotado en toda la línea por el Ejército Rebelde. La técnica al servicio de la opresión y de los explotadores, se había rendido ante la fuerza moral de los oprimidos y desposeídos.
A partir del triunfo de la revolución cubana, la Escuela de las Américas asumió una responsabilidad más precisa emanada del fracaso experimentado: debía entrenar los cuadros llamados a evitar que el ejemplo cubano se extendiera por el continente.

El espacio para la “democracia representativa” disminuyó sensiblemente y la implantación de dictaduras militares proliferó por toda América Latina. No se respetaron tradiciones democráticas como las de Chile y Uruguay, ni las dimensiones de mega naciones como Argentina y Brasil.

A la Escuela de las Américas correspondió un importante papel en esta política de mano dura que tuvo su expresión más tenebrosa y cruel en la “Operación Cóndor”, a la que aportó la preparación de cuadros, el diseño de técnicas de interrogatorio y torturas, la organización de escuadrones de la muerte contra insurgentes y otras contribuciones.

Malvados dictadores, jefes de policía política y connotados torturadores que jugaron destacados papeles en la Operación Cóndor procedían de la Escuela de las Américas, al igual que muchos de sus profesores, participaron como asesores en esa guerra sucia contra Latinoamérica. Graduados de menor nivel de la Escuela de las Américas participaron, por ejemplo, en el asesinato del Arzobispo Oscar Romero y la masacre de 900 civiles de El Mozote, en El Salvador.

A algunos de estos últimos se les reconoce la autoría de algunos de los más repugnantes métodos de tortura y asesinato de patriotas en la región.
(Las informaciones y fotografías de maltrato de prisioneros en Abu Grahib, Guantánamo y otras prisiones estadounidenses recuerdan a muchos latinoamericanos, familiares de asesinados, torturados y desaparecidos en esa época, los métodos de la Operación Cóndor).

Entre los más de 60,000 graduados de la Escuela de las Américas hay notables dictadores como los argentinos Leopoldo Galtieri y Roberto Videla, el ecuatoriano Guillermo Rodríguez y el boliviano Hugo Banzer Suárez.

También hubo militares que reaccionaron contra el símbolo de la traición a sus patrias que representaba esa escuela donde estudiaron y al ejercer el gobierno en sus países lo hicieron con claras proyecciones antiimperialistas que les valieron la reprobación y los ataques de Estados Unidos, como Omar Torrijos y Manuel Noriega de Panamá, y Juan Velasco Alvarado, del Perú.

En 1984 la Escuela de las Américas fue mudada al Fuerte Benning, en Columbus, Georgia, a raíz los acuerdos Torrijos-Carter y la firma del Tratado del Canal de Panamá.
En el año 2001, a causa del gigantesco volumen de denuncias que desde 1999 venían llegando al Congreso de los Estados Unidos por el contenido de los manuales de tortura que se usaban en el entrenamiento de los estudiantes de la Escuela de Las Américas, le fue denegado el permiso para operar a la Escuela.

El Pentágono simplemente procedió a cambiarle el nombre a la institución, que paso a llamarse Instituto de Cooperación para la Seguridad del Hemisferio Occidental (Western Hemisphere Institute for Security Cooperation) y efectuó algunos cambios cosméticos llamados a disimular los aspectos más graves de las violaciones de los derechos humanos que allí tenían lugar.

Se estableció que todos los estudiantes recibirían no menos de ocho horas de instrucción sobre “derechos humanos”, “reglas del derecho”, “debido proceso”, “control civil de los militares”, y “papel de los militares en una sociedad democrática”. También se anunciaron en el programa otras asignaturas como “operaciones de apoyo a la paz”, “operaciones de rescate”, “operaciones antidrogas” y otras que, por ser de carácter opcional, contarían con muy escasa asistencia.

Aunque el programa de estudios no las incluye, las asignaturas que abarcan la parte fundamental del tiempo son las de “técnicas de combate y comando”, “interrogatorios” y “contra-insurgencia”.

Un vasto movimiento de protesta contra la existencia de esta Escuela se desarrolla en la actualidad en los Estados Unidos con el apoyo de los pueblos de Latinoamérica, principales perjudicados por esa malévola institución desde hace exactamente 60 años.
La política que llevó a la creación de la Escuela de las Américas hizo mucho daño a los pueblos de esta región a causa del profundo antagonismo que pretendía fomentar entre los pueblos de América Latina y sus militares.

Los militares de Latinoamérica están dando claras muestras de su rechazo a la orientación traidora de los oficiales que, plegados a los dictados del imperialismo, han preferido aliarse a escuadrones de la muerte, torturadores y políticos corruptos contra los intereses de sus pueblos.

Hoy la batalla por la unidad de nuestros pueblos se está ganando. Fidel Castro y Hugo Chávez alzan la misma bandera de combate, la imagen y el pensamiento del comandante guerrillero Ernesto Che Guevara son respetados y defendidos por los militares honestos y patriotas del continente que han dado la espalda a las oligarquías y, codo a codo con los hombres y mujeres humildes del pueblo, los indígenas, los marginados y excluidos, libran la batalla por la unidad de Nuestra América.

Esa Escuela del odio, sembradora de tortura y muerte que a lo largo de 60 años deformó o pretendió deformar a 60 mil soldados latinoamericanos debe ser enterrada. La Escuela de las Américas solo merece ser recordada como el símbolo de la traición y el crimen que ha sido, para evitar que alguna vez resurja una monstruosidad similar.

*Manuel E. Yepe Menéndez es Secretario del Movimiento Cubano por la Paz y la Soberanía de los Pueblos, ONG constituida en 1949 que disfruta de status consultivo en el Consejo Económico y Social de la Organización de Naciones Unidas. Es abogado, economista y científico social, y se desempeña como Profesor Adjunto del Instituto Superior de Relaciones Internacionales de La Habana. Fue Embajador de Cuba en Rumania, Director General de la Agencia Latinoamericana de Noticias Prensa Latina, Vicepresidente del Instituto Cubano de Radio y Televisión y Director Nacional fundador del Sistema de Información Tecnológica (TIPS) del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) en Cuba.

Diciembre de 2006

Véase en: http://www.bnjm.cu/librinsula/2004/mayo/19/dossier/dossier38.htm
un dossier sobre esta “escuela”

Enviado por su autor

 




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