..."Lo que os puedo dar os doy, que es una ínsula hecha y derecha, redonda y bien proporcionada..."
"Don Quijote de la Mancha". Capítulo XLII: " De los consejos que dió Don
Quijote a Sancho Panza antes que fuese a gobernar la ínsula..."

ISSN: 1810-4479
Publicación Semanal. Año 3, Nro.133, Viernes, 21 de julio del 2006

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El camino de las definiciones / Los intelectuales y la política en Cuba. 1959-1961
Por Julio César Guanche

Las raíces del consenso

El 30 de junio de 1961, al tiempo que Fidel Castro concluía sus reuniones en la Biblioteca Nacional con una nutrida representación de intelectuales cubanos, salía de la ciudad, por la puerta de servicio, la idea de la cultura como “alta cultura”. Esta idea, que había gozado de tradición letrada en la República burguesa, ahora se veía obligada a tomar el camino hacia Varennes. Aunque casi ninguno recorrió la Isla entre Santiago de Cuba y La Habana en la caravana de la libertad, los intelectuales cubanos habían festejado mayoritariamente el triunfo revolucionario y habían visto cambiar a un ritmo vertiginoso el contenido de lo que habría de entenderse por cultura en Cuba.

Con la Revolución, los marcos del modelo de la institucionalidad democrática burguesa y de la idea prevaleciente sobre la democracia, del papel del intelectual como élite letrada y de la propia concepción de la cultura fueron desbordados por los nuevos habitantes de la ciudad política. Desde el inicio de la Revolución en 1959, y durante su proceso, la creación de la nueva socialidad pasó en la práctica por la refutación del pasado, hecho que devino una categoría central de la nueva cultura política. La pérdida del respeto hacia ciertos valores del pasado propició, sobre todo, la rebelión cultural contra la propiedad privada y la caída de toda la fuerza simbólica que podía denotar aún aquella democracia representativa. La ruptura de las jerarquías sociales, la igualdad como valor —que ya era un ingrediente de la cultura política cubana—, el reconocimiento del derecho a la propiedad sobre la tierra y la vivienda a grandes segmentos poblacionales, la apropiación de la ciudad como espacio público real, la salida de los y las adolescentes del claustro familiar y su entrada masiva al ruedo de lo social, la universalización de la enseñanza, la relativa nivelación de los ingresos, la socialización de la economía, la abolición (más tardía) de la propiedad privada y su reducción a la escala de la propiedad personal, el involucramiento activo en la política, la fuente popular del poder, la nueva escala de ascenso social que se instauraba, junto a la bancarrota de las clases políticas y económicas hasta ese momento dominantes, irían creando una nueva cultura en Cuba.

La Revolución heredó una escisión entre política y cultura, o más bien entre los intelectuales y la política oficial, que se reflejaba en la in-contaminación de la mayoría de los intelectuales con el régimen anterior. Si lo ungido por la política era convertido al barro de la corrupción, era preciso buscar en la cultura los “cotos de mayor realeza”. El repliegue de algunos intelectuales hacia el territorio exclusivo de la cultura constituía en aquella hora una definición: el nihilismo ante la política hacía las veces de resistencia cultural.

Durante la década de 1920, se había conseguido la reunión de la política y la cultura, al punto en que una no hubiese podido avanzar sin la otra. De este cambio fueron epítomes la creación de los movimientos estudiantil, obrero, comunista, femenino, así como la consolidación de la idea del antimperialismo sobre la del antingerencismo. De no existir este cambio político esencial, la cultura no se habría encontrado con la vanguardia y hubiera seguido en los predios estéticos del siglo XIX. A diferencia de otros movimientos culturales de la primera mitad del novecientos, la renovación de los años 20 en Cuba no fue anunciada por un manifiesto, sino por una protesta cívica. El movimiento intelectual cubano moderno nació así “in medias res publicas”. La fractura entre cultura y política, entre el intelectual y el poder oficial, sobrevendría después de los años 40 con la caída de una esperanza popular: la Revolución “Auténtica”.
La Revolución de 1930 se había constituido en el capital simbólico de los cubanos, el evento al que se referiría la mayor parte de los programas partidistas, la instancia de prestigio histórico de los políticos y la herencia de donde provino el mayor mito político de la Cuba republicana burguesa: la Constitución de 1940.

En los 40, el “Autenticismo” fue la corriente política que se identificó como principal legataria de los postulados de 1930. Prometió justicia social y prosperidad económica, a pesar de lo cual debió esperar hasta 1944 para triunfar en las elecciones. Después de conseguirlo, se fue al despeñadero de la corrupción. Su hija pródiga, la “Ortodoxia”, intentó capitalizar la frustración alimentada en el “relajo”, según expresión de Raúl Roa, en el que se había convertido la vida nacional.

El cisma entre los intelectuales y el poder avanzaría en los años 50 con la política cultural formulada por Fulgencio Batista, a través del Instituto Nacional de Cultura, que no pudo, por más que lo intentó, contar con lo más valioso de la creación cubana. Desde Alicia Alonso y Wifredo Lam, hasta José Lezama Lima y Alejo Carpentier, unos en Cuba y otros en el extranjero, todos se mantuvieron distantes del Palacio Presidencial. El espectáculo mostrado por la política oficial en aquel lapso no podía ofrecer a un espíritu elevado otro alivio que el consuelo de las almas tristes, que encontraron su ruta hacia Damasco, su mejor definición, en la oposición más o menos indirecta a Batista, o en la clásica torre de marfil.

Aunque la hegemonía burguesa se complejizó en gran medida después de 1930, no llegó a estructurarse un bloque histórico con suficiente consenso como para que su clase política dispusiera de estabilidad. “La historia social enseña que no hay política social sin un movimiento social capaz de imponerlo”, la idea de Bourdieu, se verificó en la isla ad pidem litterae y puede extenderse al campo de la cultura. Si la acción de masas obligó a la política a que las tuviera en cuenta, en las décadas del 40 y el 50 la actividad de los intelectuales formuló distintas refutaciones de la política y la cultura oficiales de la República burguesa, y sostuvo espacios de apertura en medio de grandes dificultades. Ciudades letradas como Nuestro Tiempo, Orígenes y Ciclón, la Dirección de Cultura del Ministerio de Educación bajo el mandato de Raúl Roa y las posiciones en el campo de estudios de la Historia de Raúl Cepero Bonilla, Carlos Rafael Rodríguez o Rafael Soto Paz, son ejemplos de ello.

Aunque había adelantado mucho en la denuncia de los males de la República burguesa, el discurso intelectual sobre la frustración nacional, localizable desde la segunda década del siglo XX en buena parte de la producción cultural cubana, no pudo diagnosticar en los años 50 la crisis mayor de la hegemonía republicana. Sin embargo, la implicación de los intelectuales en el entramado institucional de la cultura, fuera en las cátedras universitarias, la Universidad del Aire o la Sociedad Nuestro Tiempo, expresó un estado de descontento y frustración que a la larga condujo a la mayoría de los intelectuales cubanos, desde Jorge Mañach a Virgilio Piñera, a adscribirse al triunfo del primero de enero. Pero la creación del campo cultural que haría confluir a la izquierda con el marxismo después de 1959 sería un asunto mucho más complejo.

Radicalización y rupturas

Los intelectuales cubanos no se hallaron en 1959 ante una Revolución triunfante que les impusiera una toma de posición ideológica. En aquella fecha, no existían tradiciones ideológicas identificables con partidos políticos, sino más bien afinidades político-electorales. La ideología que ostentaba el mayor peso simbólico era el nacionalismo, específicamente en su variante reformista —aunque en el plano de la cultura política las ideologías del liberalismo y el socialismo también jugasen un papel importante. De esa manera, era lógico que una revolución nacionalista como la de 1959 concitara el apoyo de la mayor parte del arco ideológico nacional y arrastrara consigo a la mayoría de los intelectuales que llevaban buena parte de sus vidas denunciando la existencia de una patria sin nación.

La polémica de la hora sobre el perfil, la naturaleza, de la ideología revolucionaria no era exclusivamente una cuestión teórica: buscaba interpretar el margen de lo aceptable ideológicamente dentro de esa Revolución. Lo que en 1959 era para Che Guevara “un nacionalismo de izquierda”, para Jean Paul Sartre “una Revolución sin ideología” y para Fidel Castro “una Revolución verde como las palmas”, dejaba abiertas las posibilidades para que la mayor parte de los sectores del país se sintieran incluidos en el hecho revolucionario. Los intelectuales cubanos, los cubanos en general, tenían ante sí un nuevo mundo que debían, al unísono, imaginar y construir. La fundación de la Imprenta Nacional, la creación del ICAIC y de la Casa de las Américas, la campaña de alfabetización, el plan de becas del Gobierno Revolucionario, la nacionalización de los medios masivos de comunicación —tras marcharse del país los propietarios de la mayor parte de ellos—, el apoyo otorgado por el Gobierno Revolucionario al Ballet de Cuba, a la Orquesta Sinfónica y a la Biblioteca Nacional, la proyección de construir la Academia de Artes, entre otros muchos eventos, hacía suponer que todo era posible en Cuba menos la oposición de los intelectuales a la Revolución.

Pero la historia, como le había dicho Alexander Blok a los intelectuales rusos a propósito de la Revolución, había puesto una auténtica bomba sobre la mesa. Los que habían tomado el poder en Cuba no constituían una familia ideológica homogénea: ni provenían de un único partido organizado para la revolución, ni habían transitado el camino de la subversión con óptimas relaciones entre sí, ni los manifiestos que habían rubricado de conjunto eran tan precisos como para comprometerlos en algo tan esencial como las formas, las vías, de construir una Revolución en Cuba.
El triunfo cubano no fue la excepción a la regla de que la victoria no tiene jamás un rostro hermoso. La obertura al combate entre la Montaña y la Gironda cubanas se produjo con las escisiones del Movimiento 26 de Julio, el arresto del Comandante Huber Matos, la traición del Jefe de la Fuerza Aérea Rebelde Pedro Luis Díaz Lanz y la sustitución de varios ministros del Gobierno Revolucionario, incluidos algunos pertenecientes al ala anticomunista del Movimiento 26 de Julio. Pero quizás el combate final, donde se harían ya completamente explícitos ganadores y perdedores en esta nueva etapa, comenzó a librarse en reuniones celebradas los días 16, 23 y 30 de junio de 1961 en la Biblioteca Nacional, devenidas teatro de operaciones de una batalla por el control de la cultura, pero también, y sobre todo, por el control del rumbo revolucionario.

El año 1961 es a la Revolución Cubana lo que 1793 a la francesa. En este año la Montaña se salió de la moderación impuesta por el equilibrio de poderes y el vacío ideológico y se radicalizó a un ritmo violento de cambios, acabó con la estructura económica del Ancien Regime, suprimió sin indemnización los restos de derechos feudales, confiscó las posesiones de los emigrados, ejecutó a María Antonieta y a los girondinos, triunfó sobre los insurrectos de la Véndee, y llevó adelante el movimiento de descristianización. En 1961, por su parte, se estrelló la “indefinición ideológica” de la Revolución Cubana: los Estados Unidos rompieron relaciones diplomáticas con Cuba, se promulgó la ley de nacionalización de la enseñanza, se expulsó al clero falangista, se desarrolló la campaña nacional de alfabetización, se venció en las arenas de Playa Girón a un ejército de exiliados organizado y financiado por los Estados Unidos, se proclamó el carácter socialista de la Revolución y comenzó el intercambio comercial y económico con la Unión Soviética imprescindible para la sobrevivencia de la Revolución.

La dirigencia revolucionaria cubana no estaba dispuesta a reeditar el error común a los jacobinos, a los decembristas rusos, a los levellers ingleses, e incluso a los bolcheviques de la primera hora: pretender hacer una revolución social desde una vanguardia revolucionaria, sin una clase revolucionaria que la apoyase. A tal fin, había ya nacionalizado, antes de abril de 1961 y en respuesta a la escalada agresiva de los Estados Unidos hacia la Revolución, los grandes sectores de la economía: la tierra, la refinación de petróleo, el azúcar, la electricidad, los teléfonos, la vivienda, el cemento, la banca, el comercio exterior. Si ello se había producido antes de proclamarse socialista la Revolución, las aprehensiones hacia esta encontraban la misma justificación con la que se criticaba desde el inicio el talante socialista de la Revolución de Octubre.

Con todo, el socialismo no era una doctrina desconocida en Cuba. La Revolución de 1930 había provocado que se abrieran paso diversas ideas del socialismo, pues “lo social” pasó a formar parte desde entonces de casi todos los programas políticos. De la especie de socialdemocracia del Partido Revolucionario Cubano Auténtico —cuyo lema era “nacionalismo, democracia y socialismo”— al socialismo marxista-leninista del Partido Comunista/Partido Socialista Popular, pasando por las formulaciones socialistas de Joven Cuba, de la Juventud Ortodoxa y del Directorio Revolucionario de 1956, la diversidad de modos de entender el socialismo poseía en la Isla un vasto territorio. Pero, al mismo tiempo, el anticomunismo también jugaba con eficacia el papel a él asignado durante la Guerra Fría. De modo que la variante socialista-comunista era rechazada entre las preferencias ciudadanas. El temor a que los ideales democráticos y humanistas de la Revolución fuesen “traicionados” y la Revolución fuese arrojada al regazo del comunismo internacional —otra vez las imágenes del Gran Miedo y el Terror blandidos ahora por los jacobinos del trópico, utilizadas también por los formuladores norteamericanos de política exterior— comprendía tanto a socialistas antiestalinistas como a revolucionarios antisocialistas.

Las reuniones con los intelectuales en la Biblioteca Nacional expresarían estas tensiones de modo ejemplar. Convocadas en principio por la negativa del ICAIC a distribuir el documental PM, de los realizadores Sabá Cabrera Infante y Orlando Jiménez, después de ser exhibida en el espacio Lunes en Televisión, y discutida en una reunión en Casa de las Américas convocada por el Consejo Nacional de Cultura, la modesta obra sobre los bajos fondos habaneros se constituyó en piedra de escándalo, aunque de ningún modo en la causa más profunda del evento. En la superficie, ese móvil parecía ser el fantasma del estalinismo, que recorría Europa como había hecho cien años atrás el Comunismo. Para algunos, la censura a una obra de arte marcaba el inicio de la conquista del espacio político cubano por la ideología y la práctica del estalinismo, preocupación expresada en una pregunta crucial representada gráficamente en el miedo que manifestó sentir Virgilio Piñera en su intervención: ¿cuáles serían los límites de la creación intelectual en la Revolución?
Sin embargo, la causa esencial de las discusiones ventiladas durante el Yenán cubano deben buscarse en otro plano: en la relación entre: a) la necesidad de la Revolución de sobrevivir; b) el derecho a (y el poder de) definir qué significaba la Revolución y c) a quién correspondería la libertad de opinar sobre (y juzgar a) la Revolución.
La dilucidación de estas cuestiones no puede dejar de tomar en cuenta el marco político, las circunstancias que encaraba la continuidad y fortalecimiento de la Revolución, para poder entender el contenido práctico de esas cuestiones en las condiciones específicas de un país como Cuba en esa coyuntura, dentro del contexto de un conflicto esencial con la principal potencia imperialista mundial.

Al decir en el discurso de clausura de aquellas reuniones —archiconocido como Palabras a los intelectuales— “nuestra preocupación fundamental ha de ser la Revolución”, Fidel Castro no establecía una jerarquía ni una prioridad en la atención a los problemas planteados, sino que consideraba en peligro la Revolución misma, y convocaba a defenderla desde ese presupuesto: “Cuál debe ser hoy la primera preocupación de todo ciudadano? ¿La preocupación de que la Revolución vaya a desbordar sus medidas, de que la Revolución vaya a asfixiar el arte, de que la Revolución vaya a asfixiar el genio creador de nuestros ciudadanos, o la preocupación de todos no ha de ser la Revolución misma?”

En general, el entramado geopolítico que contextualizaba la Revolución cubana abría escasas alternativas para un régimen político de vocación independiente. Sobre Cuba presionaban factores estratégicos de importancia trascendental. Por una parte, estaba la política de coexistencia pacífica de la URSS, reformulación de la doctrina del “socialismo en un solo país”, que en los hechos implicaba no atacar para no ser atacado, y conllevaba la renuncia a la condición internacional, y por ende internacionalista, del socialismo, hecho que llevó a la URSS a no reconocer que una Revolución socialista se verificaba en Cuba hasta 1962. Por otra parte, se hallaban las crisis de Laos y el Congo que ocupaban, junto con Cuba, el centro de atención de la administración norteamericana hacia el Tercer Mundo, y significaban, en el caso de triunfar el Pathet Lao, la pérdida de todo el sureste asiático para el “Mundo Libre”, según la expresión de Eisenhower, y en el caso de una victoria para la causa del Congo belga el triunfo de una posibilidad revolucionaria “en el eslabón más débil de la cadena imperialista”, según expresión del Che Guevara — posibilidad que él personalmente intentó adelantar con la experiencia guerrillera que organizó en ese país. Las reacciones a estos escenarios fijaban un marco en extremo peligroso para la revolución triunfante en la mayor de las Antillas, como se verificaría en su más alto grado con la Crisis de Octubre de 1962.

Las agresiones armadas a Cuba, la puesta en marcha del bloqueo económico, financiero, diplomático, comercial; los atentados y sabotajes contra la economía y la población civil, la organización de guerrillas contrarrevolucionarias, hechos que generaron con toda razón una conciencia de plaza sitiada entre los cubanos, e hicieron de la defensa de la Revolución una obligación de todos los revolucionarios, están harto documentados como para ensayar aquí un inventario. Por esta razón, de los tres corolarios que señalo como resultantes de la discusión que produce Palabras a los intelectuales, solo desarrollo en lo adelante, en epígrafes independientes, los dos últimos señalados: lo que llamo “el derecho y el poder de definir lo revolucionario” y “la libertad de opinar sobre (y juzgar a) la Revolución”.

El derecho y el poder de definir lo revolucionario

La definición de qué iría entendiéndose por lo revolucionario, el segundo de los corolarios que he extraído de Palabras a los intelectuales, marchó a la par de la nueva socialización revolucionaria y del acomodo político de las diversas organizaciones que llevaron — con su aporte desigual— al triunfo de enero. Con excepción de Manuel Urrutia Lleó, el único funcionario nombrado con anterioridad a 1959 en un cargo de la Revolución, al ser anunciado desde la Sierra Maestra como presidente del futuro Gobierno Provisional, nadie sabía qué le depararía el destino de la Revolución. Todos tenían, o creían tener, el mismo derecho a participar del poder que ella había conquistado con el apoyo de todos. Las relaciones de fuerza dentro de la Revolución se establecerían a partir de las nuevas circunstancias creadas, y el poder de las organizaciones se amplió, se redujo o quedó destruido en un proceso en el cual el expediente de la lucha insurreccional no fue tomado en cuenta con exclusividad al ocupar los nuevos espacios.

El Movimiento 26 de Julio, que llevó el peso fundamental de la lucha y aportó la estrategia de la victoria, constituía una masa irregular desde el punto de vista ideológico, capaz de contener el anticomunismo de Huber Matos y el comunismo sin partido de Ernesto Che Guevara, pasando por el nacionalismo revolucionario de Faustino Pérez o Armando Hart y las ideologías del Movimiento de Resistencia Cívica, el Frente Obrero Nacional, Mujeres Oposicionistas Unidas, entre otras organizaciones que guardaban relación con el M-26-7. El Directorio Revolucionario, representante de la herencia de los estudiantes cubanos contaba con sus ideales avanzados y sus acciones en la clandestinidad, el asalto a Palacio Presidencial en 1957 y la lucha guerrillera en el Escambray en 1958. Esta organización viviría su ocaso progresivo a partir del 8 de enero de 1959, cuando fue cuestionado públicamente por ocupar el Palacio Presidencial, la Universidad de La Habana y el cuartel de San Antonio, entre otros enclaves, hasta su disolución íntegra en las ORI, una vez creadas en 1962. El Partido Socialista Popular, de filiación soviética como la mayoría de los partidos comunistas de entonces, había desarrollado una intensa labor entre las masas trabajadoras del país, y con ello había contribuido a crear la tradición revolucionaria de justicia social y de necesidad de cambios sin la cual una insurgencia armada no hubiese podido triunfar en Cuba en solo dos años. Esta tradición contaba con la historia de los soviets creados en los centrales azucareros en los años 30 y con las figuras cimeras de Julio Antonio Mella, Rubén Martínez Villena y Jesús Menéndez. La idea de que un “grupo de revolucionarios pequeñoburgueses fuera lo suficiente firme para mantener una revolución antimperialista y transformarla después en la Revolución socialista” , que aparece en las Tesis de Enero de 1959 del PSP, les parecía a los comunistas cubanos inviable y errada. Los comunistas cubanos no se embarcaron en una lucha que pasara por el terreno de las armas —amén de iniciativas seguidas a partir de la segunda mitad del año 1958 como la de enviar a Carlos Rafael Rodríguez a la Sierra Maestra y el hecho de aceptar el alzamiento de Félix Torres en las Villas. En los meses finales de 1958, la línea general del PSP consistió en colaborar con la principal organización que estaba ganando la guerra, pero no integrarse plenamente a la lucha insurreccional. Antes, y al modo de los socialdemócratas rusos, los comunistas cubanos habían denunciado el “terrorismo”, por obstaculizar la ampliación del movimiento de masas, y condenaron como putshistas las acciones tanto del M-26-7 como del Directorio Revolucionario. Ya entrado el año 1959, una autocrítica de Blas Roca reconocería los errores cometidos por su Partido y este se integró plenamente a las tareas revolucionarias.

Destruidas las organizaciones antibatistianas que se opusieron rápidamente a la Revolución, con el Directorio Revolucionario sin mayor peso político y el PSP solo con su base social tradicional en algunos sectores obreros, el M-26-7 era el llamado a representar y definir la Revolución. Si bien en su respuesta a la Junta de Miami, Fidel Castro había establecido que su Movimiento ostentaba legítimamente la representación de la Revolución, también había afirmado que este no participaría en el Gobierno Provisional revolucionario. En cumplimiento de ese enunciado, con el triunfo no se confirió el poder ni al M-26-7 ni a organización política alguna, como vía para mantener el consenso y evitar los conflictos que sin duda se generarían, o en su caso agravarían, entre las distintas organizaciones y se conservaron las garantías de poder necesarias a través del Ejército Rebelde. Asimismo, después del triunfo revolucionario, la propia heterogeneidad del M-26-7 se ajustaría progresivamente al pensamiento político re-creado en la Sierra Maestra, que heredaría en lo adelante todas las tradiciones revolucionarias, nacionalistas y populistas cubanas, desde la Ortodoxia de Eduardo Chibás y el Movimiento Nacionalista Revolucionario, de Rafael García Bárcenas, hasta las ideologías diversas del DR y de los comunistas.

De este modo, el énfasis puesto en el contenido humanista de la revolución triunfante en 1959, constituía una declaración de contenido abierto, que buscaba una base de apoyo y no exigía tomas de posición que alienasen del triunfo a fuerzas significativas.
Sin embargo, la escalada de radicalizaciones de la Revolución frente a la política de agresiones de los Estados Unidos y el contexto político internacional, habían puesto a Cuba, sin desearlo de inicio ninguna de las dos naciones, en el camino de la Unión Soviética. Esta sola circunstancia otorgó motu proprio un nuevo rol al PSP. La representación de la Revolución, ejercida a nombre del Gobierno Revolucionario, contó cada vez más con los comunistas, que supieron cómo fortalecer su posición al interior del país haciendo uso de toda su experiencia política y de sus relaciones para cimentar el camino hacia la URSS, como garantía de la sobrevivencia de la Revolución.
Esta cuestión estaba en el fondo de las discusiones sostenidas en la Biblioteca Nacional en junio de 1961. En el Consejo Nacional de Cultura poseía una gran influencia la Comisión Cultural del PSP. Por su parte, el M-26-7 no podía ocultar la presencia entre su membresía de una ideología antipesepista en un caso, pero asimismo anticomunista en otros, renuente a cada nuevo avance de las figuras del PSP hacia la toma de decisiones. El Gobierno Revolucionario encontraría de este modo su Rubicón en la Biblioteca Nacional: había que decidir a quiénes dejaba en el camino y con quiénes continuaba adelante.

La discusión suscitada alrededor de PM en la Biblioteca Nacional concluyó con el cuestionamiento íntegro a la constelación ideológica del filme, la misma del semanario Lunes de Revolución, del periódico Revolución, y, en su conjunto, de toda un ala del M-26-7. Como parte de ese proceso, esa zona, liderada por Carlos Franqui, protagonizaba a su vez una batalla por el control de la cultura, de la cual eran PM y Lunes instrumentos indirectos en la vía de ganar el poder político que contribuyera a ganar el rumbo de la Revolución.

La respuesta a la existencia de esa conflagración la dio Fidel Castro en el discurso de clausura de esas reuniones en un doble plano: político e ideológico. Desde el punto de vista político proclamó que no se podía “armar a unos contra otros”, refiriéndose a los ataques de Lunes de Revolución contra miembros del grupo Orígenes, pero en los hechos debió desarmar precisamente a unos contra otros al privar de sus medios de expresión a esa ala que decía presentar batalla “a los comunistas” y traía la “desunión” en el medio intelectual. En el plano ideológico, pudo afirmar el carácter abierto de la Revolución y presentar esa exclusión como una necesidad de la Revolución en beneficio de todos.

La polémica con Lunes expresó a su vez también un doble plano: estético y político. Desde el punto de vista estético Lunes simbolizó la lucha entre tradiciones culturales diversas: por una parte, los seguidores de la cultura de la vanguardia norteamericana en su reacción contra la caducidad del espíritu burgués, influenciados por la vertiente beatnik, del “contra todo y contra todos”, o por la de los young angry men ingleses, según les imputara José Antonio Portuondo; y, por la otra, los seguidores de la cultura europea o específicamente panhispana. Esto es, en Lunes se verificaba también una disputa estética entre los críticos del barroco como suerte de Medioevo estético, idea que arrastraba con todo el pasado poético nacional para “poner en su lugar” la poesía, versus los que encontraban en esta posición no más que una nueva formulación de la antiquísima tradición del parricidio de las influencias y las herencias mayores.

Al mismo tiempo, desde el punto de vista político, Lunes expresaba un grupo de poder independiente. El reconocimiento de la legitimidad para operar desde esa independencia habría puesto en solfa el modelo de formación de opinión pública que se venía gestando en Cuba en el contexto de las necesidades de la sobrevivencia de la Revolución, basado en la centralización de la orientación ideológica. Uno de sus impugnadores, de antiguo militante del PSP, el crítico y ensayista José Antonio Portuondo, le criticaba a Lunes seguir “la onda de afuera”, en una especie de neocolonialismo cultural, pero lo cierto es que Lunes fue él órgano oficial de la indefinición propia de la Revolución hasta 1961.

La reunión de la Biblioteca Nacional no haría las veces del Congreso del Partido Obrero Socialdemócrata ruso de 1903 del que emergió la división entre bolcheviques y mencheviques. Como resultado de la operación ideológica realizada en la Biblioteca Nacional alrededor de Lunes, eran todos y no una parte quiénes podrían definir el contenido de lo revolucionario. Esa connotación de todos, idea-fuerza de cualquier revolución de proyección social, que en Cuba tiene sus raíces en José Martí, traería diversas consecuencias. ¿Quiénes eran todos? ¿Los presentes en la reunión, los intelectuales en general, los intelectuales revolucionarios? La definición de Fidel no se dirigía solo al campo intelectual, sino al conjunto de la política: todos eran los revolucionarios. En otras palabras, la cuestión cubana no se dirimiría entre diggers contra levellers, o entre bolcheviques contra mencheviques, aunque tampoco entre Zinoviev contra Bujarin o entre Trotsky contra Stalin. Se prohibía por los revolucionarios cualquier tipo de oposición a sí mismos. El todo devenía un patrimonio político de los revolucionarios. Ofrecía la mayor libertad para actuar y también permitía legitimar la prohibición de las conductas impropias, colocaba en el plano del arbitrio político el ejercicio de ciertos derechos, y aseguraba algo fundamental: la Revolución era capaz de integrar a todos los que no renunciaran “incorregiblemente” a ella. La ideología de la Revolución aseguraba no estar reñida ni con el cristianismo, ni con el arte abstracto, ni con el cine polaco, ni con los recolectores de bayas en tiempos de revoluciones, solo con la contra-revolución. Esa línea divisoria no mostró entonces todo el filo de su determinación, gracias al consenso entre intelectuales y Revolución, pero traería diversas consecuencias en el futuro por el filo no menor de su discrecionalidad.

“Dentro de la revolución todo, contra la Revolución nada”, la frase emblemática de Fidel que ha funcionado como resumen de la política cultural revolucionaria, no respondía tan solo a la pregunta que en tal sentido formulara durante la reunión el escritor Mario Parajón, sino una declaración de la posibilidad y de su límite: la posibilidad de entender la creación artística, y con ella la Revolución y el socialismo, desde posiciones diversas —con la afirmación consiguiente de un derecho al desacuerdo entre los revolucionarios—, y el límite de considerar el control político de qué era entendible por lo revolucionario como un elemento integrante de la raison de état cubana.

Con las reuniones de Palabras a los intelectuales, la intelectualidad cubana ganó una definición democrática. No habría estéticas oficiales, ni corrientes teóricas podrían ser tomadas de modo excluyente respecto a otras visiones del mundo, salvo aquellas que atentaran contra las bases de la Revolución, lo que de hecho permitía una gran libertad creativa y la apertura del clima que pudiera garantizarla. Al mismo tiempo, el Gobierno Revolucionario ganó el derecho de controlar legítimamente el consumo de la producción cultural desde “el prisma revolucionario”. Ambas ganancias se complementaban: entre la intelectualidad revolucionaria y el poder revolucionario había más que objetivos comunes, ambos no se veían como distintos.

Los intelectuales y el Gobierno firmaron a conciencia un pacto que podría tener a Gramsci y a Sartre como mentores intelectuales: la esfera de la cultura es también un asunto político y los intelectuales deben estar comprometidos. Si “el arte de la prosa es solidario con el único régimen donde la prosa tiene un sentido: la democracia”, como afirmó Sartre en ¿Por qué se escribe?, la labor del intelectual cubano encontraba su Hosanna en la Revolución —al modo en que bien lo argumenta Ambrosio Fornet en El intelectual y la Revolución.

Pero no fueron los intelectuales en general y el Gobierno revolucionario los únicos que obtuvieron réditos de esas reuniones. Triunfó también la tradición cultural y organizativa del PSP. Como no era posible conceder “armas a unos contra otros” se hacía necesario dotar a la intelectualidad de una estructura representativa que los agrupase a todos, a través de la cual pudiesen reclamar derechos y obstaculizar amenazas.

El apoyo ofrecido al Consejo Nacional de Cultura en la Biblioteca Nacional hizo posible recurrir a la antigua experiencia del PSP en el campo cultural, que poseía como patrimonio los éxitos logrados en el trabajo que, desde 1938, venía desarrollando hacia los escritores y artistas, sobre todo a través de la Sociedad Cultural Nuestro Tiempo, fundada en 1951. La creación de la base institucional de la cultura, reclamada por el discurso de Fidel, se fundamentó en la experiencia práctica y organizativa de esta Sociedad, así como la organización de escritores y artistas que se crearía — la UNEAC— estaba prefigurada ya desde 1938. Entonces los comunistas se propusieron crear la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, que anunció la aparición de una revista llamada Unión, título que tomaría precisamente la nueva revista creada a raíz de Palabras a los intelectuales, junto a La Gaceta de Cuba, nombre que recibió esta en homenaje a la Gaceta del Caribe, revista también de inspiración comunista.

La colocación de esta tradición en planos centrales de la política cultural revolucionaria explicará algunos de los eventos ocurridos en el futuro inmediato a esas reuniones en los ámbitos de la política práctica y de la ideología, como sería la reedición de la política soviética seguida durante los años 20 de colocar a algunas figuras controvertidas en embajadas en el extranjero, y mantenerlas así alejadas de la política, como hizo en Cuba el Consejo Nacional de Cultura presidido por Edith García Buchaca; y el entendimiento de la cultura y el arte como “armas en el combate revolucionario y en la educación de las jóvenes generaciones”.

La libertad de opinar sobre (y juzgar a) la Revolución

La Revolución necesitó construir el ciudadano que podía oficiar en la nueva democracia que instauraba, de lo cual formaría parte la extensión de la educación superior, la naciente promoción social del campo hacia la ciudad, la campaña de alfabetización, entre otros muchos eventos. Pero la categoría de ciudadano, en un medio que ponía fin aceleradamente a todas las ideas de democracia hasta entonces conocidas en Cuba, no podía gozar de la abstracción jurídica que le caracteriza. La concesión de derechos políticos no se otorgaría entonces según la condición legal del ciudadano sino a través del estatus político del revolucionario.

En 1961 el derecho a opinar sobre —esto es, juzgar, criticar, enjuiciar a— la Revolución correspondería inequívocamente a los revolucionarios. Pero la Revolución recreaba constantemente la cantidad de sectores y de personas revolucionarias. Los “viejos” sujetos revolucionarios ya no estarían solos en la escena política, y pasaron a compartirla rápidamente con otros —no precisamente “revolucionarios del 2 de enero” como calificó el pueblo a los arribistas— y a participar de la complejidad de nuevos escenarios. Órganos como Revolución, Hoy y Combate estarían junto a Casa de las Américas, el ICAIC, y una hornada de muy jóvenes intelectuales comenzaría a expresarse a través del propio Lunes de Revolución, Ediciones Revolucionarias, entre otras muchas instituciones y espacios que iría creando la Revolución, como lo serían en lo adelante El Caimán Barbudo y los premios UNEAC.

Estos jóvenes intelectuales no habían participado, como tampoco los antiguos, en la insurrección armada, lo que planteaba en los hechos el problema de si existía o no un derecho a opinar y juzgar la Revolución sin haber formado parte de esa épica. Al mismo tiempo, no existía ya el problema de si le correspondía o no el derecho de expresarse a la burguesía. Este había sido zanjado con la destrucción de la prensa burguesa, tanto la plegada a Batista como la que había prestado importantes servicios a la Revolución, y todavía más con la propia destrucción de la burguesía como clase social. De este modo, solo quedaba en pie el problema planteado por Jean Paul Sartre en su reunión con los intelectuales cubanos de 1960: la libertad de los revolucionarios para expresarse.

En el gran convite revolucionario cohabitaban aún con igual carta de ciudadanía Hébert y Clootz, Robespierre, Danton y Mirabeau. Haría falta un evento límite para que se colocaran unos y otros a cada lado de la raya inevitable trazada por la turbulencia revolucionaria. Las Palabras a los intelectuales se encargaron de sentar las reglas del juego al dar la razón al Consejo Nacional de Cultura y a Alfredo Guevara y quitársela a Carlos Franqui.

Después de 1961, aunque no hay referencias expresas al socialismo en Palabras a los intelectuales, comenzaría a operar una fusión semántica-ideológica entre Revolución y Socialismo, que iría haciendo posible que los antisocialistas ya no pudiesen proclamarse revolucionarios, y que la expresión con la Revolución en la práctica connotara con el Socialismo. Esta ecuación, que venía precedida a su vez por la fusión de Patria y Revolución, al agregársele el Socialismo, manifestaba a las claras su intención de concentrar cuanto pudiera de la ideología revolucionaria, dejando fuera solo lo “incorregiblemente contrario”, y ganar así la confluencia del nacionalismo revolucionario con el socialismo marxista.

En el fondo de la batalla por PM y Lunes lo que está en cuestión es el rumbo de la Revolución y la calidad del socialismo que habría de construirse en la Isla. Tras las reuniones de 1961 y Palabras a los intelectuales, se haría visible la existencia de dos líneas gruesas que se convertirían a lo largo de la década en hegemónicas y devendrían los marcos legítimos de la discusión entre los revolucionarios: el socialismo “marxista-leninista” de inspiración soviética, y el socialismo marxista de inspiración nacional y latinoamericana. La definición de que cualquier variante debía tener como presupuesto el marxismo para ser legítima ya excluía por sí misma un espectro no desdeñable de quienes hasta ese momento apoyaban la Revolución.

Ya en posesión de la hegemonía de lo revolucionario, esas dos líneas gruesas protagonizarían en lo adelante el combate por definir el rumbo mismo de la Revolución según sus respectivas imago mundi. Las polémicas que sobre el arte, la estética, la filosofía, la política, las ideologías, la política cultural, la economía, entre otros temas, se ventilaron a lo largo de la década de los sesenta, se enmarcaron así en el arco definido por tales líneas. El camino de la Revolución, ¿estaba en Moscú y en la experiencia recorrida por el socialismo hasta entonces, o, por el contrario, estaba en la Habana, en la indagación de un camino propio hacia la liberación que no transitara por un Estado vertical ni una dominación burocrática? Este proceso se extendió durante una década hasta ser clausurado oficialmente en 1971, y su análisis, en rigor, está aún pendiente.

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