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 "Patrimonio y
creación"
por Sinesio López Jiménez
Libros, autores y lectores
Contrariamente a lo que la gente piensa, las bibliotecas nacionales
y las grandes bibliotecas públicas no son inmensos cementerios
de libros, sino bullentes repositorios de ideas vivas que han logrado
sobrevivir a sus autores y a sus lectores. George Steiner tiene
razón, por eso, cuando escribe: “La vida del lector
se cuenta en horas; la del libro, en milenios. Este es el primer
escándalo triunfal proclamado por Píndaro: “Cuando
la ciudad que celebro haya muerto, cuando los hombres a quienes
canto se hayan desvanecido en el olvido, mis palabras perdurarán”
[…] “El mármol –escribe Steiner- se rompe
en pedazos, el bronce se deteriora, pero la palabra escrita –aparentemente
el más frágil de los medios- sobrevive. Las palabras
sobreviven a quienes las engendraron. Flaubert se quejaba de esta
paradoja: mientras él moría como un perro sobre la
cama, esa zorra de Emma Bovary, su criatura, nacida de unas letras
sin vida garabateadas en una hoja de papel, continuaba viva. Hasta
ahora sólo los libros han escapado a la muerte y han conseguido
lo que Paul Eluard definió como la principal compulsión
del artista: le dur desir de durer”.
Recogiendo algunas ideas de Bourdieu, recientemente fallecido,
los sociólogos estamos tentados de definir una biblioteca
como un capital cultural muerto al que los lectores resucitan cuando
abren y leen los libros que ella alberga. Eso es así porque
la lectura es acción, como el mismo Steiner lo ha subrayado:
leer es contestar al texto, es embarcarse en un intercambio total.
Y leer bien es ser leídos por los que leemos.
Un testimonio fehaciente de lecturas bien hechas y de intercambios
totales entre el lector y los autores lo encontramos en las primeras
Crónicas que alberga la Biblioteca Nacional del Perú
y que están llenas de anotaciones hechas por el Inca Gracilazo.
Esas anotaciones son, en realidad, diálogos sostenidos entre
Garcilaso y sus primeros colegas. Esas notas al margen constituyen,
en realidad, el embrión de una nueva crónica. El buen
lector es justamente aquel que, al leer un libro, responde con otro.
Todo esto se produce dentro del esquema que Steiner llama la lectura
clásica del libro en la que se desarrolla un acercamiento
ceremonioso del lector con el libro, se asume y autoproclama la
contingencia del lector y del autor frente a la larga duración
del texto, se reconoce la autoridad del libro y se considera que
el diálogo entre el lector y el libro requiere un silencio
monacal.
Este esquema clásico de la lectura no ha desaparecido del
todo pero ha sido destronado por la lectura informal. La sociedad
actual ha roto el monopolio del libro en la comunicación
de las ideas y de las informaciones y ha dado origen o ha fortalecido
otros medios, particularmente los medios de comunicación
masiva. Los autores actuales buscan perdurar pero se inhiben de
proclamar la inmortalidad de sus obras. La fama ha dejado de ser
el camino a la eternidad. Los lectores actuales desarrollan un cierto
escepticismo, establecen una relación más horizontal
con el libro y relativizan la idea según la cual las obras
sobreviven a su propia vida. Los lectores actuales ya no necesitan
el silencio monacal sino que pueden entrar en relación con
los libros tolerando la música y los ruidos que la sociedad
actual produce.
Las grandes bibliotecas del mundo y las bibliotecas nacionales
de América Latina nacieron al calor del esquema de la lectura
clásica. Los próceres y los mismos gestores de la
independencia latinoamericana confiaron en los libros y creyeron
firmemente que las ideas que ellos contenían orientaban su
acción. Por eso la emergencia de las nuevas naciones de América
Latina estuvo acompañada por la creación de las Bibliotecas
Nacionales. Las naciones y las bibliotecas nacionales se acompañaron
en las buenas y en las malas porque compartieron un mismo espíritu
y una misma historia.
Los libros abren el camino al cambio de las sociedades
El libro ha desempeñado un papel fundamental en el cambio
de las sociedades tradicionales y modernas. Detrás de un
gran cambio, hay un gran libro o, mejor aún, varios grandes
libros. El ingreso del mundo Occidental a la modernidad no puede
explicarse sin El discurso del Método y las Meditaciones
metafísicas de Descartes, sin el Novum Organum Scientiarum
de Bacon, sin Astronomia Nova de Kepler, sin los Dialoghi de Galileo
Galilei, sin Revolutionibus orbium coelestium libri VI de Nicolás
Copérnico, sin De la autoridad temporal y en qué medida
se le debe obediencia de Lutero, sin Defensor Pacis de Marsilio
de Padua, sin Los seis Libros de la República de Bodino y
sin El Príncipe de Maquiavelo. Las revoluciones inglesa de
1648, la francesa de 1789 y la rusa de 1917, para citar sólo
los casos clásicos, no se habrían llevado a cabo sin
los libros. Los libros fueron las fuentes y los orígenes
intelectuales de estas grandes revoluciones modernas. Es cierto
que ellos no las produjeron, pero sí las inspiraron. En Les
Origines intellectuelles de la Revolution francaise, Daniel Mornet
indica que “si el antiguo régimen sólo hubiera
estado amenazado por ideas, no habría corrido riesgo alguno.
Para que las ideas fermentasen eran necesarios la pobreza de las
clase populares y el malestar político, aunque fueron las
ideas las que pusieron a los hombres en movimiento”. Los libros
fueron el combustible que puso en marcha la locomotora de la revolución
moderna. La batalla de las clases y las élites sociales fue
precedida por la batalla de los libros antiguos y modernos. Los
primeros afirmaban que era imposible profundizar la sabiduría
clásica y los segundos sostenían que el conocimiento
era acumulativo. En esta crucial batalla libresca, los modernos
salieron victoriosos a mediados del siglo XVII en el caso inglés,
a mediados del siglo XVIII en el caso francés y hacia finales
del siglo XIX en el caso ruso.
Las formas de movimiento de las ideas fueron diferentes en cada
caso. En el caso inglés, el impulso vino de abajo, de los
nuevos grupos sociales (los artesanos, los tejedores, los marinos,
etc) que emergieron en medio del mundo feudal y que, ante la incapacidad
de las viejas instituciones (la Iglesia, las Universidades de Oxford
y Cambridge) para dar un sentido a sus vidas, organizaron la Universidad
de Gresham que produjo sus propios intelectuales y que dio origen
a una gran revolución científica que precedió
a la Revolución de Cronwell en 1648 y a la Revolución
Sensata de 1688. Los prohombres que sistematizaron los avances de
esta revolución científica fueron Bacon en el campo
de la ciencia y la filosofía, Walter Ralegh en el campo de
la historia y la política y David Cook en el campo del derecho.
En el caso francés, la inspiración vino de arriba,
de las élites sociales e intelectuales que se enfrentaron
al catolicismo conservador y a la monarquía absoluta. Muchos
de ellos publicaron sus libros fuera de Francia, en donde la persecución
contra las ideas modernas era feroz. Uno de los principales rubros
de contrabando entre Francia e Inglaterra eran los libros escritos
en forma anónima por algunos filósofos franceses.
La primera edición de El Espíritu de las Leyes (de
Montesquieu) apareció en Inglaterra en forma anónima.
Los filósofos hicieron triunfar la razón y la crítica
sobre la revelación y la fe, primero, en la Enciclopedia,
en obras anónimas, en libelos clandestinos y, luego, las
filtraron hacia abajo a través de los diarios, en las escuelas
y en los cafés. En el caso ruso, la intelligentsia, una palabra
rusa inventada en el siglo XIX, aparece en la que Pavel Annenkov
llamó la “década notable” (1838-1848).
La principal contribución de estos autores radica en el hecho
de que ellos pusieron en movimiento ideas destinadas a surtir efectos
cataclísmicos no sólo en Rusia, sino mucho más
allá de sus fronteras. Resulta difícil, según
Berlin, “imaginar que la literatura rusa de mediados del siglo
y, en particular, las grandes novelas rusas hubiesen podido brotar
sin la atmósfera específica que estos hombres crearon
y fomentaron. Las obras de Turgueniev, Tolstoi, Goncharov, Dostoievski,
y también los novelistas menores, están imbuidas por
un sentimiento de su propio tiempo. A finales del siglo XIX suman
los destacados intelectuales marxistas legales y revolucionarios
que procedían principalmente de las clases medias.
El tránsito de la modernidad a la posmodernidad fue inspirada
y animada por el debate filosófico entre los modernos, los
posmodernos y los neomodernos así como por la revolución
científica y tecnológica, especialmente por la revolución
tecnotrónica. El muro de Berlín fue derivado por las
nuevas ideas que provenían de la ciencia, la técnica
y la política (la democracia). La Unión Soviética
y el comunismo no fueron derrotados en los campos de batalla sino
en los laboratorios y en los gabinetes de investigación.
Más aún, lo que Manuel Castells ha llamado la Galaxia
internet, que organiza la vida posmoderna, no se puede explicar
sin “la insólita encrucijada entre la gran ciencia,
la investigación militar y cultura de la libertad. Las grandes
universidades investigadoras y los think-tanks especializados en
temas de defensa constituyeron puntos de encuentro fundamentales
entre estas tres fuentes de Internet” . Este ha dado origen
a la denominada cultura de Internet que “se caracteriza por
tener una estructura en cuatro estratos superpuestos: La cultura
tecnomeritocrática, la cultura hacker, la cultura comunitaria
virtual y la cultura emprendedora. Juntos contribuyen a una ideología
de la libertad muy generalizada en el mundo del Internet”.
Los escenarios de estos grandes cambios han sido casi siempre los
países del Norte dando origen a brechas científicas,
tecnológicas, económicas, sociales, políticas
y culturales con los países del Sur. Las élites de
estos países no se han preocupado en cerrar esas brechas
estimulando el desarrollo de la ciencia, el arte y la cultura. Sus
comportamientos, actitudes y políticas los muestran más
bien interesados en mantenerlas y profundizarlas.
Ronald Inglehart, uno de los investigadores más importantes
de la cultura política contemporánea, ha señalado
que en la década del 70 del siglo pasado se produjo una nueva
brecha, esta vez de carácter cultural, entre los países
del Norte y los países del Sur: la existencia de diversos
tipos de valores culturales entre ellos. Estos valores diferentes
y hasta contrapuestos han dado un sentido diferente a sus vidas
y los han impulsado a realizar diversas formas de acción
para acceder a ellos. Mientras los ciudadanos del norte comenzaron
a demandar desde entonces un conjunto de valores postmaterialistas,
los del sur continuaron exigiendo un conjunto de derechos y valores
materialistas. Esto significa que mientras en Europa y en América
del Norte, los ciudadanos postulaban y postulan la autoexpansión
del yo y, para lograrlo, exigían y exigen menor autoridad
en la casa, en la sociedad y en el Estado así como otras
condiciones que les permitan un máximo desarrollo de su individualidad,
en Asia, Africa y América Latina, los ciudadanos seguían
y siguen exigiendo empleo, mejores condiciones de vida y de trabajo,
salud, educación, seguridad. Esto significa también
que mientras los ciudadanos de Norte demandan una mejor calidad
de vida, los del sur están sumergidos aún en la lucha
por tener un adecuado nivel de vida. El norte quiere vivir a plenitud,
mientras el sur trata de sobrevivir.
Según Inglehart, esta brecha cultural constituye una especie
de punto de ruptura que ha permitido el tránsito de la etapa
moderna a la posmoderna en el mundo contemporáneo. La literatura
posmodernista sugiere algunos rasgos específicos de esta
nueva etapa histórica: Del énfasis en la eficiencia
económica, la autoridad burocrática y la racionalidad
científica, que caracteriza a la modernidad, las sociedades
desarrolladas se mueven hacia una situación más humana
con más espacio para la autonomía individual, la diversidad
y la autoexpresión. La posmodernidad se está desplazando
del funcionalismo estandarizado y el entusiasmo por la ciencia y
el desarrollo económico que dominó la sociedad industrial
en la era de la escasez, hacia consideraciones estéticas
y humanas incorporando elementos del pasado en el nuevo contexto.
El mundo desarrollado o, por lo menos gran parte de él,
está moviéndose en una trayectoria diferente de la
que ha estado siguiendo desde la revolución industrial. En
esta nueva trayectoria postmoderna, la racionalidad económica
determina menos estrechamente que antes la conducta humana, la esfera
de lo posible se ha expandido y los factores culturales se han hecho
más importantes. Un cambio cultural empíricamente
demostrable está produciéndose. Las grandes metanarraciones
religiosas e ideológicas están perdiendo su autoridad
entre las masas en el mundo desarrollado. La uniformidad y la jerarquía
que se formó en la modernidad está cediendo ante una
creciente aceptación de la diversidad y la creciente dominación
de la racionalidad instrumental que caracterizó a la modernización
está cediendo también ante un gran énfasis
en la racionalidad comunicativa y la calidad de vida.
Foto: Sinesio López Jiménez, Director Biblioteca
Nacional de Perú
Tomado de la hermana página http://abinia.ucol.mx/nota-patrimonio.htm
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