..."Lo que os puedo dar os doy, que es una ínsula hecha y derecha, redonda y bien proporcionada..."
"Don Quijote de la Mancha". Capítulo XLII: " De los consejos que dió Don
Quijote a Sancho Panza antes que fuese a gobernar la ínsula..."

ISSN: 1810-4479
Publicación Semanal. Año 3, Nro.130, Viernes, 30 de junio del 2006

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Fútbol y cultura
Por Reinaldo Spitaletta.

Qué tiempos estos en que hablar de árboles (o de troncos) se constituye en un crimen. No hay remedio. Voy a hablar de fútbol y literatura. El mejor fútbol, ese que aún no está contaminado por las mafias y las transnacionales, es aquel que se juega en los potreros, en el barrio, en las mangas donde la imaginación es todavía la reina, o la loca, de la casa.

Es allí donde aún se practica “la lealtad humana al aire libre” -la frase es de Gramsci-, y donde la fraternidad aún no ha sido feriada. La literatura tiene temas eternos: la soledad, las incertidumbres ante el mundo, la muerte, el amor, la guerra… Es el canto a la condición humana. A sus debilidades y miserias.

El fútbol, siendo como es una especie de religión universal, todavía no alcanza a dar obras maestras en novela. Uno pudiera decir que en algunas, como Megafón o la guerra, de Marechal, hay escenas futboleras, un estadio donde juegan el superclásico argentino Boca-River. No es, sin embargo, una novela de fútbol.

En cuento, sí. Hay verdaderas joyas, dignas de estar en cualquier antología del género. No voy a hacer un catálogo de supermercado. Se me ocurre mencionar tal vez al mejor narrador en estas lides. Osvaldo Soriano, cuya mejor novela para mi gusto no es de fútbol sino de boxeo (Cuarteles de invierno), nos dejó una muestra preciosa de su arte como escritor de cuentos de fútbol.

Quién que es amante del fútbol no se estremece, por ejemplo, con la lectura de El penal más largo del mundo, o con ese humor letal de Gallardo Pérez, referí, y con Maradona sí, Galtieri no, un cuento ambientado en Las Malvinas en momentos en que el astro está marcando dos goles históricos, el de la mano de Dios y el mejor hasta hoy en los mundiales, precisamente contra Inglaterra.

Ese gol, que causó conmoción mundial, hubiera dejado sin aliento al gran Pasolini, que muchos años antes, cuando declaró que “el goleador de un campeonato es siempre el mejor poeta del año”, escribió que el sueño de cada jugador es partir de la mitad del campo, gambetearlos a todos y marcar el gol. Pero esa cosa sublime nunca sucede. Es un sueño. Lástima que el escritor y cineasta no haya visto tal obra maestra.

En el libro El fútbol a sol y sombra, de Eduardo Galeano, quizá el mejor escrito que allí aparece –qué pena con el maestro uruguayo- es el de Soriano, titulado Gol de Di Filippo, una reconstrucción de un golazo del delantero del San Lorenzo, en un supermercado donde antes quedó el estadio del equipo de Almagro.

En Colombia, donde seguro se han escrito muchos cuentos de fútbol, hay uno muy conmovedor en Los cuentos de Juana, de Alvaro Cepeda Samudio, pero el de mayor factura literaria es el de Oscar Castro, Gol olímpico, que narra un partido de calle en el barrio Manchester, de Bello.

Durante mucho tiempo, el fútbol no fue asunto de intelectuales. Se había decretado, sin razón, una especie de dicotomía barbarie-civilización, en la cual, desde luego, el fútbol estaba en la primera categoría. Ya de él habían denostado, entre otros, Rudyard Kipling. Y más tarde, el admirado Borges había producido, con su distinguido humor negro, una tempestad en Buenos Aires. Para él era una de las “maneras del tedio”, una cosa insulsa de ingleses, un juego sin estética. Sus artes provocadoras lo llevaron a programar su conferencia La inmortalidad el día y la hora que Argentina jugó su primer partido del Mundial del 78.

Bueno, en asuntos de escritura fubolística le ha ido mejor a los poetas. Miguel Hernández con su Elegía al guardameta, en honor a Lolo, aquel portero trágico de Orihuela que se mató al golpearse contra un vertical. Y Rafael Alberti con su sentida oda al arquero húngaro Franz Platko, del Barcelona.

Pero el más bello poema a un futbolista lo escribió Vinicius de Moraes, nada menos que a Manuel Dos Santos, Garrincha: El ángel de las piernas tuertas. Claro que no le fue mal a Horacio Ferrer, poeta uruguayo, autor de célebres letras de tango (Balada para un loco, Chiquilín de Bachín, etc.) con su muy histriónica Balada para Pelé, el fenomenal negro que era “medio Marçeau, medio Chaplin”.

Horacio Quiroga, también uruguayo, maestro del cuento en América y una de las vidas más trágicas de la literatura, escribió Suicidio en la cancha, basado en el caso real de un futbolista del Nacional de Montevideo que una noche se mató de un tiro en la mitad del campo de juego.

Y aunque Albert Camus no escribió relatos sobre este deporte, así haya reminiscencias en La Caída y La Peste, dejó una bella página, Lo que le debo al fútbol, en la que dice, entre tantas cosas, que lo que más sabía acerca de moral y de las obligaciones de los hombres se lo debía al fútbol.

“La inteligencia en movimiento”, que decía André Maurois, ha inspirado a escritores como Cela, Verdú, Sábato, Roa Bastos, Juan Villoro, Benedetti, en fin. Y sigue causando locura en el orbe y dejando ganancias a granel a los verdaderos dueños del balón. Pero este es otro cuento.

Enviado por groups.yahoo. diaspora-chilena




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