..."Lo que os puedo dar os doy, que es una ínsula hecha y derecha, redonda y bien proporcionada..."
"Don Quijote de la Mancha". Capítulo XLII: " De los consejos que dió Don
Quijote a Sancho Panza antes que fuese a gobernar la ínsula..."

ISSN: 1810-4479
Publicación Semanal. Año 3, Nro.115, Viernes, 17 de marzo del 2006

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Abuelos
Por Luis Sexto

Nos atrapo, por su carga de amor y de respeto, este “coloquio” de Luis Sexto. Quisimos publicarlo, acompañándolo de la “Balada de los dos abuelos”, de Guillen, que el texto nos trajo a la memoria. Y buscando, buscando, encontramos otro texto, dramático, que quisimos incorporar, un poco a manera de dolorosa comparación:

Abuelos

Ya no tengo abuelos. Y a pesar de ello, con esta nota me adhiero a la campaña de Guillermo Cabrera por instituir el primer domingo de abril como Día de los Abuelos. Proponer, sugerir, compone también una misión de los periodistas. Y mezclo los asuntos, porque además de que existe relación entre la propuesta y quien la propone, el 14 de marzo celebraremos el Día de la Prensa. Y me parece conveniente reiterar que no estamos solo para difundir ideas y acciones ajenas. También pensamos.

Y pienso, en primer término, que si nosotros, los periodistas, contamos con un día para recibir especialmente el homenaje de la sociedad, ¿por qué los abuelos no han de merecerlo? He de recordar algo. El Día de las Madres comenzó siendo una campaña periodística. Y partió de una crónica de Víctor Muñoz, en 1919 —si no trastoco las fechas—, en la que aquel incisivo periodista decía que los cubanos no éramos capaces de consagrar una jornada a nuestras progenitoras, porque habitualmente nos la recordábamos mutuamente como un insulto. La provocación se posó en oídos dignos. Y ya sabemos…

Apoyar o desestimar —excúsenme los extremos— la propuesta de Guillermo, defendida desde su Tecla Ocurrente, se vincula con el concepto que podamos tener de los abuelos. A mi lado, alguien, que me oye escribir, me dice bajito: “Hoy los abuelos son los más sacrificados de la casa”. Y asiento. Quién lo negará. Y quién negará que a veces no les reconocemos todo ese mérito de cargar con las prisas del hogar: andando a la tienda; esperando —a veces eternamente— por el periódico, o sacando de paseo a los nietos, o llevándolos a la escuela.

Quizá creamos que, a fin de cuentas, los viejos están para asumir eso que estorba a los jóvenes en el ejercicio de sus obligaciones de vanguardia. Digo que, tal vez, algunos pensemos así. Y veamos a los abuelos como los menos ocupados. Por ello, porque se ocupan haciendo lo que a otros corresponde, porque asumen la maternidad y la paternidad dos, tres o más veces, es que los abuelos merecen en parte que se instituya oficialmente un día que les pertenezca. Durante el resto del calendario, ellos pertenecen a los demás: se entregan. Y sin pedir a cambio la misma moneda.

Guillermo ha sacado unas cuentas claras: si el segundo domingo de mayo es el de las madres y el tercero de junio el de los padres, el primer domingo de abril podría ser el de los abuelos. Secuencia lógica. Y, sobre todo, justa. Ya no tengo abuelos, dije arriba. Pero conservo tanta gratitud hacia los tres que conocí que lamento no haber conocido al paterno, a don Francisco. Admito que mucho de cuanto digo hoy, me lo inculcó el materno con aquellas anécdotas de su vida, dichas como una lección amena. E imagino qué me habría contado el que ya, cuando yo nací, se había ido. Si pudiera pararme ante su tumba, le diría lo mismo que el poeta Jorge Luis Borges a su desconocido abuelo, combatiente de la batalla de Junín:

“Soy, pero soy también el muerto,
el otro de mi sangre y de mi nombre (…)
Vuelvo a Junín donde no estuve nunca (…)
Te imagino severo, un poco triste.
Quién me dirá cómo eras y quién fuiste”.

http://www.jrebelde.cubaweb.cu/sumarios/coloquiando.html

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Balada de los dos abuelos

Sombras que sólo yo veo,
me escoltan mis dos abuelos.

Lanza con punta de hueso,
tambor de cuero y madera:
mi abuelo negro.
Gorguera en el cuello ancho,
gris armadura guerrera:
mi abuelo blanco.

Pie desnudo, torso pétreo
los de mi negro;
pupilas de vidrio antártico
las de mi blanco!

Africa de selvas húmedas
y de gordos gongos sordos...
--¡Me muero!
(Dice mi abuelo negro.)
Aguaprieta de caimanes,
verdes mañanas de cocos...
--¡Me canso!
(Dice mi abuelo blanco.)
Oh velas de amargo viento,
galeón ardiendo en oro...
--¡Me muero!
(Dice mi abuelo negro.)
¡Oh costas de cuello virgen
engañadas de abalorios...!
--¡Me canso!
(Dice mi abuelo blanco.)
¡Oh puro sol repujado,
preso en el aro del trópico;
oh luna redonda y limpia
sobre el sueño de los monos!

¡Qué de barcos, qué de barcos!
¡Qué de negros, qué de negros!
¡Qué largo fulgor de cañas!
¡Qué látigo el del negrero!
Piedra de llanto y de sangre,
venas y ojos entreabiertos,
y madrugadas vacías,
y atardeceres de ingenio,
y una gran voz, fuerte voz,
despedazando el silencio.
¡Qué de barcos, qué de barcos,
qué de negros!

Sombras que sólo yo veo,
me escoltan mis dos abuelos.

Don Federico me grita
y Taita Facundo calla;
los dos en la noche sueñan
y andan, andan.
Yo los junto.

--¡Federico!
¡Facundo! Los dos se abrazan.
Los dos suspiran. Los dos
las fuertes cabezas alzan;
los dos del mismo tamaño,
bajo las estrellas altas;
los dos del mismo tamaño,
ansia negra y ansia blanca,
los dos del mismo tamaño,
gritan, sueñan, lloran, cantan.
Sueñan, lloran, cantan.
Lloran, cantan.
¡Cantan!

Nicolás Guillén

http://www.fguillen.cult.cu/guigale/072.htm

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Balada de las dos abuelas
Por José Aurelio Paz

La muerte me las quitó antes de tiempo. Apenas guardo el contorno de mis abuelas. Quizás una arrugada mano alisando mi pelo o la caricia de unas torrejas ahogadas en almíbar. Ambas se "fueron" sin siquiera dejarme el sabor de una huella.

Quizás por eso en mis artículos, y me confieso, les haya citado en algún momento, más que por pura mentira por imaginar, y creerme, lo que siempre dicen las abuelas. Esa atinada frase en el instante preciso que no es otra cosa que un compendio de sabiduría que se regala con el mayor amor del mundo.

Siempre crecí con ese agujero. Mi corazón se hizo hombre con esas dos ventanitas de luz cerradas. Quizás por ello condeno tanto a quienes, todavía, les tienen como dulces esclavas y no aquilatan sus desvelos, cual simple comadrita, ya sin balancines, que una vez sirvió de cuna. Y envidio, dulcemente, a aquellos que les llenan de mimos, a sabiendas de que la vida les ha premiado con ese regalo lleno de canas que lo perdona todo, que lo admite todo, que es la sabia de lo sabio alimentándonos siempre para que no "pequemos" con sus propios yerros.

Pienso, a pesar del respeto por ese poeta que la rutina nacional casi sepulta, nuestro Nicolás, que también él sucumbió, sin darse cuenta, al acendrado machismo histórico que nos sofoca a la hora de pintar nuestros orígenes, en ese galeón poético que es su Balada de los dos abuelos.

¡Qué humano, que justo y qué hermoso hubiera sido escuchar en el rumor del caracol de sus versos!: Sombras que solo yo veo / me escoltan mis dos abuelas… Creo que el poema de Guillén, lejos de todo evidente sentido patriarcal, hubiese sido más humano y transparente, en tanto, a la sangrante herida le hubiese colocado azahar en ese intento por reflejar dos antagónicos mundos que dieron vida a nuestra estirpe.

¿Acaso nuestra misma Mariana no dejó la impronta del coraje y el amor desmedido cuando envió sus hijos a la manigua? Quizás algunos piensen, todavía, de que primó más la esencia patriótica que la materna. Sin embargo, ningún libro de historia sería capaz de recoger ese dolor agónico, solo sufrido por ella, en que el rayo de una decisión profunda iluminó la oscuridad de nuestras palmas.

Hoy he llorado ante mi computadora. Y esto no es una metáfora. La noticia, por reiterativa, me ha devuelto la agonía de Ulises escuchando las engañosas voces que le llegaban desde las costas de Ítaca, con una nota diferente de angustia; una anciana de 75 años descansa en la morgue de Miami al fallecer víctima de otro supuesto acto de contrabando humano entre las costas de La Florida y Cuba.

Y me atrevo a fabular en voz alta y a preguntarme: ¿Sería por decisión propia o habrá sido engañada en un paseo hacia la muerte? ¿Iría, como cordero al sacrificio, consciente de que la familia es ese primer olor a Patria, donde el jazmín de la fidelidad lo marca todo?

Nunca olvido una de mis más conmovedoras experiencias al paso por Miami. Una amiga, que tenía un Home como negocio, es decir, una casa para ancianos, me dio cobija. Una viejita de Alacranes, al saber que regresaba yo a Cuba, me rogó encarecidamente que me la trajera de vuelta, que extrañaba increíblemente su varentierra y sus vecinas, su Galán de Noche repugnándola de aroma y su perro Canelo, en franca bronca siempre con Melchora, su astuta gata, que, seguramente, penaba ahora, maullando por los tejados, ante su ausencia.

La angustiada mujer me vigilaba cada día. Se asomaba al cuarto a ver si mi equipaje estaba, porque había decidido "fugarse" conmigo como en una de las trágicas escenas de Lorca. Y hasta sé que me habrá maldecido la mañana en que sus apagados ojos encontraron solo el vacío espacio donde descansaba mi maleta.

De entonces a acá he vivido con ese dolor a cuestas como la misma ausencia temprana de mis abuelas, removida ahora en la noticia de esta otra mujer que sí ha sido pasto de una política tuburonera de falso humanismo y libertad.

Me la imagino en medio de la oscura travesía. Quizás enjugando una lágrima para no mostrar su pena o ese desvarío que sufren los ancianos cuando el escenario de sus mejores batallas por la vida es borrado de un plumazo.

¿Qué nostalgias viajarían el encrespado mar de sus recuerdos, mientras la turba de escualos perseguía la propela en otra Crónica de una muerte anunciada? ¿Acaso en la rabona que dejó empollando? ¿O en quién regaría sus matas de Nomeolvides? ¿En los huesos del abuelo reposados en la tierra que les diera alas a sus amores?

Nadie lo sabe. Quizá los ojos de esta abuela, en su último momento de lucidez, hayan revivido, en silencio, los versos de John Milton, el poeta inglés, cuando en su poema El paraíso perdido, expresara: "Aquellas llamas no desprendían luz alguna; pero las tinieblas visibles servían tan solo para descubrir cuadros de horror, regiones de pesares, oscuridad dolorosa, en donde la paz y el reposo no pueden habitar jamás, en donde no penetra ni aun la esperanza."

[Publicado en noviembre de 2005]

http://www.invasor.islagrande.cu/2005/nov/08/abuelas.htm




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