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 EEUU, vigía
mundial de los Derechos Humanos
Por Roberto Montoy
Como todos los años para estas fechas, desde 1977, el Departamento
de Estado ha dado a conocer su exhaustivo informe sobre la situación
de los Derechos Humanos en el mundo, el Country Reports on Human
Rights Practices-2005. En el primer párrafo de su prefacio,
Condoleezza Rice reproduce una frase del presidente Bush: “El
avance de la libertad es la gran historia de nuestro tiempo”.
”Estados Unidos y otras naciones libres –añade
por su parte la secretaria de Estado- tienen el deber de defender
los Derechos Humanos y ayudar a expandir los beneficios de la democracia.
(...) Debemos hacer un llamamiento a aquellos países que
incumplen sus compromisos internacionales sobre Derechos Humanos”.(sic)
En la explicación de cómo y por qué se ha
realizado el documento se especifica incluso que cubre aquellos
casos de “torturas u otros tratamientos crueles, inhumanos
o degradantes o castigos, así cómo detenciones prolongadas
detenciones sin cargos, desapariciones o detención clandestina
de detenidos y otras flagrantes violaciones al derecho a la vida,
la libertad y la seguridad de las personas”. (sic)
Como se ve, la Administración Bush es escrupulosa, realmente
estricta en la vigilancia del cumplimiento de los Derechos Humanos,
una vez más. Si en 1977 pasaban por la lupa derechohumanista
del Departamento de Estado sólo los 82 países que
en ese momento recibían algún tipo de ayuda por parte
de EEUU, en el informe 2005 son 196 los países inspeccionados.
En su introducción se aclara que todas las embajadas de EEUU
en el mundo colaboran en la elaboración de tan exhaustivo
informe, que muestra un prolijo seguimiento de la legislación
de cada país en materia de DDHH, de su respeto a las leyes
internacionales, dejando constancia desde la superpoblación
de una cárcel o la violación de los derechos de un
preso común, hasta casos de violencia de género, discriminaciones
a los inmigrantes, maltrato a un preso político o un terrorista
y un sinfín de otros aspectos.
Sin duda, si este informe de los Derechos Humanos del Departamento
de Estado hipotéticamente pudiera ser leído por un
extraterrestre, este concluiría que el autor del mismo no
puede ser más que una poderosa organización humanitaria
de ámbito internacional o un Estado Superprotector, Justo
y Equitativo, que vela en la Tierra desinteresadamente por el bien
de todos. El extraterreste se pronunciaría por esta segunda
opción si le hicieran conocer el antecedente de que el presidente
de ese país, desde 2001, es nada menos que un moderno cruzado
que declaró una guerra del Bien contra el Mal, a nivel planetario
y por tiempo indefinido. Así también encontraría
rápidamente la respuesta ese extraterrestre a su pregunta
de por qué en ese puntilloso examen sobre la situación
en 196 países del planeta Tierra, falta precisamente el autoexamen
de quien lo hace, de Estados Unidos.
El extraterrestre caería rápidamente en cuenta que
ese tal país llamado Estados Unidos no requiere ser sometido
a ninguna investigación derechohumanista ni por su actuación
en relación con su propia población ni, por supuesto,
con el resto del mundo. Para eso es el país Salvador de la
Tierra por obra Divina -cavilaría el extraterrestre-, por
ello encarna al Bien, lucha contra el Eje del Mal, y está
libre de todo pecado.
LA UNICA MENCION A EEUU EN EL INFORME
El extraterrestre encontraría normal que sólo en
la introducción al voluminoso informe -que dedica varias
páginas a cada uno de los países estudiados- figure
una mención a EEUU, que es literalmente la siguiente: “La
propia travesía de Estados Unidos hacia la libertad y la
justicia para todos ha sido larga y difícil, y todavía
está lejos de haber terminado. Sin embargo en el transcurso
del tiempo nuestras ramas independientes de gobierno, nuestra prensa
libre, nuestra apertura hacia el mundo y, lo que es más importante,
el valor cívico de patriotas estadounidenses impacientes,
nos ayudan a mantener la fe en nuestros principios fundamentales
y nuestras obligaciones internacionales sobre derechos humanos”.
ENEMIGOS Y ALIADOS BAJO LA LUPA
En el Country Reports on Human Rights Practices-2005, el Departamento
de Estado pone la lupa sobre cualquier zona del globo terráqueo,
hurgando como fiscal planetario hasta qué punto cada país
respeta los Derechos Humanos, y dejando en evidencia denuncias de
violaciones a esos derechos. Por supuesto que en primerísimo
lugar aparecen los países malísimos, como Irán,
Corea del Norte, Birmania, Zimbabwe, China y, cómo no, “el
estado totalitario” de Cuba, cuyo régimen, dice, “controla
“todos los aspectos de la vida a través del Partido
Comunista y sus organizaciones afiliadas”. “Raúl
Castro es el principal instrumento de la población”,
añade. Menciona, además de “golpes y abusos
a los detenidos y prisioneros, incluyendo activistas de derechos
humanos, llevados a cabo con impunidad”; “denegación
de juicios justos, particularmente con los prisioneros políticas”.
La Administración Bush, que defiende su derecho a seguir
con su programa masivo de escuchas telefónicas, no tiene
ningún problema sin embargo a denunciar la “interferencia
de la privacidad, incluyendo monitorización de las comunicaciones
privadas” que supuestamente lleva a cabo el Gobierno cubano.
El país por excelencia que menosprecia y posterga a su población
negra [véase el último ejemplo lo que pasó
con las víctimas de el Katrina], no tiene tampoco tapujos
para acusar a La Habana de “discriminación contra personas
de descendencia africana”.
El Gobierno de Hugo Chávez no se salva, faltaría
más, de las críticas del Departamento de Estado [el
próximo año sin duda Evo Morales también estará
en su picota], y es así que, a pesar de reconocer que “es
una democracia constitucional”, acusa al Gobierno de Venezuela
de “utilizar al sistema judicial selectivamente contra la
oposición política e implementar la ley de medios
de comunicación de 2005 que limita la libertad de expresión”.
Venezuela es acusada de “asesinatos ilegales de sospechosos
de ser criminales”, de “abusos y torturas a detenidos”,
de “arbitrarios arrestos y detenciones”, “corrupción,
ineficiencia y alta politización del sistema judicial”
y un largo etcétera.
Pero el informe depara sorpresas. En una muestra más de
la gran objetividad del informe, el Departamento de Estado llega
a incluir observaciones incluso sobre sus propios grandes aliados.
Es el caso de Israel, su pieza clave en Oriente Medio -ese país
al que José María Aznar quiere ahora integrar en la
OTAN-, del que dice que “el Gobierno generalmente respeta
los Derechos Humanos de sus ciudadanos; sin embargo hay problemas
en algunas áreas”. Dentro de esas áreas menciona:
“serios abusos por algunos miembros de las fuerzas de seguridad
contra detenidos palestinos”, “aplicación impropia
de los procedimientos de internamiento”, “discriminación
contra los ciudadanos árabes”, “corrupción
gubernamental”, “violencia social y discriminación
contra la mujer”.
Egipto, otro aliado importante para EEUU en la región, y
al que desde los 90 transfiere en vuelos de la CIA prisioneros para
ser torturados por sus temibles servicios secretos, no se salva
sin embargo de las amonestaciones. Estas son, paradójicamente,
mucho más graves que las de la mayoría de países
que, según el emperador integran el Eje del Mal. En el caso
de Egipto, por ejemplo se cita los siguientes “problemas”
relacionados con los Derechos Humanos: “limitaciones en el
derecho de los ciudadanos para cambiar su Gobierno”; “existencia
de estado de emergencia de forma continua desde 1967”; “tortura
y abusos de prisioneros y detenidos, incluyendo muertes en custodia”;
“pobres condiciones en las prisiones y centros de detención”;
“impunidad”; “arrestos y detenciones arbitrarias,
a veces masivas, incluyendo prolongadas detenciones antes de ser
sometidos a los tribunales”; “influencia del Ejecutivo
sobre el Poder Judicial”; “denegación de tribunales
públicos justos y ausencia del debido proceso”; “prisioneros
políticos”; “restricciones a las libertades civiles
–libertad de expresión, prensa, reunión y asociación,
algunas restricciones a la libertad religiosa”; “corrupción
y falta de transparencia”.
No sólo Israel y Egipto, Arabia Saudí, Pakistán,
sino también aliados occidentales de peso como el Reino Unido,
que especialmente desde el inicio de la cruzada de Bush junior contra
el terrorismo internacional viene jugando un papel decisivo para
EEUU, caen bajo el ojo de los investigadores del Departamento de
Estado. En la amplia ficha que le abren a este país en el
informe, se cita entre otros, como “problemas de Derechos
Humanos reportados”, los “ocasionales abusos de detenidos
y otras personas por miembros individuales de la policía
y el ejército”, las “condiciones de superpoblación
en prisioneros y algunas inadecuadas infraestructuras carcelarias”,
“violencia y discriminación contra minorías
religiosas y étnicas, mujeres y niños”.
En esa ficha del Reino Unido, no sólo se recuerda el Bloody
Sunday en el Ulster de 1972 y otras “controvertidas muertes
que tuvieron lugar en Irlanda del Norte en los 80 y 90” o
que “el ombudsman para Irlanda del Norte de la policía
recibió 2.885 denuncias que incluían 4.206 alegaciones
de malas conductas policiales”y que hubiera una investigación
en curso sobre polémica muerte en manos de la policía
británica del ciudadano brasileño Charles de Menezes
el pasado 22 de julio. No, el informe asombra aún más
cuando menciona incluso que “a fines de año [2005]
dos cortes marciales paralelas juzgaron a 11 soldados en relación
a las muertes de dos detenidos iraquíes en 2003” y
explica cómo se procedió en cada caso. Un poco más
adelante el informe menciona también, ascépticamente,
que “el 8 de diciembre el Comité Judicial de la Cámara
de los Lores revocó la decisión de una corte de apelación
y estableció que incluso en los casos de terrorismo ninguna
corte puede considerar evidencias obtenidas a través de la
tortura”.
Con la misma imparcialidad y exquisita objetividad, ¿o tal
vez esquizofrenia política?, el Departamento de Estado se
adentra en otro tema altamente delicado. En la ficha de Suecia,
tras mencionar como violaciones a los Derechos Humanos “incidentes
anti islámicos y antisemitas”, “violencia contra
mujeres y niños”, “tráfico de mujeres
y niños” y “discriminación contra residentes
de origen extranjeros y homosexuales”, y algunos casos “aislados”
de utilización de la tortura con detenidos, menciona nada
menos la denuncia hecha por el Comité contra la Tortura de
la ONU (UNCPT en sus siglas en inglés) de “la repatriación
forzada de dos ciudadanos egipcios en 2001”. Así explica
que “en septiembre [de 2005] un comité parlamentario
de control del Gobierno criticó por su actuación en
el caso de repatriación de los egipcios”. Y el informe
del Departamento de Estado llega a añadir: “El comité
de investigación determinó que el Gobierno no debía
aceptar las garantías de parte del Gobierno de Egipto de
que no serían torturados”.
Este caso se refiere nada más y nada menos que al secuestro
de los refugiados egipcios Ahmed Agiza y Mohammed al-Zari, que habían
pedido asilo en Suecia, y que fueron secuestrados por agentes del
servicio secreto sueco, el SÄPO, en dos ciudades distintas,
en colaboración con agentes de la CIA y trasladados en uno
de sus ya famosos aviones civiles camuflados -un Gulfstream V matrícula
N379P- a Egipto, donde fueron brutalmente torturados.
Este es sin duda uno de los casos más insólitos de
los registrados en el informe de Derechos Humanos 2005 del Departamento
de Estado. Al relatar este caso, no se hace la más mínima
alusión a que ese caso es precisamente uno de los primeros
registrados tras el 11-S –fue el 18 de noviembre de 2001-
como parte de esa gigantesca operación encubierta de la CIA
de secuestros y entregas [extraordinary renditions en su jerga]
de prisioneros a terceros países para ser torturados con
total impunidad, lejos de cualquier tribunal o molesto observador
de la Cruz Roja Internacional.
EL ‘EXHAUSTIVO’ AUTOEXAMEN DE EEUU
A pesar de que 196 países del globo tienen una pormenorizada
ficha sobre su respeto a los Derechos Humanos, Estados Unidos no
tiene la propia. La única mención que se hace a éste
país en las cientos de páginas del informe del Departamento
de Estado aparece en su Introducción…y se resuelve
en un párrafo. Es el siguiente: “El propio camino de
Estados Unidos hacia la libertad y la justicia para todos ha sido
largo y difícil, y está todavía lejos de ser
completo. Gracias a nuestras ramas independiente de gobierno, nuestra
libertad de prensa, nuestra apertura al mundo, y, lo más
importante, el coraje cívico de impacientes patriotas americanos,
nos ayudan a mantener la fe en nuestro ideales fundacionales y nuestras
obligaciones internacionales con los derechos humanos”.
Pues sí, esa es la lectura que hace EEUU sobre sí
mismos, lo que sin duda llenará de satisfacción y
emoción al extraterrestre citado antes.
Para los terráqueos sin embargo, para hacer aún más
riguroso su informe, el Departamento de Estado tendría que
haber empezado por elaborar una gran ficha de EEUU, una gigantesca
ficha. Al menos tendría que haber desarrollado estos problemas
suyos con los Derechos Humanos, aunque sea limitándose sólo
a la Administración Bush:
La aplicación de la Patriot Act, el paquete de medidas antiterroristas
impuesto -con complicidad del Partido Demócrata- a la población
de EEUU tras el 11-S, viene vulnerando desde esa fecha, importantes
conquistas de los derechos civiles de la que tanto se enorgullecían
sus ciudadanos, retrotrayendo su situación a los peores momentos
de la era de McCarthy. La intromisión de los servicios de
Inteligencia autorizados por la Patriot Act -inicialmente prevista
como una medida temporal, pero que gradualmente va incorporando
sus cláusulas a la legislación de EEUU- llega al punto
de poder grabar conversaciones telefónicas de los ciudadanos
sin autorización de un juez, así como controlar su
correo postal y electrónico, acceder a sus fichas médicas
y bancarias y un largo etcétera. En definitiva, el Big Brother
imaginado literariamente por Orwell convertido en realidad.
Cerca de 1.000 inmigrantes extranjeros –la mayoría
de ellos de origen árabe- que vivían en EEUU en el
momento del 11-S fueron detenidos arbitrariamente y mantenidos durante
meses, algunos de ellos años, en centros que los mantenían
como desaparecidos, sin reconocerles ningún derecho. El propio
Tribunal Supremo autorizó a que no se los identificara públicamente,
ni se suministrara información a sus familiares, ni se les
permitiera tener abogados. Buena parte de estos prisioneros fueron
posteriormente repatriados a sus países de origen, a pesar
de que muchos de ellos corrían el riesgo de ser torturados
allí, con lo que se violó normas estrictas del Derecho
Internacional que lo prohíben expresamente.
La Administración Bush mintió deliberadamente, falsificó
pruebas y manipuló informes de Inteligencia, para acusar
al régimen de Sadam Husein de posesión de armas de
destrucción masiva, argumento con el cual justificó
la guerra contra Irak.
La Administración Bush, con cómplices como el Gobierno
del Reino Unido, violó la Carta de la ONU y las más
elementales reglas del Derecho Internacional, al decidir unilateralmente
lanzar la guerra contra Irak el 20 de marzo de 2003, a pesar de
no contar con el respaldo del Consejo de Seguridad.
La Administración Bush es responsable de la muerte de miles
y miles de ciudadanos inocentes en Irak y de la principal infraestructura
con la que contaba este país como consecuencia de los bombardeos
masivos y los incontables daños colaterales provocados por
sus supuestas bombas inteligentes.
La Administración Bush es responsable directa de la sistemática
violación de los Derechos Humanos de la población
civil y de los prisioneros tanto en Irak como Afganistán,
de lo cual los casos Abu Ghraib y Bagram son sólo las caras
visibles de un gran iceberg.
La Administración Bush es responsable del traslado ilegal
de prisioneros capturados en Afganistán a un centro de detención
propio instalado en su ilegal base naval de Guantánamo, así
como el de haber decidido unilateralmente que estos eran combatientes
enemigos y no detenidos con derecho a ser reconocidos como prisioneros
de guerra, tal como establecen las Convenciones de Ginebra desde
1950. Esta situación ilegal, violatoria de las más
elementales reglas de la guerra y del Derecho Internacional, le
ha permitido a los mandos estadounidenses mantener en un verdadero
limbo legal a más de 600 prisioneros en Guantánamo
desde enero de 2002.
La Administración Bush es responsable de haber montado,
paralelamente a la intervención de sus fuerzas armadas en
Afganistán e Irak, un programa -confiado a la CIA y con una
infraestructura propia de aviones civiles camuflados y centros de
detención- de secuestros clandestinos en cualquier parte
del mundo, de personas sospechosas de estar relacionadas con Al
Qaeda. Estas son trasladadas, en la mayoría de los casos,
a países aliados [algunos de ellos europeos incluso] donde
son torturadas por los servicios de Inteligencia locales y agentes
de la CIA, con total impunidad.
Estos son sólo los enunciados de algunos, no todos, de los
fallos de EEUU en relación con los Derechos Humanos que deberían
haber estado incluidos en el laborioso Country Reports on Human
Rights Practices-2005 dado a conocer el 8 de marzo de 2006 por el
Departamento de Estado de Estados Unidos.
De haberlo hecho, hipotéticamente, se hubiera podido tal
vez entrar a discutir, rebatir o matizar el contenido de tal o cual
ficha de los restantes 196 países del globo.
Pero, mientras no se produzca ese reconocimiento, el arduo y costoso
trabajo de ese informe, como el de todos los años anteriores,
seguirá siendo sólo una de las expresiones máximas
del cinismo e inmoralidad del Gobierno de EEUU.
Sin embargo, como decíamos más arriba, EEUU sólo
puede venderle su película de la Historia y de la actualidad
a un extrarrestre. En realidad, y lamentablemente, hay que reconocer
que en la Tierra también tiene a unos cuantos dispuestos
a comprarle una copia de su película, aunque sepan que es
pirata.
* Roberto Montoya nació en Buenos Aires, donde estudió
Periodismo y trabajó en distintos medios escritos. Encarcelado
y torturado en varias ocasiones durante la dictadura de Onganía-Livingston-Lanusse
(1966-1973) y bajo el gobierno democrático de Isabelita
Martínez de Perón /1974-1976) y el imperio del terror
de su paramilitar Triple A, inició su exilio político
europeo en París, en 1976. Actualmente es uno de los jefes
de la sección Internacional de El Mundo, de España,
diario en el que trabaja desde 1992 y del que fue también
su corresponsal en Roma y París. Ha sido jefe de Internacional
de El Independiente, de 1989 a 1991; corresponsal en Londres de
la cadena de TV de Estados Unidos SIN-Univisión de 1984
a 1987; trabajó para los periódicos Liberación
(España), Página 12 (Argentina) y El Excelsior (México).
Fue colaborador de Radio Nacional y Radio Exterior de España;
de la BBC Radio, Servicio para América Latina; de Antena
3 Radio, y otras múltiples publicaciones.
Es coautor, junto a Alejandro Tarruella y bajo el seudónimo
de Pablo Kúlacs, del libro Los Terratenientes (Buenos Aires,
1970); y junto a Daniel Pereyra, de El caso Pinochet y la impunidad
en América Latina (2002). Ha publicado también El
imperio global (2000) y La impunidad imperial (2005)
(Tomado de www.cubadebate.cu 15.3.2006)
http://www.periodico26.cu/opinion/eeuu170306.htm
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