..."Lo que os puedo dar os doy, que es una ínsula hecha y derecha, redonda y bien proporcionada..."
"Don Quijote de la Mancha". Capítulo XLII: " De los consejos que dió Don Quijote a Sancho Panza antes que fuese a gobernar la ínsula..."

ISSN: 1810-4479
Publicación Semanal. Año 3, Nro.116, Viernes, 24 de marzo del 2006
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Los abanderados de Estocolmo y La Ilíada que viene
Por Angel de la Guardia, el joven que cargó con Martí en Dos Ríos

En un tono amelcochado que recuerda a los poemas de Amado Nervo, un conocido estafador llamado Ramón Humberto Colas, autoproclamado “Fundador de Bibliotecas Independientes de Cuba”, acaba de regalar a los lectores inteligentes de “El Nuevo Herald”, sin duda alguna, profundos y deleitosos conocedores de la poesía contemporánea, un inolvidable artículo titulado “ Mi bandera ultrajada”, una pieza lacrimógena digna de figurar en los anales de lo implacablemente kitch, allí a donde no han alcanzado a clasificar todavía los peinados de los senadores norteamericanos, ni el patriótico intento de los Díaz- Balart para evitar que la novena cubana de pelota, “devastada por la represión castrista, el hambre y la decepción”, barriese, como acaba de hacer, con cuanto equipo de las Grandes Ligas se le puso delante en el Clásico Mundial recién celebrado, con excepción de Japón, coronándose Subcampeona. Se rumora que estos patrióticos chicos, los Días Balart, aún no han logrado que los médicos le saquen de sus gargantas profundas las pelotas sacadas del Petco Park por los batazos de los “famélicos” peloteros cubanos.

Ante la altura poética alcanzada por Colas en esta pieza inmortal, ¡que incline la cabeza Heredia, que esconda su pequeñez Casal, que haga mutis por el foro Nicolás Guillén, que se despida Dulce María Loynaz, que recoja los bates Lezama!. Simplemente se acabó el juego, porque este articulillo ha sido de “apaga y vámonos”.

Resulta que en un reciente y heroico viaje libertador a Suecia, que por supuesto paga la casa, o sea, la CIA, y acompañado por su compadre Frank Calzón, o sea, por la CIA, Colas sintió arder dentro de si la llamada de un patriotismo poético, un irresistible impulso por reverenciar la misma bandera cubana de la que abjurase al abandonar su país, para servir de friega y lava al amo yanqui, sempiterno enemigo de nuestra enseña nacional. Pero nunca es tarde para ver la luz, a juzgar por esta pieza de revelación personal con la que Colas, como nuevo Paulo de Tarso, intenta describirnos su Camino de Damasco.

Imaginamos que este inspirado émulo del Dante, mientras con una mano escribía su pieza inmortal, con la otra contaba los centavitos que se pueden desgajar de los millones que la USAID entrega al Consorcio del Mississippi, para el que ahora “trabaja”, y que se supone destinados a “reconstruir” la Universidad de la martirizada Universidad iraquí de Mosul, y no para pagar francachelas y colecciones de efectos electrodomésticos, expresiones ambas de un cierto atavismo freudiano en su carácter contra el que este ilustre patriota nada puede.

Después de obsequiarnos con metáforas que por su ternura cortarían el resuello a Lorca y Machado -entre las que no me resisto a citar esa de “la ciudad se vestía de un intenso candor por la nieve”, o la de “una tarde adolescente y oscura”, y también la inolvidablemente críptica de…“el ruido en ciudades heladas es poco perceptible y tempestivo”, muy cercana a la órbita de César Vallejo- el poeta redentor, disciplinado contratista del gobierno de Bush, dirige su pluma contra un grupo de amigos de la Revolución cubana que enarbolando nuestra enseña desafiaron el aquelarre propagandístico que había unido en Estocolmo a los checos de alquiler de “People en Need”, a un puñado de suecos neoliberales y a la pareja de marras, con el objetivo de “ discutir sobre la transición y los actores del “cambio” en Cuba.

Sintiéndose poseído Colas por el santo fuego y la energía que da saber que a sus espaldas, y resguardando las partes pudendas, se encuentra la 82 División Aerotransportada del Ejército de los Estados Unidos, la misma que espera sea recibida con flores en La Habana, al igual que lo ha sido en las calles de Bagdad, cargó literariamente, claro está, cual reeditado Orlando Furioso, contra los manifestantes suecos que apoyaban allí al pueblo cubano, en sus propias narices, sin necesidad de esquilmarlo cobrando a tanto por el apoyo, y dando un ejemplo que, como es lógico, un cuadro de la Fundación Nacional Cubano Americana no puede permitir, porque sería un mal precedente que podría dañar el negocio. En efecto, más que el contenido de las pancartas contra el bloqueo, o la bandera nacional que portaban los amigos de Cuba, lo que molestó hasta el paroxismo a Colas y Frank Calzón fue la imagen de personas manifestándose sin tarifa previa, ni cobrar por su acción. “¿Quién quita- deben haber pensado con angustia-que los americanos se enteren de que esto es posible?”. La posibilidad de que se recorten las migajitas con que estos patriotas pagan el carro del año, la casa con piscina y los viajes sacrificiales por “la causa”, volando siempre en primera, alojándose en hoteles cinco estrellas y cargando modestas dietas con las que un etiope viviría todo un año como si fuese el Negus, es, se entiende, causa suficiente para que se le estimule la vena poética hasta a una piedra.

Y hete aquí, ¡oh portento de las Musas, insondables caminos del genio, esclarecido esfuerzo de andantes caballeros émulos de Tirante El Blanco!, que para cerrar la descripción de la heroica y viril actitud asumida por Calzón y Colas ante el inconmensurable peligro que encerraban aquellos amigos de Cuba, aquellas imágenes del Che, las pancartas contra el bloqueo y una bandera cubana, protagonizaron lo que Cervantes hubiese llamado sin duda, en menoscabo de la Batalla de Lepanto, “la más alta ocasión que presenciasen los siglos”: la reivindicación del derecho a saber cómo doblar y guardar la bandera cubana, no se especifica en qué idioma, aunque esto debe ser irrelevante para tales dechados de cultura.

La escena descrita por Colas parece sacada de un film de Buñuel, y pasará, sin dudas, al repertorio del Teatro del Absurdo, de Ionescu: unos ofendidos patriotas cubanos, en medio de una nevada en Estocolmo, reclaman a unos suecos la propiedad de la bandera que enarbolan. Tras preguntarles “si Castro no les ha enseñado a rendirles los honores debido”, el mayor de los cuales, es, al parecer, saber doblarla antes de guardarla, aquellos esclarecidos cubanazos, al borde del llanto, e imaginamos que también cuadrados como cabos furrieles, tal y como enseñaban los sargentos yanquis que entrenaron a sus mayores en las bases de Guatemala en los días previos al desembarco por las gloriosas arenas de Playa Girón, terminan declamando, con voz desfalleciente, en un final digno de la película “Casablanca”: “Esa será siempre nuestra bandera”. Casi puede escucharse, al fondo, el sonido de unos violines angustiados y se adivina cómo va cayendo, lentamente el telón, segundos antes de que el público, conmovido hasta los tuétanos, prorrumpa en una ovación.

Si los lectores han sido capaces de liberar sus cuerpos y mentes de la densa melcocha lanzada sobre ellos por este poeta marrullero, entenderán, sin demora, que muy de capa caída debe andar una causa política, como esta de los que abogan por el retorno del capitalismo al suelo cubano, en servil componenda con el amo que paga en el Norte, para que tenga que acumular semejante sarta de mediocridades, bajezas y mentiras, y lo publique como si se tratase de una pieza inolvidable, adornada por adjetivos relumbrones y metáforas cebollinas.

Mal andan los poetastros como Colas y Calzón, autoproclamados líderes y fundadores de cualquier cosa, cuando, en vez de andar robando el dinero a los contribuyentes norteamericanos en sus campañas contra Cuba, no dedican su tiempo a leer y superarse, para, al menos, ser tomados en serio por el pueblo al que pretenden dirigirse y que se muere de la risa con ridiculeces como esta.

Los “Abanderados de Estocolmo” no tienen ni un ápice de moral para reivindicar la propiedad sobre ninguna bandera cubana: perdieron todo derecho a ello, no por emigrar, sino sirviendo por los 30 dineros de la infamia al mismo Imperio que desde hace siglos hace todo lo posible porque los cubanos no tengamos bandera propia.

Son los mismos que, con infinita abyección apátrida, ruegan a Bush que no se olvide de dedicarle a los cubanos algunos de los misiles y algunas de las bombas con las que diezma a los iraquíes, y que sueñan regresar a las ruinas del país tremolando la banderita yanqui.

Son expertos, eso si, en doblar y guardar la enseña nacional. La llevan tan escondida, como si quisieran que nos olvidáramos de ella.

Por eso, tal y como hicieron aquellos suecos solidarios con Cuba, nada nos da más placer que hacerla tremolar ante el amo y sus cipayos iletrados.

¿Habrá olvidado Calzón lo que le ocurrió Ginebra, cuando virilmente, como acostumbra a hacer con las mujeres, empujó a una diplomática de la Cuba revolucionaria, y recibió un fulminante KO?

¿Cuándo podremos leer, en inspirados versos del poeta Colas, la homérica narración de aquella epopeya?




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