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 Los abanderados de Estocolmo
y La Ilíada que viene
Por Angel de la Guardia, el joven que cargó con Martí
en Dos Ríos
En un tono amelcochado que recuerda a los poemas de Amado Nervo,
un conocido estafador llamado Ramón Humberto Colas, autoproclamado
“Fundador de Bibliotecas Independientes de Cuba”, acaba
de regalar a los lectores inteligentes de “El Nuevo Herald”,
sin duda alguna, profundos y deleitosos conocedores de la poesía
contemporánea, un inolvidable artículo titulado “
Mi bandera ultrajada”, una pieza lacrimógena digna
de figurar en los anales de lo implacablemente kitch, allí
a donde no han alcanzado a clasificar todavía los peinados
de los senadores norteamericanos, ni el patriótico intento
de los Díaz- Balart para evitar que la novena cubana de pelota,
“devastada por la represión castrista, el hambre y
la decepción”, barriese, como acaba de hacer, con cuanto
equipo de las Grandes Ligas se le puso delante en el Clásico
Mundial recién celebrado, con excepción de Japón,
coronándose Subcampeona. Se rumora que estos patrióticos
chicos, los Días Balart, aún no han logrado que los
médicos le saquen de sus gargantas profundas las pelotas
sacadas del Petco Park por los batazos de los “famélicos”
peloteros cubanos.
Ante la altura poética alcanzada por Colas en esta pieza
inmortal, ¡que incline la cabeza Heredia, que esconda su pequeñez
Casal, que haga mutis por el foro Nicolás Guillén,
que se despida Dulce María Loynaz, que recoja los bates Lezama!.
Simplemente se acabó el juego, porque este articulillo ha
sido de “apaga y vámonos”.
Resulta
que en un reciente y heroico viaje libertador a Suecia, que por
supuesto paga la casa, o sea, la CIA, y acompañado por su
compadre Frank Calzón, o sea, por la CIA, Colas sintió
arder dentro de si la llamada de un patriotismo poético,
un irresistible impulso por reverenciar la misma bandera cubana
de la que abjurase al abandonar su país, para servir de friega
y lava al amo yanqui, sempiterno enemigo de nuestra enseña
nacional. Pero nunca es tarde para ver la luz, a juzgar por esta
pieza de revelación personal con la que Colas, como nuevo
Paulo de Tarso, intenta describirnos su Camino de Damasco.
Imaginamos que este inspirado émulo del Dante, mientras
con una mano escribía su pieza inmortal, con la otra contaba
los centavitos que se pueden desgajar de los millones que la USAID
entrega al Consorcio del Mississippi, para el que ahora “trabaja”,
y que se supone destinados a “reconstruir” la Universidad
de la martirizada Universidad iraquí de Mosul, y no para
pagar francachelas y colecciones de efectos electrodomésticos,
expresiones ambas de un cierto atavismo freudiano en su carácter
contra el que este ilustre patriota nada puede.
Después de obsequiarnos con metáforas que por su
ternura cortarían el resuello a Lorca y Machado -entre las
que no me resisto a citar esa de “la ciudad se vestía
de un intenso candor por la nieve”, o la de “una tarde
adolescente y oscura”, y también la inolvidablemente
críptica de…“el ruido en ciudades heladas es
poco perceptible y tempestivo”, muy cercana a la órbita
de César Vallejo- el poeta redentor, disciplinado contratista
del gobierno de Bush, dirige su pluma contra un grupo de amigos
de la Revolución cubana que enarbolando nuestra enseña
desafiaron el aquelarre propagandístico que había
unido en Estocolmo a los checos de alquiler de “People en
Need”, a un puñado de suecos neoliberales y a la pareja
de marras, con el objetivo de “ discutir sobre la transición
y los actores del “cambio” en Cuba.
Sintiéndose poseído Colas por el santo fuego y la
energía que da saber que a sus espaldas, y resguardando las
partes pudendas, se encuentra la 82 División Aerotransportada
del Ejército de los Estados Unidos, la misma que espera sea
recibida con flores en La Habana, al igual que lo ha sido en las
calles de Bagdad, cargó literariamente, claro está,
cual reeditado Orlando Furioso, contra los manifestantes suecos
que apoyaban allí al pueblo cubano, en sus propias narices,
sin necesidad de esquilmarlo cobrando a tanto por el apoyo, y dando
un ejemplo que, como es lógico, un cuadro de la Fundación
Nacional Cubano Americana no puede permitir, porque sería
un mal precedente que podría dañar el negocio. En
efecto, más que el contenido de las pancartas contra el bloqueo,
o la bandera nacional que portaban los amigos de Cuba, lo que molestó
hasta el paroxismo a Colas y Frank Calzón fue la imagen de
personas manifestándose sin tarifa previa, ni cobrar por
su acción. “¿Quién quita- deben haber
pensado con angustia-que los americanos se enteren de que esto es
posible?”. La posibilidad de que se recorten las migajitas
con que estos patriotas pagan el carro del año, la casa con
piscina y los viajes sacrificiales por “la causa”, volando
siempre en primera, alojándose en hoteles cinco estrellas
y cargando modestas dietas con las que un etiope viviría
todo un año como si fuese el Negus, es, se entiende, causa
suficiente para que se le estimule la vena poética hasta
a una piedra.
Y hete aquí, ¡oh portento de las Musas, insondables
caminos del genio, esclarecido esfuerzo de andantes caballeros émulos
de Tirante El Blanco!, que para cerrar la descripción de
la heroica y viril actitud asumida por Calzón y Colas ante
el inconmensurable peligro que encerraban aquellos amigos de Cuba,
aquellas imágenes del Che, las pancartas contra el bloqueo
y una bandera cubana, protagonizaron lo que Cervantes hubiese llamado
sin duda, en menoscabo de la Batalla de Lepanto, “la más
alta ocasión que presenciasen los siglos”: la reivindicación
del derecho a saber cómo doblar y guardar la bandera cubana,
no se especifica en qué idioma, aunque esto debe ser irrelevante
para tales dechados de cultura.
La escena descrita por Colas parece sacada de un film de Buñuel,
y pasará, sin dudas, al repertorio del Teatro del Absurdo,
de Ionescu: unos ofendidos patriotas cubanos, en medio de una nevada
en Estocolmo, reclaman a unos suecos la propiedad de la bandera
que enarbolan. Tras preguntarles “si Castro no les ha enseñado
a rendirles los honores debido”, el mayor de los cuales, es,
al parecer, saber doblarla antes de guardarla, aquellos esclarecidos
cubanazos, al borde del llanto, e imaginamos que también
cuadrados como cabos furrieles, tal y como enseñaban los
sargentos yanquis que entrenaron a sus mayores en las bases de Guatemala
en los días previos al desembarco por las gloriosas arenas
de Playa Girón, terminan declamando, con voz desfalleciente,
en un final digno de la película “Casablanca”:
“Esa será siempre nuestra bandera”. Casi puede
escucharse, al fondo, el sonido de unos violines angustiados y se
adivina cómo va cayendo, lentamente el telón, segundos
antes de que el público, conmovido hasta los tuétanos,
prorrumpa en una ovación.
Si los lectores han sido capaces de liberar sus cuerpos y mentes
de la densa melcocha lanzada sobre ellos por este poeta marrullero,
entenderán, sin demora, que muy de capa caída debe
andar una causa política, como esta de los que abogan por
el retorno del capitalismo al suelo cubano, en servil componenda
con el amo que paga en el Norte, para que tenga que acumular semejante
sarta de mediocridades, bajezas y mentiras, y lo publique como si
se tratase de una pieza inolvidable, adornada por adjetivos relumbrones
y metáforas cebollinas.
Mal andan los poetastros como Colas y Calzón, autoproclamados
líderes y fundadores de cualquier cosa, cuando, en vez de
andar robando el dinero a los contribuyentes norteamericanos en
sus campañas contra Cuba, no dedican su tiempo a leer y superarse,
para, al menos, ser tomados en serio por el pueblo al que pretenden
dirigirse y que se muere de la risa con ridiculeces como esta.
Los “Abanderados de Estocolmo” no tienen ni un ápice
de moral para reivindicar la propiedad sobre ninguna bandera cubana:
perdieron todo derecho a ello, no por emigrar, sino sirviendo por
los 30 dineros de la infamia al mismo Imperio que desde hace siglos
hace todo lo posible porque los cubanos no tengamos bandera propia.
Son los mismos que, con infinita abyección apátrida,
ruegan a Bush que no se olvide de dedicarle a los cubanos algunos
de los misiles y algunas de las bombas con las que diezma a los
iraquíes, y que sueñan regresar a las ruinas del país
tremolando la banderita yanqui.
Son expertos, eso si, en doblar y guardar la enseña nacional.
La llevan tan escondida, como si quisieran que nos olvidáramos
de ella.
Por eso, tal y como hicieron aquellos suecos solidarios con Cuba,
nada nos da más placer que hacerla tremolar ante el amo y
sus cipayos iletrados.
¿Habrá olvidado Calzón lo que le ocurrió
Ginebra, cuando virilmente, como acostumbra a hacer con las mujeres,
empujó a una diplomática de la Cuba revolucionaria,
y recibió un fulminante KO?
¿Cuándo podremos leer, en inspirados versos del poeta
Colas, la homérica narración de aquella epopeya?

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