|
 Ese día empecé
a entender a Silvio
Por Luis Eduardo Rumbaut | Washington
No es un texto reciente. Sin embargo, siendo como
es demostrativo del peso que nuestra música, nuestra cultura,
tienen en la defensa de nuestras ideas, en lo que hemos dado en
llamar “batalla de ideas”, y como homenaje también
a esa fuerza más que ha sido, es y será la Nueva Trova
Cubana, vaya este pequeño texto:
"No eran ídolos de la farándula, sino trovadores
que cantaban sus canciones sin más escenario que una silla
donde sentarse, y que le hablaban a la audiencia desde el corazón."
Siempre había dicho que a Silvio yo no lo entendía.
Entre unicornios Azules y las minas del Rey Salomón me dejaba
rascándome la cabeza. Quizás era Yo muy literal cuando
de música se trataba; lo cierto es que la poesía no
Era mi punto fuerte. Sí, le envidiaba a Silvio el efecto
que parecía él Tener sobre las muchachas, pero eso
era aparte.
Yo perseguía lo que tuviera un sonido más tradicional,
más "cubano". Tenía que ser, creo, porque
después de haberme pasado años en lugares donde no
oía música cubana, me era necesario recuperar un poco
lo definitorio de la identidad nacional, más que perderme
en cosas que terminaran desviándome de ella. Si quería
aprender a tocar música cubana, tendría que comenzar
por los clásicos, así como Picasso estudió
el dibujo clásico de las figuras antes de ponerse a desbaratarlas.
La venida de Pablo y Silvio echó a un lado toda discusión
que llevara conmigo mismo al respecto. Una grieta en la valla del
embargo permitía venir a los dos cantautores más conocidos
de aquello nuevo, bien llamado Nueva Trova. Los traíamos
nosotros, sin medios propios para hacerlo, ni experiencia para guiarnos.
Y los llevaríamos a la Universidad de Georgetown, sede de
la notoria Facultad de Política Exterior, cantera de los
Departamentos de Estado de la guerra fría y centro de reunión
de intelectuales cubanos de derecha. O así se consideraban
ellos, intelectuales, aunque a mí no me constaba. Lo que
sí era seguro que no nos darían la bienvenida.
No nos cayeron bombas, al fin y al cabo, sino a volantes y a consignas,
nada que nos alejara de nuestro propósito. Vi a Pablo y a
Silvio de cerca. Eran muchachos no muy mayores que nosotros, salvo
que inmensamente más talentosos. Simples, hasta humildes,
sin alardes ni posturas. No eran ídolos de la farándula,
sino trovadores que cantaban sus canciones sin más escenario
que una silla donde sentarse, y que le hablaban a la audiencia desde
el corazón.
Cantaron a Latinoamérica, a Cuba, al amor, a las cosas
de la vida. Contra el golpe en Chile -"Yo pisaré las
calles nuevamente..." Tranquilos pero desafiantes, seguros
de sí mismos en aquel entorno inquietante. Me di cuenta de
la fuerza que traían, sin más que sus voces y sus
guitarras, y de la fuerza que tenía que haber detrás
de ellos, del pueblo del cual se nutrían.
Les puse oído y atención, y no esperé más
que Silvio llegara a sonar como un sonero de Oriente. Pero el mensaje
era profundo, y calaba. "Madre, en tu día, tus muchachos
barren minas en Haiphong..." Le di vuelta a esas diez palabras.
¿Cómo había llegado un joven cubano a relacionar
el día de las madres con el minar del puerto vietnamita durante
la cruenta guerra? ¿Por qué golpeaba así esa
imagen? Ese era el arte de ellos, lo que cambiaba ideas y prejuicios
y hacía repensar las cosas. Esa era la Nueva Trova.
Han vuelto después. Hace poco tiempo un grupo de amigos
casi traemos a Pablo otra vez. Pero aquella ocasión fue especial.
Fue la primera vez que Pablo y Silvio vinieron a Washington, y fue
cuando yo empecé a entender a Silvio.
Washington, D.C.
26 de julio 2001
http://www.lajiribilla.cu/2001/n13_julio/368_13.html
|