..."Lo que os puedo dar os doy, que es una ínsula hecha y derecha, redonda y bien proporcionada..."
"Don Quijote de la Mancha". Capítulo XLII: " De los consejos que dió Don
Quijote a Sancho Panza antes que fuese a gobernar la ínsula..."

ISSN: 1810-4479
Publicación Semanal. Año 3, Nro.117, Viernes, 31 de marzo del 2006

 

Cinco cuestiones sobre la relación entre los Escritores y CUBA
Por Sandra García Reina y Belén Gopegui

Los días 16 y 17 de marzo, la escritora Belén Gopegui ha protagonizado varios actos de apoyo al IX Encuentro de Solidaridad con Cuba, participando en dos coloquios en ambas universidades canarias e impartiendo sendas conferencias en La Laguna (Tenerife) y Las Palmas de Gran Canaria. El siguiente texto, introducido por la profesora Sandra García Reina, corresponde a sus intervenciones en los coloquios.

Introducción
Sandra García Reina

Preguntarse en qué consiste y qué implica la escritura revolucionaria significa hablar de arte, de ideología, de la verdad y de política, y requiere también un ejercicio de reflexión histórica sobre el papel social de los intelectuales y el color de su compromiso.

Gopegui ha venido a Las Palmas invitada por la Plataforma Canaria de Solidaridad con los Pueblos que prepara el IX Encuentro de Solidaridad con Cuba.

No sé si conocen su producción literaria, así que resumiré brevemente de lo que trata parte de su trabajo. Ha escrito cinco novelas.

La primera, La escala de los mapas, publicada el 1993, es, entre otras cosas, una novela sobre el miedo al amor y a la realidad. Su personaje, un geógrafo, buscaba obsesivamente un hueco, un espacio donde protegerse de una realidad amenazadora e inaceptablemente antropófaga. Y deseó ser algo así como un positrón, “un hueco en un mar de energía negativa”, por lo que decidió desaparecer del mapa, como desaparecieron los soviéticos, la RDA y tantas otras cosas. Quería detenerse para que cesara la realidad, o al menos para que no lo encontrara.

Pero la realidad no cesó y tampoco se detuvo la escritora, que en 1995 publicó otra novela con el título de Tocarnos la cara. En ella narra el arriesgado proyecto un profesor de teatro y cuatro alumnos de crear un espejo de carne y hueso, de convertirse en actores espejo. Un proyecto colectivo que de alguna manera daría sentido a sus existencias individuales, un sentido que no encuentran en el ámbito de lo privado. El proyecto fracasa, pero aún así no se reniega de él, ni se renuncia a un nuevo intento.

Luego vino La conquista del aire, en 1998, aquí, un grupo de amigos, progresistas, antiguos camaradas, algunos casados y todos en cierta medida acomodados entra en crisis cuando uno de ellos les pide un préstamo de dinero para salvar su pequeña empresa electrónica. Esto desencadena el cuestionamiento de su ideología, sus convicciones políticas y el desbaratamiento de sus vidas privadas.

En el 2001 aparece Lo real, una novela casi épica y, desde luego, política, que narra la rebelión silenciosa y clandestina de un hombre ateo que tiene conciencia de ser no libre y decide usar con astucia los mismos instrumentos que la clase dominante, a saber, la información privilegiada, el tráfico de influencias, el chantaje y la extorsión no para ser dueño, sino para no ser su esclavo, para no servirles, para estar y sobrevivir sin pertenecer. A modo de conciencia colectiva, un coro de asalariados y asalariadas de renta media sigue los pasos del héroe.

Por último, El lado frío de la almohada (2004), es una novela en la que Gopegui reflexiona sobre lo que Cuba representa para el mundo. Cuba es de alguna manera ese “hueco en un mar de energía negativa” que se erige en ejemplo y referente para los que en el resto del mundo aún luchan, resisten y sueñan con vencer al capitalismo.

Toda Literatura es política dice Belén Gopegui. Y efectivamente, la suya es una literatura no complaciente, impura, condicionada y material, como ella misma la califica, y yo añadiría que indiscutiblemente poética. Gopegui entiende la literatura como un instrumento para intervenir en la sociedad, en tanto que toda narrativa trata de por qué se hacen las cosas y de cómo hay que vivir.

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Belén Gopegui, cinco cuestiones sobre la relación entre los escritores y Cuba.

Pedir cuentas. El escritor, la escritora, es notario de irrealidades y traficante de sueños. Y que nadie vea aquí una bonita imagen. El escritor trabaja con los miedos, los sueños, los deseos; por lo tanto, está obligado a argumentar sus historias en la misma medida en que la sociedad debiera estar obligada a pedirle cuentas, a pedirle explicaciones sobre lo que propone, sobre lo que convierte en deseable o en temible o en digno de ser soñado.

Es curioso que en nuestra sociedad se ha acostumbrado a ceder la palabra al escritor para que promocione sus historias, y, en cambio, ha prácticamente renunciado a pedirle explicaciones sobre esas historias.

El pequeño caso de la novela “El lado frío de la almohada” resulta, en este aspecto, ilustrativo. En aras de una supuesta libertad absoluta no se piden cuentas al escritor del sueño que promueve excepto si es el sueño del socialismo cubano. Cuando lo que una novela propone es la defensa del socialismo, entonces los grandes medios de comunicación y algunas personas toman cartas en el asunto y empiezan a interrogar al escritor, en este caso, a la escritora. Esto me parece bien. Simplemente pienso que se debería hacer siempre y no sólo cuando lo que se defiende es el socialismo.


Emigrar. Hay una explicación ad hominem que se me ha pedido, que se les suele pedir a cuantos escritores hablan de Cuba, y que quisiera dejar aquí respondida para unos cuantos años.

Formulada de muy distintas maneras, vendría a ser la de por qué no emigramos a Cuba puesto que defendemos el socialismo que hay allí. A mi modo de ver, el internacionalismo de Cuba tiene su reverso en lo que podemos llamar el cubanismo existente en casi cada país del planeta. Quienes nos acusan de no emigrar no saben nada de nosotros, ni de nosotras. Desconocen cuántas son las personas que en Cáceres, en Madrid, en Alicante, en París, en Montevideo, en Dakar, etcétera, se irían a vivir a Cuba. No saben nada. No saben que no fingimos y que no incurrimos en una sola gota de idealismo. No saben que conocemos las incomodidades y el cansancio y el acoso y que, con todo ello, nos iríamos, porque aquí hemos conocido una incomodidad mayor, la incomodidad de no vivir para lo que se cree sino para que lo que se desprecia. No saben que si pudiéramos, si no pensáramos que es aquí donde estamos donde con más fatiga hemos de pelear, si no supiéramos que la pelea de aquí ha de ser al cabo más útil a Cuba y al socialismo, hace ya tiempo que habríamos provocado un movimiento migratorio, y no lo habríamos hecho por grandeza ni por solidaridad, sino para permitirnos el lujo de aprender otra forma de vida.


Hacerse cargo. También se nos pregunta a veces por el derecho: con qué derecho los intelectuales, los escritores, los miembros de grupos de solidaridad, etcétera, pedimos a Cuba que siga adelante.

En mi respuesta, voy a acudir a un argumento de Santiago Alba y no, como a primera vista podría parecer, para refutarlo, sino para prolongarlo, para llevarlo unos metros más allá. “Nos resulta difícil,” decía Alba en un artículo, “aceptar que no somos nosotros, sino los cubanos, quienes tienen que decidir si la Revolución vale o no la pena”. Sin duda, lo que dice Santiago Alba es cierto, pero voy a atreverme a dar un paso más, a tomar el argumento donde Alba suavemente lo deposita para que él mismo u otros lo continuemos. Hay en mi novela un escritor que, con respecto a Cuba, afirma: no puedo pedirle a nadie que resista por mí. Una vez, por cierto, una mujer cubana escribió a Rebelión diciendo que no sólo teníamos que pedirles que resistieran sino también que avanzaran. Volviendo a la novela les diré que he citado a menudo la frase del escritor: “no puedo pedirle a nadie que resista por mí”, me he amparado en ella y, ahora, después de un año, debo decir que creo que no es una buena frase. Es tal vez una frase a la medida del escritor de clase media que hace de narrador en la novela. Pero quizá nosotros no debamos asumirla. Quizá nosotros debamos, en cambio, atrevernos a pedir. La responsabilidad de quien pide es mucho mayor que la de quien solamente mira. Sin embargo, si estamos aquí es porque nos sentimos responsables. Dicen que los cubanos y las cubanas unen la defensa de su soberanía a la defensa del socialismo. También nosotros debiéramos unirlas. Y si mañana Cuba, soberanamente, es decir, no como resultado de las presiones, la subversión, la agresión y el engaño externos, si soberanamente, insisto, decidiera convertirse en un estado capitalista, respetaríamos esa decisión soberana pero no la apoyaríamos. Y si hoy pedimos a Cuba que resista y que avance sabiendo que eso cuesta cansancio y peligro y muerte, nos haremos cargo como podamos de eso que hemos pedido.

Un escritor argentino me envió hace poco un poema de Juan Gelman. Me lo enviaba, en cierto modo, pienso, como advertencia. Me lo enviaba, creo, para que me hiciera cargo de lo que estoy pidiendo a veces cuando escribo.

El poema se llama “Esperan”. Dice así:

Esperan/ Vamos a empezar la lucha otra vez/ El enemigo está claro y vamos a empezar otra vez /Vamos a corregir los errores del alma /Sus malapenas /Sus desastres /Tantos compañeritos derramados/ Hijitos derramados /Vamos a empezar /Llegó el día con su recordación de muerte /Llegó la noche con su recordación de muerte /Llegó la muerte con su recordación /Nosotros vamos a empezar otra vez la lucha/ Otra vez vamos a empezar Otra vez vamos a empezar nosotros /Contra la gran derrota del mundo Compañeritos que no terminan /O arden en la memoria como fuegos Otra vez, otra vez, otra vez.

Es estremecedor, sólo cabe callar después de su lectura. Pero cabe, después de callar, decir que, pese a todo, nos haremos cargo. No aceptaremos el discurso del capitalismo según el cual los socialistas estaríamos tratando de forzar algo mientras que los capitalistas se limitan a vivir y a dejar vivir.

Los capitalistas matan, matan entre otras muchas personas a aquellas que quieren ser socialistas. Cuando un capitalista escribe una columna en un periódico o un cuento diciendo que hay que dejarse de principios y de ideas y que lo importante es disfrutar, está mintiendo. No es el derecho a disfrutar lo que defiende sino su propio derecho a costa del de millones de personas que no lo harán. También para el socialista disfrutar es importante, pero quiere disfrutar libremente, es decir, allí donde todas las personas sean libres.

Durante años los hombres y mujeres han ido cavando un túnel para escapar. La Unión Soviética ayudó a cavar ese túnel, y la República española y las luchas latinoamericanas y tantas otras. Cuba no ha elegido que muchas fueran cayendo. Cuba no ha elegido estar delante en ese punto donde ya queda menos tierra, donde si se sigue excavando es posible que pronto aparezca el otro lado, aire, cielo abierto. Y claro que le pediremos a Cuba que no se vaya, que se quede, que no deje de excavar. Mientras tanto, trataremos de reunir a cuantas más personas haya para que el trabajo sea más sencillo. Y nos atreveremos a decir que las decisiones personales de cualquier cubano y de cualquier cubana no son sólo decisiones personales. Como ninguna lo es, pero las suyas aún menos. Puede parecer duro, pero si cuando defendemos y nos apoyamos en Cuba no sabemos esto, si no sabemos que estamos pidiendo algo a cada cubano y cubana en cada hora del día, para qué hablar entonces. Les pedimos que continúen, y que avancen, y aunque no sepamos cómo les decimos que estamos en ello, que desde aquí estamos en ello y que nos haremos cargo, como podamos, como sepamos, de su continuar e incluso de su cansancio si así nos lo dijeran.

De manera que es con este derecho, el derecho de pedir, el derecho de exigir lealtad al amigo y de poner para ello a prueba nuestra lealtad, con el que nos atrevemos a hablar de Cuba.


El capital del arrepentimiento. Permítanme que les cuente lo que ocurre con el capital de un escritor o escritora que habla bien del socialismo cubano. En este momento, mi mayor capital simbólico, mi mayor capital como escritora es el capital del arrepentimiento. En este momento, como les decía, sería muy fácil que un gran medio de comunicación volviera a hacerme una entrevista en cuanto yo empezara a gestionar el capital del arrepentimiento. Si, en efecto, fuera dejando caer algunas alusiones, gradualmente, si comentara primero que algo en Cuba me ha decepcionado, luego que hay cosas que en absoluto acepto, luego que yo tenía una venda en los ojos y que ya no la tengo. Si todo eso comentara y un buen día me presentara con un libro titulado “El socialismo sanguinario” o algo así, les aseguro que recibiría una gran atención y que sería noticia. Hay quienes al parecer piensan que algunos escritores y periodistas nos sentimos víctimas de determinados medios que no prestan la suficiente atención a las informaciones veraces acerca de Cuba. A quienes eso dicen les respondo de nuevo que realmente no nos conocen si de verdad piensan que con la que está cayendo, con las bombas, la miseria y el dolor que está cayendo, alguno o alguna de nosotros sería capaz de usar la palabra víctima para un hecho tan absolutamente trivial como es el de aparecer o no en un gran medio de comunicación.


El boxeo. Cuando un escritor o escritora habla bien de la revolución suele pasar por dos etapas. La primera es la de la incertidumbre del contexto dominante. Por así decir, ese contexto espera que se trate de algo momentáneo, coyuntural, que al escritor se le haya ido un poco la mano, que sea un resto de una actitud poco meditada y que renuncie a ella. La segunda etapa, una vez queda claro que el escritor había pensado sus palabras, consiste en que ese escritor o escritora es enviado al espacio de lo previsible. A partir de ahora, parecen decirle, ya se sabe qué artículos escribirá, qué manifiestos firmará, en qué lugares se le podrá encontrar. Entonces el escritor siente un poco de miedo. Es como si le hubieran puesto una etiqueta y como si esa etiqueta le aplastara. Es como si le estuvieran obligando a decir que él o ella ya no es quién es, ni lo son sus argumentos, ni sus motivos, ni sus sueños, como si le estuvieran obligando a decir que él o ella no está en contra del bloqueo o a favor del socialismo por razones e impulsos, esto es, por sentimientos pensados, sino que sólo lo está porque en su etiqueta pone que debe estarlo.

Es un momento extraño. El escritor se sorprende pensando: eh, que yo no apoyo o me apoyo o ataco porque sí; eh, que yo tengo mis razones. Como si las razones fueran suyas, o como si fuese más importante de quién son las ideas que si son o no son buenas. En ese momento, algunas personas se acercan al escritor y le dicen que no siga hablando de Cuba, que huya de lo previsible. Esas mismas personas le dicen que así como su capital del arrepentimiento ha crecido, en cambio su capital de la perseverancia se devalúa. ¿A quién puede importarle si él o ella defienden una iniciativa del socialismo cubano una vez más?

El escritor y la escritora se acuerdan entonces de la frase con que empieza Ana Karenina. “Todas las familias felices se parecen; cada familia infeliz es infeliz a su modo”. La mejor explicación de esa frase no la han leído en un libro de literatura sino en uno de geografía humana, “Armas, gérmenes y acero”. Dice su autor: “Con esta frase, Tolstoi quería decir que, para ser feliz, un matrimonio debe tener éxito en muchos aspectos distintos: atracción sexual, acuerdo acerca del dinero, la disciplina infantil, la religión, la familia política y otras cuestiones vitales. El fracaso en uno cualquiera de estos aspectos esenciales puede condenar a un matrimonio aun cuando tenga todos los demás ingredientes necesarios para la felicidad”. Algo parecido a lo que ocurre con la felicidad ocurre con la perseverancia en el asentimiento. Para perseverar, para seguir apoyándose en Cuba, hace falta que muchas ideas se pongan en práctica, que muchos esfuerzos se lleven a cabo, que muchas personas no acepten ser compradas, que muchas inteligencias trabajen unidas y otras cuestiones vitales.

Es entonces cuando el escritor comprende que por fin ha salido del lugar singular y caprichoso en donde habitaba para ingresar un lugar de muchos y de muchas, en un lugar donde puede que, por ejemplo, sea previsible que los cinco héroes cubanos no desfallezcan, pero decirlo no significa en absoluto comprender de qué materia está hecha esa previsibilidad que se reafirma cada minuto durante semanas y meses y años.

Así pues, no importa que en adelante lo que el escritor o la escritora escriban trate o no de Cuba, pues todo esta relacionado y la lucha por la emancipación en cualquier lugar del mundo ha sido siempre la lucha por la emancipación en todos los lugares. No importa lo previsible o lo imprevisible sino saber, cada día, qué clase de cuestiones vitales están en juego.

“¿Por qué te interesa tanto el boxeo?”, le preguntan a un personaje en un libro de Ray Loriga. “Porque los boxeadores no pueden dejar de ser honestos. Los demás, sí”, responde. Es una frase un poco confusa pero se entiende. Sugiere que un golpe es un golpe, mientras que todas las demás cosas pueden esconder otras. En realidad, no es así. Hay golpes bajos, hay árbitros a los que se les paga para que no miren y boxeadores que cobran por hacer que un golpe parezca tres. Los boxeadores pueden dejar de ser honestos. Pero la frase nos gusta porque insinúa un deseo común, el deseo que todos tendríamos de no poder dejar de serlo. Y esto es lo que de algún modo el escritor o la escritora encuentran en el espacio a donde han sido enviados. Siempre hay trampas, siempre podrán hacer trampa, pero ahora será más difícil.

Fuente: Rebelión




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