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 Los indígenas
llegan al poder para quedarse
Por Fernando Rodríguez Ureña
El 6 de agosto de 1825, la República Bolívar
surge a la vida política moderna con el nombre de Bolivia.
El 18 de diciembre de 2005 se produce un nuevo hito histórico
en la historia del país: el ascenso a la Presidencia de Evo
Morales, un indígena aymara.
Los claustros de la Universidad Real y Pontificia de San Francisco
Xavier y las estrechas callejuelas coloniales del barrio de Caja
de Agua de La Paz fueron los intersticios por donde se filtraron
a principios del siglo XVIII las ideas liberales europeas que devinieron
en la primera rebelión sudamericana contra la corona española,
la misma que duró 19 años de guerra de guerrillas
en contra de las autoridades y ejércitos virreynales hasta
la definitiva victoria en las pampas de Ayacucho.
La convocatoria a la Asamblea Constituyente mediante una argucia
legal, impidió la participación de los auténticos
líderes independentistas que sobrevivieran a los casi cuatro
lustros de violencia. Indios y mestizos, artesanos y labradores
fueron escamoteados de sus escaños por licenciados y doctores
que meses antes vivaban al Rey y daban mueras a la República.
El argumento fue que los constituyentes debían poseer una
renta anual de 25 pesos de plata además de saber leer y escribir.
Por esa vía, Bolivia nació con una forma estatal
moderna, pero sobre los cimientos ideológicos conservadores:
la vieja casta había cambiado de discursos pero no de prácticas
económicas y políticas.
En ese contexto, el proceso de construcción de la nación
boliviana quedó trunco. Las regiones, caracterizadas por
ser enclaves económicos del espacio colonial, articularon,
durante 19 años de luchas, las Republiquetas Altoperuanas,
que a la conclusión de la guerra por la independencia se
sumaron espacialmente, mas no unificaron una visión única
que permitiera su desarrollo armónico. Centralismo y presidencialismo
fueron herencias coloniales no resueltas hasta el presente.
Es condición para la construcción de la república
la ciudadanización de quienes habitan en su territorio. No
fue el caso boliviano: indios e indias no cambiaron con la República
su posición en la estructura social y política. Es
más, hasta los años 40 del siglo XX no era permitido
su ingreso a la Plaza principal de la sede de gobierno. La vieja
oligarquía minero terrateniente los despreciaba como seres
degradados y dados a los vicios, siendo su único destino
servir hasta morir en sus minas y haciendas o sufriendo en la oscuridad
los excesos de sus más bajas pasiones.
De la revolución al neoliberalismo
El año 1952 se produjo un proceso insurreccional que devino
en revolución: esperanzados los indígenas bolivianos
participaron en un proceso marcado por la nacionalización
de las minas de estaño, la reforma agraria y el reconocimiento
de los derechos políticos de todos: las mujeres y los indígenas
los alcanzaron. Esto se acompañó de una reforma educativa
destinada a homogenizar a todos los bolivianos con el proyecto de
construir una nación mestiza. Formar una burguesía
nacional con un proyecto económico, político y cultural
era el deseo de los ideólogos del nacionalismo revolucionario
y su partido: el MNR.
El indio, que como definición implicaba un sentido cultural
y político autónomo, fue transformado en campesino,
categoría económica que lo situaba frente al mercado
en condiciones de igualdad y competencia. Sin embargo, la Reforma
Agraria, sólo había alcanzado a las tierras altas.
En las llanuras bolivianas, se mantuvo la terratenencia como una
forma natural de ocupación de la tierra aunque ésta
se sobrepusiera a territorios de indígenas originarios, que
si no eran sometidos, eran expulsados o simplemente eliminados.
Treinta y tres años después, ese proyecto nacional
era clausurado. La deseada constitución de una burguesía
nacional se materializó en el fortalecimiento de oligarquías
regionales, financiero dependientes y ligadas a producción
en enclaves, las mismas que jugaban el rol de administradores y
socios menores de los capitales transnacionales.
El mal llamado neoliberalismo, que en realidad no es otra cosa
que un neoconservadurismo individualista extremo, afectó
profundamente al conjunto de la sociedad boliviana.
Las empresas nacionalizadas fueron entregadas a la vorágine
del capital transnacional, especialmente las ligadas a los hidrocarburos,
transportes y comunicaciones; bajo el discurso de la descentralización,
se avanzó hacia la privatización de la salud, la educación
y la vivienda; se produjo la desregulación de los derechos
de los trabajadores y trabajadoras; se privatizó la seguridad
social; se pretendió hacer más eficiente y efectivo
el mercado de tierras despojando de sus territorios a las comunidades
indígenas originarias.
En un país con una tradición de Estado sólido
desde tiempos precoloniales, se redujo el Estado a su mínima
expresión. Se marginó a todos aquellos ciudadanos
y ciudadanas que no alcanzaron la categoría de consumidores,
produciéndose como nunca en la historia una insalvable brecha
en la distribución del ingreso: en un país de poco
menos nueve millones de habitantes, 200 familias son dueñas
del 90 por ciento de tierras productivas y más de cuatro
millones de personas viven con menos de un dólar diario.
El 86 por ciento se encuentra en situación de pobreza y el
95 por ciento de estos pobres, en condición de pobreza extrema;
y el 90 por ciento de los pobres en condición de pobreza
extrema son indígenas rurales. Estamos hablando de un país
con un 64 por ciento de personas que se reconocieron como indígenas
en el Censo Nacional de Población del año 2000.
Lucha por los recursos naturales
El sistema político desarrolló un modelo de articulaciones
y exclusiones que permitió una gobernabilidad pactada entre
partidos neoliberales y populistas que dejaban al margen a las posiciones
contestatarias.
Sin embargo, los pobres de las ciudades y el campo, continuaban
sus luchas sociales y políticas. Desilusionados con los partidos
políticos que un día dijeron representarlos, se articularon
en movimientos sociales que defendían desde las calles no
sólo sus reivindicaciones sectoriales, sino también
los intereses nacionales.
Desde 2000, se produjeron importantes y escalonados sucesos que
terminaron transformando la vida política nacional. Cinco
presidentes acogió el Palacio Quemado en ese lustro, habiendo
sido cambiados sucesivamente y sin interrumpir el proceso democrático:
por muerte natural, Hugo Banzer; por transición para conclusión
de mandato, Quiroga Ramírez, vicepresidente de Banzer; por
elección democrática, Gonzalo Sánchez de Lozada,
quien logró un 27 por ciento de apoyo en los comicios del
2002; por transición constitucional ante renuncia del presidente
electo, Carlos Mesa Gisbert, vicepresidente de Sánchez de
Lozada. Finalmente, el último, por acortamiento del periodo
presidencial y renuncia de Mesa, fue Eduardo Rodríguez Veltzé,
presidente de la Corte Suprema de Justicia.
En este mismo periodo de tiempo, la Coordinadora del Agua, constituida
después de la denominada Guerra del Agua, expulsó
a la transnacional Bechtel que pretendía controlar todas
las fuentes del valle de Cochabamba. El movimiento de los indígenas
de tierras bajas realizó una marcha pacífica con la
que cruzaron el territorio nacional exigiendo una Asamblea Constituyente
que les permitiera ejercer sus derechos ciudadanos, especialmente
aquellos ligados a la tierra y el territorio.
Los indígenas de las tierras altas trajeron a la memoria
de los habitantes urbanos el pánico de los cercos realizados
por los katari y los amaru durante el periodo colonial, exigiendo
que el desarrollo económico y sus derechos políticos
se respetaran. Lograron incorporar en las elecciones del 2002, 40
diputados indígenas al parlamento.
La insurrección
Una insurrección puso en evidencia la fragilidad del Estado,
produciéndose un enfrentamiento armado entre la Policía
Nacional y las Fuerzas Armadas, con un saldo de más de 60
muertos y centenas de heridos. Esta situación surgió
ante el rechazo a las medidas económicas que pretendía
imponer el Fondo Monetario Internacional.
La denominada Guerra del Gas, impidió que se pignorara el
gas boliviano, entregándolo a una transnacional con sólo
el 18 por ciento de beneficios para el país. Este hecho,
además, trajo consigo la renuncia del presidente electo,
Gonzalo Sánchez de Lozada, quién con medidas de fuerza
pretendió imponer orden y en cuatro días de movilización
popular produjo 543 muertos y heridos, número de víctimas
superior a las producidas durante todos los gobiernos autoritarios
del decenio 71-81 del siglo XX.
Nuevas movilizaciones masivas produjeron el acortamiento del mandato
de Carlos Mesa, quien no pudo armonizar su lucidez discursiva con
la valentía política que implica tomar decisiones
estando en función de gobierno, culminando con un gobierno
de transición, encargado al presidente de Corte Suprema de
Justicia, quien convocó a elecciones generales en diciembre
del 2005.
Los desafíos de Evo
Este contexto explica el porqué de la elección como
presidente constitucional de la República de Evo Morales
Ayma, indígena aymara, dirigente sindical de los productores
de la hoja de coca, sin estudios superiores, pero constituido en
icono del movimiento indígena, los movimientos rural/urbanos
contestatarios y de una clase media en proceso de empobrecimiento
acelerado.
Morales es un caudillo que se ha caracterizado durante años
por su posición anti-norteamericana en la lucha contra las
drogas. Expresa junto al MAS (Movimiento Al Socialismo), una nueva
forma de hacer política, combinando de manera sui géneris
la lógica de la asamblea sindical, el núcleo de cuadros
del instrumento político y la acción política
de las masas movilizadas. Impulsa un movimiento político
de democracia radical.
Entre los aciertos que lo caracterizan están su sagacidad
política, audacia en coyunturas complicadas y, sobre todo,
el no conocer que hubiese realizado un sólo acto de corrupción,
situación que fue investigada con desesperado interés
por la embajada norteamericana. Su talón de Aquiles lo puede
constituir el populismo amorfo que puede sufrir estando en función
de gobierno. Su vicepresidente, Álvaro García Linera,
ex militante del denominado Ejército Guerrillero Tupac Katari
(EGTK), ahora intelectual de reconocido prestigio nacional e internacional,
podría ser el muro de contención de aquellas fuerzas
civiles y militares interesadas por agitar movimientos políticos
que, con discursos ultra revolucionarios o con posiciones reaccionarias,
pretendan hacer inviable su gobierno.
Algunos de los desafíos programáticos que el MAS
se ha planteado son: nacionalizar los recursos minerales e hidrocarburíferos
extraídos hacia superficie y los bienes de aquellas empresas
que hubieran incumplido contratos o hubiesen defraudado al fisco;
una nueva Ley de Reforma Agraria; promulgar leyes contra la corrupción;
luchar contra la impunidad de anteriores gobernantes que cometieron
violaciones a los derechos humanos o actos de lesa humanidad; ejecutar
políticas sociales efectivas para romper el círculo
de la pobreza; convocar a una Asamblea Constituyente, fundacional
y soberana; efectivizar del proceso de construcción de autonomías
regionales en los marcos de un Estado unitario; y reducir la brecha
social y de redistribución del ingreso.
Esta propuesta, que ha recibido el 54 por ciento de apoyo del total
de votantes -cifra inédita en la historia electoral boliviana-
implica una definitiva apuesta por el cambio del modelo de acumulación
económica y la relación Estado-sociedad. La historia
política boliviana indica que puede estarse iniciando un
ciclo de más o menos 20 años.
El gobierno del MAS puede jugar un importante rol en el proceso
de integración latinoamericano. No olvidemos que Bolivia
no sólo esta ubicada como bisagra entre la Comunidad Andina
de Naciones y el Mercado Común del Sur (MERCOSUR), sino que
además se constituye en el país con mayores reservas
probadas de gas de la región, es el segundo en biodiversidad
y uno de los diez países del mundo con mayores recursos acuíferos.
Más allá de los resultados del gobierno de Evo Morales
Ayma, podemos concluir que la historia no podrá seguir siendo
la misma. Los indígenas empiezan a desplegar las formas de
realización de su concepción eco-política,
holística y humana. Desde allí, sin duda, aportarán
al progreso conceptual y político de la democracia, el desarrollo
de los pueblos y la realización de los derechos humanos.
En Bolivia, los indígenas han llegado al poder y, sin duda,
será para quedarse.
*Fernando Rodríguez Ureña es sociólogo y secretario
técnico del Capítulo Boliviano de la Plataforma Interamericana
de Derechos Humanos, Democracia y Desarrollo de La Paz, en Bolivia.
Este artículo ha sido publicado en la edición impresa
de Pueblos, nº 20, marzo de 2006, pp. 6-8.
http://www.revistapueblos.org/article.php3?id_article=363
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