..."Lo que os puedo dar os doy, que es una ínsula hecha y derecha, redonda y bien proporcionada..."
"Don Quijote de la Mancha". Capítulo XLII: " De los consejos que dió Don
Quijote a Sancho Panza antes que fuese a gobernar la ínsula..."

ISSN: 1810-4479
Publicación Semanal. Año 3, Nro.122, Viernes, 5 de mayo del 2006

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Los Latinos en USA: Una Nación Virtual

Jamás en los Estados Unidos el hispanohablante se ha visto tan amenazado, tan asediado, como hoy en día. Jamás se había realizado una campaña política en que el inmigrante hispanoamericano, el uso del español, la cultura latina se hubieran convertido en el blanco principal de una actitud racista y reaccionaria por parte de los políticos norteamericanos. Y, paradójicamente, se puede decir que la cultura en general, y la literatura hispana en particular, ha llegado a su punto de maduración, ha alcanzado una presencia significativa en el ámbito estadounidense.

Las últimas estadísticas oficiales muestran datos alarmantes relacionados con los hispanos: por una parte, el poder adquisitivo del hispano medio ha descendido un 5,1% en los dos últimos años (y un 14% desde 1989) y, por primera vez en la historia, el nivel de pobreza de la población hispana es mayor que el de la afroamericana. Pero según el presidente de la Cámara de Comercio Hispana, para el año 2000 habrá más de un millón de compañías que serán propiedades de latinos. El número de empresas latinas ha crecido un 76% con respecto a 1987. O sea, que está claro que un núcleo minoritario de hispanos que viven en los Estados Unidos se está enriqueciendo aceleradamente, pero la gran mayoría de los hispanohablantes son ya la masa más pobre de la población norteamericana.

En el censo realizado en los Estados Unidos en 1980 se eliminó la palabra «latino» porque se parecía demasiado a «ladino», y se escogió el término «hispano» para clasificar la población de origen hispanoamericano. En Europa ser latino tiene un origen bien claro y unas consecuencias bastante definidas. En América el latinoamericano es, o debería ser, por extensión enriquecedora del concepto europeo, aquella persona que habla alguno de los idiomas cuyo origen es el latín; no obstante, se identifica al latinoamericano sólo con la persona que habla español. A partir de este error fundamental, en los Estados Unidos el latino es exclusivamente una persona, bilingüe o no, cuyos orígenes son hispanos; ya sea chicano, mexicano, nuyorican, puertorriqueño o de cualquier otro país de la América hispánica. No están incluidas, pues, en este concepto de latino, las personas que hablan francés o portugués, y tampoco los que hablan italiano ni los que, como yo, son de la península ibérica en general.

Si miramos todo esto desde una perspectiva aérea, o para ser más concretos, desde una perspectiva china (un país donde se hablan varios idiomas, infinitos dialectos, y donde todavía hoy no se puede decir que exista una «lengua nacional», aunque nosotros vemos la cultura de China como un conjunto homogéneo, y no distinguimos entre los tipos lingüísticos wen-li o mandarín, wu y min); si, como digo, miramos a los hispanohablantes y a los que son de origen hispano desde una perspectiva china, lejana, de satélite, veremos que, en efecto, el «latinonorteamericano» posee características comunes que legitiman el que se les llame así, latinos.

Un nuevo libro, Hispanic Nation, de Geoffrey Fox, augura desde su salida truenos y relámpagos conservadores. A pesar de la intensa campaña republicana dirigida a disminuir el impacto de los hispanohablantes, tanto en la política como en la cultura, la fuerza de una nación virtual cobra cada día más cuerpo y forma y, si el conservadurismo retrógrado estadounidense sigue empeñado en querer marginar a los hispanos tratándolos como una minoría, lo que casi es ya una nación, es posible que otros cantos, que no son los de la paz, se empiecen a oír en los Estados Unidos.

«A un minority group —ha declarado Fox— lo define la mayoría, o sea, la cultura hegemónica, que lo ve como faltándole algo (el idioma, la escolaridad, la moral protestante, etc.). Un movimiento nacional, en cambio, se define solo, o mejor dicho, lo definen sus dirigentes, agitadores y empresarios, con una agenda propia, en oposición a la mayoría». Y es que esa es la finalidad principal de este nuevo libro: documentar con seriedad, coherencia y amenidad cuál ha sido el camino que ha recorrido la minoría hispana hasta convertirse en un grupo de acción nacionalista.

Cuando uno vive en Nueva York le parece absurdo que se plantee el problema de si el inglés es la lengua oficial de este país o si no lo es. La mayoría de la gente ve con normalidad el hecho de que en Manhattan se escuchen centenares de lenguas diferentes, y —con mucha razón— que el español sea la segunda lengua más hablada, después del inglés, en esta ciudad; no obstante, cuando se sale de la metrópolis, el norteamericano medio mira con recelo al hispanohablante. El caso es que —en los Estados Unidos— sólo ahora, cuando el grupo hispano se ha convertido en un auténtico poder político, social y cultural, se le ha empezado a prestar atención al fulminante crecimiento de esta nueva nación virtual; aunque, como hemos señalado antes, paradójicamente, extrema pobreza y extrema riqueza parecen también crecer juntas entre la población de habla española.

Mientras los hispanos no levantaban la voz, mientras eran simples obreros explotados, mal pagos, ignorantes, mano de obra barata para limpiar las casas de los ricos, mientras esto ocurría con consentimiento de la mayoría, a nadie parecía preocuparle que los latinos hablaran español entre ellos, que leyeran sus periódicos, que vieran su televisión, que vivieran mal; sin embargo, ahora las cosas han cambiado y los hispanos empiezan a tener una parte pequeña, pero significativa, del poder adquisitivo, político y cultural de este país.

Las estadísticas son claras: la población angloamericana envejece sin remedio y va disminuyendo, la población hispana (al igual que la afroamericana) crece a una velocidad que ya los reaccionarios señalan como alarmante. En la red de Internet circula el discurso que dio Jared Taylor en el encuentro de este año de un grupo derechista conocido como «American Ranissance»; el final de este texto no puede ser más racista y xenofóbico. Dice así: «Lo que estamos presenciando es una de las tragedias más grandes de la historia humana. Se están moviendo unas fuerzas poderosas que, de no controlarlas, dejarán lentamente de lado al hombre europeo y a la civilización europea...». Entre estas fuerzas aparentemente amenazantes se encuentran, claro está, los hispanos.

Hispanic Nation (Birch Lane Press, 1996) marca el principio de una visión que abarca la cultura hispana en los Estados Unidos, pues es una obra escrita sin apasionamientos ni concesiones a ningún tipo de fanatismo ciego; por el contrario, es un libro que refleja una doble reflexión: la de un genuino norteamericano que por razones vitales conoce nuestra cultura muy bien (y ha hecho de este conocimiento parte de su propia personalidad) y, por otro lado, nos ofrece el análisis certero de un intelectual que, a finales de este siglo, ve en el mestizaje cultural no una amenaza, sino un ensanchamiento, tanto en la esfera de lo social y comunitario, como en el ámbito de lo individual.

Yo diría que, en lo esencial, los latinos son ciudadanos estadounidenses en cuyos hogares se habla, o se ha hablado, en un pasado cercano o remoto, un idioma de origen latino: el español. De todos modos hay que añadir a esta idea, los importantísimos elementos africanos e indígenas que posee esta cultura en los Estados Unidos. Y, en última instancia, ser latino significa sentir, comportarse, amar, comer, vivir, de una manera latina, aunque no se hable español diariamente, o aunque se escriba en inglés.

Estos latinonorteamericanos se expresan ya sea en español o en inglés (con interferencias muy enriquecedoras de estos dos idiomas), pero también en una mezcla de las dos lenguas antes mencionadas. Dentro de este ámbito hispanonorteamericano se encuentran los escritores a los que me voy a referir, y un grupo de ellos en particular: los que escriben en español en el área de Nueva York; no obstante, vamos a detenernos antes en otro tema: el supuesto imperialismo cultural norteamericano.

¿IMPERIALISMO CULTURAL O MIMETISMO INCONDICIONAL?

Frecuentemente nos quejamos de que los Estados Unidos nos imponen su cultura, sus formas de vivir y de pensar, pero, ¿no es ya hora de aceptar, quizás con resignación, quizás con ira, que el modelo norteamericano ha triunfado, y que no somos víctimas sino culpables de que esto sea así, cuando en realidad tenemos a nuestro alcance, y no la aprovechamos, una opción más atractiva? O sea, la versión latina del capitalismo cultural.

Creo que es pertinente proponer un esquema de trabajo que posiblemente nos ayude a entender lo que está ocurriendo con la cultura latina de los Estados Unidos. Me parece que lo más cercano al imperio romano es, sin duda, el imperio norteamericano. Claro que ahora el poder de este país no necesita siempre una presencia de sus legiones en tierras extrañas, pues sus generales son centros de telecomunicación y, sus legiones, simples pantallas, ya sean de cine, de televisión o de ordenador.

Comprender el imperio romano, su cultura, podría ser una manera de entender el imperio norteamericano y su cultura. Y digo todo esto sin retórica marxista, sin resentimiento panfletario, sino como una forma práctica de describir un fenómeno cuya importancia y realidad nadie puede negar: el imperialismo cultural norteamericano.

Gilbert Highet, en la introducción a su libro La tradición clásica (1949), escribía lo siguiente: «Nuestro mundo moderno es, en muchos aspectos: una continuación del mundo de Grecia y Roma. No en todos sus aspectos en particular, no lo es en la medicina, en la música, en la industria ni en las ciencias aplicadas. Pero en la mayor parte de nuestras actividades intelectuales y espirituales somos nietos de los romanos y biznietos de los griegos». En el caso de los latinos de los Estados Unidos habría que añadir que, por fortuna, también son hijos de los africanos y de los indios. El problema que plantea el excelente libro de Gilbert Highet es que todo aquello que no viene del mundo grecorromano le parece barbarie, también el que no tiene en cuenta la riqueza de la tradición oral de otras culturas, y que, como tantos otros, piensa que «ahora, en torno nuestro, comienzan a aparecer las primeras ruinas de lo que puede ser una nueva Edad Oscura».

Sin embargo, es indiscutible que el modelo de Highet nos puede servir para entender lo que está pasando con el imperio absoluto de la lengua inglesa, con el dominio absoluto, no en cantidad, pero sí en eficacia, de aquella lengua en el ámbito cultural internacional, con el poderío de los mitos norteamericanos, de sus imágenes, de sus costumbres, de sus formas de vestir y de vivir, de su economía y de su política, de su cine, su arte y su literatura.

Si de este ámbito global pasamos a casos particulares, como sería el de un autor de origen cubano, que se identifica como latino de los Estados Unidos —me refiero a Óscar Hijuelos—, o cualquiera de los escritores puertorriqueños, dominicanos o chicanos que escriben en inglés, y los comparamos con Lucio Anneo Séneca, ese andaluz, cordobés, que nosotros consideramos como parte de la tradición española, pero que indiscutiblemente integra la cultura latina, nos daremos cuenta de las semejanzas que puede haber entre los latinos de los Estados Unidos y los de Roma. ¿O no emigró la familia de Séneca a la metrópolis del imperio, como lo haría (salvando las distancias) cualquier familia hispana acomodada a Nueva York?

Insisto en que todo lo dicho anteriormente es sólo una propuesta de un modelo de trabajo que quizá nos ayude a entender lo que está ocurriendo entre los hispanos en Norteamérica. De igual modo, creo que el futuro del español en aquella nación podría seguir un destino semejante al del latín en Europa, y que posiblemente en los siglos venideros se consoliden algunas lenguas híbridas cuyo origen sean el español y el inglés. Pero veamos ahora qué está sucediendo con la literatura hispana, o latina, en Nueva York.

TRES DÉCADAS DE LITERATURA HISPANA EN NUEVA YORK

En estos días, en el barrio del Bronx, un nuevo centro hispano, el Teatro Pregones, está presentando un monólogo musical: «El bolero fue mi ruina». Y en el Museo de Arte Moderno se ha inaugurado una exposición retrospectiva del fotógrafo mexicano Manuel Álvarez Bravo. En el número de marzo del año pasado de la revista ¡Aha! Hispanic Arts News, aparecían consignadas las actividades más importantes de los hispanos en Nueva York para aquel mes: se presentaban varias obras en los teatros Intar, Repertorio Español, Thalia Spanish Theatre, Gowanus Arts Exchange (una obra para niños), Hostos Center for Art and Culture, Teatro La Tea, el Museo Whitney (un performance, «Latindio»), West End Gate, Little Theater (en La Guardia Community College). No obstante, más allá de Nueva York, muy poca gente conoce esta enorme actividad del teatro en español en aquella ciudad.

En Nueva York se han publicado, o se publican en la actualidad, revistas literarias como Caronte, Lugar sin límite, Románica, Lyra, Emen-Ya, La Nuez, Brújula, Tercer Milenio, De Azur, Transimagen, Realidad Aparte y La Ñ (estas dos últimas dirigidas por poetas colombianos, Gabriel Jaime Caro y Ricardo León Peña Villa), y casi nadie (fuera de algunos escritores), tanto en España como en Latinoamérica, sabe que existen estas revistas. En Nueva York se encuentran la Videoteca del Sur, varias galerías que se especializan en arte hispano, algunos centros donde se puede escuchar música contemporánea latinoamericana, dos diarios en español, dos canales de televisión en español, varias estaciones de radio en español, algunas librerías hispánicas, centenares de asociaciones hispanas, y muchos bares donde se habla principalmente el español; sin embargo, fuera de esta ciudad a casi nadie le interesa lo que hacen los hispanos en Nueva York. En 1989 se calculó que había unos 160 escritores hispanos en el área de Nueva York, pero es posible que actualmente esa cantidad se haya duplicado y que, sin duda, la calidad de sus obras haya aumentado, aunque no se descarta cierta medianía, por no decir mediocridad, que hay que tener siempre en cuenta en el momento de cualquier evaluación de la producción literaria de un país, porque aun cuando parezca un tanto exagerado, Nueva York, con sus casi tres millones de hispanohablantes, se puede considerar hoy día como una de las ciudades-nación de nuestro idioma.

Además de las incontables lecturas de poesía, performances, lecturas de cuentos o de fragmentos de novelas, conferencias, presentaciones de libros, todos los años se realiza en Nueva York una feria del libro en lengua española; con todo, muy pocas editoriales españolas e hispanoamericanas se han interesado por saber lo que se escribe en este idioma en los Estados Unidos.

Las editoriales norteamericanas han empezado a publicar colecciones en español: Penguin, Ballantine y Vintage (esta última en colaboración con la editorial española Santillana) han creado nuevas colecciones en las que aparecen autores hispanos, latinoamericanos y algunos españoles. Si esto sigue así, es posible que en el año 2000 los ciudadanos de nuestros países se enteren de que desde el siglo XIX existe una literatura escrita en español en los Estados Unidos. Aunque entonces es posible que sea demasiado tarde y que los derechos de estos escritores los tengan compañías norteamericanas.

¿A qué se debe que toda esta actividad de los hispanos en general, y de los que residen en el área de Nueva York en particular, sea algo fantasmal para los demás países hispanohablantes? En parte, a una incapacidad de los latinos de Nueva York para promocionar sus productos fuera de esta ciudad. Aunque las cosas están cambiando rápidamente, para bien, al final de este siglo XX.

Las dos últimas décadas han marcado la literatura de lengua española escrita en Nueva York de formas muy diferentes desde el punto de vista social: 1) La década del entusiasmo; los años setenta son una época en la cual el entusiasmo por esta ciudad parece contrarrestar los consabidos problemas que la vida metropolitana acarrea, todas las «liberaciones» sociales de los años sesenta son ya una realidad y, aquellas militancias liberadoras, producen una exaltación de «las diferencias», las marginaciones, que ahora se convierten en una forma del orgullo (de ser negro, de ser gay, de ser latino, etc.); 2) la década del sida, de los vagabundos, de los homeless, y de los yuppies, los años ochenta, la aparición del sida y del creciente número de desamparados (homeless) y, paralelamente, de jóvenes ejecutivos urbanos, van a ser los factores que caracterizarán esta década en Nueva York. Y, precisamente, la raíz más cercana de los actuales conservadurismos, moralismo, puritanismo (que hoy padecemos), racismo, se encuentra en la negación de los ya míticos años sesenta, en la gran exaltación de las «diferencias» en los setenta y la manifestación del sida entre las poblaciones homosexual y de drogadictos.

Esta última década, la que estamos viviendo, la de los años noventa, se anuncia ya como marcada por el poder puritano y por una actitud general de rechazo de todo lo que significaron los años sesenta y setenta; es, por ahora, la década del no a todo: drogas, homosexualidad, excesos sexuales, etc.; es la década de la abstinencia.

unque, precisamente por este «noísmo» generalizado, los artistas, y algunos escritores, se han concientizado de manera progresiva desde un punto de vista social y político, lo cual se recoge en sus obras. Entre las clases intelectuales y progresistas se menciona cada vez con más firmeza una etiqueta para esta última etapa cultural: la de New Age o Nueva Era.

Uno de los fenómenos de mayor importancia son la poesía y la literatura «nuyorican». Casi todos los autores que hacen parte de este grupo escriben principalmente en inglés, o una mezcla de español-inglés llamada «spanglish».

¿Qué es lo que significa realmente poesía «nuyorican»? En principio quiere decir poetas de origen puertorriqueño que, como he dicho, escriben en «spanglish» o en inglés, y que a veces insertan el vocabulario español en sus poemas escritos en inglés, y en otros casos españolizan el idioma de Walt Whitman.

Está claro que el origen de la poesía niuyorriqueña tiene lugar en Nueva York a finales de los años sesenta y a principios de los setenta y que, finalmente, en 1975 es consagrado el término con la publicación de la antología Nuyorican Poetry. An Anthology of Puerto Rican Words and Feelings. Desde el punto de vista social, este movimiento poético hacía parte de un conjunto de manifestaciones artísticas y políticas, las cuales iban a marcar aquella década y las siguientes: los graffitti callejeros y el de los metros fueron una de las aportaciones más significativas.

Lo característico de esta poesía es, por una parte, su compromiso social y la manifestación de una identidad puertorriqueña dentro del idioma inglés y de la sociedad norteamericana y, por la otra, su oralidad: suele ser una poesía que está concebida para ser actuada y con la posibilidad de convertirse en performance. En la parte baja del este de Manhattan se encuentra Nuyorican Poet's Café, lugar donde se suelen reunir estos escritores. Aloud. Voices from the Nuyorican Poet’s Café, edición de Miguel Algarín y Bob Holman (Nueva York,Henry Holt and Company, 1995), es la última antología de la poesía que gira alrededor del ya mítico café.

Antes, los niuyorriqueños eran rechazados por sus compatriotas aquí y en Puerto Rico, pero en las últimas antologías de poesía puertorriqueña de Nueva York se incluye a casi todos estos poetas como parte de una tradición neoyorquina de la poesía de aquel país. En 1995, al trazarse el panorama de la poesía norteamericana actual, los poetas del Nuyorican's Café han sido considerados como una tendencia más dentro de la poesía estadounidense.

El año de 1977 es, desde el punto de vista histórico, muy significativo para los escritores hispanos, o latinos, de Nueva York. En aquel año se funda el Centro para las Artes Ollantay. El programa de literatura de este centro se dedicaría desde sus inicios a presentar exclusivamente a artistas hispanos que residían en el área de Nueva York.

Desde entonces, Ollantay ha convocado todo tipo de encuentros, lecturas, presentaciones teatrales, exposiciones, y ha publicado algunos libros relacionados con dichos escritores. Por otra parte, en aquel mismo año de 1977, el 4 de marzo, se hizo pública una especie de programa-manifiesto en que parcialmente se decía lo siguiente: «Creemos que existe una poesía en Nueva York autónoma a las poesías de nuestros países, una poesía donde las corrientes de la poesía hispánica se transforman en algo original o independiente. Por esta razón buscamos las raíces de esta fuga. ¡Tradición de la fuga! Esta tradición puede estar en una zona de la poesía de Heredia, Martí, Tablada, Lorca, Florit, y muchos más que nosotros desconocemos. Porque crear en medio de un ambiente lingüístico y de unas circunstancias que nos son extrañas transforma nuestra poesía, y así la distingue de la que se está produciendo en nuestras naciones de procedencia; por eso lanzamos este llamado. Para que se intente descubrir y nombrar los caracteres de una poesía posible en lengua española en Nueva York».

El programa-manifiesto, que llevaba por título «Nueva York Poesía Posible», estaba impreso precariamente, escrito todo en mayúsculas, y se cerraba con una cita de José Juan Tablada y con mi profana firma. Es obvio el tono neovanguardista, un tanto ingenuo, del texto, pero en realidad yo tardaría más de una década en entrar a fondo en el estudio de esta «supuesta tradición» de poesía hispánica en Nueva York, y lo cual vendría a convertirse en un libro, El poeta y la ciudad (Nueva York y los escritores hispanos), publicado en España por la editorial Cátedra en 1994.

Aquel momento de los años setenta sólo significó una toma de conciencia sobre el hecho de que muchos de los autores que escribían en Nueva York tenían que replantearse sus relaciones con la tradición poética de cada uno de sus países de origen, a la vez que se les ofrecía, por primera vez, una tradición que estaba marginada y olvidada como un conjunto coherente (no como libros aislados o situados dentro de la perspectiva de cada uno de sus países): la tradición de la poesía de lengua española escrita en Nueva York.

En la actualidad son muy variadas las voces literarias que suenan en el ámbito hispánico de Nueva York. Son las voces de esta ciudad que, como ella, son muy plurales y diversas. También son modos muy variados de reaccionar a la problemática situación de vivir en un país ajeno. Contemplándola ahora en su conjunto y continuidad, puede decirse que la tradición de la literatura hispánica en Nueva York es, por una parte, el producto de un doble exilio (el político y el personal, el impuesto y el escogido voluntariamente) y, por la otra, el resultado de una estancia accidental, ya sea por pura curiosidad turística o por otras circunstancias, que han hecho que muchos de nuestros escritores residan por un tiempo en la metrópolis norteamericana.

EXILIO E IMAGINACIÓN

El poeta latino Ovidio, desde su exilio en una isla del mar Negro, se consolaba con saber que sus poemas eran leídos en Roma. Este viejo pariente nos puede servir como paradigma para definir las circunstancias en que algunos escritores hispanos o latinos han vivido y producido en Nueva York. Escribir en un lugar (Nueva York: espacio, pues, de la escritura) para ser leídos en otro (sus países respectivos: espacio del lector y del receptor); aunque hay que tener en cuenta que entre la enorme población hispana de Nueva York, esos escritores también son leídos. Pero si bien la literatura hispana de Nueva York es una realidad, no se ha definido en verdad la existencia de un lector hispano en esta misma ciudad; fuera, claro está, de los escritores, los profesores de literatura y de sus alumnos. Por tanto, podríamos decir que la primera característica de la literatura hispana de Nueva York (escrita en español) sería esa: que está escrita en un lugar con miras a ser leída en otro. La literatura latina escrita en inglés es un fenómeno que lo está asimilando la industria del libro en los Estados Unidos y que en este momento se podría decir que está de moda. Nombres como los de Óscar Hijuelos, Julia Álvarez, Ed Vega, Piri Thomas, Sandra Cisneros y Junot Díaz son ya familiares para el lector estadounidense.

El exilio tiene sus desventajas para el escritor, pero también posee ventajas considerables; de hecho, hay muchos exilios, muchos tipos de exilio: el político, el voluntario, el causado por circunstancias financieras, el artístico y también voluntario, y el interior, el cual se puede dar sin que el artista se mueva de su propia casa. En este sentido, muchos de los escritores hispanos que vivieron o viven en Nueva York participan de variadas formas del exilio, y cada cual reacciona de una manera que le es propia. Lo que sí está claro es que nuestra relación con el espacio, el tiempo y el lenguaje, se altera de alguna manera al vivir en otro lugar que no es el de nuestro nacimiento.

Desde el punto de vista del lenguaje, hay que tener en cuenta que vivir en Nueva York, para un escritor, no fue nunca, en absoluto, vivir fuera de su lengua, sino enriquecer la lengua materna con aquellas variantes que aporta la enorme comunidad hispanohablante de la capital (hoy son, insisto, casi tres millones de hispanos los que residen en Nueva York). Además el inglés, en la actualidad, no es una lengua tan extranjera o remota para nadie; se trata, a fin de cuentas, de la lengua más popular entre los jóvenes de Europa y de los países desarrollados en general.

Lo que sí es cierto es que ni el espacio ni el tiempo en Manhattan parecen pertenecerle al escritor que vive allí, de ahí que una nostalgia por el país natal aparezca tan frecuentemente en las obras de estos escritores, inclusive en aquellos que han pasado sólo cortas temporadas en la ciudad. Mas es beneficioso tomar distancia de la corriente histórica del propio país, de su lengua, de su cotidianidad, porque le da una perspectiva única al escritor: convertirse en un observador distante, como el que mira desde un remoto balcón su tierra, su idioma, el tiempo que le habían destinado. Basta señalar uno de los casos más singulares de la literatura del siglo XX, el de James Joyce, para ver que, en efecto, la escritura puede beneficiarse enormemente con el exilio del escritor. Y, en última instancia, como dice H. Levin, muchos escritores han tenido «vocación de exiliados», lo cual viene a significar un triunfo del inconformismo del individuo.

UN POETA COLOMBIANO EN NUEVA YORK

Pocos libros españoles han influido tanto en el siglo XX como Poeta en Nueva York, de Federico García Lorca. Pero para los escritores hispanos de los Estados Unidos, y para los que residen en Nueva York en particular, los poemas creados por el andaluz en esta ciudad se han convertido en el emblema de una poesía sin fronteras geográficas, y puede decirse que Lorca es el padre de los poetas hispanos. La Ñ, una de las revistas de poesía que se publican en Manhattan, ha creado un premio que lleva el nombre del libro de Lorca, y Mi noche con Federico García Lorca (edición bilingüe, 1997), de Jaime Manrique, es la entrega de poesía más reciente de un autor latino.

Manrique es un escritor de origen colombiano que se estableció en los Estados Unidos cuando tenía 18 años; desde 1982 reside en Nueva York. En este país ha publicado varias novelas, la última de las cuales, Twilight at the Equator, estará a la venta en las librerías norteamericanas en estos días. Manrique ha escrito sus dos últimas obras de narración en inglés, pero cuando escribe poesía lo hace en español.

Mi noche con Federico García Lorca es una geografía sentimental del escritor: cartografía poética, real e imaginaria, caligrafía de un autorretrato en el cual se mezclan los rasgos personales y los ajenos como si fueran un interrogante, un mapa del desplazamiento del corazón y de la mente de un ser vulnerable, tierno, irónico, saludablemente elegíaco, fascinado por la realidad: «Muchacho carioca/cuando salgo al balcón estas mañanas/ las flores cotidianas me sorprenden».

El paisaje de la infancia, descrito por Manrique, está lleno de una vegetación exaltante, poblado de aves, de color, de vidas que se han ido extinguiendo con el paso del tiempo. El hueco que han dejado su madre, su padre, su familia, su país, la infancia, lo evoca el autor con la sencillez de alguien que escribe como habla. Pero cuando con ojos tropicales se miran los grises desiertos del cemento urbano, lo que se producen son descargas eléctricas azules y verdes, aunque el amarillo de la muerte amenace siempre.

Otros poetas miraron el pasado, desde Manhattan, con la misma iluminación tropical: José Martí, Eugenio Florit, Manuel Ramos Otero. El acento personal de la poesía de Jaime Manrique se encuentra en su sencillez, en el uso de un lenguaje coloquial, neutro en el decir, latino, sorprendiéndonos siempre con algunas imágenes deslumbrantes. El poeta lo que quiere es hablarnos de sí mismo (aunque use muchas máscaras), y lo que hace es contarnos una historia con el tono íntimo de la poesía susurrada al oído. Bien decía Antonio Machado que «la esencia de lo carnavalesco no es ponerse careta, sino quitarse la cara», y eso es lo que hace Manrique: vestirse de espantapájaros para presentarnos, sin demasiado patetismo, su verdad desnuda.

La primera parte de este libro gira alrededor de la figura de la madre. Mas esta madre no es sólo una ausencia, la cual, como un fantasma luminoso, enriquece su vida cotidiana en Nueva York, sino que dicha figura se confunde con el paisaje colombiano, con la patria sin patriotismos, con la noche, con el origen del autor como hombre y como ordenador de imágenes, con los fundamentos de su poesía, del recuerdo de cuando «nuestras vidas eran un mambo feliz que no se olvida», cuando todo era infancia.

La segunda parte del libro posee el tono del monólogo teatral (en el cual los personajes pueden ser un colibrí, un espantapájaros, un cisne o un lugar), aunque siempre se trata de una reflexión sobre la vida en general. La sección más amplia de este volumen, la tercera, contiene el poema que da título al libro, «Mi noche con Federico García Lorca». Pero otros personajes habitan este apartado: Van Gogh, Turner, Frederic Edwin Church, Marco Polo, Julio César...; siempre la máscara, aunque detrás se ven los ojos que dicen la verdad.

Tres piezas se destacan y marcan cada una de las secciones de esta entrega de poesía: «El cielo encima de la casa de mi madre» (sección I), «El espantapájaros» (II) y «Recuerdos» (III). Este último texto —¡excelente!— habría podido darle título a toda la colección de poemas. En él se lee: «Recuerdo miles de gestos, cientos de hombres,/ sus corazones palpitando contra el mío». Y es que, precisamente, el libro trata de eso: del hombre como comunidad que da calor con su existencia, del hombre como cuerpo que se desea, y del hombre como un interrogante frente al destino de su muerte.

Mi noche con Federico García Lorca viene a ser una oración, una oración por todos los seres queridos del poeta, un rezo por el mundo que se le va escapando de las manos, y un rezo por sí mismo. No es de extrañar que Manrique escriba en uno de los poemas: «decía todas mis oraciones/ en las cuales incluía/ a mi madre, a mi padre ausente,/ al amante de mi madre,/ a todos mis seres queridos/ y a los actores de la última película/ que habíamos visto».

Estas pocas señales que he dado de la poesía última de Jaime Manrique (un hijo bilingüe de Lorca) no tendrían mucha relevancia si no subrayara que la sencillez y la imaginación se mezclan en sus poemas con una naturalidad poco corriente, y que los temas más comunes de nuestra vida diaria están tratados, como dice el escritor en una de sus piezas, con la voz de un poeta que «canta una nota metálica y triste», aunque bajo la luz tropical de la memoria.

*Dionisio Cañas (España, 1949). Vive en Nueva York desde 1973. Ha publicado entre otros libros Poesía y percepción (1984), El poeta y la ciudad (1994) y El fin de las razas felices (1987).

http://www.revistanumero.com/14latin.htm




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