..."Lo que os puedo dar os doy, que es una ínsula hecha y derecha, redonda y bien proporcionada..."
"Don Quijote de la Mancha". Capítulo XLII: " De los consejos que dió Don Quijote a Sancho Panza antes que fuese a gobernar la ínsula..."

ISSN: 1810-4479
Publicación Semanal. Año 3, Nro.123, Viernes, 12 de mayo del 2006
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La verdadera historia de los usurpadores y sus cómplices
Por ALINA MARTÍNEZ TRIAY

En el pasado número hablamos del desarrollo de los primeros de mayo en Cuba antes de la revolución… hoy traemos algunos datos de quienes “representaban” a los trabajadores en esos años… Esta es la democracia representativa, la “felicidad” que le ofrecen a nuestros trabajadores en la “transición”…

Imaginemos la vasta extensión de más de 100 caballerías de tierra, ubicadas entre Bauta y Bejucal, que abarcan siete fincas, dedicadas a la siembra de caña y frutos menores, el fomento de una lechería y la cría de ganado vacuno y porcino. El valor de los equipos de que dispone este latifundio, dentro de los que se incluyen una planta eléctrica capaz de alumbrar a todo un pueblo y un expendio de gasolina, se calcula en un millón de pesos y el inmueble en su totalidad está valorado en 4 millones.

Así se tasó esta propiedad al triunfar la Revolución en enero de 1959 y el magnate al que pertenecía era nada menos que Eusebio Mujal Barniol, [caricaturizado en la imagen] quien había sido hasta ese momento el secretario general de la central sindical cubana.

Pero no hay que asombrarse. El Ministerio de Bienes Malversados, creado en ese año, le ocupó varias cuentas bancarias a un cercano compinche de Mujal, Ángel Cofiño, quien aseguró que no era un malversador, y para demostrarlo alegó que los 55 mil pesos de una de esas cuentas provenían de una “colecta realizada por los trabajadores” para que él pudiera adquirir la finca La Naranja, y que otra jugosa suma registrada a su nombre era parte del producto acumulado por los 24 mil pesos anuales que recibía como dirigente obrero. (¡!)

Por supuesto que semejantes “líderes sindicales”, enriquecidos a costa de robar al pueblo, no ocupaban esos cargos por la voluntad de la masa de proletarios. Habían usurpado la dirección de la Confederación de Trabajadores de Cuba en 1947, cuando el entonces presidente Ramón Grau San Martín negó validez legal al recién celebrado V Congreso de la CTC, y utilizó a los elementos divisionistas para organizar otro que le permitiera conformar una dirección sindical dócil a sus dictados.

Pronto, la policía, amparada por una resolución del Ministro del Trabajo, asaltó el Palacio de los Trabajadores, desalojó a la dirección legítima de la CTC y entregó el edificio a la camarilla que tan bien se avenía a los objetivos de la ofensiva reaccionaria de la oligarquía y el imperialismo, dirigida a desarticular la organización de los trabajadores, arrebatarles sus conquistas y someterlos a la explotación más despiadada.

Aquella caterva servil y corrupta ejecutó con presteza los próximos pasos de esa ofensiva: destitución, por decreto, de las directivas sindicales democráticamente electas, para suplantarlas por otras serviles a sus intereses; ubicación de sus compinches en el lugar de los obreros honestos escogidos para representar a sus compañeros de labor ante los organismos del Estado y las cajas de retiro; imposición, por decreto del gobierno, de la cotización obligatoria, sin la cual no podían ser reclamados los derechos de la legislación laboral. Después emprendieron la persecución y asesinato de los líderes proletarios más prestigiosos.

En manos de los usurpadores, las cajas de retiro y los fondos sindicales se convirtieron en una fuente fácil de enriquecimiento ilícito, pero había muchas más.

COMPLICIDAD EN LAS MÁS ALTAS ESFERAS

Los mismos trabajadores se encargaron de buscarle nombre a ese engendro que pretendía actuar en nombre de la CTC, y decidieron llamarla CTK, en alusión al inciso K de la Ley No. 7 de 1943, concebida originalmente para pagar los sueldos de un grupo de maestros y profesores de segunda enseñanza que no tenían asignación en la nómina oficial, pero que en la práctica se utilizó por los gobiernos de turno con fines politiqueros. Tales fondos, que empezaron por la cifra de 180 mil pesos anuales y que en tiempos de Grau ya ascendían a 20 millones de pesos, eran objeto del más descarado saqueo, y entre los principales beneficiarios se encontraban los principales jefes cetekarios.

La complicidad oficial se convertía no pocas veces en escándalo público, ante denuncias como la publicada en 1949 en el periódico Hoy, acerca de dos miembros de la dirección mujalista del Sindicato de Ómnibus Aliados, que vendieron a la patronal las conquistas de los trabajadores a cambio de un lujoso automóvil Cadillac, y 20 mil pesos en efectivo, respectivamente, mientras que el Ministro del Trabajo obtenía por su apoyo a la transacción, la suma de 100 mil pesos aportada por un pool de directivos de la empresa.

NO HABRÁ MARCHA ATRÁS

Al producirse el golpe de Estado del 10 de marzo de 1952, encabezado por Fulgencio Batista, el jefe de esa pandilla de mal llamados sindicalistas, Eusebio Mujal, se asiló “preventivamente” en la embajada norteamericana y hasta quiso organizar una huelga en favor del gobierno derrocado, pero al parecer sus padrinos yanquis le aseguraron que Batista era su nuevo “hombre fuerte”, porque decidió abandonar la embajada y ponerse de manera incondicional a disposición del nuevo dictador. Un día después del cuartelazo, reunido con sus compinches del Sindicato de la Construcción, Mujal les informó que contaba con el respaldo de los Estados Unidos y que todo quedaría “como antes”.

Así fue hasta que al conocer la huida del tirano por el triunfo revolucionario del primero de enero de 1959, Mujal escapó a Estados Unidos. La Revolución acabó para siempre con esa corriente proimperialista, antidemocrática, gangsteril y anticomunista, que durante años entronizó el terror fascista en el movimiento sindical, y que fue conocida con la denominación de mujalismo.

http://www.trabajadores.cubaweb.cu/especiales/republica/figurones/verdadera.htm

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Mujal
Por Ciro Bianchi Ross

Fue priísta y luego, sin transición, batistiano. Los auténticos le dieron el control de la Confederación de Trabajadores de Cuba (CTC) y desde ese puesto, tanto con Prío como con Batista, se entregó a la delación, el fraude y el saqueo de los fondos sindicales, lo que le permitió amasar una fortuna enorme. Carecía de profesión y de oficio, y aunque se dice que trabajó como aprendiz de panadero en Guantánamo, su carné laboral lo acreditaba como mensajero de botica. El catalán Eusebio Mujal Barniol fue el capataz de la clase obrera cubana.

UNIDAD

Llegó a la Isla en 1915, a bordo del vapor Balnes, y desembarcó por el puerto de Santiago. Sus primeros pasos aquí los dio en la región oriental y por esa zona resultó electo delegado a la asamblea que redactó la Constitución de 1940. Ya por entonces había sido expulsado del Partido Comunista. Andaba en trajines sindicales y no tardó en alzarse con la dirección de la Comisión Obrera Nacional (CON) del Partido Auténtico.

Una nueva etapa para el movimiento obrero cubano se había abierto en 1938 con la legalización del Partido Comunista y la fundación de la CTC, central sindical que logró aunar a todos los sectores del proletariado organizado. La encabezaba Lázaro Peña, líder querido e indiscutible, y por su carácter unitario en su equipo rector coincidían comunistas, auténticos y representantes de otras tendencias políticas. Era una organización independiente del gobierno y ajena a todo partidismo electoral, tenía como premisa la defensa de los intereses materiales y morales de los trabajadores y desde sus inicios centró su lucha en la defensa de la economía nacional, el aumento de los salarios, el descanso retribuido, la jornada laboral de 44 horas con el pago de 48 y otros justos reclamos, como el de extender los beneficios sociales a los obreros agrícolas.

Desde el fin de la Segunda Guerra Mundial crecían en los países coloniales y dependientes el sentimiento de independencia nacional y el anhelo de una vida mejor. Se iniciaba la Guerra Fría y el imperialismo, empeñado en que no se modificaran las condiciones de opresión que padecían esas naciones, inició una gran ofensiva escisionista y a escala planetaria del movimiento sindical. Eran en Cuba los tiempos del presidente Ramón Grau San Martín y ese papel tocó aquí a la Comisión Obrera Auténtica.

En 1946 la CON ni la CONI (Comisión Obrera Nacional Independiente) pese a que movían cantidades fabulosas de dinero que recibían tanto de Miami como del gobierno cubano, pudieron sacar el número de delegados necesarios para copar el V Congreso de la CTC, que ratificaría a Lázaro Peña como secretario general de la organización. Impugnaron los acuerdos de ese cónclave y con la complicidad abierta de las autoridades convocaron a otro V Congreso que eligió a Ángel Cofiño, líder de la CONI, para el máximo cargo de la central sindical. Carlos Prío, a la sazón ministro del Trabajo, ordenó entonces que la dirigencia unitaria de la CTC fuese desalojada del Palacio de los Trabajadores. Eusebio Mujal, ex catalán y antiguo mensajero de botica, se calzaría la secretaría general en 1949 y se le ratificaría en ese puesto en 1951. El humilde emigrante de ayer era ya Senador de la República.

CAMBIACASACA

Con una dirigencia incubada a golpes de decreto y rectoreada por un parlamentario auténtico, lógico resultaba pensar que la CTC se opondría al golpe de Estado batistiano que derrocó al presidente Prío. Batista, al menos, parece haberlo pensado cuando ordenó que la policía ocupara el edificio de Desagüe y San Carlos. Pero el llamado de la CTC a la huelga general al conocerse la noticia del cuartelazo cayó pronto en el vacío. Cambiacasaca, maestro en el arte del viraje, menos de 72 horas después de la asonada militar, Mujal era ya batistiano. A cambio de no pocos privilegios garantizaría al nuevo régimen la disciplina de los trabajadores y, al igual que cuando Prío, serviría de barrera contra los comunistas en los sindicatos. Jesús Portocarrero, ministro del Trabajo del marzato, le dio todas las seguridades. Aun así procuró un encuentro con Batista. Eran hombres llamados a entenderse. El dictador devolvería el Palacio de los Trabajadores y lo mantendría en su cargo, y el catalán debía poner fin a las querellas entre patrones y obreros y a los reclamos insistentes de aumento de salario.

CERO DINERO

El proceso de la división del movimiento obrero cubano pasó, bajo los gobiernos auténticos, por el asalto a sindicatos unitarios y la destitución de sus directivas, así como por la clausura de periódicos y revistas de izquierda. También por el asesinato de líderes como Jesús Menéndez, Amancio Rodríguez y Aracelio Iglesias, entre otros. Durante la dictadura de Batista, en la que el sindicalismo pagó también su cuota de sangre —Paquito Rosales, José María Pérez...—Mujal expulsó y persiguió a dirigentes honestos, los puso en manos de la policía o los empujó al hambre y tras la huelga del 9 de abril de 1958 colaboró estrechamente con el general Pilar García, jefe de la Policía Nacional, en el exterminio de los huelguistas.

Su puesto cimero en la CTC le permitía manejar la Organización Regional Interamericana de Trabajadores (ORIT) donde estaba su hombre de confianza, el argentino Serafino Romualdi.

Desde los comienzos de su mandato, Mujal instituyó la cuota sindical obligatoria, que propiciaba a él y a los suyos no pocas ganancias, que se incrementaban con robos y fraudes de todo tipo.

Bajo su égida, el presupuesto para la construcción del hotel Habana Hilton pasó fraudulentamente de 16 millones de pesos a 24, margen que usufructuaron Mujal y sus compinches, y que comprometió el porvenir de jubilados y pensionados de la rama gastronómica. La cuota sindical de los trabajadores azucareros —más de cuatro millones de pesos anuales— se hipotecó hasta 1962. Los banqueros, creyendo que el régimen de marzo sería eterno, no se comportaron con su cautela habitual y anticiparon el dinero a la CTC espuria. En el Sindicato de Comercio el desfalco fue colosal: cuando en 1959 se abrieron sus arcas ante notario público, no se encontró un solo centavo en ellas.

MIAMI

Mujal poseía acciones en los centrales azucareros Andorra, de Artemisa, y Washington, en Manacas, donde también tenía intereses el general Batista. Sus siete fincas rústicas ocupaban un área de 130 caballerías en zonas de Bauta y Bejucal y eran atendidas por 160 empleados fijos y más de 200 jornaleros ocasionales. Uno de esos predios suministraba 400 litros de leche diarios a la pasteurizadora Santa Beatríz y otro tenía comprometidas 900 000 arrobas de caña para la zafra de 1959.

Precisamente en la madrugada del 1ro. de enero de ese año Eusebio Mujal buscaba refugio en la embajada argentina tan pronto supo de la huida de Batista. Otros directivos de la CTC no tuvieron la misma suerte. Su financiero Jesús Artigas fue apresado en la Isla de Pinos cuando intentaba abandonar el país a bordo de un yate y con 17 000 dólares encima, y a Pancho Aguirre, dirigente gastronómico y magnate del Hilton, le echaron el guante una madrugada en la que, enroscado en el asiento trasero de un automóvil, era sacado de su casa para que se asilara en una sede diplomática.

A Mujal, en el aeropuerto, una multitud enardecida lo escarneció cuando se disponía a abordar el avión. Tembloroso, ascendió a tropezones por la escalerilla. Era un guiñapo humano. Había perdido la arrogancia y la insolencia del pasado.

El Gobierno Revolucionario le otorgó el salvoconducto que le permitiría salir de la Isla a condición de que las autoridades argentinas lo retuvieran hasta que la Cancillería cubana presentara el expediente de extradición, acuerdo que el gobierno argentino se comprometió a respetar. Pero Mujal, sin que nadie se le impidiera, se trasladó desde Buenos Aires a Miami, donde se le dio amparo pese a que tenía “méritos” suficientes para pasar el resto de su vida en la cárcel. Allí, vinculado a la contrarrevolución, fundó su CTC, que le posibilitó seguir viviendo del sudor ajeno hasta su muerte.

http://www.jrebelde.cubaweb.cu/2005/abril-junio/mayo-22/mujal.html




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