..."Lo que os puedo dar os doy, que es una ínsula hecha y derecha, redonda y bien proporcionada..."
"Don Quijote de la Mancha". Capítulo XLII: " De los consejos que dió Don
Quijote a Sancho Panza antes que fuese a gobernar la ínsula..."

ISSN: 1810-4479
Publicación Semanal. Año 3, Nro.124, Viernes, 19 de mayo del 2006

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Joven Club en casa

Un proyecto comunitario en Santiago de Cuba ha logrado llevar la enseñanza de la computación a las casas de quienes por una u otra razón no pueden desplazarse hasta la instalación.

Para Martina Colás Dupuy no es fácil el día a día. Su esposo está postrado hace ya un tiempo producto de una trombosis cerebral. No lo puede dejar solo por mucho tiempo. Hay que hacérselo todo… todo. Cada minuto que por necesidad imperiosa pasa fuera de su casa —busca mandados, bota basura, alguna reunión—, se vuelve una angustia.

«El saber no ocupa espacio. Además, así me distraigo y aprendo a la vez», dice esta santiaguera que a sus 69 años aún conserva las piernas delgadas pero fuertes con las que desandó las montañas de la Sierra Maestra cuando era maestra.

Martina, al igual que Ivia Roncoult, o el matrimonio de Celia Fernández y José Aguirre, son los pioneros de un novedoso proyecto ejecutado en el reparto Antonio Maceo, de la ciudad de Santiago de Cuba, que ha logrado llevar el Joven Club de Computación y Electrónica a las casas de quienes por distintas razones no pueden llegar a la instalación.

AULAS ITINERANTES

Armados de computadoras de mano —laptops— donadas por la entidad cubana CUBASOLAR, instructores y colaboradores del Joven Club del Antonio Maceo un buen día decidieron ir a dar las clases a los apartamentos del edificio de 12 plantas cercano.

Los equipos, que habían sido donados al Grupo Coordinador de la Comunidad para el Proyecto Medio Ambiental Comunitario con vistas a mejorar la informatización, sirvieron también para que personas con movilidad limitada pudieran llegar a este mundo inaccesible para ellos, no ya por falta de conocimiento sino por razones físicas.

«Fue una tarea doblemente difícil, explica Juan Montoya, director del Joven Club. En primer lugar porque eran personas que no sabían nada de computación. Además, por la edad, que a veces puede ser una limitante. Pero también porque debieron aprender en computadoras de mano, que son más difíciles de manejar».

Sin embargo, a pesar de las muchas limitaciones, instructores como Rosita o Enrique lograron primero convencer a José y Celia para que prestaran el hogar común, y estos a su vez fueron embullando a otros vecinos del edificio para al final terminar armando un aula itinerante, que seguía hasta los mismos horarios del Joven Club, y por supuesto su programa de aprendizaje.

«Al final, más que computación hemos aprendido que no importa la edad, sino el interés que uno le ponga a las cosas», confiesa José, quien le ha cogido maña al teclado, y hasta piensa que quizá le sirva para volver a trabajar, incluso mejor que antes, cuando como dirigente administrativo tenía que llenar decenas de papeles a mano.

«Y nos hemos convertido en una familia muy unida. Todos nos ayudamos no ya tan solo en las clases, incluso en las cosas cotidianas de la vida. Antes la mayoría solo nos conocíamos de vista, ahora no podemos dejar que pase un día sin hablar unos con otros», explica Ivia.

La mayoría de ellos, a pesar de haber terminado el curso inicial de operador de microcomputadora, se ha incorporado a otros en el propio Joven Club, con lo cual el interés de seguir aprendiendo ha vencido sobre el temor inicial a lo desconocido, pero también a sus propias limitaciones de desplazamiento.

FUERA DE LÍMITES

«La idea siempre fue tratar de desbordar los límites del Joven Club», asegura Juan Montoya, su director.

«En el proyecto comunitario a nosotros nos tocó la misión de contribuir a informatizar a los pobladores, pero para eso no basta con las clases que normalmente damos, o trabajar con discapacitados e incluso ancianos como lo hacemos.

«Además de las aulas itinerantes en las casas, también creamos una en el hogar de ancianos y otra en el de impedidos físicos, e incluso tenemos un instructor que atiende a una persona que por invalidez está encamada. De hecho, vamos a seguir desarrollando la idea de dar clases en los hogares de los interesados.

«Es más, ha pasado algo curioso. Al principio nos costó trabajo convencer a la gente de que se podía hacer un aula en una casa particular. Ahora no nos alcanzan las computadoras de mano para satisfacer todos los pedidos. ¡Ojalá tuviéramos muchísimo más que tres!».

Más que la idea en sí, lo interesante de la iniciativa santiaguera es el cambio de concepto en el trabajo de los Joven Club, que con 600 instalaciones diseminadas por todo el país hoy imparten cursos de computación y electrónica a niños de edades tempranas, adolescentes, jóvenes, adultos y también a personas de la tercera edad o discapacitados.

Se trata, en este caso, de llegar también a quienes no pueden ir por su cuenta al aula, para que además de no sentirse marginados puedan desarrollar capacidades o mantener las que de otra manera perderían en la rutina cotidiana del bregar hogareño.

“¡Óigame, nadie puede imaginarse lo que significó ese curso para mí! Sin mentirle, las dos horitas que pasaba dos veces por semana allí eran el mejor tiempo, aunque tuviera que estar subiendo constantemente a mi piso para ver cómo estaba mi esposo”, confiesa Martina.

—Entonces, ¿va a seguir con otro curso en el Joven Club?

—Eso es difícil. Salir de la casa es muy complicado para mí por la situación que tengo. Pero descuide, que si me ayudan un poquito...

Tomado de BOLETÍN INFORMÁTICA JR, Edición 66
11 de mayo del 2006
Foto de archivo de J. L. González




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