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 Bibliotecas aborígenes:
recuperación de un patrimonio olvidado
Nuestra colega y amiga Silvia Fois nos invita a compartir
este interesante artículo sobre el trabajo de otro gran amigo,
Edgardo Civallero, con el que prestara en Oslo el pasado año
un excelente poster, y de hecho, nos entrega el número de
la revista electrónica Al filo, de la Facultad de Filosofía
y Humanidades de la Universidad Nacional de Córdoba:
“Con este proyecto se busca volver a la esencia de las
bibliotecas: su misión de conservar y difundir la cultura
y el conocimiento humano, la mayor riqueza del género.
Se ha buscado un enfoque solidario y respetuoso. Quizás
-aun cuando se vaya haciendo realidad lentamente- la idea planteada
parezca utópica. Pero en nuestras manos está el
darle alas a ésta y a otras utopías, y concretarlas
en acciones. Tal es la misión de todo profesional: volver
útil el conocimiento aprendido en las aulas.
Y en una época vacía de esperanzas, no está
de más soñar. Después de todo, así
comenzó esta aventura: sueños cuneiformes plasmados
sobre tabletas de arcillas, allá, en un remoto rincón
del cercano Oriente, hace milenios...”
Edgardo Civallero*
La propuesta de Edgardo Civallero nació en 2001 como parte
del proyecto para su tesina de la Licenciatura en Bibliotecología
y, dos años más tarde, se convirtió en un trabajo
de extensión que obtuvo una beca de la Universidad Nacional
de Córdoba. Durante una estadía de dos años
en la provincia de Chaco, el bibliotecólogo –nacido
en la ciudad de Buenos Aires- comenzó a establecer contacto
con las comunidades nativas de la región. “La realidad
indígena en el noreste argentino, al igual que en muchas
zonas de nuestro país, se encuentra al caminar por la calle
y es una herencia que todos tenemos, aunque la gran mayoría
de los argentinos prefiere ignorarla”, señala Civallero.
Es que si bien la Constitución Nacional, desde la reforma
de 1994, reconoce en su artículo 75 "la preexistencia
étnica y cultural de los pueblos indígenas argentinos",
garantizando "el respeto a su identidad y el derecho a una
educación bilingüe e intercultural", la realidad
de los aborígenes dista enormemente de tal declaración.
“En contacto con ellos me di cuenta que uno de sus grandes
reclamos es la falta de oportunidades. La sociedad los empuja a
renunciar a su naturaleza y adaptarse a las nuevas circunstancias,
pero una vez que se integran no tienen acceso a la educación
y tienen que abandonar su identidad”, explica el licenciado.
Culturas
en peligro
De acuerdo con el bibliotecólogo, las comunidades originarias
se ven sometidas, desde hace siglos, a una fuerte presión
cultural, política y socioeconómica, que ha empujado
a muchos grupos a la desaparición o, en el mejor de los casos,
a la aculturación, con la consiguiente pérdida de
los rasgos que constituían su razón de ser: lenguas,
creencias, organización social, costumbres, sistemas económicos,
etc. “En la actualidad, muchos pueblos aborígenes se
encuentran en un limbo entre su antigua forma de vida y el sistema
social dominante, sin saber –o sin poder- integrarse, buscando
una identidad perdida, la única que, como en todo ser humano,
puede dar sentido y razón de ser a la existencia”,
sintetiza Civallero.
Según datos oficiales, en la Argentina actualmente son doce
los pueblos reconocidos como indígenas, más varias
comunidades mestizas que se definen como descendientes directas
de poblaciones originarias. En la región del noreste se encuentran
asentadas la mayoría de ellas: avá (chiriwano), avá
(chané), yojbajwa (chorote), nivaklé (chulupí),
wichi (mataco), qom (toba), apitalaxá (pilagá), moqoit
(mocoví) y mbyá (guaraní). “En esta zona
-que incluye Chaco, Misiones, Formosa y parte de Salta- todavía
existen nueve culturas indígenas en plena vigencia: con sus
tradiciones, su lengua particular, su historia de siglos y un patrimonio
cultural intangible impresionante que se está perdiendo día
a día porque nadie le presta atención”, dice
el licenciado. De este modo, los pueblos indígenas que sobreviven
en el territorio nacional -al igual que en otras partes del continente-
deben enfrentarse diariamente a situaciones de pobreza extrema,
enfermedad y analfabetismo.
Aportes de la bibliotecología
¿Qué aportes pueden hacerse desde la bibliotecología
a la compleja realidad que viven los miembros de las etnias nativas?
Precisamente, en la búsqueda de una respuesta a este interrogante
es que Civallero decidió llevar a cabo el proyecto de las
bibliotecas aborígenes. “Durante la carrera –indica-
con el acceso a los materiales educativos y el contacto con otros
colegas latinoamericanos, me di cuenta que había muchas herramientas
que no eran aprovechadas”. De este modo, el joven diseñó
una propuesta para que las técnicas, conocimientos y metodologías
propias de esta disciplina se pongan al servicio de los usuarios
aborígenes.
El proyecto, en consecuencia, desafía la imagen tradicional
que habitualmente se tiene de las bibliotecas como espacios cerrados,
silenciosos, y para uso exclusivo de una élite ilustrada.
“La biblioteca no es eso, ha sido un institución gestora
de memoria desde que el hombre empezó a escribir. Sus horizontes
y potencialidades son increíbles, sobre todo con la incorporación
de las nuevas tecnologías”, argumenta el bibliotecólogo.
Las fonotecas
A partir del reconocimiento de algunas experiencias similares realizadas
en países como Canadá, Nueva Zelanda, México
y Perú, Civallero desarrolló durante 2003 su proyecto
de extensión en base a un modelo teórico. Sin embargo,
al momento de implementar la propuesta, el licenciado se topó
con numerosas dificultades, la principal radicaba en que estas culturas
indígenas son ágrafas, es decir que no poseen sistemas
de escritura o representación gráfica de la información.
En consecuencia, fue necesario trabajar a partir de la recuperación
oral de sus relatos.
“No era posible armar una biblioteca que recuperara el conocimiento
indígena en los soportes clásicos, por lo tanto, comencé
-grabador en mano- a recoger su tradición oral”, apunta.
Así, se instaló en las comunidades aborígenes
ubicadas en las localidades de Saénz Peña, Resistencia,
Quitilipi, Colonia San Martín, Villa Ángela, La Tigra,
Pampa del Infierno y Pampa del Indio, entre otras, para iniciar
su trabajo en las escuelas. “Empecé a entrevistar a
los maestros, porque eran quienes tenían el contacto más
directo con la población infantil y, a su vez, eran la vía
para ingresar a la comunidad”, explica y continúa:
“En Chaco, en ese momento, se estaba implementando un sistema
experimental de educación bilingüe, para el cual tenían
docentes auxiliares que traducían lo que decía el
maestro a la lengua mayoritaria de los alumnos: mocoví, toba
o wichi”. De este modo, pudo acceder a las distintas comunidades,
aprendió a hablar algunas lenguas y logró entrevistar
a mujeres, ancianos y otros integrantes que recordaban anécdotas,
leyendas, costumbres e historias de otros tiempos.
Como resultado, se lograron recopilar numerosos registros organizados
en fonotecas, es decir colecciones de casetes sistematizadas que
contienen cuentos, tradiciones, cantos y experiencias de la comunidad
en sus propias lenguas. Las fonotecas fueron instaladas, principalmente,
en las escuelas de cada localidad. En Saénz Peña además
quedó una copia del trabajo en la biblioteca del CIFMA (Centro
Integrado de Formación para la Modalidad Aborigen) que es
la institución donde se forman los maestros auxiliares.
Para Civallero, “este acervo se convierte en algo extremadamente
vulnerable” si se considera que la supervivencia de las historias
y los conocimientos se encuentra sólo en la memoria de unos
pocos cultores de la tradición oral. Las nuevas generaciones,
por lo general, ya no hablan la lengua de sus antepasados o la niegan,
justamente, por la discriminación y marginación que
sufren en los centros urbanos.
Libros tobas…
Con el propósito de vincular el universo indígena
con la sociedad occidental, el bibliotecólogo también
diseño una propuesta para la realización de libros
en lenguas autóctonas junto a los grupos de alumnos aborígenes.
“Aparte de las fonotecas, pensamos que los niños necesitan
conocer los elementos de la lecto-escritura y habituarse al formato
del libro para poder desenvolverse en el mundo actual”, manifiesta
Civallero.
De esta manera, les propuso a los estudiantes que contaran sus
leyendas a través de dibujos y que, con la ayuda de los maestros
auxiliares, escribieran las palabras en su lengua para acompañar
las imágenes. “Ellos armaron así sus propios
libros en la escuela. Es una forma de ver que su lengua también
puede escribirse al igual que la que escribe la maestra en el pizarrón”,
sostiene.
A la luz de esta experiencia, el bibliotecólogo considera
sumamente necesaria la creación de bibliotecas aborígenes
que funcionen, por un lado, como centros de recuperación
cultural y, por otro, como lugares que proporcionen información
sobre prevención de enfermedades, derechos humanos, y otros
temas que permitan mejorar la calidad de vida de los habitantes.
Derechos nativos
Actualmente, la principal preocupación de los investigadores
y especialistas a nivel internacional consiste en tratar de unir
dos conceptos: conocimiento indígena y biblioteca digital.
Sin embargo, Civallero es muy cauto sobre las posibilidades de lograr
esta articulación en las comunidades de la región
y recalca la necesidad de no descuidar la noción de servicio
en pos de los adelantos técnicos. “Latinoamérica
está de este lado de la brecha digital –aduce-; es
un continente rural, campesino, donde muchas veces no se tienen
esos recursos ni la educación para poder utilizarlos”.
A pesar de ello, afirma que en nuestro país se están
empezando a utilizar los recursos multimedia para recuperar la tradición
oral y poder aplicarlos en las escuelas que ya tienen acceso a este
tipo de tecnología para apoyar la educación bilingüe.
Asimismo, el joven resalta que en los últimos años
se ha iniciado un “movimiento bibliotecológico”,
aún tímido, orientado a plantear la necesidad de bibliotecas
destinadas a usuarios indígenas. “Este movimiento,
que ha tenido aceptación en aquellas naciones con un elevado
porcentaje demográfico aborigen, apenas ha tocado nuestro
país, donde los derechos nativos se reconocen en el papel,
pero son pasto, en la realidad, para el olvido y la discriminación”,
expresa.
*Edgardo Civallero es licenciado en Bibliotecología y desde
hace cinco años se encuentra trabajando en un proyecto
muy particular: la creación de bibliotecas aborígenes
en el noreste argentino. El objetivo principal es promover la
recuperación de la memoria y la identidad de los pueblos
indígenas, así como apoyar su desarrollo cultural.
Para ello, el egresado de la Facultad de Filosofía y Humanidades
se internó en algunas comunidades indígenas de Chaco,
Formosa y Misiones y puso en marcha una iniciativa que consiste
en implementar un modelo de biblioteca creado específicamente
para satisfacer necesidades de formación e información
de usuarios aborígenes.
http://www.ffyh.unc.edu.ar/alfilo/
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