..."Lo que os puedo dar os doy, que es una ínsula hecha y derecha, redonda y bien proporcionada..."
"Don Quijote de la Mancha". Capítulo XLII: " De los consejos que dió Don
Quijote a Sancho Panza antes que fuese a gobernar la ínsula..."

ISSN: 1810-4479
Publicación Semanal. Año 3, Nro.125, Viernes, 26 de mayo del 2006

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Radiografía de Francisco Pérez Guzmán
Pedro Pablo Rodríguez • La Habana

A manera de homenaje póstumo a Panchito, ésta entrevista que al decir del compañero Gustavo Placer Cervera, a quien agradecemos su envío, se convierte en su testamento intelectual. No tuvo LIBRINSULA el placer de culminar la que habíamos enviado al amigo, al compañero de cada día: sólo acotamos acá la frase que iniciaba nuestro cuestionario:

“Para la Biblioteca Nacional es un orgullo que Francisco Pérez Guzmán haya recibido el Premio Nacional de Ciencias Sociales 2005, pues lo consideramos prácticamente un miembro más de nuestro colectivo laboral.”

Continúa siéndolo. Y de ello da fe esta entrevista.

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Con la reciente entrega del Premio Nacional de Ciencias Sociales por el conjunto de su obra, Francisco Pérez Guzmán parece haber llegado a la cumbre del reconocimiento de su extensa y apreciada obra como historiador. La conversación que hemos sostenido mediante el correo electrónico ha sido como una extensión de las que hemos venido desarrollando desde hace años en la Biblioteca Nacional, en las redacciones de Bohemia y Verde Olivo, en consejos científicos, en eventos académicos variados. Como me ocurre desde el principio, me encuentro otra vez con el Panchito de siempre, el amigo sincero, el trabajador sin desmayo, el enamorado de Cuba y de su historia. Cómo se formó este investigador, cuáles han sido los retos que ha asumido, cuáles sus sueños, nos lo cuenta quien aún aspira a ser el historiador de Güira de Melena.

Según has contado, te iniciaste como historiador por casualidad al comenzar a ayudar a tu mamá a trabajar en una historia de Güira de Melena, tu pueblo natal. ¿Cómo ocurrió? ¿Tenías preferencias por lecturas de temas históricos? ¿Nunca soñaste con investigar, con escribir?

Casi a cuarenta años de aquel domingo, recuerdo la imagen de mi madre con el rostro de espanto que me preocupó porque pensé que le había sucedido algo grave. En efecto, la tarea que le habían encomendado era para que se hubiese infartado. No tenía las condiciones para indagar y escribir la historia de Güira de Melena. Para aliviarla, le dije que yo haría el trabajo. Hoy, al exprimirme la memoria, me inclino a pensar que mi reacción fue más bien la de un pueblerino que quería saber de su patria chica, porque Güira de Melena no tenía una historia escrita que al menos abarcara el abc de los historiadores cubanos: lo político, lo social, lo económico y menos aún lo cultural. Lo que yo no podía imaginar era que aquella decisión cambiaría mi destino al adentrarme en un camino que me ha conducido hasta aquí.

Estoy convencido de que no fueron las lecturas de temas históricos las que me impulsaron a investigar sobre el pasado güireño. No recuerdo haberle dedicado mucho tiempo a los libros de historia en mi juventud, que coincidió con el segundo lustro de la década del 50, en plena dictadura batistiana. Pronuncié algunos discursos para conmemorar el 7 de diciembre, fecha que marca la caída en combate del mayor general Antonio Maceo en los campos de San Pedro, Punta Brava. Eso fue en El Centro de la Libertad —la sociedad de los negros y mulatos, pues la de los blancos dejaba pasar inadvertida esas efemérides— y mis palabras en ese lugar se caracterizaban por su contenido político, no histórico. Otros oradores célebres en el pueblo como Emilio Rodríguez y Natividad Rodríguez Alfaro sí abordaban pasajes de la historia guerrera mambisa. Ya podrás imaginarte el grado de mi ignorancia en historia, pues mis conocimientos se limitaban a la instrucción escolar.

Como en el pueblo no había biblioteca ni librería en el sentido respetable de la palabra, durante mi adolescencia leía los muñequitos de Tarzán, Roldán el Temerario, El Halcón Negro, Superman. Y era un fiel oyente de programas como Los tres Villalobos, El capitán Maravilla; Tamakún, el vengador errante y Sandokan, el tigre de la Malasia. Y conste que en mi barrio tener un radio era un símbolo de poder económico. Así, entre mis grandes alegrías guardo el momento cuando dejamos de alumbrarnos con queroseno y apareció la electricidad, y cuando mi padre compró a plazos un radio RCA Victor. De televisión, ni hablar, pues a lo más que podía aspirar era a pagar cinco centavos a un señor que poseía un equipo para ver la pelota profesional, la lucha libre y el boxeo.

Por aquellos años, antes del 1º de enero de 1959, mi cultura se cultivó con lecturas de revistas como Bohemia, Carteles y Selecciones, y con periódicos como El Crisol, El Mundo, El País y Diario de la Marina. Aprendí mucho de las discusiones que se originaban en la barbería Salón Cubano, de Juan Margarito González, un comunista consecuente hasta el final de su vida. También mi ingreso en la Asociación de Jóvenes de la Fraternidad —la organización juvenil de los masones— contribuyó en mi formación cultural.

La verdad es que en vez de historiador debí ser un cronista deportivo. Ese era mi sueño antes del triunfo de la Revolución. Mis primeros escritos se publicaron en el periódico local La voz de Güira. Todos abordaban los juegos del Club Deportivo Güira, que participaba en el campeonato de béisbol conocido por Liga de Quivicán. Mi entusiasmo era tal que yo copiaba los resultados de los juegos de las Grandes Ligas y de la Liga Profesional Cubana y los leía por los altavoces instalados en el parque local. Incluso aprendí a llevar la anotación de un juego de pelota. Este fanatismo me costó una reprimenda en mis años de estudiante, cuando el profesor Abelardito Sosa, en plena clase, me preguntó por qué había faltado tantos días. Le mentí diciéndole que había estado enfermo. Entonces él, con ese carácter que nos ponía a temblar a todos, me dijo: “Su enfermedad se llama Serie Mundial entre los Yanquis y el Brooklyn”.

El triunfo de la Revolución nos cambió la vida a todos los cubanos y la mía en particular también pasó por ese cambio radical. De aquel soñador que aspiraba a ser un cronista deportivo, solo quedó el recuerdo. Ocupé la dirección municipal de los Jóvenes Rebeldes en la localidad. Y comencé a leer como un endemoniado, y aún al cabo de tantos años no he parado. Al pueblo llegaba un camión con el nombre de Biblioteca Popular y te prestaba libros. De esta manera tuve contacto con Miguel de Cervantes, Víctor Hugo, Emilio Zola, José Ingenieros.

En 1961 mi aspiración consistía en obtener una beca de aviación en la República Popular China. Para ganársela había que subir cinco veces el Pico Turquino. El recorrido comenzaba y terminaba en Pino del Agua: tres días de camino por las montañas y la costa sur de la Sierra Maestra, con dos de descanso. Y el 9 de septiembre de ese año volaba hacia China ya como miembro de las FAR. Siempre he lamentado no haber tenido entonces la cultura suficiente para asimilar todo lo que nos transmitía la civilización china mediante su historia milenaria. Yo era de los más aventajados en cuanto a instrucción, pues la instrucción de la inmensa mayoría de mis compañeros era elemental. Incluso algunos conocieron a La Habana cuando nos preparábamos para el viaje, y al cruzar por el túnel de la bahía bajaban la cabeza y miraban el Capitolio, el hotel Habana Libre y el edificio Focsa con ojos de monte adentro.

Por tanto, cuando me decidí asumir la tarea que le habían encomendado a mi madre, yo era militar.

Por alguna parte he leído o me han dicho que allá en China fue Compay Segundo el comisario político de tu grupo.

Sí. Francisco Repilado (Compay Segundo) fue nuestro comisario político en la VIII Escuela de aviación de Sen Yang, provincia de Liaonin, República Popular China.
Tuvimos el privilegio de verlo rasgar las cuerdas de su guitarra y cantar canciones en días y noches donde el termómetro marcaba los veinte y hasta treinta grados bajo cero. El invierno en esa región que pertenece a la Manchuria es muy crudo. Por cierto, recuerdo que compuso una canción dedicada a la mujer china y muchas veces la cantó allá. Después cuando vi que miles de personas de Europa, y del resto del mundo se apretujaban para verlo actuar me decía: Bueno, nosotros lo tuvimos durante año y medio como un compañero que nos deleitaba. Repilado fue un comisario excelente y nos cuidaba como si fuéramos sus hijos o nietos.

Tu primer libro de historia, La guerra en La Habana, fue acogida con beneplácito en la comunidad de los historiadores. ¿Qué te impulsó a escribirlo? ¿Cómo lo hiciste? ¿Cómo te acercaste a las fuentes?

Mi primer libro fue publicado por la Editorial de Ciencias Sociales en 1974, y no fue el resultado de una idea inicial como objeto de investigación. El libro surgió porque el Dr. Luis Felipe Le Roy —uno más de nuestros historiadores olvidados—, con su generosidad habitual y su voluntad de promover a la nueva generación, le habló a Gonzalo de Quesada y Miranda para que me diera espacio en la Fragua Martiana con el tema de la participación de Juan Manuel Sánchez, jefe de la escolta de Antonio Maceo, en el combate de San Pedro. Este sería mi estreno como conferencista. Gonzalo de Quesada accedió y comencé a investigar. Durante el desarrollo de las pesquisas, me percaté de que los aspectos a abordar y mi interpretación de aquella acción de guerra diferían de las anteriores. Yo entendía que aquella acción de guerra había que ubicarla dentro del contexto del tipo de lucha armada que se libraba en el territorio habanero y este enfoque resultó novedoso. Por tanto, lo que había comenzado por una conferencia pasó después a una fase superior: una monografía. Le consulté mi propósito a Le Roy, a Zoila Lapique, a Elena Giráldez y a Hiram Dupotey Fideaux, entre otros. Todos se entusiasmaron y me alentaron. Le Roy me entregó gran parte de las versiones que había reunido durante muchos años de su vida acuciosa como investigador. En total trabajé con cuarenta y siete versiones dadas por 29 mambises y dos españoles. Algunos de los insurrectos dieron hasta seis versiones diferentes. Las contradicciones y confusiones florecían al reconstruir el hecho. Organicé de forma fragmentada todas las versiones en correspondencia con la participación directa de los testimoniantes a partir de la noche del 4 de diciembre de 1896, cuando Antonio Maceo y sus acompañantes burlaron la Trocha de Mariel a Majana —no la cruzaron como a veces se dice— hasta el anochecer del 7 de diciembre, cuando la tropa le rendía la despedida a los cadáveres del Lugarteniente General y al capitán Francisco Gómez Toro, Panchito.

Con todas las versiones, me fui para San Pedro en mi tiempo de vacaciones, para estudiar sobre el terreno las acciones combativas. Siempre que se pueda, el historiador militar debe visitar el teatro de operaciones, porque va a entender y conocer mucho mejor su objeto de investigación que detrás de un buró. Este método es válido también para otras ramas de la historia social y económica. Si usted va a investigar sobre las plantaciones de café, de tabaco y de caña del siglo XIX, usted debe conocer en la práctica todo el procedimiento del cultivo y el trabajo de los hombres de entonces, y así, al conocer mejor aquella realidad histórica, estará más preparado para una interpretación y explicación con más fundamentos, siempre apoyado por las fuentes, que son decisivas.

Mi experiencia en aquel momento era la de un aficionado que había redactado un manuscrito pésimo acerca de la historia de Güira de Melena en la etapa colonial y un artículo sobre el alzamiento que se había originado en mi pueblo natal en agosto de 1931 en apoyo al que protagonizaría el ex presidente de la república Mario García Menocal. Juan Pérez de la Riva se negó a publicar ese texto en la Revista de la Biblioteca Nacional porque consideró que demeritaba a la prestigiosa publicación al no reunir los requisitos mínimos de calidad. Esa fue mi primera gestión para publicar algo, por lo que aquella negativa fue como un macetazo en el rostro. Para mí fue como me tiraran un cubo de agua congelada en pleno invierno del sur habanero. Zoila Lapique y Olga Cabrera montaron en cólera por el tipo de respuesta que había recibido. A pesar del fracaso, del impacto de la frustración, seguí adelante.

La investigación y la redacción del libro La guerra en La Habana las hice desde mi condición de profesor de motor y fuselaje de Mig-15 en la escuela de especialistas menores de Barbosa. No disponía de mucho tiempo y a veces leía en horas que vamos a llamarle laborables. Una vez mi jefe me sorprendió enfrascado en la lectura de Las crónicas de la Guerra, de José Miró Argenter, y me amenazó con enviarme al Jurídico, es decir, a los tribunales militares. Le enseñé mi plan de trabajo para que viera que las clases de los días siguientes estaban preparadas. Pero volvió a la advertencia. Entonces me sumergí en la clandestinidad —ya la había practicado cuando la dictadura de Batista—con la complicidad de muchos de mis compañeros profesores y de los alumnos. Llegaba a la Biblioteca Nacional a las seis de la tarde cuando salía de la Unidad Militar y leía hasta las 9, a veces hasta las 10 de la noche. Marchaba con mis fichas hasta el parque Manila, en el Cerro. Tomaba la ruta 185, y a la media noche llegaba a Güira. A las 5 de la mañana estaba en pie, y para la Unidad Militar. Al Archivo Nacional lo visitaba menos, cuando la oportunidad se presentaba. Terminé el libro cuando me desempeñaba como profesor de política y con la ayuda de Le Roy, Zoila Lapique y Elena Giráldez, que financiaron la mecanografía, lo mandé al Concurso 26 de julio de 1972, convocado por las FAR. El jurado le concedió una mención en investigaciones históricas y el premio fue para los Congresos Obreros en Cuba, obra de Evelio Tellería. Ese año se iba a celebrar el X Congreso de la CTC. Claro que para todos los que concursamos, la desventaja era evidente.

Sin duda, La Guerra en La Habana desde enero de 1896 hasta el combate de San Pedro fue un suceso editorial. La primera edición de casi 15 mil ejemplares — ¡qué tiempos aquellos, Pedro Pablo!— se agotó y se reeditó con una tirada de 10 mil copias. Sin embargo, treinta años después no le ha interesado nuevamente a ningún editor. Y a mi juicio sigue siendo, hasta ahora, la investigación más completa y novedosa sobre ese combate y la muerte de Antonio Maceo.

A La Guerra en La Habana le guardo un cariño y agradecimiento muy especiales porque me abrió las puertas del profesionalismo y de oportunidades al insertarme de lleno, todo el tiempo, en la comunidad intelectual. De profesor de motor y fuselaje, primero, y de política después, pasé a ejercer el periodismo especializado en temas históricos en la revista Verde Olivo.

Ese ejercicio del periodismo durante tantos años en Verde Olivo, ¿cómo influyó en tu obra de historiador?

Cuando llegué a la revista, ya mi gramática y redacción habían mejorado porque había recibido clases gratuitas de una profesora experimentada como era Gracielita Sánchez. Ella fue profesora también de Reynaldo Arenas que, según me contó, tenía una ortografía pésima. El ejercicio del periodismo no solo contribuyó a mi formación intelectual, sino también que me marcó en el estilo: lenguaje directo, economía de palabras que deben ser precisas y claras, ideas centrales y escribir de forma atractiva que atrape al lector. Que tu mensaje llegue limpio y completo.

Aunque abandoné el periodismo hace más de treinta años nunca he dejado de escribir sobre temas de historia para periódicos y revistas. Entre otras razones porque esa labor te mantiene entrenado y porque el círculo de tus lectores es mucho más amplio. Tú escribes un libro o un artículo para una revista especializada y el conocimiento que deseas transmitir queda en unas decenas de personas. Pero la publicación en Granma, Juventud Rebelde o Trabajadores y en revistas como Bohemia llega a cientos de miles. Muchos colegas historiadores son renuentes a publicar en órganos de difusión masiva porque no lo consideran apropiado para su nivel académico o porque los responsables de las publicaciones quieren imponerles sus criterios de periodistas. En mi caso, nunca he hecho concesiones que limiten la explicación del hecho o el acontecimiento que estudio. Si lo desean publicar así, bien, y si no, me voy a otra parte. Mi experiencia que llega hasta hoy es que posiblemente no hay otra especialidad como la divulgación histórica en que los jefes de redacción se vean obligados a emplear más el lápiz rojo. Y esto aterroriza a algunos historiadores. Sin embargo, cosa curiosa, la actitud de los historiadores cubanos de más prestigio es muy diferente, pues casi siempre aceptan asistir a los programas de televisión para exponer temas históricos. La televisión o el radio son medios de un alcance extraordinario y contribuyen a incrementar el conocimiento histórico de la población.

En cuanto a cómo hallar nuestro estilo siempre recuerdo lo siguiente. Una vez Alejo Carpentier, durante un Sábado del Libro, cuando esa actividad se llevaba a efecto en la calle Obispo, afirmó que el estilo es como domar un caballo salvaje, que te tumba y te vuelve a tumbar; pero que poco a poco te sostiene cada vez más, y cuando cabalgas a plenitud quiere decir que hallaste tu estilo.

En Verde Olivo durante diez años, desde 1973 hasta 1983, tuve la oportunidad de trabajar con profesionales como Eduardo Yasell, Frank Agüero, Juana Carrasco, Elder Santiesteban —un estudioso de la estética—, Luis López- López Quintana, Roberto Morejón, Katia Valdés, Alfredo Reyes Trejo y Eliseo Alberto, entre otros. Con este último conversaba mucho de literatura y, sobre todo, de su novela La fogata roja, publicada por capítulo en la revista y para cuyos comentarios críticos me designaron en la reunión semanal con todos los miembros de la redacción.

Hacia 1983 sentía la necesidad de entregarme de lleno a la investigación histórica e ingresé en la Academia de Ciencias de Cuba con esa aspiración. Por ciertas circunstancias tuve que asumir la dirección del Departamento de Historia. Como jefe me sentía incómodo porque afectaba mi investigación y empleaba mucho tiempo en las tareas burocráticas y en problemas administrativos de todo tipo. En 1988 nos integramos al Instituto de Historia de Cuba, creado ese año.

Tu formación universitaria fue muy posterior a buena parte de tu obra. ¿Qué problemas metodológicos y teóricos tuviste que asumir en el plano práctico al irte haciendo historiador “por tu cuenta”? ¿Qué te aportaron los estudios universitarios de Historia, cuando ya tú tenías una obra reconocida entre tus colegas y un método de trabajo? ¿Algunos historiadores influyeron en tu obra y en tu metodología?

Mis conocimientos metodológicos y teóricos eran casi nulos al comenzar como historiador. Eso fue precisamente lo que les sorprendió a los profesores universitarios y a los amigos que indagaban interesados. La guerra en La Habana y La batalla de las Guásimas, mi segundo libro, fueron resultado de una intuición muy personal.
Cuando llegué a las aulas universitarias para estudiar Historia en 1975 ya había publicado las dos monografías que mencioné anteriormente. Acababa de llegar de España donde estuve seis meses trabajando en el Archivo General de Indias y en el Histórico Nacional de Madrid gracias a una beca de la UNESCO. Esa fue mi primera experiencia internacional en cuanto a localizar informaciones, pues comenzaba un proyecto sobre las fortalezas de Cuba. Tuve la oportunidad de hacer relaciones con muchos latinoamericanos, estadounidenses y españoles, sobre todo con un grupo de jóvenes profesores de la Universidad de Sevilla encabezado por Pablo Tornero, Antonio Acosta, Justina Saravia, Isabelo Macías, Francisco Castillo, Antonio López Canto y Pepe Ventura. Este último investigaba sobre la Real Compañía de La Habana. Todos eran alumnos de Francisco Morales Padrón.

En la Universidad de La Habana me senté como un alumno más del curso para trabajadores. Desde el primer día hasta la graduación fui el delegado de aula debido a una proposición de Eusebio Leal. Matriculé en la Universidad porque entendí que era necesario sistematizar los conocimientos de historia, no solo de Cuba, y aprender a fondo la historia universal.

Realmente yo venía de otra “universidad” o de un alto centro de estudios que funcionaba espontánea e informalmente en la Biblioteca Nacional José Martí. Cuando decidí traspasar el umbral de esa institución para localizar información histórica sobre Güira de Melena no solo protagonizaba uno de los actos más audaces de mi vida, sino también la decisión más afortunada que contribuiría a trazar mi destino profesional como historiador. Impregnado de ignorancia conocí a las personas que dije antes como Luis Felipe Le Roy, la excelente bibliotecaria Elena Giráldez y Zoila Lapique, quien me inició en el camino de la investigación una tarde de 1965 (ella y yo llegamos al acuerdo de que es mi madre intelectual). Ella fue la que me dijo que para mi investigación era importante que visitara el Archivo Nacional de Cuba. Yo no sabía que existía esa institución con documentos, mapas y fotografías que me posibilitarían investigar sobre lo que me había propuesto. Allí llegué como había arribado antes a la Biblioteca Nacional y también encontré a personas generosas como Margot Fundora que me enseñó a trabajar con los fondos. En el Archivo Nacional conocí a Julio Le Riverend. Por cierto, que tuve la osadía de entregarle mi manuscrito de la historia colonial de Güira. Hoy me avergüenzo, pero él fue indulgente, y debo confesar sin ninguna exaltación de mi ego que llamó a sus colaboradores para decirles que les presentaba a un joven con madera suficiente para convertirse en investigador y que ocuparía un lugar destacado en la historiografía cubana. De los presentes entonces recuerdo a Erasmo Dumpierre. Si revelo esta anécdota es para dar evidencia del olfato que poseía Le Riverend.

En el Archivo Nacional de Cuba inicié mi amistad con José Luciano Franco. Disfruté de sus charlas amenas y recibí con agrado su experiencia como investigador. También tuve la suerte de conocer a don Isidro Méndez. Lo visité muchas veces en su casa para aprender acerca de las historias locales, pues él trabajaba en la de Artemisa. Este historiador es otro que lamentablemente permanece en el olvido. Los cuarenta años de visitar y trabajar en el Archivo Nacional han sido más que suficientes para sentirme allí como en casa.

La Biblioteca Nacional José Martí fue determinante en mi formación intelectual. Durante aquellos años de la segunda mitad de la década del 60 y de los 70, era un centro cultural muy sólido. Allí, en Colección Cubana, se daban verdaderas conferencias, se hablaba y discutía de todo. En aquellas tardes memorables, Manuel Moreno Fraginals leyó muchas veces páginas acabada de redactar de su libro El Ingenio. Le Roy conversaba sobre la marcha de su investigación sobre los estudiantes de Medicinas fusilados en 1871 y de la historia de la Universidad de La Habana. Jorge Ibarra Cuesta intervino muchas veces acerca de su Historia de Cuba editada por el MINFAR y de su libro Ideología mambisa. Juan Pérez de la Riva, con sus alumnos, daba magistrales clases de demografía histórica, de la esclavitud y se refería a su proyecto con Pedro Deschamps Chapeaux acerca de la gente sin historia. Zoila Lapique atendía a todos los que solicitaban sus servicios de erudita y proseguía su investigación sobre la litografía en Cuba y la música en la prensa periódica de la Isla. César García del Pino aportaba sus conocimientos acerca de la Guerra de los Diez Años en Occidente. Abelardo Padrón Valdés andaba con su general José Maceo a cuestas. Hiram Dupotey Fideaux no se cansaba de promover el Diario de soldado, de Fermín Valdés Domínguez, manuscrito que transcribía. Por cierto, que falta por publicar el último tomo y muchos de los cuatro anteriores salidos de la imprenta fueron desaparecidos por orden de un inquisidor burócrata que consideró que no era libro apto para ser divulgado porque su autor emitía criterios que dañaba la ética y moral de algunos importantes patriotas. ¡Qué barbaridad! Pienso que hay que reparar ese enorme perjuicio a la historiografía y publicar todo el diario porque es una fuente importantísima para los estudiosos de la Guerra de Independencia. Nadie tiene el derecho de privar a las personas del conocimiento histórico ni de decidir por los demás: esto sí, esto no. Eso es sencillamente inaceptable, aunque se quiera legitimar a nombre de ideología o de las recurrentes frases de que algo no es político por el momento, no es oportuno, no estamos preparados para esas lecturas, eso es muy problemático, eso va a levantar ronchas.

Allí, en Colección Cubana o Sala Cubana entablamos largas conversaciones con Cintio Vitier, Fina García Marruz y Octavio Smith, integrantes del grupo Orígenes. También con Olga Cabrera, con los actuales premios nacionales de literatura Roberto Friol, Reynaldo González y Lisandro Otero, quien investigaba para su novela Temporada de ángeles. Con el investigador de la plástica cubana Guillermo Sánchez; el compositor Carlos Fariñas; las entonces muy jovencitas hermanas Araceli y Josefina García-Carranza; José Zacaría Tallet, que me relataba pasajes de vivencias al lado de Pablo de la Torriente Brau y Rubén Martínez Villena; el apreciado amigo Carlos del Toro; Alberto Muguercia, gracias a quien tuve la oportunidad de oír la voz de Gerardo Machado mediante un reportaje fílmico; Juan Jiménez Pastrana, estudioso de Ignacio Agramonte; Rine Leal, que se hallaba inmerso en su investigación para el libro La selva oscura; Abraham Rodríguez, que posteriormente alcanzaría celebridad como dramaturgo con Andoba y escribiría para la televisión Tierra o sangre; Argeliers León; Rogelio Martínez Furé; Luisa Campuzano; Ana Cairo; Tomasito Fernández Robaina; Pedro Deschamps Chapeaux; Virgilio Perera; Rodolfo Sarracino; Enrique Fernández y mi gran amigo Enrique López Mesa, con quien he contraído deuda de gratitud por la valiosa ayuda que me ha dado. Este inventario precipitado e incompleto da una imagen acerca de cómo y de qué tipo fue mi formación de autodidacta.

No puedo soslayar las largas horas de conversaciones con Julio Le Riverend en compañía de Ramón de Armas cuando aquel ocupaba la dirección de la Biblioteca Nacional. Ni tampoco las visitas que realicé a la casa de Fernando Portuondo y Hortensia Pichardo.

Aunque ya tenía una obra reconocida, mi ingreso a la Universidad de La Habana en un curso para trabajadores fue trascendental para mi formación en desarrollo.
La Universidad me facilitó la oportunidad de eliminar o al menos de aminorar las gigantescas lagunas culturales que me cubrían de pies a cabeza. Pude estudiar a fondo historia de la filosofía, economía política, las clases de arte me posibilitaron conocer desde la pintura primitiva universal hasta la contemporánea, así como la escultura y arquitectura. Mientras que en literatura entre en contacto con los clásicos universales de todos los tiempos. Mi horizonte en historia se amplió y profundizó al conocer los procesos históricos de África, Asia, Europa y América. Quiero hacer un alto en lo que se refiere a la metodología de la investigación. Las clases que recibí de Oscar Zanetti me entregaron las herramientas teórica que me prepararon para afrontar problemas historiográficos y objetos de investigación muy complejos.

Eres no solo uno de los historiadores cubanos con más libros y artículos publicados, sino también uno de los que se ha movido por más espacios cronológicos dentro de la historia de Cuba: el descubrimiento, la época bolivariana, las guerras de independencia y la Revolución en el poder. ¿Cómo lo logras? ¿Cuál es tu método de trabajo? ¿Cómo te acercas a épocas históricas tan diferentes y aparentemente desconectadas entre sí? ¿Cómo trabajas con fuentes tan distintas que incluyen hasta el testimonio oral? ¿Escribes con rapidez? ¿Tienes algunos “trucos” o hábitos creados para escribir?

Si revisamos mi producción historiográfica se podrá apreciar que todas las monografías y los artículos publicados en revistas especializadas de Cuba y del extranjero abordan temas de la historia colonial cubana. Lo que escribí de la república hasta 1959 y después del período que se denomina la Revolución en el poder fue de corte periodístico, pues Verde Olivo me lo asignaba por plan de trabajo que se supeditaba a las efemérides.

Siempre he sentido una atracción que se ha convertido en pasión, quizá obsesión, por el mundo colonial cubano. Claro está que el epicentro es el proceso independentista. Desde hace casi cuarenta años vengo leyendo todo lo que cae en mis manos sobre ese período. Soy un lector insaciable. Además de las lecturas en el hogar y en las bibliotecas, en mi maleta llevo siempre algo para leer cuando espero o durante el viaje por tren de Güira a La Habana o viceversa. A una espera de horas a veces, y a un viaje de cincuenta kilómetros aproximadamente, hay que sacarle provecho. Por eso me molesta mucho desperdiciar el tiempo. Durante cuarenta años he leído muchos documentos fechados en los años coloniales que se remontan al siglo XVI, de archivos cubanos y extranjeros como el Archivo General de Indias en Sevilla, el Histórico de Madrid y otros de la misma capital española como el de la Academia de la Historia y el Histórico Militar, el Archivo General de la Nación de México, la Colección de Manuscritos de la Biblioteca de Congreso y el Archivo Numero 2, de Washington, Estados Unidos de América. Para estar mejor calificado pasé un curso de paleografías organizado por el Archivo Nacional de Cuba con un cuerpo de profesores excelentes encabezado por Luis Alpízar, Norma Roura y Nieves Arencibia.

Mis temas de investigación han surgido casi todos por un proceso natural de acumulación de conocimiento y por el interés de historiador de tratar de despejar problemas historiográficos o de llenar vacíos. Siempre recuerdo las palabras de Luis Felipe Le Roy en cuanto a que el historiador debe saber sus limitaciones y nadar en las aguas que conoce. El historiador debe estar vacunado contra las modas y el oportunismo maléfico que corroe en la carrera de obtener becas extranjeras o triunfos de concursos con temas improvisados. He participado en concursos porque ha sido una manera de asegurar la publicación, pero siempre sin apartarme de mi especialidad como fueron La guerra en La Habana, La guerra Chiquita: una experiencia necesaria en colaboración con Rodolfo Sarracino, y Bolívar y la independencia de Cuba. Los dos últimos obtuvieron premios. Esa oportunidad debe estar acorde con la ética, sin hacer concesiones profesionales, y siempre en correspondencia con tus intereses temáticos. A Bolívar lo traje al proceso emancipador cubano de las primeras décadas del XIX en una relación en la cual predominaban las conspiraciones en la Isla influidas por el Libertador.

Cualquier proyecto que emprendo, primero tiene que pasar por una fase que muchos colegas violan por presión institucional, ignorancia o excesiva confiabilidad en su dominación del tema. Me refiero a la exploración de fuentes. Ello será lo que te va a decir si tu objeto de investigación es viable o no. Y va a decirte, también, qué objetivos podrás proponerte, con sus respectivas hipótesis, e incluso el tiempo que podría llevarte la materialización del proyecto. El tiempo es determinante, porque hay temas —sobre todo de historia económica y social de los primeros siglos coloniales cubanos— que requiere de años de investigación. Sí, de años de investigación que los burócratas no aceptan porque sus intereses están muy distanciados de la ciencia y más cercanos a sostenerse en el cargo. Sin duda, la ciencia histórica, como cualquier otra ciencia, cuesta dinero. Y sus resultados jamás podremos medirlos por ganancias monetarias, sino por el enriquecimiento cultural de la nación.

En mí siempre ha sido una constante esforzarme por actualizarme, tanto en la teoría de la historia, como en la metodología de la investigación. A manera de ilustración, si voy a trabajar con una fuente oral, indago con los colegas cubanos o extranjeros qué hay de nuevo. Muchas veces he recibido libros por donación. Para qué hablar de esto, si todos sabemos de las penurias financieras que acompañan a los historiadores e incluso a nuestras bibliotecas. Además, como los libros suelen tener un precio tan elevado fuera de Cuba, que resultan inaccesibles para nosotros, pues a algunos colegas extranjeros le he “expropiado” títulos de teoría de la historia, de metodología y de temas novedosos, basado en la amistad y por el cariño que sienten por los cubanos.

Disculpa porque me he disgregado un poco del hilo conductor de la respuesta a tu pregunta algo extensa. Realmente cuando estoy ante una fuente determinada aplico lo que está establecido en cuanto a la crítica histórica que conocemos como interna y externa. Pero pienso que para evaluar una fuente, saber la veracidad de la información que nos da y su grado de confiabilidad en todos los sentidos, el conocimiento de la época, de los personajes, de la trama que abordamos y la experiencia son decisivos. Hay que tratar de agotar todas las fuentes posibles, pues el apresuramiento es el enemigo mortal de un investigador, que nunca debe trabajar bajo presión extrema, porque esa situación lo conduce a cometer errores que después lamentará toda su vida. En dos palabras: la información es fundamental y forma parte esencial del éxito o el fracaso. Y los fracasos en algunos colegas han repercutido en frustración de por vida.

Al principio escribía con rapidez. Pero con los años me cuesta mucho trabajo escribir una cuartilla al día. Será que ahora me gusta escribir por la mañana. Me siento mejor y lo hago con música instrumental de fondo. Quizá me he vuelto lento en la redacción por estar comprendido en la tercera edad, porque he madurado, porque pienso más, reflexiono más y soy más prudente. Aunque reconozco que sigo siendo el investigador arriesgado y que cuando llego a una conclusión no vacilo en plasmarla. Mi compromiso es con la ética, con la sociedad, a la que no debo privarla de mi explicación de la realidad histórica y de renovar su conocimiento. Pienso que un científico social tiene, también, una gran responsabilidad para con las sucesivas generaciones. Cuando escribo nunca pienso en los contemporáneos sino en el tiempo. El tiempo es el encargado de decir la última palabra. Toda obra está en lucha contra el tiempo; si resiste su oposición, quiere decir que es sólida. Lo interesante es que los autores nunca sabremos el resultado. Claro que la calidad del papel con que se imprime juega un rol importante, pues hay libros que a los diez años de publicados prácticamente han fallecido por el ataque del hongo y de las bacterias.

Si me equivoco —me he equivocado muchas veces, y quién no— siempre será por deficiencias de todo tipo. Pero, bueno, me consuela que en toda historia escrita habrá cosas que perdurarán y otras que se esfumarán. Los historiadores somos puentes de diversas calidades en el extenso camino de la historiografía. No olvidemos las palabras sabias de Alfonso Reyes que dijo en cierta ocasión. “Entre todos lo sabremos todo”.

Hay algo que quiero transmitir porque para algunos historiadores el escribir es la cosa aparentemente más fácil, y después la angustia y el estrés los hace su víctima. Hay entre nosotros el vicio de dejarle a la redacción un mínimo de tiempo y dedicarle a la búsqueda de información casi todo el tiempo. No pretendo dar consejos, pero como me formulaste la pregunta, te diré que la elaboración de un buen guión contribuye a una escritura más coherente, un apoyo sólido a los argumentos, a una explicación demostrativa en los asuntos vitales de la hipótesis y alivia los quebraderos de cabeza. Yo le he dedicado hasta quince días a la preparación de un guión para un capítulo. Ese guión es muy personal y no tiene nada que ver con los convencionales que conocemos. Pero cuando lo termino, el optimismo cimentado por las ideas clara de lo que quiero decir me llena de entusiasmo. Mis amigos pagan las consecuencias porque los abrumo contándoles los resultados de la investigación. Mis manuscritos siempre pasan por colegas y amigos que me han formulado observaciones atinadas y lo han limpiado de todo tipo de errores. Claro que aquí incluyo a editores de mis libros, entre estos, principalmente, a Luis M. de las Traviesas.

¿Qué personajes te fascinan más de nuestra historia?

Hay muchos personajes históricos cubanos y extranjeros ligado a Cuba que me fascinan. Algunos, como Francisco Vicente Aguilera, con una vida que es levadura para una excelente novela. Realmente no podría clasificarlos, ordenarlos. Sin embargo, la vida me ha llevado a escribir sobre el mayor general Máximo Gómez Báez y a descubrir su dimensión histórica que traspasa a Latinoamérica y se inserta con méritos suficiente en la historia universal de la segunda mitad del XIX. Quien crea que esta es una hiperbolización desmesurada de mi parte, que se aproxime a su legado de militar anticolonialista y pensador que trata de transformar el mundo que le tocó vivir. Aunque mis investigaciones sobre José Martí han sido mínimas, esto no quiere decir que su personalidad no me atrae. La cifra de trabajos escritos sobre una figura histórica, no refleja la realidad, pues soy un lector constante de sus Obras completas. Recuerdo que hace unos años la editorial Gente Nueva me publicó un libro de poca extensión que recoge facetas del Martí mambí y de su pensamiento militar.

¿Te consideras un escritor?

Aunque parezca que eludo la respuesta, esa cuestión no ha ocupado espacio en mi enorme banco de problemas historiográficos que he tratado de solucionar. No obstante, te diré que ingresé en la UNEAC a principios de la década del 80 cuando Onelio Jorge Cardoso presidía la Sección de Literatura y Nicolás Guillén era el presidente de la Institución. En aquel momento no eran muchos los historiadores que pertenecíamos a la UNEAC. Parece que el cuestionamiento de los historiadores como escritor golpea la cabeza de algunos que consideran que esa categoría es exclusiva de los narradores, poetas y dramaturgos. Recuerdo que por esos años 80, en la Sala Martínez Villena de la UNEAC, durante una plenaria, se suscitó el asunto. Manuel Moreno Fraginals tomó la palabra para preguntar cuáles eran los elementos razonables para invalidar a los historiadores como escritores, y cómo definir a quien escribe, es decir, qué cosa es el que escribe. El silencio fue la respuesta. Hoy hay decenas de historiadores con méritos en cuanto a obras publicadas que pertenecen a la UNEAC. Parece que la batalla se ha inclinado del lado de los historiadores. Incluso hay una Sección de Historia que preside Oscar Zanetti.

¿Por qué te inclinaste inicialmente por la historia militar, que tanto peso tiene en tu obra?

Sin duda, que mi condición de militar influyó para que me dedicara a la historia militar. Pero desde hace algunos años mis enfoques de las guerras de independencia han adoptado la historia social y cultural. Herida profunda y Radiografía del Ejército Libertador (1895-1898) son muestras del cambio que he experimentado. Y ese será el camino que continuaré en los próximos años. La historia social, económica y cultural de la Guerra de Independencia está por hacerse. Con ella se ampliará el horizonte del conocimiento y nos aproximaremos más a la realidad histórica.

Ahora que mencionas tu última monografía, Radiografía del Ejército Libertador (1895-1898), muchos colegas se me han acercado para decirme que este libro les ha causado un impacto profundo. También me han comentado que es tu mejor obra, ¿qué opinas al respecto?

No voy a disentir de los que piensan así. El proyecto patrocinado por el Instituto de Historia de Cuba y que culminó con esta obra requirió un esfuerzo descomunal durante casi seis años. Recopilamos y procesamos una vasta documentación y gran parte del tiempo se lo dedicamos a las lecturas de diarios de campañas publicados e inéditos. Fue determinante el banco de datos que, con la colaboración de María Victoria Marí Lois, procesó informaciones de más de 3 300 oficiales. Se escribieron a mano, después en mi ordenador y más tarde en el banco de datos el nombre y los dos apellidos, lugar y fecha de nacimiento, ocupación laboral cuando se incorporó al ejército, fecha de ingreso, los casos que recogieron si sabía leer y escribir, grados obtenidos y otros. La cifra representa una muestra del 65 %, aproximadamente de la oficialidad del Ejército Libertador. Y ya de forma más general en la búsqueda de tendencias procesé cerca de 38 mil soldados, clases y suboficiales. El resultado ha sido sorprendente. Este enfoque sociocultural aporta novedades insospechadas y pulveriza verdades establecidas que no se sustentaban con fuentes. Además, en el texto se formulan interrogantes que por el momento no tienen respuestas y que pretenden estimular la apertura de líneas de investigación. El libro, por las aristas que aborda, contribuirá a entender mejor lo sucedido en la República cuando la alta oficialidad mambisa ocupó posiciones rectoras e influyentes desde el estado y desde los partidos políticos.

Este trabajo por sus objetivos trazados, metodología empleada y por la explicación demostrativa, pertenece por entero al umbral de la historiografía cubana del siglo XXI que se dedica a las guerras de independencia.

Sin embargo, cuando alguien se preocupe por valorar mi producción historiográfica le sugiero que lea detenidamente Herida profunda, libro cuyo tema central es la reconcentración de la población rural en zonas urbanas durante la Guerra de Independencia. Para tratar a fondo el objeto de investigación acudimos a herramientas multidisciplinaria que, como componentes, favorecieran una interpretación integral de lo que fue y lo que significó la reconcentración. Al respecto, solo a manera de ilustración y nunca como vanidad, transcribo lo que escribió Jorge Ibarra Cuesta sobre esa obra: “(…) la investigación de Pérez Guzmán marca un hito en la historiografía cubana”.

Cada libro se concibe y pertenece a una época, a una circunstancia muy concreta que abarca desde el nivel intelectual y profesional que posee el autor en esos años hasta los numerosos problemas de la vida cotidiana y el modo de vida personal y familiar. Y también de las posibilidades de acceso a fuentes nacionales y extranjeras. Aunque el lector desconozca estas realidades y los críticos miren con razón más el resultado que los factores mencionados y otros que pasé por alto, todos ellos registran su incidencia. Todos los investigadores históricos lo saben porque en mayor o menor grado lo han vivido.

¿Tu permanencia en Güira de Melena ha contribuido a tus investigaciones?

Vivir en Güira de Melena no me trajo dificultades antes del período especial, que si lo vivimos como lo hemos vivido, nada tiene de especial. Anteriormente, yo hacía mi vida social, cultural e investigaciones sin dificultades, porque la ruta 185, que cubría el trayecto de Güira al Parque Manila, en el Cerro, tenía el cierre de línea a la 1:15 de la madrugada. Cuando trasladaron el paradero para el teatro Lido, en Marianao, la afectación no fue tanto. Iba a la ópera, a los festivales de teatro y ballet, al cine de estreno, sin preocupaciones. Pero ya no hago vida nocturna en la ciudad de La Habana, y eso me ha afectado. Mis amigos me invitan a reuniones en horas de la noche y tengo que declinar. Y aunque tengo un Aleko, lo dejo en el garaje por falta de gasolina. Eso es peor que el no tenerlo. Pero, bueno, sigo en Güira, arreglándomelas como pueda en cuanto a los viajes. Voy a darte un dato curioso. Mi cálculo más conservador revela que en treinta años he recorrido como mínimo 410 mil kilómetros entre Güira y La Habana. Como se dice popularmente: si no es un récord, al menos es un buen average.

¿Cómo valoras el estado de las fuentes y los problemas que ellas comportan para el historiador cubano?

El estado de las fuentes documentales y de los periódicos y revistas en los archivos y bibliotecas del país es deplorable y alarmante por su repercusión negativa al privar a los investigadores de informaciones valiosas. He visto documentos y he visto a colegas con documentos que no verán otros porque sus folios se deshacen. En Cuba y, sobre todo, en los archivos de algunas provincias, gran parte de su documentación está en una situación de coma profundo. Incluso cuando efectuamos esta entrevista hay algunos archivos que por no reunir las condiciones mínimas están cerrados. Si esto sucede con los provinciales, surge una pregunta: ¿cómo estarán en los municipios sus archivos y bibliotecas que atesoran valiosas documentaciones? A lo anterior se añade una cifra elevada de documentos que han terminado como materia prima. Esta situación los historiadores cubanos la hemos planteado en los Congresos de Historia donde se han tomado acuerdos al respecto y se han enviado cartas a las autoridades para informar sobre la urgencia de poner fin o al menos disminuir el daño que es irreparable. Desde hace mucho tiempo quedé persuadido que la historia económica de Santiago de Cuba durante los primeros siglos coloniales difícilmente se podrá hacer, porque los protocolos notariales estaban calcinados y deshechos. Y Santiago de Cuba no es la excepción. En cuanto a los periódicos, muchos corren la misma suerte. Los esfuerzos que se despliegan para salvar a esas fuentes son insuficientes por carencia de recursos financieros. Realmente, la situación es grave y el grado de daño al conocimiento histórico es enorme. A veces pienso que el SOS que se ha lanzado para la documentación histórica y que se ha añejado sin solución, ha corrido la misma suerte del Titanic.

A la problemática cubana se acopla la vasta documentación cubana y relacionada con Cuba que se halla en archivos extranjeros. A los historiadores cubanos se les hace difícil trabajar en esos archivos porque dependen de becas extranjeras o de invitaciones a encuentros internacionales y así aprovechan algunos días para dedicarlos al laboreo documental. Pero esta opción ahora casi no existe por los conflictos actuales de política exterior. Es hora de que se alcance la independencia en este aspecto tan significativo y que Cuba financie sus propias becas.

Algo muy parecido sucede con gran parte de la bibliografía actualizada acerca de muchos temas de historia de Cuba, sin acceso para los historiadores de la Isla debido al mal común de carecer de dinero para adquirir títulos. Es asombrosa la producción historiográfica que tiene a Cuba objeto de estudio y que no está a nuestro alcance.
¿Cómo desentrañar la realidad histórica con esa insuficiencia de información? ¿Cómo escribir así con seriedad? ¿Cómo escribir con tranquilidad y sin preocupaciones? ¿Cómo aproximarnos a la verdad? Estas interrogantes golpean constantemente a los historiadores cubanos.

¿Qué opinas de la formación profesional de los historiadores de nuestro país?

En estos momentos laboran historiadores de tres generaciones en activo. El decanato le corresponde a César García del Pino, con ochenta y cuatro años de edad y sesenta en la profesión, a los que precisamente arriba este año. Es importante decir que antes del triunfo de la Revolución el 1º. de enero de 1959, en Cuba se podían contar con los dedos de las manos los historiadores profesionales. Si revisamos, veremos que la producción historiográfica estaba en manos de abogados, médicos, maestros, químicos e ingenieros.

La formación profesional ha sido muy disímil, si la miramos a través de las aulas universitarias. No fue hasta principios de la década del 60, con la Reforma Universitaria, que comenzó la Licenciatura en la Escuela de Historia de la Universidad de La Habana. Aquí se formó lo que posteriormente fue la primera promoción de profesores e historiadores cubanos. Muchos de ellos, y los que le siguieron después, se convirtieron en magníficos profesores que acumularon conocimiento y experiencia. Pero, lamentablemente, algunos han fallecido, otros pasaron a la jubilación y otros decidieron residir en el extranjero. Esta situación ha motivado el ingreso al profesorado de historia de la Universidad de La Habana de muchachos jóvenes con talento, pero que requieren de la maduración y, necesariamente, ello influye en la formación de los futuros profesionales de la historia.

No obstante, en estos momentos, el país vive una fiebre saludable de cursos de maestrías y el interés por el doctorado se ha incrementado. Por ejemplo, el Instituto de Historia de Cuba organizó un curso de maestría en Historia Regional en el cual participaron los mejores especialistas de Cuba y algunos del extranjero. Los alumnos matriculados procedían de casi todas las provincias de la Isla. La Universidad de La Habana tiene todo un programa de maestrías. No puedo hablar de otros lugares como Santiago de Cuba porque no tengo información al respecto. Tu pregunta me da la oportunidad de ratificar que la Universidad es un punto de partida muy importante para la formación profesional, pero no es conclusiva. La formación profesional requiere de muchos componentes y algunos años de lecturas y de trabajo. Sin duda —no tiene sentido racional negarlo—, la formación profesional de gran parte de los profesores e investigadores que residen en las provincias y localidades no están a la altura de la avanzada de la ciencia histórica de los países llamados desarrollados. Los profesionales cubanos salen a la calle con una amplia cultura, con un método y conocimientos sobre el oficio del historiador. Pero de lo que se trata es de ponerse al día acerca de lo que se produce, sobre todo en teoría de la historia. Hay que insistir en eso. En el recién concluido XVIII Congreso de Historiadores se planteó esta necesidad, y Abel Prieto, Ministro de Cultura, apoyó la idea de que el Instituto del Libro publicara una colección con títulos de esa naturaleza.

¿Cómo estimas que nuestra sociedad asume la historiografía y a los historiadores? ¿Tenemos un reconocimiento adecuado? ¿Somos leídos? ¿Hay un público para los libros de historia?

La sociedad cubana en sentido general se interesa por la historia y respeta y acude a los historiadores. En la calle, en la guagua, en el tren me abordan para hablar de historia. A mi casa llega gente de todas las edades con preguntas e indagan acerca del título de historia que leyeron u oyeron por radio Por eso, precisamente los historiadores estamos comprometidos en transmitir conocimientos que den interpretaciones lo más cercano posible a la realidad histórica.

Acerca del reconocimiento se ha avanzado bastante. El Ministerio de Cultura ha otorgado a muchos historiadores la Distinción por la Cultura Nacional. El Instituto Cubano del Libro ha dedicado a varios historiadores el reconocimiento en el Autor y su Obra. En La Feria Internacional del Libro de La Habana se organizan paneles con historiadores. Se instauró el Premio Nacional de Ciencias Sociales que, por múltiples razones, le ha sido conferido a un elevado número de historiadores. La Unión Nacional de Historiadores de Cuba entrega el Premio Nacional de Historia y otras distinciones. En las provincias se les han otorgado distinciones variadas, y los municipios, para expresar su orgullo, han conferido la categoría de hijo ilustre a historiadores nacidos en la localidad. La UNEAC ha expresado su reconocimiento al acogerlos y promoverlos. Con cierta frecuencia, La Gaceta de Cuba dedica espacio a los historiadores y ha publicado comentarios sobre sus libros. Sin embargo, la prensa y los periodistas no dan el espacio imprescindible a los historiadores como portadores de cultura. Siempre promocionan y entrevistan a los mismos historiadores sobre temas de los cuales hay otros colegas que son verdaderos especialistas, por no decir eruditos. ¿Por qué? Ellos sabrán.

Los historiadores son leídos en dependencia de lo que escriben. Los libros de historia económicas posiblemente sean los de menos lectores. Me gustaría saber la cifra de lectores que han tenido magníficas obras como Con las manos en el dulce, de Oscar Zanetti; Del ingenio al central, de Fe Iglesias; Empresarios y empresas en Cuba (1880-1920), de María Antonia Marqués Dolz; y La aventura de fundar ingenios, de Mercedes García. Para los que escriben sobre temas de historia social, su público es mayor. Pero, indudablemente, el potencial mayor de lectores radica en la historia política. El proceso emancipador anticolonial atrae a lectores de un espectro muy variado que abarca desde intelectuales y políticos hasta el más humilde trabajador. Indudablemente que los autores de obras sobre las guerras de independencia y de las luchas políticas durante el siglo XX tienen garantizados sus lectores y son los que más conoce el pueblo. De esta pasión y obsesión por las guerras de independencia no ha escapado la gran mayoría de nuestros historiadores. Por tanto, público hay, pero títulos no tanto, mientras que las tiradas son insignificantes para algunos y exageradas para otros.

¿Cómo caracterizas y valoras a la historiografía cubana actual? ¿Cuáles son sus logros y virtudes y cuáles sus insuficiencias y errores? ¿Cuáles son sus perspectivas?

Las preguntas son dignas de un proyecto que concluiría con decenas de cuartillas. No obstante, apuntaré algunas ideas. Cuando se formulan comentarios y análisis acerca de historiografía cubana, al generalizar se introduce un elemento de confusión al no especificarse la especialidad ni el tiempo histórico. Con asombro, leemos cómo se emite un criterio que pudiera ser válido para la historiografía económica, pero no para la política o la social. Algo similar sucede con la historiografía que trata la historia nacional y la que se dedica a la historia regional.

No me corresponde, porque no estoy preparado para ello, caracterizar lo que ha sido la historiografía económica en Cuba. Pero si puedo decir que es la especialidad que cuenta con menos investigadores históricos y que hallar un editor para ella cuesta sangre, sudor y lágrima, según me han contado. Esto ha perjudicado notablemente a los avances del conocimiento de procesos como el de las guerras de independencia. Es verdad que últimamente se han publicado títulos como La economía de fin de siglo, de Fe Iglesias, pero es una gota de agua para aplacar la sed del caminante por el desierto.

Por su parte la historia social sí ha avanzado notablemente y creo que marcha a la vanguardia por los temas peliagudos que trabaja, el lenguaje que emplea, el método aplicado. No solo estamos ante una renovación que trata de encontrar nuevos caminos, sino también de dar a conocer temas que se consideran tabúes. Pero cuidado con las modas y la adopción de categorías y conceptos aplicados para otros países y que nada tienen que ver con la singularidad del proceso histórico de Cuba.
Pienso que la historiografía política requiere de una oxigenación, tanto de la que trata el siglo XIX como la del XX. Muchas veces leemos trabajos de magníficos colegas nuestros que parecen estar escritos por algún miembro de los clubes del Partido Revolucionario Cubano, del ejército mambí o de algunas de las organizaciones antimperialistas de la República. Si aspiramos a que la ciencia histórica avance mucho más, es urgente romper esquemas y tradiciones, y luchar contra los obstáculos que se presentan. Claro que el cambio debe empezar por uno mismo basado en un examen objetivo a la luz de todo lo que podamos extraer de un marxismo nada dogmático ni fundamentalista.

Aunque algunos colegas extranjeros son renuentes a citar a autores cubanos más bien por intereses políticos actuales que científicos, nadie puede negar que un grupo de historiadores cubanos de la Isla, ocupa internacionalmente un lugar reconocido debido a su prestigio. Eso no es autobombo; es la verdad, pues lo hemos constatado en encuentros internacionales en España, México, Estados Unidos, Venezuela y República Dominicana donde la mayoría de las ponencias de los cubanos son bien recibidas.

Hay algo más que causa asombro. Muchísimos de los que han venido a Cuba con proyectos de doctorados de universidades afamadas del mundo desarrollado han tenido que hacer trascendentales modificaciones y, en ocasiones, rehacerlos. No me refiero al objeto que investiga, sino al método y la metodología, pues han violado de forma consciente o por ignorancia lo que se debe saber para elaborar un proyecto de esa naturaleza.

Si observamos bien el aparato referencial de las obras de los historiadores cubanos de los últimos años, nos percataremos cómo las citas de documentos consultados en archivos y bibliotecas se ha incrementado notablemente. El abandonar la interpretación como la única vía para explicar los procesos históricos, lo considero como un paso de progreso. Creer que solamente con el marxismo-leninismo en la mano solucionaríamos todos los problemas historiográficos porque nos dotaría de la receta adecuada, ha sido un error que produjo daños a la ciencia histórica. No pocos que pregonaban un tipo de marxismo trasnochado le declararon la guerra sin cuartel a las fuentes documentales porque alegaban que eso era positivismo. Olvidaron que el propio Karl Marx pudo escribir El Capital basado en documentos consultados en el Museo de Londres.

Creo que entre los logros de la historiografía cubana actual está el nivel que ha alcanzado en la producción historiográfica de las historias locales y regionales. Aunque con inmensas limitaciones, ha llenado espacios en el conocimiento.
También se trabaja en condiciones primitivas. Ver a un cubano en los archivos y bibliotecas con una computadora o cámara digital es rarísimo. Aún hacemos las anotaciones en las fichas a lápiz o bolígrafo. Prácticamente estamos fuera de las fotocopiadoras por el costo. Claro está que los investigadores que pertenecen a Institutos o Centros de investigaciones con ciertos recursos pueden salvar algunos de los obstáculos anteriormente apuntados.

La historiografía que se ha formado en el proceso revolucionario debe emprender investigaciones que abarquen los primeros siglos coloniales. La historia es una y el conocimiento no puede ser fragmentado. Sabemos que muchos problemas pasan las barreras cronológicas, y para despejarlos es imprescindible localizar su comienzo y darles seguimiento. Casi toda la producción historiográfica de los siglos iniciales de la colonización pertenece al período que concluye el 1º de enero de 1959. Esta deficiencia debe ser eliminada para borrar ese desnivel que existe con el siglo XIX, principalmente.

Ya la necesidad de ir hacia una colaboración interdisciplinaria se torna urgente. Los estudios multidisciplinarios se impondrán porque es la única forma de solucionar problemas muy complejos que la investigación histórica pura no podrá solucionar. Cada vez más los historiadores cubanos —no sé cómo piensan los que residen en el extranjero— están conscientes de comenzar esa transformación.

La cultura del debate científico público ha estado ausente en el ámbito historiográfico. Es verdad que en las instituciones donde funcionan Consejos Científicos se escenifican interesantes debates, pero todo queda en un círculo reducido. Aún hoy la polémica que sostuvo Jorge Ibarra Cuesta con el polaco Tadeusz Lepkowski alrededor de la Historia de Cuba que publicó el MINFAR permanece como una rareza. Hay que cultivar y desarrollar la cultura del debate académico porque es una manera de eliminar o aminorar la intolerancia, la arrogancia, la prepotencia, la autosuficiencia y muchas cosas más enemigas de la ciencia. Debemos de estudiar las críticas del otro, que no debemos de tomarla con prejuicios. Hay que aceptar lo que la razón impone, y sostener lo que estamos convencidos y que los argumentos de los otros no son suficientes para desarticularlo.

Como no soy un mago persa, en cuanto a las perspectivas, voy a referirme a lo generacional. En estos momentos hay un grupo de historiadores que ha madurado plenamente, que han acumulado conocimiento y experiencia y cuyas obras marcan pauta. También se observa a una generación que algunos llaman intermedia, que irrumpe con aires renovadores y desafiantes, no con los que ellos consideran sus profesores permanentes y compañeros de investigaciones, sino acerca de temas y modos de escribir la historia. Y todo esto es muy halagüeño. También aprecio una hornada de historiadores de última generación que ya da sus frutos y que ocuparán un espacio importante de la historiografía cubana. Ellos serán, sin duda, los historiadores del siglo XXI.

¿Has concluido tu labor o te quedan aún temas y asuntos por investigar?

Como la propia historia, el historiador nunca termina de trabajar. Aún a los 65 años considero que no la he concluido y pobre del historiador que crea que ha llegado a la cima. Pues si llegó a ella, entonces por ley natural comenzará a descender. Si la salud me acompaña y tengo vida para ello, quiero concluir —eso pienso por el momento— tres monografías. Dos se ubican en la época de las guerras de independencia. Son dos temas inéditos y que considero trascendentales para la historiografía y el conocimiento histórico en general. Uno de ellos lo tengo algo avanzado. No digo más sobre ambos. El otro es culminar la historia colonial de mi pueblo Güira de Melena. Esta es una deuda, si se quiere, moral. Abrí mi camino de investigador joven y aficionado con Güira y posiblemente con mi pueblo termine como profesional ya en la vejez plena.

Fuente La Jiribilla Año IV, La Habana, 29 de ABRIL al 5 de MAYO
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