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 Radiografía de Francisco
Pérez Guzmán
Pedro Pablo Rodríguez • La Habana
A manera de homenaje póstumo a Panchito, ésta
entrevista que al decir del compañero Gustavo Placer Cervera,
a quien agradecemos su envío, se convierte en su testamento
intelectual. No tuvo LIBRINSULA el placer de culminar la que habíamos
enviado al amigo, al compañero de cada día: sólo
acotamos acá la frase que iniciaba nuestro cuestionario:
“Para la Biblioteca Nacional es un orgullo que
Francisco Pérez Guzmán haya recibido el Premio Nacional
de Ciencias Sociales 2005, pues lo consideramos prácticamente
un miembro más de nuestro colectivo laboral.”
Continúa siéndolo. Y de ello da fe esta
entrevista.
**
Con la reciente entrega del Premio Nacional de Ciencias Sociales
por el conjunto de su obra, Francisco Pérez Guzmán
parece haber llegado a la cumbre del reconocimiento de su extensa
y apreciada obra como historiador. La conversación que hemos
sostenido mediante el correo electrónico ha sido como una
extensión de las que hemos venido desarrollando desde hace
años en la Biblioteca Nacional, en las redacciones de Bohemia
y Verde Olivo, en consejos científicos, en eventos académicos
variados. Como me ocurre desde el principio, me encuentro otra vez
con el Panchito de siempre, el amigo sincero, el trabajador sin
desmayo, el enamorado de Cuba y de su historia. Cómo se formó
este investigador, cuáles han sido los retos que ha asumido,
cuáles sus sueños, nos lo cuenta quien aún
aspira a ser el historiador de Güira de Melena.
Según has contado, te iniciaste como historiador por
casualidad al comenzar a ayudar a tu mamá a trabajar en una
historia de Güira de Melena, tu pueblo natal. ¿Cómo
ocurrió? ¿Tenías preferencias por lecturas
de temas históricos? ¿Nunca soñaste con investigar,
con escribir?
Casi a cuarenta años de aquel domingo, recuerdo la imagen
de mi madre con el rostro de espanto que me preocupó porque
pensé que le había sucedido algo grave. En efecto,
la tarea que le habían encomendado era para que se hubiese
infartado. No tenía las condiciones para indagar y escribir
la historia de Güira de Melena. Para aliviarla, le dije que
yo haría el trabajo. Hoy, al exprimirme la memoria, me inclino
a pensar que mi reacción fue más bien la de un pueblerino
que quería saber de su patria chica, porque Güira de
Melena no tenía una historia escrita que al menos abarcara
el abc de los historiadores cubanos: lo político, lo social,
lo económico y menos aún lo cultural. Lo que yo no
podía imaginar era que aquella decisión cambiaría
mi destino al adentrarme en un camino que me ha conducido hasta
aquí.
Estoy convencido de que no fueron las lecturas de temas históricos
las que me impulsaron a investigar sobre el pasado güireño.
No recuerdo haberle dedicado mucho tiempo a los libros de historia
en mi juventud, que coincidió con el segundo lustro de la
década del 50, en plena dictadura batistiana. Pronuncié
algunos discursos para conmemorar el 7 de diciembre, fecha que marca
la caída en combate del mayor general Antonio Maceo en los
campos de San Pedro, Punta Brava. Eso fue en El Centro de la Libertad
—la sociedad de los negros y mulatos, pues la de los blancos
dejaba pasar inadvertida esas efemérides— y mis palabras
en ese lugar se caracterizaban por su contenido político,
no histórico. Otros oradores célebres en el pueblo
como Emilio Rodríguez y Natividad Rodríguez Alfaro
sí abordaban pasajes de la historia guerrera mambisa. Ya
podrás imaginarte el grado de mi ignorancia en historia,
pues mis conocimientos se limitaban a la instrucción escolar.
Como en el pueblo no había biblioteca ni librería
en el sentido respetable de la palabra, durante mi adolescencia
leía los muñequitos de Tarzán, Roldán
el Temerario, El Halcón Negro, Superman. Y era un fiel oyente
de programas como Los tres Villalobos, El capitán Maravilla;
Tamakún, el vengador errante y Sandokan, el tigre de la Malasia.
Y conste que en mi barrio tener un radio era un símbolo de
poder económico. Así, entre mis grandes alegrías
guardo el momento cuando dejamos de alumbrarnos con queroseno y
apareció la electricidad, y cuando mi padre compró
a plazos un radio RCA Victor. De televisión, ni hablar, pues
a lo más que podía aspirar era a pagar cinco centavos
a un señor que poseía un equipo para ver la pelota
profesional, la lucha libre y el boxeo.
Por aquellos años, antes del 1º de enero de 1959,
mi cultura se cultivó con lecturas de revistas como Bohemia,
Carteles y Selecciones, y con periódicos como El Crisol,
El Mundo, El País y Diario de la Marina. Aprendí mucho
de las discusiones que se originaban en la barbería Salón
Cubano, de Juan Margarito González, un comunista consecuente
hasta el final de su vida. También mi ingreso en la Asociación
de Jóvenes de la Fraternidad —la organización
juvenil de los masones— contribuyó en mi formación
cultural.
La verdad es que en vez de historiador debí ser un cronista
deportivo. Ese era mi sueño antes del triunfo de la Revolución.
Mis primeros escritos se publicaron en el periódico local
La voz de Güira. Todos abordaban los juegos del Club Deportivo
Güira, que participaba en el campeonato de béisbol conocido
por Liga de Quivicán. Mi entusiasmo era tal que yo copiaba
los resultados de los juegos de las Grandes Ligas y de la Liga Profesional
Cubana y los leía por los altavoces instalados en el parque
local. Incluso aprendí a llevar la anotación de un
juego de pelota. Este fanatismo me costó una reprimenda en
mis años de estudiante, cuando el profesor Abelardito Sosa,
en plena clase, me preguntó por qué había faltado
tantos días. Le mentí diciéndole que había
estado enfermo. Entonces él, con ese carácter que
nos ponía a temblar a todos, me dijo: “Su enfermedad
se llama Serie Mundial entre los Yanquis y el Brooklyn”.
El triunfo de la Revolución nos cambió la vida a
todos los cubanos y la mía en particular también pasó
por ese cambio radical. De aquel soñador que aspiraba a ser
un cronista deportivo, solo quedó el recuerdo. Ocupé
la dirección municipal de los Jóvenes Rebeldes en
la localidad. Y comencé a leer como un endemoniado, y aún
al cabo de tantos años no he parado. Al pueblo llegaba un
camión con el nombre de Biblioteca Popular y te prestaba
libros. De esta manera tuve contacto con Miguel de Cervantes, Víctor
Hugo, Emilio Zola, José Ingenieros.
En 1961 mi aspiración consistía en obtener una beca
de aviación en la República Popular China. Para ganársela
había que subir cinco veces el Pico Turquino. El recorrido
comenzaba y terminaba en Pino del Agua: tres días de camino
por las montañas y la costa sur de la Sierra Maestra, con
dos de descanso. Y el 9 de septiembre de ese año volaba hacia
China ya como miembro de las FAR. Siempre he lamentado no haber
tenido entonces la cultura suficiente para asimilar todo lo que
nos transmitía la civilización china mediante su historia
milenaria. Yo era de los más aventajados en cuanto a instrucción,
pues la instrucción de la inmensa mayoría de mis compañeros
era elemental. Incluso algunos conocieron a La Habana cuando nos
preparábamos para el viaje, y al cruzar por el túnel
de la bahía bajaban la cabeza y miraban el Capitolio, el
hotel Habana Libre y el edificio Focsa con ojos de monte adentro.
Por tanto, cuando me decidí asumir la tarea que le habían
encomendado a mi madre, yo era militar.
Por alguna parte he leído o me han dicho que allá
en China fue Compay Segundo el comisario político de tu grupo.
Sí. Francisco Repilado (Compay Segundo) fue nuestro comisario
político en la VIII Escuela de aviación de Sen Yang,
provincia de Liaonin, República Popular China.
Tuvimos el privilegio de verlo rasgar las cuerdas de su guitarra
y cantar canciones en días y noches donde el termómetro
marcaba los veinte y hasta treinta grados bajo cero. El invierno
en esa región que pertenece a la Manchuria es muy crudo.
Por cierto, recuerdo que compuso una canción dedicada a la
mujer china y muchas veces la cantó allá. Después
cuando vi que miles de personas de Europa, y del resto del mundo
se apretujaban para verlo actuar me decía: Bueno, nosotros
lo tuvimos durante año y medio como un compañero que
nos deleitaba. Repilado fue un comisario excelente y nos cuidaba
como si fuéramos sus hijos o nietos.
Tu primer libro de historia, La guerra en La Habana, fue acogida
con beneplácito en la comunidad de los historiadores. ¿Qué
te impulsó a escribirlo? ¿Cómo lo hiciste?
¿Cómo te acercaste a las fuentes?
Mi primer libro fue publicado por la Editorial de Ciencias Sociales
en 1974, y no fue el resultado de una idea inicial como objeto de
investigación. El libro surgió porque el Dr. Luis
Felipe Le Roy —uno más de nuestros historiadores olvidados—,
con su generosidad habitual y su voluntad de promover a la nueva
generación, le habló a Gonzalo de Quesada y Miranda
para que me diera espacio en la Fragua Martiana con el tema de la
participación de Juan Manuel Sánchez, jefe de la escolta
de Antonio Maceo, en el combate de San Pedro. Este sería
mi estreno como conferencista. Gonzalo de Quesada accedió
y comencé a investigar. Durante el desarrollo de las pesquisas,
me percaté de que los aspectos a abordar y mi interpretación
de aquella acción de guerra diferían de las anteriores.
Yo entendía que aquella acción de guerra había
que ubicarla dentro del contexto del tipo de lucha armada que se
libraba en el territorio habanero y este enfoque resultó
novedoso. Por tanto, lo que había comenzado por una conferencia
pasó después a una fase superior: una monografía.
Le consulté mi propósito a Le Roy, a Zoila Lapique,
a Elena Giráldez y a Hiram Dupotey Fideaux, entre otros.
Todos se entusiasmaron y me alentaron. Le Roy me entregó
gran parte de las versiones que había reunido durante muchos
años de su vida acuciosa como investigador. En total trabajé
con cuarenta y siete versiones dadas por 29 mambises y dos españoles.
Algunos de los insurrectos dieron hasta seis versiones diferentes.
Las contradicciones y confusiones florecían al reconstruir
el hecho. Organicé de forma fragmentada todas las versiones
en correspondencia con la participación directa de los testimoniantes
a partir de la noche del 4 de diciembre de 1896, cuando Antonio
Maceo y sus acompañantes burlaron la Trocha de Mariel a Majana
—no la cruzaron como a veces se dice— hasta el anochecer
del 7 de diciembre, cuando la tropa le rendía la despedida
a los cadáveres del Lugarteniente General y al capitán
Francisco Gómez Toro, Panchito.
Con todas las versiones, me fui para San Pedro en mi tiempo de
vacaciones, para estudiar sobre el terreno las acciones combativas.
Siempre que se pueda, el historiador militar debe visitar el teatro
de operaciones, porque va a entender y conocer mucho mejor su objeto
de investigación que detrás de un buró. Este
método es válido también para otras ramas de
la historia social y económica. Si usted va a investigar
sobre las plantaciones de café, de tabaco y de caña
del siglo XIX, usted debe conocer en la práctica todo el
procedimiento del cultivo y el trabajo de los hombres de entonces,
y así, al conocer mejor aquella realidad histórica,
estará más preparado para una interpretación
y explicación con más fundamentos, siempre apoyado
por las fuentes, que son decisivas.
Mi experiencia en aquel momento era la de un aficionado que había
redactado un manuscrito pésimo acerca de la historia de Güira
de Melena en la etapa colonial y un artículo sobre el alzamiento
que se había originado en mi pueblo natal en agosto de 1931
en apoyo al que protagonizaría el ex presidente de la república
Mario García Menocal. Juan Pérez de la Riva se negó
a publicar ese texto en la Revista de la Biblioteca Nacional porque
consideró que demeritaba a la prestigiosa publicación
al no reunir los requisitos mínimos de calidad. Esa fue mi
primera gestión para publicar algo, por lo que aquella negativa
fue como un macetazo en el rostro. Para mí fue como me tiraran
un cubo de agua congelada en pleno invierno del sur habanero. Zoila
Lapique y Olga Cabrera montaron en cólera por el tipo de
respuesta que había recibido. A pesar del fracaso, del impacto
de la frustración, seguí adelante.
La investigación y la redacción del libro La guerra
en La Habana las hice desde mi condición de profesor de motor
y fuselaje de Mig-15 en la escuela de especialistas menores de Barbosa.
No disponía de mucho tiempo y a veces leía en horas
que vamos a llamarle laborables. Una vez mi jefe me sorprendió
enfrascado en la lectura de Las crónicas de la Guerra, de
José Miró Argenter, y me amenazó con enviarme
al Jurídico, es decir, a los tribunales militares. Le enseñé
mi plan de trabajo para que viera que las clases de los días
siguientes estaban preparadas. Pero volvió a la advertencia.
Entonces me sumergí en la clandestinidad —ya la había
practicado cuando la dictadura de Batista—con la complicidad
de muchos de mis compañeros profesores y de los alumnos.
Llegaba a la Biblioteca Nacional a las seis de la tarde cuando salía
de la Unidad Militar y leía hasta las 9, a veces hasta las
10 de la noche. Marchaba con mis fichas hasta el parque Manila,
en el Cerro. Tomaba la ruta 185, y a la media noche llegaba a Güira.
A las 5 de la mañana estaba en pie, y para la Unidad Militar.
Al Archivo Nacional lo visitaba menos, cuando la oportunidad se
presentaba. Terminé el libro cuando me desempeñaba
como profesor de política y con la ayuda de Le Roy, Zoila
Lapique y Elena Giráldez, que financiaron la mecanografía,
lo mandé al Concurso 26 de julio de 1972, convocado por las
FAR. El jurado le concedió una mención en investigaciones
históricas y el premio fue para los Congresos Obreros en
Cuba, obra de Evelio Tellería. Ese año se iba a celebrar
el X Congreso de la CTC. Claro que para todos los que concursamos,
la desventaja era evidente.
Sin duda, La Guerra en La Habana desde enero de 1896 hasta el
combate de San Pedro fue un suceso editorial. La primera edición
de casi 15 mil ejemplares — ¡qué tiempos aquellos,
Pedro Pablo!— se agotó y se reeditó con una
tirada de 10 mil copias. Sin embargo, treinta años después
no le ha interesado nuevamente a ningún editor. Y a mi juicio
sigue siendo, hasta ahora, la investigación más completa
y novedosa sobre ese combate y la muerte de Antonio Maceo.
A La Guerra en La Habana le guardo un cariño y agradecimiento
muy especiales porque me abrió las puertas del profesionalismo
y de oportunidades al insertarme de lleno, todo el tiempo, en la
comunidad intelectual. De profesor de motor y fuselaje, primero,
y de política después, pasé a ejercer el periodismo
especializado en temas históricos en la revista Verde Olivo.
Ese ejercicio del periodismo durante tantos años en Verde
Olivo, ¿cómo influyó en tu obra de historiador?
Cuando llegué a la revista, ya mi gramática y redacción
habían mejorado porque había recibido clases gratuitas
de una profesora experimentada como era Gracielita Sánchez.
Ella fue profesora también de Reynaldo Arenas que, según
me contó, tenía una ortografía pésima.
El ejercicio del periodismo no solo contribuyó a mi formación
intelectual, sino también que me marcó en el estilo:
lenguaje directo, economía de palabras que deben ser precisas
y claras, ideas centrales y escribir de forma atractiva que atrape
al lector. Que tu mensaje llegue limpio y completo.
Aunque abandoné el periodismo hace más de treinta
años nunca he dejado de escribir sobre temas de historia
para periódicos y revistas. Entre otras razones porque esa
labor te mantiene entrenado y porque el círculo de tus lectores
es mucho más amplio. Tú escribes un libro o un artículo
para una revista especializada y el conocimiento que deseas transmitir
queda en unas decenas de personas. Pero la publicación en
Granma, Juventud Rebelde o Trabajadores y en revistas como Bohemia
llega a cientos de miles. Muchos colegas historiadores son renuentes
a publicar en órganos de difusión masiva porque no
lo consideran apropiado para su nivel académico o porque
los responsables de las publicaciones quieren imponerles sus criterios
de periodistas. En mi caso, nunca he hecho concesiones que limiten
la explicación del hecho o el acontecimiento que estudio.
Si lo desean publicar así, bien, y si no, me voy a otra parte.
Mi experiencia que llega hasta hoy es que posiblemente no hay otra
especialidad como la divulgación histórica en que
los jefes de redacción se vean obligados a emplear más
el lápiz rojo. Y esto aterroriza a algunos historiadores.
Sin embargo, cosa curiosa, la actitud de los historiadores cubanos
de más prestigio es muy diferente, pues casi siempre aceptan
asistir a los programas de televisión para exponer temas
históricos. La televisión o el radio son medios de
un alcance extraordinario y contribuyen a incrementar el conocimiento
histórico de la población.
En cuanto a cómo hallar nuestro estilo siempre recuerdo
lo siguiente. Una vez Alejo Carpentier, durante un Sábado
del Libro, cuando esa actividad se llevaba a efecto en la calle
Obispo, afirmó que el estilo es como domar un caballo salvaje,
que te tumba y te vuelve a tumbar; pero que poco a poco te sostiene
cada vez más, y cuando cabalgas a plenitud quiere decir que
hallaste tu estilo.
En Verde Olivo durante diez años, desde 1973 hasta 1983,
tuve la oportunidad de trabajar con profesionales como Eduardo Yasell,
Frank Agüero, Juana Carrasco, Elder Santiesteban —un
estudioso de la estética—, Luis López- López
Quintana, Roberto Morejón, Katia Valdés, Alfredo Reyes
Trejo y Eliseo Alberto, entre otros. Con este último conversaba
mucho de literatura y, sobre todo, de su novela La fogata roja,
publicada por capítulo en la revista y para cuyos comentarios
críticos me designaron en la reunión semanal con todos
los miembros de la redacción.
Hacia 1983 sentía la necesidad de entregarme de lleno a
la investigación histórica e ingresé en la
Academia de Ciencias de Cuba con esa aspiración. Por ciertas
circunstancias tuve que asumir la dirección del Departamento
de Historia. Como jefe me sentía incómodo porque afectaba
mi investigación y empleaba mucho tiempo en las tareas burocráticas
y en problemas administrativos de todo tipo. En 1988 nos integramos
al Instituto de Historia de Cuba, creado ese año.
Tu formación universitaria fue muy posterior a buena
parte de tu obra. ¿Qué problemas metodológicos
y teóricos tuviste que asumir en el plano práctico
al irte haciendo historiador “por tu cuenta”? ¿Qué
te aportaron los estudios universitarios de Historia, cuando ya
tú tenías una obra reconocida entre tus colegas y
un método de trabajo? ¿Algunos historiadores influyeron
en tu obra y en tu metodología?
Mis conocimientos metodológicos y teóricos eran
casi nulos al comenzar como historiador. Eso fue precisamente lo
que les sorprendió a los profesores universitarios y a los
amigos que indagaban interesados. La guerra en La Habana y La batalla
de las Guásimas, mi segundo libro, fueron resultado de una
intuición muy personal.
Cuando llegué a las aulas universitarias para estudiar Historia
en 1975 ya había publicado las dos monografías que
mencioné anteriormente. Acababa de llegar de España
donde estuve seis meses trabajando en el Archivo General de Indias
y en el Histórico Nacional de Madrid gracias a una beca de
la UNESCO. Esa fue mi primera experiencia internacional en cuanto
a localizar informaciones, pues comenzaba un proyecto sobre las
fortalezas de Cuba. Tuve la oportunidad de hacer relaciones con
muchos latinoamericanos, estadounidenses y españoles, sobre
todo con un grupo de jóvenes profesores de la Universidad
de Sevilla encabezado por Pablo Tornero, Antonio Acosta, Justina
Saravia, Isabelo Macías, Francisco Castillo, Antonio López
Canto y Pepe Ventura. Este último investigaba sobre la Real
Compañía de La Habana. Todos eran alumnos de Francisco
Morales Padrón.
En la Universidad de La Habana me senté como un alumno
más del curso para trabajadores. Desde el primer día
hasta la graduación fui el delegado de aula debido a una
proposición de Eusebio Leal. Matriculé en la Universidad
porque entendí que era necesario sistematizar los conocimientos
de historia, no solo de Cuba, y aprender a fondo la historia universal.
Realmente yo venía de otra “universidad” o
de un alto centro de estudios que funcionaba espontánea e
informalmente en la Biblioteca Nacional José Martí.
Cuando decidí traspasar el umbral de esa institución
para localizar información histórica sobre Güira
de Melena no solo protagonizaba uno de los actos más audaces
de mi vida, sino también la decisión más afortunada
que contribuiría a trazar mi destino profesional como historiador.
Impregnado de ignorancia conocí a las personas que dije antes
como Luis Felipe Le Roy, la excelente bibliotecaria Elena Giráldez
y Zoila Lapique, quien me inició en el camino de la investigación
una tarde de 1965 (ella y yo llegamos al acuerdo de que es mi madre
intelectual). Ella fue la que me dijo que para mi investigación
era importante que visitara el Archivo Nacional de Cuba. Yo no sabía
que existía esa institución con documentos, mapas
y fotografías que me posibilitarían investigar sobre
lo que me había propuesto. Allí llegué como
había arribado antes a la Biblioteca Nacional y también
encontré a personas generosas como Margot Fundora que me
enseñó a trabajar con los fondos. En el Archivo Nacional
conocí a Julio Le Riverend. Por cierto, que tuve la osadía
de entregarle mi manuscrito de la historia colonial de Güira.
Hoy me avergüenzo, pero él fue indulgente, y debo confesar
sin ninguna exaltación de mi ego que llamó a sus colaboradores
para decirles que les presentaba a un joven con madera suficiente
para convertirse en investigador y que ocuparía un lugar
destacado en la historiografía cubana. De los presentes entonces
recuerdo a Erasmo Dumpierre. Si revelo esta anécdota es para
dar evidencia del olfato que poseía Le Riverend.
En el Archivo Nacional de Cuba inicié mi amistad con José
Luciano Franco. Disfruté de sus charlas amenas y recibí
con agrado su experiencia como investigador. También tuve
la suerte de conocer a don Isidro Méndez. Lo visité
muchas veces en su casa para aprender acerca de las historias locales,
pues él trabajaba en la de Artemisa. Este historiador es
otro que lamentablemente permanece en el olvido. Los cuarenta años
de visitar y trabajar en el Archivo Nacional han sido más
que suficientes para sentirme allí como en casa.
La Biblioteca Nacional José Martí fue determinante
en mi formación intelectual. Durante aquellos años
de la segunda mitad de la década del 60 y de los 70, era
un centro cultural muy sólido. Allí, en Colección
Cubana, se daban verdaderas conferencias, se hablaba y discutía
de todo. En aquellas tardes memorables, Manuel Moreno Fraginals
leyó muchas veces páginas acabada de redactar de su
libro El Ingenio. Le Roy conversaba sobre la marcha de su investigación
sobre los estudiantes de Medicinas fusilados en 1871 y de la historia
de la Universidad de La Habana. Jorge Ibarra Cuesta intervino muchas
veces acerca de su Historia de Cuba editada por el MINFAR y de su
libro Ideología mambisa. Juan Pérez de la Riva, con
sus alumnos, daba magistrales clases de demografía histórica,
de la esclavitud y se refería a su proyecto con Pedro Deschamps
Chapeaux acerca de la gente sin historia. Zoila Lapique atendía
a todos los que solicitaban sus servicios de erudita y proseguía
su investigación sobre la litografía en Cuba y la
música en la prensa periódica de la Isla. César
García del Pino aportaba sus conocimientos acerca de la Guerra
de los Diez Años en Occidente. Abelardo Padrón Valdés
andaba con su general José Maceo a cuestas. Hiram Dupotey
Fideaux no se cansaba de promover el Diario de soldado, de Fermín
Valdés Domínguez, manuscrito que transcribía.
Por cierto, que falta por publicar el último tomo y muchos
de los cuatro anteriores salidos de la imprenta fueron desaparecidos
por orden de un inquisidor burócrata que consideró
que no era libro apto para ser divulgado porque su autor emitía
criterios que dañaba la ética y moral de algunos importantes
patriotas. ¡Qué barbaridad! Pienso que hay que reparar
ese enorme perjuicio a la historiografía y publicar todo
el diario porque es una fuente importantísima para los estudiosos
de la Guerra de Independencia. Nadie tiene el derecho de privar
a las personas del conocimiento histórico ni de decidir por
los demás: esto sí, esto no. Eso es sencillamente
inaceptable, aunque se quiera legitimar a nombre de ideología
o de las recurrentes frases de que algo no es político por
el momento, no es oportuno, no estamos preparados para esas lecturas,
eso es muy problemático, eso va a levantar ronchas.
Allí, en Colección Cubana o Sala Cubana entablamos
largas conversaciones con Cintio Vitier, Fina García Marruz
y Octavio Smith, integrantes del grupo Orígenes. También
con Olga Cabrera, con los actuales premios nacionales de literatura
Roberto Friol, Reynaldo González y Lisandro Otero, quien
investigaba para su novela Temporada de ángeles. Con el investigador
de la plástica cubana Guillermo Sánchez; el compositor
Carlos Fariñas; las entonces muy jovencitas hermanas Araceli
y Josefina García-Carranza; José Zacaría Tallet,
que me relataba pasajes de vivencias al lado de Pablo de la Torriente
Brau y Rubén Martínez Villena; el apreciado amigo
Carlos del Toro; Alberto Muguercia, gracias a quien tuve la oportunidad
de oír la voz de Gerardo Machado mediante un reportaje fílmico;
Juan Jiménez Pastrana, estudioso de Ignacio Agramonte; Rine
Leal, que se hallaba inmerso en su investigación para el
libro La selva oscura; Abraham Rodríguez, que posteriormente
alcanzaría celebridad como dramaturgo con Andoba y escribiría
para la televisión Tierra o sangre; Argeliers León;
Rogelio Martínez Furé; Luisa Campuzano; Ana Cairo;
Tomasito Fernández Robaina; Pedro Deschamps Chapeaux; Virgilio
Perera; Rodolfo Sarracino; Enrique Fernández y mi gran amigo
Enrique López Mesa, con quien he contraído deuda de
gratitud por la valiosa ayuda que me ha dado. Este inventario precipitado
e incompleto da una imagen acerca de cómo y de qué
tipo fue mi formación de autodidacta.
No puedo soslayar las largas horas de conversaciones con Julio
Le Riverend en compañía de Ramón de Armas cuando
aquel ocupaba la dirección de la Biblioteca Nacional. Ni
tampoco las visitas que realicé a la casa de Fernando Portuondo
y Hortensia Pichardo.
Aunque ya tenía una obra reconocida, mi ingreso a la Universidad
de La Habana en un curso para trabajadores fue trascendental para
mi formación en desarrollo.
La Universidad me facilitó la oportunidad de eliminar o al
menos de aminorar las gigantescas lagunas culturales que me cubrían
de pies a cabeza. Pude estudiar a fondo historia de la filosofía,
economía política, las clases de arte me posibilitaron
conocer desde la pintura primitiva universal hasta la contemporánea,
así como la escultura y arquitectura. Mientras que en literatura
entre en contacto con los clásicos universales de todos los
tiempos. Mi horizonte en historia se amplió y profundizó
al conocer los procesos históricos de África, Asia,
Europa y América. Quiero hacer un alto en lo que se refiere
a la metodología de la investigación. Las clases que
recibí de Oscar Zanetti me entregaron las herramientas teórica
que me prepararon para afrontar problemas historiográficos
y objetos de investigación muy complejos.
Eres no solo uno de los historiadores cubanos con más
libros y artículos publicados, sino también uno de
los que se ha movido por más espacios cronológicos
dentro de la historia de Cuba: el descubrimiento, la época
bolivariana, las guerras de independencia y la Revolución
en el poder. ¿Cómo lo logras? ¿Cuál
es tu método de trabajo? ¿Cómo te acercas a
épocas históricas tan diferentes y aparentemente desconectadas
entre sí? ¿Cómo trabajas con fuentes tan distintas
que incluyen hasta el testimonio oral? ¿Escribes con rapidez?
¿Tienes algunos “trucos” o hábitos creados
para escribir?
Si revisamos mi producción historiográfica se podrá
apreciar que todas las monografías y los artículos
publicados en revistas especializadas de Cuba y del extranjero abordan
temas de la historia colonial cubana. Lo que escribí de la
república hasta 1959 y después del período
que se denomina la Revolución en el poder fue de corte periodístico,
pues Verde Olivo me lo asignaba por plan de trabajo que se supeditaba
a las efemérides.
Siempre he sentido una atracción que se ha convertido en
pasión, quizá obsesión, por el mundo colonial
cubano. Claro está que el epicentro es el proceso independentista.
Desde hace casi cuarenta años vengo leyendo todo lo que cae
en mis manos sobre ese período. Soy un lector insaciable.
Además de las lecturas en el hogar y en las bibliotecas,
en mi maleta llevo siempre algo para leer cuando espero o durante
el viaje por tren de Güira a La Habana o viceversa. A una espera
de horas a veces, y a un viaje de cincuenta kilómetros aproximadamente,
hay que sacarle provecho. Por eso me molesta mucho desperdiciar
el tiempo. Durante cuarenta años he leído muchos documentos
fechados en los años coloniales que se remontan al siglo
XVI, de archivos cubanos y extranjeros como el Archivo General de
Indias en Sevilla, el Histórico de Madrid y otros de la misma
capital española como el de la Academia de la Historia y
el Histórico Militar, el Archivo General de la Nación
de México, la Colección de Manuscritos de la Biblioteca
de Congreso y el Archivo Numero 2, de Washington, Estados Unidos
de América. Para estar mejor calificado pasé un curso
de paleografías organizado por el Archivo Nacional de Cuba
con un cuerpo de profesores excelentes encabezado por Luis Alpízar,
Norma Roura y Nieves Arencibia.
Mis temas de investigación han surgido casi todos por un
proceso natural de acumulación de conocimiento y por el interés
de historiador de tratar de despejar problemas historiográficos
o de llenar vacíos. Siempre recuerdo las palabras de Luis
Felipe Le Roy en cuanto a que el historiador debe saber sus limitaciones
y nadar en las aguas que conoce. El historiador debe estar vacunado
contra las modas y el oportunismo maléfico que corroe en
la carrera de obtener becas extranjeras o triunfos de concursos
con temas improvisados. He participado en concursos porque ha sido
una manera de asegurar la publicación, pero siempre sin apartarme
de mi especialidad como fueron La guerra en La Habana, La guerra
Chiquita: una experiencia necesaria en colaboración con Rodolfo
Sarracino, y Bolívar y la independencia de Cuba. Los dos
últimos obtuvieron premios. Esa oportunidad debe estar acorde
con la ética, sin hacer concesiones profesionales, y siempre
en correspondencia con tus intereses temáticos. A Bolívar
lo traje al proceso emancipador cubano de las primeras décadas
del XIX en una relación en la cual predominaban las conspiraciones
en la Isla influidas por el Libertador.
Cualquier proyecto que emprendo, primero tiene que pasar por una
fase que muchos colegas violan por presión institucional,
ignorancia o excesiva confiabilidad en su dominación del
tema. Me refiero a la exploración de fuentes. Ello será
lo que te va a decir si tu objeto de investigación es viable
o no. Y va a decirte, también, qué objetivos podrás
proponerte, con sus respectivas hipótesis, e incluso el tiempo
que podría llevarte la materialización del proyecto.
El tiempo es determinante, porque hay temas —sobre todo de
historia económica y social de los primeros siglos coloniales
cubanos— que requiere de años de investigación.
Sí, de años de investigación que los burócratas
no aceptan porque sus intereses están muy distanciados de
la ciencia y más cercanos a sostenerse en el cargo. Sin duda,
la ciencia histórica, como cualquier otra ciencia, cuesta
dinero. Y sus resultados jamás podremos medirlos por ganancias
monetarias, sino por el enriquecimiento cultural de la nación.
En mí siempre ha sido una constante esforzarme por actualizarme,
tanto en la teoría de la historia, como en la metodología
de la investigación. A manera de ilustración, si voy
a trabajar con una fuente oral, indago con los colegas cubanos o
extranjeros qué hay de nuevo. Muchas veces he recibido libros
por donación. Para qué hablar de esto, si todos sabemos
de las penurias financieras que acompañan a los historiadores
e incluso a nuestras bibliotecas. Además, como los libros
suelen tener un precio tan elevado fuera de Cuba, que resultan inaccesibles
para nosotros, pues a algunos colegas extranjeros le he “expropiado”
títulos de teoría de la historia, de metodología
y de temas novedosos, basado en la amistad y por el cariño
que sienten por los cubanos.
Disculpa porque me he disgregado un poco del hilo conductor de
la respuesta a tu pregunta algo extensa. Realmente cuando estoy
ante una fuente determinada aplico lo que está establecido
en cuanto a la crítica histórica que conocemos como
interna y externa. Pero pienso que para evaluar una fuente, saber
la veracidad de la información que nos da y su grado de confiabilidad
en todos los sentidos, el conocimiento de la época, de los
personajes, de la trama que abordamos y la experiencia son decisivos.
Hay que tratar de agotar todas las fuentes posibles, pues el apresuramiento
es el enemigo mortal de un investigador, que nunca debe trabajar
bajo presión extrema, porque esa situación lo conduce
a cometer errores que después lamentará toda su vida.
En dos palabras: la información es fundamental y forma parte
esencial del éxito o el fracaso. Y los fracasos en algunos
colegas han repercutido en frustración de por vida.
Al principio escribía con rapidez. Pero con los años
me cuesta mucho trabajo escribir una cuartilla al día. Será
que ahora me gusta escribir por la mañana. Me siento mejor
y lo hago con música instrumental de fondo. Quizá
me he vuelto lento en la redacción por estar comprendido
en la tercera edad, porque he madurado, porque pienso más,
reflexiono más y soy más prudente. Aunque reconozco
que sigo siendo el investigador arriesgado y que cuando llego a
una conclusión no vacilo en plasmarla. Mi compromiso es con
la ética, con la sociedad, a la que no debo privarla de mi
explicación de la realidad histórica y de renovar
su conocimiento. Pienso que un científico social tiene, también,
una gran responsabilidad para con las sucesivas generaciones. Cuando
escribo nunca pienso en los contemporáneos sino en el tiempo.
El tiempo es el encargado de decir la última palabra. Toda
obra está en lucha contra el tiempo; si resiste su oposición,
quiere decir que es sólida. Lo interesante es que los autores
nunca sabremos el resultado. Claro que la calidad del papel con
que se imprime juega un rol importante, pues hay libros que a los
diez años de publicados prácticamente han fallecido
por el ataque del hongo y de las bacterias.
Si me equivoco —me he equivocado muchas veces, y quién
no— siempre será por deficiencias de todo tipo. Pero,
bueno, me consuela que en toda historia escrita habrá cosas
que perdurarán y otras que se esfumarán. Los historiadores
somos puentes de diversas calidades en el extenso camino de la historiografía.
No olvidemos las palabras sabias de Alfonso Reyes que dijo en cierta
ocasión. “Entre todos lo sabremos todo”.
Hay algo que quiero transmitir porque para algunos historiadores
el escribir es la cosa aparentemente más fácil, y
después la angustia y el estrés los hace su víctima.
Hay entre nosotros el vicio de dejarle a la redacción un
mínimo de tiempo y dedicarle a la búsqueda de información
casi todo el tiempo. No pretendo dar consejos, pero como me formulaste
la pregunta, te diré que la elaboración de un buen
guión contribuye a una escritura más coherente, un
apoyo sólido a los argumentos, a una explicación demostrativa
en los asuntos vitales de la hipótesis y alivia los quebraderos
de cabeza. Yo le he dedicado hasta quince días a la preparación
de un guión para un capítulo. Ese guión es
muy personal y no tiene nada que ver con los convencionales que
conocemos. Pero cuando lo termino, el optimismo cimentado por las
ideas clara de lo que quiero decir me llena de entusiasmo. Mis amigos
pagan las consecuencias porque los abrumo contándoles los
resultados de la investigación. Mis manuscritos siempre pasan
por colegas y amigos que me han formulado observaciones atinadas
y lo han limpiado de todo tipo de errores. Claro que aquí
incluyo a editores de mis libros, entre estos, principalmente, a
Luis M. de las Traviesas.
¿Qué personajes te fascinan más de nuestra
historia?
Hay muchos personajes históricos cubanos y extranjeros
ligado a Cuba que me fascinan. Algunos, como Francisco Vicente Aguilera,
con una vida que es levadura para una excelente novela. Realmente
no podría clasificarlos, ordenarlos. Sin embargo, la vida
me ha llevado a escribir sobre el mayor general Máximo Gómez
Báez y a descubrir su dimensión histórica que
traspasa a Latinoamérica y se inserta con méritos
suficiente en la historia universal de la segunda mitad del XIX.
Quien crea que esta es una hiperbolización desmesurada de
mi parte, que se aproxime a su legado de militar anticolonialista
y pensador que trata de transformar el mundo que le tocó
vivir. Aunque mis investigaciones sobre José Martí
han sido mínimas, esto no quiere decir que su personalidad
no me atrae. La cifra de trabajos escritos sobre una figura histórica,
no refleja la realidad, pues soy un lector constante de sus Obras
completas. Recuerdo que hace unos años la editorial Gente
Nueva me publicó un libro de poca extensión que recoge
facetas del Martí mambí y de su pensamiento militar.
¿Te consideras un escritor?
Aunque parezca que eludo la respuesta, esa cuestión no
ha ocupado espacio en mi enorme banco de problemas historiográficos
que he tratado de solucionar. No obstante, te diré que ingresé
en la UNEAC a principios de la década del 80 cuando Onelio
Jorge Cardoso presidía la Sección de Literatura y
Nicolás Guillén era el presidente de la Institución.
En aquel momento no eran muchos los historiadores que pertenecíamos
a la UNEAC. Parece que el cuestionamiento de los historiadores como
escritor golpea la cabeza de algunos que consideran que esa categoría
es exclusiva de los narradores, poetas y dramaturgos. Recuerdo que
por esos años 80, en la Sala Martínez Villena de la
UNEAC, durante una plenaria, se suscitó el asunto. Manuel
Moreno Fraginals tomó la palabra para preguntar cuáles
eran los elementos razonables para invalidar a los historiadores
como escritores, y cómo definir a quien escribe, es decir,
qué cosa es el que escribe. El silencio fue la respuesta.
Hoy hay decenas de historiadores con méritos en cuanto a
obras publicadas que pertenecen a la UNEAC. Parece que la batalla
se ha inclinado del lado de los historiadores. Incluso hay una Sección
de Historia que preside Oscar Zanetti.
¿Por qué te inclinaste inicialmente por la historia
militar, que tanto peso tiene en tu obra?
Sin duda, que mi condición de militar influyó para
que me dedicara a la historia militar. Pero desde hace algunos años
mis enfoques de las guerras de independencia han adoptado la historia
social y cultural. Herida profunda y Radiografía del Ejército
Libertador (1895-1898) son muestras del cambio que he experimentado.
Y ese será el camino que continuaré en los próximos
años. La historia social, económica y cultural de
la Guerra de Independencia está por hacerse. Con ella se
ampliará el horizonte del conocimiento y nos aproximaremos
más a la realidad histórica.
Ahora que mencionas tu última monografía, Radiografía
del Ejército Libertador (1895-1898), muchos colegas se me
han acercado para decirme que este libro les ha causado un impacto
profundo. También me han comentado que es tu mejor obra,
¿qué opinas al respecto?
No voy a disentir de los que piensan así. El proyecto patrocinado
por el Instituto de Historia de Cuba y que culminó con esta
obra requirió un esfuerzo descomunal durante casi seis años.
Recopilamos y procesamos una vasta documentación y gran parte
del tiempo se lo dedicamos a las lecturas de diarios de campañas
publicados e inéditos. Fue determinante el banco de datos
que, con la colaboración de María Victoria Marí
Lois, procesó informaciones de más de 3 300 oficiales.
Se escribieron a mano, después en mi ordenador y más
tarde en el banco de datos el nombre y los dos apellidos, lugar
y fecha de nacimiento, ocupación laboral cuando se incorporó
al ejército, fecha de ingreso, los casos que recogieron si
sabía leer y escribir, grados obtenidos y otros. La cifra
representa una muestra del 65 %, aproximadamente de la oficialidad
del Ejército Libertador. Y ya de forma más general
en la búsqueda de tendencias procesé cerca de 38 mil
soldados, clases y suboficiales. El resultado ha sido sorprendente.
Este enfoque sociocultural aporta novedades insospechadas y pulveriza
verdades establecidas que no se sustentaban con fuentes. Además,
en el texto se formulan interrogantes que por el momento no tienen
respuestas y que pretenden estimular la apertura de líneas
de investigación. El libro, por las aristas que aborda, contribuirá
a entender mejor lo sucedido en la República cuando la alta
oficialidad mambisa ocupó posiciones rectoras e influyentes
desde el estado y desde los partidos políticos.
Este trabajo por sus objetivos trazados, metodología empleada
y por la explicación demostrativa, pertenece por entero al
umbral de la historiografía cubana del siglo XXI que se dedica
a las guerras de independencia.
Sin embargo, cuando alguien se preocupe por valorar mi producción
historiográfica le sugiero que lea detenidamente Herida profunda,
libro cuyo tema central es la reconcentración de la población
rural en zonas urbanas durante la Guerra de Independencia. Para
tratar a fondo el objeto de investigación acudimos a herramientas
multidisciplinaria que, como componentes, favorecieran una interpretación
integral de lo que fue y lo que significó la reconcentración.
Al respecto, solo a manera de ilustración y nunca como vanidad,
transcribo lo que escribió Jorge Ibarra Cuesta sobre esa
obra: “(…) la investigación de Pérez Guzmán
marca un hito en la historiografía cubana”.
Cada libro se concibe y pertenece a una época, a una circunstancia
muy concreta que abarca desde el nivel intelectual y profesional
que posee el autor en esos años hasta los numerosos problemas
de la vida cotidiana y el modo de vida personal y familiar. Y también
de las posibilidades de acceso a fuentes nacionales y extranjeras.
Aunque el lector desconozca estas realidades y los críticos
miren con razón más el resultado que los factores
mencionados y otros que pasé por alto, todos ellos registran
su incidencia. Todos los investigadores históricos lo saben
porque en mayor o menor grado lo han vivido.
¿Tu permanencia en Güira de Melena ha contribuido
a tus investigaciones?
Vivir en Güira de Melena no me trajo dificultades antes del
período especial, que si lo vivimos como lo hemos vivido,
nada tiene de especial. Anteriormente, yo hacía mi vida social,
cultural e investigaciones sin dificultades, porque la ruta 185,
que cubría el trayecto de Güira al Parque Manila, en
el Cerro, tenía el cierre de línea a la 1:15 de la
madrugada. Cuando trasladaron el paradero para el teatro Lido, en
Marianao, la afectación no fue tanto. Iba a la ópera,
a los festivales de teatro y ballet, al cine de estreno, sin preocupaciones.
Pero ya no hago vida nocturna en la ciudad de La Habana, y eso me
ha afectado. Mis amigos me invitan a reuniones en horas de la noche
y tengo que declinar. Y aunque tengo un Aleko, lo dejo en el garaje
por falta de gasolina. Eso es peor que el no tenerlo. Pero, bueno,
sigo en Güira, arreglándomelas como pueda en cuanto
a los viajes. Voy a darte un dato curioso. Mi cálculo más
conservador revela que en treinta años he recorrido como
mínimo 410 mil kilómetros entre Güira y La Habana.
Como se dice popularmente: si no es un récord, al menos es
un buen average.
¿Cómo valoras el estado de las fuentes y los
problemas que ellas comportan para el historiador cubano?
El estado de las fuentes documentales y de los periódicos
y revistas en los archivos y bibliotecas del país es deplorable
y alarmante por su repercusión negativa al privar a los investigadores
de informaciones valiosas. He visto documentos y he visto a colegas
con documentos que no verán otros porque sus folios se deshacen.
En Cuba y, sobre todo, en los archivos de algunas provincias, gran
parte de su documentación está en una situación
de coma profundo. Incluso cuando efectuamos esta entrevista hay
algunos archivos que por no reunir las condiciones mínimas
están cerrados. Si esto sucede con los provinciales, surge
una pregunta: ¿cómo estarán en los municipios
sus archivos y bibliotecas que atesoran valiosas documentaciones?
A lo anterior se añade una cifra elevada de documentos que
han terminado como materia prima. Esta situación los historiadores
cubanos la hemos planteado en los Congresos de Historia donde se
han tomado acuerdos al respecto y se han enviado cartas a las autoridades
para informar sobre la urgencia de poner fin o al menos disminuir
el daño que es irreparable. Desde hace mucho tiempo quedé
persuadido que la historia económica de Santiago de Cuba
durante los primeros siglos coloniales difícilmente se podrá
hacer, porque los protocolos notariales estaban calcinados y deshechos.
Y Santiago de Cuba no es la excepción. En cuanto a los periódicos,
muchos corren la misma suerte. Los esfuerzos que se despliegan para
salvar a esas fuentes son insuficientes por carencia de recursos
financieros. Realmente, la situación es grave y el grado
de daño al conocimiento histórico es enorme. A veces
pienso que el SOS que se ha lanzado para la documentación
histórica y que se ha añejado sin solución,
ha corrido la misma suerte del Titanic.
A la problemática cubana se acopla la vasta documentación
cubana y relacionada con Cuba que se halla en archivos extranjeros.
A los historiadores cubanos se les hace difícil trabajar
en esos archivos porque dependen de becas extranjeras o de invitaciones
a encuentros internacionales y así aprovechan algunos días
para dedicarlos al laboreo documental. Pero esta opción ahora
casi no existe por los conflictos actuales de política exterior.
Es hora de que se alcance la independencia en este aspecto tan significativo
y que Cuba financie sus propias becas.
Algo muy parecido sucede con gran parte de la bibliografía
actualizada acerca de muchos temas de historia de Cuba, sin acceso
para los historiadores de la Isla debido al mal común de
carecer de dinero para adquirir títulos. Es asombrosa la
producción historiográfica que tiene a Cuba objeto
de estudio y que no está a nuestro alcance.
¿Cómo desentrañar la realidad histórica
con esa insuficiencia de información? ¿Cómo
escribir así con seriedad? ¿Cómo escribir con
tranquilidad y sin preocupaciones? ¿Cómo aproximarnos
a la verdad? Estas interrogantes golpean constantemente a los historiadores
cubanos.
¿Qué opinas de la formación profesional
de los historiadores de nuestro país?
En estos momentos laboran historiadores de tres generaciones en
activo. El decanato le corresponde a César García
del Pino, con ochenta y cuatro años de edad y sesenta en
la profesión, a los que precisamente arriba este año.
Es importante decir que antes del triunfo de la Revolución
el 1º. de enero de 1959, en Cuba se podían contar con
los dedos de las manos los historiadores profesionales. Si revisamos,
veremos que la producción historiográfica estaba en
manos de abogados, médicos, maestros, químicos e ingenieros.
La formación profesional ha sido muy disímil, si
la miramos a través de las aulas universitarias. No fue hasta
principios de la década del 60, con la Reforma Universitaria,
que comenzó la Licenciatura en la Escuela de Historia de
la Universidad de La Habana. Aquí se formó lo que
posteriormente fue la primera promoción de profesores e historiadores
cubanos. Muchos de ellos, y los que le siguieron después,
se convirtieron en magníficos profesores que acumularon conocimiento
y experiencia. Pero, lamentablemente, algunos han fallecido, otros
pasaron a la jubilación y otros decidieron residir en el
extranjero. Esta situación ha motivado el ingreso al profesorado
de historia de la Universidad de La Habana de muchachos jóvenes
con talento, pero que requieren de la maduración y, necesariamente,
ello influye en la formación de los futuros profesionales
de la historia.
No obstante, en estos momentos, el país vive una fiebre
saludable de cursos de maestrías y el interés por
el doctorado se ha incrementado. Por ejemplo, el Instituto de Historia
de Cuba organizó un curso de maestría en Historia
Regional en el cual participaron los mejores especialistas de Cuba
y algunos del extranjero. Los alumnos matriculados procedían
de casi todas las provincias de la Isla. La Universidad de La Habana
tiene todo un programa de maestrías. No puedo hablar de otros
lugares como Santiago de Cuba porque no tengo información
al respecto. Tu pregunta me da la oportunidad de ratificar que la
Universidad es un punto de partida muy importante para la formación
profesional, pero no es conclusiva. La formación profesional
requiere de muchos componentes y algunos años de lecturas
y de trabajo. Sin duda —no tiene sentido racional negarlo—,
la formación profesional de gran parte de los profesores
e investigadores que residen en las provincias y localidades no
están a la altura de la avanzada de la ciencia histórica
de los países llamados desarrollados. Los profesionales cubanos
salen a la calle con una amplia cultura, con un método y
conocimientos sobre el oficio del historiador. Pero de lo que se
trata es de ponerse al día acerca de lo que se produce, sobre
todo en teoría de la historia. Hay que insistir en eso. En
el recién concluido XVIII Congreso de Historiadores se planteó
esta necesidad, y Abel Prieto, Ministro de Cultura, apoyó
la idea de que el Instituto del Libro publicara una colección
con títulos de esa naturaleza.
¿Cómo estimas que nuestra sociedad asume la historiografía
y a los historiadores? ¿Tenemos un reconocimiento adecuado?
¿Somos leídos? ¿Hay un público para
los libros de historia?
La sociedad cubana en sentido general se interesa por la historia
y respeta y acude a los historiadores. En la calle, en la guagua,
en el tren me abordan para hablar de historia. A mi casa llega gente
de todas las edades con preguntas e indagan acerca del título
de historia que leyeron u oyeron por radio Por eso, precisamente
los historiadores estamos comprometidos en transmitir conocimientos
que den interpretaciones lo más cercano posible a la realidad
histórica.
Acerca del reconocimiento se ha avanzado bastante. El Ministerio
de Cultura ha otorgado a muchos historiadores la Distinción
por la Cultura Nacional. El Instituto Cubano del Libro ha dedicado
a varios historiadores el reconocimiento en el Autor y su Obra.
En La Feria Internacional del Libro de La Habana se organizan paneles
con historiadores. Se instauró el Premio Nacional de Ciencias
Sociales que, por múltiples razones, le ha sido conferido
a un elevado número de historiadores. La Unión Nacional
de Historiadores de Cuba entrega el Premio Nacional de Historia
y otras distinciones. En las provincias se les han otorgado distinciones
variadas, y los municipios, para expresar su orgullo, han conferido
la categoría de hijo ilustre a historiadores nacidos en la
localidad. La UNEAC ha expresado su reconocimiento al acogerlos
y promoverlos. Con cierta frecuencia, La Gaceta de Cuba dedica espacio
a los historiadores y ha publicado comentarios sobre sus libros.
Sin embargo, la prensa y los periodistas no dan el espacio imprescindible
a los historiadores como portadores de cultura. Siempre promocionan
y entrevistan a los mismos historiadores sobre temas de los cuales
hay otros colegas que son verdaderos especialistas, por no decir
eruditos. ¿Por qué? Ellos sabrán.
Los historiadores son leídos en dependencia de lo que escriben.
Los libros de historia económicas posiblemente sean los de
menos lectores. Me gustaría saber la cifra de lectores que
han tenido magníficas obras como Con las manos en el dulce,
de Oscar Zanetti; Del ingenio al central, de Fe Iglesias; Empresarios
y empresas en Cuba (1880-1920), de María Antonia Marqués
Dolz; y La aventura de fundar ingenios, de Mercedes García.
Para los que escriben sobre temas de historia social, su público
es mayor. Pero, indudablemente, el potencial mayor de lectores radica
en la historia política. El proceso emancipador anticolonial
atrae a lectores de un espectro muy variado que abarca desde intelectuales
y políticos hasta el más humilde trabajador. Indudablemente
que los autores de obras sobre las guerras de independencia y de
las luchas políticas durante el siglo XX tienen garantizados
sus lectores y son los que más conoce el pueblo. De esta
pasión y obsesión por las guerras de independencia
no ha escapado la gran mayoría de nuestros historiadores.
Por tanto, público hay, pero títulos no tanto, mientras
que las tiradas son insignificantes para algunos y exageradas para
otros.
¿Cómo caracterizas y valoras a la historiografía
cubana actual? ¿Cuáles son sus logros y virtudes y
cuáles sus insuficiencias y errores? ¿Cuáles
son sus perspectivas?
Las preguntas son dignas de un proyecto que concluiría
con decenas de cuartillas. No obstante, apuntaré algunas
ideas. Cuando se formulan comentarios y análisis acerca de
historiografía cubana, al generalizar se introduce un elemento
de confusión al no especificarse la especialidad ni el tiempo
histórico. Con asombro, leemos cómo se emite un criterio
que pudiera ser válido para la historiografía económica,
pero no para la política o la social. Algo similar sucede
con la historiografía que trata la historia nacional y la
que se dedica a la historia regional.
No me corresponde, porque no estoy preparado para ello, caracterizar
lo que ha sido la historiografía económica en Cuba.
Pero si puedo decir que es la especialidad que cuenta con menos
investigadores históricos y que hallar un editor para ella
cuesta sangre, sudor y lágrima, según me han contado.
Esto ha perjudicado notablemente a los avances del conocimiento
de procesos como el de las guerras de independencia. Es verdad que
últimamente se han publicado títulos como La economía
de fin de siglo, de Fe Iglesias, pero es una gota de agua para aplacar
la sed del caminante por el desierto.
Por su parte la historia social sí ha avanzado notablemente
y creo que marcha a la vanguardia por los temas peliagudos que trabaja,
el lenguaje que emplea, el método aplicado. No solo estamos
ante una renovación que trata de encontrar nuevos caminos,
sino también de dar a conocer temas que se consideran tabúes.
Pero cuidado con las modas y la adopción de categorías
y conceptos aplicados para otros países y que nada tienen
que ver con la singularidad del proceso histórico de Cuba.
Pienso que la historiografía política requiere de
una oxigenación, tanto de la que trata el siglo XIX como
la del XX. Muchas veces leemos trabajos de magníficos colegas
nuestros que parecen estar escritos por algún miembro de
los clubes del Partido Revolucionario Cubano, del ejército
mambí o de algunas de las organizaciones antimperialistas
de la República. Si aspiramos a que la ciencia histórica
avance mucho más, es urgente romper esquemas y tradiciones,
y luchar contra los obstáculos que se presentan. Claro que
el cambio debe empezar por uno mismo basado en un examen objetivo
a la luz de todo lo que podamos extraer de un marxismo nada dogmático
ni fundamentalista.
Aunque algunos colegas extranjeros son renuentes a citar a autores
cubanos más bien por intereses políticos actuales
que científicos, nadie puede negar que un grupo de historiadores
cubanos de la Isla, ocupa internacionalmente un lugar reconocido
debido a su prestigio. Eso no es autobombo; es la verdad, pues lo
hemos constatado en encuentros internacionales en España,
México, Estados Unidos, Venezuela y República Dominicana
donde la mayoría de las ponencias de los cubanos son bien
recibidas.
Hay algo más que causa asombro. Muchísimos de los
que han venido a Cuba con proyectos de doctorados de universidades
afamadas del mundo desarrollado han tenido que hacer trascendentales
modificaciones y, en ocasiones, rehacerlos. No me refiero al objeto
que investiga, sino al método y la metodología, pues
han violado de forma consciente o por ignorancia lo que se debe
saber para elaborar un proyecto de esa naturaleza.
Si observamos bien el aparato referencial de las obras de los
historiadores cubanos de los últimos años, nos percataremos
cómo las citas de documentos consultados en archivos y bibliotecas
se ha incrementado notablemente. El abandonar la interpretación
como la única vía para explicar los procesos históricos,
lo considero como un paso de progreso. Creer que solamente con el
marxismo-leninismo en la mano solucionaríamos todos los problemas
historiográficos porque nos dotaría de la receta adecuada,
ha sido un error que produjo daños a la ciencia histórica.
No pocos que pregonaban un tipo de marxismo trasnochado le declararon
la guerra sin cuartel a las fuentes documentales porque alegaban
que eso era positivismo. Olvidaron que el propio Karl Marx pudo
escribir El Capital basado en documentos consultados en el Museo
de Londres.
Creo que entre los logros de la historiografía cubana actual
está el nivel que ha alcanzado en la producción historiográfica
de las historias locales y regionales. Aunque con inmensas limitaciones,
ha llenado espacios en el conocimiento.
También se trabaja en condiciones primitivas. Ver a un cubano
en los archivos y bibliotecas con una computadora o cámara
digital es rarísimo. Aún hacemos las anotaciones en
las fichas a lápiz o bolígrafo. Prácticamente
estamos fuera de las fotocopiadoras por el costo. Claro está
que los investigadores que pertenecen a Institutos o Centros de
investigaciones con ciertos recursos pueden salvar algunos de los
obstáculos anteriormente apuntados.
La historiografía que se ha formado en el proceso revolucionario
debe emprender investigaciones que abarquen los primeros siglos
coloniales. La historia es una y el conocimiento no puede ser fragmentado.
Sabemos que muchos problemas pasan las barreras cronológicas,
y para despejarlos es imprescindible localizar su comienzo y darles
seguimiento. Casi toda la producción historiográfica
de los siglos iniciales de la colonización pertenece al período
que concluye el 1º de enero de 1959. Esta deficiencia debe
ser eliminada para borrar ese desnivel que existe con el siglo XIX,
principalmente.
Ya la necesidad de ir hacia una colaboración interdisciplinaria
se torna urgente. Los estudios multidisciplinarios se impondrán
porque es la única forma de solucionar problemas muy complejos
que la investigación histórica pura no podrá
solucionar. Cada vez más los historiadores cubanos —no
sé cómo piensan los que residen en el extranjero—
están conscientes de comenzar esa transformación.
La cultura del debate científico público ha estado
ausente en el ámbito historiográfico. Es verdad que
en las instituciones donde funcionan Consejos Científicos
se escenifican interesantes debates, pero todo queda en un círculo
reducido. Aún hoy la polémica que sostuvo Jorge Ibarra
Cuesta con el polaco Tadeusz Lepkowski alrededor de la Historia
de Cuba que publicó el MINFAR permanece como una rareza.
Hay que cultivar y desarrollar la cultura del debate académico
porque es una manera de eliminar o aminorar la intolerancia, la
arrogancia, la prepotencia, la autosuficiencia y muchas cosas más
enemigas de la ciencia. Debemos de estudiar las críticas
del otro, que no debemos de tomarla con prejuicios. Hay que aceptar
lo que la razón impone, y sostener lo que estamos convencidos
y que los argumentos de los otros no son suficientes para desarticularlo.
Como no soy un mago persa, en cuanto a las perspectivas, voy a
referirme a lo generacional. En estos momentos hay un grupo de historiadores
que ha madurado plenamente, que han acumulado conocimiento y experiencia
y cuyas obras marcan pauta. También se observa a una generación
que algunos llaman intermedia, que irrumpe con aires renovadores
y desafiantes, no con los que ellos consideran sus profesores permanentes
y compañeros de investigaciones, sino acerca de temas y modos
de escribir la historia. Y todo esto es muy halagüeño.
También aprecio una hornada de historiadores de última
generación que ya da sus frutos y que ocuparán un
espacio importante de la historiografía cubana. Ellos serán,
sin duda, los historiadores del siglo XXI.
¿Has concluido tu labor o te quedan aún temas
y asuntos por investigar?
Como la propia historia, el historiador nunca termina de trabajar.
Aún a los 65 años considero que no la he concluido
y pobre del historiador que crea que ha llegado a la cima. Pues
si llegó a ella, entonces por ley natural comenzará
a descender. Si la salud me acompaña y tengo vida para ello,
quiero concluir —eso pienso por el momento— tres monografías.
Dos se ubican en la época de las guerras de independencia.
Son dos temas inéditos y que considero trascendentales para
la historiografía y el conocimiento histórico en general.
Uno de ellos lo tengo algo avanzado. No digo más sobre ambos.
El otro es culminar la historia colonial de mi pueblo Güira
de Melena. Esta es una deuda, si se quiere, moral. Abrí mi
camino de investigador joven y aficionado con Güira y posiblemente
con mi pueblo termine como profesional ya en la vejez plena.
Fuente La Jiribilla Año IV, La Habana, 29 de ABRIL al 5
de MAYO
Recibido por correo electrónico
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