..."Lo que os puedo dar os doy, que es una ínsula hecha y derecha, redonda y bien proporcionada..."
"Don Quijote de la Mancha". Capítulo XLII: " De los consejos que dió Don
Quijote a Sancho Panza antes que fuese a gobernar la ínsula..."

ISSN: 1810-4479
Publicación Semanal. Año 3, Nro.149, Viernes, 10 de noviembre del 2006

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Mi educación sentimental
Por Roberto Ginebra

Después de leer un artículo de Leonardo Padura

La buena música no se limita a una generación, no es patrimonio exclusivo de un oído selecto: parafraseando una de las más sentidas canciones de mi generación: ‘música es mirar hacia lo lejos dentro de sí mismo’:

Soy hijo de los noventa y es lo mismo que decir: crecí en el caos. Soy el principio de esa generación de reguetón y perreo que casi se cansó de causas y sacrificios personales, y en plenitud de facultades decidió “vivir la vida loca” como ya anunciaba otra canción olvidable, de contenido volátil y amordazado. El mundo nos pedía a gritos que nos ocupáramos de cosas de nuestra edad, porque luego no podríamos recuperar otro minuto; el mundo nos enseñaba en pantallas gigantes, tendidas en el camino, las estatuas de los fantasmas que recorrieron Europa y los sueños truncos e ¿irrealizables? de la utopía. En ese afán por buscar el tiempo perdido que nuestros padres leyeron con Marcel Proust, empezamos la carrera. A fin de cuentas dejemos a los mayores recomponer el mundo desbaratado por su intolerancia: no era asunto nuestro, la historia se acababa esta noche. Éramos la generación no comprometida que observaba impasible, sin lamentarse ni entender demasiado las lágrimas ajenas, la caída del muro de Berlín… Esos escombros no eran nuestros.

Entramos al “baile extraño” con el merengue dominicano de Juan Luis Guerra y los boleros recompuestos del mexicano Luis Miguel. ¿Acaso un llamado para salvar la identidad latina, su tradición renovada, y contraponerla a la Vieja Europa estancada en sus achaques y a la América anglosajona erigida, por la fuerza, dueña y señora del mundo? Pero fue un grito sordo. La salsa latina de raigambre propia se empezó a difuminar en el brillo y la melosidad de los Gilberto Santarrosa, Frankie Ruiz, Eddy Santiago, Jerry Rivera, Rey Ruiz, La India y Marc Anthony, entre otros que aún salvaban decorosamente el formato identificador original, pero perdían pujanza con las concesiones al mercado. La historia musical del continente se plegaba, como su destino, a la voracidad de una época injusta.

Yo tuve los noventa: oí a Willie Chirino por las antenas piratas que instalábamos en los techos para sintonizar en FM la radio de Miami. Tuve balsas y amigos atravesando el Golfo: tuve la historia nunca final de un país en duermevela, rehaciéndose, concediendo realidades, herido en su sueño, viril en su descalabro. Y la música fue compañera en aquel bolero que mi abuelo cantó “contigo en la distancia”; en aquella jinetera que “toreando con la bolsa un autobús llevaba medias negras y minifaldas de cuero marrón”; en aquel Ricardo Arjona que clamaba ingenuamente aquello de “si el Norte fuera el Sur sería la misma porquería”, cuando desde aquí aprendimos, hace Tiempos, que TODO se trata de ser distintos, nunca iguales.

Yo tuve los noventa, y por azares de mi educación sentimental, decidí ser militar en tiempos oscuros, cuando soñaba ser escritor; y las explosiones en mi preparación previa de combate en Pinar del Río y el fuego guevariano en las venas abiertas de mí América Latina me provocaron una sordera precoz, despacio, calando hacia dentro, en lo más recóndito de cada hondura... Pero heredé a García Márquez y a Vargas Llosa, a Galeano y Octavio Paz, a Cortázar y a Borges, a Carpentier y Cabrera Infante. Y tengo a Saramago y a Padura, a Zoé Valdés y Belén Gopegui y ¿por qué no? a Dan Brow y Paulo Coelho. Pero eso no me define, como no me define el reguetón ni la timba: porque para catalogar al hombre siempre sobra espacio.

En un artículo mayor (de mis noventa) Abel Prieto criticaba los varios premios Oscar a la película “Forrest Gump” protagonizada por ese gran actor (de mis noventa) que es Tom Hanks. La crítica, de profundo contenido ideológico más que cinematográfico, nos alertaba sobre el “paradigma del hombre globalizado” que se proponía ¿o se imponía? en el filme: El seudohombre que sobrevive, sin cuestionarse, en su época, desandándola, viviendo tal vez inmerso en acontecimientos que le dan un viraje a la historia, pero sin prestarles importancia: el hombre limitado en el alcance de sus ideas. Tal recuerdo ese artículo.

A mis casi 28 años ya no escucho (no puedo, y tal vez fue suerte) a las pobres diablas que prefieren la gasolina, no escucho a los David Bisbal ni los Alex Ubago, y aunque reconozco total fascinación por las caderas de Shakira, prefiero a la primera colombiana, la casi adolescente de ojos almendrados que le preguntaba a todos “¿dónde están los ladrones?” con ese pelo trigueño (latino, propio de mi sangre) no contaminado todavía por un tinte rubio. Pero mis noventa son también aquellos años en que Alejandro Sanz, con el “corazón partío” nos recordaba que “corazón que no ve, corazón que no siente, corazón que te miente, amor”; en los que un Luis Miguel indefinido, en alusión metafórica a una generación y en segunda persona, trata de salvarse gritándonos: “si no existieras yo te inventaría, como el Sol al día.”

Mis noventa son los de ese Arjona que le acaricia la espalda a la memoria y que realmente no está tan solo. Los de un Eros italiano que quiso apellidarse Ramazzotti, que no se explicaba cómo muchos siguieron “completamente enamorados, alucinados ya no sé de qué”. Herencia de Serrat, Sabina, Silvio y Ana Belén, que siguieron cantando en mis noventa, reivindicando a su vez el ser sucesores intestados de John Lennon y Paul McCarthey. Y mis inicios de siglo vinieron junto a la Quinta Estación y la Oreja de Van Gogh; de la mano de Buena Fe quienes, desde el principio de su voz, nos alertaban: “si sólo te importa seguir y yo soy un puente no más, si sólo tomarás el cuerpo no juegues con mi soledad.”

Mi educación sentimental puede estar sorda; pueden faltarle muchas notas musicales, pero no se quedó a guardar escombros de un muro caído, ni a intentar reponerle las piedras, restaurando un “pasado perfecto” irreconocible y selectivo. El fetiche de mis noventa es la desmemoria, la razón de mis noventa es la elección de Hoy.





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