..."Lo que os puedo dar os doy, que es una ínsula hecha y derecha, redonda y bien proporcionada..."
"Don Quijote de la Mancha". Capítulo XLII: " De los consejos que dió Don
Quijote a Sancho Panza antes que fuese a gobernar la ínsula..."

ISSN: 1810-4479
Publicación Semanal. Año 3, Nro.149, Viernes, 10 de noviembre del 2006

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DOSSIER_Los retos de Daniel Ortega en Nicaragua
Por Néstor Marín (Prensa Latina)

El líder sandinista Daniel Ortega, recién electo presidente de Nicaragua, recibirá el 10 de enero próximo, junto con la banda presidencial, las riendas del segundo país más pobre de América Latina.

Sólo Haití aventaja en ese vergonzoso renglón a la nación centroamericana, donde según estimados de organismos internacionales, el 80 por ciento de sus cinco millones 100 mil habitantes viven en condiciones de pobreza.

Traducido en números concretos, ese porcentaje indica que cuatro millones 200 mil nicaragüenses sobreviven con menos de dos dólares diarios, y que casi la mitad de ellos están en la miseria.

El sombrío panorama se completa con un galopante desempleo que afecta a más de la mitad de la población laboralmente activa, y una deuda externa de seis mil 500 millones de dólares.

Más de un millón de adultos no saben leer ni escribir, además de que 800 mil niños están fuera del sistema escolar, como resultado directo de la pobreza, que mantiene desnutrido al 27 por ciento de la población.

Con datos tan escalofriantes, cualquier gobernante lo pensaría dos veces antes de asumir el poder en un país donde las políticas neoliberales impuestas durante los últimos 16 años no han hecho otra cosa que agrandar la brecha entre ricos y pobres.

Ortega, sin embargo, confía en que con un programa de gobierno basado en la paz y la reconciliación, ejes centrales de la campaña que lo llevó al poder por segunda vez, podrá revertir esos números, o al menos reducirlos al mínimo.

El mandatario está consciente de que debe actuar con celeridad para acallar las voces de sus derrotados adversarios políticos, y para llenar las expectativas de los pobres que le dieron un voto de confianza.

Es por ello que la estrategia esbozada durante la campaña electoral pasa por la inmediata creación de un banco de fomento a la producción que garantizaría el financiamiento necesario a los productores del campo y la ciudad.

"Nuestra política de apoyo al campesino es una prioridad nacional", repitió una y otra vez Ortega en sus discursos electorales, conocedor de que ese sector constituye la columna vertebral de la economía nicaragüense.

El gobernante se comprometió además a no soslayar a la clase media, para la cual promoverá políticas socio-económicas inclusivas, con acceso a las oportunidades y a los recursos internos y externos, según consta en su programa de gobierno.

El nuevo gobierno de la Unidad Nicaragua Triunfa, la variopinta alianza que encabeza el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) debe también realizar una profunda transformación en la salud pública y la educación.

Con igual disposición se comprometió a explotar el enorme potencial geotérmico e hídrico de Nicaragua para reducir la actual dependencia del petróleo en el sector energético.

Para lograr esas metas, sin embargo, Ortega debe apelar a toda su experiencia negociadora para lograr lo que pidió encarecidamente durante toda la campaña: que le den una oportunidad para gobernar en paz.

8/11/06

http://www.visionesalternativas.com/article.asp?ID={DE27F2EA-6123-48A6-86B5-
3F496C0DA17C}&language=ES

Paz y reconciliación, las nuevas banderas del sandinismo
Por Néstor Marín

Managua, 8 nov (PL) La inobjetable victoria en las urnas de Daniel Ortega en Nicaragua constituye hoy el digno corolario de una campaña electoral que hizo de la paz y la reconciliación las nuevas banderas de lucha del sandinismo.

Desde que en julio pasado sonó el pistoletazo de salida de la carrera por la presidencia, el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) salió al ruedo con una imagen totalmente distinta.

Para espantar los fantasmas del pasado causantes de sus tres derrotas anteriores, el líder sandinista recurrió a un discurso conciliador, libre de revanchismo.

Atrás quedaron las arengas y las concentraciones masivas de antaño, para dar paso a las peregrinaciones por barrios y ciudades, donde Ortega ofrecía, con voz pausada y frecuentes menciones a Dios, detalles de su programa de gobierno.

Con lenguaje claro y cifras contundentes, el ex presidente (1984-1979) explicaba que el neoliberalismo impuesto por los gobiernos de turno durante los últimos 16 años es el único culpable de que Nicaragua sea hoy el segundo país más pobres del continente.
"El FSLN es el único partido capaz de sacar a Nicaragua de la pobreza", aseguraba, al pedir a simpatizantes y adversarios que le dieran una nueva oportunidad de demostrarlo, sin tener que hacer frente a las guerras y agresiones del pasado.

Los dos partidos de la derecha -Partido Liberal Constitucionalista (PLC) y Alianza Liberal Nicaragüense (ALN)-, mientras tanto, se desgastaron en una lucha frontal por los votos de las fragmentadas filas liberales.

A las luchas intestinas por el poder y al transfuguismo político se sumó una campaña sucia que hizo mella en la imagen de los dos candidatos, quienes se dedicaron a promocionarse, cada uno por separado, claro está, como los únicos capaces de vencer a Ortega.

Tanto Eduardo Montealegre (ALN) como José Rizo (PLC), se concentraron más en convencer al electorado de que era necesario derrotar a Ortega, que en explicar sus respectivos planes para acabar con la pobreza, que afecta a sandinistas y liberales por igual.
Elegido finalmente presidente con menos del 40 por ciento de los votos, Ortega enfrenta ahora el reto de cumplir, en "paz y reconciliación", todas sus promesas.

Consciente de ello y fiel a su palabra, el presidente electo ya tendió la mano a sus adversarios para trabajar juntos por el bien del país.

"Aquí no podemos estar hablando de ganadores y perdedores, sino que es un proceso en el que todos debemos trabajar juntos por el bien de Nicaragua", afirmó Ortega, en su primera declaración tras ser confirmado triunfador.

También exhortó a todos "a darle a Nicaragua una señal de estabilidad, una señal de que por encima de nuestras posiciones políticas pesa en primer lugar ese compromiso que tenemos de sacarla de la pobreza".

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http://www.prensalatina.com.mx/article.asp?ID={E00A7397-5357-486D-8229-
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Nicaragua: La derrota del miedo
Por Augusto Zamora R.

Rebelión

Lo intentó todo EEUU, salvo la amenaza militar, para impedir la victoria electoral del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) y de su candidato, Daniel Ortega. Desde el año 2005, su embajador en Managua, Paul Trivelli, asumió el papel de director supremo del antisandinismo y presionó, intrigó, amenazó, sobornó y castigó a todos aquellos que, en su opinión, se oponían u obstaculizaban la formación de una nueva coalición antisandinista, como las que habían triunfado en las elecciones de 1990, 1996 y 2001, siempre bajo la égida tutelar de Washington.

El objetivo fundamental de EEUU era el ex presidente Arnoldo Alemán, quien, pese a ser procesado y condenado por malversación de fondos públicos, seguía controlando con mano de hierro al Partido Liberal Constitucionalista (PLC). Trivelli presionó cuanto pudo para que Alemán dejara el partido y lo entregara a su candidato, Eduardo Montealegre, entonces ministro de Finanzas y protegido del presidente Enrique Bolaños. Al no lograr la retirada de Alemán, se promovieron juicios en su contra en Panamá y EEUU, por corrupción. Luego siguió un sistema de premios y castigos, sancionando con la retirada de la visa estadounidense a los dirigentes del PLC que se negaban a secundar su línea. Trivelli fracasó. Alemán impuso a su candidato (José Rizo) y la lista de diputados a la Asamblea General. Montealegre fue expulsado del PLC y debió crear su propia plataforma política, la Alianza Liberal Nicaragüense (ALN).

El sandinismo también veía ahondarse su división, con la entrada en la contienda electoral del Movimiento Renovador Sandinista (MRS), al que se afiliaron figuras señeras de la revolución, como el padre Ernesto Cardenal, el ex presidente y escritor Sergio Ramírez y tres ex miembros del directorio revolucionario, además de una extensa lista de prominentes figuras. EEUU contempló satisfecho esta división, que debilitaba a su archienemigo y reducía sus posibilidades electorales.

La reacción del FSLN fue sagaz. Retomando la fórmula integradora aplicada en 1978 y 1979, para unir a distintos partidos y agrupaciones en una causa común, la dirigencia sandinista fue cerrando flancos. Se reconcilió con la Iglesia Católica y su enemigo visceral, el cardenal Obando. Se abrió el partido a grupos de centro, antes antisandinistas, como los socialcristianos y conservadores. Por último designó candidato a vicepresidente a un ex director de la contra, que abrió este movimiento al sandinismo. Los lemas de campaña resumían el espíritu de aquella singular alianza: Unidad, paz, reconciliación. “Unida, Nicaragua triunfa”. El rosado era su bandera de combate.

Tras fracasar los intentos por unificar a los liberales, el embajador Trivelli promovió la guerra sucia contra el FSLN. Para ello contó con el apoyo del gobierno de Bolaños y del Consejo Superior de la Empresa Privada (COSEP), órgano que reúne a todos los grandes grupos económicos de Nicaragua. Usando como punta de lanza a los medios de comunicación en manos del COSEP, se empezó a propagar noticias falsas sobre el riesgo de guerra, tomas de tierra, asonadas y restablecimiento de las tarjetas de racionamiento y del servicio militar. Se buscaba generar miedo en la población, una táctica que había demostrado su fuerza intimidatoria en las tres elecciones anteriores.

Ante el hecho de que las encuestas seguían reflejando una notable ventaja del FSLN y Ortega, se promovió, en las semanas anteriores a la elección, la visita a Nicaragua de congresistas republicanos, altos funcionarios del Departamento de Estado y ex miembros del gobierno Reagan, vinculados a la guerra en los años 80. Todos advertían que un triunfo del FSLN provocaría represalias por parte del gobierno Bush. La presión alcanzó su cúspide cuando tres congresistas republicanos amenazaron con bloquear las remesas de los emigrantes nicaragüenses en EEUU, pidiendo a Bush la aplicación de legislación antiterrorista a Nicaragua, en caso de victoria de Ortega. Era el golpe más bajo que podían dar, habida cuenta que las remesas de los emigrantes son la primera fuente de divisas del país y que provienen principalmente de EEUU. La terrible amenaza, sin embargo, no bastó para atemorizar a un número suficiente de de votantes.

En la noche del 5 de noviembre, cuando empezaron a conocerse los primeros resultados, que daban a Daniel Ortega más del 40% de votos, EEUU intentó una última y disparatada maniobra. La delegación enviada por el presidente Bush emitió un comunicado en el que afirmaba la existencia de graves irregularidades en las elecciones, que podía poner en duda la imparcialidad y transparencia del proceso electoral. Desde la sede diplomática y Washington se presiona a la OEA, el Centro Carter, la Unión Europea y otros organismos, para que asuman la línea de EEUU. Nuevo fracaso. Insulza, desde Uruguay, confirma la decisión del organismo regional de avalar la transparencia de las elecciones y la validez de sus resultados. Para disipar las nieblas que emite la embajada estadounidense, a las siete de la mañana del 6, la organización Ética y Transparencia, en rueda de prensa, valida el proceso electoral y afirma que, según sus conteos internos, el FSLN va a ganar las elecciones con el 40% de votos.

No eran, realmente, elecciones libres. Desde 1990, los nicaragüenses acuden a los procesos electorales con una pistola en la cabeza. En 1990, era la continuación de la guerra, el bloqueo económico y las penurias. Desde 1996, la amenaza de sanciones, bloqueos y represalias, en medio de una atroz campaña interna, agitando el fantasma de la guerra. La coacción llegó al extremo que el presidente Arnoldo Alemán ordenó, en los días previos a las elecciones de 2001, un despliegue general del Ejército, hecho que aterrorizó a muchos ciudadanos, que vieron en la medida un anticipo de la guerra.
En las elecciones de 2006 fracasó la estrategia del miedo y la coacción. EEUU fue incapaz, no sólo de mantener la coalición antisandinista, sino de amedrentar a un número suficientes de votantes. De ahí que la victoria sandinista sea un revés tan duro para el gobierno Bush. Porque el ascenso al poder, nuevamente, esta vez por medio de las urnas, permitirá al sandinismo gobernar sin guerras, bloqueos, destrucción y muerte. Tendrá, ahora, la oportunidad de hacer lo que la guerra de agresión frustró en la década de los 80. Si estos cinco años venideros son bien aprovechados, el pueblo terminará de perder el miedo y podrá comprobar, con hechos, las bondades de un gobierno nacionalista y de izquierdas. Si el FSLN lo hace bien, puede haber gobierno sandinista para rato.

* Profesor de Derecho Internacional y Relaciones Internacionales en la Universidad Autónoma de Madrid. Su última obra es La Paz Burlada, los procesos de paz en Centroamérica 1983-1990.





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