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 El gigante aislado
Por Manuel E. Yepe *
Nada nuevo se dice cuando se afirma que el criterio de la comunidad
internacional y la opinión pública mundial muy poco
influyen en la política de los Estados Unidos de América.
Esta percepción se ha visto plenamente confirmada por la
historia durante la segunda mitad del siglo XX y el lustro transcurrido
del nuevo. Los cubanos tenemos pruebas de ello casi con asiduidad,
Una buena parte de los cubanos seguimos por televisión
y radio, en vivo, las transmisiones de la sesión plenaria
de la Asamblea General de la Organización de las Naciones
Unidas que debatió y aprobó la resolución “Necesidad
de poner fin al bloqueo económico comercial y financiero
impuesto por Estados Unidos a Cuba" en la mañana del
ocho de noviembre último.
Pocos minutos después de concluida la sesión, Cuba
entera festejaba “la nueva victoria contra el imperialismo”
con tanto júbilo como si fuera esta la primera vez que el
mundo expresa su condena al injusto bloqueo impuesto a nuestro país
hace casi medio siglo.
Pero el hecho cierto es que esta era la decimoquinta ocasión
en igual número de años consecutivos que la Asamblea
General de Naciones Unidas aprobaba la misma resolución,
que exige la suspensión del bloqueo mas largo que recuerda
la historia de la humanidad y que ya ha causado a la isla más
de 86 mil millones de dólares de perdidas.
Hubo algunas novedades respecto a las ocasiones precedentes. Por
ejemplo, el número de países que la aprobaron batió
el record de la anterior, 183 de los 192 países miembros
de la ONU, cifra sin precedentes en documentos de este carácter
aprobados por la Asamblea General.
Solo Israel, cuyo papel en la política global estadounidense
le obliga a tan ridícula muestra de sumisión desde
hace tres lustros, junto a dos protectorados virtuales de la superpotencia
(Islas Marshall y Palau), acompañaron a Washington en la
votación. Hubo apenas una abstención (Micronesia)
y cuatro países ausentes a la votación, pese a que
ésta tuvo lugar en una mañana muy lluviosa que hacía
pensar que muchos se valdrían del pretexto para evitarse
la confrontación y la consecuente ira de Washington.
Otra novedad de la votación de este año fue que
la diplomacia estadounidense ensayó, como táctica
para paliar el impacto de esta muestra de rechazo internacional,
la introducción de una enmienda llamada a dar algún
sostén al bloqueo. Como testaferro actuó la representación
de Australia que presentó un proyecto redactado por el Departamento
de Estado en Washington en el que se alegaba que el bloqueo había
sido impuesto como respuesta a la falta de democracia y libertades
políticas en Cuba.
La diplomacia estadounidense, para intentar la aprobación
de la “enmienda”, contaba con el sufragio garantizado
de sus aliados europeos y los de otras naciones industrializadas
con quienes comparte la manipulación del tema de los derechos
humanos en función del común enfrentamiento de sus
intereses explotadores con los del Sur explotado.
Esperaban que, además, muchos países tercermundistas
vieran en ello la oportunidad de compensar, ante Washington, el
apoyo que darían a Cuba en el asunto del bloqueo.
Pero todos sus cálculos fracasaron y, no obstante el apoyo
de casi todos los países desarrollados del Norte, la enmienda
fue rechazada por amplia mayoría.
Nadie pone en duda, al menos en Cuba, que el gobierno estadounidense,
una vez más, desconocerá esta exigencia de la comunidad
internacional de que levante el bloqueo. O que la gran prensa que
la élite del poder estadounidense controla a escala mundial
ignorará el acuerdo o minimizará su importancia, y
seguirá escribiendo acerca del aislamiento de Cuba y sobre
apócrifas violaciones de los derechos humanos en la isla
que en verdad solo son reales dentro del perímetro de la
Base Naval de Guantánamo
Obviamente, como resultado de tal manipulación reiterada
a lo largo de muchos años, la mayor parte de la población
de los Estados Unidos seguirá sin saber que hace casi medio
siglo su gobierno lleva a cabo un acto de genocidio contra el pueblo
de esta pequeña nación vecina. Continuará asumiendo
que Cuba ha constituido y sigue siendo un peligro para la seguridad
de Estados Unidos, así como una amenaza para el orden regional
y la paz del mundo.
Sin embargo, esta vez la nueva derrota de la diplomacia estadounidense
ha coincidido con un conjunto de descalabros que involucran a los
factores más recalcitrantes de la élite de la superpotencia,
tanto en su política exterior hegemónica como en el
plano interno.
La guerra perdida en Irak; el rechazo mundial a los desmanes de
Israel en el Medio Oriente; los avances electorales de la izquierda
y otras tendencias antiimperialistas en América Latina, y
la práctica de una diplomacia extremadamente prepotente y
arrogante, han conducido a un creciente aislamiento internacional
de la superpotencia mucho mas allá que en las votaciones
en la ONU.
En el interior, el resultado de las elecciones de medio término,
que puso fin al control de ambas cámaras del Congreso por
el Partido Republicano del Presidente Bush, constituyó también
una muestra de arrinconamiento político en que se ha situado
la corriente neo conservadora de extrema derecha. El fracaso de
las políticas sociales caracterizadas por sistemáticas
reducciones de los impuestos para las más ricos y recortes
de los programas de bienestar social para los más pobres;
la corrupción en las más altas esferas de la política
oficial y empresarial, entre otras impopulares posiciones en temas
sociales cruciales, se han unido a la exposición de la farsa
que ha sido la guerra contra Irak y, en general, la guerra contra
el terrorismo que tantas vidas y libertades ha costado a la ciudadanía
estadounidense, para hacer descender los índices de aceptación
y popularidad del Presidente Bush y su equipo gobernante de extrema
derecha hasta concretarse en el voto de castigo que lo resume todo.
Es sabido que Estados Unidos está gobernado por un sistema
político cerrado en el que participan dos partidos, el republicano
y el demócrata, y que priman dos tendencias, la liberal y
la conservadora. Dentro de estas reglas se desarrolla el juego político
de ese país, siempre en función de los intereses de
una oligarquía en cuyo seno, a su vez, se disputan la primacía
diversos poderosísimos grupos.
Los resultados de las más recientes elecciones parciales
en Estados Unidos han constituido una muestra del rechazo de la
ciudadanía a una política neo conservadora que comenzó
a delinearse bajo Richard Nixon, se hizo fuerte en el poder con
Ronald Reagan, se consolidó con el demócrata William
Clinton y solo ha hecho real crisis ahora, con George W. Bush.
Ahora con el liderazgo del Partido Demócrata en ambas cámaras
del Congreso, la autoridad ejecutiva a cargo del Partido Republicano
y el poder real aún en manos de los neoconservadores, se
ha creado una situación distinta a la que hasta ahora había
permitido al grupo político de extrema derecha con el presidente
George W. Bush como cabeza visible una serie de “libertades”
que, la lógica indica, se verán limitadas.
Esto no significa que se haya cerrado una era conservadora y que
se regrese a una liberal en Estados Unidos pero incluso un cambio
cualitativo de este tipo pudiera consolidarse a mediano plazo.
Por el momento, habrá que esperar que el aislamiento de
la superpotencia a escala mundial sea interpretado como lo que es:
un castigo por sus desmanes y altanería.
Es incuestionable que el actual aislamiento de la superpotencia
beneficia y satisface a la humanidad, en especial a las potenciales
víctimas de sus depredaciones, entre ellas a los cubanos
y demás pueblos de naciones amenazadas por sus posiciones
independientes en la arena internacional, porque la soledad desaconseja
los alardes y el frenesí de sus ejercicios de violencia hegemónica.
El fracaso en Irak debía aconsejar la retirada de las fuerzas
de ocupación en el más breve plazo posible y el reemplazo
de la doctrina de las guerras preventivas “contra cualquier
oscuro rincón del tercer mundo” por alguna otra línea
de acción más compatible con las normas del derecho
internacional y la convivencia pacífica entre las naciones.
Si la lógica funcionara, las victorias electorales populares
en muchas naciones del continente y el alto costo político
que han tenido sus intromisiones en algunos procesos electorales
en los que han logrado pírricos triunfos de la derecha, obligarían
a la superpotencia a reformular sus vínculos con América
Latina sobre bases menos arrogantes.
Los reiterados fracasos, a lo largo de más de 47 años,
de diez sucesivos presidentes de los Estados Unidos por derrocar
el sistema de gobierno que los cubanos nos hemos dado en el ejercicio
de un derecho soberano que nos está plenamente reconocido
por la comunidad internacional, debían alentar la adopción
de una política realista de relaciones con este vecino, en
pie de absoluta igualdad y respeto recíproco.
*Manuel E. Yepe Menéndez es Secretario del Movimiento Cubano
por la Paz y la Soberanía de los Pueblos, ONG constituida
en 1949 que disfruta de status consultivo en el Consejo Económico
y Social de la Organización de Naciones Unidas. Es abogado,
economista y científico social, y se desempeña como
Profesor Adjunto del Instituto Superior de Relaciones Internacionales
de La Habana. Fue Embajador de Cuba en Rumania, Director General
de la Agencia Latinoamericana de Noticias Prensa Latina, Vicepresidente
del Instituto Cubano de Radio y Televisión y Director Nacional
fundador del Sistema de Información Tecnológica
(TIPS) del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD)
en Cuba .
Enviado por su autor
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