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 La era esta pariendo el ALBA
Por Manuel E. Yepe *
Este texto resultó la pasada semana Premio
en el género Artículo del 10º concurso anual
Dr. Guillermo Toriello Garrido, de la Asociación para la
Unidad de Nuestra América (AUNA-Cuba):
“Cree el aldeano vanidoso que el mundo entero
es su aldea.
Lo que quede de aldea en América ha de despertar.
Trincheras de ideas valen más que trincheras de piedra”
José Martí, "Nuestra América",
La Revista Ilustrada de Nueva York, enero de l891.
“La era está pariendo un corazón”, proclamó
Hugo Chávez ante la Asamblea General de las Naciones Unidas
para definir el momento de esperanzas que vive la humanidad precisamente
cuando se ciernen sobre ella las amenazas y peligros más
siniestros de su historia.
La firma, el 14 de diciembre de 2004 de la Declaración
Conjunta y el Acuerdo para la Aplicación de la Alternativa
Bolivariana para las Américas por el Presidente de la República
Bolivariana de Venezuela y el Presidente del Consejo de Estado de
la República de Cuba, Fidel Castro, inició una nueva
época en la historia política de Nuestra América
que es parte y expresión de ese parto de amor.
Con la Alternativa Bolivariana para las Américas, los sueños
de Bolívar y Martí de una América Nuestra,
solidaria y unida por la justicia social, la realización
humana de sus pobladores, la defensa de su cultura y la conquista
de una posición digna en el mundo, comenzaban a plasmarse
en el nuevo siglo.
Pero estos sueños tendrían que hacerse realidades
en el escenario económico y social de un conjunto de pueblos
hermanados por sus historias, culturas y condiciones de subdesarrollo,
pero sumamente vulnerables a los apetitos de su voraz vecino del
norte, a causa de la desunión que les ha impedido una integración
para la que están dadas un gran número de condiciones
y circunstancias objetivas.
Los ideólogos del imperio han diseñado siempre las
relaciones con sus vecinos del Sur a partir de ambiciones expansionistas.
El Destino Manifiesto, concepción desarrollada en las últimas
décadas del siglo XVIII atribuía a a EEUU una supuesta
misión especial: la de llevar su sistema de organización
económica, social y política, primero, a toda la América
del Norte y, posteriormente, a todo el Hemisferio Occidental.
La expansión al Oeste se completó a fines del siglo
XIX: la población aborigen fue aniquilada y los vecinos mexicanos
perdieron casi la mitad de su territorio (Texas, Nuevo México
y California).
En 1823, el presidente James Monroe pronunció lo que sería
conocido como la Doctrina Monroe o la doctrina de América
para los Americanos que establecía que toda interferencia
por cualquier potencia europea en las nacientes repúblicas
latinoamericanas que emergían, sería considerada un
acto inamistoso contra los propios Estados Unidos y, por tanto,
EEUU se atribuía el deber y el derecho de “proteger
a la región” en gesto de paternalismo defensivo hacia
el resto del hemisferio que pronto derivó en axiomático
expansionismo.
En los inicios del siglo XX, cuando Teodoro Roosevelt fue proclamado
Presidente de los EEUU, elaboró el añadido a la Doctrina
Monroe, conocido como el Corolario Roosevelt: “La maledicencia
crónica o la impotencia que resulte en una descomposición
del entramado de la sociedad civilizada podría requerir en
América, al igual que en cualquier otro lugar, la intervención
por parte de alguna nación civilizada; y en el hemisferio
occidental, la adscripción de los Estados Unidos a la Doctrina
Monroe podría forzarle, por muy renuente que resulte, en
casos de maledicencia o impotencia, al ejercicio de una fuerza policial
internacional.”
En 1912, el Presidente de EEUU William Howard Taft expresó:
“No está lejos el día en que tres estrellas
y barras en tres puntos equidistantes marcarán nuestro territorio:
uno en el Polo Norte, otro en el Canal de Panamá y el tercero
en el Polo Sur. Todo el hemisferio será nuestro, como ya
nos pertenece moralmente en virtud de nuestra superioridad racial.”
En la década de los años 60 del siglo XX, como parte
de la estrategia de Estados Unidos para contrarrestar la influencia
de las ideas liberadoras promovidas por la revolución cubana
en Nuestra América, la Administración del Presidente
John Kennedy lanzó la Alianza para el Progreso, un programa
de ayuda al desarrollo limitado a financiar proyectos de infraestructura
que no alteraran, sino que consolidaran, las bases del intercambio
desigual y la “complementación” económica
con Estados Unidos..
A partir de la década de los 80, una implacable orientación
neoliberal fue impuesta a las naciones de Latinoamérica y
el Caribe con el objetivo de modelar sus economías a los
requerimientos del imperialismo estadounidense en su etapa actual.
El neoliberalismo, con sus características recetas de privatización,
apertura de los mercados y liberalización, engendró
estrategias de desarrollo supuestamente enderezadas a lograr la
inserción de nuestros países en la economía
mundial globalizada. El “libre” comercio —en verdad
controlado por los países desarrollados y sus grandes corporaciones
transnacionales—desplazaría a los mercados nacionales
y al comercio regional latinoamericano, los que pronto acabarían
totalmente subordinados a aquel.
Según el discurso neoliberal, el mercado —liberado
de toda regulación oficial— sería capaz de garantizar
a cada país, de manera automática, las ventajas comerciales
que determinarían su acceso a los beneficios derivados de
los intercambios.
Pero la realidad de los hechos en los años del reino neoliberal
ha sido dura y cruel. El mercado, sin regulación y con la
privatización como fórmula suprema, no generó
desarrollo sino que trajo injusticia social, pobreza, exclusión,
enriquecimiento ilícito, corrupción y humillante dominio
imperialista sobre la región. Se requirieron brutales dictaduras
militares para imponer sus reglas de juego y ni siquiera éstas
pudieron acallar por mucho tiempo la rebeldía popular y los
movimientos sociales.
Hoy, el panorama de América Latina y el Caribe —con
sus más de 220 millones de pobres (de los cuales casi 100
millones clasifican como indigentes), con la más inicua distribución
del ingreso en todo el mundo, con decenas de millones de analfabetos
y desempleados, con una deuda externa de alrededor de 800 mil millones
de dólares, y con el 90% de su población negra e indígena
sumida en la extrema pobreza y la exclusión—, es la
expresión más contundente del fracaso de la política
neoliberal y de la necesidad de una verdadera integración
inspirada en la solidaridad y la cooperación.
La crisis general del capitalismo, puesta de manifiesto en este
hemisferio por infinidad de realidades como las antes citadas, precipitó
una estrategia estadounidense de dominación que expresa,
en los nuevos tiempos de la globalización, la vieja ambición
imperial de la anexión de nuestros países.
El proyecto del ALCA, Acuerdo de Libre Comercio para las Américas,
surgió como instrumento de absorción destinado a completar
la asimilación de las economías de la región
al proyecto económico neoliberal del imperio. Sus propósitos
tienen más que ver con la salvación del proyecto neoliberal,
en visible trance terminal, que con cualquier intención de
asistir a la empobrecida región.
Durante los últimos 25 años, los gobiernos de América
Latina emplearon políticas económicas diseñadas
por el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, dóciles
instrumentos ambos del gobierno estadounidense. Después de
25 años de privatización de los servicios públicos
esenciales, desregulación de la industria y la apertura de
las fronteras para los inversionistas extranjeros, la mayoría
de los latinoamericanos enfrenta una situación económica
peor que hace un cuarto de siglo.
Ante este desastre económico, la fórmula aportada
por Estados Unidos, que parece ser más de lo mismo, en realidad
encierra el propósito de culminar sus designios estratégicos
de anexión continental tal como fueron definidos en 2001
por su Secretario de Estado, el General Colin Powells: "Nuestro
objetivo es garantizar para las empresas norteamericanas el control
de un territorio que se extiende desde el Ártico hasta la
Antártica y el libre acceso, sin ninguna clase de obstáculos,
de nuestros productos, servicios, tecnologías y capitales
por todo el hemisferio."
Por los mismos motivos que el imperio inglés defendía
hace cinco siglos la “libertad de los mares” en el mundo,
contando con una flota contra la que ninguna otra nación
podía presentar competencia, el imperio estadounidense actual
enarbola la bandera de la “libertad de comercio” a partir
de la enorme ventaja que le brinda su nivel de desarrollo económico
ampliamente superior en el continente.
Durante más de una década, Estados Unidos ha estado
insistiendo en la creación de un Área de Libre Comercio
para las Américas (ALCA) con 34 naciones de la región.
Las negociaciones han fracasado principalmente debido a que muchas
naciones sudamericanas, en especial Brasil, Venezuela y Argentina,
han resistido las demandas, presiones y chantajes para obtener la
apertura incondicional de sus economías, incluidos los servicios
públicos, las inversiones y otros sectores claves a la inversión
estadounidenses, mientras que Estados Unidos, con total asimetría,
mantendría los subsidios a su agricultura que obstaculizan
las exportaciones del Sur al Norte.
Desde un inicio, quizás por intuición más
que por información – porque la gran prensa vendía
el ALCA como una panacea para todos los males de la región-
, los pueblos de Nuestra América rechazaron la integración
económica con el imperio, se estructuraron de las más
diversas formas movimientos sociales que fueron ganando fuerza,
autoridad, prestigio y capacidad de movilización. A partir
de que se fue haciendo notorio desastre económico y humanitario
que representaba el Acuerdo de Libre Comercio de América
del Norte (NAFTA, por sus siglas en inglés) para los mexicanos
la lucha se hizo más conciente y más fuerte.
Cada una de las promesas sobre los supuestos beneficios que aportaría
el NAFTA para México ha resultado falsa. Más de un
millón y medio de granjeros mexicanos han tenido que abandonar
sus tierras ante el torrente de maíz norteamericano barato
que ha arruinado innumerables comunidades rurales del país.
Por efecto del NAFTA, numerosas familias están divididas,
porque su sostén ha debido emigrar a las ciudades o a los
Estados Unidos en procura de empleo para poder garantizar su subsistencia
y alimentar a sus hijos.
Aunque es en la agricultura donde se aprecian de manera más
clara los efectos calamitosos para los pueblos de los engendros
integracionistas entre desiguales promovidos por el imperio, en
muchos otros sectores se han apreciado graves daños. Las
políticas de privatización asociadas a tales acuerdos
han generado grandes protestas.
Ante la perspectiva de una clara derrota del proyecto de imposición
simultanea del ALCA de un solo golpe, Estados Unidos desarrolló
la estrategia de dividir para vencer, tratando separadamente, uno
a uno, con los países de nuestro continente. Se propuso asegurar
primero los acuerdos con los países que consideró
más débiles: los de América Central y las naciones
andinas.
Aparecieron los “Alquitas”, el “ALCA Light”
y nuevos Tratados de Libre Comercio (TLC) bilaterales o subregionales
como alternativas para alcanzar el ALCA por otras vías.
Un rasgo del ALCA que es característica también
de todos sus sucedáneos es que las “concesiones”
de la parte estadounidense en los acuerdos se limitan a contribuciones
para la creación de las infraestructuras que sirven para
conectar las zonas donde se encuentran los recursos naturales (gas,
agua, petróleo, biodiversidad) con las grandes ciudades y,
a ambos, con los principales mercados controlados por Estados Unidos.
El acento en el desarrollo de la infraestructura deriva de la
necesidad que tiene el mercado estadounidense de contar con un flujo
continuado y creciente de materias primas y recursos naturales,
y colocar a los exportadores de estos bienes en un plano competitivo,
dependientes de la disminución de los costos.
Obviamente, ello generará más pobreza y desigualdades,
acrecentará la concentración de la riqueza y repercutirá
nocivamente en el medio ambiente. Crecerá el endeudamiento
de los países de la región y el agotamiento de los
recursos naturales por su sobreexplotación.
Pero el fracaso de la política neoliberal no solo han generado
males y sufrimientos, también ha traído un amanecer
de esperanzas. Hoy, cuando paradójicamente el discurso del
imperio es más agresivo que en cualquier otro momento anterior,
cuando su agresividad extrema le ha llevado a declarar guerras asímétricas
contra varias naciones del tercer mundo y lanzar cruzadas contra
el terrorismo, el narcotráfico, el armamentismo nuclear,
la violación de derechos humanos y otros delitos internacionales
en las que la superpotencia sobresale como principal transgresor
a nivel global, el panorama político del continente cambia.
Cuba, que debió resistir más de 40 años como
el único bastión inexpugnable de los intereses de
los pueblos de Nuestra América es hoy sencilla y humildemente,
uno más en el conjunto de países cuyos gobiernos responden
a los verdaderos intereses de sus pueblos y se unen, cada uno de
acuerdo a sus condiciones y dentro de sus circunstancias, para afirmar
su independencia.
Es en este marco que puede tomar cuerpo la iniciativa del líder
de la revolución bolivariana y Presidente de Venezuela, Hugo
Chávez, de la Alternativa Bolivariana para las Américas,
un proyecto de colaboración y complementación política,
social y económica entre los países de Nuestra América.
El ALBA contrasta con el ALCA porque pone acento en la lucha contra
la pobreza y la exclusión social, porque crea un espacio
para la cooperación y la solidaridad, no una plaza abierta
a los negocios, para que gane el más fuerte.
Se fundamenta en la creación de mecanismos que aprovechen
las ventajas de la cooperación y la colaboración entre
iguales, aunque tomando en consideración las asimetrías
para subsanarlas mediante fondos compensatorios destinados a la
corrección de discapacidades específicas de los países
asociados.
El
ALBA prioriza los aspectos sociales en lo interno de cada uno de
los países y, por ello, los objetivos de cooperación
e intercambio que tienen que ver con la seguridad y autosuficiencia
alimentaria, la salud, la vivienda, la educación, la cultura,
el deporte y otros que forman parte de la espiritualidad de los
ciudadanos, ocupan lugar principal en los vínculos entre
los miembros. Estimula el diálogo subregional y los acuerdos
y alianzas estratégicas entre las naciones latinoamericanas
y caribeñas en píe de igualdad y por el beneficio
mutuo.
En lo que respecta a los intercambios directamente económicos,
el ALCA se complementa con el Tratado de Comercio de Pueblos que
fuera promovido en el seno del ALBA por el Presidente de Bolivia,
Evo Morales.
En el ALBA, la lucha contra las políticas proteccionistas
y los ruinosos subsidios de los países industrializados no
niega el derecho de los países pobres de brindar protección
a sus campesinos y productores agrícolas, porque, para los
países pobres, donde la actividad agrícola es fundamental,
las condiciones de vida de millones de campesinos e indígenas
se verían irreversiblemente afectados si ocurre una inundación
de bienes agrícolas importados, aunque ello fuera resultante
solo de la eficiencia del productor extranjero.
ALBA propicia encarar en común los obstáculos que
enfrentan las naciones cuyos gobiernos escogen el camino de la afirmación
de su independencia como son: el peso de una deuda externa impagable;
la imposición de las políticas de ajuste estructural
del FMI y el BM y las rígidas reglas de la OMC, que les socavan
las bases internas de apoyo social y político; las trabas
para acceder a la información, el conocimiento y la tecnología
que imponen los acuerdos de propiedad intelectual vigentes; la necesidad
imperiosa de reformas el Estado, convertido por efecto de los procesos
de desregulación, privatización y desmontaje de las
capacidades de gestión pública en aparatos inoperantes;
y la monopolización de los medios masivos comunicación,
en manos de grandes empresarios y testaferros de monopolios estadounidenses.
El ALBA propicia las condiciones de apoyo mutuo internacional
para que los gobiernos nacionales resultantes de la voluntad popular
puedan recuperar las riendas del Estado, luego de la brutal disolución
experimentada durante más de una década de hegemonía
neoliberal para poner los asuntos públicos en función
de los intereses del gran capital nacional y el imperialismo. Se
trata ahora de garantizar la participación del ciudadano
en los asuntos públicos y el ejercicio de una auténtica
democracia, así como respaldar la intervención del
Estado dirigida a reducir las disparidades entre países y
la libre competencia entre desiguales.
El ALBA, su razón de ser, sus principios y sus objetivos
son los que ya han tomado vida y abren cauces por toda Nuestra América
PETROSUR, TELESUR, la Operación Milagro, el Banco de Desarrollo
del Sur, el Gran Gasoducto del Sur, los Juegos Deportivos del ALBA,
el Festival Nuestroamericano de Música del ALBA y un sinnúmero
de proyectos y realidades que son como células del corazón
que nace a la nueva era a los acordes de la guitarra de Silvio Rodríguez.
Ciudad de La Habana, 26 de septiembre de 2006.
FUENTES:
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www.alternativabolivariana.org
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• Barreda, Andrés “Geopolítica, recursos
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el Foro que se realizó en la III Cumbre de los Pueblos,
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www.alternativabolivariana.org / www.portalalba.org
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• Fobomade “El rol de Bolivia en la integración
sudamericana” en www.fobomade.org.bo
• Herbas Camacho, Gabriel y Molina, Silvia “IIRSA
y la integración regional”, en revista OSAL No. 17,
Buenos Aires, Clacso, mayo-agosto de 2005.
• Molina, Patricia “Bolivia-Brasil: Relaciones energéticas,
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• Soldatelli, Elisangela “IIRSA. E esta a integraçao
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diciembre de 2003.
• Baltra, Mireya, el MERCOSUR: nuevo concepto de integracion
, Santiago de Chile, 26 de julio de 2006
• Zibechi, Raúl “IIRSA: la integración
a la medida de los mercados”
*Manuel E. Yepe Menéndez es Secretario del Movimiento
Cubano por la Paz y la Soberanía de los Pueblos, O.N.G.
constituida en 1949 que disfruta de status consultivo en el
Consejo Económico y Social de la Organización
de Naciones Unidas. Es abogado, economista y científico
social, y se desempeña como Profesor Adjunto del Instituto
Superior de Relaciones Internacionales de La Habana. Fue Embajador
de Cuba en Rumania, Director General de la Agencia Latinoamericana
de Noticias Prensa Latina y Vicepresidente del Instituto Cubano
de Radio y Televisión, y Director fundador del Sistema
de Información Tecnológica (TIPS) del Programa
de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) en Cuba .
Nació en La Habana el 15 de noviembre de 1936. Se incorporó
a la lucha insurreccional contra la dictadura de Fulgencio Batista
en 1955 y combatió en las filas del Movimiento 26 de
Julio en el que ocupó diversas responsabilidades de dirección
en las provincias de La Habana y Matanzas. Es militante y fundador
del Partido Comunista de Cuba y preside una organización
de Base de la Asociación de Combatientes de la Revolución
Cubana.
Enviado por su autor
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