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 Una misión de honor
y de historia
La búsqueda de los guerrilleros huesos
Por Teresa Valdés
“Y si en el camino se interpone el hierro
Pedimos un sudario de cubanas lágrimas
Para que se cubran los guerrilleros huesos
En el tránsito a la historia americana.
Nada más.”
Che, México, 1956
Con el testimonio excepcional de la doctora María del Carmen
Ariet García, coordinadora científica del Centro de
Estudios Che Guevara, Tricontinental devela nuevos detalles sobre
el descubrimiento, en la pista del aeropuerto de Valle Grande, de
los restos mortales de los integrantes de la guerrilla en Bolivia
y de su jefe, el Che Guevara
“Los restos del Che Guevara están sepultados en el
aeropuerto de Valle Grande”, dice el 9 de noviembre de 1995,
el General retirado Mario Vargas Salinas, en un testimonio decisivo
para el posterior hallazgo de los restos del Guerrillero Heroico
y el resto de sus compañeros de lucha en la guerrilla boliviana.
Al confirmar de manera oficial antiguas versiones sobre posibles
sitios de enterramiento, sus declaraciones abren espacio a las investigaciones
forenses y desatan en la prensa internacional un boom similar al
ocurrido en 1967. Sólo faltaba encontrar las vías
para comenzar a trabajar en la vieja pista del aeropuerto.
A instancias de la Asociación de Familiares de Mártires
y Desaparecidos de Bolivia (ASOFAMD) y de la presión internacional,
el gobierno de Gonzalo Sánchez aprueba, el 25 de noviembre,
una Resolución Suprema, autorizando el inicio de las investigaciones
que confirmen la certeza de las declaraciones. Inicialmente se solicita
la colaboración de un equipo de antropología forense
de Argentina y ése es el primer grupo que llega a Bolivia
el 29 de noviembre del 95, para comenzar la búsqueda, en
un área de 2 000 metros cuadrados del lugar identificado.
En Cuba, donde las investigaciones sobre el tema habían
comenzado desde el mismo 1967, tras las declaraciones de Vargas
Salinas se define una estrategia de participación en la búsqueda
y en ese objetivo el primero que marcha a Bolivia es el doctor Jorge
González Pérez (Popy), director del Instituto de Medicina
Legal, como representante de los familiares cubanos del Che y Tamara
Bunke (Tania).
Entre
diciembre del 95 y marzo del 96 se encuentran los cuatro primeros
restos humanos: de Jaime Arana Campero, Octavio de la Concepción
y de la Pedraja, Edelberto Lucio Galván Hidalgo y Francisco
Huanca Flores. El hallazgo es sobredimensionado por la prensa, porque
tiene lugar en Cañada del Arroyo, a cinco kilómetros
en las afueras de Valle Grande y no se encuentran los restos del
Che. En realidad ninguno de los cuatro cadáveres pertenecía
a los combatientes de La Higuera ni de Ñancahuazú.
Todos habían caído en el combate de Cajones el 14
de octubre de 1967.
Tras ese descubrimiento se detiene la búsqueda oficial y
el equipo de antropología forense argentino se retira por
carecer de recursos para continuar con las excavaciones de forma
independiente, pero elaboran un informe del resultado de sus trabajos
que facilita nuestra entrada como equipo, ya que desde marzo de
1996, ellos contaban con la colaboración de geofísicos
cubanos.
El gobierno de Cuba había precisado ya que su objetivo era
el hallazgo de todos los restos posibles, sin definir prioridades,
y solicita a su homólogo boliviano el permiso correspondiente,
el cual es otorgado.
La historia en la búsqueda
Desde 1984, yo trabajaba en el Archivo Personal del Che, investigando
su vida y obra, fundamentalmente todo lo referido a su pensamiento
político, sobre el que ya había publicado un libro,
y en los momentos de la declaración de Vargas Salinas estaba
en Argentina estudiando su juvenil, pero desde el inicio de la búsqueda
formaba parte del equipo organizado por el doctor Jorge González
Pérez (Popy), integrado con un criterio muy amplio, por geofísicos,
geólogos, arqueólogos, antropólogos, especialistas
de topografía, y yo como investigadora histórico-social,
porque era importante rastrear la historia y estudiar el ambiente
social.
Con la noticia de que estaban a punto de aparecer los restos del
Che, se agilizan los trámites para el viaje del equipo y
pasé de Argentina a Bolivia el 30 de marzo de 1996... A fines
de ese año, geofísicos y geólogos comienzan
la búsqueda en sito, como lo habían hecho junto con
los antropólogos forenses argentinos, a partir de un minucioso
estudio del suelo, desde su formación, para precisar con
exactitud, si se podían emplear equipos más modernos,
que lograban penetrar el suelo hasta 30 metros de profundidad.
Hay que tener en cuenta que no existe un instrumento que rastree
huesos si no se determinan las fallas geológicas, naturales
o antrópicas, hechas por los seres humanos. Cuando se está
en presencia de una ruptura detectada por los equipos geofísicos,
se comienzan las excavaciones apoyadas en técnicas arqueológicas.
Las investigaciones geofísicas determinan los pozos con
susceptibilidad magnética y las anomalías que provocan
los movimientos de tierra en épocas diferentes.
Mi papel como historiadora era aproximar los lugares donde hacer
las excavaciones y las pruebas, estableciendo un orden de prioridad
a partir de las versiones obtenidas de las entrevistas, testimonios
y declaraciones, así como otras documentaciones existentes
sobre lo ocurrido exactamente en 1967.
Por ejemplo, de 50 versiones sobre posibles sitios de enterramientos,
cinco podían ser importantes, a partir del estudio de la
zona, y era conveniente precisar el lugar donde con más posibilidades
podían haber ocurrido los hechos para, con un enfoque sistémico,
apoyar el trabajo en cada uno de los puntos de medición de
las otras especialidades.
El total de guerrilleros caídos en la epopeya boliviana
era 36 (38 si se añaden Inti Peredo y David Adriazola, quienes
mueren en 1969), de los cuales 23 estaban enterrados en Valle Grande
y 13 en otras zonas. Nuestra misión era trabajar en la búsqueda
de todos, sin distinción.
Lo más difícil eran los enterramientos aislados,
porque el guerrillero podía haber caído en un lugar
y las Fuerzas Armadas llevarlo a enterrar a otro sitio muy distante,
que posiblemente nunca se había revisado.
Era un trabajo muy colectivo y multidisciplinario, donde se coordinaban
las acciones de todas las otras especialidades con los resultados
de las investigaciones histórico-sociales. El topógrafo,
el geólogo, el antropólogo, el forense, la historiadora,
todos teníamos una responsabilidad, por eso se dice que el
resultado fue una hazaña de la ciencia.
El doctor Jorge (Popy) y yo hemos permanecido todo el tiempo. Los
otros integrantes del grupo de Cuba podían moverse, rotar,
pero nosotros teníamos la visión integral del trabajo
y las relaciones con todos los especialistas.
Aparecen los restos del che
Para junio de 1997 estábamos en un momento muy especial.
Ya se sabía que no iba a ganar las elecciones Gonzalo Sánchez
de Losada, quien nos había dado las facilidades para las
investigaciones, sino Hugo Bánzer, un dictador y asesino,
participante activo en el enfrentamiento contra la guerrilla.
Si el Che no aparecía, no sabíamos si podríamos
permanecer en el país. Afortunadamente, el hallazgo decisivo
se produce el 28 de ese mes, en una fosa común situada en
la pista auxiliar del aeropuerto de Valle Grande, junto con seis
cuerpos más: Alberto Fernández Montes de Oca (Pacho),
René Martínez Tamayo (Arturo), Orlando Pantoja Tamayo
(Olo), Aniceto Reinaga (Aniceto), Simeón Cuba (Willy) y Juan
Pablo Chang (El Chino).
Todos los caídos en el combate de La Higuera aparecieron,
aunque no todos cayeron en combate. Algunos fueron heridos y luego
asesinados, como ocurrió con el Che.
Ese día yo estaba en Santa Cruz, camino a La Paz, y el doctor
Jorge González (Popy), me llama por celular para darme la
noticia. Todos preguntaban por mí, porque durante dos largos
años habíamos estado juntos en esa búsqueda.
Recuerdo que eran las 9:30 de la mañana y yo pude llegar
a Valle Grande por la tarde. Allí estaban los periodistas,
que filmaron aquellos momentos emocionantes. Nada más llegar
me abracé al doctor Popy.
Según iban apareciendo los cuerpos, sentía miedo.
Estaba casi segura de que aquella era la fosa de los restos del
Che, pero me martillaban todas las versiones: la incineración,
el traslado a Panamá, y hasta de que le habían cortado
las manos a otros compañeros para confundir las labores de
identificación. Casi estaba segura, pero ante tantas versiones,
guardaba reservas en mi corazón.
El Che fue el último en desenterrarse. Parte de sus restos
estaban cubiertos por la chaqueta y al registrarla encontramos,
en un bolsillo, la bolsita con picadura de su pipa. Después
del análisis físico, realizado por el antropólogo
Héctor Soto, se lograron definir los rasgos frontales, que
identificaban a Ernesto Guevara de la Serna.
En ese momento, la parte cubana solicitó la presencia de
los antropólogos forenses argentinos, por varias razones,
la primera ética, porque fueron ellos quienes iniciaron las
labores de búsqueda y también para evitar las tergiversaciones
del enemigo. Después de dos años de trabajo ininterrumpido
de los especialistas cubanos, los restos del Che y sus compañeros
habían aparecido, precisamente en el 30 aniversario de su
caída. La difamación llegó al colmo de decir
que Fidel estaba inventando esa noticia.
Estábamos rodeados de periodistas, camarógrafos,
fotógrafos, y de personas de las más diversas procedencias,
sin olvidar el cordón de los militares que siempre nos acompañó.
Pero en el momento en que se levantan los restos del Che, se produjo
un silencio inolvidable.
De Valle Grande los restos se trasladan a Santa Cruz, donde son
reverenciados por los pobladores más humildes. En el hospital
de Santa Cruz se entregaron las fichas técnicas con los exámenes
forenses. Y la búsqueda continuó.
Al frente de la pista, donde estuvo el comando del Este, apareció
un verdadero cementerio de guerrilleros en el entorno de varios
metros. Allí encontramos a los caídos en Quebrada
del Batán, cuyos cuerpos fueron trasladados por el ejército
para ese Comando. El 11 de febrero de 1998, aparecieron Manuel Hernández
Osorio, Roberto Peredo Leigue, Mario Gutiérrez Ardaya. El
13 de febrero, Julio C. Méndez Korne, y el 19 de septiembre,
Haydeé Tamara Bunke Bider (Tania).
En la historia, cuando ocurre la emboscada de Vado del Yeso, la
gente de la Octava División penetra en la zona de la Cuarta,
por eso no aparecen los datos del combate tal y como se produjo,
porque ellos lo reportaron en otro lugar para que se correspondiera
con su jurisdicción. Después, los jefes ordenaban
trasladar los cuerpos al hospital de Valle Grande con el argumento
de hacerles los estudios de identificación.
Un militar boliviano, hace un año aproximadamente, me explicaba
con argumentos razonables, por qué los cuatro primeros cadáveres
fueron hallados a cinco kilómetros de distancia de Valle
Grande.
Los entierros se produjeron el 15 de octubre, cuando ya el mundo
conocía lo que habían hecho con el Che. Primero declararon
que había muerto en combate y después se supo que
no fue así. En la prensa aparecían fuertes denuncias
sobre el maltrato a detenidos y se esperaba la llegada de una comisión
de los Derechos Humanos, que con sólo revisar los cuerpos
podía confirmar el modo alevoso en que los asesinaron. Por
eso los desaparecían prácticamente de la zona de los
hechos.
De los otros guerrilleros
Continuamos las investigaciones para encontrar los restos de los
demás guerrilleros. Y establecimos un área de operaciones
en la zona sur. No contábamos con información amplia,
porque en 1967 no había relaciones diplomáticas entre
Cuba y Bolivia.
Como se sabe, el primer trabajo de aproximación histórica
a estos hechos y los lugares de combate lo realizaron los compañeros
Adys Cupulls y Froilán González. Existía ese
antecedente que debíamos completar con testimonios y estudios
de la zona. Sólo con esa integración logramos saber
exactamente los lugares de enterramiento.
En el caso, por ejemplo, de Eliseo Reyes (San Luis), después
de tres años buscándolo, por los testimonios de Harry
Villegas y de Urbano, donde explicaban que el río estaba
rodeado de árboles, los estudios confirman que, con las crecidas,
sólo fueron quedando arenas en las riberas.
En determinado momento le propuse al doctor Jorge una visita a
una comunidad distante a 14 kilómetros de nosotros para buscar
a un posible conocedor de algunos datos pendientes en mi investigación.
Su nombre, Abel Medrano, jamás lo olvidaré.
Cuando llegué a su casa no demoré ni dos minutos
en explicarle quién era yo y que él me respondiera:
— El guerrillero que ustedes están buscando está
enterrado a 700 metros de aquí, yo los llevo.
Perdí el habla. El compañero Hector Soto, que iba
conmigo, se había quedado buscando gasolina y a mí
no me salían las palabras para llamarlo. Entretanto el campesino
me explicaba:
—Yo los llevo a ustedes porque han hecho una labor muy humanitaria,
no han negociado, ni han politizado este asunto.
No estaba a 700 metros sino a mil, es decir, a un kilómetro.
Pero si no hubiéramos ido a conversar con ese hombre, nos
habríamos tardado mucho más, porque el tiempo histórico
es diferente. La investigación socio-histórica contribuye
a conocer mejor la mentalidad del campesino boliviano, primero nos
estudiaban, y después de algún tiempo en esos alrededores,
nos conocían, saludaban y hasta nos brindaban Chicha, su
bebida tradicional.
Durante esos años de trabajo, el grupo convivía con
los habitantes de la zona y entre nosotros se logró una comunicación
y afectividad muy especial en las labores cotidianas, en nuestras
casas de campaña, porque no se puede negar que las condiciones
resultaban muy difíciles, especialmente para mí, que
era la única mujer del grupo.
Haciendo un balance de estos cinco años, la realidad de
Cuba destruye las calumnias que pretendieron levantarse entonces
contra nuestras investigaciones y la búsqueda de los restos
del Che y de los demás compañeros. Recibidos con profundas
muestras de respeto y emocionado tributo por ciento de miles de
personas de todas las edades, a su paso por poblados y ciudades,
rumbo a la ciudad de Santa Clara, que se ha convertido en un lugar
de peregrinación, ellos regresaron convertidos en nuestro
“destacamento de refuerzo”, como los definió
Fidel en el acto en el Memorial.
Y es que sus guerrilleros huesos portan una carga extraordinaria
de valores, una gigantesca lección de entrega a la causa
universal de los humildes, a la solidaridad como sentimiento de
amor entre los pueblos y en esa batalla dejaron una huella en la
historia latinoamericana y mundial.
Nuestro grupo, independientemente de las especialidades, vivió
esa página de gloria, consagrado a cumplir la sagrada misión
de búsqueda de todos los restos, considerándolo como
un momento irrepetible de nuestras vidas. La historia nos brindó
ese privilegio y ese honor.
Toda obra grande necesita pasión
El Centro de Estudios Che Guevara, radicado en La Habana, ha definido
como objetivo esencial de trabajo el estudio y divulgación
de su vida y obra, especialmente el análisis de la evolución
de su pensamiento, en estrecha vinculación con el desarrollo
de su propia existencia.
Esta institución, que dirige Aleida March, compila materiales
inéditos para conformar los fondos bibliográficos
del Archivo Personal del Che y en ese camino ha logrado publicar
un conjunto de textos originales, escritos en diferentes circunstancias
de su quehacer revolucionario, entre los que se destacan “Notas
de Viaje” y “Otra vez”, donde narra sus experiencias
juveniles en el amplio recorrido por América Latina, así
como “Pasajes de la guerra revolucionaria: Congo”, a
través de cuyas páginas se destruyen tergiversaciones
y se amplía el conocimiento de la lucha internacionalista
en África.
Merecen especial atención en estos resultados, la elaboración
y ejecución del proyecto de investigación socio-histórica
para la búsqueda de los restos del Che y demás combatientes
caídos en la guerrilla de Bolivia, donde participó
la doctora María del Carmen Ariet García, Coordinadora
Científica del Centro.
Bien puede atribuírsele a los trabajos que desarrolla el
colectivo del Centro de Estudios Che Guevara, lo que afirmara el
inolvidable Guerrillero en carta a su familia: “Para toda
obra grande se necesita pasión y para la revolución
se necesita pasión, audacia en grandes dosis, cosas que tenemos
como conjunto humano”.
Para conocer más detalles comunicarse por E Mail: centroche@enet.cu
Sitio: http://www.cubasi.cu/che/index.htm
Cronología de los hallazgos
• 12, 13, 17 de diciembre de 1995 y 15 de marzo del 1996
Jaime Arana Campero
Octavio de la Concepción y de la Pedraja
Lucio Galván Hidalgo
Francisco Huanca Flores
Caídos en el Combate de Cajones, 14 de octubre de
1967
• 21 de junio de 1996
Carlos Coello Coello (Tuma)
Caído en el combate de Alto Seco 26 de junio de
1967
28 de junio de 1997
Ernesto Guevara de la Serna
Rene Martínez Tamayo
Alberto Fernández Montes de Oca
Juan Pablo Chang Navarro
Aniceto Reinaga Gordillo
Simeón Cuba Sanabria
Orlando Pantoja Tamayo
Caídos en el combate de La Higuera. 8 de octubre
de 1967
• 11 de febrero de 1998
Roberto Peredo Leigue (Coco)
Mario Gutiérrez Ardaya
Manuel Hernández Osorio
Caídos en Quebrada del Batán, 26 de septiembre
de 1967
• 13 de febrero de 1998
Julio Méndez Corne
Caído en el combate de Mataral, 15 de noviembre
de 1967
• 19 de septiembre de 1998
Haydeé Tamara Bunker Bide (Tania)
Caída en Vado del Yeso, 31 de agosto de 1967
• 7 de junio de 1999
Juan Vitalio Acuña Núñez (Joaquín)
Israel Reyes Zayas
Gustavo Machín Hoed de Beche
Walter Arancibia Ayala
Moisés Guevara Rodríguez
Apolinar Aquino Quispe
Fredy Maimura Hurtado
Caídos en el combate de Vado del Yeso, 31 de agosto
de 1967
• 1999
José María Martínez Tamayo
Caído en el combate de Río Rosita, el 30
de julio de 1967
• 9 de febrero de 2000
Serapio Aquino Tudela
Caído en Equira, el 9 de julio de 1967
• 2 de marzo de 2000
Restituto Cabrera Flores
Caído en Palmarito, el 13 de septiembre de 1967
• 11 de abril de 2000
Antonio Sánchez Díaz (Pinares)
Casildo Condori Vargas
Caídos en Bellavista, el 2 de junio de 1967
• 16 de abril del 2000
Eliseo Reyes (Rolando)
Cayó en El Mesón, el 25 de abril de 1967
• Sin fecha precisa
Antonio Jiménez Tardio
• Otros caídos posteriormente
Guido Peredo Leigue (Inti), asesinado en La Paz, el 9 de septiembre
de 1969, enterrado en Beni, Bolivia, por su familia.
David Adriazola Beizaga, muere el 31 de diciembre de 1969 en La
Paz, Bolivia
• Faltan por encontrar
Jesús Suárez Gayol, cayó en Iripiti, el 10
de abril de 1967
Jorge Vázquez Viaña, asesinado en Camiri, después
de apresado el 29 de abril de 1967
Lorgio Vaca, Marchete, se ahogó en el Río Grande,
el 16 de marzo de 1967
Raúl Quispaya, caído en combate en Río la Rosita,
el 30 de julio de 1967
Benjamín Coronado Córdova, ahogado en Río Grande,
26 de febrero de 1967
La búsqueda continúa...
En la foto el Profesor Roberto Rodríguez, que participó
en las excavaciones [N. del E.]
http://www.tricontinental.cubaweb.cu/che/texto19.htm
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