..."Lo que os puedo dar os doy, que es una ínsula hecha y derecha, redonda y bien proporcionada..."
"Don Quijote de la Mancha". Capítulo XLII: " De los consejos que dió Don
Quijote a Sancho Panza antes que fuese a gobernar la ínsula..."

ISSN: 1810-4479
Publicación Semanal. Año 3, Nro.145, Viernes, 13 de octubre del 2006

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Estados Unidos de América: la Tiranía
Por Manuel Valenzuela

El Camino hacia el Autoritarismo

Contemplar y ser testigo de lo que han llegado a convertirse los Estados Unidos de América en esta era de incertidumbre y desconcierto, en este tiempo de miedo e intimidación, que, desde que las torres fueron derribadas y demolidas, han ido cayendo metódicamente en el pozo de serpientes de la decadencia neocon, transformándose, según aparecen hoy día conformados, en el paraíso autoritario y en la tierra prometida para los directivos de las corporaciones, con un pueblo que se mantiene ignorante, como siempre, ante el aluvión de marejadas que van socavando sistemáticamente siglos de derechos y libertades. Desde el mar resplandeciente, despotismo es lo único que verán quienes hoy en día dirijan su atención hacia el país.

El camino hacia el fascismo está siendo pavimentado clandestinamente, pero a una velocidad de vértigo, por valles, praderas y bosques, rodeando ciudades, pueblos y estados, desde el Atlántico hasta el Pacífico, sumergiendo a 300 millones de individuos en una niebla de engendrada tiranía en la que permanecen atrapados en un cómodo entorno nacido de un endeudamiento perpetuo, sin problema alguno, sin un susurro, sin aparente preocupación. Aunque sus derechos y libertades hayan desaparecido, aunque su Constitución haya sido reducida a cenizas, aunque su nación esté colgando del precipicio del despotismo, aunque su destino colectivo esté siendo destruido, aquéllos que residen en el vientre de la bestia no oyen ningún mal, no ven ningún mal y no sienten ningún mal, prefiriendo cotillear sobre políticos pedófilos y sobre las chismes de los famosos antes que ser conscientes de la última agonía de la república estadounidense.

Las oleadas de autocracia están llegando a las costas de América, los demonios del pasado han vuelto a resucitar una vez más, libres para desencadenar temor, intimidación y esclavitud sobre cientos de millones de seres humanos. La pleamar de la tiranía ha regresado de las lecciones ignoradas de la historia, inundando de nuevo a la humanidad de iniquidad y normas maquiavélicas, pronta a subyugar a las masas en endémica esclavitud durante el breve –aunque minuciosamente destructivo- reino del hombre sobre la tierra.

El autoritarismo ha despertado de su hibernación, listo para aterrorizar de nuevo a otra generación humana, para lo cual se alza estirando los brazos deleitosamente, listo para extender su enfermedad omnipotente. Ha vivido y crecido desde el alba del ser humano, acompañando a la humanidad donde quiera que pueda ir, ya que sólo el hombre es capaz de crearlo, sólo el hombre es capaz de infundirle vida. Es más, son aquellos que le han visto alzarse antes quienes lo ven hoy de nuevo alumbrado. Sus síntomas son evidentes, sus peligros conocidos; las etapas de la tiranía son recordadas, porque no pueden olvidarse nunca. Quienes fueron testigos de ella y víctimas de su malevolencia son quienes más claramente ven acercarse la tormenta; quienes tienen ojos experimentados y mentes maduras son quienes están haciendo sonar las alarmas. El fascismo, con el pretexto de ofrecer protección, libertad y seguridad, se cierne sobre nosotros.

Para aquellos que se mantienen alerta, la evolución de la inmediata tiranía ha sido evidente desde el 11-S, cuando las Torres Gemelas, el Incendio del Reichstag estadounidense [1], fueron pulverizadas hasta la nada por explosivos de demolición en una declaración de guerra psicológica sobre el pueblo estadounidense. El 11-S la Tierra se paró, como si la conciencia colectiva del mundo despertara ante un suceso tremendamente catastrófico y catalizador que introdujera al mundo entero en un círculo vicioso de muerte, destrucción y despotismo. Ese día, el curso futuro de la civilización humana se alteró, provocando las contracciones del nacimiento de la apoteosis del autoritarismo, de la muerte de la libertad y de la guerra perpetua respirando sus devastadoras consecuencias sobre las realidades de seis mil millones de seres humanos.

Casi inmediatamente después, quienes detentaban el poder explosionaron y derribaron las torres del World Trade Center sobre sus propias huellas, poniendo en marcha las fases iniciales de imposición del autoritarismo sobre el pueblo, echando mano, en primer lugar, de un Acta Patriótica cuyo escabroso contenido y extensión delatan una existencia anterior a la fecha del 11-S. Extraída del armario fascista y llena de polvo, fue enviada urgentemente al Congreso cuando las Torres Gemelas aún ardían y, para no quedarse cortos, le sucedió la aterradora estela de los ataques con ántrax, aún sin aclarar, que sirvieron tanto para someter a los legisladores como para asustar al populacho y conseguir que se volviera obediente. El asalto sobre las vidas de los estadounidenses había comenzado y, fuera de las entrañas de nuestro miedo colectivo, el despotismo, una vez más, respiraba vida.

De los Enemigos los Tiranos Sacan Vida

¿Qué fue el 11-S sino una declaración de guerra contra las libertades y los derechos de los principios y documentos constitucionales más valiosos para EEUU? ¿Qué fue sino la agonía de la Declaración de Derechos? El Nuevo Pearl Harbor se utilizó al mismo tiempo como oportunidad para emprender la guerra en Oriente Medio y para erradicar los obstáculos colocados frente a la tiranía en EEUU. El asalto completo a la Constitución y a 200 años de leyes ha sido posible por el trabajo doméstico del 11-S, que se convirtió en el catalizador que se necesitaba para meter el miedo en el cuerpo a la gente y el autoritarismo en el gobierno.

¿Qué supuso la aprobación del Acta Patriótica original sino el lanzamiento de los primeros disparos de una guerra que dura ya media década contra nuestros derechos y libertades? No se equivoquen, durante los últimos cinco años nos hemos visto conmocionados e intimidados para mantenernos pasivos y convertirnos en unos autómatas aquiescentes mientras los fascistas en el poder arramblan –lentamente pero de forma inexorable- con lo que en otro tiempo constituía una plétora de derechos y libertades explícitos e implícitos. Un gobierno preocupado por preservar las libertades no debería tratar de erradicarlas con la excusa de combatir el terrorismo. Un gobierno que quiere proteger nuestra forma de vida no debería tampoco tratar de hacer todo lo peor para destruirla.

Oportunamente, pues, con la típica conducta fascista, es el cabildo de Bush el que nos cuenta que los terroristas nos odian por nuestras libertades y derechos, que quieren destruirnos por nuestra forma de vida, aunque es ese mismo cabildo el que nos odia por esas libertades y derechos, quien quiere destruir nuestro estilo de vida. Imputando sus deseos a la ficticia horda bárbara, una entidad desconocida de piel oscura y religión extranjera, y conociendo la ignorancia y credulidad de las masas estadounidenses, el cabildo fascista puede generar enseguida miedo y odio entre el pueblo mientras actúa para devastar las libertades de la nación con la excusa de combatir a los elementos del mal.

En realidad, el terrorismo no es sino la excusa utilizada para reducir nuestros derechos; el desmantelamiento de la Constitución se justifica con la amenaza ficticia del hombre del saco de piel oscura, y explica por qué el gobierno, así como sus compinches en los medios dominantes, ha sido implacable en la difusión de propaganda con la que tratan de convencernos del peligro que nos acecha. Los tiranos y sus colaboradores dependen del temor de las masas para poder mantenerse en el momento escogido para demoler los cimientos de la república. El fortalecimiento emocional creado mediante el temor asegura así que el cerebro humano primitivo dejará de pensar de forma lógica y analítica, permitiendo que sea usurpada la sabiduría de la razón ante el ansia de reptiles y mamíferos por sobrevivir. Sin ningún síntoma de existencia de pensamiento en las masas, que a través de los medios son relegadas al papel de borregos, los autoritarios en el poder se sienten libres para perseguir el destripamiento de todos los derechos y libertades onerosos que interfieran con sus objetivos de siempre.

Como sabemos, con el pretexto de luchar contra el terrorismo –un terrorismo que el mismo gobierno crea, perpetúa, expande, alimenta y ayuda a crecer-, la Constitución está siendo desmantelada, no por los malhechores terroristas que nos dicen que tratan de destruirnos, sino por el intento de nuestro propio gobierno de arrasar con nuestro estilo de vida. Un gobierno necesita salvaguardar las leyes, protecciones, garantías, derechos y libertades de una nación para poder garantizar seguridad. No necesita introducir un estado policial que destruya el nivel de vida de 300 millones de individuos. Este gobierno está tratando de desmantelar la Constitución y nuestras leyes no para combatir contra el terror sino para luchar contra el pueblo estadounidense. Está llevándolo a cabo con un anhelo metódico, algunos dirían que obsesivo, de erosionar derechos y libertades, de garantizar poderes ilimitados al ejecutivo y de silenciar la disidencia, porque al hacerlo así está eliminando las barreras que durante décadas impidieron a autoritarios y a corporativos imponer su visión del mundo. De esa forma, unos cuantos últimos vestigios de libertades y derechos estadounidenses son todo lo que queda entre los fascistas y su despótico nirvana. Con la relativa facilidad con la que han aniquilado tantas leyes y derechos desde el 11-S, son esas pocas libertades que quedan las que atacarán seguidamente, deviniendo fáciles blancos en el camino hacia la tiranía absoluta en EEUU.

Ya le ha sido otorgado al gobierno el derecho a entrar en nuestros hogares sin una orden judicial y sin nuestro conocimiento. Se pueden solicitar y conseguir documentos de las bibliotecas cuando se decida. Se tiene derecho a agarrarnos por la calle y ponernos bajo vigilancia sin un motivo. Si se quiere, por todo el país se puede pinchar cualquier teléfono, escuchar cualquier mensaje de voz y controlar nuestras conversaciones privadas. Actualmente, se nos vigila a todos con regularidad, se descifran nuestras historias, se diseccionan nuestras vidas. Nuestras actividades en Internet son frecuentemente controladas y nuestros correos electrónicos son leídos y escrutados. La tecnología ha capacitado al gobierno para vigilar nuestros movimientos, las cámaras públicas se utilizan cada vez más, y se pueden controlar todas y cada una de las actividades que llevamos a cabo cuando utilizamos nuestras tarjetas de crédito o débito. Puede rastrear nuestros documentos financieros, nuestras compras, mientras amasa en archivos toda nuestra completa y biométrica información. Puede hacer todo esto secretamente, sin transparencia, sin responsabilidad alguna, sin necesitar el color de la ley como instrumento rector ni la legalidad de un gobierno honesto como inspiración. Los activistas y disidentes son espiados y acosados y sus actividades controladas. Los enemigos del estado tienen sus nombres colocados en diversas listas, prohibiéndoles el disfrute de los derechos de que disponen a diario millones de personas.

El debate libre es cada vez más a menudo relegado a corralitos, a áreas denominadas de libre discurso por los fascistas. El derecho de reunión se deniega con frecuencia, ya que el estado trata de impedir que la gente se reúna y proteste. Cada vez más, cuestionar las acciones del gobierno implica ser llamado traidor, instigador del enemigo, pacificador terrorista. Disentir y protestar conlleva el riesgo de ser etiquetado como antipatriota, como anti-estadounidense, como enemigo de la libertad. Efectivamente, son esos pocos miles, de una población total de 300 millones, diseminados en pequeños grupos por todas las vastas tierras que comprenden los EEUU, quienes son los auténticos patriotas, los auténticos estadounidenses, los que luchan por su nación, sus derechos y libertades, los que luchan contra los malhechores y terroristas auténticos. Ellos son los héroes verdaderos y valientes de la república, que escapan a la cultura de la cobardía, que sacrifican sus mentes llenas de Kool-Aid [2] y comodidad para enfrentarse a las inquietantes verdades de la tiranía emergente. Son ellos quienes luchan contra el mal, tratando de parar su carnicería con la Constitución y la Declaración de Derechos, intentando impedir que triunfe, que destruya todo los que nos resulta querido, sin resignarlo a darlo por hecho ya. Son ellos quienes en verdad son estadounidenses y los nuevos patriotas. Efectivamente, son también ellos los primeros en sufrir las ramificaciones de unos EEUU despóticos, porque los autoritarios odian la disidencia, la protesta y la verdad.

Para aquellos que están atentos a la presente realidad estadounidense y no a las distracciones de un circo de 500 pistas saturadas de evasión, cotilleo, famoseo, noticias políticas intrascendentes sobre la típica conducta republicana degradada y de entretenimiento para mentes paralizadas, el camino hacia la tiranía ha continuado, al parecer, con su imparable velocidad, presentando cada nuevo año, desde el 11-S, nuevos ataques contra los derechos humanos y nuestras amadas libertades civiles.

Cada nuevo año ha presenciado un intento más de expandir los poderes del ejecutivo, hasta el punto que el Presidente es hoy en día, en todos los sentidos, un dictador. Es libre para interpretar la ley como le venga en gana, utilizando unos 700 reglamentos para ignorar las leyes aprobadas por la legislatura. Ha reinado en una era de indecible secretismo, donde el estado ya no es transparente ni responsable. Ha expandido a niveles amplísimos las escuchas, los registros ilegales y el espionaje doméstico, aumentando los mecanismos necesarios a través de un incipiente estado policial que va prosperando y creciendo. El Congreso se ha convertido en una legislatura de sello de caucho, al igual que el Tribunal Supremo, ahora controlados por los aduladores de Bush. Utilizando el púlpito del sermón presidencial, ha transformado a millones de americanos en seres quasi-autoritarios, que le acatan en todo y que se muestran dispuestos para seguir las locuras del tirano, de cabeza hacia la maldad humana.

Hoy en día, el presidente se declara a sí mismo poder ejecutivo unitario, el Dictador-Jefe, detentador del poder absoluto, que hace lo que quiere, cuando quiere y sin importarle una higa que un día se le puedan pedir responsabilidades. Esto se llama dictadura. Este es el final de los EEUU que un día conocimos y el nacimiento de unos EEUU que hubiéramos deseado no conocer nunca.

Tiranía Alimentada a los Pechos de la Señora de la Libertad

Tal es el poder del presidente que los medios de comunicación dominantes –actualmente Ministerio de la Verdad- se pliegan a todos sus deseos, protegiéndole para que la verdad no salga a la luz, para que la incompetencia no se descubra y para que su autoridad no se cuestione. Desde el establecimiento de la república, el poder ejecutivo no había visto un nivel semejante de poder intocable y sin trabas. En efecto, es ese ejecutivo quien ha facilitado el auge del fascismo desde el 11-S, desde el Departamento de Estado hasta el Fiscal General del Departamento de Guerra, a través de la CIA, la Agencia Nacional de Seguridad (NSA en sus siglas en inglés) y el FBI, con los déspotas promoviendo el establecimiento de políticas autoritarias, situados al timón en los diversos departamentos.

Es dentro del poder ejecutivo donde se cultiva y se extiende la tiranía, donde se alimenta a los pechos de la Señora de la Libertad, debilitándola día a día, haciéndose cada vez más fuerte a partir de su usurpación parasitaria del gobierno, protegida y guiada hasta el momento en que su fortaleza y madurez esté preparada para extender su poder a omnipotente perpetuidad. En las salas del poder, el fascismo aumenta; por todo Washington se asaltan sin contemplaciones los últimos vestigios de libertad. A través de los mecanismos del estado, el despotismo va calentando motores, preparándose y orquestándose, de forma lenta pero sin vacilar. Está siendo moldeado según la cultura estadounidense, según el pensamiento estadounidense, creciendo a su propio ritmo y en diferentes condiciones, desarrollándose de la misma forma en que lo hacen los organismos, diferenciándose de otras formas de despotismo según la sangre y el entorno, según el tiempo y el lugar. Sin embargo, no deja de aproximarse, como una tormenta creciente de desconcertante energía, lista para estrellarse implacablemente contra todo el paisaje, transformando los EEUU que una vez conocimos en una nación de maldad y malevolencia, moldeados con lo peor de la condición humana. Sus tentáculos están ya situados, las libertades y derechos están ya debilitados, es sólo cuestión de tiempo para que lo que ha aparecido se dé a conocer en su totalidad y lo que está por conocerse termina de evaporar unos EEUU que sólo han existido en los sueños e ilusiones de los que han sufrido el lavado de cerebro.

A diferencia de la realidad de Hollywood y de los hechos que se mueven de forma espontánea con ritmo propio, poseyendo la paciencia que las películas de ficción no pueden alcanzar, que se desarrollan del todo con el tiempo y a través de la magia de la fantasía, su creación casi nunca alcanza la perfección evocada por el teatro y el cine. Como podemos ver, el fascismo americano es completamente diferente de su homólogo nazi aunque inquietantemente similar en sus características. No hay dos formas de tiranía fabricadas con el mismo molde. No hay dos sistemas que hayan nacido bajo las mismas estrellas, y cada uno saca de la caldera de su historia su propia personalidad y rasgos, sus propios crímenes y castigos. Sin embargo, bajo la apariencia de “libertad y democracia”, bajo la ilusión de la denominada “guerra contra el terror”, la tiranía se está alumbrando en el interior de los EEUU, nacida a partir de la hemorragia del World Trade Center y nutrida con el temor interminable de cientos de millones de ciudadanos estadounidenses. En la muerte de 3.000 seres humanos, los fascistas encuentran un hálito nuevo de vida; en la demolición de los dos monolitos de 110 pisos hasta el nadir de la Zona Cero, los criminales y asesinos alcanzaron el cenit de su poder. Desde el incendio del Reichstag a la demolición del World Trade Center, cuanto más cosas cambian más cosas siguen igual, y una y otra vez Nuevos Pearl Harbor serán orquestados por quienes, una vez más, usurpan el poder al Pueblo y alimentan la tiranía.

El despotismo llega de muchas formas, bajo muchos disfraces y, en EEUU, junto a todos los anteriores portadores de la enfermedad, el virus se ha infiltrado en la conciencia de las masas ignorantes bajo el pretexto de alcanzar la paz, traer seguridad y con la falsa suposición de que ese enemigo, que tiene la culpa de todo, debe ser derrotado en combate por miedo a que destruya todo lo que tenemos. Esa tiranía consigue que no se discuta nunca ninguna medida, tampoco el hecho de que los autoritarios profesen fe en la guerra, fomentando la inseguridad, inventando siempre nuevos enemigos y destruyendo todo el nivel de vida del pueblo para asegurarse un poder total y absoluto. Es el fascismo, después de todo, el que permite a los dictadores controlar poblaciones enteras oprimiendo y sojuzgando a la ciudadanía, normalmente a instancias del estado, utilizando de forma habitual la presencia intimidante del cañón de un arma de fuego y la fuerza bruta del omnipresente estado policial.

Los derechos y libertades estadounidenses jamás han estado bajo tanta coacción como en los últimos años, mientras el cabildo de Bush iba tomando ventaja absoluta del 11-S para emprender la guerra perpetua, preventiva, ilegal e inmoral tanto contra Afganistán como contra Iraq, el primero por su situación estratégica y accesibilidad a los oleoductos, el segundo por sus inmensos campos petrolíferos y sus circunstancias geopolíticas, cada uno de ellos de vital importancia para la Pax Americana en su búsqueda de la hegemonía imperial, en su conquista de la meta largamente perseguida por el complejo militar, energético e industrial. Desde luego, utilizando el 11-S como el perfecto acontecimiento estilo Pearl Harbor desde el que lanzar invasiones imperiales por tierras que tienen valores vitales y estratégicos, los fascistas y los dueños de las corporaciones en el poder reclamaron para sí ambas naciones con la excusa de la ficticia guerra contra el terrorismo.

La invasión de Afganistán no tuvo nada que ver con la idea de luchar contra el terrorismo –ya que el 11-S fue un trabajo doméstico- y mucho que ver con el control estadounidense de los gaseoductos y oleoductos que recorrían el territorio afgano. De la misma forma, la ocupación y aniquilación de Iraq por el ejército estadounidense no tuvo nada que ver ni con las armas de destrucción masiva ni con llevar la libertad o la democracia –por referir sólo dos de la miríada de mentiras que se utilizaron para justificar la invasión- y sí mucho que ver con el control del petróleo de Iraq y las trapacerías estratégicas y hegemónicas de Israel.

Debido a que las guerras de Bush en Afganistán e Iraq se llevaron a cabo a base de mentiras, engaños, manipulaciones y distorsiones, de la misma forma la erosión de los derechos y libertades estadounidenses se ha impuesto a base de mentiras, manipulaciones y cínicos engaños al pueblo estadounidense, con las mentiras de la guerra y las mentiras del autoritarismo a menudo entrelazadas en un nudo de conveniencia. Gracias a las dos invasiones y posteriores ocupaciones de las tierras árabes y musulmanas, el poder ejecutivo ha podido expandir su poder a nivel doméstico mediante la erosión metódica de derechos y libertades, tanto de sus ciudadanos como de los extranjeros, utilizando como pretexto el procesamiento y encarcelación de “combatientes enemigos ilegales” capturados o secuestrados, así como de todos esos terroristas malhechores ambiguos e infundados, para destruir los principios básicos de la república estadounidense.

Por tanto, bajo el disfraz de la denominada guerra contra el terror, el ejecutivo ha reclamado los poderes supremos en la detención, trato y procesamiento de los considerados “combatientes enemigos ilegales”, desmantelando sin pausa los derechos y libertades del pueblo estadounidense. Para reducir y, en última instancia, modificar los derechos de los denominados combatientes enemigos, la rama del ejecutivo ha destruido también en esencia esos mismos derechos conseguidos por los ciudadanos estadounidenses. Al perseguir al denominado combatiente enemigo, quien en cualquier sociedad civilizada debe tener, para poder ser enjuiciado, los mismos derechos y privilegios que cualquier sospechoso acusado dentro de la nación, el cabildeo de Bush ha ignorado el imperio de la ley así como los principios fundamentales de la Declaración de Derechos. Desde luego, estos hechos no han sido accidentales.

En los últimos cinco años, Bush y su cabildo de corporaciones han triunfado legislativamente y a través de los poderes totales del ejecutivo, re-escribiendo las leyes de la nación enumeradas a lo largo de dos siglos en los documentos fundacionales de la república, argumentando siempre que la Constitución se sustenta con el procesamiento de los combatientes enemigos y la guerra perpetua contra el terrorismo. Se ha defendido que para mantener la seguridad y proteger al pueblo estadounidense de los malhechores árabes, las leyes de la patria, los valorados derechos y libertades enumerados en la Declaración de Derechos, la jurisprudencia de la magistratura debe ser todo ello alterado y ajustado a la visión del ejecutivo. Después de todo, la Declaración de Derechos interfiere seriamente en las prósperas guerras contra los terroristas. De esa forma se han ido re-escribiendo leyes y normas, ignorando estatutos y reglamentos, creando nuevos criterios de ley e imponiendo, sin oposición, todas y cada una de las opiniones y leyes que unilateralmente se había decidido promulgar. El cabildo de Bush ha utilizado la acusación de combatientes enemigos tanto para socavar la Declaración de Derechos como para insuflar vida a sus mecanismos totalitarios para tratar a los enemigos del estado.

Una vez completada la destrucción de la Constitución con la excusa del “combatiente enemigo ilegal” y de que todo se hace en nombre de la seguridad nacional, lo que quede de la Declaración de Derechos y de las libertades y derechos estadounidenses que hubo una vez será algo insignificante, anémico e impotente, y lo que en otro tiempo era considerado como “herramienta” vital para luchar contra el denominado terrorista, caerá como una guillotina sobre el cuello del pueblo americano, cortando inmediatamente los últimos vestigios de los EEUU que una vez creímos eternos. Todo lo que se perpetrando contra los prisioneros del inmenso sistema del gulag estadounidense, se cometerá contra los estadounidenses mismos. El experimento se perfecciona primero a base de conejillos de indias, y después se desencadena sobre las víctimas escogidas.

Durante los últimos cinco años, el cabildo de Bush ha conseguido supeditar a la población a su “Nueva Normalidad”, a los nuevos EEUU. Ha manipulado a la vez sociedad y leyes para conseguir que graves violaciones de derechos humanos sean aceptadas, además de la supresión de libertades y de un paradigma autoritario de inquietante maldad. Está preparándonos para incorporar a la ley y cultura estadounidense los mecanismos utilizados en los estados totalitarios. Manipulando la gran ignorancia y apatía del pueblo estadounidense contra nosotros mismos, ha destruido clandestinamente los cimientos de nuestros principios y virtudes. Usando su inmenso poder, sus legiones de déspotas, su ejército de taquígrafos y el gran arsenal de instrumentos de que dispone, ha logrado que el pueblo estadounidense tolere e incluso acepte la tortura, la violación, la humillación, el encarcelamiento ilegal, las desapariciones y las acciones criminales, todo lo que era impensable hace unos cuantos años. La Nueva Normalidad se ha convertido en una realidad, los nuevos EEUU se dedican ahora a torturar e infligir, como si de una rutina se tratara, dolor y sufrimiento terribles a seres humanos, todo ello ante la indiferencia y aceptación del pueblo estadounidense.

Sin el conocimiento o interés de la inmensa mayoría de estadounidenses, demasiado adictos a la televisión y a su circo de 500 pistas, el Congreso, compuesto por la pandilla de idiotas, prostitutas, pedófilos y criminales que habitualmente lo integran, se ha concedido al ejecutivo, y en consecuencia al estado, un poder ilimitado para acabar con la Declaración de Derechos y la Constitución. En una gigantesca bajada en picado a los infiernos de la culpabilidad criminal, en un voto hipnotizado durante un húmedo sueño fascista, nuestros llamados representantes evisceraron el habeas corpus, un derecho con siglos de antigüedad que se enfrentaba al estado en el tema del encarcelamiento, como siempre con el pretexto ficticio de proteger la seguridad nacional de los combatientes enemigos, destruyendo también la necesaria revisión judicial para luchar y recurrir una detención. En una orgía de regocijo despótico, nuestros dirigentes electos dieron al cabildo de Bush la capacidad para detener a sospechosos o “combatientes enemigos” a perpetuidad, sin posibilidad de enfrentarse a la encarcelación y, sin que nos enteremos, mantener encerrados a todos los que decide detener, sin divulgar la más mínima información. Por supuesto que es el mismo ejecutivo quien decide quién y qué es un “combatiente enemigo”.

Los derechos y garantías jurídicas ante un tribunal han sido arrojados al montón de basura, así como el derecho a cuestionar y analizar las pruebas presentadas por el estado. Las pruebas basadas en rumores, confesión forzosa y tortura pueden ahora utilizarse contra los acusados, aunque, como es probable, no tengan nada que ver con la verdad. Los tribunales militares podrán desarrollar los juicios con la intervención única de abogados militares. En violación de la Convención de Ginebra, ese monumento incondicional de protección de los derechos humanos, el ejecutivo tiene ahora total discreción para decidir qué constituye tortura así como para aplicar crueles y excepcionales castigos. El presidente, así figura, puede ahora torturar cuando quiera, a quien quiera, en el momento que quiera, sin transparencia ni preocupación alguna.

El Jefe Supremo que Decide se ha convertido en el Gran Torturador. Los sospechosos estimados como enemigos de estado pueden, en todos los sentidos, pudrirse en los calabozos del Comandante Jefe, sin siquiera ver la luz del día, sin siquiera poder recurrir su encarcelamiento y sin siquiera escuchar o luchar contra las acusaciones que se hicieran contra ellos. En resumen, todos los enemigos del ejecutivo pueden ser hechos desaparecer.

Combatientes Enemigos Estadounidenses

En una deriva más siniestra aún, se ha ampliado la definición de “combatiente enemigo” para incluir a aquellos que “hayan apoyado material y decididamente acciones hostiles contra los EEUU”. Como se ha mencionado ya en otros muchos artículos recientes, esta cesión de competencias para clasificar a quienes le parecen hostiles al ejecutivo, o a los políticos del estado, de posibles combatientes enemigos, en muchos casos sin tener en cuenta la ciudadanía, es el arma que los fascistas necesitan para silenciar la disidencia, la protesta y el debate en toda la nación. La amenaza de ideas y opiniones nuevas, que los tiranos aborrecen tanto, puede estar ahora dirigida y controlada y, en el lenguaje amplio de la ley, cualquiera puede ser ahora encarcelado y hecho desaparecer para siempre. Desde que el poder ejecutivo determina quién es hostil con los EEUU, o quién apoya de forma material esas denominadas hostilidades, es fácil ver que cualquier persona que esté en desacuerdo con el presidente, su administración o el gobierno de EEUU puede ser perseguido por manifestar puntos de vista que no están ya bajo protección. Con esas disposiciones, cualquier discurso o actividad considerada hostil al estado puede ser utilizada para encarcelar a una persona de por vida.

Esta nueva interpretación y ampliación de los poderes policiales asegura virtualmente que la disidencia y la oposición a las políticas estatales en EEUU serán consideradas hostiles para la seguridad nacional de la nación. ¿Qué otra razón existe para incluir tal amplitud de lenguaje en esta disposición que declarar la guerra a la disidencia y a la oposición? Esta ley está siendo promocionada por el Ministerio de la Verdad como la herramienta necesaria para combatir a los malhechores pero, en realidad, lo que persigue es el encarcelamiento de disidentes y manifestantes, activistas e intelectuales.

El gigantesco paso dado hacia el totalitarismo es una clara evidencia de la dirección, en línea recta hacia el despotismo, hacia la que se encamina el cabildo de Bush, con el pueblo estadounidense secuestrado, mientras los instrumentos de la opresión van colocando lentamente grilletes en nuestros tobillos. La disidencia se ha equiparado ya con la traición y con ser un mal patriota, en una época en que ser patriota es casi obligatorio. En ciertos círculos autoritarios, la disidencia y el activismo son considerados como una concesión de ayuda y facilidades al enemigo, mientras en otros el desafío al estado es interpretado como ayuda equivocada al enemigo. Los activistas que buscan responsabilidad y verdades son etiquetados como terroristas, mientras otros son consideradores alentadores del terror. Al utilizar un lenguaje tan exagerado, a menudo con niveles de seriedad absoluta, ¿pueden estar las acusaciones de apoyar hostilidades contra el estado buscando por detrás la prisión perpetua y la tortura, ahora legales?

La carretera menos frecuentada está siendo pavimentada con las losas de hormigón de la tiranía y, lentamente pero con total seguridad, la caravana de déspotas se aproxima a nuestros pueblos y ciudades, ansiosa de liberar su bestia encadenada de opresión sobre la nación más poderosa de la Tierra. El momento es suyo, ya que tienen poder y control para determinar los sucesos y circunstancias que pueden acelerar la cercana tormenta. Nuestro destino está en sus manos, para que hagan lo que deseen, y están contando los días en que sus planes y objetivos puedan estar completamente realizados. Gracias a los tiranos que habitan en el poder y gracias a nuestra propia ignorancia e indiferencia, los EEUU que conocimos tiempos atrás no existen ya.

Dentro de poco tiempo, no importará nada que el 11-S haya sido un trabajo doméstico, ya que cualquier opinión sobre la verdad de los hechos será severamente castigada, incluso prohibida, para poder ser susurrada tan sólo dentro de un armario o con el cobijo de una música a gran volumen. De hecho, tanto impulso tiene el movimiento, tanto ha cuajado entre el Pueblo su creación de la verdad, que más pronto que tarde los autoritarios pueden empezar ya a encarcelar a los buscadores de la verdad bajo la excusa de “que apoyan hostilidades contra EEUU decidida y materialmente”. Tal es la amenaza de las exponencialmente crecientes cifras de estadounidenses que se están tragando la pastilla roja de la realidad, que los manipuladores del estado pueden muy bien considerar como organización terrorista a todo el movimiento, lo más fácil para suprimir e intimidar a fin de que la verdad no pueda ser sacada nunca a la luz. Es sólo cuestión de tiempo para que la tiranía suelte sus instrumentos de represión contra los buscadores de la verdad y los auténticos patriotas estadounidenses, contra los disidentes y los activistas.

La Constitución ha sido llevada a un punto muerto, lo que implica que no tiene ya valor ni significado. La Constitución se ha convertido, a todos los efectos, en “otro papel mojado”, una reliquia de la historia, un obstáculo superado por los déspotas de EEUU. Pronto se dirá, como ocurre siempre, que al principio el estado vino a por los chivos expiatorios, el enemigo comercializado, el cáliz utilizado para hacer que beban las masas, el pan empleado para destruir el sistema. Después vendrán a por sus ciudadanos, sus amenazas, su Pueblo. Una vez que todo esté encajado, una vez que todos los pliegues hayan sido planchados, una vez que todos los obstáculos hayan sido allanados, el destripamiento totalitario de la Constitución devastará a una población condicionada a seguir la letra de la ley. Ahora está sin protección, aturdida y condenada por la grave negligencia que se ha permitido a sí misma perpetuar. Irónicamente, el enfado y odio del Pueblo hacia el chivo expiatorio del enemigo son por sí mismos los catalizadores de su propia destrucción, opresión y esclavitud. Al final, vamos a ser nuestros propios peores enemigos, a la vez nuestro Judas y nuestro cianuro, sin ser conscientes de lo que nos hacemos a nosotros mismos y de lo que hacemos a los demás.

Cuando las masas vean finalmente lo que ha transpirado su país, cuando despierten al cabo en la mañana de niebla, incapaces de ver más allá de los límites de su existencia, se encontrarán con un paisaje oscuro y siniestro, un estado policial bajo control de la tiranía, una nación atenazada por la represión. Los EEUU de su pasado y presente desaparecieron, e ignorantes como ninguna sociedad lo fue nunca, las masas evolucionarán hacia su nueva realidad, hacia su nueva normalidad. La mayoría darán la bienvenida al autoritarismo, del que son seguidores. El lavado de cerebro se habrá convertido en herramienta del despotismo, adaptándose al valiente nuevo mundo de borregos oprimidos y sojuzgados. Muchos ni se darán cuenta nunca que las libertades y derechos ya no existen. Millones enseñarán a sus niños a ser buenos estadounidenses, ya que el destino ha decidido que la tiranía debía gobernar. Aprisionados por sus propias mentes, las masas se verán condicionadas, inevitablemente, a seguir y obedecer los dictados de sus amos.

Aquellos que cuestionen la autoridad, aquellos que usen su mente para pensar y quienes consideren que la esclavitud y la opresión alumbradas lo han sido a costa de la libertad se convertirán en enemigos del estado, en amenazas del sistema de la tiranía, en disidentes que ayudan y son cómplices del enemigo, comisionados para no ver nunca la luz de nuevo. El estado encarcelará y hará desaparecer a esos disidentes, los borrará de la memoria y del tiempo, los enterrará a seis pies bajo tierra, a ellos y a su búsqueda de la verdad y de los responsables. A los borregos obedientes cuya fe ciega les guía a base de mitos y del estado, el totalitarismo les llegará con naturalidad, alcanzando de por vida el nirvana de los seguidístas; para los librepensadores, las mentes independientes progresistas y aquellos que han escapado del incesante lavado de cerebro perpetrado desde que nacieron, será el infierno en la tierra.

La cercana tormenta ha alcanzado ya las cálidas aguas de EEUU, ganando velocidad con rapidez, lista para liberar su torrente de leyes y normativas tiránicas sobre nuestras costas, arribando un estado policial con el repentino destello del trueno y el relámpago. La gigantesca tempestad ha estado conformándose a lo largo de cinco años, chupando vida a través de la muerte, agradeciendo profundamente la destrucción y la demolición. Nuestra propia ignorancia y total indiferencia le garantiza oxigeno, nuestro temor le da poder, nuestros odios le ayudan a precintar nuestro propio destino. La Tiranía de los EEUU se ha alzado para ser alumbrada, una vez más la maldad de la humanidad resucitada de entre los anales de la historia, libre para reprimir y sojuzgar, ansiosa de constreñir y controlar. La destrucción del World Trade Center ha convertido en realidad la Tiranía; nuestra continua impotencia le permitirá florecer.

Quien Siembra Vientos Recoge Tempestades

Quizá sea conveniente que un Pueblo que no se ha preocupado lo más mínimo ante la tortura sistemática, la guerra preventiva, la invasión ilegal, la ocupación brutal, los asesinatos masivos, el uso de uranio empobrecido, las violaciones constantes, la incesante humillación de seres humanos, la destrucción de las sociedades iraquí y afgana, las “entregas” extraordinarias, las detenciones ilegales, las desapariciones y los indecibles niveles de sufrimiento debería estar preparado para sufrir las realidades de vivir bajo el totalitarismo, bajo un estado policial, bajo la paranoia constante y el miedo tanto del estado como de tus vecinos. Quizá sea justo que un Pueblo que posee esos niveles de ignorancia, indiferencia y comodidad esté destinado a experimentar una realidad que aflige a cientos de millones de seres humanos. Quizá con el tiempo aprendamos a ser humildes y a sufrir, a ser sabios y a aprehender las virtudes del honor y la paz.

EEUU es una tierra tan arrogante que se llaman a sí mismos América y usurpan como nombre propio el que pertenece a dos continentes enteros; es el país cuyo ego ha sido tan engrandecido que piensa que es la única nación bendecida por el Dios cristiano; una vez fue una nación querida, ahora es vilipendiada por todas partes; la tierra de la libertad es ahora la tierra de la tiranía, el hogar de los valientes no es ahora más que la cultura de la cobardía, con las entrañas podridas con la peste del autoritarismo; su pueblo está embelesado de ignorancia y miedo, sus cimientos morales crujen bajo el peso de las corrupciones dominantes y de los males del capitalismo. La glotonería del confort y la avaricia del exceso han hecho del pueblo estadounidense el hazmerreír del mundo, nuestra incapacidad para escapar de la burbuja de la grandeza nos condena a ser los niños mimados de la riqueza, imprudentes, ignorantes y arrogantes, que nunca se han tenido que enfrentar al sufrimiento ni a los problemas; nos condena a ser la imagen en el espejo de nuestro Presidente.

El resplandeciente faro en lo alto de una colina ha visto ya cómo su brillante luz se extinguía, convirtiéndose en el espacio de media década en una república bananera que se pudre desde dentro, gobernada por una dictadura de incompetentes, con sus elecciones nacionales rutinariamente manipuladas a través de los impulsos sistémicos del fraude más desvergonzado, con representantes que no son más que prostitutas inclinándose para recibir el asalto giratorio del mundo de las corporaciones, un ejército de borregos ignorantes del devenir que han colaborado a trazar, una población que ha traicionado la felicidad futura de sus niños en aras de conseguir gratificarse a corto plazo.

La tierra de la libertad y los derechos ha dejado de existir, reemplazada por un autoritarismo cada vez mayor. Quizá, en las leyes cósmicas del universo, donde el karma se entrelaza con el destino, estemos entrando en la otra parte de la medianoche, viajando exactamente hacia donde nos merecemos, al sabor de nuestra propia medicina, al sabor de lo que hemos exportado a docenas de naciones. Estamos cosechando lo que hemos sembrado, y sobre nuestras costas se alza ahora la Tiranía de los EEUU; quizá signifique sufrir otro Hitler, otro Stalin, otro Mao, o quizá simplemente otro Pinochet, otro Shah, otro Suharto u otro Sadam. EEUU ha entrado en su hora más oscura y, al igual que el reloj se aproxima a la medianoche, la nación que una vez conocimos desaparece de la percepción del Pueblo. Nadie sabe hacia adónde nos dirigen, pero sabemos en qué dirección vamos, porque el camino ha sido pavimentado, el modelo ha empezado a emerger y por todo el horizonte no se divisa salvación alguna.

En vez del mundo enfrentándose al emblema del mal de la esvástica, son los galones rojos, blancos y azules los que representan ahora el pensamiento despótico y el gobierno tiránico. Era la Vieja Gloria [3] que surgía como un campo gigante de malas hierbas en las secuelas del 11-S, fluyendo desde cada vehículo y cada hogar, desde cada comercio y cada calle, dándole a EEUU un aura de patrioterismo y nacionalismo sin duda similar al de la Alemania de 1930, dándole una apariencia semejante, para cualquiera que se fijara y pensara, a las calles de Alemania en la década de 1930, justo antes de que la sociedad se convirtiera a la barbarie. Quizá esta orgía de juerga fanática y patriotera fue la primera señal de las cosas por venir, de las contracciones del nacimiento de la Tiranía de EEUU.

Cinco años más tarde, el rojo, blanco y azul todavía ondean orgullosamente en las mentes de los seguidores y de los quasi-autoritarios, arrastrando a los proto-patriotas de cerebro lavado que marchan detrás con miedo y terror de los inventados enemigos, con ciega lealtad ante cualquiera que esté en el poder, aunque sea incluso un hombrecillo de escaso entendimiento. Las barras y estrellas se han convertido en el nuevo símbolo del patrioterismo, del nacionalismo, de la xenofobia y de la lealtad y fe ciega en los tiranos, en lo mismo que la esvástica representó una vez; levantada en alto aunque esté manchada con la sangre de miles de seres, protegiendo a torturadores, violadores, criminales de guerra, asesinos, buitres de derechos humanos, aunque haya sido mancillada con la destrucción de vidas inocentes y de sociedades enteras.

La Vieja Gloria es alzada ahora ante los peores abusos de los derechos humanos, representando a Abu Ghraib, Guantánamo y Bagram, la destrucción de la Constitución y de la Señora de la Libertad, la pérdida del habeas corpus y de la Convención de Ginebra. Lo rojo, blanco y azul, tristemente, se ha convertido en el símbolo de lo que más odiábamos, de lo que juramos que nunca llegaríamos a ser. Ha devenido una bandera secuestrada por los tiranos, con un Pueblo Estadounidense despreocupado y poco dispuesto, hasta niveles de bochorno absoluto, a liberarla de sus mazmorras, con una mayoría demasiado perezosa o apática para realizar cualquier esfuerzo, demasiado ignorante para saber. Como consecuencia, al igual que el símbolo maldito de los Nazis, se ha convertido en el emblema más envilecido y despreciado, en una imagen de la tiranía y de la maldad crecientes, de la criminalidad en desarrollo. Sólo los estadounidenses saben cuán injuriada y odiada llegará a ser en años venideros.

N. de T.:

[1] El incendio del Reichstag [Parlamento alemán], tuvo lugar en 1933 y fue un hecho fundamental para el establecimiento de la Alemania nazi.

[2] Kool Aid es un refresco fabricado por Krafts Food que se obtiene al mezclar un polvo concentrado azucarado con agua.

[3] Old Glory [Vieja Gloria] es un apodo de la bandera de EEUU.

Manuel Valenzuela es crítico social, comentarista, columnista de Internet y autor de “Echoes in the Wind”, novela que ha sido publicado por Authorouse.com. Sus artículos aparecen con regularidad en diversas páginas de información alternativa de Internet de todo el planeta. Se puede contactar con él en manuel@valenzuelas.net. Su próximo libro, “Beyond the Smoking Mirror: Reflextions on America and humanity”, es una recopilación de ensayos, se publicará a principios de 2007.

Traducido del inglés para Rebelión por Sinfo Fernández

Texto original en inglés:

www.thepeoplesvoice.org/cgi-bin/blogs/voices.php/2006/10/03/p11218

Sinfo Fernández forma parte del colectivo de Rebelión.


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