..."Lo que os puedo dar os doy, que es una ínsula hecha y derecha, redonda y bien proporcionada..."
"Don Quijote de la Mancha". Capítulo XLII: " De los consejos que dió Don
Quijote a Sancho Panza antes que fuese a gobernar la ínsula..."

ISSN: 1810-4479
Publicación Semanal. Año 3, Nro.145, Viernes, 13 de octubre del 2006

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La causa, la fuerza y la reserva que derrotarán al imperialismo
Dr. Raúl Valdés Vivó

“Su extraña voz profética se escucha todavía,
más alta que los Andes, más sonora que el mar.
Cada vez que renace la conciencia del mundo,
su mensaje recobra fulgor de eternidad.”

Lo que dijo el gran poeta Manuel Felipe Rugeles, es el fulgor que destella en la profecía que preside esta reunión bolivariana, organizada por ilustres estudiosos venezolanos, con el dinámico Gobernador de Falcón, y motivo de honra para todos sus participantes. Una profecía que es advertencia contra la más terrible amenaza. La amenaza de los Estados Unidos que parecen destinados por la providencia a plagar la América de miseria en nombre de la libertad.[1]

¿Quién puede negar que ese destino, calificado por el naciente imperio como evidente (Destino Manifiesto) se cumplió y se sigue cumpliendo?

Desde la misma ciudad, Guayaquil, y el mismo año, 1829, Bolívar le dice a Vergara, Ministro del Exterior, esta exactísima definición: Los Estados Unidos son los peores, y son los más fuertes al mismo tiempo.[2]

Pero la cuestión es otra: ¿pueden los pueblos derrotar al imperio?

Una vez que las premoniciones bolivarianas comenzaron a hacerse realidad, Martí habló de la Roma americana. Para él, Roma fue el centro de la opresión universal, llena de riquezas por saquear a Grecia y a todos. Era su ruptura con el deslumbramiento de cualquiera, incluso el suyo antes de meterse en sus entrañas, frente a los éxitos del émulo de aquel primer imperio. También el anuncio de su destrucción. Era cuestión de tiempo.

Ya ese tiempo ha transcurrido, estamos en el ocaso del imperio del dólar. Pero Fidel alerta sobre la fiera herida. Su propia sangre la empuja más a continuar derramando la sangre de los pueblos.

Al defender a Nuestra América, acusada de bárbara por la prensa norteamericana, con lenguaje bolivariano Martí escribió que la guerra de Secesión, fue más para disputarse entre el Norte y el Sur el predominio en la República que para abolir la esclavitud. Y que siendo una sola esa guerra, los Estados Unidos -a decir todavía en plural-, pese su centenaria práctica republicana de un siglo, y un país de elementos menos hostiles que otro alguno, perdieron más hombres que en tiempo igual, y con igual número de habitantes, habían perdido juntas todas las repúblicas españolas de América. En lenguaje desafiante afirmó: Y es de justicia, y de legítima ciencia social, reconocer que, en relación con las facilidades del uno y los obstáculos del otro, el carácter norteamericano ha descendido desde la independencia, y hoy es menos humano y viril, mientras que el hispanoamericano, a todas luces, es superior hoy, a pesar de sus confusiones y fatigas, a lo que era cuando empezó a surgir de la masa revuelta de clérigos logreros, imperitos ideólogos e ignorantes o silvestres indios.[3]

Heredero inicial de la dominación española y portuguesa en nuestro continente fue el imperio británico, avasallante conquistador de la India y gran parte de África. Francia y Holanda también pugnaban por aumentar su penetración por doquier. Un siglo más tarde Alemania, bajo el nazismo, buscó influir en Brasil y Argentina. Y Estados Unidos mostraba cierto retraso respecto a los anteriores, sin dejar de tener inauditos avances como nuevo poder conquistador, combinando armas y dinero. Había comprado Louisiana a Francia y en esa operación adquirió La Florida, que había sido española y entraba en Nuestra América y, con el truco de que Texas quería ser libre, arrebató por la fuerza a México la mitad de su inmenso territorio, donde ahora levanta el muro de la infamia y asesina mexicanos. Pronto el imperio comenzó las intervenciones más salvajes en las islas caribeñas y América Central.

Desde 1830, cuando con Bolívar murió la Gran Colombia, hubo luchas populares con los Zamora y los Alfaro y los Sandino y los Farabundo Martí y los Mella y los Aponte y los Guiteras, pero la oligarquía al servicio de amos extranjeros frustró cada rebeldía, y uno de los resultados de la Segunda Guerra Mundial fue que Estados Unidos pudo desplazar a Gran Bretaña y hacerse el dueño casi absoluto de las riquezas de Nuestra América, ahogando todo intento nacionalista. Su desarrollo económico no tiene otra magia que la imposición del subdesarrollo que hemos padecido. Ya concebía su hegemonía mundial. La mezcla de inversiones de capital, soldadescas cada vez más brutales, hasta llegar al horror de Guantánamo, y la ideología del panamericanismo, que no han vacilado sus promotores en achacar a Bolívar, siendo él su primer enemigo, impuso a Monroe: América para los americanos... del Norte..., haciendo a Rubén Darío invocar desesperado la hazaña de Colón... Cristóforo Colombo, pobre Almirante, ruega a Dios por el mundo que descubriste.

La plegaria perdió sentido. Neruda cantó que Bolívar despierta cada cien años, cuando despierta el pueblo para la independencia, y hoy lo hacen de nuevo los pueblos nuestros, aunque deben superar la adversidad de la caída de esa Gran Colombia gigantesca que fue la Unión Soviética.

Lo sucedido es lección. Estados Unidos tenía mayor desarrollo de las fuerzas productivas y, por tanto, superior potencial científico y tecnológico, pero la URSS había logrado igualarlo en poderío militar, anulando su chantaje de poseer el monopolio atómico, que reveló pulverizando a Hiroshima y Nagasaki sin necesidad alguna. Es más, la URSS se acercaba a su rival en crecimiento económico. Alarmado Washington se volcó hacia la informática y otras ramas de punta y adquirió otra vez decisiva ventaja, la que había perdido pese a que durante la Segunda Guerra Mundial las bajas de sus valientes tropas, entonces antifascistas, fueron relativamente pocas, y en su territorio no cayó una sola bomba, mientras los soviéticos perdieron 27 millones de sus mejores hijos y 3 000 ciudades y pueblos. En el conflicto, vendiendo armas y alimentos, Estados Unidos acaparó el 80% del oro del planeta y dominó el comercio mundial. Repletos de riquezas los imperialistas norteamericanos, al tiempo de penetrarla, pusieron en pie la Europa Occidental, organizaron la OTAN y decretaron el dólar única moneda universal. En cambio, la Europa Oriental yacía en ruinas que los soviéticos debieron reconstruir, en medio de conflictos muy graves, complicados por errores. Hubo rusificación de un lado y estrecho nacionalismo, del otro, que favorecían la labor imperialista de zapa.

El pecado de los partidos obreros de esa zona, que en su lucha habían tenido mártires como Julius Fucik, no fue recibir el poder dado por las bayonetas soviéticas, que en su avance hacia Berlín no podían dejar en el gobierno a la burguesía servil a Hitler, sino no ser independientes y, a la vez, apoyar la línea pacífica de Moscú, como lo fue Cuba, cuya Revolución es propia. Para ella, en la actuación del Partido y el Estado, ha regido siempre la consigna que tantas veces, durante mis años de labor en Vietnam, escuché de labios del Presidente Ho Chi Minh: Nada hay más precioso que la independencia y la libertad.

Catastrófico en el estancamiento de la economía de la URSS fue subestimar el factor costo. Sus enormes riquezas naturales la hacían proclive al despilfarro y el gigantismo. Esa mentalidad penetró incluso en la de nuestro pueblo, al sostener fructíferas relaciones de intercambio plenas de justicia y solidaridad, y sin jamás cuestionar Moscú nuestra independencia absoluta. El retraso en la tecnología civil y, por ello, en la satisfacción de bienes y servicios para el pueblo soviético, en medio de la burocratización y la corrupción generalizadas, alejó a este del Partido y el Estado y sirvió de pretexto a los agazapados en las esferas de un poder demasiado vertical para rendir desde dentro la fortaleza. Prevaleció la ilusión en el mercado como una varita mágica.

Esa misma varita ha estado engañando por decenios a nuestros pueblos, aunque en ella no creen los falsos magos del imperio. Si aquellos dan señales de querer despertar, acuden sin vacilar al terror. Asesinaron a Allende, auparon gorilas, guerras sucias, Operación Cóndor, la represión del caracazo. Y el yugo gringo parecía destinado a eternizarse en Nuestra América, pese a gloriosos intentos que frustraron la violencia enemiga y los errores propios, hasta que la Revolución moncadista cubana revivió al Apóstol y, después, la Revolución bolivariana al Libertador, y podemos gritar con Fidel: ¡Alerta, alerta que caminan la espada de Bolívar y las ideas de Martí por la América Latina!

Al caer la URSS y su campo socialista, quedó la bandera del socialismo casi sin nadie que la levantara, como sin vacilación hizo Cuba, y el imperio cantó victoria. Llegó a proclamar el fin de la historia o cese de todo avance social. Euforia subjetivista que duró poco. ¡Esa bandera ya flamea en los Andes venezolanos! ¡Y al torrente popular se suma la Bolivia más profunda y ahí está, ahora mismo, Córdoba con el renacer del MERCOSUR. El aire de Córdoba olió a Panamá, a su bolivariano Congreso Anfictiónico!

Los nuevos movimientos sociales abarcan a los trabajadores del campo y la ciudad, a aquellos que están privados de la posibilidad de trabajar y se les subestimaba por los revolucionarios, a los estudiantes, a los mejores hombres del pensamiento y el arte. Con su ternura y coraje se alzan las mujeres, inspirándose en las madres de nuestros mártires, miles de ellos desaparecidos, pero revividos. Con Anacaona, Luisa Cáceres, Manuelita Saénz, Mariana Grajales, Celia Sánchez. Reivindican a todas las víctimas del machismo, primera forma de opresión, que aún persiste. En ese agrupamiento que gesta el Ayacucho definitivo, ahora entran los ignorantes y silvestres indios, de que habló amorosamente Martí. Nunca han sido tan potentes las fuerzas populares.

El imperialismo martiriza a naciones enteras y golpea a las clases medias y elementos burgueses sin posibilidades para negocios transnacionales. El neoliberalismo solo es bueno para los más ricos entre los ricos.

Es válido el cálculo de que la amplitud daña la profundidad, pero lo primero es derrotar a las fuerzas antinacionales. Mucho más cuando a las órdenes de Estados Unidos ponen en peligro la existencia misma del género humano. Amalgamada con la cuestión de cómo llegar a un futuro mejor, está si habrá, o no habrá, futuro alguno. Y el quién dirige depende de la batalla de ideas.

Los pueblos que van del río Bravo a la Patagonia jamás han renunciado a conquistar el sistema de gobierno más perfecto, definido por el Libertador en Angostura como aquel que produce la mayor suma de felicidad posible, mayor suma de seguridad social, y mayor suma de estabilidad política. [4]

Lo nuevo es que el mercado mundial, la cultura universal, que no niega sino se nutre de las diferentes identidades culturales, la globalización, ahora de superlativo signo antipopular, la unión de sucesos en las antípodas en tiempo real, llevan al afán de hacer la muralla de redención con todas las manos que pidió el poeta nacional cubano Nicolás Guillén. En septiembre será en Cuba la Cumbre No alineada de los pueblos del III Mundo por su unión salvadora.

Sobre ese contexto defectuosa y sumariamente evocado, presento con humildad algunas reflexiones que se fraguan en la universidad del Partido dirigente de la Revolución cubana, a la luz del pensamiento de Fidel.

En particular están referidas a la principal causa interna que objetivamente condena a perecer al imperio más poderoso que haya existido, dentro de un conjunto de causas que a su vez son efectos.

Esa causa es la ciencia.

Las nuevas reflexiones también subrayan la fuerza más dinámica que del lado del sujeto puede y debe actuar junto a las masas populares, insustituibles protagonistas principales en ejecutar la sentencia condenatoria.

Esa fuerza es el Capital Humano.

Por último, nuestras reflexiones tratan de la reserva que surge de la historia y tiene sentido de futuro.

Esa reserva es el ahorro.

Nadie como Marx poseía una visión científica de la ciencia. Ese mismo Marx que tenía 12 años al morir el Libertador y que, lamentablemente, porque también él era a veces manipulado por la falsa información -en ese caso de servidores del imperio británico-, aparte de no ser todavía plenamente el que finalmente fue, nunca llegó a entender que en la causa de la emancipación social, que empieza por fundar pueblos, Bolívar era su predecesor y el de Engels, su otro yo. Ellos serían seguidos cronológicamente por Martí, Lenin y el resto de los Libertadores del espíritu humano. El marxista que hoy no comprenda esa verdad, no lo es.

En su obra conjunta con Engels, La Ideología Alemana, Marx dice que se conocía solo una ciencia, la ciencia de la historia, pero: Se puede enfocar la filosofía desde dos ángulos, se puede dividirla en historia de la naturaleza e historia de los hombres. Sin embargo, las dos son inseparables: mientras existan los hombres, la historia de la naturaleza y la historia de los hombres se condicionan mutuamente.[5] Y en su crítica de la economía política, afirma que la ciencia es la forma más sólida de la riqueza, porque la crea al mismo tiempo que es su producto. Es ideal y práctica, siendo un aspecto de las fuerzas productivas humanas. ¡Más que nunca la ciencia moderna es contradictoria con las relaciones capitalistas de producción, de cuyo seno nació!

Nada menos que un pensador tan ajeno al marxismo como Schumpeter, previó que la excesiva creación de las riquezas por el capitalismo, con la ciencia al frente, lo conducía hacia su destrucción. Dijo que moriría de sus éxitos. Marx puntualizaba que de sus contradicciones antagónicas. Y el Manifiesto Comunista evidenció la dolencia incurable de la burguesía: crear inmensas riquezas materiales a costa del humanismo, por tener de único Dios al dinero.

Lejos de ser su arma absoluta, la ciencia se transformó en uno de los elementos que condenan al imperialismo.

Algo similar pasa con la democracia burguesa. Bush es presidente porque la mafia anticubana de Miami no dejó contar los votos de los negros y otros pobres. Chávez ganó 6 elecciones y Bush para derrocarlo fomentó el golpe militar fascista del 11 de abril, lo mismo que el golpe petrolero de tres meses, con los medios masivos oligárquicos. La conducta inmoral de Estados Unidos y sus perros falderos prueba la tesis de Che Guevara de que la burguesía aplica su democracia mientras no le teme al pueblo, y acude al fascismo cuando le teme. Así la derecha oligárquica mexicana apela al fraude para impedir el más mínimo cambio. Los mexicanos dicen que su país tiene la desgracia de estar muy lejos de Dios y muy cerca de Estados Unidos, cuyo sector más agresivo emplea lo que Chávez ha llamado el fascismo neoliberal, en el intento de dominar a pueblos que no puede ya gobernar con el engaño.

Valorar la ciencia como una de las causas ahora determinantes en el proceso histórico, lleva a su vinculación con ideas de los clásicos del proletariado en su contenido contemporáneo. (Considerarlas atemporales, es negarlas). La apreciamos como una cuarta parte del marxismo, a sumar a las tres partes señaladas por Lenin: la filosofía, la economía política y la teoría del comunismo científico. Pero siempre con tres advertencias.

Primero. Todas esas partes reflejan los anhelos de los trabajadores y están dentro de la lucha universal de clases, motor de la historia, y ahora de la confrontación entre los pueblos y el imperialismo.

Segundo. Las tres partes clásicas del marxismo, con la cuarta, forman un todo. Lejos de representar compartimientos estancos, son sencillamente los elementos de un organismo vivo único. Lenin rehuía la simplificación luego conocida como manualesca, opuesta a la complejísima integralidad de su pensamiento. No aceptaba la línea recta metafísica, sino la espiral dialéctica.

Tercero. Cada una de las tres partes indicadas por Lenin se basa en la ciencia, y ello no lo desmiente, sino exalta, el reconocimiento de la nueva dimensión que ha logrado la ciencia, y que permite apreciar el proceso de la historia yendo rumbo a un Agujero Negro o al Sol, para decirlo poéticamente.

Por Agujero Negro entendemos aquí el peligro real de que los descubrimientos científicos conduzcan a la desaparición del género humano, lo que Fidel ha sido el primer estadista en advertir. Sin los logros en la tecnología militar, ese peligro existía por la destrucción ecológica, pero a largo plazo.

El Sol, a llamar tecnociencia, en manos del pueblo potencia la fuerza creadora del hombre, volviéndola capaz de realizar los sueños más antiguos de filósofos, combatientes, santos, y de la gente sencilla de todos los tiempos y todos los lugares, desde aquellos primeros comunistas que fueron los cristianos.

Con independencia del régimen económico-social, ya sea capitalista, socialista o mixto, la tecnociencia actúa directamente sobre los medios de producción y la fuerza de trabajo, protagonistas de cualquier proceso productivo en sus fases de producción, distribución del producto social, intercambio y consumo. La burguesía falsamente pone al frente el último.

Pido excusas por recordar viejas verdades. Sin ellas las nuevas no se entienden. Y no es cuestión de la academia, sino de la política. Causa risa que digan creer la fábula de Smith que la mano invisible del mercado todo lo arregla, quienes lo abandonan, pues él hablaba de productos reales, no quiméricos, y tachen de vetusto a Marx, posterior en medio siglo a ese clásico burgués y certero en atisbar las crisis del dinero del incipiente mercado bursátil.

El enigma de la metamorfosis de la ciencia de factor de triunfo del capitalismo en factor de su derrota, guarda relación con el capital fijo y la ley de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia, descubierta por Marx al tiempo de probar que la obtención de plusvalía es la ley de leyes del capital aun rigiendo la ley del valor, y el valor es el trabajo materializado en la mercancía. Al inicio el valor se medía en el trueque por el tiempo socialmente necesario, luego pasó a serlo indirectamente con un equivalente universal: el dinero, a valorar igual que las otras mercancías. Sirve también para el pago, el intercambio, la reserva de la riqueza social. El criado se hizo el amo. Más criminal que fundar una pandilla, es fundar un banco, dice una obra de Bretch.

El capital fijo aparece en la cooperación simple, crece en la manufactura y deviene una especie de trabajador colectivo en la fábrica moderna, haciendo del hombre un pedazo de sí mismo, el chaplinesco obrero tornillo. El toyotismo no resuelve el problema, sino lo admite. El capital fijo se levanta ante el obrero como una fuerza hostil, causante de más desempleo y más competencia por los puestos de trabajo, origina salarios de hambre, en fin, la imposición de los trabajos informales bien llamados trabajos basuras, amén del genocida trabajo infantil masivo. Y el saqueo continúa con los altos precios en el consumo y los impuestos al valor agregado, etc.

Marx descubrió que era inexorable que en la proporción entre los medios de producción y fuerza de trabajo, crezca más rápidamente la parte de capital destinado a los medios, o capital constante al limitarse a trasladar su valor por partes (amortización) para sumarlo al costo de la nueva mercancía. El trabajo muerto es más apreciado que el trabajo vivo, aunque solamente sea este el que crea el nuevo valor.

Excepto si forma parte de la aristocracia obrera, al trabajador no le alcanza lo que gana. Su única libertad es aceptar ese yugo invisible o morir de hambre.

¿Teoría todo eso? Cada día hay más pobres con mayor pobreza y menos ricos, pero con mayores riquezas: a 250 personas se les distribuye lo que producen 2 500 millones de seres humanos. Eso provoca el disparo del desempleo y las peores crisis, en definitiva vinculadas al subconsumo de las masas, aunque se digan de superproducción. Y atención: las tasas de ganancia y productividad no han podido superar las alcanzadas antes de las crisis de los años 70 del siglo pasado.

Aristóteles soñó con un día en que los telares se muevan por sí mismos, pero la llegada para todos de cero horas de jornada de trabajo, ahora privilegio de los capitalistas, dejaría sin compradores al mercado y sería el suicidio del capitalismo. Ello quizás suceda en el lejano comunismo, cuando en el planeta no exista ni la más mínima explotación y la ciencia presida absolutamente todo, del brazo del arte. Entonces casi todo el tiempo será libre, asociado a la cultura, la alegría, la hermandad, tomándose el viajar por toda la Tierra y fuera de ella, como ese placer que es conocer este Falcón que puede que Dios lo haya hecho estando de fiesta, en el domingo en que quiso descansar.

Sueños aparte, funcionan los monopolios. Cada día están obligados a sacar la cuenta del total que invierten en el negocio y lo que ganan, en forma porcentual. Es la cuota o tasa de ganancia. El capital se concentra y centraliza con dos metas: mayores tasas de ganancia y contrarrestar la tendencia a la baja de la tasa media de ganancia. Si en 1997 las fusiones, adquisiciones y compraventas de empresas sumaban 1,6 billones de dólares, 7 años después alcanzaban más del doble. El objetivo único no es satisfacer clientes, sino sacar más ganancias, invirtiendo en tecnología para dominar los mercados. El que no lo haga, como los capitalistas pequeños y medianos, es aplastado.

Sin embargo, puede haber momentos en el proceso histórico de un país en los cuales sea interés de la nación el desarrollo de todas sus fuerzas productivas, cuando un poder político revolucionario necesite proteger a ese tipo de capitalistas para salvarlos del aplastamiento, lo que ellos más que a nadie debe interesar como parte de la clase media en positivo, según oigo aquí decir.

Los procesos revolucionarios del Tercer Mundo aceptan inversiones extranjeras para el desarrollo y más bienestar. Lo único inaceptable es perder el poder del pueblo trabajador.

Ningún capitalista se conforma con una ganancia única, por grande que sea, aspira a tener un flujo sin interrupciones, como quien respira. Esto no puede ocurrir porque las desproporciones entre las ramas hacen caótica la producción, dado que el monopolio planifica hacia adentro pero no a escala social, en que prevalece la rivalidad que proviene de la propiedad privada sobre esas condiciones materiales.

Aunque se diga otra cosa, los monopolios controlan el Estado capitalista, que es el que emite el dinero, fija las tasas de interés para venderlo como mercancía que en su origen fue, impone elevados presupuestos de guerras, sirve de gendarme al gran capital. Cuando Bush, que espía las cuentas de todos en el mundo, quiso robar nuestros dólares, Cuba le prohibió su libre circulación al dólar. Cuba es más libre con el peso convertible y el peso, sus propias monedas. En el socialismo, además de trabajar para sí, toda la jornada debe ser de realización espiritual del trabajador. Para eso hay que lograr que de veras se sienta dueño. Conspira a esa comprensión lo de dueños todos, dueño nadie.

Dadas sus crisis cíclicas, le es más difícil al gran capital internacional mantener sus fabulosas ganancias. Pero no puede renunciar a siempre mayores tasas de extracción de plusvalía absoluta y relativa y la máxima explotación en todo el mundo. La guerra y el regreso al fascismo devienen así tendencias vinculadas a la existencia misma del imperialismo, ya en total bancarrota moral. Resultado: más luchas de clases. La fiera herida se revuelve y hiere. Bolívar se preguntaba cómo la corona española podía aspirar a imponerse por las armas, si carecía de economía hasta para la vida diaria de España. Igual ocurre con Estados Unidos. La locura individual es asunto de la psiquiatría. La locura de un sistema es problema de la filosofía. Y Marx enseña que ella lo es, si es luz para transformar el mundo. La transformación es incesante en el que quiere cambiarlo. A sus 80 Fidel es el mismo, pero cada día más revolucionario.

Lenin se hizo el Marx del siglo XX al descubrir la ley del desarrollo desigual del capitalismo, que hace inevitables sus guerras, polos rivales, eslabones más débiles. Fidel es leninista por creer que el deber de los revolucionarios es hacer la revolución, siempre sobre la base de condiciones objetivas indispensables. Hoy vislumbra la revolución pacífica. Sea cualquiera su forma, la clave es ver el enemigo principal y, por tanto, los aliados de los revolucionarios, según Mao Zedong. Ya ese enemigo no tiene a su favor el factor objetivo ni el tiempo.

Gramsci creyó que había dos límites infranqueables en la sed insaciable de ganancias del capital: el número de desempleados que podía aceptar, pues su número excesivo permanente conspiraría contra la realización del producto social global, y lo que denominaba elasticidad física. O sea, que los grandes medios de producción y las ciudades a su alrededor, no podrían sobrepasar ciertas dimensiones, o desaparecería el área agrícola y se tornaría irresoluble la cuestión de la alimentación y la industria ligera. Y eso pasa con las megaciudades, donde la polusión mata.

Pero tales límites han sido sobrepasados temerariamente desde la invención del microchip, relacionado con la miniturización de toda la economía contemporánea, capitalista y socialista, y con el predominio de la especulación financiera.

Una tesis del marxismo se hace así obsoleta: a más capitalismo, mayor el número de obreros industriales. Ahora es al revés. Pero confirma su tesis número uno: el capitalismo sufre contradicciones antagónicas mortales, y solo por la violencia puede mantenerse de pie, mientras aplasta a la inmensa mayoría de la humanidad. O sobra el hombre, o sobra el capital.

En previsión de que el desempleo llegara más allá a lo que significa el ejército industrial de reserva, expulsando trabajadores asalariados de las empresas tanto en épocas de estancamiento, como de recesión, para regresar al salirse de la crisis, Marx hizo una solemne advertencia: el día en que el capital, en lugar de vivir a costa del trabajo, tenga que mantener a los trabajadores a los que nunca más volverá a emplear como productores de plusvalía, no podrá sostenerse. En esto chocan el Estado del Bienestar, diseñado por Keynes y Roossevelt, y la doctrina neoliberal de Friedman, ahora prevaleciente. La teoría keynesiana propugna el máximo empleo o los subsidios, servicios sociales, plantillas infladas, etc., para lo cual imprime dinero al máximo y lo abarata, lo que lleva a la inflación, insoportable para las clases medias. El gran capital usa el descontento para implantar el neoliberalismo y pasar a la explotación total. Su lógica, empleada por Reagan, es simplísima. Ya que las crisis cíclicas de superproducción del capital fijo se profundizan y hacen más frecuentes y la burguesía no soporta que le administren su dinero, los ricos deben llevar sus astronómicas fortunas a la especulación financiera, ajena a la economía real y su fatídico ciclo. En ella lo que cuenta son los títulos de propiedad, los bonos y las monedas, siendo subalterna la producción real.

Junto al dinero real, surge el dinero ficticio. Su materialidad es igual, pero se distinguen y contraponen por sus respectivos destinos. El primero, o capital de inversiones, se usa en erigir, digamos, una nueva fábrica. El segundo, en comprar, una y otra vez, la misma fábrica, apostando especulativamente por los dividendos futuros, no los que haya dado un minuto antes. Es ese casino que dijo Keynes, o la lotería de que habló Marx. Al azar apuestan los norteamericanos sus ahorros, sus hipotecas y se endeudan. Todos allí son deudores: cada familia, cada negocio, pese a escándalos financieros, y cada gobierno. Es el país cuyas deudas superan las del resto del mundo. Esa asimetría es insostenible: la lucha popular derrocará la dictadura de bolsas, bancos, seguros. Vencerá a los nuevos esclavistas, pues no dejan de ser esclavos los trabajadores por comprar algunas acciones o bonos. Solo entregan sus ahorros a grandes especuladores y, además, no pueden dejar de trabajar y crear plusvalía. El capitalismo popular es mito y es timo.

Si la crisis financiera de 1929 conmovió los cimientos mismos del mundo burgués, cuando la especulación bursátil era apenas del 5% respecto a la economía real, hay que calcular lo que ocurrirá ahora que es del 98%. Y esa crisis toca a las puertas. De la crisis financiera se pasa a la económica y viceversa.

A esos juegos de azar entran y salen sumas que representan 25 veces el valor total del comercio internacional pero sin el respaldo de la producción de bienes y servicios. ¡Cosa de locos! El dinero gana dinero aún sin producir riquezas. Y el dólar, desprovisto de respaldo oro, vale sin representar valor alguno. De ahí su pánico ante el euro y la demanda yanqui de que China revalúe el yuan, haciendo más caras sus exportaciones.

Economistas de varias filiaciones calculan que las transacciones comerciales de bienes y servicios suman en el mundo un monto de 3.2 trillones anuales de dólares, mientras que las transacciones financieras y especulativas superan los 77 trillones en el mismo período. Antes, las metrópolis procuraban atenuar la caída de la cuota de ganancia con el intercambio desigual y la deuda externa con su periferia. En la fase imperialista o reino de los monopolios, añade el robo de cerebros y, además, la pérdida en los países dominados de toda soberanía, independencia y esperanzas de un desarrollo verdadero, y acude allí donde la mano de obra es más barata y están las fuentes de energía, agua y madera, toda la biodiversidad, además de mercados de venta que en el fondo evocan los paraísos fiscales, donde se lava el dinero del fabuloso narcotráfico.

Y todo eso es el ALCA, para nada una acuerdo de libre comercio, sino de libre saqueo, con la doctrina neoliberal del fatídico Consenso de Washington.

El objetivo es mantener el egoísmo nacional más perverso. Con solo menos del 5% de la población del mundo Estados Unidos controla el 18% del comercio mundial, consume el 25% de la energía del planeta y otro tanto de las materias primas, y posee más armamentos convencional y nuclear que el resto de los países, así como arsenales prohibidos de orden químico y biológico. Con la Ley Patriótica allí se perfila un régimen interno tipo nazi.

Ese imperio no se limita a ser el núcleo duro del capitalismo, sino su base material y obstinado cabecilla, controlando a su antojo a verdugos sin hacha pero más crueles, como el FMI, la OMC, el Banco Mundial y los tratados bilaterales en el espíritu esclavista del ALCA. No cabe hablar de plazos exactos donde decide la lucha, pero el pensamiento no puede quedar atrás de la vida y sus cambios posibles. Al capitalismo lo golpeará terriblemente la inminente crisis energética mundial. No la evitará sacrificando la escasa producción de alimentos, como la soya. Habrá más hambre y violencia en el planeta.

A pocos más que a mí, asombra China. La recorrí en 1951 al presidir la primera delegación juvenil latinoamericana en visitarla tras su gran Revolución. Su PIB percápita anual era de centavos. En 1970, bajo la locura de la Revolución Cultural, llegó a 1 dólar, y hoy es 400 veces más. Superada esa locura y con una política de paz, en el 2005 pasó a cuarta potencia mundial por el PIB, y la tercera por el comercio. A partir de 2008 superará a Alemania y en el 2015 a Japón y ocupará la segunda posición en el planeta, acercándose al poderío económico norteamericano. El mundo será multipolar.

En Nuestra América crecerán las luchas populares levantando la Alternativa Bolivariana para las Américas, el ALBA, reverso del ALCA, y la integración real.

Lejos de ver un enemigo en el pueblo norteamericano, los gestores del ALBA lo tienen como un eventual aliado para vencer al imperio, desde la protesta de sus emigrantes y los trabajadores afectados por el retiro de grandes empresas a países del Sur, tras salarios de hambre y arruinando a la mayoría, así como los opuestos a la guerra de Iraq y otras sanguinarias aventuras.

Así lo vio justamente el heroico pueblo vietnamita. Desde mi embajada en la selva entre las guerrillas del Sur de Vietnam, y mi otra sede diplomática en Hanoi bajo las bombas, y las cuevas de la libertad en Laos, aprecié durante nueve años que los pueblos de Indochina, como ahora los de Nuestra América, nunca confundían a los imperialistas con el pueblo norteamericano, que acabó siendo un factor de paz y de cese de aquella genocida agresión, incluyendo sus más eminentes científicos y artistas y el movimiento por derechos civiles.

En Cuba estudiamos otra cuestión teórica nueva, que me permito exponer.

El punto de partida se encuentra en Che Guevara, que encarna a plenitud el hombre nuevo, ese ideal supremo de la filosofía de Marx. Nadie refuta que la revolución es imposible y nunca llega a producirse y hasta concebirse, de no haber individualidades capaces de pensar en ella y organizar el ejército político presto a llevarla a cabo, defenderla, dirigirla a la organización de una nueva sociedad, más justa y capaz de conservar el espíritu revolucionario, y ¿acaso no es el hombre nuevo?

El hombre nuevo no acepta lo mal hecho, la corrupción, hacer a otros lo que no quiere que le hagan. Por ser revolucionario, jamás miente, sin revelar secretos a destiempo, ni deja de luchar según el sentido del momento histórico.

Además de hijo deseado de la revolución socialista, ese hombre diferente debe tener expresión masiva, o la revolución pierde fuerza y sentido. Comienza por el pueblo nuevo, distinto al de su propio pasado. Muchos pueblos aprecian así al pueblo cubano, pero eso está reservado para cada pueblo que se vuelve revolucionario. Bolívar comenzó con un pueblo multiétnico y multifronteras y lo hizo ser otro, y su derrota temporal respondió a que no logró darle la cultura necesaria, que le hiciera romper todas las cadenas. Martí culpó al siglo.

Actualmente, desde el campo de los pueblos se yergue una relación social nueva, ausente en tiempos de Libertador y el Apóstol, y que aquel marxista latinoamericano antidogmático, José Carlos Mariátegui, llamó Capital Humano. Lo vio asomar fraudulentamente en la política de Mussolini de dar protección a la maternidad de los pobres y la enseñanza de los niños por el Estado, y de modo genuino en la política de Lenin, que hizo esa protección y esa enseñanza dentro de la fraternidad del socialismo y no la opresión del fascismo. Mariátegui explicó la diferencia insalvable: Mussolini buscaba tener soldados para volver al imperio de Roma, y Lenin, hombres libres. Hoy economistas burgueses asignan la idea del Capital Humano al sector del conocimiento, como si fuera una reserva inagotable de empleo, y no lo es, y otros lo identifican con la mano de obra calificada. Podrá ser capital, pero deshumaniza. Humanismo con explotación es sembrar cacao en los Andes, como puede decirse en remedo de Bolívar al burlarse de los imposibles.

En Cuba entran en el Capital Humano los luchadores de vanguardia, sean o no miembros del Partido, que llamamos cuadros, pero siempre que estén dispuestos a todos los sacrificios desde la visión científica de su ideología, y los médicos, maestros, entrenadores deportivos, constructores, cuantos consideren que ser internacionalistas es su deber de patriotas del socialismo. Nuestro Capital Humano abarca las personas leales al progreso humano en ramas enteramente nuevas para Cuba: biotecnología, informática, neurociencia, neonatología y otras. A combatir el SIDA en África, puede Cuba enviar miles de médicos y Estados Unidos no lograría decenas. Ningún dinero logra tanto. Nuestro Capital Humano vale más que todo el capital financiero.

En cuanto a los intelectuales y artistas, afines a esa nueva categoría social, seguirán siempre vigentes las palabras de Fidel, de que dentro de la Revolución todo y fuera de ella, nada. Y jamás dictar formas de creación ni imponer el pensamiento único. Para Martí solo la unidad concede la victoria al pueblo, verdadero jefe de las revoluciones, sin ser posible en la naturaleza humana la unanimidad en todo. A la hora de los principios, unánimes. Mucho más, al defender la Patria. En la campaña de Junín, por Perú, Bolívar llamó a que cada ser humilde hiciera lo que pudiera por su propia emancipación.

La modesta experiencia cubana permite sostener que para afianzar el poder, defenderlo de sus poderosos enemigos y utilizarlo en beneficio inmediato del pueblo, las revoluciones necesitan crear en masa el Capital Humano. Y cabe hacer siempre una precisión. Su creación en Cuba es resultado de la política trazada por el Comandante en Jefe, pero su actuación en países extranjeros no es política, sino exclusiva y eminentemente ética, con respeto absoluto a los que nos honran al abrirnos las puertas de su casa. Su heroica solidaridad está en los picos de los Andes y los picos del Himalaya y no se detiene ante terremotos, ciclones, sunamis, dificultades, riesgos.

Cuestión teórica clave es ver lo falso de oponer el interés y el ideal, al apreciar que la economía es la base sobre la que se alzan el Estado y la conciencia social, o superestructura, pero influyéndose mutuamente, siendo el determinismo tan absurdo como el voluntarismo. Evocamos la demanda irreal de los marxistas alemanes, reunidos en la ciudad de Gotha, de dar a cada obrero el producto íntegro de su trabajo una vez tomado por el pueblo laborioso el poder político, Marx explicó que eso era imposible pues moriría la sociedad. Hay que descontar primero lo necesario para la reproducción ampliada de la producción y lo que debe destinarse a la salud, la educación, las reservas para el caso de desastres naturales, la defensa, el orden público. Y también enseñó que la formación comunista, sustituta de la capitalista, tendrá dos momentos: el socialista y el propiamente comunista. En el socialismo la distribución de lo que corresponde al trabajador depende de que entregue el máximo de su capacidad para recibir según su trabajo. En Cuba, con el 90% de las empresas cerradas por el Período Especial, no cabía pagar según el trabajo. Se les daba el 60% del salario. Y no se cerró una escuela ni un hospital. Ningún otro país hizo tal hazaña. El pago según el trabajo responde al interés de los buenos trabajadores, honestos y laboriosos y entra en su ideal de justicia. Marx dijo que ello viene del Derecho burgués, por ser los hombres diferentes en capacidades o número de hijos. Tampoco cabe olvidar la diferencia del trabajo simple y el complejo, por mediar estudios. Otra cosa es proteger a los discapacitados y los que padecen soledad en la tercera edad o enfermedades que los invalidan. Tras el Che, Cuba no practica la caridad, sino la solidaridad. Y saliendo del Período Especial, sustituiremos el subsidio de los productos por el subsidio de las personas que lo requieran. Lo primero es lograr una cultura económica, que no tenemos. La Revolución añadió más de 20 años a la esperanza de vida y avanza a dar cuatro decenios más, pero de seres vitales, no inútiles, cuidados por ella como su gran tesoro, lo mismo que los niños.

En el comunismo, aunque cada trabajador seguirá aportando al máximo de lo que sea capaz, recibirá gratis según sus necesidades, con lo cual la igualdad será genuina. En salud y educación, la Revolución cubana aplica los principios del comunismo, no los del socialismo. Ya eso asoma en países que se liberan.

Fidel concibe la victoria plena del experimento socialista cubano cuando, además de gozar de pleno empleo, con novedades como el oficio de estudiar, no exista en el país un solo joven que no estudie y trabaje, dado que se estudia para trabajar con plena dignidad humana. Ni un solo joven preso. En cada municipio de Cuba hay universidades y hasta un maestro para un niño montañés, con computación y video de panel solar, y comienzan a existir aulas de estudios preuniversitarios y universitarios en las cárceles. Algún día vivirá Cuba ante todo de su labor intelectual, con varias veces el ingreso necesario para un bienestar sin consumismo y con Orinocos de cultura y ciencia.

La primera idea realmente científica que defendemos es que el consumo de bienes materiales, indispensable para la vida humana, no puede identificarse con el consumismo. No sólo porque esta especie de invisible droga letal agota los recursos naturales al llegar el género humano a más de 6 500 millones de habitantes, sino porque convierte al hombre en un animal irracional y hasta en una cosa que acumula cosas. El millón de millones de dólares anuales que Estados Unidos gasta en anuncios solo produce estúpido automatismo.

En cambio, los bienes espirituales, como la propia ciencia y toda la cultura, desde el arte a la literatura, desde el deporte a la recreación y el turismo sano, conforman un universo infinito de felicidad. El mayor bien espiritual de Cuba es su humanismo. Los revolucionarios cubanos nunca han torturado ni a sus propios torturadores y desde su triunfo, no importa cuanto mienta el enemigo, no se les puede atribuir un asesinato político o un solo desaparecido.

Con toda su autoridad moral Cuba invita al ahorro del esfuerzo humano. A pasar de la idea del ahorro, al ahorro efectivo: hacer mucho con poco. Entre los hechos inolvidables de Fidel, está que si el mundo hace lo que Cuba, podrán durar el doble las reservas de combustibles fósiles, haber una larga moratoria en producir plantas nucleares, protegerse la ecología. Ahorrando energía, Cuba avanza más en biotecnología, medicina preventiva y sus pesquisas activas, inventivas de obreros y científicos, fomento del arte, la educación, todo.

El neoliberalismo propugna Estados débiles para las víctimas y, fuertes, para los victimarios. Bush pretende que países desarmados no resistan el ataque preventivo en 60 o más guerras. Al aplicar el terrorismo de Estado, el imperio emplea a secuaces sanguinarios, como el gobierno de Israel, que extermina a los palestinos y ataca al Líbano. Bush no oculta sus planes de agresión bélica contra Cuba, Venezuela, Bolivia, Irán, Siria, medio mundo. Amenaza a Corea del Norte y busca desmembrar a China y Rusia, mientras choca con Europa y Japón. Cuenta con la complicidad en su conjunto de la Europa de los monopolios y otros países donde los pueblos nada representan. ¡Pero de conjunto la humanidad resiste! Los peligros igualan a las esperanzas, las dificultades a las posibilidades. El dilema es irrefutable: ¡socialismo o nadie!

Para la toma del poder por los pueblos, hay un elemento conceptual nuevo. Durante largo tiempo se planteaba el problema del centro ideológico, en relación con las fuerzas más radicales, habiendo seguidores de Moscú y de Beijing, con dos visiones de la Revolución socialista y de la construcción del socialismo. Y luego hubo otros aspirantes a centro, un error que jamás cometió Cuba, no por sabiduría sino por su propia historia. Ahora todos los partidos en el poder de los países socialistas y aquellos que luchan por la emancipación, sustentan la concepción más revolucionaria, por más leal a la ciencia histórica: la de tomar el pensamiento de los clásicos del proletariado y ajustarlo a las condiciones específicas de cada país y añadir el ideario de sus próceres del pasado y el presente y de cuantos han defendido la libertad del hombre. O de cuantos predicaron la ética de la hermandad, como recuerdan Fidel y Chávez que hizo Cristo. Evo recuerda a los ancestros quechuas, aymaras, incas.

Los hombres nuevos iniciales constituyen la punta de la vanguardia del ejército político también nuevo, compuesto de civiles y militares, sin el cual ningún proceso revolucionario llega a nada. Y si tomamos los tres procesos contemporáneos nuestros, que admiran y apoyan los pueblos del mundo, aparecen unidad y diferencias históricas.

En Cuba la vanguardia estuvo conformada al inicio por tres fuerzas civiles. Una de ellas, creada por Fidel para el asalto al cuartel Moncada en procura de armas para el pueblo, fue la principal, secundándola el abnegado partido de los comunistas y el Directorio Revolucionario surgido en la Universidad y valiente atacante del Palacio del tirano. No fue tomado el Moncada pero la hazaña dejó abierto un camino estratégico nuevo, el de la lucha armada, único posible en las condiciones de Cuba. Triunfamos por crear Fidel el ejército militar del pueblo, por así decirlo, que animó el surgimiento del más poderoso ejército político con todo lo mejor de nuestra nación. La huelga general impidió la maniobra de un batistato sin Batista. Las tres fuerzas civiles acabaron fusionadas en el Ejército Rebelde. Y surgió, aprendiendo de Martí antes que de Lenin, el Partido único de los revolucionarios, cuyo nombre evoca su lejano objetivo final comunista. Ese Partido educa, organiza, guía, pero no postula, elige o revoca en las elecciones. El único elector, de abajo arriba, es el pueblo.

El supremo derecho humano conquistado por nuestro pueblo es su deber de autogobernarse. Lo defenderá con el espíritu de Cuito Cuanavale. Y eso simbolizan nuestros Cinco Héroes prisioneros del imperio. Regresarán a la Patria lo mismo que el niño Elián, por la protesta de toda la gente honesta.

En Venezuela, el ejército político nuevo nació del seno del ejército militar, con Chávez y una minoría esclarecida. En contubernio con el gobierno de Estados Unidos, la oligarquía, llena de rabia, desconoció la voluntad popular y buscó destruir la democracia revolucionaria mediante el golpe fascista del 11 de abril y luego dejó al país un trimestre sin petróleo. Sigue urdiendo perfidias. Sin temor, el pueblo vence porque se fusionan militares y civiles a semejanza de Bolívar mismo, que Pérez Arcay dijo fue el primero en personalizar el gran soldado y el gran ciudadano. Es la Revolución, sintetizó Morillo, el jefe español. Las Misiones bolivarianas llevan salud, educación, trabajo, comida, dignidad.

En Bolivia el ejército político proviene de los indígenas, que desplegaron luchas reivindicativas por años y tomaron el gobierno por vía de las elecciones. Desde el poder ejecutivo, con Evo Morales, se inicia el cambio social, comenzando por afirmar la soberanía nacional, rescatar los hidrocarburos, curar, alfabetizar. La asamblea constituyente, a presidir una mujer, refunda con altivez a Bolivia.

Los caminos de la lucha son tan variados como los países, la personalidad de los líderes, las huellas históricas. La particularidad es una ley general, lo mismo que la integración para adquirir el poderío capaz de vencer al imperio, y llegar al socialismo, no importa el nombre que le otorgue cada pueblo. El socialismo de este siglo defiende excelsos principios, dentro de tesis que pueden ser iguales o diferentes. Sin embargo, todas sus variantes tendrán que dominar cada problema, pues Dios está en todas partes, y el Diablo en los detalles, como dice el viejo refrán. Lo pensaba aquel Bolívar preocupado por los clavos del herraje de sus caballos de guerra, y eso predican y practican Fidel y Raúl. La síntesis de las ideas expuesta es: todo depende de quien tenga en sus manos el poder político, sepa defenderlo, sepa colocarlo a la altura del pueblo. Sí, mil caminos y distintos ritmos de cambios, pero todos pondrán a su servicio la causa, la fuerza y la reserva que derrotarán al imperialismo.

La Causa: una ciencia del hombre, por el hombre, para el hombre.

La Fuerza: el Capital Humano, que une esa ciencia y la revolución.

La Reserva: el ahorro de tiempo, esencia de la economía para Marx. El afán de producir más en menos tiempo, hizo cambiar las sociedades. Y al volverse libres, a más ahorro, más posibilidades de embellecer la vida.

Con Chávez toma su segunda vida el Libertador, y ya nadie podrá matarlo. Empieza a ser verdad lo que hace 180 años, al concebir la constitución boliviana, era su sueño: He conservado intacta la ley de leyes –la igualdad-; sin ella perecen todas las garantías, todos los derechos. A ella debemos hacer los sacrificios. A sus pies he puesto, cubierta de humillación, a la infame esclavitud. [6] De esa esclavitud vino el racismo, a combatir inspirados en Maceo y miles de cimarrones anónimos. Tampoco ninguna otra discriminación cabe en la libertad. Con su maestro Simón Rodríguez creía Bolívar en cuatro especies de instrucciones: social para hacer una nación prudente, corporal para hacerla fuerte, técnica para hacerla experta y científica para hacerla pensadora. Creía en el Poder Moral. Y defendía la necesidad de una igualdad artificial con la educación, dando la gran pregunta: ¿Qué hacer con el hombre en libertad?, y Martí dio la gran respuesta: Ser cultos es la única manera de ser libres.

Si para Bolívar, mientras quede algo por hacer, nada hemos hecho, ahora queda emplear este decenio, que será decisivo, en unir, unir, estudiar, estudiar, luchar, luchar por el triunfo de su idea fundamental, digna del Manifiesto de Coro: El progreso de las luces es el que ensancha el progreso de la práctica, y la rectitud del espíritu es la que ensancha el progreso de las luces. [7]

En Falcón y toda Venezuela, hay firmes representantes del Capital Humano cubano. Hacen dos milagros: dar visión a las pupilas y alentar con su ejemplo que haya más videntes de la conciencia. Se vuelven sementeras los médicos de Barrio Adentro, los maestros del Yo, sí puedo, los entrenadores deportivos, cuantos vienen de esa isla que nuestro querido amigo y poeta Yldefonso Finol dice que sin su andar perplejo en el Caribe, ¿cómo soñaría? Anima cómo crece el Capital Humano propio en la hermosísima tierra que tuvo la primera capital política de Venezuela y donde ondeó altiva la bandera del Precursor.

A todos levantan el espíritu de Che Guevara, siempre de victoria, y el regreso vuelto millones del descuartizado Túpac Catari, junto a ese cacique Nigale que Finol trae envuelto en historia y leyenda, y al Negro Primero, el lancero que se hizo a sí mismo una lanza de honor en Carabobo, lo mismo que al general Manuel Cedeño, cubano oriundo de Bayamo, y cuya partida de bautismo se perdió por incendiar sus hijos la ciudad antes de rendirla a los españoles, y todos ellos con Martí gritan: ¿A qué leer Homero en griego, cuando anda vivo, con la guitarra al hombro, por el desierto americano? [8]

La desunión es la hidra de la discordia, gritó el Libertador en su lecho de muerte de Santa Marta. Y al decir en su carta a Flores que todo el que hace una revolución, ara en el mar, negando por un instante su fe, denunciaba la división que destrozó la Gran Colombia e hizo que el siglo XIX, pese a sus hazañas, solo dio la independencia política, según confesó avergonzado Bolívar mismo. Solo la división explica que el socialismo no venciera a escala planetaria en el siglo XX. Pero la experiencia de pueblos enteros es el Hércules para cortar ocho de las nueve cabezas de esa hidra, evitando que de cada una broten dos, y enterrando la novena de ellas bajo las rocas del Chimborazo. Desde allí, estatua geográfica a la historia de Nuestra América, con suprema humildad, en su Delirio del Chimborazo, dijo el Libertador que el tiempo no pudo detener la marcha de la libertad. ¡Y esa marcha avanzará más veloz que el viento eternamente raudo en esa cumbre cuando, más temprano que tarde, no sea nada, como no será, el imperio que intenta detener el tiempo!

[1] Raúl Valdés Vivó. Las dos vidas de Bolívar. Visión desde Martí y la Revolución cubana. Editorial de Ciencias Sociales, Ciudad Habana, 2006, p. 153

[2] Memorias del General O¨Leary, Ministerio de la Defensa, Venezuela, t. 29, p. 522

[3] José Martí. Obras Escogidas en tres tomos. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1992, t. III, p. 352

[4] Jacineto Pérez Arcay. Obr. cit. p. 570

[5] C. Marx y F. Engels. La Ideología Alemana. Obras Escogidas en tres tomos. Moscú, 1976, t. I, p. 12

[6] Jacinto Pérez Arcay. La personalidad BOLÍVAR. Caracas. Venezuela, 2001, p 606

[7] idem, p. 144

[8] José Martí. Obras completas. La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 1975, t. 7, p. 368

* Dr. Raúl Valdés Vivó. Rector de la Escuela Superior del Partido Comunista de Cuba, “Ñico López”, miembro del Comité Central del PCC.

Septiembre/2006

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