..."Lo que os puedo dar os doy, que es una ínsula hecha y derecha, redonda y bien proporcionada..."
"Don Quijote de la Mancha". Capítulo XLII: " De los consejos que dió Don
Quijote a Sancho Panza antes que fuese a gobernar la ínsula..."

ISSN: 1810-4479
Publicación Semanal. Año 3, Nro.147, Viernes, 27 de octubre del 2006

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Cuba o "el principio esperanza"
Por Danielle Bleitrach

Traducido para Rebelión y Tlaxcala por Caty R.

1. Cuba denuncia los gastos astronómicos de armamento en el mundo.

NACIONES UNIDAS, 4 de octubre. Cuba declaró hoy aquí que apenas el 10% de los gastos militares actuales del mundo bastaría para alcanzar los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM), marcados en la Cumbre 2000 de la ONU.

Rodrigo Malmierca, embajador de Cuba en las Naciones Unidas, reafirmó ante la Comisión de desarme de la Asamblea general la propuesta de su país de destinar, por lo menos, la mitad de esos gastos a las necesidades de desarrollo económico y social, informa Prensa Latina.

Con los recursos que se dedican actualmente al armamento sería posible alimentar durante un año a 853 millones de personas que padecen hambre en el mundo o abastecer de medicinas durante 40 años a los 38 millones de personas enfermas de sida, añadió.

El diplomático informó de que durante la reciente XIV Cumbre del Movimiento de los Países No Alineados en La Habana, los líderes de los 118 países miembros se pusieron de acuerdo para promover principios y prioridades en materia de desarme y seguridad. Cuba va a trabajar activamente en la primera comisión (de desarme) con los otros países del Movimiento para llevar a cabo estas propuestas, afirmó el embajador.

En su intervención, Malmierca subrayó que un solo país, Estados Unidos, gasta en armas tanto como el resto del mundo y que las compañías estadounidenses fabrican el 60% del armamento que se vende en el planeta.

En cuanto al armamento nuclear, el diplomático cubano señaló que, a pesar del proclamado fin de la guerra fría, existen actualmente 33.000 armas nucleares en el mundo, de las que 13.000 están listas para utilizarse.

2. Meditación sobre el sentido de un combate.

Continuaré combatiendo por Cuba porque en este mundo desesperante Cuba sigue planteando las cuestiones que me importan, porque Cuba continúa enarbolando la frágil esperanza de una sociedad justa. No porque Cuba sea una sociedad ideal ni porque este combate nos preserve de todos los desengaños de la lucha progresista, sino porque no puede ser de otra forma para los que pensamos de cierta manera.

No existe hoy un combate que no nos enfrente a nuestra soledad, no sólo porque el adversario es poderoso, sino porque nuestro campo, la izquierda francesa, y los comunistas en particular, son desesperantes. En esta situación de confusión ideológica, la mediocridad, los chismes, la crueldad y la hipocresía dominan y nos invade el deseo de desistir. ¿Cómo no abandonarse a la desesperanza en vísperas de estas elecciones presidenciales sin salida, donde las ambiciones personales, las apariencias y la demagogia han invadido todos los campos sin excepción?

En toda mi vida sólo he tenido un interés: explorar el camino por el que los hombres podrían construir una sociedad justa. ¿Acaso la cadena de la vida sólo puede terminar en una lucha de depredadores? Quiero imaginar que algún día el mundo se librará de la hipocresía, de la crueldad y por tanto del horror de la guerra.

Recuerdo el impacto que me causó el intercambio epistolar entre Freud y Einstein. “¿Existe un modo de dirigir el desarrollo psíquico del hombre para hacerlo más resistente a las psicosis del odio y la destrucción?” preguntaba Einstein.

Freud le dio una extraña respuesta que me marcó profundamente [1], describió la "normalidad" de la guerra y del impulso de muerte y se interrogó sobre esta mutación genética, concluyendo que se trataba de “cultura” el hecho de que ciertos seres humanos hubieran llegado a la imposibilidad de tolerar los horrores de la guerra. “Querría sin embargo tratar también un problema que usted no plantea en su carta y me interesa especialmente. ¿Por qué nos sublevamos con tanta fuerza contra la guerra usted, yo y, como nosotros, muchos otros? ¿Por qué no la admitimos como una más de las innumerables vicisitudes de la vida? (...)

» Creo que el motivo esencial por el que debemos sublevarnos contra la guerra es que no podemos hacer otra cosa. Somos pacifistas porque estamos obligados a serlo por razones orgánicas. Esto no se entiende sin una explicación y por eso añado: desde tiempos inmemoriales la humanidad desarrolla el fenómeno de la cultura (otros prefieren utilizar el término “civilización”). A este fenómeno le debemos lo mejor que hemos llegado a ser y una gran parte de lo que sufrimos. Sus causas y orígenes son oscuros, su resultado incierto. Posiblemente puede conducir a la extinción del género humano, porque perjudica en más de un aspecto a la función sexual (...)

» Las transformaciones psíquicas que acompañan al fenómeno de la cultura son evidentes e indudables. Consisten en una pérdida progresiva de los fines instintivos unida a una limitación de las reacciones impulsivas. Algunas sensaciones que para nuestros antepasados eran muy placenteras, para nosotros se han convertido en indiferentes y hasta intolerables: hay razones orgánicas para la transformación que han experimentado nuestras aspiraciones éticas y estéticas (...)

» Las concepciones psíquicas hacia las que nos arrastra la evolución de la cultura se oponen flagrantemente a la guerra y por eso nos rebelamos contra ella; simplemente no podemos seguir soportándola. No es una mera repulsa intelectual. En nuestro caso es una intolerancia constitucional y afectiva, una idiosincrasia extrema, por así decirlo (...)
Y ahora, ¿cuánto tiempo falta todavía para que los demás también se vuelvan pacifistas? No sabríamos decirlo. ¿Por qué caminos, con qué rodeos? No podemos adivinarlo. Mientras tanto sí podemos decir: todo lo que promueve el desarrollo de la cultura también trabaja contra la guerra”.

Freud estaba lejos de plantear una cuestión moral, ni siquiera estaba seguro de que esta evolución fuera buena para la especie, sino que describía una situación, la de ciertos seres que habían evolucionado hasta llegar a un punto de intolerancia “casi estética” hacia la guerra. Así descubrí que lo que yo imaginaba como una especie de tara personal, la violencia que me infligía la sola idea de la guerra y sobre todo la de los bombardeos sobre las poblaciones civiles, había sido compartida por otros.

Había otros individuos que como yo, cuando la guerra acechaba en algún sitio, eran capaces de sentir tanto dolor que gritaban estar dispuestos a morir para que la guerra no llegara o se detuviese… Recuerdo una noche que la televisión, que había dejado encendida, me despertó. La aviación estaba atacando Bagdad, eran las tres y media de la madrugada; a las seis caminaba por las calles de Marsella hacia el consulado de Estados Unidos, a las siete éramos dos los que deambulábamos despavoridos, un hombre que portaba un cartel contra la guerra y yo…

No nos hablamos, ni siquiera nos miramos, avergonzados, creo, del fracaso monstruoso, de nuestra impotencia, de la obscenidad de nuestra especie humana. Esta es la palabra adecuada para decir de qué manera el misterio de la vida, su evolución hasta los balbuceos de la conciencia, lo que siempre me apasionó, aparece de pronto en la guerra: la obscenidad; no en el sexo que es la vida, sino en el triunfo de la muerte. No sé por qué esto para mí es tan insoportable como la pérdida total del sentido. Sé de qué hablo, me he enfrentado a las crisis de un esquizofrénico y le tuve miedo pero también del precipicio que se abría en el fondo de mi ser. De eso se trata.

La experiencia de la pérdida del sentido, de la obscenidad de la victoria de la muerte, culmina en la guerra, pero a menudo la encuentro en el contacto con mis contemporáneos; es como un chirrido: a veces basta un hecho, una mirada, una palabra para que se rompa la coherencia tranquilizadora y aparezcan la monstruosidad, la crueldad, la hipocresía. La guerra, sí, y también el racismo, la matanza cotidiana de los seres humanos desechados.

No hay nada más desesperante que descubrir estas abominaciones en el curso de la lucha por la utopía de una sociedad más justa y dios sabe que en los últimos años nos hemos enfrentado a esas desviaciones, cobardías e intereses personales, hasta el punto de que frente a quienes conservaban los mismos ideales que yo, me sentía como ante el hombre que caminaba al amanecer por las calles de Marsella con su cartel; no nos atrevíamos a mirarnos, nos invadía la vergüenza de ese precipicio que la locura de la guerra había abierto en el fondo de nosotros.

Formo parte de estos ateos que sin embargo tienen una conciencia cósmica que se acerca mucho a la religiosidad. Está ausente de eso toda hipótesis de un dios que me recompensaría por mis actos, hasta el punto de que si consiguieran convencerme de la idea de ese dios, del absurdo de esa existencia, no cambiaría ninguno de mis comportamientos.

En cambio entiendo muy bien lo que dice Kant sobre la correspondencia entra la noche estrellada y la ley moral [2]. Nunca ha habido nada que me interese más que la visión del infinito en el espacio y el tiempo; y esta cuestión: ¿habrá algún día una sociedad justa y armoniosa? Sin esta pregunta la vida no tiene sentido…

Desde este planteamiento, hoy existen en Francia muchas razones para la desesperanza: la falta de salidas, el odio entre los pueblos, el choque de civilizaciones tanto interno como externo. Veo sin embargo a personas de buena voluntad, que intentan encontrar una salida, inmersas en la confusión donde cada uno se pronuncia según su “fe del carbonero” y no con hechos, con la contribución que podrían aportar... Todo el mundo es “hincha” de un partido pero no “jugador” capaz de convencer, de arrastrar la adhesión de sus allegados, de sus compañeros de trabajo, de sus vecinos, como pasó con el No a la constitución... ¿Hablarles de qué? ¿De qué retos?
Y ya que me referí a la "religiosidad" o incluso al dogmatismo, estamos ahí de lleno, como en los mejores tiempos del estalinismo, cada uno expresa su fe, pero el "trabajo" político verdadero no existe...

3. El principio esperanza.

También tenemos ante nosotros un problema filosófico sobre el que ya se ha reflexionado mucho, no sólo Marx, sino también Ernst Bloch, Lukacs, Che Guevara, Fidel Castro, a saber, la carga utópica que hay en el comunismo y su diferencia fundamental con el idealismo filosófico y religioso. Incluso podemos decir que "el realismo" de Stalin es un dogmatismo que apela precisamente a un idealismo filosófico y religioso. Para luchar contra esta deformación, no se trata de renunciar a la utopía e ir hacia el conservadurismo burgués, el nihilismo, sino de encontrar "la mediación concreta", sobre la que interviene la acción transformadora...

En resumen, para luchar contra "el estalinismo", hay que recuperar la idea del Che, que sabe que el primer deber de un revolucionario es hacer la revolución, no en la imaginación, sino a partir del trabajo, los problemas, las posibilidades que hay... Por no haber hecho ese trabajo muchos partidos comunistas europeos no sólo no han salido del dogmatismo, sino que además lo mezclan con la incapacidad de pensar en una vía de transformación para Francia y para Europa. No ha habido una crítica comunista y revolucionaria de la experiencia, sino la adopción del modelo de los vencedores.

Aunque Cuba no represente la sociedad ideal, justa y perfecta, como se les decía a los comunistas a propósito del “modelo soviético", sí hay en ese pueblo una tensión permanente hacia esa sociedad de justicia y paz, una lucha, es decir, "un principio esperanza" [3], Cuba no sobreviviría bajo la amenaza permanente de su poderoso vecino si se basase en una utopía religiosa, el menor error puede resultar fatal, pues esta isla, sus habitantes en lucha permanente por su independencia deben apoyarse totalmente en "la mediación concreta", es decir, en el pueblo cubano mismo, en sus aliados... Crear una situación comparable a un deporte de lucha en el que partiendo de su debilidad, debe utilizar la fuerza del adversario y volverla contra él para impedir el enfrentamiento militar desigual y sin ceder jamás un ápice de terreno en lo esencial de sus postulados: la independencia nacional y, lo que viene a ser lo mismo, la opción socialista...

No estamos en una visión idealista y exaltada, sino en la idea de que la inteligencia humana, la cultura del pueblo (cultura en el sentido más amplio) puede vencer el impulso de muerte, el odio, la autodestrucción de una parte de la humanidad. No pensemos que la lucha para divulgar la realidad cubana es un camino de rosas. También en esa realidad encontramos el arribismo y la mediocridad que hay en cualquier otra parte. Y es normal, porque Francia es lo que es y nada escapa a la confusión. Pero cuando se defiende a Cuba hay un objetivo que está por encima de la división, del interés personal, ahí está claro “¡por eso siempre defenderé a Cuba!” Porque cualesquiera que sean las dificultades y la desesperanza en nuestro medio, Cuba nos da la oportunidad de recuperar los valores fundamentales del compromiso comunista y humanista.

Es sorprendente en Cuba la gran formación política del pueblo así como su alto nivel cultural… Quien conoce este país no puede quedarse indiferente ante el desarrollo cultural de sus habitantes. Es el acceso a la educación, a la creación artística es, sobre todo, la manera de ser, el trabajo colectivo. Todos los visitantes se maravillan de la gentileza de sus habitantes, del esfuerzo que ponen en la vida en común, eso forma parte de la “cultura política”.

Hay que medir bien hasta qué punto es importante para ellos compartir, la enorme solidaridad con los que sufren. El pacifismo de los cubanos que demuestra la postura de su representante en la ONU, es un claro ejemplo de lo que dice Freud sobre "la intolerancia afectiva y constitucional" que inspira la guerra a partir de cierto grado de "civilización". Lo que da otro sentido al pacifismo, que no es sólo negarse a combatir.

Por último añadiré que el imperialismo, el de Estados Unidos, pero también el nuestro, el francés, aunque en menor medida, cada vez depende más de la guerra. Todos los descubrimientos científicos y técnicos, las inversiones estatales, giran alrededor del belicismo. Podemos preguntarnos cuánto duraría el capitalismo si no existiese la guerra…

Porque es en el pacifismo, en el rechazo a los gastos de armamento, donde está el detonante para dinamitar desde el interior la lógica destructora y obscena del capitalismo… Y el camino hacia la expansión del humanismo…

Confío en Cuba porque esa pequeña isla asediada es capaz de reclamar un mundo sin guerra, un principio de esperanza, mientras combate al adversario más poderoso imaginable de una forma ejemplar. Hay que resistir mientras se acumulan las armas y parece que por todas partes triunfa la muerte; y Cuba irradia ese frágil resplandor.

Notas

[1] Carta del Dr. Freud al profesor Einstein sobre la violencia y la guerra: http://mobbingopinion.bpweb.net/artman/publish/printer_512.shtml

[2] “Dos cosas llenan el ánimo de admiración y respeto, siempre nuevos y crecientes, cuanto con más frecuencia y aplicación se ocupa de ellas la reflexión: el cielo estrellado sobre mí y la ley moral en mí. Ambas cosas no he de buscarlas y como conjeturarlas, cual si estuvieran envueltas en obscuridades, en lo trascendente fuera de mi horizonte; ante mí las veo y las enlazo inmediatamente con la consciencia de mi existencia.” (Immanuel Kant, Crítica de la Razón práctica).

[3] El "principio esperanza" es el título de la obra del gran filósofo marxista alemán Ernst Bloch http://www.trotta.es/Shop/TT_detalle.asp?idLibros=828

*Caty R. pertenece a los colectivos de Rebelión y Tlaxcala, la red de traductores por la diversidad lingüística. Esta traducción se puede reproducir libremente a condición de respetar su integridad y mencionar al autor, la traductora y la fuente.


http://www.rebelion.org/noticia.php?id=39764

 




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