..."Lo que os puedo dar os doy, que es una ínsula hecha y derecha, redonda y bien proporcionada..."
"Don Quijote de la Mancha". Capítulo XLII: " De los consejos que dió Don
Quijote a Sancho Panza antes que fuese a gobernar la ínsula..."

ISSN: 1810-4479
Publicación Semanal. Año 3, Nro.147, Viernes, 27 de octubre del 2006

 

Al borde de un ataque de nervios: Crónicas norteamericanas
Por Mario Diament

El gobierno de Bush descendió el martes un peldaño más en el camino hacia el oprobio cuando el presidente firmó la llamada Acta de Comisiones Militares de 2006, que regula los procedimientos de interrogatorio y detención de sospechosos de actos terroristas.

La nueva ley recorta considerablemente las prerrogativas de los acusados, incluso derechos tan universalmente establecidos como el de examinar las evidencias en su contra, exigir la excarcelación por hábeas corpus y excluir toda prueba obtenida por coerción, al tiempo que habilita a la Agencia Central de Inteligencia (CIA, por sus siglas en inglés) a retomar métodos de interrogatorio que no hace mucho hicieron de la prisión iraquí de Abu Ghraib un monumento a la perversidad humana.

Mientras Bush destacaba el privilegio que le cabía firmar la legislación destinada a "salvar vidas norteamericanas", el senador demócrata Russ Feingold, de Wisconsin, profetizaba: "Miraremos este día como una mancha en la historia de nuestra nación"; la Unión Norteamericana de Derechos Civiles denunciaba la nueva ley como "una de las peores medidas en la historia los derechos civiles", y el senador republicano Arlen Specter consideraba que el estatuto jurídico de los Estados Unidos había retrocedido 900 años.

A esta altura, resulta trivial advertir la regularidad con que George W. Bush borra con acciones lo que proclama con palabras. Las libertades democráticas que reclama de los demás se diluyen bajo su autoridad cada día que pasa. Tomará una década de gobiernos sensatos devolver a la sociedad norteamericana los derechos perdidos desde la aprobación del Acta Patriótica y sus corolarios.

Como para subrayar su determinación, el presidente logró que el Congreso votara esta ley apenas cuatro meses después de que la Corte Suprema de Justicia sentenciara que las comisiones militares asignadas para procesar a los acusados de terrorismo violaban la Convención de Ginebra y eran inconstitucionales.

No habían pasado dos horas de sancionada, cuando ya los abogados del Departamento de Justicia corrían a notificar a la Corte de Apelaciones que la nueva ley eliminaba la jurisdicción de las cortes federales sobre las decenas de juicios presentados en favor de los cerca de 500 detenidos en la cárcel de Guantánamo.

Y sin embargo, todo el mundo en Washington admite que es improbable que esta legislación tengo mucho futuro o pueda ser aplicada en un plazo relativamente corto. Su constitucionalidad fue inmediatamente cuestionada por algunos abogados defensores de presos y tocará eventualmente a la Corte Suprema decidir su legalidad.

Pero el raudo pasaje de este proyecto por las dos cámaras del Congreso y la aprobación extraída sobre líneas esencialmente partidistas son una indicación de que, a tres semanas de las elecciones de medio término, el partido del gobierno está nervioso y no encuentra mucho más que hacer, fuera de agitar la bandera de la dureza y la seguridad.

Complicaciones

En la intimidad, los republicanos sacuden resignadamente la cabeza y admiten que las cosas no andan bien en ningún frente. La guerra de Irak es ya una guerra civil; los talibanes han florecido nuevamente en Afganistán; Corea del Norte ensayó su bomba atómica desoyendo las advertencias, e Irán sigue adelante con su programa nuclear.

En el plano interno, el fantasma de Nueva Orleáns no deja de acuciar la memoria de quienes vieron la ciudad del jazz y el Mardi Gras hundirse bajo las aguas y la incompetencia, al tiempo que el estandarte de la moral que el Partido republicano ha agitado tradicionalmente, como uno de sus valores preeminentes, ha debido esta vez ser arriado discretamente en vista de la difusión de los correos electrónicos cargados de insinuaciones sexuales que el representante Mark Foley enviaba a los pajes del Congreso.

Los demócratas necesitan ganar 15 escaños para recuperar el control de la Cámara de Representantes y seis para controlar el Senado. Los oráculos mediáticos dicen que es factible, en particular ante la evidencia de que la aprobación que merece el presidente Bush de parte del electorado no pasa del 34 por ciento. No es que tengan mucho de nuevo que ofrecer, pero si el trasvasamiento ocurre, el presidente se verá, por lo menos, obligado a escuchar.

Aun con un Congreso controlado por los demócratas, los próximos dos años se ven como una escarpada cuesta difícil de escalar. Como un ejército en retirada, Bush ha sembrado el terreno de minas y la desactivación promete ser peligrosa, lenta y engorrosa.

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