..."Lo que os puedo dar os doy, que es una ínsula hecha y derecha, redonda y bien proporcionada..."
"Don Quijote de la Mancha". Capítulo XLII: " De los consejos que dió Don
Quijote a Sancho Panza antes que fuese a gobernar la ínsula..."

ISSN: 1810-4479
Publicación Semanal. Año 3, Nro.140, Viernes, 8 de septiembre del 2006

Libro de visitas

 

La Cuba que yo conocí
Por Rafael Rodríguez Cruz

Hablo, y el corazón me sale en el aliento.
Si no hablara lo mucho que quiero me ahogaría…

Miguel Hernández

La noticia de que el presidente de Cuba, Fidel Castro Ruz, había sido intervenido quirúrgicamente, me llegó en el momento y lugar menos inesperado: la unidad de neonatología del hospital pediátrico William Soler en la Habana. Esa noche estaba cansado y lo menos que quería era noticias preocupantes: llevaba varios días en compañía de médicos especialistas, enfermeras y técnicos de laboratorio cubanos que atendían diligentemente una ligera complicación renal de mi hija, Mariana Gabriela, acabada de nacer. La lectura de la Proclama del Comandante coincidió con la hora de visita en el hospital, donde todas las tardes nos congregábamos padres y familiares de niños y niñas recién nacidas(os) para recibir el parte médico del día; pero aún así, hicimos un espacio para ver la televisión y enterarnos de lo que ocurría con Fidel.

Nada tan impactante como recibir malas noticias en un hospital, sean de un familiar cercano o de un revolucionario a quien uno admira.

Del González Coro al William Soler

Mariana Gabriela nació el 25 de julio de 2006 en uno de los hospitales más prestigiosos de Cuba, el "González Coro" en el Vedado. Desde que su madre fue hospitalizada tres días antes en la sala de pre-parto, hasta días después del maravilloso nacimiento de Marianita, el personal del González Coro me hizo un gran favor: me trataron exactamente como a cualquier cubano, porfiándome incluso algunos el que tuviera raíces boricuas y acusándome vehementemente de ser un oriental avergonzado de sus orígenes. Sea como sea, pasé durante ese período por muchas de las vicisitudes, incidencias, logros y emociones de cualquier padre cubano esperando el nacimiento de una hija.

Sentado en los pasillos del hospital, durante largas horas de espera en las afueras de esa magnífica instalación, en el sillón al lado de la cama de Gabriela, en el patio del hospital y dando vueltas desesperadas por las cuadras del Vedado pude conocer una Cuba que nunca había visto tan de cerca. Allí compartí con doctores y enfermeras; con estrellas del deporte que esperaban el nacimiento de jimaguas; con cubanos que viven del salario en pesos; con otros que viven de divisas; con vendedores ambulantes; con abogados y empleados de empresas estatales; con revolucionarios y cuenteros; con gente humilde y con algunos -los menos- arrogantes y bulleros.

Dos cosas aprendí en esos días: la extraordinaria calidad de la medicina gratuita en Cuba, y la absoluta certeza de los pacientes de que se hará –a pesar de mil limitaciones- todo lo posible por la salud del familiar. Digo mil limitaciones con un grado de reserva: cuando se trata de neonatología, en Cuba no hay reparos. La bola –o comentario de calle- al respecto es que el asunto de la salud de los recién nacidos es sagrado para la Revolución y para Fidel. Mire señor –me dijo una doctora tres décadas más joven que yo- su hija va a estar bien, se lo aseguro.

Aquí está en las mejores manos. Pero si había un grado de seguridad en las palabras de la doctora, mayor era el sentimiento de certeza entre los familiares de los pacientes. Nadie pone en duda que la mejor atención médica es un derecho absoluto de los cubanos y sin que cueste un centavo.

Sobre la medicina cubana y el personal del González Coro, me impresionaron dos cosas. En primer lugar, el profesionalismo y el trato respetuoso, en particular, de las doctoras de parto. Esto lo sé de primera mano, pues compartí muchas conversaciones (y horas de espera) con ellas y porque estuve en el nacimiento natural de Mariana.

Si bien me pareció portentosamente triste lo que el bloqueo hace a la medicina de Cuba, a la vez quedé sorprendido por la habilidad, dedicación, ingenio y humanidad de la medicina cubana. Cuba tiene una clase médica magnífica y revolucionaria, pues la inmensa mayoría de los médicos que conocí, no aceptan ni un café o un helado de regalo (tampoco me aceptaron la divisa). La salud del pueblo está al margen de la perversión del dinero, y todo el mundo –hasta los que critican la Revolución- lo dicen con un aire de orgullo.

Lo segundo que me impresionó es el sistema de médicos de familia y aquí hablo con nombre y apellido: la doctora Miriam, sentada allí en el Consultorio 19 de abril, en su oficina sin aire acondicionado, con su bata de medicina un poco descolorida por el pasar del tiempo, hablando de sus enfermos como si fueran su familia, en primer nombre y con pleno conocimiento de sus preocupaciones y manías; luego, al terminar las consultas de la oficina, verla caminando a pie por las calles de La Timba -en una misión tan importante como las internacionalistas- visitando los hogares de sus enfermos, atendiendo a los viejitos que no llegan al consultorio, a ver cómo vive Marianita, que todo eso es parte de la evaluación médica.

Pero si hay orgullo en los servicios del González Coro, cuando llegas al William Soler, el sentimiento adquiere niveles monumentales: decir que el niño o la niña está en el William Soler, es decir que se acabaron los problemas.

Es raro –sino imposible- hablarles a los cubanos del trato médico en los hospitales de la isla de Puerto Rico- porque no tienen un marco de referencia. El Centro Médico de Río Piedras es inconcebible en Cuba; las expectativas inmediatas de cualquier familia cubana en cuanto a salud están mil millas por encima. La idea de un maratón para recaudar fondos para cirugía de emergencia, no les resulta comprensible. En Cuba, si una persona necesita una intervención quirúrgica compleja, bueno, se hace y se resuelve el asunto. Entonces, cuando llegas al William Soler, te pone triste la enfermedad del niño pero te alegra estar en esas facilidades, rodeado de familiares que no te dejan dudar un momento de la medicina cubana.

El caos más perfectamente organizado

El doctor Ernesto Guevara de la Serna- el queridísimo Che- no negaba que la Revolución Cubana era un barullo: el caos más perfectamente organizado del universo. Ciertamente, para quien llega de Estados Unidos, donde impera una cultura estandarizada y esterilizada, Cuba parece un enredo premeditado. Incluso en sus postulados teóricos más sofisticados, la racionalidad cubana es ante todo visceral, mezcla única de pasión, creatividad e inteligencia. Mire señor, siga al pie de la letra lo que dicen los médicos –me dijo una empleada del González Coro-, pero póngale un prendedor rojo en la ropita para que no le echen mal de ojo a su niña. Como cosa de segunda opinión, hablé con un pediatra: Bueno, hágalo de todos modos, si usted cree en eso, también puede funcionar.

Es significativo que el Che viera a Cuba como lo hizo, dada su preparación académica en Argentina, donde –según él– la intelectualidad vive obsesionada con la indiferencia emocional y las apariencias de regularidad, orden y sabiduría. Todavía hoy, socialistas como Julio Antonio Mella resultan exóticos y enigmáticos a pensadores marxistas tan profundos como Néstor Kohan, por su interioridad y sus reflexiones nunca desapasionadas o carentes de fogosidades y emociones efervescentes. Cuba es así, pienso; y así seríamos los boricuas si fuéramos un pueblo culturalmente libre.

La noche del 31 de julio de 2006 me acosté preocupado con la noticia de la enfermedad de Fidel, pero esperando como los días anteriores no poder dormir. Estaba en casa de Gabriela, en la 37 -entre Loma y Seis- a una esquina del Cementerio de Colón y del barrio más bullero de la Habana: La Timba. Además era verano y en esa época, en Cuba, la algarabía es permanente, día y noche, con gritos, música, celebración y alboroto. La Habana se preparaba para su carnaval de 2006. Asombrosamente, la noche del 31 de julio fue distinta, un silencio casi perfecto se apoderó de las calles del Nuevo Vedado, como el que impera en el seno de una familia cuando hay un familiar enfermo y de cuidado y lo que manda es hacer lo que haya que hacer, sin perder el sentido de lo normal. La memoria del 23 de septiembre de 2005 vino a mi mente, con un sentido urgente de que llegara la mañana, de que saliera el sol. Al llegar el día, sin embargo, el peso del silencio y la normalidad se hicieron más patentes. Toda Cuba se levantó como una sola, guiada con el firme propósito de defender con cada detalle la normalidad propia de un pueblo que ha sabido superar, en más de una ocasión, escollos gigantescos. El pan llegó como de costumbre; igual el periódico y los palitroques.

Lo inusual es que no se trataba de algo hecho en función de consignas, de anuncios ni proclamas emocionales, sino de un pedido sencillo, hecho en una proclama igualmente llana, de que todo continuara igual; igual que ayer, como el día anterior. Era en no poca medida un silencio ensordecedor, de una materialidad inmediata. Confieso que nunca había visto cosa igual. Estados Unidos, donde vivo, es el país por excelencia de los silencios, pero se trata en éste de un mutismo artificial, producto de barreras físicas que se alzan entre los patios, de gramas tan curtidas que invitan a todo menos a la visita y la amistad, de distancias fundadas en conciencias volcadas a la interioridad vacía, pueril y efímera del mundo de las mercancías, al culto de la libertad negativa, de la libertad de excluir espacial y socialmente, hasta con la marca del carro que se guía. Cuando hay una tragedia, sin embargo, los estadounidenses se lanzan a los extremos: la histeria o el desinterés, dependiendo de si afecta a Wall Street o los barrios pobres de New Orleáns. En Cuba, se ponen ecuánimes y firmes, con una normalidad tan poco fingida que, hay que admitir, parece visceral.

Dentro del caos aparente de los días anteriores, del ruido de la personalidad porfiadora de los cubanos en la calle, se fue materializando, pues, ante los ojos de todo el mundo aquella vieja advertencia que el Che diera a los pensadores arrogantes que, como Ernesto Sábato, cuestionaban la de los fundamentos pocos ortodoxos de la ideología de la Revolución: Lo que sí puedo asegurarles es que este pueblo es fuerte, porque ha luchado y ha vencido y sabe el valor de la victoria; conoce el sabor de las balas y de las bombas y también el sabor de la opresión. Sabrá luchar con una entereza ejemplar (12 de abril de 1960).

Esa mañana de agosto 1 de 2006, mientras las ondas de Radio Martí irrumpían ilegalmente en las emisiones de Cuba, hablando incluso de una supuesta invasión, las palabras sabias del Che en 1960 se hicieron sentir en la conducta de la gente de Cuba, desde los panaderos hasta el general. No es una impresión pequeña ésa de ver a un pueblo revolucionario y valiente actuar con determinación de hierro. El poder de esa fuerza no se encierra en palabras, sino en conducta y detalles. Al final del día, el Che tenía razón: todos los resortes que funcionan por su cuenta se ajustaron mágicamente a una voluntad y organización central. A la cabeza de ese engranaje está el pueblo trabajador. Y con ese pueblo, Fidel y Raúl.

La hora más rotunda: el parto

En su poema Hijo de la luz y de la sombra, Miguel Hernández describe la concepción, nacimiento y vida temprana de su hijo en términos de la interrelación de la luz y de la sombra. Para él, la hora del parto es la más rotunda hora, el momento en que, hablándole a la madre, dice el poeta: estallan los relojes sintiendo tu alarido, se abren todas las puertas del mundo, de la aurora y el sol nace en tu vientre, donde encontró su nido.

No podría, aunque quisiera, ofrecer una descripción más completa de un parto natural, del momento en que nace una hija o un hijo. Quizás podría mencionar, humildemente, la dialéctica compleja –carnal y a la vez espiritual– que subyace al momento inmediatamente anterior al parto –la dinámica de contracciones, como dicen las doctoras cubanas, con sus pujes, respiros controlados y erupciones descomunales de fuerza femenina. Ser testigo de ello, es una maravilla. Decía Hegel que sin arriesgar la vida no se llega nunca a la felicidad, y el parto es para la madre precisamente un encuentro intensamente poderoso de la vida y la muerte: Y tú te abres al parto luminoso, entre muros que se rasgan contigo como pétreas matrices, en las palabras de Miguel Hernández. Y el sol nace en tu vientre, donde encontró su nido.

No es extraño, pues, que el parto haya sido objeto de admiración por los grandes revolucionarios y poetas de nuestra América y de todo el mundo. Son como las revoluciones, una cosa maravillosa pero violenta. La vida y la muerte, las luces y las sombras se besan y se excluyen en una especie de danza o ritual milenariamente ascendente donde los muertos, con un fuego congelado que abrasa, laten junto a los vivos de una manera terca.

No sé si es coincidencia, o producto de la brujería antillana, el que mi primera hija naciera en Cuba, rodeada de médicos y gente que cree en revoluciones y encantamientos, en prendedores de ropa y cantos a los santos de la madre África. La Revolución Cubana, ese proceso que el Che –un médico- definiera como un producto genuino de la improvisación, es ante todo culto y respeto a la humanidad. No es perfecta, pero si no la defendemos, se nos puede ir con ello toda la vida espiritual, los sueños y aspiraciones de todo un continente. A Cuba, a Fidel y a Raúl, mis más humildes gracias, por haberle dado a mi hija una patria libre y socialista y por saber defenderla, con valor y gallardía, frente a las barbaridades imperialistas.

Sé que son palabras muy personales, pero si no hablara lo mucho que quiero me ahogaría.

Fuente: Claridad (Puerto Rico)

 




© Biblioteca Nacional "José Martí" Ave. Independencia y 20 de Mayo. Plaza de la Revolución.
Apartado Postal 6881. La Habana. Cuba. Teléfonos: (537) 555442 - 49 / Fax: 8812463 / 335938