..."Lo que os puedo dar os doy, que es una ínsula hecha y derecha, redonda y bien proporcionada..."
"Don Quijote de la Mancha". Capítulo XLII: " De los consejos que dió Don
Quijote a Sancho Panza antes que fuese a gobernar la ínsula..."

ISSN: 1810-4479
Publicación Semanal. Año 3, Nro.140, Viernes, 8 de septiembre del 2006

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Notas sobre la hegemonía, los mitos y las alternativas al orden neoliberal
Ensayo premiado en la Segunda Edición del Concurso Internacional "Pensar a Contracorriente". La Habana, 2005

Por Aurelio Alonso

Todavía no hemos asumido a fondo la profundidad de los acontecimientos que marcaron, al decir de Eric Hobsbawn, el final del siglo XX, que él ha calificado de "corto": el derrumbe del sistema socialista nacido de la Revolución de Octubre y el fin del orden bipolar que surgió de la Conferencia de Yalta. Y por otra parte la consolidación, enteramente dentro del escenario capitalista, de la nueva revolución tecnológica que ha abierto el paso de la civilización industrial a la civilización informática.

La promesa de una sociedad distinta, post capitalista, que incentivaría las capacidades humanas desde un orden equitativo y justo, no se hizo viable en el siglo XX. Al final, la prueba de la eficiencia, que el socialismo aceptó dirimir dentro de los patrones fijados por el capital, la ganó el capitalismo. Y la ganó en el terreno de la economía porque el socialismo la había perdido en el terreno de la política. La institucionalidad política que se había dado cedió sorpresivamente al impacto del primer revés integral sufrido dentro de las reglas del mercado financiero mundial.

Sería ingenuo, y hasta peligroso para las experiencias socialistas que han resistido al derrumbe, atribuir esta fragilidad política a la conducción de un gobernante en lugar de mirar hacia las estructuras del sistema.

Como si nos olvidáramos de que en el capitalismo los gobernantes pasan continuamente y el sistema se sostiene por sí mismo. No veo lectura sensata que no parta del reconocimiento de la insuficiencia de las instituciones que el socialismo del siglo XX engendró. No lo digo como una conclusión sino como la hipótesis, o al menos la pista para una agenda de la investigación que nos falta realizar a fondo, sin dejarnos llevar por dogmas ni por ilusiones; y a la que estamos obligados para que nuestras respuestas a los reveses no se queden en el corto plazo.

Probablemente la empresa de levantar un nuevo modo de producción, uno superior al capitalista, en el propio siglo XX, haya sido un empeño prematuro. Pero en tal caso esa experiencia histórica no habrá sido en balde. Cuando menos tenemos que reconocerle la dimensión de un antecedente, como ensayo general, como prueba de que el desencadenamiento de esta fuerza liberadora es posible, necesario y promisorio, más allá de cualquier inventario de insuficiencias y deformaciones en el malogrado episodio soviético del socialismo de Estado. Lo cierto es que la humanidad ha vuelto a quedar atrapada en manos del 0,008% de la población mundial, una minoría que monopoliza los beneficios de la revolución tecnológica y que impone todas las reglas a su arbitrio, desde un modelo de dominación que adquiere al fin una configuración verdaderamente universal para el capital.

Capital transnacional y hegemonía

Cada vez que me asomo al tema de la globalización insisto en nombrar la centralidad del poder del capital transnacionalizado, para no dejar en las ramas la connotación del concepto. Fernando Martínez, en uno de los ensayos recogidos en su libro Corrimiento hacia el rojo, advierte que "neoliberalismo o globalización son palabras de un lenguaje que limita el pensamiento a debates secundarios o a confusiones".1

Yo también encuentro validez en estas prevenciones. No porque haya que desestimar esos conceptos, sino en aras de no permitir que nos saturen el discurso, dándole un sentido falso. Para no olvidar que uno y otro hacen referencia al ordenamiento mundial a partir de que la transnacionalización del capital implantó dispositivos propios de dominación sobre el sistema capitalista mundial. Estamos ante un rasgo estructural, un nuevo eslabón en el proceso de concentración y centralización del capital, y estimo imprescindible tener en cuenta que cuando hablemos de "alternativas al neoliberalismo" estaremos hablando de alternativas al poder del capital transnacionalizado, o a sus efectos relacionales, físicos, humanos, espirituales e institucionales, por tipificar esferas de lo social donde ese poder de dominación cobra forma más allá de lo estrictamente económico.

Subrayo desde ahora que estoy haciendo referencia a una relación de poder. Parecería que, al no desarrollar suficientemente una teoría del poder, Carlos Marx dio lugar a que entre sus seguidores prevaleciera la tendencia de reducir el poder a la esfera de la política. En el mainstream del marxismo —ortodoxo y heterodoxo— se consolidó así una visión superestructural del poder, que se plasma en su identificación, en sentido estricto, en el poder del Estado, o dicho más exactamente, en el Estado como expresión exclusiva del poder.

No del poder que atraviesa todas las esferas de las relaciones sociales, comenzando por la familia, la célula básica de la sociedad, para seguir en el seno de las relaciones económicas (y eso, las relaciones de explotación, sí nos consta a todos que Marx lo vio con claridad desde los textos económicos que anteceden al Manifiesto Comunista), en todas las manifestaciones de la institucionalidad civil (comenzando por las instituciones religiosas, para las cuales el poder constituye un elemento clave), y por supuesto, culminar en su más auténtica y concentrada manifestación institucional: el Estado.

Los conceptos de hegemonía y de dominación son expresivos, precisamente, de la relación de poder. En todas las esferas en que este se manifiesta. Estimo que en nuestros días tampoco se puede hablar de "globalización neoliberal" sin hablar de "hegemonía", a riesgo de quedarnos atrapados entre el deslumbramiento de la formidable revolución tecnológica de nuestro tiempo, en un extremo, y la angustia del círculo vicioso neoliberal en el ordenamiento económico y social del mundo, en el otro extremo. Y de perder, entre deslumbramiento y desesperación, la perspectiva histórica integral.

El aporte gramsciano al descubrimiento teórico de Marx fue decisivo para la vindicación del concepto de hegemonía, su diferencia y a la vez su nexo inseparable con el de dominación, sobre el cual Lenin había hecho ya un aporte decisivo. El último para denotar la coerción, en tanto el primero subraya un efecto "intelectual y moral" que hace que el poder sintetice una "combinación de fuerza y consenso".

Antes de Antonio Gramsci, y también ahora con la mayor frecuencia —pues su pensamiento no ha sido tomado en cuenta con la atención que merece— ambos conceptos suelen usarse indistintamente, como si esta significativa diferencia que él develó fuese una simple sutileza del lenguaje.

La lectura gramsciana se presenta a partir de una relación que tiene lugar dentro de la especificidad del bloque histórico, pero que resulta también válida aplicada al sistema-mundo, y adquiere un extraordinario valor explicativo para desentrañar los lazos de poder en la época del capital transnacionalizado. Decir que hablamos de hegemonía para designar simplemente a la supremacía de un Estado sobre otro puede resultar una reducción. Robert W. Cox lo expone en términos muy convincentes cuando señala: "El concepto hegemónico de orden mundial está fundado no solo en la regulación del conflicto interestatal, sino también como una sociedad civil concebida globalmente, esto es, un modo de producción de dimensiones globales que pone en funcionamiento conexiones entre las clases sociales de los países abarcados por él".2

Una mirada indiscreta al presente

A partir de estos supuestos propongo, antes de hablar siquiera de alternativas, asomarnos a algunos de los grandes mitos que la hegemonía neoliberal ha logrado imponer al mundo. Sin atenerme a una secuencia histórica, ni a un orden definido de relevancia, pienso que tal vez la idea de la "terminación del orden bipolar" podría ser el primer mito que se presenta a nuestra mirada. El orden bipolar en realidad no ha desaparecido, sino que el sentido de los polos se nos muestra distinto, otro del que se nos había propuesto como prioritario. Cabría decir más bien que ha desaparecido la centralidad de la contradicción Este-Oeste, nomenclatura geográfica que encubre una competición de potencias (pretendidamente de formaciones socioeconómicas), una confrontación de hegemonías (y no solamente la confrontación por la hegemonía).

Ahora habría pasado al centro la contradicción Norte-Sur, para mantenernos denominándolas según la geografía. De modo que, de reconocer validez en esta apreciación, el orden bipolar no terminó, sino que mostró tener otro sentido.

No es este un recurso retórico: sugiere incluso la posibilidad de que haya pasado el tiempo de la competición de las potencias;3 revela igualmente el hecho de que no hemos desembocado en un mundo multipolar (y me pregunto si en rigor podríamos hablar de unipolaridad, dado que la connotación de lo polar alude siempre a dos polos, lo que querría decir que "unipolar" es un sinsentido), sino en un mundo en el cual los polos están marcados por la riqueza y la pobreza, la confrontación más antigua en la historia.

A la altura de los años 60 estudiosos latinoamericanos y europeos focalizaron desde diversos ángulos el primado de la contradicción Norte-Sur en un cuadro asimétrico del ordenamiento mundial. Desde entonces esta relación ha recibido designaciones muy diversas según los rasgos que se destaquen: primer y tercer mundo, países industrializados y no industrializados, países desarrollados y subdesarrollados (o en desarrollo, desde una lectura complaciente), centro y periferia, países acreedores y países deudores.

El hecho es que el derrumbe del socialismo soviético ha venido a confirmar que el plano verdadero, estructural, del bipolarismo cobraba forma en una solución de continuidad de las relaciones de explotación —todavía no de ruptura— enmarcado por la distribución y el poder sobre las riquezas. Y que ahora nos ha tocado descubrirnos en medio del mundo del capital transnacional, de su poder omnímodo. Ya no más en el mundo de los grandes bloques en pugna.

Lo que tenemos ante nosotros no es un dato exclusivamente económico, sino también, de modo inseparable, un dato de poder, que toca a todos los niveles de las relaciones sociales, lo que ha llevado a algunos autores a calificarlo de crisis civilizatoria. Se le ha llamado a este tiempo "medioevo tecnológico". Intento resumir en las notas que siguen los rasgos que considero distintivos y los mitos que ha armado la hegemonía.

1.- La aparición de nuevos pactos de poder.

La asociación entre el capital transnacionalizado y los Estados de los países capitalistas centrales en el ejercicio de la hegemonía, con la subalternación cómplice de las burguesías y los gobiernos de los países periféricos, cuyo compromiso de clase a escala global ha hecho desaparecer en la práctica la competitividad del interés nacional. Y ha generado nuevas normas de servilismo y corrupción en las democracias de la periferia.

Este sería, a mi juicio, el rasgo que diferencia en un sentido más general a la etapa de concentración capitalista y el orden en el cual vivimos hoy, de los que le precedieron. Me parece importante detenerme en un par de aclaraciones, por obvias que se les considere: la primera es que no se da como ruptura, que el capital no se hace transnacional volviéndose antagónico con la geografía en que se origina. Las empresas transnacionales también tienen patria, y es archiconocida la concentración de las transnacionales en Estados Unidos, en un primer plano, seguida de los países más ricos de Europa y de Japón.

Es precisamente esta asimetría en la localización del capital transnacional la que da cuenta de la concentración de poder económico y la dominación de Estados Unidos en el sistema mundial. Digo "poder económico" con toda intención porque las diferencias económicas, incluso entre los centros capitalistas, no se limitan a diferencias de riquezas, de lo que arrojan las cifras del PIB, el PIB per cápita, y otras estadísticas, sino que devienen, al propio tiempo, diferencias de poder.

La segunda aclaración se refiere a lo que distingue al orden actual del que le precedió, centrado en las competencias entre los monopolios locales; la competencia monopólica transnacionalizada se presenta marcada por la capacidad de acción, la autonomía supranacional, la asunción de una alta cuota de control sobre los instrumentos internacionales, y la influencia que alcanzan sobre los intereses nacionales.

Tal vez el mejor y más antiguo de los ejemplos que reflejan con claridad este pacto es la historia de la formación del sistema de competencia de las transnacionales petroleras, las legendarias "siete hermanas".

En resumen, que el ordenamiento actual se nos presenta caracterizado por el pacto de poder entre los Estados y el capital transnacionalizado.

2.- La subordinación de la inversión productiva a la inversión especulativa en los circuitos de la reproducción del capital.

La especulación prevalece ahora en la reproducción del capital y adquiere peso en la regulación de la inversión productiva: se pueden mover volúmenes apreciables de ganancias sin producir un alfiler. Es una deformación que se transfiere progresivamente a todo el sistema. Las sumas que circulan a diario en los mercados de divisa representan unas 50 veces el valor de las transacciones de bienes y servicios no financieros en el mercado. En México, el TLCAN ha llevado la inversión especulativa a las cuatro quintas partes de la inversión total y a estas proporciones llevaría seguramente el ALCA a toda América Latina.

El debate de los años 60, que confrontaba la orientación hacia las estrategias de "industrialización sustitutiva" como elemento para fortalecer la salida del subdesarrollo, frente al "redesplazamiento del capital industrial", ha sido barrido por la violencia monetaria impuesta por las dinámicas dominantes del capital.

El cambio en la composición de las inversiones se convierte así en un nuevo factor de desestructuración de las economías de la periferia que la asociación de "libre comercio" con las grandes potencias parece que va a intensificar de manera invariable. Por tal motivo hablaría de un segundo mito, el de la "incentivación de las inversiones", mito que pudiéramos considerar una variante neoliberal de otro más viejo y quizás más global, que es el mito del "derrame"; o sea, la desacreditada ilusión que pretende justificar el enriquecimiento, sin límite y a cualquier costo, de las minorías con la falacia de que esto produciría un "derrame" de bienestar sobre las clases subalternas (o las economías subalternas, en el plano del ordenamiento internacional).

3.- El primado que adquieren las relaciones entre deudores y acreedores, dentro de la relación entre periferia y centro.

Estas relaciones se han convertido en el lazo que arma de conjunto la viabilidad y la perpetuación de la economía subalterna dentro del esquema neoliberal. El tercero de los grandes mitos de la ideología neoliberal —e insisto en que los identificaré a medida que salgan a flote— sería el mito de los "países deudores", como si hablásemos de una condición natural. Pues en realidad los más ricos son los que más deben, tanto en términos financieros, como en sentido rigurosamente histórico.

La más elevada de las deudas (externa y externa, pública y privada) es la de Estados Unidos, seguida de las de las economías más dinámicas de los centros capitalistas. Pero la dependencia no es definible en términos de cifras de endeudamiento. En cuanto a la historia, no existe contabilidad ni medios de reclamar el saqueo de cinco siglos, las deudas históricas sobre las cuales los centros capitalistas construyeron su acumulación originaria.

No obstante, lo que ahora importa para nuestra caracterización del significado de la deuda, no es definir quién debe más en realidad, sino verificar que el endeudamiento, a partir de los créditos de los años 70, se convirtió en el medio principal de sangramiento de las economías del Sur, y en el principal instrumento de poder, económico, político y social del Norte sobre la periferia. Y que a la larga no es un problema que se resuelva con períodos de gracia, y ni siquiera con condonaciones, sino que se requieren mecanismos que, además de limpiar las cuentas, eviten que los efectos del endeudamiento para las economías de la periferia rebasen la condición de una estricta obligación de pago.

4.- La intensificación de las dinámicas de empobrecimiento y desigualdad.

En la década de los 90 los ingresos del 1% más rico en América Latina pasaron de 220 a 230 veces los ingresos del 1% más pobre. El 2002 finalizó con 221 millones de pobres, 7 millones más que el 2001, medido por raseros fijados por el Banco Mundial (cuyas insuficiencias para revelar la verdadera situación de pobreza han sido demostradas), a pesar de los esfuerzos desplegados por mitigar la pobreza y algunos logros relativos obtenidos. Estas dinámicas no pueden ser revertidas a partir de la lógica del capital, que es la lógica de la ganancia. La incompatibilidad entre la eficiencia capitalista, basada en la ganancia, y la perpetuación de patrones de equidad y justicia social, que supone la incorporación racionalizada del gasto no productivo a los mecanismos económicos, adquiere su máxima expresión en el esquema neoliberal.

Cobra un sentido especial el concepto de pobreza estructural, frente a una visión coyuntural de la pobreza, para explicar la reproducción sistémica del fenómeno en escala ampliada. También el concepto de marginalidad, que no es coextensivo con el de pobreza, pero que define un universo social estrechamente vinculado a ella. Y el concepto de exclusión, usado para explicar la existencia de una franja de población considerada como prescindible por el sistema. "No estamos entrando en otra era más de ricos y pobres, como en la Gran Depresión. El nuestro es un mundo de incluidos y excluidos".4

La dicotomía tampoco se limita ya a los términos que expresan la situación de escasez en que tiene que vivir la inmensa mayoría de la población del planeta, sino que alude a disparidades que fuerzan un tipo de inserción de las regiones geográficas en el sistema internacional.

No tiene nada de casual que el tema de la pobreza se haya convertido desde el último cuarto del siglo XX en una de las preocupaciones más acuciantes en los medios políticos, tanto como en los académicos, por el fracaso que una civilización tecnológica con las mayores capacidades productivas de la historia, suficientes para eliminar los problemas del hambre, la educación y la salud, se muestre impotente para ello debido al modo en que la sociedad se encuentra ordenada.

5.- La nueva división del trabajo

A la vieja "división del trabajo" entre centro y periferia (es decir, la que el centro impone a la periferia), basada en la economía de plantación y la extracción de recursos minerales y materias primas enmarcada por la marea de exportación de capitales desde finales del siglo XIX hasta el XX, se superpuso una nueva a partir de la década de los años 60 del siglo que concluyó; centrada esta en las industrias de subcontratación o maquiladoras, en el turismo, y en las remesas familiares procedentes de la emigración. Por razones obvias, voy a pasar por alto ahora una descripción más detallada, pero quiero insistir en dos rasgos generales. El primero, que no se trata de situaciones coyunturales, sino que estos nuevos elementos son introducidos estructuralmente por las dinámicas propias del ordenamiento impuesto por el capital transnacionalizado. El segundo rasgo es que los tres nuevos elementos son indicativos de la profundidad a que ha llegado la brecha entre países ricos y países pobres.

La profundización de la brecha entre Norte y Sur se refleja en la totalidad de esta configuración. En el caso de la maquiladora, a través del movimiento del capital hacia el mercado laboral más redituable, donde la elevada disponibilidad de fuerza de trabajo convierte a la superexplotación en una estrategia de subsistencia para una población que carece masivamente de otras posibilidades de empleo remunerado.

El mercado turístico (que ha sido llamado por sus apologistas "la industria sin chimeneas") supone el aprovechamiento de los recursos naturales de los países del Sur como producto de exportación, ante la carencia de otros más lucrativos. Constituye, a mi juicio, una franja de las economías periféricas que pudiera ser mucho mejor aprovechada, si se regulara con más rigor la participación del capital transnacional, y se fortaleciera la presencia de la propiedad nacional socializada (no solamente estatal). Es un sector en el cual pienso que la experiencia cubana ha logrado resultados aprovechables en otros escenarios.

A medida que crecía la corriente migratoria de los países de la periferia a los centros capitalistas en busca de empleo en mejores condiciones, se fue incrementando también el peso específico de las remesas familiares hacia los lugares de origen, y estas constituyen hoy en muchos países de América Latina la más importante fuente de ingreso en divisas. Esta situación de ningún modo es estática, pues es de sobra conocida la intensificación de las dinámicas migratorias que caracterizan la entrada en el presente siglo. Se puede pronosticar por lo tanto que la relación migración-remesas no solo se va a intensificar, sino que también va a generar un proceso de complicación cargado de contradicciones.

6.- El debilitamiento del Estado-nación en los países periféricos
(Subrayo, en los periféricos) frente al capital transnacionalizado y frente a los organismos económicos internacionales. Me refiero a un circuito de procesos que incluye la pérdida de poder económico a través de las privatizaciones, del manejo irresponsable y abusivo de los recursos naturales, del abandono de la voluntad política de respuesta y resistencia, y de la pérdida consiguiente de soberanía funcional.5

Aquí aparece un cuarto mito de la ideología neoliberal: el mito de la "desregulación". Supuestamente la supresión de regulaciones sobre la economía sería una condición de eficiencia, una sine qua non del buen funcionamiento del mercado.

Esto es totalmente falso, pues la economía de mercado no responde desde hace mucho a la "mano invisible" que proclamaba Adam Smith.

Hoy lo que prevalece no es, de ningún modo, el mercado libre, sino un mercado bien diferenciado y administrado. ¿Cómo competir desde las agriculturas periféricas en el mercado con las agriculturas de los países ricos, si el agricultor medio en Europa recibe 16 000 dólares de subsidio anual, y el norteamericano 20 000?6

¿Cómo hablar del predominio del mercado global cuando este representa entre el 15% y el 20% de las transacciones mercantiles, en tanto que el 80% o el 85% restante, es decir, el grueso del comercio mundial, tiene lugar entre las transnacionales?
En realidad el mercado se mueve hoy a partir de los conductos de una planificación centralizada desde los centros del capital y no por la acción de la ley de la oferta y la demanda.

En definitiva, el único objeto de desregulación es la capacidad de los Estados periféricos de responder a los intereses de sus pueblos, crecientemente sumidos en condiciones de pobreza.

7.- El poder irrestricto de la especulación ha otorgado un carácter estructural a los circuitos financieros negros.

Circuitos cuya naturaleza es distinta en esencia de las gruesas franjas de economía informal generadas por la exclusión, que se han convertido en el espacio de supervivencia para la población empobrecida. Hablamos ahora de corrupción, y no de cualquier tipo de corrupción. Recuerdo siempre, de mis tiempos de estudiante, a un profesor de una asignatura de Seguros quien decía que existían solo tres maneras de llegar a rico: la primera era nacer rico y heredar, la segunda era casarse rico (o rica), y la tercera consistía siempre en quitarle el dinero a otro. Porque el dinero nunca está inactivo, en algún lugar, esperando por alguien que lo adopte. No pretendo convertir la anécdota en una cita de autoridad, pero no podemos pasar por alto la falta de escrúpulos que entraña la naturaleza misma de la competencia capitalista: la corrupción legitimada.

Un quinto mito que creo que se conforma es el de confundir las maneras en las que buscan la subsistencia extensas franjas de la población que nacen y mueren sin conseguir en su vida un empleo remunerado estable (los excluidos de que ya hablamos), con el lucro del tráfico de narcóticos, de armas, de personas, y de influencias, y aun con el saqueo del erario público. Abigarrado todo bajo el concepto de economía informal. Es un mito para el cual confieso que no he encontrado aún un nombre bien diferenciado, pero no por ello menos real que los otros.

Ahora no me refiero por supuesto a la informalidad en la obtención de la subsistencia, sino a las modalidades de la corrupción vinculadas a los circuitos transnacionales de la acumulación de capital. Más allá de los llamados "paraísos fiscales", existen ya extensas regiones fuera de la jurisdicción de cualquier Estado. No se excluye que algunos países muy endeudados ingresan sumas más cuantiosas procedentes de la droga, el comercio de armas y del contrabando humano que de las fuentes de la economía formal. Los Estados, casi siempre los pequeños, pero incluso los grandes, carecen frecuentemente de recursos suficientes para hacer frente al cártel, que también introduce la corrupción en sus dispositivos de control policial.

El peso específico de este mercado a escala global hace difícil distinguir en las altas finanzas al dinero sucio del limpio. El lavado de dinero consta de tres etapas: la "colocación" de los ingresos ilegales en un contexto legítimo, que no requiera revelar el origen de los fondos; la "estratificación", que consiste en movilizar los activos en una serie de transacciones para ocultar su localización; la "integración", que supone la eliminación de cualquier indicio de origen ilegal a través de la disolución de los fondos en la economía convencional. La introducción de los espacios virtuales, frente a los territoriales, aporta rapidez y anonimato a los mercados de capitales de todo tipo, y en consecuencia al lavado.7

En tanto, en las relaciones intergubernamentales, los temas de la "lucha contra las drogas", la "lucha contra el terrorismo", y otros, en lugar de contribuir a soluciones efectivas devienen indicadores de mecanismos de fuerza, de aplicación del poder con otros fines. Así se pone de manifiesto en el Plan Colombia, o en la ley norteamericana llamada "de ajuste cubano", y se mezcla con la concepción de la guerra que vemos aparecer en la invasión a Afganistán, primero, y ahora a Iraq.

Aquí tendría que incluir un sexto mito, el más reciente de todos, que llamaríamos después del 11 de septiembre del 2001 "el mito de las cruzadas".

Con antecedentes condicionantes, como el más que cincuentenario mito del "mundo libre" frente al mundo comunista, que saturó el discurso norteamericano y europeo de postguerra. Mito que tuvo un éxito apreciable en ocultar al Occidente que vivía en un mundo que de libre tenía muy poco.

8.- Aparece, en este contexto, una nueva concepción de la guerra manejada por el vencedor, que está determinada de antemano por la superioridad logística y económica, y que va delineando las reglas de entrada y de salida en el conflicto bélico sin tomar en cuenta para nada la situación y el criterio del vencido, que por supuesto también ha quedado definido de antemano. La guerra vuelve a ser, sin duda, la válvula de escape de tensiones económicas y el medio de afirmar intereses de dominación (como es el caso de las reservas petroleras), y de fortalecer zonas de influencia (como el control geopolítico del Medio Oriente).

Es difícil pensar ya, dada la asimetría existente, en una tercera guerra mundial con el perfil de las dos anteriores, libradas a partir de bloques de fuerzas en contienda. Ahora parecería que cada día nos adentramos en el mapa de una guerra de los centros de poder contra la humanidad, contra los que cada vez más se resisten a aceptar, en parte o en todo, los esquemas hegemónicos del imperio. Una guerra en la cual quienes combaten (y pienso básicamente en la infantería) a favor del poder del capital no tienen por qué entender su verdadera naturaleza, sino todo lo contrario: necesitan sentirse los portaestandartes de una cruzada purificadora.

Aquí radica en esencia el sentido del "mito de las cruzadas" al cual me referí líneas atrás. ¿Cómo movilizar sin este mito para el combate las aventuras de invasión?
De ahí que la confianza en la superioridad logística se haya hecho tan relevante. De ahí también que el efecto disuasorio de las bajas al invasor, producidas con frecuencia por métodos irregulares ante la imposibilidad de hacerlo de otro modo, adquieran un decisivo significado de disuasión.

9.- La revolución tecnológica del siglo XX, que debió servir para escolarizar y educar al hombre nuevo, ha devenido una estructura de mantenimiento de la inercia, de adocenamiento, de creación y difusión de mitos, y el auspiciador principal de la insensibilidad dentro del totalitarismo del mercado. La insensibilidad muestra una ruta de crecimiento que incide en la deshumanización de la sociedad. La imagen del niño que muere de inanición ha perdido impacto en el habitante del primer mundo. La tragedia de la población del África subsahariana, que camina paso a paso al destino de ser diezmada por el SIDA, se escapa a la sensibilidad de las mayorías en las poblaciones del Norte.

No creo que haya sido la solidaridad humana (y que me perdonen las excepciones, que muchas conozco) lo que motivó la receptividad entusiasta ante el discurso presidencial de la cruzada antiterrorista posterior al 11 de septiembre del 2001, sino el pánico, la inseguridad y la desconfianza. La reacción fundamentalista no sale de la pregunta ¿cómo fue posible que sucediera?, sino de otras preguntas, como: ¿qué hacer para evitar que se repita?, ¿cómo evitar que toque a mi familia? En esta coyuntura lo que preocupa al implicado no se vincula a los que perecieron tanto como al riesgo de figurar en la nómina de los próximos. En tanto, las cruzadas no hacen más que engrosar las nóminas de los próximos.

La intolerancia genera intolerancia; esa es una verdad universal, en ningún caso para bien, siempre para mal.

Y la resistencia armada del pueblo iraquí, que escribe hoy una página de gloria en defensa de su independencia nacional sin precedente en la historia de las recientes granjerías del imperialismo, queda codificada como terrorista ante la opinión pública de los países invasores. Tenemos que vérnoslas con una maquinaria tan perfectamente engrasada, tan efectiva, tan articulada, que se hace un desafío de primer orden lograr que el sentido común llegue a tener sentido.

10.- El mundo no se ha hecho realmente más democrático

Las 15 transiciones políticas de dictaduras militares a regímenes formalmente democráticos, que tuvieron lugar en el último cuarto del siglo XX en América Latina, arrojaron resultados tan impopulares que han provocado un efecto de desilusión traducido, entre otras cosas, en abstencionismo electoral, en la opción por candidatos no vinculados a partidos políticos tradicionales, en el rechazo al sistema pluripartidista corroído en todas partes por el clientelismo.

El sistema político, concebido según los patrones del presidencialismo norteamericano, ha mostrado —como en los propios Estados Unidos — la involución hacia una verdadera subasta de cargos en la cual las posibilidades de elección se vinculan, sin recato de tipo alguno, a los recursos de que disponen los candidatos para costearse la campaña.

El incremento de la incidencia en casos de corrupción y enriquecimiento de los mandatarios, ahora electos en las urnas, se ha sumado a la tradicional desatención de los intereses de la población. Estamos ante el séptimo de los mitos de la ideología neoliberal, el mito de la "transición democrática", sobre el cual habría ya mucha tela por donde cortar.

No es mi intención pasar por alto lo positivo que reporta este cambio en el continente, pero el saldo en esa cuenta está muy lejos de ser satisfactorio.

Para un criterio de alternativas

Expuestas estas consideraciones, con cierta pretensión de diagnóstico, la pregunta a la que quiero acudir ahora es: ¿Existe alternativa para el orden neoliberal impuesto por el capital transnacionalizado?

El octavo mito que voy a citar, tal vez el primero de la ideología neoliberal, visto cronológicamente, al transitar la propuesta de Hayek del plano teórico a la aplicación práctica a principios de los años 80, fue el que quedó enunciado por Margaret Thatcher en aquella frase que sigue recorriendo el mundo: "There is no alternative" ("No hay alternativa"), y que de tanto repetirse se convirtió en la sigla TINA.

Hacer creer simplemente que no había otra salida que la aplicación de la fórmula neoliberal, tan desacreditada en el debate de las décadas precedentes.

Sin embargo, desde la segunda mitad de los años 90, las crisis bursátiles llevaron a replantear a algunos, en el plano práctico y en la teoría, la limitación de la fórmula de la privatización como pivote estructural del neoliberalismo. En su discurso de despedida al abandonar la presidencia del Fondo Monetario Internacional, Michel Camdesus reconoció: "Nos hemos equivocado" al evaluar los resultados de la aplicación del modelo neoliberal. Hoy empezamos a observar incluso desprivatizaciones en diversos sectores: aeropuertos, ferrocarriles, distribución de aguas.

Han aparecido doctrinas reformadoras de derecha para el sistema, como las de George Soros y la "tercera vía" de Anthony Giddens, y más recientemente otras más críticas, como las propuestas del premio Nobel de economía Josepth Stiglitz.

No estamos ya en el auge de la alternativa de Thatcher y Reagan, sino en el inicio de su declive. Estamos ante la necesidad de buscar otras alternativas que ellos deslegitimaron en los años 80. Desde una proyección de izquierda se ha producido un movimiento de articulación más orgánico de la protesta social, con numerosas organizaciones, variadas, de distinto alcance y tonalidades políticas, que comenzaron por manifestarse espontáneamente en oposición al Foro de Davos y a otros cónclaves del imperio a finales de los 90, y que han hallado expresión integral en las reuniones del Foro Social Mundial de Porto Alegre desde el año 2001.

Salen a flote iniciativas puntuales aceptables para vastos sectores de la periferia, como la propuesta de aplicación internacional de un impuesto sobre las transacciones financieras en beneficio del desarrollo de los países periféricos (inspirado en la conocida "Tobin Tax"),8 las propuestas de condonación —incluso progresiva— de la deuda a los países de economías más retrasadas, la de levantar y dar apoyo a posturas de oposición a cualquier tipo de medida que genere pobreza, o también el condicionamiento de que la libre circulación de personas anteceda a la libre circulación de mercancías que se proclama en el ALCA. Ha vuelto al primer plano de la agenda el tema del fortalecimiento de las fórmulas de integración regional, como el MERCOSUR, el Pacto Andino, y el CARICOM.

Y más acá de la economía, no olvidemos la campaña contra las bases militares estadounidenses en los países periféricos, que con tanta fuerza resonó en el IV Foro Social Mundial en Mumbai.

Otro signo relevante de reacción popular y de posibilidades de cambio lo encontramos en las muestras de recuperación de la capacidad de hacer uso del dispositivo electoral en función de los intereses de las mayorías. Frente a la tendencia al abstencionismo, se ha comenzado a notar la opción de las urnas para llevar a la conducción del Estado, en Venezuela y Brasil, a las figuras que las mayorías decidieron que pueden responder a sus intereses (y para mantenerlos, añadiría, en el caso de Venezuela), y se impidió en Ecuador y en Argentina que el poder quedara en manos de los representantes confesos de la oligarquía. En Bolivia la presión de las masas forzó la renuncia de una presidencia a punto de tomar decisiones que afectaban hondamente los intereses nacionales.

Parecería paradójico que tengamos que contar todavía como excepción las situaciones del Tercer Mundo en las cuales el sistema democrático —perdón, el sistema armado sobre el esquema liberal, he querido decir— ha comenzado a funcionar para lo que se supone que había sido creado: para que la voluntad de las mayorías decida quiénes y cómo las deben gobernar. Sin caer en espejismos, hoy se puede constatar el déficit de equilibrio del sistema político impuesto. Y con ello los signos de crisis de un noveno mito de la ideología neoliberal: el mito del "fin de la historia".

Dedico las páginas finales de este artículo a algunos apuntes para el debate actual sobre las alternativas al orden neoliberal.

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El concepto de alternativa referido al sistema neoliberal nos plantea, de entrada, algunos dilemas semánticos. El primero es el que se vincula a la pregunta "¿Alternativa de quién?" ¿Para quién? ¿En interés de quién? Ante los efectos de agotamiento modélico (la situación de Argentina se convirtió, en nuestra América, en la expresión más clara de ese agotamiento), los centros de capital van a tratar de volver a decirnos, en torno a sus propuestas, que "no hay alternativa". Vuelve hoy a cobrar sentido el dilema entre las propuestas de izquierda y las propuestas de derecha. Recordemos que el TINA de Margaret Thatcher tomó a la izquierda de principios de los años 80 por sorpresa, sin alternativas propias que levantar como horizonte de lucha.

El discurso de la izquierda envejeció —ya había envejecido— tratando de defender a ultranza un paradigma en crisis. Ahora la izquierda tiene que recomponerse; si se recompone, el paradigma tiene que ser recreado, y las alternativas tienen que buscarse en las coyunturas, es decir, para situaciones concretas. Los lastres del siglo XX hacen más difícil que en el pasado retomar el concepto de socialismo para designar lo que querríamos dibujar como un paradigma postcapitalista, pero no ha aparecido otro que lo supere para designar por contraposición un horizonte genérico. Además, estigmatizarlo a partir de los fracasos puede ser tan nocivo como han sido otros estigmas, e incluso más que otros.

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El segundo dilema sería, entonces, el que tiene que ver con la pregunta "¿Desde dónde nos planteamos la alternativa?" Aquí "dónde" es una referencia sistémica más que física. No es lo mismo planteárnosla desde los centros que desde la periferia (y, atención, no es que no sea importante el problema planteado también desde los centros y no solo desde la periferia) ni es lo mismo verlo desde América Latina que desde África ni desde Brasil que desde Honduras. Ni desde Cuba que desde el resto de los países de la región.

Quiero decir, con palabras sabias que escuché de Julio de Santa Ana, que "la alternativa no está en un sistema que homogeneice, sino en el que logre equidad y justicia social desde las diferencias".9

Las diferencias hacen la especificidad y hacen el debate, y la situación de cada país es un universo en sí misma. Es indispensable tomar en cuenta cómo cobran diferentes expresiones las políticas de ajuste, la desregulación, la privatización, la liberalización del comercio, la reducción del perfil del Estado-nación, y el proceso de endeudamiento externo. Sin olvidar al propio tiempo que eso que llamamos, tal vez con una vaguedad intencionada, "la alternativa", no puede quedar reducida a lo local: no es posible entrar ahora en detalles, pero quiero subrayar el criterio de que la alternativa al capitalismo transnacional, a la globalización neoliberal, tiene por definición que adoptar también una dimensión global.

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Un tercer dilema que me planteo, sin siquiera salir del plano de la generalidad, sería "¿Dónde buscar la alternativa?" Solo para responder rápidamente: en el futuro. Los hijos de la hispanidad (de esta hispanidad incuestionablemente mestiza) hemos sido dados a engañarnos por la supuesta sabiduría de los refranes, usualmente cargados de conservadurismo, y es falso, entre muchas otras cosas que "cualquier tiempo pasado fue mejor". Cualquier tiempo mejor tiene que ser futuro. Cualquier postcapitalismo mejor tiene que ser futuro. Una verdad elemental, a pesar de que se le pasa muchas veces por alto, es que los proyectos alternativos están delante, por definición, y no hay por qué buscarlos detrás, al margen de cuál sea la orientación que informe la búsqueda.

En otros términos, que el neoliberalismo no va a ser superado a partir del socialismo implantado, según el modelo adaptado de la experiencia rusa del siglo XX. Ya sabemos que eso no funcionó. Incluso la idea de una alternativa desde Cuba tiene el doble reto de serlo a la vez frente al modelo neoliberal dependiente dominante y al modelo socialista frustrado del siglo XX. Tampoco funciona la transpolación de otros modelos por exitosos que nos luzcan. Lo cual no significa hacer tábula rasa de los logros, a veces inmensos, que desde esos modelos se llegó a alcanzar. Incluso una lectura más madura de la perestroika, del proyecto que nunca cristalizó, sería importante hoy para dilucidar qué había de premonitorio en aquella mirada crítica, y de válido en sus diseños.

Todo esto es imprescindible, a mi juicio, si queremos orientarnos hacia un socialismo viable, que no tiene modelo preciso de referencia.

Enfrentaríamos aquí el décimo mito de la ideología neoliberal, el de "la inviabilidad del socialismo", contra el cual se alzan hasta ahora con éxito económico los experimentos chino y vietnamita, de alguna manera el más enigmático (por hermético) proyecto norcoreano; y el cubano, más caracterizado por sus méritos sociales, pero sometido a una vulnerabilidad material muy difícil de remontar. Todos ellos con vínculos históricos con el sistema soviético, diferenciados en lo particular, y sin ser arrastrados por la desintegración de aquel.

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Un cuarto dilema se relacionaría con el problema de la intoxicación neoliberal. ¿Cómo contrarrestarla o neutralizarla? Tal vez se le deba definir como el dilema de la batalla de ideas. Acepto el concepto si lo referimos a algo que exige muchas cosas: primero, el discernimiento de cuál es el verdadero campo de esta batalla; segundo, la identificación del oponente; tercero, reconocer con precisión las ideas a defender y las ideas a combatir; y cuarto, defender y combatir con eficacia real. Lo que debiera suponer siempre una nueva construcción, y la capacidad de enriquecernos también de aquello que combatimos. La deconstrucción creativa, que creo necesaria para llegar a propuestas viables.

Es una empresa muy compleja la de superar el "sentido común" instrumentalizado desde el neoliberalismo o desde cualquier otra perspectiva.

No debemos olvidar que TINA no denota solamente una lectura política conservadora. Significa sobre todo la consigna de un programa cultural. De lo que el sistema de poder transnacional necesita hacer creer al mundo, para rescatar del deterioro a la lógica de la ganancia y volver a sacralizarla como un factum. El neoliberalismo no solo es también un problema cultural, sino que su mayor éxito —el único terreno en el cual no exhibe todavía las fisuras del fracaso— es precisamente el cultural.

Es evidente —pienso yo— que se impone como esencial a estas generaciones de hoy la misión del desmontaje efectivo de los mitos de la ideología neoliberal. La verdadera revolución cultural.

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Un quinto y último dilema que quiero dejar planteado, que atraviesa toda mi exposición y que resume de un modo u otro a todos los anteriores, es el dilema del poder. Comenzamos por reconocer la imposibilidad de hablar de neoliberalismo sin hablar de capital transnacional, ni de globalización sin hablar de hegemonía. Para terminar ahora afirmando que no se puede hablar de alternativa sin hablar también de poder.

Lo incluyo como dilema porque la concentración del poder del capital en el ordenamiento actual y la rotunda pérdida de soberanía del Estado periférico nos ha llevado a lo que tal vez sea el undécimo mito.

El mito de la "transferencia de poder", que cobra manifestaciones muy diversas; pero que encuentran un denominador común en las ideas de los objetivos limitados del Estado central, de la prioridad del escenario comunitario, de los movimientos sociales sin proyección política explícita, de la introducción de la democracia participativa desde la base, y muchas otras afines.

Aclaro que pienso ante todo que todas estas ideas son, más que legítimas, esenciales. Pero aclaro también que no las puedo entender soslayando el significado del poder sino como otro modo de procurarlo más acorde a la complejidad del espectro político y a la orientación socialista, en la cual se hace indispensable la construcción de una democracia distinta. La historia ha demostrado que el capitalismo puede reproducirse sin democracia, pero el socialismo no. Y pienso yo que es algo también afín a la previsión gramsciana en torno al destino de la sociedad civil en una sociedad socialista.

Quiero finalizar estas líneas acudiendo a un esquema, bastante manejado hoy, que sintetiza un planteo del horizonte actual a partir de la confrontación de tres grandes opciones o tendencias:

a. El retorno de un keynesianismo mundializado, que estaría en el centro de un esfuerzo de socialdemocratización progresiva.
b. La idea de la revolución mundial como único camino posible, hacia la cual nos iría conduciendo progresivamente la maduración y radicalización de los movimientos sociales de resistencia.
c. La continuidad natural del modelo neoliberal de relaciones, cuyo curso podemos percibir en el ALCA como próximo escalón.

Es evidente que la creación de la OMC, en 1995, con facultades compulsivas sobre los Estados miembros, es un instrumento clave para quienes aspiran a eternizar la globalización de la dictadura del mercado. Y que en la presente coyuntura la ocupación de Iraq provee a Estados Unidos y a las transnacionales petroleras con un poder suficiente para poner en crisis a la OPEP en el control de la mercancía más decisiva en el comercio mundial. Quiero decir que la marcha de los acontecimientos se orienta a anclarnos cada vez con mayor fuerza en la tercera de las variantes de este esquema. Esta es la verdadera tragedia del presente.

Personalmente me inclino más a mirar el horizonte desde una clasificación dual de las opciones: el curso natural de la lógica del poder transnacionalizado, que conduce al ALCA y desde el ALCA sabe Dios a qué monstruosidad estructural; o buscar los modos de cortar ese curso natural, en lo cual las variantes keynesianas y las más radicales no tienen por qué ser excluyentes en perspectiva, siempre con la prevención de que las segundas por sí solas serían inviables y las primeras por sí solas serán insuficientes. Con lo cual quiero decir que la alternativa se orienta en la dirección de un proyecto contrahegemónico, amplio pero inequívoco, al poder del capital.

He intentado resumir aquí una reflexión que he venido desarrollando a lo largo de los últimos años, y que es tributaria de muchas ideas incorporadas en el camino, que no se limitan a las que aparecen acreditadas en citas puntuales. En todo caso no quiero dejar de reconocer que me siento deudor de numerosos colegas que han extendido su mirada lúcida y comprometida hacia el presente y hacia el futuro de nuestras sociedades.

Notas

1.- Véase Fernando Martínez Heredia: "La alternativa cubana", El corrimiento hacia el rojo, Letras Cubanas, La Habana, 2001, p. 62.
2.- Esta cita de su libro Gramsci, hegemony and international relations: an essay in method, la he reproducido del libro de Luis Fernando Eyerbe: Los Estados Unidos y la América Latina. La construcción de la hegemonía, Ediciones Premio Casa de las Américas, La Habana, 2001.
3.- Cito al respecto la opinión de Susan George: "Abrigamos serias dudas de que, en las próximas décadas, un sistema político-económico mundial alternativo pueda competir razonablemente con la economía de mercado global, ni en el terreno teórico ni en el práctico", en El informe Lugano, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2002.
4.- Susan George: Ob. cit.
5.- Utilizo el concepto de soberanía funcional en el sentido que le dio el Informe de la Comisión Sur, que presidió Julius Nyerere a finales de los años 70, y que hoy parece olvidado.
6.- Tomado de Alberto Acosta, en conferencia impartida en la Universidad de Cuenca, Ecuador, en noviembre del 2002.
7.- Véase Víctor Ego Ducrot: El color del dinero: las rutas financieras del poder, Editorial Norma, Buenos Aires, 1999.
8.- La sigla ATTAC designa a un importante movimiento con este propósito, impulsado desde Le Monde Diplomatique, que celebró su primera reunión internacional en París en 1999, y que se ha extendido rapidamente por América Latina, y constituye una de las fuerzas activas en Porto Alegre.
9.- Citado de una intervención de Julio de Santa Ana en el encuentro de pensadores convocado por CLAI, en noviembre del 2002.


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