..."Lo que os puedo dar os doy, que es una ínsula hecha y derecha, redonda y bien proporcionada..."
"Don Quijote de la Mancha". Capítulo XLII: " De los consejos que dió Don
Quijote a Sancho Panza antes que fuese a gobernar la ínsula..."

ISSN: 1810-4479
Publicación Semanal. Año 3, Nro.141, Viernes, 15 de septiembre del 2006

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Especial de La Habana

Revolución y Cultura en Cuba
Por Fernando Báez (*)

En la austera tarde del lunes 19 de junio, las amplias calles del largo malecón de La Habana estaban casi desiertas, y la aparición ocasional, precipitada y exótica de pequeños taxis no interrumpía el tenaz silencio que me envolvía. Al fin me encontraba en Cuba, en el centro mismo de uno de los ejes de la resistencia contra el capitalismo en el planeta, sede de polémicas internacionales interminables, pero una sutil ironía hizo que mi llegada, bajo el signo de una pertinaz llovizna, estuviera marcada por un inquietante sosiego y casi de inmediato, y entonces, tuve la sensación invicta de que acontecía algo extraño, inmisericorde y enigmático porque la ciudad parecía detenida en un tiempo remoto y también inagotable. Un coche de 1948 ó 1950 me convenció de que había viajado al pasado de forma fatal. Creo que ha sido la oportunidad en que he sentido con mayor peso la soledad, la fatiga y la confusión.

En la noche, las cosas fueron distintas.

A las once me atreví a desafiar mi condición física y salí de mi residencia en la avenida 9A de Cubanacán para comprobar que las noches de La Habana tienen una fama bien ganada. Descubrí, mientras recorría la Avenida 5ta., que un ruido versátil y alegre brotaba justo ese mismo día después de la nueve, y la ciudad entera despertó como un solo grito prolongado y suficiente. Al pasar el túnel que une la avenida con el malecón, noté que numerosos estudiantes se divertían en la orilla. Había pescadores nocturnos, ancianos furtivos adormilados por el viento y las olas cercanas. Algunas parejas simplemente caminaban, de la mano, o se detenían, y se besaban, nerviosos, mientras los turistas les tomaban fotos o admiraban en un mutismo genuino la elegancia en los gestos o el ritmo entrecortado de las risas inocentes.

La Habana, en las débiles horas de la madrugada, se mostró desconcertante. “No va a encontrar un lugar más seguro”, dijo el taxista, en un tono seco y continuó: “Hay pocos robos a los turistas, y un crimen es algo excepcional”. Sin embargo, no hay unidades militares en cada esquina, como me advirtieron unos colegas holandeses. No vi por ninguna parte grupos armados con gruesas cachiporras para defender el orden. Lo que me llamó la atención fue que encontré a bastantes mujeres que pedían lo que los cubanos llaman “botella”, es decir, un aventón para ir a casa. El taxista, fastidiado, me explicó que el bloqueo económico sufrido por los pobladores de la isla había provocado una crisis energética que todavía se mantenía, y había severos racionamientos de gasolina.

No pude probar en ningún bar el mojito cubano, la bebida más popular, pero conocí a dos estadounidenses que visitaban, al igual que yo, la ciudad por vez primera y estaban asombrados, como dos niños traviesos. Habían viajado desde Oklahoma hasta México para poder obtener una visa volante que no quedara sellada en sus pasaportes, y evitar de ese modo las secuelas de su imprudencia. Uno de ellos, alto y delgado, tenía en sus manos una edición de Mark Twain, que me recomendó, y leyó, en un castellano sureño, algunos pasajes extraordinarios. Al final, brindamos y cuando fui a pagar, debí esperar que el mesonero quisiera cambiar en un lejano Hotel en Miramar mis euros en CUC, únicas divisas convertibles aceptadas en todos los negocios.

A pesar del retraso, salí alegre, con los ojos brillantes; y en las calles de La Habana vieja detuve emocionado a quien veía para obtener información sobre un buen lugar para comer. Me miraban con recelo o no me miraban, pero tuve la fortuna de hallar a un biólogo que accedió a conversar conmigo abiertamente, si le invitaba unas cervezas Bucanero, lo que fue una buena idea, pues el hombre era, como casi todos los cubanos que conocí, culto y bien informado, socarrón.

Según él, y habló cuando ya era evidente mi posición autónoma, el miedo por una posible muerte de Fidel era cierto, pero desde que había sido un niño había escuchado cientos de rumores sobre ese hecho, por lo que sentía poca atracción por el tema. La CIA había difundido durante décadas noticias sobre enfermedades y había anunciado su fin en más de cien ocasiones. “Y ahora tiene 80 años y van a aumentar las versiones sobre su muerte”, dijo. Cuando quise saber por qué había tanto silencio el día de mi llegada, se excusó con un argumento clásico: el calor del día había provocado un éxodo masivo. El calor, sentenció, a ciertas horas se combinaba con una humedad grotesca y era insoportable.

Fue útil escucharlo, y sólo el cansancio me venció. Ya pasada la medianoche, suspendí la conversación para irme a mi modesta residencia, cerca del Palacio de Convenciones. Por desgracia, pasé la noche con mi insomnio de costumbre y tuve bastante tiempo para pensar en los enormes contrastes que había visto y oído en apenas un solo día. La información que tenía se había confirmado en aspectos concretos, pero más allá de estas visiones que pueden ser más o menos parciales, hay que decir que la mayoría de las cosas que creía fueron desmentidas en unas horas. No había un estado de sitio, como pensaba, y la población mostraba el descontento que he encontrado casi siempre en todos lados. Había una pobreza general, pero menor que la que he visto en Brasil o en Ecuador. Esa noche, al menos, había podido divertirme con una vaga sensación de seguridad que no he tenido en lugares como Santiago de Chile. La noche parecía ignorar la preocupación para establecer un ambiente de alegría compartido y sincero.

Pero ante todo, conviene que diga que La Habana no es una capital común y corriente: yo sabía a donde había llegado. Estaba en el centro político de la mayor isla de las Antillas, con 110.922 km. cuadrados y 11,2 millones de habitantes, localizada a unos 180 km. del Estado de la Florida. Me encontraba nada menos que en una de las fronteras del mundo, un mítico lugar que se había atrevido a desafiar la hegemonía de Estados Unidos a lo largo de casi cincuenta años, y el costo era enorme, visible y polémico.

Antes del triunfo de la Revolución, los monopolios de Estados Unidos controlaban el noventa por ciento de las minas, de las industrias del azúcar, el tabaco y el cobre, los servicios públicos y la industria petrolera. Desde 1960, Cuba había expropiado todas las intocables inversiones estadounidenses, lo que provocó un embargo económico creciente.

Regida por una economía socialista, Cuba había sobrevivido a la caída del muro del Berlín y a los cambios que desintegraron la Unión Soviética, lo que fue dramático porque en los años noventa del siglo veinte cayeron las exportaciones a esa región por completo y de pronto perdió a su aliado más firme.

También Cuba era y es sinónimo de Fidel Castro, acaso el líder que ha causado mayores odios en la historia de América Latina, tenaz opositor de las estrategias de Estados Unidos y uno de los pocos hombres que ha vivido para contar esa historia a sus nietos. Cuba es una metáfora de la vida del Ché, un guerrillero de origen argentino que fue héroe en la Revolución Cubana y contribuyó a configurar toda la personalidad de una época.

Hoy en día, Cuba se mantiene como el centro de una vorágine, donde el socialismo, al que se creía muerto, renace con mayor fuerza y el área de influencia de la izquierda se expande, donde la globalización encuentra sus mayores retos, donde la tensión se mezcla con la imaginación y el anhelo, donde una generación entera de hombres y mujeres nacidos y educados bajo un espíritu revolucionario, están desconcertados en sus posiciones. Lo que sucede a los cubanos, cuyo futuro es tan incierto como paradigmático, ha modificado para siempre la concepción que se tenía de América Latina.

Creo que fue esto lo que me llevó a Cuba y la razón de que el 20 de junio me encontrara de pronto en un pequeño coche rumbo a la Biblioteca Nacional en La Habana, para conocer de cerca, sin intermediarios, la estructura cultural del país.

La Biblioteca, a la que llegué a las diez de la mañana, resultó ser un alto edificio rodeado por el conjunto de la Plaza de la Revolución, cercana al Ministerio del Interior y el Ministerio de Comunicaciones. Me sorprendió gratamente una exposición que hay en la entrada sobre la lectura en la infancia, programa que ha sido apoyado por intelectuales como José Saramago. Posteriormente fui a la sala de lecturas para los niños y a la sala para lectores ciegos, donde encontré una estupenda máquina Braille y varias computadoras que leían ciertos textos. En una sala de préstamo, fastidié al personal para solicitar obras de Guillermo Cabrera Infante, Reinaldo Arenas, Mario Vargas Llosa, Camilo José Cela, que había oído decir que estaban prohibidos, y encontré sus libros accesibles.

Durante la mañana, fui a la sala de Internet porque sabía que algunos cubanos habían emprendido una huelga de hambre para lograr el acceso a ese servicio. Tomé fotografías, navegué en google colocando frases supuestamente vetadas, y lo único que me alarmó fue la lentitud del proceso. No hay que olvidar que el embargo afecta a la venta de software y ningún proveedor puede suministrar acceso a Cuba por red sin la aprobación del Departamento del Tesoro de Estados Unidos. Bastaría un cable de fibra óptica hacia el Estado de la Florida y esta situación mejoraría, pero ha sido imposible convencer a los estadounidenses.

Para colmo de males, y es un buen ejercicio de honestidad, conviene ir a un hotel de cuatro estrellas a intentar bajar una versión de un programa gratuito en la red y se observará que un mensaje advertirá que Cuba, Irán, Yemen y Corea son países donde tal programa es imposible de obtener. Las bases de datos que están al servicio de todas las bibliotecas del mundo, no venden su licencia de uso a instituciones cubanas: esto sucede, por ejemplo, con el Índice de Citas de la Ciencia.

Escéptico, conversé con varios bibliotecarios sobre ciertas denuncias que recibo con frecuencia sobre la política de adquisición de libros, que niega el derecho a algunos autores a estar en los anaqueles, y pude revisar con atención que el presupuesto hace imposible esas adquisiciones, no por prejuicios ideológicos, sino más bien por falta de dinero. Fue interesante para mí comprobar que el correo es costoso y ningún paquete puede viajar directamente desde Estados Unidos a La Habana o cualquier otra ciudad cubana, pues debe seguir una ruta por México o algún otro país. Cuba no puede adquirir libros en forma directa con editoriales de Estados Unidos. Es increíble que la Enciclopedia Británica, hoy sólo nominalmente británica pues una compañía de Chicago tiene sus derechos de reproducción, no puede ser vendida a la Biblioteca Nacional de Cuba.

Cuba tiene 413 bibliotecas y 6000 bibliotecas escolares, lo cual es justificado si se considera que la isla tiene la más baja tasa de analfabetismo de América Latina. “El cubano lee todo lo que le cae en las manos”, me había dicho un taxista llamado Carlos en un Cupet o estación de gasolina. Y era cierto: pero también era verdad que Carlos admitía no tener dinero para comprar libros en La Moderna poesía, que es la librería mejor dotada de La Habana. “Apenas me alcanza para comer”, reveló, y esto lo había convertido en un devoto de las bibliotecas públicas. Tenía su carnet y cada semana llevaba a su casa libros que le interesaban. No entendí la incongruencia, pero lo más llamativo es que en Cuba el autor más leído no es Alejo Carpentier sino Hemingway.

Eliades Acosta, Director de la Biblioteca Nacional, me recibió en su Despacho junto con su esposa Marcia, Subdirectora. Es un hombre alto, barbudo, espontáneo, a quien respeto por haber escrito “El evangelio según San George”, un libro donde aparece el primer ensayo sobre el pensamiento de los neoconservadores que rodean el gobierno de George W. Bush. Conocí a Acosta -formado en filosofía en la ex Unión Soviética-, en Bolivia, mientras se realizaba la Asamblea de las Bibliotecas Públicas de América Latina (ABINIA), y recuerdo que dialogamos mucho sobre la destrucción cultural causada por las tropas de Estados Unidos en Irak.

Esta vez debatimos con franqueza sobre la situación económica de las bibliotecas en Cuba, los obstáculos para obtener nuevas tecnologías y los salarios de los bibliotecarios. Compartí su reclamo, que aparece en el Informe de Cuba sobre la Resolución 58/7 de la Asamblea General de las Naciones Unidas con fecha 30 septiembre 2004, donde se establece: “De poder adquirir los materiales e insumos necesarios en el mercado estadounidense o a través de empresas norteamericanas radicadas en el Caribe, Centro o Sudamérica, se podrían restaurar 3.600 documentos anualmente. Hoy, no se alcanza el 20% de esta cifra”. También tuve en mis manos otro exhaustivo informe donde hay evidencias de cómo y por qué los bibliotecarios cubanos no obtienen sus visas para poder viajar a eventos estadounidenses.

Como punto final hablé con Acosta sobre las bibliotecas independientes, un tema sobre el que hay poca información creíble. Durante años, he recibido quejas en torno a la quema de libros sobre Derechos Humanos que ocurrió en 1999 en La Habana, como lo reseñó la revista española Qué leer en su momento, pero Acosta rechazó esto tajantemente. Insistió en que nunca se han quemado libros en la era revolucionaria en Cuba, y negó la censura. En una posterior caminata por el paseo de El Prado, dijo que en su país había la cuota máxima de libertad que se puede tener en una nación en guerra.

Es difícil juzgar desde afuera lo que ocurre en Cuba, y las bibliotecas independientes son un ejemplo. Ninguna de las que existen, menos de las que yo suponía, son administradas por bibliotecarios, y sus voceros principales no están en esta nación sino en Nueva York y Miami, y lo que me preocupa es que son tomadas en serio, pese a la poca importancia y efectividad que tienen en realidad. Tengo denuncias de represiones en estas bibliotecas, a menudo recibo decenas de correos sobre el particular, pero lo que me ha decepcionado es el patrocinio directo de la Sección de Intereses de Estados Unidos en La Habana, que paga los sueldos de sus encargados, provee libros, folletos propagandísticos y, lo que acaso sea peor, no permite que haya libros que critiquen el régimen de George Bush. Mientras se objeta que en la Biblioteca Nacional de Cuba no existen volúmenes de opositores a Castro, las bibliotecas llamadas independientes no pueden contar con libros críticos sobre la guerra de Irak. Es insólito.

Es una lástima que esto ocurra porque si bien deben existir bibliotecas respaldadas por fundaciones privadas, creo que es necesario que respondan a intereses honestos, es necesario que sean administradas por profesionales en las ciencias de la información, y no sean parte de una campaña para atacar a un gobierno en particular. Instalar una biblioteca en una casa para una sociedad de amigos es un propósito noble, pero pierde su sentido cuando los modos de selección de los libros incurren en censuras peores que las denunciadas, y esto es lo que he podido comprobar en Cuba con las bibliotecas independientes, que son más bien bibliotecas pro estadounidenses y prorrepublicanas. Me pregunto si Estados Unidos permitiría bibliotecas procubanas en su territorio pagadas por Cuba. Me pregunto si la Federación Internacional de Bibliotecas (IFLA) avalaría esta situación.

Algo lamentable es que se conocen las denuncias contra las purgas ideológicas en Cuba, divulgadas con creces por un poderoso sistema de medios de comunicación; se conocen las denuncias de intelectuales contrarios al socialismo cubano y a Fidel Castro; pero la verdad es que si no hubiera viajado a la isla jamás hubiera podido conocer el grave daño que causa el embargo estadounidense a las bibliotecas cubanas y a los escritores cubanos. He sabido de editores que se niegan a publicar los libros de autores cubanos por temor a no poder distribuir sus libros en Estados Unidos. Una pregunta que suelo realizar y no es bien recibida es: ¿Cuántos libros de autores cubanos que apoyan la revolución se encuentran en bibliotecas de Estados Unidos?

El momento capital de la historia cubana tiene fecha: se trata del primero de enero de 1959, cuando Fidel Castro, un abogado barbudo, con Ernesto Guevara, mejor conocido como El Ché, y otros compañeros, lograron derrocar al General Fulgencio Batista, quien había convertido a Cuba en una dependencia económica de Estados Unidos y en el paraíso de las mafias representadas por Lucky Luciano, Meyer Lansky, Amadeo Barletta, entre otros, dueños de casinos y de decenas de prostíbulos.

La crónica de las relaciones de Cuba y Estados Unidos ha sido larga y penosa: Thomas Jefferson quería anexarla, John Quincy Adams creyó que las leyes de gravitación de la política la harían caer en sus manos “como fruta madura”. Durante años, la codiciaron Andrew Jackson, James K. Polk, James Buchanan, Grover Cleveland y hubo quien ofreció 300 millones de dólares a España para comprarla, como hizo William McKinley. Con la excusa de la explosión del acorazado Maine, donde murieron 276 hombres, en 1898 Estados Unidos declaró la guerra a España y en una guerra breve se apoderó de la isla, a la que impuso en 1903 la Enmienda Platt que le concedía el derecho de una intervención permanente. Para esa época arrendó Guantánamo. En 1912, las tropas estadounidenses entraron en Cuba y causaron tres mil muertos. En 1917, se estableció un pelotón de infantería.

En 1933, Franklin Delano Roosevelt logró asegurar Guantánamo como posesión. En 1959, Eisenhower ordenó a la CIA iniciar la Operación Pluto que incluía acciones de saboteo de la economía cubana para sacar a Castro del poder. Fue entonces cuando comenzaron los bombardeos de las centrales azucareras. En 1960, al llegar el petróleo soviético, las refinerías de Estados Unidos se negaron a procesar el producto. En marzo del mismo año, fue destruido el barco francés La Coubre, y el ataque costó la vida a cientos de personas. El 15 de abril de 1961, aviones B-26 bombardearon La Habana, Santiago de Cuba y San Antonio de Los Baños, y dos días después un barco zarpó con cubanos entrenados por fuerzas de Estados Unidos y desembarcó en Playa Girón, para lanzar una ataque que termina frustrado con la muerte de 89 de los invasores y 1.197 prisioneros. El incidente sería conocido como Bahía de Cochinos.

Sería imposible imaginar las repercusiones que tuvo la llamada “Crisis de Octubre” en la actualidad. El 22 de octubre de 1962, el Presidente John F. Kennedy anunció que los servicios secretos de Estados Unidos habían detectado el emplazamiento de armas nucleares soviéticas en Cuba. Desde su famoso discurso, el mundo estuvo a punto de una guerra nuclear, que sólo concluyó cuando el Presidente Krushev aceptó retirar las armas de su país.

En la década de los ochenta, Ronald Reagan radicalizó el bloqueo, al establecer que ningún barco que comerciara con Cuba podía entrar en Estados Unidos y creó medios de comunicación para desprestigiar las políticas de Castro. En 1990, la enmienda Mack prohibió a las empresas extranjeras subsidiarias de empresas estadounidenses invertir en Cuba. En 1992, la Ley Torricelli diseñó varias sanciones para todo inversionista nacional o extranjero que comerciara con Cuba. Para 2006, George W. Bush, ha impulsado el financiamiento de la disidencia para derrocar a Castro y establecer un régimen de transición.

Una verdadera locura.

El 21 de junio fui a la Oficina del Historiador. Tenía la vaga idea de que el patrimonio de Cuba estaba hecho pedazos por el abandono, y encontré que todas las cartas con estas denuncias eran falsas. La Ciudad Vieja, con una superficie de 142 hectáreas, está situada cerca de la entrada interior del puerto, y conserva las calles estrechas, escabrosas y sesgadas y las arcaicas casas con balcones. Los alrededores, como pude ver en la calle peatonal del Obispo, sobre todo, son una prueba de una nueva gestión en defensa del patrimonio. La verdad comencé a entenderla cuando vi el edificio que había sido sede del Capitán General de Cuba y hoy es uno de los monumentos más singulares de la época de dominación española. En casi todos los lugares que visité, la intención era restaurar y conservar: hasta en los hospitales, que están casi todos en plena reconstrucción.

Lesbia Méndez es Directora de la Casa Simón Bolívar, y una apasionada de la integración. Conoce la historia de La Habana con detalle y tuvo a bien explicarme por qué hay tantos cambios en la infraestructura patrimonial. Según ella, ayudó mucho la UNESCO cuando declaró Patrimonio Cultural de la Humanidad el centro histórico en 1982, pero lo decisivo ha sido superar los problemas de la crisis de los noventa. A las once de una mañana, bajo un sol inclemente, di con ella una vuelta por las calles más próximas, que han sido o están siendo pavimentadas con piedras. Atribuyó la autoría de la nueva etapa de su ciudad al historiador Eusebio Leal, ampliamente reconocido por sus investigaciones.

La mañana del día 22, mientras el calor aceleraba mi conversión a la moda caribeña, fui a la 3era y G de la hermosa zona de El Vedado, donde se encuentra el edificio de Casa de Las Américas, el prestigioso centro intelectual fundado en 1959 por Haydee Santamaría y que ha presidido Roberto Fernández Retamar desde 1986. En medio de las duras condiciones, observé que este centro se mantiene intacto, y sus investigadores se cuentan entre los mejores de América Latina.

En la tarde, visité la Casa Natal de José Martí y fui al Cementerio de Colón, que contrario a lo que dice su nombre, no contiene los míticos restos del descubridor. En cambio, vi el sepulcro de La Milagrosa, una mujer a la que piden los cubanos con fervor. La historia de sus milagros parte de su propia muerte, pues fue encontrada en su ataúd, tras ser enterrada, con un bebé en los brazos al que amamantó hasta quedarse sin aire. Para mi asombro, la religiosidad ha renacido en Cuba y hay fieles cristianos en todas partes, como lo dijo un amigo: “Los cubanos no podemos olvidar a Dios o se va a olvidar de nosotros”.

Ya cerca de las seis, fui a la Marina Hemingway, donde por error esperaba encontrar un museo dedicado al prestigioso escritor y lo que vine a ver fue un restaurante chino llamado Papa´s, donde había una placa que advertía: “En este lugar se encontraron por primera y única vez el Premio Nóbel de Literatura Ernest Hemingway y el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz el 15 de mayo de 1959, durante la celebración del onceno torneo internacional de la pesca de la aguja”. El comodoro José Miguel Díaz Escrich me recibió en el Club Náutico, donde creyó que yo iba a ser el primer venezolano en inscribirse en su club, pero lo decepcioné. Según supe, su mayor deseo era que los venezolanos participasen en los torneos de Cuba, pero eso no había sido posible hasta la fecha por razones que desconocía.

El viernes 23 fui a la presentación de la edición cubana de “La destrucción cultural de Irak” y a una rueda de prensa con los corresponsales internacionales. El ruido de un taladro me impidió hablar con claridad, pero no tenía idea del público que iba a encontrar: solidario, heterogéneo, interesante y numeroso. Se repartieron algunos ejemplares, completamente gratuitos, y lo mejor vino después. Un pequeño grupo me acompañó hasta las dos de la tarde y conocí algunos aspectos de la situación en Palestina, que empeoraba y sigue empeorando. Ya se temía una guerra entre Israel y Líbano. Palestina es un campo de guerra: el día que los occidentales acepten la información sobre el genocidio que allí se comete, será probablemente tarde.

En la tarde, fui con Eliades Acosta al homenaje a Marta Arjona, quien había fallecido recientemente. La exposición de su obra en La Habana presentó una muestra de su vida y obra, sobre todo de su labor como ceramista. Durante el acto, conocí a Abel Prieto, Ministro de Cultura de Cuba, y me invitó a ir a su despacho, en una vieja casona. De pelo largo, alto, lentes gruesos y grandes, vestido con una camisa de rayas y blue jeans, Abel me sorprendió por su modestia: lo primero que me pidió que me quitara mi saco porque la revolución había acabado con esos formalismos. Se sentó en una mecedora y me observó con atención mientras le obsequiaba algunos de mis libros. Se nos unió el Presidente del Instituto Cubano del Libro, y la conversación tocó el tema de Carlos Varea, España, la crisis de los intelectuales en Irak, la impunidad internacional sobre el tema, Venezuela y la Revolución de Chávez, y la literatura. Prieto es autor de una novela titulada “El vuelo del gato”, publicada en 1999, y antes habían aparecido sus libros “Los bitongos y los guapos” (1980) y “Noche de Sábado” (1989). Estuvimos una hora sentados, y de pronto recordé que tenía que ir a una cena y Prieto atender a unos amigos de Chile.

Ya para entonces casi terminaba mi estancia en Cuba y fui a la Unión Árabe, donde daba inicio esa noche la semana de la gastronomía egipcia. En la noche, me encontré con el Embajador de Egipto, y doné algunos ejemplares de mis libros. El acto fue breve, agradable e intenso. Fue estupendo conocer en esa ocasión a Miguel Barnet, el célebre escritor, quien es Presidente de la Fundación Fernando Ortíz. Lo encontré con una pierna en mal estado, pero su ánimo era pausado, amable, y supe que había regresado de la UNESCO en lo que yo considero el peor momento de esa organización, pues en 2004 había reingresado Estados Unidos y su primera misión fue censurar y atacar al resto de los miembros por el apoyo que se había manifestado a la Convención sobre la Protección a la diversidad Cultural, aprobada en la Asamblea 33 de octubre de 2005.

El día de mi partida todo sucedió como estaba previsto, aunque demasiado rápido: mi vuelo en Cubana de Aviación, con sus añejas y ruidosas turbinas rusas, salía rumbo a Caracas a las once de la mañana del 24 de junio, pero como transportaba libros el peso de la maleta me había impedido avanzar a un ritmo acelerado y llegué tarde al aeropuerto. Estaba agotado, eufórico.

Ya en el aire, más cómodo, sentí nostalgia por lo vivido. Sé que es fácil condenar a Cuba por los errores políticos cometidos, pero prefiero hacer un balance más desprejuiciado. Los hombres no deben medirse en la abundancia sino en la austeridad. Los cubanos han sido sometidos por Estados Unidos a todos los vejámenes posibles para que se rindan y no lo han hecho: las restricciones que han sufrido y sufren son en su mayoría producto de un embargo económico que ahora es cultural. Las consecuencias son conocidas, pero lo que asombra es que a pesar de tantas limitaciones Cuba siga siendo un paradigma de lucha, resistencia e imaginación. Un profesor de literatura de Harvard me decía en una ocasión que todavía era necesario un estudio que explicara por qué miles de jóvenes estadounidenses llevaban camisas con la imagen de El Che o colocaban en sus cuartos fotografías suyas. No supe qué decirle en esa época; ahora sé la respuesta, que es una paradoja.

(*) Autor de Historia Universal de la destrucción de Libros (Destino, 2004)


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