..."Lo que os puedo dar os doy, que es una ínsula hecha y derecha, redonda y bien proporcionada..."
"Don Quijote de la Mancha". Capítulo XLII: " De los consejos que dió Don
Quijote a Sancho Panza antes que fuese a gobernar la ínsula..."

ISSN: 1810-4479
Publicación Semanal. Año 3, Nro.141, Viernes, 15 de septiembre del 2006

 

Conformada por la Política Gubernamental y la Gramática Comercial
Por Saul Landau

Durante más de 47 años los medios masivos de EE.UU. han malinterpretado la esencia de la revolución cubana. Decenas de miles de noticias diarias, análisis editoriales y reportajes “en profundidad” se han dedicado a las violaciones de derechos humanos del gobierno totalitario y comunista de Cuba, del fracaso de su economía y de la persistencia en el poder de su malvado pero fascinante dictador-líder. Pocos han tratado de comprender o explicar por qué ha sobrevivido a la constante hostilidad de su poderoso vecino norteño.

Después del colapso soviético a principios de los 90, expertos y reporteros políticos casi comenzaron a aceptar apuestas en la oficina acerca de la fecha exacta del derrocamiento de Castro. El libro La hora final de Castro (1992), del autor Andres Oppenheimer, ganador de un Premio Pulitzer, estiró el significado de las palabras “hora” y “final”.

Durante cuatro décadas, los medios han repetido como cotorras los pretextos del gobierno de EE.UU. para sus políticas anticubanas, las que se basan en “castigar” a Castro por sus fechorías. Los lectores desinformados podrían sacar en conclusión que solo una persona vive en esa isla justo al sur de los cayos de la Florida o que Castro se ha ganado su inclusión en el Libro de Récords Guinness por el tiempo que lleva desobedeciendo a Estados Unidos.

La estrechez y el sesgo de los reportajes apenas pueden sorprender a los estudiosos u observadores serios de la Cuba contemporánea, ni tampoco escandalizarán a los pocos periodistas que han penetrado el barniz de preguntas estúpidas con que se arman la mayoría de los reporteros norteamericanos antes de viajar a la isla para cumplir su encargo. Recuerdo que varios reporteros me preguntaron a principios de la década del 60 si Fidel realmente había pertenecido al partido comunista antes de declararse “marxista-leninista” a principios de 1961, o si había llegado a un acuerdo secreto con los soviéticos mucho antes de que entrara triunfalmente en La Habana en enero de 1959. Otros reporteros querían saber por qué Cuba no respetaba las normas culturales norteamericanas acerca de la libertad de prensa, libertad de palabra y partidos políticos libres. No solo sabían muy poco de la historia de Cuba, sino que compartían sin cuestionarla la suposición de que las normas de EE.UU. debían prevalecer en todas partes como comportamiento político, Ninguno preguntó cuándo los ciudadanos de la isla habían disfrutado de libertad de palabra, libertad de prensa y de política al estilo de EE.UU. Pocos reporteros de los que conocí en los años 60 o después conocían algo más que un ligero esbozo de la historia cubana.

Periodistas como Herbert Matthews de The New York Times, Lee Lockwood, quien publicó varios artículos en Life, I. F. Stone, que publicaba I. F. Stone's Weekly, y estudiosos como Leo Huberman y Paul Sweezy, cuyos reportajes acerca de Cuba en Monthly Review sobresalieron en 1960-1961, constituían raras excepciones.

A principios de 1960 Huberman y Sweezy habían reconocido que Cuba había tomado irreversiblemente un camino socialista. Esto significaba que el sistema económico y social cambiaría rápidamente de un sistema basado en la propiedad privada de los medios de producción a otro de propiedad pública. Inmediatamente después del triunfo revolucionario, Castro permitió a ciertos periodistas pasar algún tiempo con él. Lockwood, el mejor de ellos, presentó a los lectores retratos objetivos y críticos, pero favorables, de un batallador líder revolucionario que se enfrentaba a los enormes problemas del subdesarrollo mientras al mismo tiempo se protegía del agresivo vecino del norte. Laura Berguist, de la revista Look, también escribió artículos favorables, así como Georgie Anne Geyer del Chicago Sun Times, hasta que se transformó en una castrófoba. (¿Sería el familiar sentimiento de “traición” que Theodore Draper [1962; 1965] popularizó, argumentando que Castro había engañado a mucha gente al cautivarlas, haciéndoles creer que tras su revolucionaria voluntad de hierro había un intelectual occidental, sentimental y liberal?) La mayoría de los reporteros y los estudiosos, en su búsqueda de maldad, debilidad y contradicciones lógicas en la imagen y el discurso de Castro, generalmente han ignorado los niveles de consenso anti-liberal entre los dirigentes cubanos.

Parte del fracaso de los periodistas norteamericanos para reportar certeramente, mucho menos con perspicacia, está enraizado en su ignorancia. Otra fuente del problema –incluso en el caso de los pocos periodistas con recursos e informados– ha sido la inaccesibilidad de la mayoría de los líderes cubanos. Es más, cuando yo filmé documentales con Fidel en 1968, 1974 y 1987-1988, encontré a pocos líderes revolucionarios que estuvieran dispuestos a concederme una entrevista, aunque tuve encuentros extraoficiales con varios de ellos.

Además, por mis conversaciones con generales y miembros del Buró Político pude obtener poco acerca de los mecanismos internos de la toma de decisiones políticas en Cuba. Sí conocí de los fuertes vínculos que mantenía unidos a la fraternidad de hermanos y hermanas revolucionarios y su fe común en Fidel. Esto proviene de un compromiso hacia él como un líder que ellos creían que haría lo que fuera necesario para perseverar en el credo ético alrededor de la soberanía y la justicia social, sin violar principios básicos. La mayor de los periodistas que “caen” para hacer un rápido reportaje acerca de Cuba nunca han hablado con ninguno de los más altos dirigentes. Intercambian formalidades con burócratas del Ministerio de Relaciones Exteriores, pero cuando hablan acerca de los partidarios de la línea dura, tienen poca idea de lo que eso significa.

¿Cuántos de los reporteros han desarrollado una relación de confianza con cualquiera de los cientos de miles de miembros de la leal fraternidad por toda la isla que realmente creen en “Patria o Muerte” cuando gritan el lema en los mítines? Incluso en la década del 60, además de Matthews y Lockwood, pocos periodistas norteamericanos penetraron lo suficiente en la cultura revolucionaria para saber cómo hacer una pregunta interesante.

La mayoría comenzó con la idea de que la revolución había fracasado, sin definir el término más allá de una referencia al racionamiento de alimentos o la ausencia de libertades al estilo norteamericano. Los reporteros de los medios masivos aún no consideran en la formulación de sus preguntas el significado de los objetivos originales que los revolucionarios se habían propuesto y por tanto no comprenden la aparente obsesión de los líderes revolucionarios cubanos con la independencia nacional y la justicia social.

En su lugar mantienen el enfoque en algunos resultados del conflicto de clase que implican violaciones de derechos humanos y, hasta 1991, los lazos con el comunismo soviético. Hasta Matthews, quién conocía a Fidel y tenía su confianza, no pudo aprehender del todo la esencia de este fenómeno caribeño que era parte de una revolución mundial en contra del colonialismo y el imperialismo. Sus artículos en The New York Times desde la Sierra Maestra en 1957, promovían a Fidel y a la revolución como sólidos demócratas. “Castro tiene fuertes ideas de libertad, democracia, justicia social, la necesidad de restaurar la constitución, la celebración de elecciones”, escribió él (New York Times, 26 de febrero de 1957). Estas palabras lo perseguirían más tarde cuando las fuerzas anticastristas insistían en que Fidel lo había embaucado y que los guerrilleros de la Sierra Maestra siempre habían sido comunistas encubiertos o (en el caso de Che Guevara) confesos.

En 1957-1958, mientras la lucha clandestina y la guerra de guerrillas habían comenzado a erosionar el poder de Batista, la serie de Matthews en el Times acerca de la corrupción y la crueldad de Batista y la nobleza de la causa revolucionaria obtuvo el apoyo para los rebeldes entre los lectores del Times.

Más tarde Bob Taber hizo un reportaje para CBS TV que apoyó la evaluación de Matthews. Posteriormente Taber organizó y lideró el Comité Pro Justo Trato a Cuba. (Castro tenía facilidad para atraer a las personas –incluso a periodistas– a su causa; Matthews, aún a sus más de setenta años, mantuvo una fuerte atracción por Fidel.) Los reportajes de Taber y Matthews no mentían. La mayoría de los revolucionarios en la clandestinidad urbana o en las montañas creían en los valores que Matthews reportó. Pero estos valores permanecieron en la periferia de sus objetivos fundamentales. Castro, su hermano Raúl, Camilo Cienfuegos, Che Guevara y otros guerrilleros poseían razones más profundamente cubanas para arriesgar su vida que instaurar en Cuba alguna forma de democracia al estilo de EE.UU.

Matthews notó esto, por supuesto, pero sus reportajes no revelaron el complejo y profundamente histórico tema de la independencia cubana. Los barbudos y sus compañeros de la clandestinidad en las ciudades habían hecho su compromiso de vida o muerte para realizar el ideal de la independencia de Cuba, establecido en la guerra de la década de 1890. También asumieron que la soberanía nacional implicaba una conjunción con la justicia social, un compromiso que más tarde llevaría a la mayoría de ellos por cualquier camino que mejor sirviera para el logro de esas aspiraciones. Como era de esperar, Estados Unidos reaccionó de forma negativa ante las primeras reformas. Fidel respondió inclinándose a la izquierda, usando la reacción de EE.UU. como plataforma para profundizar la conciencia revolucionaria y anti-imperial. Mientras Estados Unidos castigaba económicamente a Cuba en su primer año de revolución, la Unión Soviética ofrecía recompensas. Para finales de 1959, Fidel y los guerrilleros en el poder habían sacado a la mayoría de los que no deseaban relaciones con el comunismo y abrieron el camino a una relación íntima con la Unión Soviética.

Matthews comenzó a desesperarse. Hablé con él en su oficina del Times poco antes del ataque de abril de 1961 por Bahía de Cochinos. Sacudía la cabeza porque “Fidel se metió en la cama con los rusos”. (Para esta época el director del Times había sacado a Matthews del medio nombrándolo para un cargo superior “editorial”.) Ambos sabíamos que se avecinaba un ataque apoyado por la CIA. Semanas antes de la invasión, el reportero del Times Tad Szulc había escrito en detalle un artículo de primera plana. El periódico quitó hechos claves como el día y lugar exactos del desembarco porque el director Arthur Sulzberger, basándose en su experiencia y en consultas con el Presidente John F. Kennedy en relación a si debía incluirlos, siguió los dictados de la Casa Blanca. Kennedy prefirió que el periódico eliminara tales datos basándose en razones de seguridad nacional. (Más tarde Kennedy se arrepintió de su acción. “Si el Times hubiera publicado la fecha y lugar nosotros posiblemente hubiéramos suspendido la invasión y yo me hubiera ahorrado una experiencia humillante”, le dijo supuestamente a Sulzberger. (Gore Vidal, comunicación personal, 2002, al reportar acerca de una conversación con Kennedy.) A fines de 1959 y principios de 1960, Matthews le había suplicado a Fidel que rechazara la ayuda soviética, pero cuando le pregunté con qué la iba a sustituir, se encogió de hombros: “Supongo que tenia que hacer lo que hizo”. En sus artículos y editoriales, el envejecido periodista había tratado de persuadir al gobierno norteamericano de que respondiera prudentemente a la revolución para mantener a Cuba en “nuestra esfera”.

Pero ni sus noticias ni los remotamente favorables reportajes en unos otros pocos medios colocaron a la revolución cubana en un contexto claro. El público no comprendió que la revolución cubana no había surgido de un vacío ni a consecuencia de un complot soviético. Después de todo, Argelia ardía en rebelión y Viet Nam y Kenya tenían movimientos guerrilleros, así como varias otras naciones en lo que se dio a conocer como el “Tercer Mundo”.

La revolución de Cuba compartía con muchas otras las características de un movimiento de liberación nacional. En el período posterior a la 2da. Guerra Mundial, países de África, el Medio Oriente y Asia se levantaron en contra de sus amos coloniales, y creció un patrón de discurso para informar a grandes públicos que actuaran en contra del viejo orden imperial. El nacionalismo revolucionario significaba que no solo emergerían nuevas naciones, sino que encontrarían su lugar adecuado en la historia. Ghana, Guinea, Argelia, Congo, Mozambique, Kenya, Tanzania, Irak, Siria, Egipto, Libia, Viet Nam, India, China y otros países compartían ciertas características anti-imperiales. Sin embargo, la mayor parte de los medios no relacionaron entre sí a estos procesos nacionalistas.

En su lugar los editoriales y artículos continúan presentando cuestiones anticuadas y etnocéntricas, como si las revoluciones del Tercer Mundo debieran adoptar de manera natural las normas de EE.UU. En febrero y en marzo de 1959 los medios norteamericanos se dedicaron a enfocar el hecho de que Fidel celebrara juicios arbitrarios a militares y policías de Batista que habían torturado y asesinado hasta 20 000 personas. La misma prensa que había minimizado o ignorado totalmente la represión de Batista y que había prestado poca atención al control ejercido por la Mafia en los cabarets y hoteles de La Habana se convirtió en ardiente defensora de una “democracia cubana” y en una critica de Fidel por no celebrar elecciones al estilo norteamericano.

De forma similar, los medios que apenas habían mencionado la censura de prensa en casi toda Latinoamérica y, por cierto, durante el dominio de Batista en Cuba, se obcecaron por los intentos de Castro por conformar una prensa que llevaría al pueblo su mensaje revolucionario y no lo “distrajera” con una avalancha de publicidad junto con santurrones pedidos de algunas libertades abstractas. Durante el período de junio a octubre de 1960, cuando visité Cuba por primera vez, los reporteros norteamericanos me preguntaban constantemente por qué Fidel insistía en movilizar a tantas personas para manifestaciones. “Él tiene un mensaje para ellos”, les respondí, “y ellos parecen querer oírlo”.

Detrás de las noticias críticas acerca de que Fidel restringía la libertad de prensa había un tema más importante: la restricción de la propiedad.

Cuando el gobierno cubano decretó sus leyes de reforma urbana durante el primer mes de gobierno y la ley de reforma agraria en mayo de 1959, la aprehensión del gobierno de EE.UU. aumentó dramáticamente. El fusilamiento de antiguos aliados de EE.UU. (policías y militares de Batista) y la restricción a la prensa y los partidos políticos ofendió a Washington, pero cuando Fidel tocó las propiedades norteamericanas cruzó el límite entre el atrevimiento y la franca desobediencia.

En 1953 la CIA había respondido con el derrocamiento a los planes del primer ministro iraní Mossadegh para nacionalizar los intereses petroleros de EE.UU. En 1954 había expulsado del poder al presidente guatemalteco Jacobo Árbenz por expropiar parte de las tierras de la United Fruit. Fidel, junto con otros latinoamericanos concientes, tomó nota de estos hechos. Che Guevara, un testigo presencial de la operación de Guatemala, había aprendido bien la lección de resistir la agresión de Estados Unidos.

Los medios no sabían cómo interpretar a Fidel una vez que este logró el poder estatal. Él no se comportaba como un reformista liberal norteamericano que promete acabar con la corrupción y ayudar a los pobres y después no lo hace. Es más, Fidel rápidamente tomó medidas para cumplir sus promesas, lo cual confundió a los medios norteamericanos y los hicieron sospechar de él.

Los partidarios de la revolución en su inicio, como Ruby Hart Phillips del New York Times y Jules DuBois del Chicago Tribune se volvieron anticastristas a medida que la revolución se alejaba de la propiedad privada y se acercaba a la Unión Soviética. La guerra fría definió la política de la época, e incluso observadores conocedores como Phillips y DuBois poseían un odio incuestionable a todo lo que oliera a comunismo. Ellos no comprendieron que el comunismo cubano se desarrolló como consecuencia directa de la hostilidad de EE.UU., no a partir de un plan soviético, y que la revolución cubana era parte integral de un movimiento anti-imperial y anticolonialista mucho más amplio. Hasta el día de hoy la prensa etnocéntrica no sitúa a Cuba en el contexto de su propia historia y la del mundo, ni la mayoría de los reporteros ven a los propios revolucionarios como miembros de una fraternidad histórica forjada en un compromiso común que se remonta al menos a 1868.

En este sentido, los medios no son concientes de su propia historia. Para 1960 las noticias presentadas por los periódicos norteamericanos habían pasado de positivas (a principios de 1959) a abrumadoramente negativas. Una historia típica se dedicaba a la aceptación por Castro del comunismo soviético y su “traición” de los ideales de la revolución. Estos reportajes coincidían con la política del gobierno de EE.UU. A finales de la primavera de 1960, el Presidente Dwight Eisenhower dio su consentimiento formal a lo que ya había comenzado informalmente: una operación encubierta de la CIA para derrocar al gobierno cubano y reemplazarlo por un régimen pronorteamericano. Los medios promovieron el tema de la traición, que también surgió como leitmotiv en los libros anti-Castro más importantes del período.

En La revolución de Castro: mitos y realidades (1962) y en El castrismo: teoría y práctica (1965), Theodore Draper argumento que Fidel había prometido una revolución liberal de clase media, repleta de libertades civiles al estilo norteamericano y, por supuesto, justicia social, y había vendido esos ideales al comunismo totalitario. Draper, un brillante historiador y crítico de principios, comparó algunas de las promesas de Castro de celebrar elecciones libres, tener libertad de prensa y mantener un régimen de libertades civiles al estilo norteamericano con lo que el gobierno revolucionario había hecho realmente: evitar las elecciones (las cuales Castro hubiera ganado indiscutiblemente), prohibir la prensa antirrevolucionaria e instituir un férreo control sobre las libertades de procedimiento. Los hechos de Draper eran ciertos, pero no entendió de lo que se trataba.

Las acciones represivas de Castro habían sucedido como resultado de las predecibles políticas contrarrevolucionarias de EE.UU., y el debate en sí pasó por alto la esencia del proceso revolucionario.

Puedo atestiguar la preparación de al menos un reportero que cubría a Cuba para el noticiario nocturno de CBS y para un documental de CBS. En octubre de 1974 acompañé a Dan Rather para hacer un reportaje acerca de Cuba y entrevistar a Fidel Castro. Leí el título en la costosa carpeta de cuero que llevaba: “Información de Cuba para el Señor Rather”. Yo esperaba encontrar en la carpeta un análisis en profundidad acerca de los temas económicos y políticos de Cuba. En su lugar, Rather me mostró dos recortes de Time y uno de Newsweek. Ambos decían lo mismo, lo cual Rather debía transmitir desde La Habana como “noticia”: Castro había hecho grandes adelantos en educación y salud pública, pero la Cuba dominada por los soviéticos no tenía libertad de prensa, de palabra ni de política.

Después de todos estos años, los reporteros aún no pueden comprender que varios cientos de miles de cubanos hicieron una revolución para obtener la independencia y la justicia social, objetivos que José Martí había planteado en 1868. Es más, los reportajes contemporáneos acerca de Cuba aún no contienen ninguna referencia a la importancia de esos cubanos que tienen más de 60 años y que aún pertenecen a esa sociedad informal e innombrada de los comprometidos históricamente. Esta alianza revolucionaria que comenzó en la década del 50 no solo no ha recibido en gran medida la atención de los medios, sino tampoco de la comunidad académica. Sin comprender el compromiso que estos cubanos hicieron en los años 50, es imposible abarcar intelectualmente el proyecto revolucionario cubano.

Otro asunto histórico ignorado en gran medida por los periodistas y muchos académicos se relaciona con la decisión de Cuba de garantizar su supervivencia revolucionaria. Para 1959, ¿cuántas naciones poderosas apoyaban proyectos revolucionarios? La Unión Soviética sirvió como la única compañía de seguros de las revoluciones, pero brindó cobertura completa a muy pocas de ellas.

De manera similar, el marxismo-leninismo sirvió tanto de teoría como de práctica, una base ética y de ideales para los objetivos revolucionarios. ¿Cuántos discursos revolucionarios viables existían que permitieran la expresión de sentimientos anti-imperiales y de redistribución y que plantearan la guía para mantener el poder estatal? ¿Pensaban Draper y otros liberales que Castro abrazaría alguna forma revisada de jeffersonanismo para dominar a los cubanos mientras la nación de Jefferson negaba los principios de ese Padre Fundador en sus acciones hacia Cuba? Para que Castro hiciera una prioridad de la protección de las libertades civiles al estilo norteamericano de sus enemigos, frente a los ataques armados de Estados Unidos, tenía que haber perdido la cordura política.

Desde el inicio del poder revolucionario Washington dio la bienvenida a los asesinos, torturadores, ladrones y forajidos cubanos. Llegaron a la Florida y pronto tuvieron permiso para usar bases norteamericanas para atacar a Cuba. El ex jefe de la fuerza aérea revolucionaria Pedro Luis Díaz Lanz desertó, fue a la Florida y recibió luz verde para sobrevolar la isla. Despegó de bases norteamericanas y dejó caer volantes contrarrevolucionarios sobre Cuba.

A partir del verano de 1959, incontables actos de violencia incubados en la Florida cobraron un precio en vidas y propiedades cubanas. Estados Unidos se convirtió en “el enemigo” para los guerreros en el poder en La Habana. Sin embargo, los reporteros norteamericanos esperaban que Castro y sus fuerzas defendieran los valores más liberales de EE.UU. mientras que Estados Unidos violaba sus propias leyes en su comportamiento hacia Cuba. En respuesta a las demandas norteamericanas, Castro demostró entonces y ahora su inclinación a la desobediencia, un rasgo nunca tolerado en los líderes del Tercer Mundo por la elite norteamericana. Es más, habría que revisar los libros de historia para descubrir a un líder latinoamericano que haya desafiado al poder de EE.UU. y se haya mantenido como jefe de estado por algún tiempo.

En vez de reconocer el hecho evidente de que Estados Unidos interviene cuando le viene en ganas en los asuntos internos de los países menos poderosos, los medios aceptan acríticamente sus orientaciones de la Casa Blanca. El Congreso también ha utilizado un pretexto de “seguridad nacional” para aprobar las leyes necesarias para que nueve presidentes mantengan contra Cuba el embargo y las prohibiciones de viajes.

Durante los primeros años de la década del 80, el ansia de Reagan por privatizar lo llevó a entregar la política hacia Cuba a un cabildo de extrema derecha liderado por Jorge Mas Canosa y su Fundación Nacional Cubano-Americana. Este grupo de interés privado no solo hizo la política hacia Cuba, sino que organizó y orientó a los medios en sus reportajes acerca de Cuba. Mientras publicaba noticias hostiles hacia Cuba, la prensa apenas cubrió esta transferencia de la política pública norteamericana a manos privadas. Por tanto, la típica noticia continuaba admitiendo a regañadientes que Castro había mejorado la salud y la educación e inmediatamente “balanceaba” esos logros señalando que los cubanos no tenían libertad de prensa o derechos de procedimientos. Castro se convirtió en un “dictador”, un “títere de los soviéticos” o un “tirano comunista”. Tales expresiones, por supuesto, menoscababan cualquier reportaje serio acerca de hechos que ocurrieran en la isla.

En 1990 el programa “Point of View” de PBS (Sistema Público de Televisión) aceptó mi documental La revolución intransigente, pero se negó a transmitirlo sin “balancearla” con el punto de vista contenido en un filme de Néstor Almendros (Nadie escuchó) que presentaba a Cuba como una cámara de torturas. Los ejecutivos de POV me dijeron que mi filme tenía un punto de vista demasiado fuerte como para que POV lo transmitiera sin otro punto de vista opuesto. En el filme yo traté de presentar el contexto para la revolución y la posible elección que se avecinaba en una Cuba posterior a Castro: democratizar por medio de la confianza en las generaciones más jóvenes o mantener el dominio por la burocracia. Yo no predije la rápida desaparición del poder soviético. Sin embargo, en el período post-soviético yo no encontraba razón para que Fidel y su fraternidad cambiaran el contexto de su revolución a medida que buscaban formulas viables pata mantener el poder estatal con alguna semblanza de principios. Como algunos predijeron, las decisiones de Fidel serían políticas, no económicas. No pudo evitar decisiones dolorosas como la “dolarización”, pero mantuvo el enfoque en mantener el control político en vez de ceder el poder a los economistas en su frenesí por encontrar fórmulas para mantener a flote la deslizante economía cubana.

Para finales de la década del 80 uno podía encontrar a algunos miembros de los medios con una total y completa expectativa alocada de que Fidel caería junto con la Unión Soviética. Es más, no solo se engañaban a sí mismos, sino también a sus lectores. Al igual que Draper había conformado a una generación de críticos liberales al centrarse en la brecha entre los primeros pronunciamientos que sonaban a liberales por parte de Castro (algunos de los cuales seguramente estuvieron destinados a aplacar la opinión potencialmente crítica en Estados Unidos) y sus posteriores posiciones duras y contrarias a las libertades civiles, Tad Szulc adoptó una actitud similar en su Fidel: un retrato crítico de 1986. Szulc presentó a Castro como un manipulador que había atraído al Movimiento 26 de Julio a los propugnadores de las libertades civiles solo para traicionar su fe cuando alcanzó el poder.

En 1989 en el Smithsonian Institution, después de regresar de China entusiasmado por el modelo chino, Szulc describió la revolución como una “aberración” en la historia cubana. Atónito, le pregunté cómo él podía describir una “revolución” sino como una aberración. ¿No es ese, le pregunté, el significado de la palabra? Sorprendido, contestó que la economía cubana no podía funcionar y que los cubanos debían aplicar el método chino. “Si Fidel es un manipulador”, continué, “¿cómo clasificaría usted a los líderes chinos a quienes usted parece adorar?” No respondió a mi pregunta. Szulc, un polaco anticomunista hasta el tuétano, se convirtió en admirador del modelo chino porque abandonaba al socialismo en la práctica mientras mantenía su ideología como un débil pretexto para la continuidad –perestroika sin glasnot, para usar la terminología soviética. Pero Castro, el jesuita-marxista, mantenía el control tanto sobre la economía como sobre la política. La representación que los medios han hecho de él ha impedido que se conozca su papel como constructor de consenso político.

La mayoría de los reporteros no escriben –ni siquiera indagan– acerca de la naturaleza de los debates tras las puertas cerradas del Comité Central o en los salones casi herméticamente sellados del Buró Político. Los reporteros, al igual que los estudiosos, prefieren referirse a partidarios de la línea dura o de la línea suave, y tienden a poner en el campo suave a los que hablan con retórica civil, en vez de militar o con fórmulas marxistas-leninistas, como los Vice Presidentes Ricardo Alarcón y Carlos Lage, y a los generales y viejos miembros del Partido Comunista en la posición de línea dura. Pero la mayoría de los reporteros no tiene idea de la posición que adoptan en los temas de política exterior o económica. Ninguno de los más altos dirigentes de la fraternidad revolucionaria ha revelado aún sus secretos a los extraños. Hombres como Carlos Franqui, quien dirigió el periódico Revolución en los primeros años y desertó a fines de los 60, se convirtió en un amargado. La acidez de sus escritos erosiona su perspectiva. De manera similar el novelista Guillermo Cabrera Infante (muerto en 2005) y el cineasta Néstor Almendros (muerto en los años 90) desactivaron sus genuinas críticas con su vitriolo. Alcibíades Hidalgo, quien desertó hace una década, escribe para el desacreditado El Nuevo Herald y revela poco del proceso actual de la política cubana. Estos, junto con la mayoría de los críticos, asumen que la revolución ha fracasado.

Sugiero a los jóvenes reporteros que vean a la revolución cubana como un éxito en sentido pasado, ya que no sé como calificarla hoy ni a ninguna otra sociedad del Tercer Mundo. Bajo la guía de Castro (en una carta de 1957 a su padre, Celia Sánchez lo llamaba “nuestro caudillo”, en referencia a lo que necesitaba el movimiento [Sweig, 2002]), Cuba se transformó de una colonia informal de EE.UU. en una orgullosa nación que hace historia. Los cubanos alteraron la historia de Latinoamérica y del sur de África con sus acciones en Angola. La revolución continúa suministrando a su pueblo niveles relativamente altos de cuidados de salud y educación, una rara ocurrencia en el Tercer Mundo de hoy.

Los cubanos también se destacan de manera única en Latinoamérica porque poseen derechos sustanciales. A pesar de sus problemas, que son muchos, son el único pueblo que puede sentirse seguro en cuanto a su acceso a cuidados gratuitos de salud y educación, no a la libertad de prensa ni a la libertad de palabra, como nosotros las conocemos, o a la libertad política. Quizás algunos de los estudiosos que han penetrado la cultura política de la isla puedan ayudar a educar algún día a los periodistas honestos que en la actualidad quieren comprender uno de los grandes fenómenos de nuestro tiempo.

REFERENCIAS

Draper, Theodore

1962 Castro's Revolution. Myths and Realities. (La revolución de Castro. Mitos y realidades) New York: Preger.

1965 Castroism: Theory and Practice. (El castrismo: teoría y práctica) New York: Praeger.

1992 Oppenheimer, Andres. Castro's Final Hour. (La hora final de Castro) New York: Simon and Schuster.

1986 Szulc, Tad 1986 Fidel: A Critical Portrait. (Fidel: un retrato crítico) New York: Morrow.

2002 Sweig, Julia 2002 Inside the Cuban Revolution. (Dentro de la revolución cubana) Cambridge: Harvard University Press.

http://www.progresosemanal.com/index.php?progreso=Landau&otherweek=




© Biblioteca Nacional "José Martí" Ave. Independencia y 20 de Mayo. Plaza de la Revolución.
Apartado Postal 6881. La Habana. Cuba. Teléfonos: (537) 555442 - 49 / Fax: 8812463 / 335938