..."Lo que os puedo dar os doy, que es una ínsula hecha y derecha, redonda y bien proporcionada..."
"Don Quijote de la Mancha". Capítulo XLII: " De los consejos que dió Don
Quijote a Sancho Panza antes que fuese a gobernar la ínsula..."

ISSN: 1810-4479
Publicación Semanal. Año 3, Nro.141, Viernes, 15 de septiembre del 2006

 

La revolución cubana y la lógica formal
Por Manuel Alberto Ramy

Desde el 31 de julio, fecha en la que Fidel Castro traspasó todos los poderes al General de Ejército Raúl Castro, tal y como prescribe la constitución cubana de 1976, numerosos artículos han sido publicados en los principales medios de todo el mundo. Lógico que un acontecimiento tan importante mueva a tal proliferación, pero lamentablemente la mayoría de los trabajos publicados parten de una óptica distante, de una visión de la periferia. Y cuando intentan adentrarse en la compleja realidad cubana caen al piso estrepitosamente.

Muchos de esos enfoques parten de la lógica formal, desconociendo que la historia de la revolución cubana es producto en gran medida de la mezcla de realidades que la posibilitaron, golpes de audacia, torpeza imperial y una presencia increíble y determinante de lo ilógico. Veamos los hechos.

En 1953, unas decenas de hombres armados con escopetas de caza y fusiles calibre 22 intentaron tomar el cuartel Moncada, la segunda fortaleza militar de la Isla en la ciudad de Santiago de Cuba, para después de tomada la plaza militar llamar al pueblo y derrocar al dictador Fulgencio Batista. ¿Había lógica en la correlación de fuerzas y medios de combate?

Posteriormente, en 1956, a bordo de un yate de paseo, 82 expedicionarios partieron de Tuxpan, México, con el objetivo de desembarcar en las costas orientales para iniciar la lucha de guerrillas. En la travesía los azotó una tormenta; no desembarcaron en el lugar adecuado ni en la fecha prevista con los guerrilleros urbanos de la entonces capital oriental. Después de un combate sorpresivo con el ejército de la dictadura batistiana varios murieron, otros fueron capturados y otros dispersados. Quedaron 12 hombres con 7 fusiles. Fidel Castro dijo en aquel momento que con esa fuerza ganaría la guerra. Su hermano Raúl ha confesado que al escucharlo pensó que Fidel había enloquecido.

¿Qué podrían hacer 12 hombres con medio fusil para cada uno, mientras Batista contaba con una fuerza militar de alrededor de 60 mil hombres y disponía de aviación, marina de guerra y la logística y la asesoría especial de las fuerzas armadas y el gobierno de EEUU? La lógica formal, ¿hacia dónde se inclinaría? ¿Sería capaz un movimiento, definido en aquella época como de corte nacionalista y con un programa mínimo de reivindicaciones sociales, derrotar militarmente al gobierno de Batista? ¿Cabría en la lógica formal? Ni pensarlo. Dos años después, a lomo de tanque, Fidel Castro y los guerrilleros entraba en La Habana. La ilógica --u otra lógica--, se había impuesto. Pero ahí no queda.

La invalidez de la lógica formal alcanzó puntos increíbles durante los decisivos años de 1959 a 1961. El proyecto revolucionario, en su primera etapa, dictó la rebaja del 50% de los alquileres, otro por ciento de las tarifas telefónicas y eléctricas, y firmó la Primera Ley de Reforma Agraria, la que por cierto estaba contemplada en la Constitución de 1940, pero cuyas leyes complementarias nunca, en 19 años, habían sido puestas en vigor. Letra muerta.

Así comenzó el disparo de arrancada de presiones del gobierno de EEUU y contra respuestas del gobierno revolucionario: tú me quitas la cuota azucarera --hasta hace unos años el principal recurso económico del país--, y prohíbes que las refinerías norteamericanas procesen petróleo en la Isla, y yo te nacionalizo tus industrias, fábricas de azúcar y las propias refinerías de petróleo.

Según la lógica formal, en esta dinámica de tuerca y contratuerca debía ganar quien más presión tuviera. ¿Quién podría aguantar la pegada del yanqui si además venía acompañada de bombas, sabotajes en las ciudades y guerrillas en las montañas?

En abril de 1961 una fuerza expedicionaria de 1 400 hombres, entrenada, apertrechada por la CIA y protegida por barcos de la Marina norteamericana, desembarcaba en Playa Girón (Bahía de Cochinos). Castro y su régimen estaban liquidados, sentenciaba la lógica formal. Pero el gobierno se declaró socialista y derrotó a los invasores en menos de 72 horas. ¿Podría subsistir un gobierno con ese apellido de socialista a solo 90 millas de EEUU?

Cerco económico, aislamiento político internacional, campañas de terrorismo dentro y fuera de Cuba y lo más grave: en 1991, la URSS y el campo socialista europeo se desplomaban estrepitosamente, hundiendo a los cubanos en la mayor crisis económica sufrida en el siglo 20.

Ante este cuadro desolador la lógica formal hizo dos apuestas. La primera, que Cuba, como las fichas de dominó que paradas y puestas en fila caen ante el más suave toque de viento, se derrumbaría inexorablemente. ¿Acaso una islita en el Caribe tendría mayor consistencia que los comunistas europeos del Este? La segunda, proclamaba que la sociedad estallaría como una olla de presión que ya venía alimentando la combinación de los ultras de Miami con los de Washington mediante presiones y leyes. No ocurrió lo previsto. Perdieron las apuestas.

Ante tantas evidencias la única conclusión posible es la siguiente: la lógica formal como lente o microscopio para estudiar y analizar la realidad cubana, no sirve, fracasó. Cuba es el resultado de la lógica dialéctica, de la dinámica liderazgo/pueblo, racionalidad/emocionalidad, desavenencias/reencuentros, presiones/adhesiones, de beneficios y fracasos y de voluntades para imponerse y superar a éstos. El otro componente esencial en esta dinámica ha sido la invariable agresividad y exclusión mantenida por casi 10 administraciones de EEUU.

Ahora hay un presidente provisional, Raúl Castro, quien en recientes declaraciones al diario Granma sirvió la mesa a la administración norteamericana al reiterar la disposición al diálogo en igualdad de condiciones. (Fidel Castro ya lo había hecho en 1986.) Voces sensatas, que incluyen a ex militares norteamericanos y a antiguos altos funcionarios de administraciones nada suaves, como el ex subsecretario de Estado, William Rogers, llaman a considerar pasos de acercamiento. Pero los voceros de la Casa Blanca denominan a Raúl Castro como “Fidelismo Lite”, descalificándolo salvo que abra un proceso de pluralismo político y democracia al estilo USA. Esta denominación de Fidelismo Lite, salvando las diferencias ideológicas y los contextos históricos, me hace volver a historias pasadas.

Durante el período que abarca de 1960 a 1965, los grupos que enfrentaron al gobierno revolucionario superaron con amplitud la cifra de 200, pero no más de 3 o 4 fueron capaces de nuclear a un buen número de cubanos y de actuar con cierta eficacia en ciudades y montañas. Uno de estos movimientos, integrado en su mayoría por excombatientes contra la dictadura de Batista, fue calificado de "Fidelismo sin Fidel", debido a que sus diferencias con el gobierno revolucionario no eran por los cambios en sí, sino debido a la dirección y profundidad de los mismos.

Se trataba de una alternativa reformista que no tenía cabida en el proyecto político ni en la estrategia bélica planificada, dirigida y controlada por el gobierno de Eisenhower, posteriormente heredado por J. F. Kennedy. Entonces decidieron, primero, excluirlos y, posteriormente, caso de triunfar la invasión por Playa Girón, neutralizarlos (palabra bien aséptica, pero de significado terrorista) al igual que a los dirigentes del gobierno, tanto en las localidades, como en las diferentes instancias de gobierno. De esto se encargaría la llamada Operación 40, un grupo elite y secreto dentro de la fuerza invasora.

Nada, que reformistas y revolucionarios compartirían la misma fosa.

De Fidelismo sin Fidel, que era el reformismo dentro del proceso inicial de la revolución, al Fidelismo Lite, hipotético proceso reformista dentro del sistema ya establecido, hay diferencias esenciales, pero un significado común para el enemigo: cero reformas. Washington persiste en su política de castigo y no acepta variante alguna que impida su control sobre la Isla. Para ellos y sus aliados de Miami –que son un factor importantísimo en la política doméstica interna–, Cuba debe quedar detenida en el tiempo. Ni un día más allá del 31 de diciembre de 1958. Todo lo que dicen y declaran funcionarios y acólitos cubano-americanos es pura pasarela política, que como en las de las modas, el pasado aunque retocado sigue siendo pasado.

Pero bajo la hipótesis de Raúl Castro, ahora etiquetado como reformista, subyacen la duda y el temor de que el presidente en funciones, comunista, magnífico organizador y pragmático, sea capaz de asumir el desafío de resolver los problemas que todavía pesan sobre la sociedad cubana (alimentación, transporte, vivienda, entre los más apremiantes), consolidando aún más la base política y social de la revolución para continuar la resistencia frente a la hostilidad de Washington.

Muchos amigos me han escrito y otros personalmente me han preguntado: “¿es probable que suceda?” No sé, pero no hay dudas de que hay que dar respuestas económicas a la población, a una sociedad compuesta mayormente por personas nacidas después de 1959, generaciones en las que no pocos de sus integrantes tienen por lema una canción del grupo Habana Abierta, cuyo estribillo dice: “Yo lo que quiero es un cachito pa´vivir”.

¿Será al modelo chino? ¿O el vietnamita?, insisten en preguntarme. Estos países, entre otros factores importantes (nivel de desarrollo económico e industrial), están a miles de millas del imperio, por lo que en el caso cubano cualquier reforma debe tener en cuenta el factor geográfico y el contexto político. Y sobre todo pienso que las medidas, caso de tomarse, serán a la cubana.

Sustituir al carismático Fidel Castro es imposible. Hace tiempo un presidente declaró que Castro tenía la virtud de viajar al futuro, regresar y contarlo. Quizás cuando con solo 12 hombres dijo que ganaría la guerra, había regresado de la visión certera del 1 de enero de 1959. Es un gran líder indiscutible, un ejemplo del papel del hombre en la historia. De momento, Raúl Castro, quien definió que el heredero era el partido, tiene ante sí la tarea de dirigir al gobierno, distribuir funciones, delegar responsabilidades para después exigir, porque se trata de un engranaje al que el liderazgo indiscutible de Fidel Castro, unido a su extraordinario talento arrollador, desbordaba todas las fronteras. Creo que esta es la primera tarea, por cierto nada sencilla.

Tiene otra, la de ser puente entre varias generaciones de dirigentes, algunos de los cuales ya están en los primeros escalones del gobierno y del Partido. Puede abrirles caminos “…para defender estas y otras ideas y medidas que sean necesarias para salvaguardar este proceso histórico”, como escribió el líder cubano Fidel Castro en su proclama al pueblo el pasado 31 de julio.

Pero sobre todo, lo que suceda en Cuba será producto de la lógica dialéctica, de la imaginación creativa, de lo insólito o ilógico propio del criollo natural y que, por demás, la arrogancia imperial alimenta y enriquece con su avidez por absorbernos como nación.

Manuel Alberto Ramy es jefe de la corresponsalía de Radio Progreso Alternativa en La Habana, y editor de Semanal.

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